Eneko cogió la bicicleta y acompañó a pie a Ismael y Layla hacia su casa. Habían hecho muy buenas migas. Ismael tenía casi dieciocho años y Layla había cumplido los veintiuno hacía muy poco, pero había algo en ellos dos, Eneko lo presintió en el tiempo que duró el trayecto hacia el hogar. Sintió una especie de envidia sana, pero no albergó maldad ni pensamientos nocivos contra la relación que notaba estaba creciendo entre ellos muy a pesar del poco tiempo que se conocían. Eneko recordó el día en que conoció a Layla y creyó enamorarse de ella. Luego comprendió lo que sucedía. Era el encanto especial de la chica. Su magia. Su don. Pero ella podía deshacer el hechizo en cualquier momento y así lo hizo con Eneko al poco de su encuentro. Los tres llegaron a la casa de Eneko e Ismael permaneció maravillado frente a las estatuas, los árboles y las flores que rodeaban el jardín. Cómo se diferenciaba aquel lugar del que estaba acostumbrado. Con la boca abierta aún, el anfitrión invitó al chico a entrar en casa y los tres disfrutaron de una infusión y unos dulces. Sentados a la mesa del salón, desnudaron sus almas y contaron la verdad sobre sus vidas. No obstante, ni Eneko contó a Ismael nada acerca de su facultad, ni el chico lo hizo acerca de la suya. Aún no estaban seguros de cómo iba a reaccionar el otro. Ninguno de los dos sabía que lo que el otro ocultaba era tan sorprendente como lo que albergaba su propio interior y creían que era algo que debía contarse cuando las circunstancias fueran las idóneas. Layla, por primera vez desde que Eneko la conocía, permaneció callada y atenta a la historia de Ismael. Por supuesto, no duró mucho, pues cuando el invitado cedió su turno a la chica, esta no paró de hablar y reír hasta bien entrada la madrugada. Viendo que ya se hacía tarde, Eneko ofreció a Ismael un lecho donde pasar la noche y anunció a Layla que su habitación seguía tan dispuesta como siempre. Los tres se dieron las buenas noches y se metieron en sus respectivos aposentos. Durmieron como hacía mucho que no dormían. Fue un sueño reparador para todos, incluso para Ismael. Esa noche no hubo pesadillas, ni alaridos, ni temblores... esa noche Layla había llenado el vacío que había dejado su abuela.
Los días que sucedieron a aquel encuentro fueron gratos y llenos de alegría. Los tres muchachos se hicieron una piña y disfrutaban juntos yendo de un lado a otro. Ismael y Eneko iban a al biblioteca a por algunos libros mientras Layla les esperaba patinando sobre los escalones y las barandillas de alrededor. De vez en cuando, se metían en algún supermercado y cogían algo de comida. Toda la ciudad estaba disponible para ellos solos. No había lugar para el aburrimiento. Tres meses después del primer encuentro, llegó el momento de enfrentarse a la verdad. Para ninguno de ellos hubiese sido necesario, pero fue Ismael quien movió la primera ficha y, una vez puesto el juego en movimiento, ya no había manera de pararlo. Ismael había optado por quedarse a vivir con Eneko y Layla, ahora los tres eran inseparables amigos. Una mañana, los gritos del muchacho alertaron a Eneko que acudió corriendo a ver qué sucedía. Ismael se encontraba convulsionándose en el suelo, con la espalda arqueada y los ojos en blanco. Junto a él, Eneko vio como una forma difusa iba adquiriendo dimensiones sólidas. Tenía el aspecto de un hombre de fisonomía alterada, como si se hubiese fusionado con una bestia. El muchacho tuvo que reaccionar rápido al comprender y, antes de que aquellos ojos amarillos y brillantes se le clavaran en la espalda, Eneko zarandeó a Ismael hasta que despertó y la figura se esfumó sin dejar el más mínimo rastro de su existencia. El chico estaba empapado en sudor y su rostro reflejaba un cansancio extremo, como si hubiese hecho un gran esfuerzo. Sin duda, lo había hecho. Eneko dejó que se recuperase y lo ayudó a incorporarse. Acompañó a Ismael a la cocina y le preparó un chocolate caliente. Layla no estaba, había quedado con algunos de sus amigos. Ante este detalle, Ismael miró con ojos de cordero degollado a su amigo y este comprendió que no podía decirle nada a Layla. No quería que se asustase ni se preocupase. Fue un acuerdo tácito entre los dos. Ambos se sentaron entonces alrededor de la mesita y se sinceraron el uno con el otro. Sus lazos se estrecharon más aún al descubrir el secreto que llevaban escondiéndose durante meses. Ambos se supieron comprendidos y aceptados. Más aún Ismael, quien aún no había tenido contacto con nadie como él y sentía aquello como un estigma que la mala suerte le había colgado como una maldición. Ismael lloró entonces y Eneko, con su mirada triste, lo abrazó tratando de consolarlo. Para cuando Layla llegó a casa, todo había vuelto a la calma.
Resultó que Layla tenía muchos amigos allí en la ciudad. Gente que vivía en las sombras y que había aprendido a moverse de forma tan sigilosa que apenas parecían el silbido de una leve brisa pegada a las paredes. Esos amigos resultaron ser en su mayoría seres de espíritu inquieto y con ciertas aptitudes. Eneko descubrió que cada uno de ellos llevaba su propia procesión por dentro y cargaban con una soledad similar a la de él, una que no se paliaba ni rodeado de un millar de personas. Esa soledad que les embargaba era su nexo de unión, el punto que todos tenían en común. Eso y el don que poseían. Un don que hizo comprender a Eneko que no era el único ser humano especial. Aunque para él suponía una maldición, Eneko había comprendido que no podía seguir huyendo de lo que era y, con el ánimo restablecido gracias a la chica, tomó la decisión de rescatar su antigua afición. De ese modo, con la mente más despejada y una visión más práctica, se comprometió consigo mismo a adquirir una destreza sin igual, no en el arte de la pintura, sino en el arte de la creación. Así, llegó a dominar la realidad hasta donde le era posible sin caer por ello en la propagación de la desgracia ajena. Ese fue su verdadero arte, el que Layla había hecho resurgiese de él con energía renovada y el que le permitió ser instructor y maestro de todos aquellos que, incautos, habían cometido los mismos fallos que él en su pubertad. Los amigos de Layla pronto fueron los de Eneko y en él vieron alguien a quien seguir y con quien compartir sus diferentes visiones del mundo y el mal que le acontecía. Sin embargo, entre aquellos que ahora visitaban con frecuencia su casa, estaba Olaf. Era un hombre de ascendencia rusa y con la misma frialdad en el rostro que en sus venas. En todo el tiempo que se le conocía, nadie le había visto sonreír. Acudía a todas las reuniones que solían hacer pero eran escasas las veces que hablaba. Se quedaba en un rincón y permanecía atento, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada. Su aspecto asustaba un poco. Tenía la cabeza rala y un bigote mejicano que rodeaba la barbilla sin tocarla. Su piel era morena, muchos decían que de haber vivido mucho tiempo a la intemperie. La calle había sido su hogar. Su mirada no mentía. Estos no eran tiempos tan duros para él como para el resto. Ahora tenía toda la comida que quería y cualquier techo sobre el que quisiera cobijarse. A pesar de que todos lo trataban como a un igual, su presencia ejercía un poder sobrecogedor y el ambiente se cargaba con una neblina de inquietud y gravedad que incomodaba a todos. Eneko pensó que el hecho de que aún siguiese entre ellos era que le guardaban un respeto que rozaba el temor y preferían tenerlo de su lado que del otro. Fue Olaf quien les advirtió, en una de las pocas ocasiones en que habló, de la presencia de los militares por aquella zona. Les dijo que estaban buscando a alguien y que se fijaban muy bien en todos los que veían por las calles, llevándose incluso a algunas personas con ellos. Olaf decía que nunca había vuelto a ver a aquellos que se marchaban con los soldados. Había que tener cuidado.
Eneko creía que su casa estaba a salvo de esos dementes que se autoproclamaban preservadores de la paz y el bienestar social. Eran unos desquiciados que vivían en la superficie desafiando los peligros de la nueva era con el único afán de sentirse más hombres o patrióticos que nadie. Estaban liderados por un loco al que todos temían más que respetaban y cuyo carácter le precedía allá donde iba. Sus deseos de acabar con la nueva horda de bestias se habían transformado en una enfermiza obsesión y su orgullo se henchía cada vez que conseguía dar caza a una de esas inmundas criaturas. Si bien, se había valido de algunas otras para combatir, las despreciaba a todas por igual. Se decía que habían dado con una pista del paradero del creador de todo. Eneko anduvo muchas semanas temiendo por su vida y por la de los suyos. ¿Qué otra cosa iba a hacer aquel soldado en la ciudad sino buscarles? Ellos eran el origen de aquellos seres, procedían de su imaginación, incluso de sus sueños, como más adelante descubrió al conocer a Ismael. Eran las personas como él quienes estaban en peligro. Sin embargo, jamás vieron ejército alguno cruzar el umbral de su casa ni atacar a los miembros de su comunidad. No hasta ahora. Cinco años después de conocer a Layla y los suyos, Eneko había descubierto a algunos relegados más que vivían ajenos incluso a su potencial. Para muchos había despertado de la noche a la mañana y se encontraban confusos y desubicados. Ismael había perdido a su abuela, con quien vivía desde hacía años, y su don le había sorprendido cuando menos lo esperaba. En ese tiempo, Eneko lo vio en la biblioteca. Estuvo casi una hora observándole, estudiando su piel lechosa y sus ojos rosados. El albino permanecía abstraído en la elección de unos libros. Llevaba bajo el brazo unos seis volúmenes y aún buscaba unos cuantos más para llenar el vacío que, Eneko supuso, debía albergar en su interior. Ese espacio que deja el tiempo cuando nada hay que hacer y que cuesta tanto ocupar. Eneko se fue acercando con sigilo hasta situarse detrás de Ismael. Luego llamó su atención.
- ¡Eh! – Dijo a su espalda Eneko, sin ánimo de asustar. Con tono firme.
El muchacho se sintió intimidado y en peligro. Habían invadido su espacio personal. Hacía años que no veía a nadie en la biblioteca, ni siquiera a quienes debían cuidar de ella. Todos habían huido. La presencia de Eneko y aquella intromisión sorpresiva le habían puesto en alerta y ahora, Ismael, buscaba un sitio hacia el que correr. La experiencia le había demostrado que cuando algo no se conoce, sobre todo en aquella ciudad, lo mejor es salir corriendo y no mirar atrás. Sus libros se estrellaron contra el suelo con un estrépito que resonó en toda la planta. Entonces Ismael puso pies en polvorosa hacia la salida. Eneko se apresuró y le lanzó un grito antes de que saliera por la puerta.
- ¡Eh! ¡No voy a hacerte daño! – Dijo desgañitándose y tratando de resultar convincente. Ismael se detuvo antes de atravesar el umbral de cristales rotos y se volvió para mirar al intruso. Luego se echó la capucha de su jersey sobre la cabeza y se marchó.
Eneko volvió cada día a la biblioteca pero el chico no parecía dar señales de vida. Recogió los libros que había tirado Ismael y los puso sobre una mesa. Un libro de historia, uno de filosofía, un par de novelas y dos libros sobre biología. Desde luego el chico parecía avispado. Tal y como estaban las cosas no había muchos interesados en dedicar su tiempo a algo más que a sobrevivir o combatir las criaturas. Eneko le habló a Layla de Ismael y de su encuentro. También le dijo a la chica algo que, de ser otra, tal vez no se hubiera atrevido. Un pensamiento que pugnaba por salir. Eneko le dijo que había visto algo en el muchacho, un aura especial. No supo explicarse todo lo bien que hubiese querido, pero fue suficiente para que Layla asintiera.
- Yo también lo he visto. – Le dijo algo seria. – Deberíamos dar con él. Alguna vez lo he visto por la ciudad. Siempre se le ve muy nervioso, atemorizado diría yo. Tenemos que hacer algo por él o no durará mucho aquí. – Aquella confesión sorprendió a Eneko. Ella también había visto al chico.
- Eso es lo que creo yo. – Meditó Eneko. – ¿Y si hay más personas con él? Puede que necesiten ayuda. Parecía muy asustado.
- Una vez lo vi cerca del parque donde patino. ¿Te acuerdas? Allí nos conocimos – dijo sinuosa y divertida mientras le acariciaba el brazo con un dedo. – Traté de hablar con él pero salió corriendo. Igual que contigo en la biblioteca. Qué tío más raro ¿eh?
- Puede que viva por allí cerca. ¿Qué te parece si salimos a buscarlo? – Sonrió Eneko.
- No tenemos nada mejor que hacer. – Correspondió Layla.
Eneko cogió su bicicleta y Layla sus patines. Mientras pasaban el camino de tierra que les llevaba hasta el asfalto, la chica se sentó en el manillar y dejó que su amigo la llevase. No paró de reír en todo el camino. No tardaron en llegar al parque de cemento. Una vez allí trataron de esconderse detrás de unos matorrales bajos y esperar, pero no resultó y al cabo de media hora ya estaban aburridos y desesperados. Entonces se dividieron y tomaron direcciones diferentes. Avisaron a sus amigos de que si veían al albino tratasen de hablar con él y retenerle y procedieron a la búsqueda. A media tarde, Layla pareció ver algo moverse bajo las sombras de un callejón estrecho. Se acercó sin disimular su triunfo y notó como un brazo tan blanco como la nata trataba de replegarse hacia la oscuridad. La chica dejó que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra. En el callejón tan sólo había un contenedor. Se acercó con disimulo, caminando de forma cómica con la puntera de los patines. El sonido retumbaba de forma tétrica a lo largo de la callejuela. Layla sintió como algo se arrastraba tras el contenedor. Entonces dio un salto y allí estaba. Acurrucado y apretado contra la pared de plástico verde. El chico dio un respingo y se le escapó un gritito. Sin embargo, la tensión se disipó en el mismo instante en que Layla comenzó a reír a carcajada limpia y a rodar por el suelo. La cara de Ismael fue un poema. Y cada vez que le miraba, más reía. No podía evitarlo. Así que, confuso, Ismael se dejó contagiar y acabaron los dos tronchados y tirados sobre el asfalto de aquel sucio lugar. Cuando ambos recuperaron el aliento y enjugaron sus lágrimas, Layla se puso en pie y ayudo al muchacho a levantarse. Hicieron las pertinentes presentaciones y Layla explicó que llevaban unos días tratando de localizarle en la biblioteca y que, dado que había resultado imposible, habían decidido salir a buscarle por las calles. La chica le dijo que no era la primera vez que se veían. Que el de la biblioteca era Eneko y que no debía temer de ninguno de ellos. Él no dejaba de mirar sus ojos de caramelo y ella los suyos de algodón de azúcar.
- Nunca había conocido a nadie con los ojos rosas y el pelo plateado. – Dijo Layla tan inocente como siempre.
- Bueno... soy... soy albino. – Dijo nervioso, azorado y tartamudeando. Y esbozó una tímida sonrisa a la que ella correspondió con un guiño.
- Venga, vamos. Seguro que Eneko ya se ha cansado de buscar y está en el parque. – Y se fueron hacia allá.
Durante el camino, Layla preguntó a Ismael porqué había huido de ellos, a lo que el contestó que estaba solo y que siempre se habían metido con él en el colegio, cuando aún existía, así que era su instinto natural. También le dijo que había visto a los militares entrando en los edificios y había oído gritos y disparos.
- Creo que en la zona residencial han incendiado algunas casas. Hace un par de días vi el humo desde la azotea de mi edificio. – Dijo despertando el interés de Layla.
- ¿Por qué habrán hecho tal cosa? – Ismael se encogió de hombros.
Una figura levantó el brazo al final de la ancha avenida que había cerca del parque en el que habían quedado. Ismael vio que se trataba del muchacho de la biblioteca y se rezagó un poco tras Layla. Ella le susurró algo al oído mientras Eneko llegaba hasta donde se encontraban y extendía su mano para estrechar la del fugitivo. Ismael dudó, pero finalmente alargó su mano y cedió. Y fue aquella mano la que le salvó de su soledad. La de Layla, sin embargo, le condenó. Ismael se había enamorado de aquella perenne sonrisa y los ojos de caramelo que tanta ternura destilaban.
En el día en que sus lágrimas secaron su corazón, Eneko contaba con casi veinte años. Maldijo el día en que recibió aquel regalo e incluso el día en que su madre le había dado a luz. En un intento de enmendar el dolor y sufrimiento causados, se dirigió al lienzo en blanco y trató de pintar un pasado diferente, pero aquello no funcionaba así. Lo único visible era el presente, lo demás, pasado o futuro, era una quimera que nunca se llegaba a alcanzar o ya había quedado atrás. Aturdido, y sin dejar de llorar, corrió hacía el lugar en el que guardaba todos sus lienzos y los sacó al jardín. Allí los sajó con un cuchillo tantas veces como pudo, movido por una rabia irracional y un dolor abisal. Luego impregnó con alcohol el montón de maderas rotas y telas deshilachadas y le prendió fuego. Aquellas llamas fueron las últimas que le vieron llorar. Nadie más fue testigo de su dolor. Luego, cuando iba a echar a la pira el caballete y el último de sus lienzos, algo le frenó. No pudo deshacerse de ellos. Así que escogió la habitación más apartada y allí dejó su don aparcado. No quería volver a saber de esa magia. Tan sólo quería que nada de aquello hubiese ocurrido. Sin embargo, nada se podía hacer.
Después de aquello estuvo Eneko bastante pendiente de los noticiarios para ver la evolución de aquel ataque y descubrió sorprendido que el caos seguía asolando las civilizaciones. Mucha gente había emigrado hacia las profundidades de la tierra y había establecido allí sus ciudades. Pocos eran los que quedaban sobre la faz del planeta. Aturdido por los acontecimientos, con su padre muerto por la desidia a manos de la locura y con su única vía de escape hecha cenizas, ahora a Eneko pocas razones le quedaban para seguir en este mundo. Sin embargo, permaneció en él. Durante unos meses anduvo como un fantasma entre las calles de la ciudad, admirando con tristeza los vestigios de la civilización marchita. En su fuero interno deseaba ser devorado por alguna de las bestias, pero parecían rehuirle por alguna razón y jamás se cruzaban sus caminos. Eneko tan sólo oía de forma eventual algún grito en la lejanía. Después de su vagabundeo, en el cual iba viendo como la poca gente que ya había terminaba de desaparecer, resucitó de entre los muertos y recuperó un ápice de lo que antes había sido, una chispa de la gran luz que pudo llegar a alumbrar su interior con el gran arte de la pintura. Ese momento de lucidez le vino de repente, como vienen las grandes cosas. Despertó y vio la luz, el camino que había de seguir. Luego creyó recordar los restos de un sueño que nunca llegaba a aflorar en su mente con la suficiente claridad pero sabía andaba por ahí. En ese sueño aparecía un anciano de largas barbas canas y frondosa melena gris. Le sonreía y hablaba. Eneko amaneció con la sensación de guardar un mensaje importante, el más importante de toda su vida y, sin embargo, no lo recordaba. Sólo permanecía la sensación, el contenido se mostraba oculto. Esa mañana, Eneko salió enérgico a la calle en busca de algo que debía encontrar. Seguro de saberse guiado en sus pasos por una fuerza superior que escapaba a su comprensión, supo donde dirigirse muy a pesar de no saber con qué se iba a dar de bruces. Algo, en algún lugar de la ciudad, le esperaba, y Eneko estaba tan excitado por encontrarlo que ni siquiera se ocupó de coger la bicicleta para acortar la distancia que separaba su casa de la ciudad.
Ese algo tenía nombre propio y esencia de mujer. Layla, así se llamaba esa chica de piel blanca y pelo negro cortito. Dieciséis años de pura inocencia y energía desbordante. Tenía los brazos tatuados con tribales que giraban sobre su piel como si fuera una enredadera negra tratando de trepar por todo su cuerpo. Sus ojos eran color caramelo y su sonrisa espléndida. Una cara como aquella hacía que cualquiera olvidara su peor pesadilla. Cuando Eneko llegó al parque de cemento, Layla se deslizaba sobre sus patines de un lado a otro. Su gracilidad prendó al muchacho, apenas cinco años mayor que ella. En mitad de un salto, ella volvió la cara y le miró a los ojos. El tiempo se paró un instante, se congeló la imagen y ambos permanecieron el uno frente al otro, con sus miradas enfrentadas, durante lo que pareció toda una eternidad. Ella sonrió mientras caía y se agachaba para compensar el descenso y luego giró sobre sí misma para frenar y quedar orientada hacia Eneko. Layla levantó la mano y se acercó a él.
- Hola... – Dijo la chica.
- Hola... – Respondió boquiabierto Eneko.
- ¿Quién eres? – Dijo sin apartar ni la vista ni su preciosa sonrisa.
- ¿Có.. cómo? – Tartamudeó Eneko para su sorpresa. Casi había perdido la costumbre de hablar y se preguntó cuánto tiempo llevaba sin articular palabra. ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses, tal vez?
- ¿Qué cómo te llamas? – Le señaló con el dedo y lo clavó en su pecho, justo en el lugar donde se encontraba su corazón. Y sintió como su coraza se astillaba un poquito.
- ¿Eh? – No conseguía volver en sí. ¿Qué diablos le pasaba?
- Bueno... – sonrió. – No importa. Yo soy Layla. – No dejó que contestase, y es que Layla era una chica para la cual el silencio constituía una buena oportunidad para llenarlo con palabras. – Sí, ya sé que no es un nombre corriente, pero es mejor que el tuyo que no eres capaz ni de pronunciar. En fin, me encantaría seguir hablando contigo, pero me estoy dando cuenta que hablo yo sola y bueno...
- Eneko. – Dijo de repente, cortando a la chica. – Me llamo Eneko.
- ¡Vaya! – Exclamó con picardía – Y luego digo yo que mi nombre es raro. ¿Significa algo?
- Eh... – acertó a bramar Eneko.
- Bueno, es igual. Es bonito. – No dejaba de hablar. – El mío creo que no significa nada. Me lo puso mi padre por Eric Clapton, ¿sabes quién es? Creo que se lo tragó una araña gigante. De todos modos, llevaba años sin editar nada en condiciones. ¿Vives aquí? Esta ciudad es una porquería. Ya lo era antes. Ahora es peor. Mira en qué ha quedado.
- ¿Nunca dejas de hablar? – Dijo divertido Eneko, como si su confianza llevara forjándose desde la tierna infancia. Ambos se miraron entonces y se echaron a reír a carcajadas.
Ahí comenzó su amistad. Ahí, en ese instante, dos almas solitarias se encontraron en mitad de la vorágine. Sin embargo, una de ellas, jamás dejaría de serlo. Desde ese día Layla quedaba a diario con Eneko e incluso llegaban a convivir durante semanas como si fuesen íntimos de toda la vida. Ambos aprendieron del otro a disfrutar de lo que podían ofrecerse. Eneko ejercía un bálsamo pacificador sobre la chica que le tranquilizaba y, a su vez, Layla le cargaba las pilas al muchacho. Desde aquel primer día Eneko vio que la chica tenía algo especial y no pudo dejar de preguntarse cómo había sobrevivido una adolescente como aquella en un lugar tan despiadado como aquel. Antes de que le formulara la pregunta, fue ella misma la que le sacó de la duda.
- Yo soy huérfana, ¿sabes? – Le dijo un día a Eneko mientras se columpiaban en uno de los pocos parques que quedaban en pie a duras penas. – En el orfanato me dijeron que aparecí un día frente a la puerta, más concretamente en el contenedor de al lado. Nunca conocí a mis padres y, créeme, después de lo que trataron de hacer conmigo... Pero bueno, ese no es el caso. Cuando empezó todo este rollo de los bichos, quienes dirigían la residencia se largaron y los que quedamos tuvimos que buscarnos la vida. Cada uno se fue por su lado y yo, yo no tenía a donde ir y me quedé en el único lugar que conocía. Allí tenía comida de sobra y no me molestaban las bestias. – Dijo esto último con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.
- Pero ¿por qué? La mayoría han tenido que emigrar a los subterráneos para no morir. ¿No tienes miedo? – Se interesó Eneko.
- ¿Miedo? – Fingió meditarlo con la mirada hacia el techo y el índice en la mejilla. – No, que va... no me hacen nada. Una vez me fui patinando hacia uno que tenía tentáculos por todos lados y unos ojos enormes llenos de colmillos y pareció tenerme miedo. Corrió delante de mí un buen rato. ¿Te lo puedes creer?
- Vaya... – Se sorprendió Eneko. - ¿Y por qué huiría de ti? – Layla se encogió de hombros y cambió de tema. Ella era así. Saltaba de una cosa a otra, sin darle mayor importancia. Era encantadora en su manera de expresarse, gesticulando exageradamente con las manos y el rostro. Resultaba muy graciosa a veces. Después de mucho tiempo, Eneko se sintió afortunado.
Al cumplir los quince años, Eneko recibió en casa uno de los más insólitos regalos. Recordaba bien aquel día. Fue el comienzo de todo, de lo que ahora era. Llamaron al timbre. El muchacho estaba solo. Su padre, como siempre, estaba trabajando. Eneko siempre lo había conocido así. Un hombre ocupado hasta para estar ocupado. Salió a la calle con la vana esperanza de encontrar al único con el que hubiera deseado compartir el día de su cumpleaños. Lo único que encontró fue un paquete rectangular de apenas un metro de extremo a extremo. Estaba envuelto en papel de embalaje marrón y como único adorno tenía un cordón que cruzaba el paquete. Miró a uno y otro lado, pero no había ni rastro del mensajero. La carretera más cercana estaba a un par de kilómetros y hasta llegar a ella eran todo vías de servicio, caminos de tierra, pero no se atisbaba ni una voluta de polvo en el horizonte. Eneko permaneció extrañado en la puerta, buscando a su benefactor. No lo encontró. Ni en ese momento, ni nunca. Jamás le habían hecho un regalo que no fuera de forma tardía o errónea, su padre tenía demasiados asuntos como para dar importancia a la celebración del chico. Así, tomó con ilusión el paquete y se lo llevó bajo el brazo hacia la cocina. La incógnita que podía haber desbaratado la sorpresa quedó relegada al olvido para nunca más ser recuperada. Tan sólo llegó el misterio al desbrozar el papel con rabia y ansiosa inquietud. No pesaba demasiado. Depositó el fardo marrón sobre la mesa y procedió. Bajo aquella piel de papel se dibujaba un tapiz que no llegaba a ser del todo blanco. Era un lienzo. Junto a este, encontró un caballete, una paleta y un juego de pinceles con al menos una docena de botecitos metálicos de pintura de diversos colores. Por alguna razón, escondió todo aquello en una de las habitaciones de la casa que su padre jamás frecuentaba, la misma a la que lo relegaría todo en el futuro años después. Creyó conveniente no comentar nada a su padre ni a nadie. Y a solas, en la más absoluta intimidad, la que le proporcionaba aquella casita a las afueras de la ciudad, comenzó a experimentar el talento que llevaba en su interior pugnando por salir.
Le llevó dos semanas decidirse por un emplazamiento adecuado mientras se acercaba a la biblioteca en busca de manuales de estilo, libros de historia del arte y demás volúmenes relacionados con lo que se empeñaba en aprender. Cuando puso por vez primera un pincel mojado de azul sobre el lienzo, tembló de emoción tratando de recordar lo leído sobre Rembrandt, Renoir o Velázquez. Imaginó el modo en que Miguel Ángel se acercó al cielo y lo abrió a los ojos de los simples mortales, obligándoles a mirar hacia arriba boquiabiertos. Eneko se dijo a sí mismo que no borraría, que todo lo haría sobre la marcha, dejándose guiar por la mano del destino. Si un trazo surgía en diagonal y se curvaba hacia el abismo en un tono menguante, lo dejaría estar y haría brotar otro desde allí. Eso era el arte, un instinto al que debía seguir para plasmar el momento sin correcciones, un presente particular y bajo un único punto de vista, el suyo. Sus primeros esbozos fueron dedicados a las estatuas del jardín y no hubo nada en ellos de creativo. Se limitaba a trasladar al lienzo lo que sus ojos veían. Eneko no se percató en sus primeros flirteos con la pintura de lo que sucedía, pues era tan imperceptible que era difícil ver diferencia entre sus obras, el paisaje y el efecto unilateral que se formaba entre ambos. Eneko no pintaba con tanta precisión como él quería. No al principio. Pero tenía buena mano y sus dibujos se aproximaban en mucho a la realidad, salvo pequeños detalles que acaban por perder importancia. Si dibujaba una de las estatuas con un brazo un poco más ancho o desproporcionado, la estatua se modificaba de forma sigilosa hasta ajustarse al modelo de Eneko. Era como si el mundo se adaptase a las pinturas del muchacho y las hiciera carne en lugar de ser al revés. El muchacho tardó en comprender que no era él quien reflejaba lo que sus ojos veían. Aquello que se mostraba ante él, era el reflejo de lo que esgrimía con sus pinceles.
Sin percatarse de lo deformada que estaba ahora su realidad, Eneko comenzó su contribución al Mal del Mundo. ¿De qué modo? Comenzó a crear. Su imaginación bullía en su interior deseosa de manifestarse. En seis meses había adquirido una soltura que muchos grandes artistas hubiesen querido para ellos. Tenía un don maravilloso y su pintura era muestra irrefutable de ello. Ya no había imperfecciones en sus trazos, ni en la mezcla de colores, ni en la combinación de luces y sombras. Y fue en mitad de esa ebullición creativa que Eneko había decidido poner en el mundo objetos que no existían. Le entusiasmaba experimentar, probar nuevas técnicas, pero sobre todo le encantaba crear en sus lienzos lo que en el mundo faltaba con el mayor realismo posible. Sus ilustraciones eran más reales que la vida misma. Empezó alterando mínimamente lo que le rodeaba. Unas veces ponía árboles donde no los había o los cambiaba de sitio; otras, se limitaba a modificar algún detalle del paisaje o de la anatomía de sus estatuas. Y, para su asombro, fue entonces cuando apreció el efecto que tenían sus pinceladas sobre el mundo. Lejos de asustarse, se maravilló con la idea de poder crear a su antojo y ver aparecer aquello ante él. Se imaginó como una especie de genio maravilloso con capacidad para hacer realidad sus propios deseos. Su pincel era su varita mágica y de ella comenzaron a surgir las más variopintas criaturas y los más alucinantes experimentos. Muchas de sus creaciones transigían lo estético, la mayoría acabaron siendo una aberración. Pero en los pocos días en que se había descubierto tan talentoso, aquellos seres no habían dado razones para ser temidos. Y entonces pasó. Las noticias llegaron a él de manos de su padre. Un día no fue a trabajar y apreció en su rostro los inicios de una creciente paranoia. Comenzó a empapelar toda la casa con recortes de la prensa que hablaban de una amenaza que iba más allá de lo conocido. Su padre, un hombre siempre atareado, dejó de vivir para dedicarse a su nueva obsesión. Fue una enfermedad que se lo acabó llevando poco a poco. Apenas comía. No se duchaba. Cuando rondaba clavando recortes por alguna de las paredes de su casa, lo hacía desnudo o con apenas un harapo cubriendo su cada vez más desnutrido cuerpo. Llegó un momento en que no fue capaz de reconocer a su propio hijo y, ahí, Eneko sintió como una pesada losa le caía sobre la cabeza. Ahora sí que estaba completamente solo.
En el tiempo que duró la locura de su padre, Eneko no hizo nada por ayudarle. Resultaba imposible acercarse a aquel hombre enajenado por completo. Incluso optó por trasladar sus cosas al trastero para evitar así cualquier encuentro con él. Al final, fue inevitable. No dar con él, sino con su obsesión, que cubría cada rincón de la casa. Pero no fue hasta que murió que Eneko osó enfrentarse a la verdad. No fue hasta ese momento que el muchacho no decidió arrancar los papelitos amarillentos de las paredes. Entonces lo vio. Advirtió cuánto tenía él que ver con el mal de su padre y en cuanto había contribuido a la enfermedad del planeta. Leyó los titulares con horror y descubrió las espantosas criaturas que llenaban las fotos de los periódicos de todo el mundo. No pudo arrancar siquiera uno de aquellos pedazos. Cayó de rodillas al reconocer las bestias que asolaban su ciudad y las de todas partes. Las había pintado él. Sus ojos se encharcaron y su corazón terminó de enquistarse. Fue quizá ese quizá el instante en que su vida cambió por completo. Su mirada ya jamás volvió a sonreír.
Paseaba distraído por el parque de aquella ciudad, la misma que le había visto nacer y crecer. Hacía ya veinticinco años desde que su madre diera a luz a Eneko. Un tiempo que se había mostrado eterno a la sensibilidad del muchacho durante la última década. Pasear por allí no era lo mismo que cuando era tan sólo un infante, sin conciencia ni preocupaciones. Todo vino después. Sabía que parte de lo sucedido tenía algo que ver con él. Su madre se quedó en el paritorio y su padre... él murió hacía ya mucho tiempo, tanto que le pareció había pasado toda una vida desde entonces. Las calles aparecían desoladas y los edificios se encontraban en su mayoría abandonados o derruidos. Nadie había escapado a la catástrofe. Era un caos que aún en nuestros días seguía asolando el mundo. Muchas personas perecieron bajo el yugo de un poder que no comprendían. No llegarían a hacerlo jamás. Atemorizados, huyeron hacia las profundidades. Crearon cuevas en las montañas y accesos subterráneos hacia un inframundo construido a propósito para preservarles del mal de la superficie. Los valores establecidos se fueron al garete y emigraron en busca de la supervivencia. La comodidad no era ya un acto prioritario con el que engalanar sus vidas. El dinero no movía el mundo, ni siquiera tenía el valor que antaño. Pocos eran los valientes que se habían negado a abandonar su antigua vida y sus hogares. De esos valientes estaba poblado el cementerio, junto a todos esos que sufrieron el ataque de las bestias por sorpresa. Eneko se torturaba con la idea de que él formaba parte del sufrimiento de las gentes, de sus muertes... y durante años, desde que conoció el origen o apenas tuvo un atisbo del mismo, trató de enmendarse con una penitencia que jamás conseguía calmarle del todo. Cualquiera que lo viese, a pesar de su aspecto de talante atractivo y ánimo dispuesto, podía ver en sus ojos una tristeza que iba más allá de este mundo. Una melancolía oculta en el abismo de su alma. Cualquiera que se atreviese a mirarle a los ojos, podía sentir la punzada de dolor que lo atormentaba sin descanso. Ese era su estigma y, al igual que otros, debía llevarlo consigo durante toda su vida.
Era mediada la tarde y arreciaba un poco de viento. Se sentó en uno de los ajados bancos del parque y miró hacia lo que en otro tiempo fue un lugar de recreo infantil. Había un par de columpios, un tobogán y un caballito con muelle por patas. La imagen de esas figuras oxidadas le oprimió el corazón y, mientras uno de los columpios se balanceaba con tan sólo una de sus cadenas intacta, pensó en los niños que ya no disfrutarían de aquel divertimento. Y aquel pensamiento le llevó a otro, el de una madre que nunca conoció. La había visto en las muchas fotografías que su padre conservaba de ella, pero nunca sintió el afecto maternal más que en sueños, tan efímero e inútil. Su padre hacía lo que podía. Pero lo que podía siempre había sido insuficiente y él lo sabía. Eneko pensó fríamente que lo mejor que pudo pasarle a su padre es que el mundo se lo llevase al lugar en el que yacía su esposa. De ese único modo pensó Eneko que podía ser feliz, condenado ya a una muerte prematura desde el momento en que el muchacho había sido lanzado a la vida. Los labios de su padre jamás se abrieron para reprocharle nada que no estuviese justificado, pero Eneko, por la manera distante en la que siempre le había tratado, supo que le culpaba por la muerte de su madre. Una vida por otra.
La tarde comenzaba a enturbiarse y el cielo amenazaba con perder su azul entre el gris plomizo de las nubes que se agolpaban en las alturas. El chico miró hacia arriba. Nada sucedió. No se oía a ningún pájaro cantar. Eran los daños colaterales de una guerra contra la fantasía que había dejado al planeta con una vida escasa, limitada tan sólo a los lugares más alejados de la civilización. Apenas se veían gatos, perros o cualquiera de la fauna habitual que atestaba las ciudades. Los callejones eran más solitarios y oscuros que nunca. Las cloacas ya no eran seguras ni para las ratas. Era el mundo al revés. Lo único que quedaba eran soledades. Allá donde miraras había silencio, quietud y soledad. Era seguro que si había alguien aún en algún rincón de aquella desvencijada ciudad fantasma, sería un ser solitario y alejado de todo contacto humano. Eneko no era uno de esos eremitas. Él tenía un círculo social bastante especial. Aún así, era otro tipo de ermitaño. Uno que vivía su soledad desde dentro, en la profundidad de un corazón que permanecía insondable a cualquier ente vivo. Era un destierro que vivía con amargura y en silencio. Y nadie preguntaba. No había quien osara hacerlo.
La noche se avecinaba con más premura de la acostumbrada gracias a las feroces nubes que ya se habían comido los últimos retazos de color de la bóveda celeste. Un grito desolador avisó a Eneko de que era hora de marchar de vuelta a casa. Se levantó con parsimonia y las manos en los bolsillos. Con lentitud caminó hacia el extremo opuesto del parque. Pronto vendrían las bestias. Solían acudir allí al caer la noche. Era un ritual que llevaban practicando desde que aparecieron por primera vez en aquella zona. Eneko lo respetaba y las bestias le respetaban a él. Era un acuerdo tácito que ninguna de las dos partes osaba romper, una especie de pacto sobreentendido y aceptado por ambos. El muchacho se quedaba con el día y las criaturas con la noche. Eso era así en aquel lugar. En otros, la fortuna no sonreía igual a sus ciudadanos. Salió por una de las puertas y advirtió la reja tirada a un lado, derrotada sobre el suelo. Ya no impediría el paso a nadie más, parecía decir. Eneko tomó la bicicleta apoyada justo al lado y sorteó el obstáculo. Luego subió y pedaleó tranquilamente tomando la avenida principal que conducía a la salida de la ciudad. No quiso apartar la mirada de la carretera. La visión de una civilización marchita le hería sobremanera y no quería afligirse más de lo que ya lo estaba. La noche caía a golpe de pedal. Los gritos aumentaron a su espalda. Lejos ya de él. El asfalto se extinguió en un determinado punto y Eneko tomó un camino de tierra que conducía a su hogar. Era lo único que le quedaba en este mundo, lo único que su padre le había dejado, además de un amargo sabor de boca y el triste recuerdo de lo que pudo haber sido una infancia. A pesar de la poca luz que ya quedaba del día, el muchacho pudo ver como el ocaso bañaba de colores cálidos la casita blanca de madera que se levantaba en mitad de aquel terreno rústico. Estaba rodeada por un vasto jardín. Éste estaba plagado de estatuas muy diversas y un estanque de apenas un par de metros. El tejado de la casa era rojo e intenso y sobresalía a lo lejos por encima de la alta vegetación que la horadaba. Atravesó el umbral del jardín, un arco de piedra oculto por la hiedra. Era un lugar que contrastaba con aquel del que ahora venía. Si la ciudad le recordaba con insistencia la muerte, su hogar, aquel vergel en mitad de la nada, le traía a la mente esperanza de vida. Era quizá por eso que visitaba a diario aquel lugar marchito, para recordarse cada día de vuelta a casa que había aún una posibilidad, que aún había esperanza y que la vida prevalecía. Sin embargo, no era una idea del todo alentadora, pues la vida había sido la que se había hecho cargo del Mal del Mundo. Fue la vida la que se rebeló contra la humanidad. De la naturaleza surgieron aquellas aberraciones, unas criaturas movidas por el instinto de supervivencia que habían tratado de crecer en un mundo tan adverso como el nuestro. Era el lugar que el hombre había creado con sus guerras, su deforestación, su abuso de los elementos, su contaminación... Entonces Eneko pensó que tal vez estaba errado y que no era la vida lo que echaba de menos, sino la vida como él la había conocido. La de los humanos cohabitando libres de peligro. Aparcó la bicicleta junto a la puerta de entrada y entró en casa. Encendió algunas luces y preparó algo de cena. Después de alimentarse frugalmente, cogió un libro y leyó dejándose llevar. Era uno de los muchos legados que la humanidad había dejado en el olvido en aquella gran biblioteca. Se tranquilizó pensando que en toda la vida que aún pudiera quedarle, no tendría tiempo suficiente para empaparse de la inmensa cantidad de sabiduría que aquellas paredes albergaban. No se aburriría con todo lo que había por leer. Y la lectura era lo que le quedaba, pues su otra afición, la que movió su vida desde siempre, ahora estaba vetada. Se había prohibido dar rienda suelta a su creatividad. Eneko se había dicho que jamás, pasase lo que pasase, volvería a coger un pincel entre sus dedos. Y, aunque no se había desecho ni de sus lienzos en blanco ni de sus pinturas, permanecían recluidas en una habitación en la parte más aislada y oscura de la casa, a salvo de él. A salvo del mundo.
Hola a tod@s, amigos, blogueros, expontáneos, asiduos, etc... Después de unas cortas vacaciones en las que apenas he tenido tiempo de respirar por Almería, Granada y Madrid, vuelvo a casa con las pilas cargadas y dispuesto a retomar la pluma donde la dejé. Eso sí, mi mente ha seguido creando y archivando para cuando volviera y en ello estoy. Para tal efecto, habréis de dejarme unos días que me acomode, reacondicione y retome las letras y mi vida, que vaya poniendo a punto y engrase los engranajes de este motor literario. En tanto, y para ir abriendo boca, he aquí que os comento una buena noticia. Ya está a la venta el libro del concurso de relato que gané y del que, por causas mayores, hubo de suspenderse la entrega de premios en Mallorca. El libro lleva por título "El Cosechador", el mismo que el relato ganador y, además, incluye otros dos "Mystica" y "Las Palabras que no ves". A quienes os atreváis a comprarlo (tan sólo 6 euros, 12 con los gastos de envío), os doy las gracias de antemano y os informo que es posible que incluso lo tengáis en vuestras manos antes que yo mismo, el autor. Quienes no queráis gastar dinero también podéis leer ese relato, que no los otros, gratuitamente en la misma página. En cualquier caso, aquí os dejo los datos que podáis necesitar para su localización. Bueno, he de decir que también tenéis los libros de los otros ganadores: "El Susurro de los Árboles" de María Dolores García Pastor, ganadora del premio de Novela de Yoescribo 2008 y "Super Leticia la Pastelera" de Claudia Martínez, ganadora del premio de Cuento Infantil de Yoescribo 2008. Un fuerte abrazo a tod@s y ahí van el link:
http://www.yoescribo.com/publica/libreria/libreria.aspx
Pinchando sobre el nombre podéis acceder a la ficha personal de cada autor y leer, previo registro gratuito, las obras que este posee. Para comprar los libros tan sólo hay que clickar donde pone "Comprar este libro". He de aclarar también que no he tenido ninguna potestad para influir sobre la portada del libro que, aunque no me disgusta, se parece sospechosamente a las de John Katzenbach de El Psicoanalista y La Historia del Loco. En cualquier caso, me agrada, me lo tomo como un homenaje a este autor que me encanta. Pues eso, para terminar, aquí va la portada de mi primer libro propio

Queridos amigos, blogueros, navegantes del ciberespacio y cualquiera que se atreva a caminar entre mis letras. Con este capítulo se da por conluída esta segunda parte de aquello que empezó siendo tan sólo una idea y que ha proliferado más de lo que esperaba. Para quienes hayan disfrutado de la historia he de decir que es posible que esto no acabe aquí (aún quedan incógnitas en el aire que han de ser resueltas). Os agradezco de corazón a todos los que habéis tenido la santa paciencia de esperar capítulo tras capítulo, conviviendo con los personajes. No era mi intención que surgiese algo tan largo y, menos aún, capitularlo. Dentro de pocos días me marcho de vacaciones y tendré este espacio algo desatendido, así que ruego me disculpéis de antemano. De igual modo, se presentan cambios que puede que beneficien mi camino literario. Todo se andará y ya os mantendré informados. Espero tengáis una feliz entrada de ciclo o fin de verano o lo que sea. Nos veremos a la vuelta y, a muchos, por el camino. Besos y abrazos a quien corresponda. Ahí va el final de "La Isla":
LA ISLA (XI)
Ambos hermanos se fundieron en un abrazo que acabó en llanto. Los sollozos no permitieron que brotasen las palabras. Alicia, despertó una hora más tarde, con un chichón amoratado y un dolor de cabeza bestial, ambas razones suficientes para que no sintiera una alegría extrema por aquel reencuentro. Sin embargo, para Anita y Fausto aquello era un verdadero milagro. Tanto el uno como el otro se habían dado por muertos mutuamente. Anita le dijo a su hermano que sentía mucho no haberle ayudado cuando llegaron los soldados y que lamentaba muchísimo el cese de sus visitas. Trató de explicarle los motivos que le llevaron a actuar como lo hizo. Fausto, intrigado, le preguntó el porqué de esconder aquellas hojas sueltas. Anita entonces se enterneció y le dijo a Fausto, henchida de ternura y cariño, lo que sentía.
- Fausto, hermanito... – Dijo bajito – cuando me entregabas aquellos cuadernos llenos de magia, me reservaba para mi las criaturas más bellas que salían de tu pluma. Era como mi pequeño tesoro. Esas maravillas me unían a ti, era un enlace que nada ni nadie podía perturbar. – Continuó tomando las manos de su hermano entre las suyas. – Cuando descubrí que tus palabras cobraban vida, quise que jamás se extinguiera. Ver esos seres extraordinarios pululando por el mundo me hacían recordar la mente tan maravillosa y creativa que siempre poseíste. Presentí que algo estaba a punto de suceder y tuve la intuición de que debía salvaguardar de algún modo lo más bello de ti y tus creaciones. No me equivoqué y, poco después, sentí los golpes en la puerta. Conseguí escapar, pero papá y mamá... – se enjugó una lágrima tardía con el dedo índice y tragó saliva. – Ellos no me dejaron bajar contigo. No me dejaban verte. Cuando descubrí el desastre que habían organizado las malas bestias que salían de ti... era tarde. Ellos no querían que bajase y, sin saberlo, envenenaron tus ilusiones y tu imaginación se fue tornando cada vez más sombría. Yo no sabía qué hacer. Lo siento... de verdad... lo siento tanto. – Y le abrazó con fuerza. – Te quiero, Fausto.
- Y yo a ti, hermanita. – Allí permanecieron un buen rato antes de volver a la estantería para recuperar todas las cuartillas.
Un atisbo de celos asomó al rostro de Alicia que, atendió a todas las demandas de los chicos para buscar las hojas con cierto desagrado. A medianoche ya tenían un buen fajo de papeles. Anita los revisó y comprobó que estaban todos. Fausto sacó su cuaderno e introdujo las hojas en mitad del pequeño manuscrito en blanco. Luego lo devolvió al bolsillo. Ahora tocaba volver. Salieron de la casa y atravesaron la calle con rapidez entre las sombras, sin levantar sospechas. No obstante, unos ojos observaban con deseos reprimidos de venganza tras unos setos. Una sombra que no dudó en hacerse visible una vez los chicos hubieron desaparecido en la distancia y estaban demasiado lejos como para reconocerle. Luego, siguió sus pasos. Esta vez no escaparía. Tenía una deuda pendiente que pensaba saldar a toda costa. Tan sólo uno de los tres se percató de esa presencia. Alguien para quien aquella figura no representaba una amenaza, sino un humano más. Vivir en la isla había facultado a Alicia de una sensibilidad especial para advertir movimientos y ruidos por minúsculos que fuesen. Al oír al humano moverse entre los setos, dirigió la mirada hacia allí y sus ojos se cruzaron un instante. Una fracción de segundo a la que no dio importancia. Su objetivo ahora era llegar hasta Damián.
El anciano les estaba esperando en el centro del parque que había a menos de cien metros de la casa de Fausto. Una prisión de la que, por fin, parecía poder despedirse para siempre. Se sentía feliz por aquel encuentro. Era por eso que debía agradecer a Damián su insistencia. El viejo lo sabía. Fausto sonrió para sí. Una vez estuvieron en el punto acordado, una luz les invadió y les sustrajo. Ahora estaban otra vez en la sala de pantallas y lucecitas. Damián les esperaba sonriente a un lado.
- Lo he visto todo. – Dijo, guiñando un ojo a Fausto. – Lo siento, Alicia. Pronto se te pasará el dolor. – Dijo con ternura a la chica, que aún estaba molesta.
- Gracias, Damián. – Fueron las palabras de Fausto.
- ¿Y para qué tenía que ir yo? – Se alzó enfadada Alicia. Luego, viendo que no obtenía respuesta, se cruzó de brazos y se puso de morros.
A la mañana siguiente ya se le había pasado el enfado a Alicia y los cuatro disfrutaban de un opíparo desayuno a base de fruta fresca en la isla. Mientras, Fausto observaba las hojas. Cuando hubieron terminado, se acercó a Alicia.
- ¿Qué es eso? – Dijo ella. – Se parecen a los símbolos de la playa del día que apareciste.
- Esto se llama escritura. – Fausto le señaló una línea de una de las páginas arrancadas. – ¿No te enseñó Damián a leer y escribir?
- Pues parece ser que no. – Estaba un poco irascible, así que Fausto prefirió no tentar a la suerte. Además, había algo en aquella chica que estaba comenzando a gustarle.
- Bueno... mira... – indicó de nuevo Fausto - ¿ves esta línea? – Ella asintió. – Es Mosak. Mira, continúa por aquí.
- ¿Quieres decir que Mosak existe gracias a ti? – Le miró conteniendo las lágrimas. Aquella criatura la había dado muchos momentos de felicidad y se sentía muy agradecida por ello. Alicia se inclinó hacia Fausto y le propinó un inesperado beso en la mejilla.
- Bueno... – se sonrojó – El caso es que hay algo que no entiendo. – Se dirigió a todos. – Alicia, ¿puedes hacer que vengan todas las criaturas? – Ella asintió, alzó los brazos y todos los seres de la isla acudieron solícitos. Fausto esperó a que todos estuviesen allí y siguió pensando en voz alta mientras observaba a las criaturas a la par que sus notas. – Yo no escribí que Mosak tuviera un retoño, ni tampoco esa criatura de allí – Señaló un ave con patas de felino y rostro de koala que trataba de lamer sus garras con indiferencia. – Muchos de estos seres no recuerdo haberlos creado. Y estos son los últimos resquicios de mi creación. – Alzó las hojas para que todos las vieran. – Hay algo que no encaja. Si yo no he creado a esas bestias. ¿De dónde han salido?
- Puede que sea momento de seguir buscando respuestas. – Dijo Damián con su habitual tono misterioso.
- Tú sabes algo ¿verdad? – Fausto le miró expectante.
- Yo sólo sé que mi tiempo se acaba y debo volver. – Y, dejándoles a todos boquiabiertos, el anciano se desvaneció allí mismo, delante de todos.
Era posible que hubiera respuestas para aquellas preguntas que se formulaban insistentemente en su cabeza. Lo que no era tan probable es que fueran ellos quienes debieran darle solución. Ahora que Fausto había recuperado a Anita y Alicia volvía a su hábitat natural, a salvo de que sus criaturas perecieran calcinadas, a ninguno le apetecía salir de allí. Fausto quería llevar a cabo la promesa que se había hecho a sí mismo de rescribir el mundo y tratar de darle un mejor aspecto después de lo que había provocado. Una vez que recuperaran fuerzas y se hicieran a la libertad recuperada, entonces ya verían lo que hacían. Alicia no soportó mucho tiempo las ropas que llevaba puestas y pronto volvió a su desnudez. Anita jamás entendió aquello. Sin embargo, Fausto cada vez se mostraba más fascinado con el temperamento y la manera de ser de aquella chica y, si bien no caminaba desnudo, hizo por integrarse en su mundo deshaciéndose de la camiseta y los zapatos. Entre los tres construyeron una casa de madera junto a la playa y enseñaron a Alicia las maravillas del fuego, sobre todo en las noches más frías pues, aunque era una isla paradisíaca rociada la mayor parte del tiempo por temperaturas suaves, a veces refrescaba inesperadamente al caer la noche. Alicia se mostró interesada por los símbolos y garabatos que Fausto llamaba escritura y le pidió que le enseñara a leer y escribir. En pocos meses, había adquirido una gran destreza y soltura con las letras. Como regalo, Fausto le dio la página en la que era creado su gran amigo Mosak. La amistad de ambos fue creciendo hasta casi rozar los corazones y erizarles la piel en los momentos más íntimos. Anita recuperó el tiempo perdido y narró a su hermano lo sucedido durante los más de veinte años que había estado recluido. Fausto sintió un gran alivio cuando descubrió por esos relatos que no todo el Mal del Mundo había sido a causa de sus bestias, sino que ya andaba algo enfermo el planeta cuando éstas comenzaron a aparecer y sembrar el pánico. La vida en la isla se sucedió plácida y sin sobresaltos. En la otra parte del mundo, en algún lugar muy lejos de allí, una sombra con rostro humano planeaba un contraataque con el que nadie contaba. La historia estaba comenzando a ser rescrita y, sin duda, había alguien que estaba dispuesto a borrar cada nueva palabra que la conformase.
Damián les dio unas indicaciones básicas para salir de allí y esperó a que la noche cayese sobre el barrio para depositar a Fausto y Alicia cerca de la casa. Los padres de Fausto habían muerto durante el asalto, los hombres de Leandro los habían aniquilado sin mediar palabra, sin darles la oportunidad de rendirse. Damián había tenido la suficiente delicadeza para evitarle el mal trago de una visión tan trágica al muchacho y había hecho que el holograma se desvaneciese antes de los disparos y los gritos. Aún recordaba el brazo que sobresalía a través de la puerta del salón de casa cuando Gabriela le conducía hacia la falsa libertad prometida. Era su padre, tendido en el suelo. Estaba muerto, no necesitó que se lo confirmasen. Sus preguntas tenían una evidente respuesta. Ahora, después de lo que había presenciado en el video holográfico, las pocas dudas de que su familia hubiese sobrevivido se disiparon como la claridad que acompaña al rayo.
Llegaron poco después del ocaso a la antigua casa de Fausto. Éste se sentía extraño al pisar aquel suelo que durante más de dos décadas se le había negado. Todo era confuso y traía a su mente recuerdos de lo que pudo haber sido en caso de haber disfrutado de una vida normal. Los juegos en el parque, los bocadillos a media tarde cuando volvía a casa sudoroso y lleno de barro hasta las orejas, las reprimendas, las buenas y las malas notas en el colegio, sus primeros flirteos con las chicas de clase y sus primeras salidas y consecuentes llegadas tarde. Todo eso se acabó a los siete años. Ahora no había vuelta atrás. Era irrecuperable. Había perdido toda su infancia y gran parte de su vida. Además, había sido el causante del caos que asolaba el planeta desde su encierro. Viendo que no tenía pasado, había pensado que, tal vez, la vida le dejase hacer algo por su futuro y por el de sus congéneres. Y lo cierto era que, cuando comenzaba a escribir la historia de nuevo en su pequeño cuaderno, el destino volvía a traerle donde todo había empezado. No podía escapar de aquella espiral. Era inútil. Este pensamiento le abatió y dejó aturdido un instante. Fue Alicia la que le arrancó de su ensimismamiento cuando su curiosidad le llevó a empujar la puerta principal de la casa. Fausto apenas sí se había dado cuenta del camino recorrido desde que Damián les dejase en el barrio. La chica miraba con admiración todo cuanto le rodeaba, aunque su facilidad de adaptación era asombrosa y ya no veía con los mismos ojos sorprendidos todo cuanto rodeaba. Pronto, todos esos objetos absurdos y sin sentido, incluso le llegaron a parecer aburridos. Fausto agarró el hombro de Alicia antes de que se adentrase en la oscuridad del salón.
- Espera. – Le susurró. – Yo iré primero. – Ella asintió en silencio y se ladeó para dejarle pasar.
A oscuras y sin articular palabra, ambos fueron avanzando hacia las estanterías en las cuales habían visto a su hermana trajinando. Con un movimiento rápido, Fausto indicó con los dedos a Alicia para que comenzara a mirar en el interior de los libros. Ella se encogió de hombros. Evidentemente, no le entendía. El muchacho tuvo que acercarse para mostrarle lo que debía hacer y le dijo al oído lo que debía buscar. Sin embargo, fue bastante ambiguo. Ni él sabía lo que su hermana había escondido entre aquellos volúmenes. Podía ser cualquier cosa plana que no ocupara más que la palma de la mano. Podía ser incluso una hoja, pensó Fausto. Y entonces, como si una bombillita se hubiese iluminado sobre él, comenzó a extraer libros de la estantería con avidez, abriéndolos mientras los sujetaba por el lomo y agitaba sus páginas para ver si caía algo. En una de esas ocasiones, cayó. Era una hoja. Se acercó con sigilo hacia la ventana que daba a la calle y aprovechó la luz mortecina que le facilitaban las farolas para echar un vistazo al contenido escrito de aquel papel. La reconoció al instante. Era una de las muchas páginas que Fausto había escrito. Pero, ¿por qué las habría guardado Anita? Antes de obtener respuesta o un atisbo siquiera de alguna pista certera, un ¡clic! hizo que se volviese. Alicia estaba en el suelo, obviamente, alguien la había golpeado con una habilidad felina y ahora, el cañón de un revólver apuntaba directamente a Fausto entre los ojos. El libro que tenía en una mano se le resbaló y se estrelló contra el suelo. Fue un mal movimiento que apunto estuvo de borrarle del mapa, pues su agresor pareció ponerse nervioso.
- ¡Maldita sea! – Al hablar, el propietario del arma se descubrió como mujer. – ¡No vuelvas a hacer eso, me cago en la puta! – Dijo soez. Fueron pocas palabras, pero suficientes para reconocer en la voz, que no en el rostro, tan a oscuras como el suyo, a alguien conocido. Muy conocido.
- ¡Anita! – Dijo emocionado. La garganta pareció encogérsele y solamente pudo volver a repetir aquel nombre como si fuese un salmo sagrado o un deseo que pudiese hacerse realidad. - ¡Anita!
- ¡Fausto! – La extraña bajó el arma y le puso el seguro. No era la primera vez que sostenía una pistola y se la veía bastante resuelta. - ¿Eres tú?