Libro de Arena
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La Dama Descubierta

Suenan cascos en la grava
es la dama que regresa
con el sentir como mapa
y el amor que la atraviesa

Dichos populares: Meterse en camisa de once varas

La locución tuvo su origen en el ritual de adopción de un niño, en la Edad Media.

El padre adoptante debía meter al niño adoptado dentro de una manga muy holgada de una camisa de gran tamaño tejida al efecto, sacando al pequeño por la cabeza o cuello de la prenda. Una vez recuperado el niño, el padre le daba un fuerte beso en la frente como prueba de su paternidad aceptada.

La vara (835,9 mm) era una barra de madera o metal que servía para medir cualquier cosa y la alusión a las once varas es para exagerar la dimensión de la camisa que, si bien era grande, no podía medir tanto como once varas (serían más de nueve metros).

La expresión meterse en camisa de once varas se aplica para advertir sobre la inconveniencia de complicarse innecesariamente la vida.

Entre estrellas

Andrómeda era hija de Cefeo y Cassiopea. Esta última ofendió a Neptuno afirmando que su hija era mas bella que cualquiera de sus ninfas marinas, y para vengar el insulto, el rey hizo que Andrómeda fuera encadenada a una roca esperando que Cetus, el monstruo marino, la devorara. Cuando Andrómeda creía que era su final, llegó Perseo montado sobre Pegaso, el caballo volador. Cetus fue vencido por Perseo, el cual volvió triunfante con su princesa rescatada y se casó con ella. Años después Júpiter les concedió un honorable lugar a ambos entre las estrellas.

Entre estrellas

Te buscaré entre las estrellas,

cerca de Andrómeda y Perseo.

Y cuando alcance al fin tus huellas,

le pediré al cielo un deseo:

que el gran Pegaso me libere,

sobre los lomos de su albor,

de tu abandono, y que me lleve

hasta tu etéreo resplandor.

.

Y viviremos entre estrellas,

como hace Andrómeda y Perseo.

Y añadiré por ti mis huellas,

y cuanto de valor poseo.

Y si su amparo me concede,

le pediré al cielo un favor:

que cuando el gran Pegaso vuele,

brille en sus alas nuestro amor.

.

La blanca Ofelia

Sur l'onde calme et noire où dorment les étoiles

La blanche Ophélia flotte comme un grand lys,

Flotte très lentement, couchée en ses longs voiles...

...Donde hallaréis un sauce que crece a las orillas de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas pálidas.

Allí se encaminó, ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas doncellas llaman, dedos de muerto.

Llegada que fue, se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los pendientes ramos; se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal, ella y todos sus adornos rústicos.

Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, o como criada y nacida en aquel elemento.

Pero no era posible que así durarse por mucho espacio. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían la arrebataron a la infeliz; interrumpiendo su canto dulcísimo, la muerte, llena de angustias...

Fragmento de Hamlet. William Shakespeare.

Dichos populares: No hay moros en la costa

La historia relata que, durante varios siglos el Levante español (la zona mediterránea que abarca Valencia y Murcia) fue objeto de frecuentes invasiones por parte de los piratas berberiscos (habitantes de la región noroeste de África, entre el Mediterráneo y el Sahara).

Los pueblos que vivían en la ribera, a causa de ello, se encontraban en constante zozobra y para prevenir el peligro, se levantaron a lo largo de la costa numerosas atalayas de mampostería ciega, a las que se ascendía por medio de escalas de cuerda que luego eran retiradas.

Desde lo alto de esas torres se vigilaba el ancho horizonte y, no bien se avizoraban las velas de las naves berberiscas, el centinela de turno comenzaba a gritar: "¡hay moros en la costa!".

Sonaba entonces la campana, se encendían las hogueras de señal y la gente -alertada- se preparaba para la defensa.

El sistema perduró hasta muchos años después, cuando se firmó la paz con los reyes de Berbería, pero el proverbial grito de ¡hay moros en la costa! pasó a ser expresión de uso familiar para advertir a alguien sobre la presencia de quien representa cierto peligro, o bien no conviene que escuche algo de lo que estamos diciendo.

En sentido opuesto, se usa la expresión antónima no hay moros en la costa, para dar a entender que no existe peligro inminente para una persona que debe realizar determinada tarea.

Magna Mater

El culto hacia la Magna Mater llegó a occidente en torno al año 600 a. C., procedente de Asia Menor. Su equivalente griega era Cibeles.

La Magna Mater, la fuente de vida, se enfureció contra su amante Attis (el dios de la vegetación), porque le había sido infiel. Presa de un ataque de celos, Magna Mater mató y castró a su amante, enterrándolo a continuación bajo un pino. Tras llorar su muerte le devolvió la vida. Las estaciones reproducen esta historia: la vegetación se marchita en otoño, muere en invierno y revive en primavera, momento en el que tienen lugar las grandes ceremonias en honor de la Magna Mater.

Magna Mater

Mañana danzarán por ti, señora,

las multitudes que te dan loor.

Que ahora duerme el siervo que te añora,

dorando lo que entonces fue verdor.

Mañana volverá la primavera,

Con Attis a las puertas del vergel.

Y tú renovarás la vida entera,

que lánguida pasó el invierno cruel.

Hoy muestra la hojarasca avejentada,

los tonos del otoño en aquel pino.

Mientras debajo, un ánima enterrada,

se aferra nuevamente a su destino.

Y siempre volverá la misma historia,

finar cada estación su ciclo eterno.

Que guarda Magna Mater fiel memoria,

y el pago de la afrenta es sempiterno.

Dichos populares: subirse los humos a la cabeza

Existía entre los romanos, la tradicional costumbre de adornar el atrio de las viviendas con los bustos y retratos de toda su ascendencia, con el objeto de demostrar la longitud y la importancia de su linaje.

Estos objetos, por efecto del humo y del paso del tiempo, adquirían una coloración oscura de la que los habitantes de la casa solían ufanarse, ya que cuanto más intensa era esa pátina de ranciedad, más crecía la respetabilidad de la familia, en base a la memoria de sus ancestros.

Ese es el origen de la expresión subirse los humos a la cabeza, que hoy se aplica análogamente para manifestar la fea actitud de quien actúa con engreimiento y presunción inmoderados.

Amor Nazarí

Dedico este post a Juan Antonio y Patricia, especialmente.

Cuenta la leyenda que, al salir de Granada camino de su exilio en las Alpujarras, cuando coronaba una colina, Boabdil volvió la cabeza para ver su ciudad por última vez y lloró, mientras su madre le decía "no llores como una mujer lo que no supiste defender como un hombre". Debido a esto esa colina recibe el nombre del Suspiro del moro.

Amor Nazarí

Me apartan de tu lado, piel moruna,

de tus adelfas y tus frescas fuentes.

No tiene tu sabor ciudad alguna,

ni el duende que desbordas en tus gentes.

Me apartan de tu lado, ciego voy,

que no puedo olvidarme de tu sombra.

Condénese este día en el que estoy,

si nunca ya mi voz a ti te nombra.

Aún veo en la Sabika el fuerte rojo;

Su forma silueteada entre la aurora.

Y el corazón me llora de congojo,

pues lejos de su gracia me hallo ahora.

Y en el destierro, allende tu mirada,

dará un suspiro el alma que te adora.

Que nada se compara con Granada,

mi reino nazarí, mi amante mora.

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Equus

Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto del caballo. Armando Palacio Valdés

Ay, de tu naturaleza

quisiera yo ser llanero.

Seguir tu tranco altanero

a lomos de tu nobleza.

Ceñirme entre tu presteza.

Ser uno en tu majestad.

Con tu perfecta beldad

cabalgar por las praderas;

y hacer de nuestras veredas

caminos, de libertad.

.