Un soplo en el ojo
Me das un soplo en el ojo.
Lo cierro ante el cosquilleo que me produce tu aire travieso.
Abro de nuevo y veo arriba en la cumbre bajo un sol radiante, que me desvela y me rompe dos sombras evaporándose.
Percibo el crujir de dos almas quebradas, rotas y desgastadas
.
Al pie de la ladera una dama blanca corre tras su alma
.
Abajo en el pueblo, se oye un ruido sordo al entrechocar las maderas de las ventanas.
Ruido que sale desde una de las casas deshabitadas.
En los armarios media docena de camisetas gastadas y algunas mantas con agujeros.
Una caja llena de juguetes con los que nadie juega acapara polvo.
Bajo el lago una sirena sentada en una concha rodeada de medusas les cuenta historias antiguas.
En la superficie posada en un nenúfar, un hada azul llora lágrimas que se convierten en esmeraldas.
Todo eso veo en unas milésimas de segundo que tardo de recuperarme del cosquilleo de tu soplo en mi ojo.
Sólo pudo contemplar la agonia de un nuevo sol descerrajado, que se desangraba ante sus ojos ,sin que ella pudiese hacer nada,así que cerró las ventanas de desvencijada madera y se recostó en su viejo ataud.
Juegan las nubes,
pasear de pies desnudos,
damas de blanco en la penumbra
de un caserón deshabitado.
Cuadros polvorientos,
maderas carcomidas,
juegan las nubes,
a chocar entre ellas.
Un escritor y una
página en blanco,
cual lienzo sin empezar,
buscando inspiración.
entra en casa,
por la ventana,
una sombra esquelética,
alma raquítica,
vacía,
recortada,
dispuesta a robar un poco de la mía.
Juegan las nubes,
el aire huele a rancio,
la figura delgada babosea,
escupe una hebra de babas de hilo,
dejando un rastro ciego tras de sí.
Ladrón de escritos mudos,
los quiere para él.
Los coge,
se los lleva ,
los modifica,
enjabona cada una de las letras,
desapareciendo con ellos.
Dejando un alma rota,
al que le falta un pedazo de ser.
Tose,
entre convulsas entonaciones,
que desvelan su pasión por el tabaco,
gime,
llora,
cuando tras llegar a casa,
ve que el escrito,
a pesar
de ser transformado,
no pierde la esencia que le dio su dueño.
Se desvanece en un sueño,
esperando que le llegue la inspiración ,
para escribir algo propio,
pero nunca llega.
Mañana robará un nuevo escrito.
Intenta no fustigar su incapacidad,
el tedio le puede.
En sueños,
soldados armados con plumas y folios,
le reclaman sus pertenencias.
El lucha por conservar algo,
que sabe que no le pertenece.
El escrito robado y alienado.
Pero hasta en lo profundo de su sueño,
sabe que no tiene nada,
nada suyo,
nada propio.
Es un ladrón sin alma,
que trata de recomponer la suya,
remendándola,
con jirones de otras almas,
que yacen postradas en otros lugares,
pero que a diferencia de la suya,
están completas.
Mientras afuera la lluvia,
cae a borbotones,
inundándolo todo de aire puro,
un aire que él nunca
llegará a respirar,
pues sus pulmones,
mezcla de alquitranes y rencores vacíos,
están tan faltos de pureza,
como su desdichada alma.
Afuera caen torrenciales gotas,
sobre un caserón desvencijado.
Ajenas a todo esto,
las nubes juegan.
Soy un libro viejo,
cuyas páginas
escritas a fuego,
contienen una vida llena de pasiones.
Indulgentes sonrisas,
soleados días,
clareados sentimientos,
derrochados bajo lunas,
que iluminan calles ebrias,
correrías nocturnas y
desmadres cien mil.
Soy un libro lleno de supermanes sin capas,
que un día recuperaron los poderes,
y fantasearon con el hecho de volver a ser normales.
Soy un compendio de galimatías,
amaneceres eunucos,
disparatados equilibrios,
intentando apaciguar torrentes descomunales,
de pesares y sabores insalubres.
Un libro sumergido en el manantial del tiempo,
cuyas páginas son amarillentas,
y las cubiertas acartonadas.
Un libro encogido,
escondido de los ojos de literatos,
que juegan a ser dioses,
criticando sentimientos plasmados,
en lienzos hechos poesía.
Poesía,
eso es lo que sobrepasa mi ego,
me desmerece,
yo le doy cobijo.
Un libro cansado,
por el hecho de aguantar experiencias,
bajo prosas poéticas,
y sentimientos,
transformados ,
en bella poesía.
Hoy escribiré un epílogo,
dando por sentado,
que nunca será leído por nadie,
ningún alma merece semejante placer ,ni castigo.
Hoy cerraré las páginas a la enigmática penumbra,
que nunca podrá fisgonear en mi interior,
e intentar clasificarme.
En aquel manuscrito, aún hoy en día se guardan palabras que sólo los ciegos pueden leer.
En la pared,
aquel cuadro de su difunta abuela,
rezumando bondad por los poros del viejo lienzo,
bajo la pintura,
descansaba su desgastado escritorio,
lleno de cuartillas desparramadas sobre él.
En el suelo
las ropas perdidas en un arrebato pasional,
esparcidas
por toda la estancia
llena de olores a sudores salados
y a flujos espolvoreados.
Y en un rincón,
dos cuerpos dormidos,
tras una explosión,
sucumbidos bajo el éxtasis
de un orgasmo tan efímero como infinito.
Payasos fluorescentes,
echando al aire confeti de plateados colores,
dualidad del sonido de las cenizas,
botes llenos de humo transparente,
unicornios coloreados por arco iris brillantes,
magos con ojos desorbitados,
cerebros rellenos de golosinas,
niños corriendo en verdes prados,
flores amarillas,
lluvia de purpurinas con sabor a caramelo.
Traspasan nubes de fresa,
surcando el cielo,
aviones de chocolate.
Toboganes de colorines,
niños haciendo cola,
subiendo las escaleras para después lanzarse,
deslizándose a la piscina de almíbar.
Globos con formas de animales,
enanos haciendo piruetas,
sobre pelotas verdes y rosas.
Gigantes piruletas rojas con forma de corazón,
caminos acolchados por algodones de feria,
sábanas de gelatina cubren las camas,
hechas de palos de caramelo y chocolatinas.
Camas elásticas de chicle donde saltan los más traviesos.
Áurea les lee cuentos a la sombra de un gran árbol,
cuyo tronco es de galleta y las ramas de regaliz.
Las hojas son gelatinas caducas,
que cada minuto caen y son engullidas,
por bocas hambrientas de sensaciones maravillosas.
Cansado de crear, el escritor aparta su máquina de escribir y la deja descansar por hoy.
Se marcha sabiendo a ciencia cierta, que los niños están seguros y a buen recaudo en el lugar que acaba de crear.
Se desviste y deja su ropa colgada,
en aquel viejo armario,
de aquella inhóspita pensión.
Sabiendo que va a entregarse al diablo.
Abre la puerta y sale,
dispuesta a vender y dejar ser consumida,
lo poco que le queda de alma,
por aquel maldito infierno.