Porfa, tengo una emergencia. Mañana debo entregar el último trabajo del taller de escritura, porque es el penúltimo día. El último ya no tenemos que entregar porque el profe ya no nos puede devolver los trabajos corregidos. Tengo ganas de que sea algo inolvidable (o sea, que le dé un soponcio, porque me pone muchas veces en las correcciones "¡Genial!" y yo creo que o bien es un petardo como yo, o me quiere tomar el pelo). Y le quiero dar un escarmiento lleno de amor y barbaridad.
Iré al grano: al azar me tocó escribir un relato con el siguiente título: "Tener suporpoderes no es ninguna suerte". Siempre lo dejo todo para el último minuto pero es que si no tengo una sobredosis de adrenalina en el cuerpo, no soy capaz de hacer nada. Una vez puesta no hay quien me pare. Quizás por eso todos me dicen aquello de: "Kitti, tú nunca quieres ir a ninguna parte, pero después eres la que mejor lo pasas". Y es verdad. Es que tengo fobia a los medios de transporte y, como creo que va a ser la última vez , pues aprovecho para disfrutar sin contención. Ahora tengo menos fobia, pero ya se ha convertido en un vicio eso de divertirme como una enana (que no como un callo, además: conste que tengo una estatura estupenda).
Bueno, ahora me acuerdo que tenía que ir al grano, pero la adrenalina no me deja. Pensé que el personaje ideal era la niña de "¿Qué he hecho yo para merecer esto? Pero ya lo había escrito Almodovar. Así que imaginé un personaje, niña también, que conservaba la memoria de reptil intacta, al cerrar los ojos veía a su serpiente de cascabel avisándola de todos los peligros y falsedades de los que la rodeaban. Incluso les leía los pensamientos a los demás. Un horror.
Ya tenéis una idea. El profe tiene una novela con el tema de Internet. Quizá le parezca original un relato empezado así, más o menos, la adrenalina hace que me tiemblen las manos porque además tengo invitados y el menu es de agárrate, y lo peor: son puntuales. El planteamiento ya está. El nudo, tienen que ocurrir hechos que demuestren que el título se cumple, os lo dejo a vosotros. Creo que es una idea original: yo escribo la presentación, vosotros haríais la trama. Y ya veremos qué pasa con el desenlace, que la adrenalina no me da para tanto. Id poniendo sugerencias, por si acaso.
Creo que podría ser original hacerlo con el "corta y pega", con las horas en que están hechos los comentarios y con vuestros nombres incluidos. Relato de cooperación virtual después de esta parida automática que no voy a tener tiempo de corregir.
Perdonad si nos os contesto. El martes, entregado ya mi último trabajo del taller literario, seré toda vuestra y me entregaré sin desenfreno a LDA. Bueno saldré a trabajar y a ver cómo siguen los capullitos. Es que cuando sale la flor ya me da un poco de pena porque pienso que pronto se van a estropear. Por eso voy poniendo estos posts de flores, para poder recordarlas cuando venga esa epidemia que es el verano y todo dios piensa en la maldita playa.
Perdonad los errores, si corrigiese no sería escritura automática.
Os quiero. Sobre todo a los que me habéis hecho comentarios sobre el maltrato psicológico al que me ha sometido Daven, aunque lo sigo queriendo; ya sabéis cómo es el perfil de las mujeres maltratadas: Daven, no puedo vivir sin ti.
Por favor, escribid: tal vez esto se publique, y lo habremos escrito entre todos. No os paséis, sólo copiaré y pegaré lo que proceda. Cyrano, no tienes por qué meter a ZP en esto. ¿O sí?
Mahuísta, cuento contigo. Ya hablaremos. ¿Te vienes a la isla? Naná, Noe, Dorina, basileia, pilar , margarita, abril, Esperanzita, Blas, Rubentxo, mi amor...,todos, pasaos por aquí.
Ya que Victoria y Pedro se me ofrecían como una tupida red circense, decidí inscribirme en el taller literario. En realidad aquel día había salido a comprar un bolso para combinar con unas botas espectaculares, ( color guinda, más bonitas...), cuando me encuentro, casi de sopetón, delante de la entidad bancaria donde debía matricularme. Entré, un poco indecisa, pero entré. Cubrí todos los datos y no era gratis como me habían dicho mis ¿amigos? No pude reaccionar: el que cobraba era demasiado atractivo como para que yo pudiese decir no; y le pagué religiosamente. “El bolso no estará la altura de las botas”, pensé. Compré un bolso más barato de lo previsto, al fin y al cabo no había sido un inconveniente para que Hanibal Lecter se hubiese enamorado de Clarice Starling.
A los pocos días llamé a mis mecenas para comunicarles que ya estaba matriculada, ¿sabéis que me contestaron? Pues que, al ir a hacer ellos lo propio, ya no había plaza. Estaba claro que era el motivo manifiesto, el latente era otro. Porque, al ofrecerles yo la mía, en plan reventa, Victoria dijo que se estaba echando un novio; Pedro le echó la culpa a los maestros “Les ponen muchos deberes a los niños”. O sea, que ni siquiera aceptaron mi plaza gratis.
“Bueno, algo se me pegará si voy, que el dinero ya no lo devuelven”, pensé.
El primer día, cuando entré por la puerta, con mi bolso barato en una mano y una carpeta en la otra, se me heló la sangre: nunca había visto una sencillez tan lujosa como en aquel edificio. Me acordé del novio de la Pantoja, cubriendo las esposas con la carpeta. Yo hice lo mismo con mi bolso barato. Cuando subí por un ascensor circular, transparente para mayor lucimiento del edificio sabiamente enjoyado con los mejores cuadros, no pude mantener la boca cerrada. Yo, choni poligonera, ¿qué hacia en un sitio como este? Al llegar a mi planta deambulé por aquella inmensidad de espacio, los pasillos, con la seguridad de que alguien debía estar viéndome por una cámara, y no pude evitar un gesto instintivo de saludo a las cámaras, a lo “Gran Hermano". Al entrar en la sala, mis compañeros llevaban diez minutos de taller. Claro, como los “homogéneos” de los que habla Sábato en “El túnel”, ellos viven en el centro y no tuvieron que buscarse la vida aparcando como yo. Pedí disculpas y siguieron con las presentaciones: el nombre y los motivos de hacer el taller. Todos coincidían en su pasión por la lectura y la escritura. Cuando llegó mi turno, la respuesta me parecía un poco repetitiva y la kitti que llevo dentro soltó: soy kitti y decidí hacer el taller porque soy nerviosa.
"Leyendo una biografía, recordad que la verdad no se presta nunca a una publicación".
George Bernard Shaw
En alguna parte oí decir que los niños de ciudad no saben distinguir los pájaros entre las hojas de los árboles, que para hacerlo es necesario haber nacido en el campo.
Aprendí a ver la belleza el día que mi madre oyó el último suspiro de mi hermano José Antonio. El nácar de sus mejillas y el gris de sus ojos, como el de las nubes en días de tormenta, se me revelaron en aquel instante como el modelo de belleza al que aspiraría siempre. De antemano supe que era una batalla perdida; algo parecido a lo que nos pasa con la vida: esa pasión que siempre acaba en muerte. Y supe, aunque tardaría algún tiempo en encontrar las palabras exactas, que "la belleza será convulsa o no será". Y que no hay que tener miedo a ver y a mirar.
Mi casa estaba situada al borde de un estuario, en una ría gallega. Mi hermano José Antonio y yo íbamos a pescar con mi abuelo; por eso, desde niños, estuvimos atentos a lo que pasaba en el mar.
Antes de salir a pescar, había que encontrar el momento oportuno de coger el cebo, aquellos gusanos que hacían vibrar la tierra negra y viscosa de la orilla. Con la marea baja aparecía el olor a algas y a fango haciendo el aire más denso. Quizás parte del cuerpo de los ahogados se volatilizase y volviese a nuestras vidas al respirar.
Cuando salíamos a pescar teníamos que estar muy pendientes de la marea porque, si bajaba demasiado, no podríamos llegar con el barco hasta la orilla. Pero el mar tiene sus leyes y pronto nos hicimos expertos en ellas.
Poco después de la muerte de mi hermano vino mi tía Fermina para ayudar a mi madre. Su exagerada afición por la higiene y la sequedad de su carácter me hacían sentir hacia ella una antipatía contra la que no podía luchar. Por eso, la decisión de que dormiría conmigo se me hizo insoportable. Al acostarme con mi tía noté su olor a armario cerrado, un olor que me paralizaba y que no me dejaba dormir. Cuando por fin el sueño me venció apareció mi hermano. Me dijo: "¿Te acuerdas cuando me preguntaste por qué los perros hacen pis tantas veces?". Recordé al momento su respuesta: "Porque van marcando el territorio". Mi tía no tardó ni dos minutos en ser consciente de la inundación y tardó unos pocos más en decidir que quizás no fuese buena idea dormir conmigo. Mamá dijo que este desliz se debía al impacto producido por la ausencia de mi hermano, tan presente en mi vida. Ella no sabía que la causa era su presencia porque mi hermano estaba, en mí, tan vivo como siempre.
Seguí haciendo mi vida con la diferencia de que los domingos, después del catecismo, en lugar de quedarme a jugar con mis amigas, me iba a la playa a buscar conchas y arena, aquella arena tan blanca de mi playa. Después de comer, seguí yendo al cine de las tres y media. Y, al salir del cine, me iba para el cementerio con mis conchas para decorar la tumba de mi hermano.
Y seguí yendo a pescar. Aunque ahora era distinto: mientras esperaba por mi abuelo, charlaba un buen rato con José Antonio, al que un día vi aparecer reflejado en el agua. Él me preguntaba por mamá y después me decía dónde estaban las anguilas, las lubinas o los calamares. Mi abuelo y yo pescamos más y mejor que nunca. El abuelo nos había enseñado a mirar y a ver en el mar. Y se lo merecía.
Mi amiga Victoria quiso rescatarme del analfabetismo funcional en el que me hallaba. Mi fanática y casi excluyente dedicación al baile no le parecía bien y decidió tomar cartas en el asunto. Para empezar me llevó, arrastrándome por las orejas, a una biblioteca en la que habían iniciado un ciberclub de lectura; a mí que no sabía mecanografía y no tenia idea de qué era eso de copiar y pegar. Confieso que fue un hallazgo: me enteré de que por internet podía pelearme con la gente, despacharme a gusto sin ninguna aparente contraindicación y con la sola disculpa de un libro. Sin embargo ella, que me había metido en ese mundo, no escribía la primera línea. “¿Para qué voy a participar si lo dices tú todo?”. Quizás creía que el baile había causado daños irreparables en mi cerebro. Pero allí estaba yo, con una fuerte presencia como crítica literaria de provincias.
Victoria es una mujer que valora mucho el saber; cuando tiene que cambiar de coche o hacer un arreglito en su casa, no lo duda: se apunta a un concurso de televisión y aún le sobra para invitarme a una cena. Es una sabia tan profesional que se asombra cuando no me acuerdo de algo que me contó hace diez días. No contenta con lo del ciberclub, se le ocurrió que podríamos apuntarnos a un taller literario.
Mi amigo Pedro es un honorable padre de familia numerosa y profesión borgiana que ya ha escrito tres novelas. No me preguntéis si me han gustado porque cuenta las cosas con unas oraciones tan largas, con tantas subordinadas que me pierdo.”A mí dame sujeto y predicado, sin complementos que soy minimalista”, le digo continuamente. Él no me hace caso; dice que le gusta Juan Benet y presume de haber leído diez veces el “Ulises”. Y, sin embargo, no podemos vivir el uno sin el otro, porque somos amigos desde antes de salir del paraíso terrenal, desterrados de nuestro pueblo.
Victoria y Pedro no se conocen entre sí, pero ambos coincidieron en que nos apuntásemos a lo del taller literario. La verdad es que me atraía estar con los dos al mismo tiempo, sería como tomarme un cóctel doble de sabiduría. Pero, por supuesto, me defendí: ¿qué haría una chica como yo en un sitio como ese?
Victoria dijo que me pasaría chuletas; Pedro dijo que después iríamos a tomar cervezas. No me pude negar.
sobre mí
Merodeadora de blogs con ganas de dar la cara contagiada por los efluvios literarios ambientales.
Barbie geriatríca arrepentida con deseos de reconversión.
Insomne contumaz a raíz de aquellas “Crónicas marcianas” que nos han hecho pasar momentos irrepetibles.
var gaJsHost = (("https:" == document.location.protocol) ? "https://ssl." : "http://www.");