Los he visto, repito, los he visto. Están por todas partes. Se camuflan entre nosotros pero no son de este mundo. Tratan de pasar desapercibidos pero algunos detalles ocultos les delatan. No es fácil distinguirlos. No son de un vistoso color verde ni tiene un sexto dedo justo al lado del meñique. Parecen personas pero no son de nuestra especie, repito, no son de nuestra especie.
Los veo cada día de camino a la estación. Me cruzo con ellos en mi puesto de trabajo. Los encuentro comprando en las grandes superficies comerciales. Compartimos los mismos espacios, las mimas calles. Nos sentamos en butacas contiguas en el viejo cine del centro, compramos lotería en la misma administración y nos masturbamos pensando en las mismas mujeres. Se parecen a nosotros pero no son como nosotros. Ellos no son humanos, repito, no son humanos.
Sus cuerpos no son de carne, no son orgánicos, no producen calor. Sus tejidos están fabricados a partir de tarifas planas, ge-pe-eses y güebcams. Sus llantas son de aleación asistida y sus huesos recuerdan al acero enriquecido y al plutonio galvanizado. Por sus venas no circula sangre, sino gasoil. El sonido de sus corazones se asemeja al croar de un enrutador. Su sistema nervioso central funciona a miles de millones de instrucciones de punto flotante por segundo. Sus pupilas filtran la información en cinco mega-píxeles o incluso más. Hablan en lenguaje ese-eme-ese, siempre tienen cobertura y silban extraños politonos al caminar. Están antenizados, repito, están antenizados.
Por las mañanas embuten en sus oídos internos los auriculares de sus iPod nanos y le dan al play. Caminan por la ciudad como un extraño ejército de zombies y no se detienen para ayudar a nadie. No tratéis de preguntarles la hora, no esperéis su atención si sois ancianos y tropezáis en la acera o si sois madres y necesitáis que alguien suba al vagón del metro vuestro carro de bebé. No os pedirán perdón si os pisan por despiste. Os estudiarán, contrariados, si os ven leer un libro u oler una flor. Se extrañarán si os ven sonreír y probablemente tratarán de imitar vuestro gesto para parecer más humanos. Pero que no os lleven a engaño: sus almas no contienen sentimientos, sólo contienen giga-bytes, repito, sólo contienen giga-bytes.
No les importa la deforestación del Amazonas, ni la extinción de las especies, ni las guerras de oriente próximo, ni el hambre en el tercer mundo, ni la miseria del cuarto. No les incumbe en absoluto los problemas racistas ni la igualdad entre hombres y mujeres, ni siquiera todo ese rollo del cambio climático global. Sólo creen en ellos mismos y en su propia comodidad. Sus hogares están repletos de coches de gama alta, lavavajillas con videoconsola incorporada, teléfonos móviles pirolíticos y microprocesadores ADSL con air-bags de serie y tracción a las cuatro memorias RAM. No son analógicos, son digitales. No son empáticos, son electrónicos. No son convencionales, son tecnológicos. No son humanos, repito, proceden de otro lugar.
Sus únicos intereses son esos que crecen al ocho por ciento TAE. Sus genomas son de IRPF y tienen un producto interior bruto superior a lo normal. Acumulan mandos a distancia y aparatos inalámbricos como hobby compulsivo. Se descargan a sus cónyuges en el e-mule y se encierran cada noche en salones de chat. Entienden nuestro mundo como un complejo entramado de códigos de barras. Ven la realidad como una combinación de unos y ceros. No saben qué es el altruismo, ni la tolerancia, ni el respeto, ni siquiera la solidaridad. Suelen hablar sin decir nada y repiten demasiado la palabra libertad.
Los hay de todas las edades, de todas las clases sociales, de todas las nacionalidades, de todas las ideologías y de cada tendencia sexual. Algunos visten pijo, otros visten de manera informal. Unos se peinan con la raya al lado y otros llevan rastas. Algunos hacen yoga, otros practican taekwondo, muchos juegan al fútbol y unos pocos al ajedrez. Lo mismo escuchan pop, que rock, que reagge, que heavy-metal, que techno-dance. Existen en versión rubia y en versión morena, en pelirrojo, en albino y en technicolor. Clasificarlos en grupos es prácticamente imposible debido a su inmensa variedad, pero todos ellos tienen algo en común: matarían a cualquiera por un puñado de euros pero no moverían un solo dedo por nadie si no es a cambio de remuneración o de trepar en su escala social.
Hace años que estudio a estos seres. Lustros de intensa investigación científica no han servido para apenas nada. En todo este tiempo sólo he obtenido cuatro conclusiones irrefutables que a continuación enumeraré:
1. Proceden de otro planeta.
2. Cada vez son más numerosos.
3. Su comportamiento es altamente contagioso.
4. Acabarán por desplazar al Homo sapiens de su hábitat natural.
Tened mucho cuidado si conocéis a alguien que reúna las características que he explicado en los párrafos anteriores. Alertad al CSIC o a la NASA si comenzáis a observar en vosotros mismos cualquiera de esas alteraciones. Preocupaos si creéis que sois uno de ellos, tomad las medidas oportunas para cambiar vuestro comportamiento: quizás todavía estéis a tiempo de detener ese desagradable proceso de conversión.
Hay una nueva forma de vida que amenaza a la Tierra, repito, hay una nueva forma de vida que amenaza la Tierra. Yo les llamo los “Egotecnoconsumistas convencidos”, aunque cientos de científicos de todo el mundo debaten en este momento cuál sería la mejor forma de denominarles, la taxonomía que se debería emplear. Lo único que parece claro a día de hoy es que no son seres humanos, repito, no son seres humanos, son otra cosa totalmente distinta: una plaga aberrante, una monstruosidad moral, una anomalía antropomórfica, la personificación de la indiferencia y la maldad.
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¿Cómo quieres que escriba una canción, si sabes que he perdido mi inspiración? ¿Cómo quieres que cambie de sitio las horas y los tiestos que rompiste para no mirar el reloj? ¿Cómo quieres que gire las agujas que deciden la dirección de los trenes que te han visto marchar? ¿Cómo quieres que tire por el desagüe todas las estaciones en las que quería esperarte? Dime, ¿cómo?
Una racha de viento nos visitó, ella tuvo la culpa. Llegó con sus ráfagas de hastío, con sus remolinos de incertidumbre, con sus tormentas de miedo y lo cambió todo de lugar. Tus neuronas y mis neuronas. Tu mundo y mi mundo. Tu pecho y el mío.
Y donde antes había paz de repente ya sólo encontramos banderas blancas. Y donde hubo amor sólo quedaron corazones dibujados en la pared. Y donde había confianza sólo dejó recelos. Donde brotaba la hierba creció el metal. Y donde había tiempo sólo quedaron hojas secas y arrugadas como la piel de los ancianos; eso y una terrible angustia al mirar hacia atrás.
Te busco en la cocina pero no te encuentro. Investigo en el salón y no hay ni rastro. Escudriño en la escalera pero ya te has ido. En esta casa hay demasiado aire para una sola persona. Me ahogo. Abro la boca para ventilarme y parezco uno de esos peces de colores de los relatos de Wnefron, un pez triste con brillos nacarados que da vueltas en una pecera sin saber para qué.
Aire en lugar de agua. Paredes de yeso en lugar de esfera de cristal. Lágrimas en vez de branquias. Nada parece igual pero en el fondo es lo mismo: camino en círculos y hace tiempo que perdí la esperanza de cruzarme con alguien como yo.
Me extravío por los pasillos. Me escondo debajo de la cama. Necesito ir al lavabo pero siempre acabo tumbado en el sofá. No encuentro el interruptor de ninguna lámpara. No recuerdo dónde estaba el armario: no sé si quedará ropa dentro. El tostador está dentro de la nevera y la nevera, dentro del televisor. Mi colección de discos gira dentro de la lavadora, mi vieja guitarra toca sola en el balcón. Hay latas de conserva encima de mi ordenador portátil y todos mis libros revolotean a sus anchas y graznan junto a aquél primer poema que te regalé.
Todo ha cambiado de sitio. La culpa la tuvo aquella racha de viento, ¿recuerdas? Tus sueños y mis sueños, tu piel y mi piel, tu mundo y mi mundo, mi futuro y el tuyo: todo ha cambiado de lugar. ¿Cómo quieres que empiece a buscar dentro de este caos?
Para mi amigo Ysra. "Si entre los dedos se te escapa volando una flor..."
El nuevo disco de Extremoduro todavía no ha salido al mercado... ¡Y yo no sé si podré aguantar esta espera mucho más!
Cada vez que nuestra madre desempañaba el cristal de la puerta que daba al patio, cualquier maravilla era posible y nunca sabíamos muy bien qué podríamos encontrar. Entonces yo creía que todo aquello era sólo un juego infantil, un invento suyo para mantenernos entretenidos, una manera cualquiera de dejar transcurrir las largas tardes dominicales del invierno, cuentos chinos para engañar a unos mocosos que se creían todo lo que oían y veían cualquier cosa que pudieran imaginar. Ahora, casi veinte años después, empiezo a sospechar que todo aquello sucedía de verdad.
Mi hermana y yo solíamos mirar por turnos a través del traslúcido y efímero hueco que mi madre abría con la manga de su suéter de lana en el centro mismo del ventanuco, mientras la estufa quemaba troncos sin descanso en la cocina y mi padre dormitaba sentado en una mecedora o tumbado en el sofá. Las normas eran sencillas y claras: cada uno de nosotros dos podía mirar lo que pasaba allí afuera únicamente durante el breve intervalo de tiempo que transcurría desde que mi madre limpiaba el cristal con la manga de su jersey hasta que nuevas gotas de vaho condensaban sobre su superficie impidiendo cualquier posibilidad de vislumbrar lo que sucedía más allá de aquella puerta.
Mi hermana y yo apoyábamos nuestra nariz contra el frío vidrio y abríamos con fuerza los ojos, mientras mamá susurraba preciosas palabras muy cerca de nuestras orejas. Desconozco qué paisajes entreveía mi hermana al otro lado de aquella puerta, pero las imágenes que generaba mi mente infantil gracias a las palabras de mi madre todavía permanecen en mi memoria como una infinita exposición de lienzos coloridos y sorprendentes. Estimulado por las bellas narraciones de mi madre, ante mi rostro desfilaban ejércitos de gominolas disparando confeti, paraguas que llovían por dentro, bicicletas de sietes ruedas, barcos que flotaban entre las flores del patio, nubes de doce colores, ranas cantando canciones de los Beatles, mis gatos bailando el sirtaki y orquestas musicales formadas por las pelotas de mi pequeña colección.
Atónito, disfrutaba de aquellos prodigios y me dejaba embaucar por la magia del momento y por lo increíble de las fugaces escenas que tenían lugar detrás de aquel cristal. Después, el vaho cubría de nuevo la superficie helada y pulida y las imágenes se desvanecían como si nunca hubiesen existido, como si nunca hubiesen estado allí. Y mi madre sonreía limpiamente mientras mi hermana y yo continuábamos con la boca abierta y con los ojos como platos, con el vello de la nuca erizado y con el corazón latiendo descontrolado, ilusionado y emocionado, casi a punto de estallar.
Al crecer, empecé a pensar que los ensueños de aquellas tardes de domingo eran sólo el fruto de la sugestión a la que nos sometía nuestra madre con sus asombrosos y amables relatos para estimular nuestra imaginación, y dejé de otorgar importancia a aquellos recuerdos multicolores y caprichosos, casi surrealistas, que me acompañaron durante mi infancia y me ayudaron a crecer.
Sin embargo, desde hace ya algún tiempo, estoy casi convencido de que aquellas escenas oníricas y desconcertantes sucedían en realidad ante mis ojos, al otro lado de aquella extraordinaria puerta, en aquel pequeño jardín que mi padre sembraba de rosales, jazmineros, margaritas y madreselvas. No sé muy bien por qué, de repente, comencé a creer de nuevo en la existencia de aquellos ejércitos de gominolas, en aquellos paraguas de lluvia invertida, en aquellos ciclos de múltiples ruedas, en los barcos que flotaban entre las azucenas, en las nubes que parecían arco iris, en las ranas cantantes de pop, en la habilidad para la danza de todos mis gatos, en la inusual capacidad de mi pelota de fútbol para tocar el trombón. Y todo me parece posible.
Ahora, cuando me siento enfermo o alicaído, cuando pienso que sólo transito caminos equivocados, cuando me arrepiento de cosas que hice o de decisiones que no me atreví a tomar, cuando siento demasiado peso sobre mis hombros casados, cuando la existencia parece perder el sentido, cuando la esperanza se me escapa desbocada entre los dedos y vivir se me figura una broma pesada de muy mal gusto y sin gracia, ya sé lo que hacer. Busco una ventana cerrada o una puerta acristalada, proyecto mi aliento contra su superficie hasta que queda empañada, creo un pequeño hueco en el vaho con la manga de mi camisa y miro a través de él.
A veces el procedimiento no funciona, sobre todo si es verano y el calor no permite que el vapor de agua se condense, pero ni siquiera eso me importa: porque la magia no está en el cristal ni en el vaho que surge de mi boca, se encuentra dentro de mí y no en el exterior. Si me descuido, puedo pasarme horas enteras así, con la nariz apoyada en el vidrio, como un tonto, mirando lo que ocurre más allá de mis frustraciones y mis temores, de mis dolores y de mi soledad, de mis miedos y de mi falta de seguridad. Y las cosas que ocurren en mi imaginación son tan fantásticas y cegadoras, tan reconfortantes y divertidas, tan estimulantes y esperanzadoras, que vuelvo a recordar que siempre hay un puerto al que amarrarse, incluso cuando nos parece que sólo zozobramos a la deriva en alta mar.
Para Cabaret y Tarasia* de manera muy especial, porque las malas rachas acaban pasando y siempre hay un puerto donde amarrar.
Y ahora, para los más peques (y para los que tengan más edad pero no les importe ese detalle sin importancia que es el año de nacimiento), un capítulo de mi serie favorita (me enganché por culpa de mi sobrino y ahora lo veo todas las mañanas antes de ir a trabajar).
Abrazos y ¡buen fin de semana!
Íker, mi sobrino. Un añico, tiene el mozo. Es un sol.
Siempre os estoy hablando de MI tesis doctoral, de MI programilla de radio, de MIS textos, de MIS publicaciones, de MIS paranoias, de MIS viajes, de los conciertos en los que toco MI trompeta, de MIS sueños, de MI vida... Con que os diga que soy el presidente de mi propio club de fans...
Me quiero tanto que estoy convencido de que, si pesara unos kilitos menos y estuviese más musculado, me podría cachondísimo cada vez que me mirara al espejo. Me mataría a pajas inspirándome sólo con mi propio reflejo. Seguro. Os lo juro.
Lo único que no comprendo es lo siguiente: SI ME QUIERO DE ESTA MANERA TAN EXAGERADA, ¿POR QUÉ ME PASO LA VIDA CASTIGÁNDOME TANTO? El alcohol, el tabaco, las drogas, las malas mujeres, los poemas de Panero, las novelas de Palahniuk, los reality-shows televisivos, las películas de Lars von Trier, ir cada mañana a trabajar... A este paso, o mi cuerpo acaba estallando, o mis neuronas se fugan de vacaciones a Cuba... Estoy convencido.
Tengo miedo de mi narcisismo, de mi hedonismo, de mi egolatría, de mi onanismo, de todos mis superyós, de mis múltiples personalidades y de las vocecillas de mi cabeza que aplauden todo lo que digo o hago y que corean mi nombre cada vez que estoy bajo de moral.
Me temo que, si sigo por este camino, sólo habrá dos desenlaces posibles:
a. O acabo cansándome de mí y decido tirarme a la vía de tren cuando esté a punto de pasar el regional que va a Barcelona.
o
b. Me caso conmigo mismo y me establezco como pareja de hecho unipersonal.
Y ninguna de las dos alternativas me atrae demasiado, para qué me voy a engañar... Ni siquiera sé la legislación permite la segunda opción...
¡Pero esto va a cambiar! A partir de ahora esto va a ser diferente. Y para que veáis que me estoy rehabilitando, hoy os traigo un poema que, ¡OH, SORPRESA SORPRESIVA: NO ES MÍO!
Sigo investigando la fauna poética ilicitana (hay especies muy interesantes: algunas de ellas, verdaderos prodigios en peligro de extinción). Hoy he acudido a un recital invitado por un amigo del que ya os habé en una ocasión. Además de pasar un buen rato y de confirmar que Antonio Zapata es uno de mis poetas favoritos ahora mismo, he descubierto un nuevo ejemplar que ha despertado mi interés. Por eso he querido compartirlo con vosotros.
El poeta en cuestión se llama Manuel Valero y es un joven estudiante de periodismo de Elche. Lo que más me ha llamado la atención es que, además de escribir unos poemas preciosos (me he llevado un libro suyo y he leído algunos fragmentos en el tren de camino a casa), reúne algunas características de las que no demasiados poetas pueden presumir: tiene una voz potente, penetrante y profunda, y recita con un estilo propio que le viene muy bien al tono de sus poesías.
Como muestra, os dejo uno de los poemas que ha leído esta tarde y que aparece publicado en el número 2 de la revista EL PICUDO BLANCO (en la que YO también he colaborado. ¡MIERDA, ME HA VUELTO A PASAR. NO PUEDO EVITARLO: ME QUIERO TANTO...)
Y ahora quiero dar las gracias a varias personas:
1- A José Manuel Sanrodri por permitirme participar en la revista "El picudo blanco" y por descubrirme a tantos buenos poetas.
2- A los que me han pedido el disco de MUTE que anuncié en el anterior post. Gracias de corazón por apoyar la causa: sois más majos que las pesetas.
3- A los que hayan leído este post completo. Sé que casi nadie lee posts que duren más de veinte líneas. Internet es así, lo sé. Así es que, si alguien se ha tragado toda esta parrafada: MIL GRACIAS. Y si alguien no se lo lee pero finge que lo ha hecho y deja comentario, pues gracias también, que la compañía en un sitio tan oscuro como este palacio nunca viene mal.
Para los que lo hayáis leído y para los que finjáis que lo habéis hecho, os dejo un regalo que no tiene precio. "La niña imantada", de Love of Lesbian. LOS QUE NO CUMPLÍS NINGUNO DE LOS DOS ANTERIORES REQUISITOS: ¡¡NI SE OS OCURRA DARLE AL PLAY, QUE NO OS MERECÉIS ESCUCHAR ALGO TAN BUENO!! Jeje.
Os iba a poner otra canción del mismo grupo: "Houston tenemos un poema", pero la versión que hay en youtube se oye como el culo, así es que os he dejado ésta.
Hoy me convierto en Teletienda (o más bien en Tiendablog) para anunciaos que está a la venta el primer disco del grupo MUTE, titulado "HISTORIAS MÍNIMAS"
(Aquí, los artistas)
No suelo vender nada. Se me da muy mal esto de vender. Pero este caso es especial.
Y es que los cabrones son muy buenos. Y no es que lo diga yo, que soy muy fan, sino que lo están demostrando en cada concierto que dan. El disco tiene una gran calidad de sonido, una amplia variedad de ambientes y una personalidad propia muy elegante y rotunda. Las ilustraciones y el diseño del disco (a cargo de Lucía Muñoz y Laura Prieto, respectivamente) están realizados con muy buen gusto y grandes dosis de talento.
Además (y esto sirve de excusa para colgar esta información en esta bitácora), tuve la suerte y el privilegio de colaborar en una de las canciones con una letra que compusimos a medias entre Carlos García (bajista, una de las voces del grupo y muy buen amigo mío) y yo mismo.
La canción en cuestión se llama "Pornstar" y podéis escucharla, junto con otras muchas, en el myspace que hay enlazado por todas partes en este post.
Además, como aquí estamos entre colegas, a los 500 primeros (jeje) que pidan el disco, igual se llevan un regalo sorpresa (esta estrategia de marketing la aprendí de Dorina Clark, jeje). Sólo cuesta 5€ + lo que me cueste enviaoslo por correo. Si alguien lo escucha y le interesa, enviadme un mail a mi correo de siempre (rubentxo_txo@hotmail.com).
Escribo para encontrarme a mí mismo, pero también para olvidarme un poco de mí. Escribo para comprender un poco mejor a la gente pero también para alejarme de ella. Escribo para aprender pero también para equivocarme. Escribo tanto para enterrar mis miedos como para crear incertidumbres nuevas. Escribo para perpetuar mis recuerdos pero también para desfigurarlos y modificarlos según mi antojo. Escribo para no volverme loco y para recordar que nunca estuve cuerdo. Escribo para sentirme mejor y, sobre todo, para tener bien presentes todas mis culpas.
Escribo y miento. Escribo y digo la verdad. Miento con verdades y convierto la realidad en la mayor de las ficciones, también viceversa. Tanto cuando miento como cuando digo la verdad, trato de ser honesto. A veces soy sincero. A veces sólo aparento serlo. La mayoría de las ocasiones finjo que no lo soy. Soy un embustero y, si prestas atención, verás cómo me crece la nariz.
No te creas la mitad de lo que aquí te cuente. No confíes jamás en mí. Juego con las palabras y sé modificarlas a mi antojo para que digan justamente lo contrario de lo que quiero decir. Puedo confundirte si me lo propongo, incluso puedo hacerte sufrir.
Escribo para pertenecerte y para que seas parte de mí. Te poseo cuando escribo y me posees cuando lees lo que escribí para ti. Parece una bonita relación, pero lo cierto es que yo soy un mentiroso y tú no sabes distinguir mis mentiras de la verdad. No conozco tus intenciones y tú ya sabes que las mías no son del todo limpias.
Ahora puedes seguir leyéndome si quieres, pero después no digas que no te lo advertí.
(Iván Ferreiro, Toda la verdad, de su nuevo disco Mentiroso mentiroso)
Las hojas caen en el otoño. Uno las pisa sin pararse a mirarlas siquiera. La calle comienza a llenarse de ese manto de finas luces ocres y anaranjadas que recuerdan a la piel marchita de los muertos de guerra. El tiempo gira y las horas yacen. El viento amaina y la paz se eleva sobre los tejados. Todo parece abocar a la inexistencia, a la desnudez, al ocaso. Los hombres lloran y las mujeres lloran al verles llorar. Los hombres nunca deberían llorar, pero lo hacen. Las mujeres nunca deberían ser infelices, pero lo son. El mundo es tan imperfecto como el envés cuarteado de las hojas desprendidas, abandonadas. El mundo es tan demencial como una sinfonía de jazz contemporáneo.
Las hojas caen en el otoño, tú lo sabes y yo lo sé. Es algo inevitable. No hay por qué lamentarse. La vida completa su ciclo de altibajos con la misma naturalidad con la que uno orina o defeca, besa o tiene un orgasmo. Uno nace y después muere. Durante el trayecto entre ambos puntos uno puede hacer lo que le dé la gana. Hay quién desaprovecha el tiempo, hay quién no sabe muy bien qué hacer con él, hay quién lo regala y hay quién sólo lo ve pasar. No existen las mejores opciones, una vida nunca se puede optimizar. No existe fórmula matemática que resuelva la desigualdad. La incógnita vida no tiene solución. Cualquier intento de acercarse a su resultado es siempre asintótico, nadie lo puede alcanzar, lo roza pero nunca lo toca, ni siquiera en el infinito.
Las hojas caen en el otoño. No es un drama, es algo normal. Cuesta asimilarlo pero pronto se pasa. Puede sorprendernos pero no tendría por qué pillarnos desprevenidos. Uno las pisa y ya está. No se puede hacer nada por evitarlo. Y los hombres lloran y las mujeres lloran al verlos llorar. Y aquéllos que ni siquiera miran todo ese montón de hojas secas se ríen y en su risa se entrevé la tragedia. Girar la vista hacia otro lado no cambia las cosas: las hojas siguen cayendo cuando llega el otoño, recordando a la piel marchita de los muertos de guerra, recordando los malos momentos que aún están por llegar. Uno podrá mirarlas si así lo desea, echar un vistazo al reloj y continuar caminando sobre ese manto de luces anaranjadas, escuchando todo ese crujir bajo las botas. Nunca la muerte sonará más cercana.