Mientras espero a que empiece, leo:
Para obrar bien, decía Pascal, hay que aplicarse a pensar bien. ¿Y qué es pensar bien? Es conseguir, con nuestro exiguo modelo interior del mundo una imagen tan exacta como nos sea posible del universo real. Si las leyes de nuestro microcosmos coinciden, sobre poco más o menos, con las del macrocosmos, si nuestro mapa representa, con relativa precisión,el país a través del cual hemos de dirigirnos, entonces existe alguna probabilidad de realizar actos acoplados a nuestras necesidades y a nuestros deseos.
¿Existe algún método que permita al hombre conducir sus pensamientos de modo que sus actos, fieles a aquellos, hallen un camino fácil a seguir entre los seres y las cosas? ¿Es posible que se pueda dibujar un mapa auténtico del universo y navegar según ese mapa hacia metas bien definidas y alcanzar el puerto elegido?. Ese es el tema.
La megafonía me rescata del hilo de pensamientos que van enlazándose. Con cierta sensación de "realidad", de "existencia", veo a la joven intérprete tocar una flauta de oro de 24 kilates. Creo que tengo todo más o menos claro hasta que, en el bis, aparece la música de Bach. Ya mi mente ha vuelto a dispersarse. Y el cosmos es sólo sonidos.
Mi padre -que ha terminado por volverse misógino- dice que todas leemos lo mismo: ¡Auster! chilla, (y pone los ojos en blanco), ultimamente Nemirovsky (¿para esto te eduqué?), Proust (igual que tu madre,musita, seguro que es influencia suya), Galdós (¿todas las novelas? ¿y los episodios? pero si se dedicaba a rellenar folios...., lo mejor es Trafalgar)... sólo guarda silencio y coincide conmigo cuando ve a la Yourcenar (esto me lo debes: reconócelo).
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Él me regaló los Cuentos Orientales. Lo demás vino solo.
"...El viejo Síndico cogía un tiesto, se lo ponía en las rodillas y sosteniendo el tallo con dos dedos, como si fuera a cortarlo, se lo enseñaba a Cornelius sin decir ni una palabra, para que admirase aqùella delicada maravilla. lntercambiaban pocos comentarios: Cornelius Berg daba su opinión con un movimiento de la cabeza. Aquel día, el Síndico se sentía muy feliz, pues había conseguido una variedad más peculiar que todas las demás: la flor, blanca y violácea, casi poseía las estriaciones de un lirio. La observaba, le daba vueltas por todas partes y, cuando la volvió a poner en el suelo, dijo:
—Dios es un gran pintor.
Cornelius Berg no contestó. El apacible anciano prosiguió: —Dios es el pintor del universo.
Cornelius Berg miraba altemativamente la flor y el canal. Aquel empañado espejo plomizo sólo reflejaba arriates, muros de ladrillo y la ropa tendida de las lavanderas, pero el viejo vagabundo, cansado, ontemplaba en él toda su vida. Volvían a su memoria determinados rasgos de algunas fisonomías vislumbradas en sus largos viajes: el Oriente sórdido, el Sur desmantelado, las expresiones de avaricia, de estupidez o de ferocidad observadas bajo tantos hermosos cielos; los refugios miserables, las vergonzosas enfermedades, la reyertas a navajazos a la puerta de las tabernas, el rostro seco de los prestamistas y el hermoso cuerpo, bien metido en carnes, de su modelo Frédérique Gerritsdocheter, tendido encima de la mesa de anatomía en la Escuela de Medicina de Friburgo. Luego se dibujó en su mente otro recuerdo: en Constantinopla, en donde estuvo pintando algunos retratos de Sultanes para el embajador de las Provincias—Unidas, tuvo la ocasión de admirar otro jardín de tulipanes, orgullo y gozo de un bajá, que contaba con el pintor para inmortalizar, en su breve perfección, su harén floral. En el interior de un patio de mármol, todos los tulipanes juntos palpitaban y casi parecían susurrar, con sus colores chillones o suaves. Cantaba un pájaro, posado en la pileta de una fuente. Las copas de los cipreses agujereaban el cielo pálidamente azul. Pero el esclavo que enseñaba al extranjero todas aquellas maravillas era tuerto, y en el ojo que había perdido recientemente se acumulaban las moscas. Cornelius Berg suspiró largamente. Después, quitándose las gafas, dijo: —Es verdad, Dios es el pintor del universo.
Y luego añadió en voz baja con amargura:
—Pero, qué pena, señor Síndico, que Dios no se haya limitado a pintar paisajes..."
(Fragmento de "La tristeza de Cornelius Berg", de "Cuentos Orientales")
Mi amiga M. tenía una tía abuela (¿o era tía bisabuela...?) solterona y ricachona.
Este verano, paseando por la playa, M. me contó que husmeando en sus reliquias había dado con unos viejos libros que su tía se compraba en Inglaterra cada vez que viajaba allí.
Que se los había leido, y que me los recomendaba.
Son de una tal Georgette Heyer.
Pensaba leerlos en inglés, pero ahora me entero de que Salamandra los está editando:

Mañana empiezo.
Tengo un buen amigo al que le he conseguido un libro que quería leer hace tiempo (se trata de "El viento de la tarde", de d'Ormesson... Y andaba loco, el pobre: como sabreis, se trata del primero de la trilogia del famoso Jean d'O).
A cambio, y tras besar (metafóricamente, claro) todos los dedos de mis pies, y alguno más, me ha hecho un regalo magnífico: Una foto original de este momento (comprada por su padre en Viena hace ya muchos años):

(Son Bruno Walter, Arturo Toscanini, Kleiber, Klemperer, y Furtwangler)
Mi foto está un poco más amarilla, y ya colgada en mi biblioteca.
Creo que he salido ganando.
Voltaire se me está acabando.
Casi lo agradezco, llevo unos días en que todo lo veo en clave de moraleja filosófica... ¿Nada está bien, o todo es perfecto? ¿La sabiduria acompañada de desvelos o la felicidad de la estulticia? (mmm qué gran tentación)
Ahora necesito desengrasar: Creo que voy a adquirir la narrativa completa de Dorothy Parker.
(... que también vendrá cargadito de mucha filosofía...)
Saludos
Estoy releyendo a Voltaire, en la edición que ha hecho Siruela.
Un amigo francés de la familia -en tertulias acompañadas por grandes dosis de alcohol- afirma que es solo "fuego de artificio".
Pero a mí me tienen tan enganchada sus historias, y su vida, que -aún en el caso de tratarse sólo de chispitas- estoy deslumbrada.

Existe un tipo de música que (al menos yo) jamás pondría en mi aparato de música.
Pero que resulta apabullante cuando puedes ver cómo se toca. Así lo sentí ayer al ver ante mí como un mocetón bastante macizo (magnífico interprete, por otra parte) se entregaba en cuerpo y alma al concierto número 2 para violonchelo de Shostakovich. Quedamos sin aliento.
Y, de igual modo, a menudo surge del libro un párrafo que necesariamente ha de ser leído en voz alta. Más que nada para volver a sorprenderte al escuchar lo que acabas de ver ante tus ojos... (Así me pasó con esto del Gatopardo:
Era un jardín para ciegos: la vista era ofendida constantemente; pero el olfato podía extraer de todo él un placer fuerte, aunque no delicado. Las rosas Paul Neyron, cuyos planteles él mismo había adquirido en parís, habían degenerado. Excitadas primero y extenuadas luego por los jugos vigorosos e indolentes de la tierra siciliana, quemadas por los julios apocalípticos, se habían convertido en una especie de coles de color carne, obscenas, pero que destilaban un aroma denso casi soez, que ningún cultivador francés se hubiese atrevido a esperar. El príncipe se llevó una a la nariz y le pareció oler el muslo de una bailarina de Ópera..."
)
Por cieto: El mocetón se llama Daniel Müller Schott.
Lo de que todos los libros nos aportan algo es una manida cursilería, pero cierta, al fin y al cabo.
El libro que estoy leyendo ahora ("Un buen partido" de Seth, novelón de los buenos) me ha dado uno de los mejores consejos que he leído nunca.
Y no es sobre la vida, o la ética, ni sobre la humanidad.
Su protagonista sufre mucho por amor. Pero mogollón.
Y en un momento en que se encuentra desesperada su mejor amiga le sugiere que vaya a la estantería a por un Wodehouse.
Gran sabiduría, la de la amiga: Wodehouse para los bajones.