-Herencia- Primer capítulo, primera parte
<
-Bah, ¡Ya acabaré la redacción, me voy a la calle.- dijo Aarón mientras se estiraba. Aarón era un chico de un metro setenta de latura, delgado, piel clara y pelo moreno. Normalmente vestía unos pantalones vaqueros y una camiseta de manga corta, pero hoy llevaga una camisa de vestir color blanco y unos pantalones chinos. Iba a acompañar a su madre a la notaría, a ve la parte de la herencia de su abuela. Que por lo visto también gabía dejado algo para él, razón de más por la que se vistió como un pijo contra su voluntad.
Soltó el bolígrafo y cerró sus libros y cuadernos. Se levantó de la silla y salió de la habitación dando un potazo. Recorrió el pasillo entero hasta las escaleras pensando lo mucho que se reirían de él cuando le vieron con esos naúticos marrones tan grandes, que parecía un payaso. Bajó las escaleras corriendo y vió a su madre sentada en el sofá viendo la tele.
El salón era una sala grande pero mal aprovechada. Las paredes eran de color amarillo y el suelo era de madera. Tan sólo alumbraba la estancia la luz de la televisión, pues la única ventana tenía las persianas bajadas, po las cuales se filtraba un pequeño haz de luz por las rejillas, lo que daba un toque veraniego a la estancia. La televisión estaba enfrente del sofá encima de una mesita un tanto antigua.
-Hola cariño, ¿Has acabado los deberes?.- dijo su madre levantándose del sofá y acercándose a él para besar su fría mejilla.
-Si mamá.- mentí piadosamente- Me voy a la calle, a ver si baja Rubén.
-Vale, pero ya sabes que dnetro de media hora no s vamos a la notaría, ¿Vale?.- Me lo dijo cariñosamente y alegre, pero ni su tímida sonrisa podía ni siquiera adormecer su tristeza. Aún con sus sonrosadas mejillas bañadas en lágrimas ocultadas bajo el manto de la oscuridad, me dedicó una gran sinrisa esperanzadora. Le dí un beso y me giré dedicándole un te quiero. Abrí la puerta por el pomo frío cromado y cerré.
No me gustaba realizar ese ritual, marcharme. Dejaba atraás a mi madre, que aunque me ocultaba su trsiteza, sabía que en el fondo lo pasaba muy mal. Vwestida de negro y con lágrimas, como si de lluvia en la noche se tratara e iluminada por el plenilunio de su sonrisa, había perdido a su madre, mi abuela, las raíces de su vida.
Envuelto en mis negros pensamientos avancé por la avendia de la rueda, estaba solitaria, apenas pasaba gente y , sin no fuera poque algunos cocjes caminaban por el oscura sendero, gimiendo atormentados, la calle sería como un agujero negros silencioso que se tragaba lentamente las almas penitentes que deambulaban por la avenida. Me detuve frente al portal 122, tenía una puerta de metal, oxidada por el pomo y con un cristal opaco de rayones. Alce el deo con intención de pulsar el botón del 4º A, pulsé y sonó un sondio alto y desgarrador, el teclado parecía haber despertado de un largo letargo qeu parecía milenario. Una voza ronca y baja habló al otro lado.
-¿Si?.- Dijo la voz casi en susurros
-¿Rubén?, ¿ Está Rubén?.- la voz se calló durante un os instantes y cogó. Me parecía raro, pues, Rubén, al igual que yo vivía solo con su madre y ninguno de los dos tenía esa voz. Se oyó como el telefonillo colgaba y tras unos instantes una voz volvía a hablar, ea sí era la voz de Rubén.
-¿Diga?
-Rubén, ¿Eres tú?
-¿Aarón?
-Si, Soy yo, ¿Bajas?
-Tardaré un rato, pasa, te abro. dijo finalizando la conversación y colgando el telefonillo.
Un sonido fuerte sonó anunciando la apertura de la puerta. Empujé y avancé por el portal hasta el ascensor, mientras la puerta se quejaba de su vaivén. Pulsé el botón de llamada del elevador. Era antiguo, sus puertas, color marrón se dibujaban frente a mi aguardando a ser abiertas. Una pequeña campanada sonó y tiré de las puertas de metal, me adentré en la pequeña estancia, se cerraron las puertas y me quedé meditabundo frente al espejo. Mi silueta era de mediana estatura, mi pelo moreno alborotado junto a mis ojos verdes y mis brazos medianamente atléticos conformaban mi ser, pensativo, pero decidido.
Apreté el botón del cuarto y el ascensor comenzó a desplazarse lenta y ruidosamente. Yo seguía observándome y, iluminado por una única bombilla que parapadeaba como estrella en el cielo. Observé que el suelo emanaba agua, busqué algún lugar por dónde saliera el agua, y no había ni un sólo indicio, ni un solo boquete. Entonces el ascensor se paró y con la bombilla apagada, fue cuando comencé a pulsar los botones direccionales con esperanza de continuar mi travesía, cuando unos pasos sonaron en el agua, agua que había a mis pies, con mis manos oteé la estancia en busca de algún personaje, pero nada. Oí dos palabras y una letra: "Moldova, r , Petrum"





