Cuéntame, niña, cómo te gusta ordenar tus zapatos, de qué tamaño y color es la toalla con la cual te secas después del baño.
Cuéntame, niña, cómo acomodas tus perfumes en el tocador.
Cuéntame, niña, si te calzas primero el zapato izquierdo o el derecho, dime en que mano tomas tu llavero.
Cuéntame, niña, con cuántos hielos se puede intentar mitigar tu ardor.
Cuéntame, niña, cómo abrochas los botones de tu blusa, el de abajo, el de arriba o si empiezas por en medio.
Cuéntame, niña, si tomas cerveza cuando tienes calor, o abres un tinto o si tomas agua para desterrar la sed de tu garganta.
Cuéntame, niña, bajo que ritmo te pones a bailar.
Cuéntame, niña, los pasos que he de dar para saber consentirte.
Cuéntame, niña, los países que conoces, las ciudades que disfrutas, los recuerdos de infancia en la calle en que naciste.
Cuéntame, niña, cuántos besos hacen falta para despertar tus ganas.
Cuéntame, niña, cuáles rosas que prefieres en tus floreros.
Cuéntame, niña, si por las noches alguna caricia dactilar se cuela en tu volcán cascada.
Cuéntame, niña, cuál canción cantas cuando te levantas feliz y cual te hace tomar tequila en tus horas de melancolía.
Cuéntame, niña, si has tenido una bicicleta en la cual perseguir tus anhelos.
Cuéntame, niña, cuánta sal necesitas para que te sepan a magia algunas cosas en tu vida.
Cuéntame, niña, qué escogerías, si te ofrezco helado de fresa, chocolate o vainilla.
Cuéntame, niña, si en esa luna tuya cabe el amanecer de mi sol dormido.
Cuéntame, niña, si el cielo se rompe sobre tus ojos por las noches.
Cuéntame, niña, háblame de todas esas cosas que te hacen existir, cubre mi desnudez con tu misterio. Vísteme de ti.
Tiraré los dados
en tu espalda
jugaré serpientes y escaleras
en el tablero de tu piel.
Desde que aparezca
la primer estrella
hasta que desaparezca
la última luciérnaga.
LSM
Marqueta de nuez con miel
cacahuate tostado con sal
cerveza con limón
mercurio en el termómetro
control remoto de la tele
teclado de una laptop
aire del balón en la final del campeonato.
Portada de un libro inédito
argumento de historia no escrita
lacre de una carta nunca enviada
tequila congelado en la garganta
quietud de mar encrespado.
Asfalto en la carretera
sexta cuerda de la guitarra
tablita de partir quesos
primera fila en el concierto
invisible umbral del escenario.
Mantel bordado a mano
corcho de tinto malbec
melodía en silencio
tinta de pluma fuente
alkaseltzer de los excesos.
Cariátide en el Taj Mahal
nenúfar nativo del desierto
pigmento de piel morena
arcada renancentista
coartada de crimen perfecto
atardecer mediterráneo
antorcha encendida en el Olimpo
cuerda en el paracaídas
pólvora de juegos pirotécnicos.
LSM
La mirada más bella de todas las miradas posibles. Esta es la última línea del libro que acabo de leer. Atravesé el punto más angosto de un embudo con todas las emociones de la última página envolviendo en un turbante el rescoldo de mi corazón y al final solté la tensión acumulada en forma de lágrima. Hace mucho que no me sucedía eso, por tal razón vale la pena compartirlo.
Los títulos son pieza clave de las obras artísticas. En lo personal, me molestan los poemas, cuentos y pinturas “Sin título”, denuncian la falta de creatividad, la poca disciplina aunque también son señales de espontaneidad y permiten que el espectador se involucre con la obra al ponerle su propio nombre. En este libro, Mira si yo te querré, el título tiene tanto que ver con la trama que resulta difícil imaginar otro. Además, condensa la historia en una línea y para resumir en cinco palabras una novela que implica tantas variables, se requiere maestría.
Luis Leante comparte su afán literario en la octava de sus obras de largo aliento, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2007. El título ya me había atrapado, la mercadotecnia también había hecho lo suyo con mi sed de lectura, pero lo definitivo fue la presentación que Felipe Montes hizo en el antiguo Palacio de Correos, en Monterrey. El poeta, sensible por definición, transmitió su visión basado en conceptos literarios. Señaló el ritmo fluido y preciso, la estructura no lineal, el narrador dosificador de la tensión y la información, el desierto como un personaje y una canción como hilo conductor. Por encima de los demás conceptos artísticos, eso de la melodía me atrapó.
Nunca olvidamos la canción que estaba de moda cuando nos enamoramos por primera vez, o la que bailamos con nuestro primer amor o aquella que nos cantaron en una serenata. Nunca. Y este no es un tema relevante, hasta tiene su tinta de cursilería, lo trascendente es saber tejer una historia interesante justo como hace el escritor español.
Hay que tener ciertas dotes de saltimbanqui y una brújula para adentrarnos en la aventura, los personajes y los diversos tiempos en que sucede la acción, pero una vez que estamos inmersos en el desierto, pasando por Barcelona y regresando de las jaimas a la ciudad de Gaudí, ya somos habitantes del universo donde suceden las cosas. La empatía aflora con el diseño de los personajes y el modo en que nos cuentan su historia. Todo el tiempo se va desdoblando ante nuestros ojos. Se nos entregan las piezas de un romántico mecano que se desdobla en la mesa dando paso a un penélope contemporáneo que no renuncia a su dosis de drama.
Compré el libro en Bellas Artes, en mi viaje a México, pero estaba en la fila de libros por leer. El miércoles pasado, fui al IMSS a hacer unos trámites. Sin saber, escogí el sitio más adecuado para conocer a la protagonista, Montserrat Cambra, doctora barcelonesa, quien encuenta entre las pertenencias de una paciente agónica una fotografía donde aparece Santiago San Román, su novio de juventud a quien dejó de ver después de encontrarlo en una cafetería con una rubia. Montse quedó embarazada. Santiago se fue a Zaragoza a cumplir con el servicio militar.
El oficio diario del soldado, es su virtud y defecto existencial. Lo mismo le sirve para conseguir ascensos que después ameritar el calabozo. Mi frase emblemática todo puede empeorar cobra su cuota en el capítulo donde a pesar de todos sus esfuerzos y habilidades y después de atravesar muchos vericuetos, llega a esa cita que el destino tenía pactada para él desde el día de su nacimiento. La tragedia sucede y lo envuelve. Una capa más en el inventario de infortunios.
Montse, al encontrar la foto, da un repaso a su vida y decide ir a buscarlo. Indaga sobre su paradero y esto la conduce al desierto. Planear los viajes es asunto de emoción, que sucedan cómo uno se los imagina resta espacio a las sorpresas. Cuando aterriza cerca del Sáhara, su itinerario de reencuentro orbita fuera del espectro de las cosas esperadas. El dibujo irrepetible de las dunas es una metáfora de las relaciones humanas. La imagen de un dromedario muerto a mitad del desierto es de una amargura tal que no hay dátiles suficientes para cubrirla de dulzura. El veneno de un alacrán conducirá a Montse a dar por terminada su búsqueda.
La misma canción de aquella noche que bailó con él, en ese momento inolvidable, sonará en el desierto de su alma cuando frente a ella vuelva a ver la mirada más bella de todas las miradas posibles. Y entonces, cerraremos el libro, tomaremos los kleenex, aplaudiremos a Leante y correremos al espejo a reencontrarnos con nosotros mismos y con ese pasado que se indigna tanto cuando creemos que podemos reeditarlo; pero todas las historias son distintas y tal vez haya por ahí alguien que haya podido lograrlo.
LSM; Septiembre 2007
Triste andaba. Aletargada en lo desconocido de mis cotidianeidades y dándole forma a una lágrima que caería por mis mejillas hasta que lograra el óvalo perfecto para dejarla brotar. Encendí el coche para moverme por inercia en un mundo que poco a poco se va convirtiendo en ruinas a mi alrededor. La frase vino a mi mente mientras metía reversa para salir de la cochera: El bisturí de tu adiós se abrió paso en mi piel ex profeso…bien, buen principio, sonaba bien. La garabatee en mi libreta de notas a como pude frente a un semáforo en rojo.
Llegué al Gargantúa con el germen de lo que pensé podría ser un buen poema. La exposición de fotografías versaba acerca de rupturas. A veces, la sincronía con el mundo no es algo que provoque sonrisas. Diversas heridas colgaban en la pared. Decidí quitarme los anteojos, así percibiría las imágenes difuminadas por la miopía.
Seguí sobre mi idea. El bisturí tendría que llegar al corazón; sí, pero no sabía cómo. No sonaba fácil que sólo al clavarlo fuera a dar al miocardio. Tendría que atravesar diversas capas de piel, membranas, tejidos. Necesitaba documentarme para que el poema tuviera su dosis de realidad y después trabajar en las metáforas. Regresé a casa dándole vueltas a mi primera línea. Cuando vi las placas del coche que estaba estacionado frente a la casa sentí que la sincronía con el mundo había vuelto a su orden perfecto, acordándose de mí, incluyéndome en el ritmo del mundo. Rosario, la doctora, había venido a visitarnos.
Entré a casa con la pregunta en los labios, pero la cortesía demanda primero saludar, comentar las noticias de la nota roja, preguntar por su trabajo, por el hijo. Además la noche era joven, apenas pasaba de las nueve de la noche. Busqué el momento oportuno para askear mi question, pero ninguno me resultaba prudente. ¿Te sirvo café—no sabes qué atraviesa un bisturí para llegar al corazón? ¿Quieres hielos—cómo se llaman las capas de la piel?
La generosidad existe también en los invitados. Fue ella quien sacó el tema. ¿Y cómo vas con tus escritos? Poca cosa, casi nada, por cierto, ¿me podrías ayudar con un poemita que trato de escribir? Sucede que tengo una primera línea pero no sé cómo continuar. ¡Ah! ¡Claro que puedo ayudarte!
La doctora empezó relatándome un caso que llegó a la sala de urgencias durante el primer día de su residencia. Llegó una muchacha desnucada, se había caído de un caballo y la trasladaron en una camioneta, desde el sur de la ciudad hasta el Hospital Universitario. Más de una hora de travesía. La chica llegó muerta. Es que en urgencias ves cada caso. ¿Y el corazón? Preguntaba yo desde el silencio de mi estupefacción.
Ella siguió con el hilo de la conversación, monopolizándola. Argumentó en contra de las series de televisión que involucran doctores, se burló de cómo resuelven las cosas, de la tecnología inexistente, pero defendió al Dr. House. Habló de los casos y de cómo los practicantes se los pelean y de las novatadas a los internos.
Ahogada en sonrisas nos contó cuando en un accidente llegó el director de cierta preparatoria con su acompañante femenina. Todos pensaron que era la esposa y no escatimaron esfuerzos ni recursos para atenderla de inmediato. PRIO-RI-TA-RIO decía en la etiqueta de todos los procedimientos que le mandaron hacer, necesarios o no. Cuando falleció, como el hombre estaba grave e inconsciente, alguien tomó la iniciativa de avisarle a los hijos que habían perdido a su madre. La fallecida no era la esposa sino la amante. La buena noticia significó el despido y el divorcio para alguien.
De Urgencias pasó a la rotación en Ginecología. Entonces vivió muchas cosas que la hicieron temblar cuando se embarazó. Llegó a tener a su hijo por parto natural y éste derivó en cesárea. Supe entonces cómo se llama la incisión esa que se hace en la entrada de la vagina para que el producto pueda pasar con mayor facilidad. Supe de las maniobras que a veces se tienen que hacer para extraer la placenta sin dañar el útero. Supe exactamente cada detalle del nacimiento de su hijo adolescente. ¿Y el corazón? La esperanza, dicen, es lo último que muere y a las once de la noche aún esperaba que resolviera mi duda.
La cátedra continuó. Sobre los dializados, los enfermos terminales, las exigencias de los que van a cirugía, las veces que le han vomitado sobre su bata limpia, el pleito que tuvo en el consultorio cuando le diagnosticó a una mujer monógama el virus del papiloma humano y cómo el marido casi la asesina por descubrirle sus actividades extramaritales.
A la una de la mañana, bostezando, la despedimos en la puerta de la casa. Afuera hay un mosaico medio flojo. Repárenlo pronto, la otra vez llegó al hospital un hombre con la clavícula rota porque se cayó de un escaloncito así de pequeñito y ya me voy, porque los peores accidentes ocurren de madrugada. Y se fue. Y del bisturí y del corazón ya no supe nada.
LSM; Septiembre 2007
La diagonal Luis Mora que tiene su punto de partida en la Casa de la Cultura, sitio de mi primer encuentro con el arte. Apenas cantar en la audición para el taller de música, me mandaron a pintura o escultura. La calle Juárez y el edificio de departamentos abandonado, hoy guarida de maleantes pero que en los ochentas era de lo más impresionante. Ocho pisos, elegantísimo y en esquina con sus ventanas orientadas hacia nuestro centro comercial de infancia, el Mercado del Norte, donde mamá compraba plátanos cuando íbamos a casa de la abuela porque nunca hay que llegar de visita con las manos vacías. La cafetería de Panchito Peña, donde adquiríamos el pan de la merienda dominical. El coctel de camarones, premio a las buenas calificaciones. Félix, en su joyería, reparando siempre los mismos relojes frente a la dulcería donde surtíamos la tienda.
Las señoritas de la vida galante luchando por hacer gala en su vida. Los fierreros que sabrá Dios cómo sobreviven de vender herramientas oxidadas y bocinas desbocinadas. La señora rubia chamagosa que desarma las balastras quemadas y después las repara; dicen que tiene a sus hijos estudiando en Canadá. El depósito a media calle, donde se detienen los sedientos a comprar cerveza para seguir la parranda. La paletería Lupita y las paletas de limón que comprábamos al salir de la primaria. Las tostadas de Don Nacho, preparadas con sus manos sucias y envueltas en una margarita. Don Pepe, que vendía silbatos, cerbatanas, huleras y rentaba videomágicos por diez centavos.
La carpintería de Clemente, que saca su virgen de San Juan de los Lagos para que bendiga su oficio de hacer muebles. La casa de Doña Leocadia, que jamás le cortaba la trenza a Fernando, porque habría de cumplir una manda cuando cumpliera diez años. Salomé sonriéndome desde su Alzheimer, sin recordar la vez que le hice una broma en el kínder. La frutería de las cuatas, donde su padre siempre me ofrecía mandarinas y piñones. El salón de fiestas de la CTM, donde supe lo que era una piñata y un baile de cintas. La casa abandonada de Maru, que se sacó la lotería y jamás volvió para el barrio. La casa de los Carvajal, hundida diez escalones con respecto al nivel de calle. Don Sofío vendiendo elotes, diciéndome otra vez que no me preocupe, que tengo crédito abierto. Sus hijos: Rito, Mónico y Carolino, una oda al feminismo.
La panadería de los Balderas, donde no podíamos ir porque su padre había sido galán de Doña Manuela y hasta su muerte esperó que ésta quedara viuda para casarse con ella. Entoncés íbamos con Juanito, fanático de los Sultanes, que sigue vendiendo su pan chiquito, pan de pobre, a un peso la pieza. Las donas son caras, porque tiene su chiste hacer el hueco del centro con una corcholata y esas cuestan unocincuenta, pero si compras tres, te regala una campechana. La carnicería Minerva, convocando al vecindario con sus olores sobre las seis de la tarde que indicaban que los chicharrones de res ya estaban listos en el cazo, pero primero había que hacer fila en la tortillería para tener el placer completo con las tortillas recién hechas.
Los futbolitos del Warren, donde íbamos a escondidas, pues teníamos prohibidísimo acercarnos por ahí. Después supimos que vendía droga en paquetitos de cigarros Delicados, ¿Delicados o delincuentes? Mucho tiempo me tomó comprender el código de su ilicitud. La casa del Ruso y su hermana Susana, a quien le cantábamos esa canción de Menudo cuando estaba de moda, porque pasaba frente a la casa cuando andaba de romance con Edgar, el guapo y la guapa del barrio. Nunca se ha escrito más original y bella historia de amor. Mi amor de verano se llama Susana, se llama Susana… Para que te lo sepas, él nos pagaba, Susana, y una coca, repartida entre cinco, no era para desperdiciarla. Mucho menos si había que tomarle del pico y pasarla, tal y como lo hacen algunos albañiles con su caguama.
La tienda de los Güeros, donde vendían barajitas para los albums. La casa del General, que no dejaba que sus hijas salieran al patio. La finca del Hermano Lara que siempre dijeron que la hicieron sin cimientos y aún es fecha que espero se caiga. El taller de Américo con sus coches chatarra. Las papelerías contiguas haciéndose competencia. La maldita casa de la cruel Toñita, la única mujer que sabía poner inyecciones. Desde la ventana del segundo piso, el arquitecto trabajando en su restirador. La Tienda Nueva, donde mi abuelo me compraba jugos y carros y donde se quedó un trozo de mi nariz y la perfección de mi barbilla. La Casa Blanca, residencia del Doctor, por antonomasia el rico del barrio, de paredes blancas, barandal blanco y coche blanco. La estética Del Alto, el paraíso de la transformación.
El amante de Doña Canuta pasando a visitarla los jueves, cinco de la tarde. Secreto a voces, de esos que todo mundo sabe. Don Chema Choques, con su coche golpeado. Don Sasquash camino a Cervecería para llenar su tina de agua, pues no quería darles molestias a los hijos cuando quedó pensionado. La casa de los Mina, que no devolvían la pelota cuando se te iba a su jardín. Mi tío Carlos, vencido por su artritis, recargado siempre en el árbol. El canelo del que teníamos provisiones para los tirabolitas. Todo este camino he de recorrer para llegar de nuevo a posar mis manos sobre el barandal verde en la casa de mi madre, donde todos mis pasos comenzaron.
LSM; Septiembre de 2007
En la maternidad, en la iglesia, en el jardín de niños, graduación de primaria, secundaria y facultad; en la maestría y en el quehacer profesional. Antes de la comida, en la sobremesa, invitada a desayunar, al charlar en las meriendas o lavar los platos al terminarse la cena.
En la orilla del mar, en la Torre Eiffel, en la Puerta del Sol como el año que fue, en la Ópera de Viena, frente a la casa de Kafka, A los pies de Abu Simbel, tras la sombra de la Esfinge, en el Domo de Florencia, en las bancas del Parque Guell, a la sombra de la Giralda. En la oficina, a media calle, en el barandal de mi casa. Escritos en papel cebolla, garabateados en papel kraft. Con tinta china, en carboncillo y sobre telas de lino con lápiz labial.
Sin ganas, sedienta, ansiosa, desconcertada. Insomne, infeliz, meditabunda, encabronada. En los encuentros, en las despedidas, al aprobar un proyecto o posponer alguna cita. Desnuda, bañada en sudor, con vestido largo, en mezclilla y blusa de rayas, por encima de una mascada. Robados, ajenos, accidentales, erróneos, apresurados, lentos, deseados, imaginados, ganados. En las cicatrices de mi rostro, sobre mis párpados, las manos, los hombros, el cuello, en todos los intersticios que tiene mi cuerpo.
En el tren, en el funicular, en el aeropuerto, en la librería, en Bellas Artes, en Los Azulejos, en el museo, en las gradas del estadio, en la oscuridad del cine, en la duela del gimnasio, en los segundos inconclusos, en las horas de ensoñación. En el bosque, en el desierto, bajo la luna, detrás del sol.
Inscritos con fuego en la memoria sensorial. Olvidados al amanecer. Tantos, cuántos, demasiados pero nunca suficientes. He tenido de muchos colores, aromas, esencias, alientos; pero siempre buscaré, sobre todo en noches como ésta, cuando llueve nostalgia sabor chocolate, el beso que no nos atrevimos a darnos estando tan cerca en esa mesa de billar el primer viernes que aceptaste salir conmigo.
Lorena Sanmillán
Ayer te vi. Iba en mi coche, tú caminabas por la calle. Me pasé en ámbar por seguir tus pasos. Una mezcla violenta de miedo, desconcierto y alegría se alojó en mi pecho. Se me llenaron los ojos de lágrimas y la garganta de silencio. Toda saliva se fue de mi boca y todo aliento abandonó mis pulmones. Llevabas la misma ropa con la que te vi por última vez, ese, tu uniforme de guapo, como tú le decías.
Entraste a una zapatería ¿Tú, comprando zapatos? Me estacioné para no perder detalle de tus gestos. Pensé que te había confundido con alguien más, pero el tic que aparece en tu mejilla cuando gastas dinero en cosas innecesarias, tacaño irredimible, me confirmó que eras tú.
El momento ameritaba un cigarro. Busqué en mi bolsa, desviando la mirada de tu figura. Al volver la vista a la tienda, ya no estabas. Pregunté por ti, dijeron que no esperaste ni la feria y que aunque parecía que tus pies eran más grandes pediste un número más chico y te quedó perfecto. Me indicaron por donde te fuiste. Di varias vueltas a la manzana pero no pude encontrarte. Tal vez tomaste el primer taxi que viste. Tal vez cruzaste la calle.
Un encuentro común, nada digno de comentarse. Te veo, te pierdo de vista y de ello no hay nada rescatable. Así es y así sería, si no fuera porque hace un año, cubierto de nardos, en aquel cementerio te dijimos adiós, enterrándote descalzo.
LSM