Libro de Arena
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Mente Creativa

Víctor Morata Cortado

Soledades (VII)

Ismael se despertó de nuevo antes del mediodía. Lo primero que hizo, aún con los ojos entornados, fue llevarse una mano a la cabeza y blasfemar. Le dolía como si tuviese un martillo golpeándole la cabeza con una fuerza brutal. Estaba tumbado en la cama. Reconocía aquel lugar. Lo había logrado. Estaba en casa. Junto a él había una mesita baja de madera tallada y, sobre ésta, un vaso de agua y una pastilla. Sin pensarlo dos veces, tomó la pastilla y el contenido del vaso de un trago. El agua pasó por su garganta como un bálsamo reconfortante. Sin embargo, aquel aturdimiento, tenía la impresión, le iba a durar todo el día. La estancia estaba en penumbras. La mañana había surgido gris y ahora descargaba una suave lluvia en el exterior. Ismael se levantó y se aproximó a una de las ventanas para ver el espectáculo. El agua caía delicadamente sobre las estatuas y las flores del jardín. Pudo apreciar en algunas de ellas la melancolía propia de su dueño. Eneko era así, un ser melancólico que se desgastaba poco en risas y diversiones. Metódico y eficaz, práctico y constante. No era de extrañar que acabase, a sus veinticinco años, siendo uno de los mayores consejeros de la gente como él. Ismael sabía que no era el primero y que no sería el último al que Eneko ayudaba de una manera u otra. A él le había prestado un auxilio que no podría pagarle jamás y, no obstante, Eneko nunca reclamaría aquel favor. Para el muchacho aquellas obras eran como las del artista que labora por amor al arte mismo.

Las dudas que asaltaban al chico aún no habían quedado solventadas cuando recibió el ataque por sorpresa de Leandro. En esos momentos en que tenía el cuello preso, pensó que se iba a la tumba sin despedirse. Las palabras de Eneko le habían salvado. Y, tal vez, la imagen de Layla justo cuando las sombras parecían envolverlo para arrastrarlo hacia la muerte.

Estaba viendo caer la lluvia. Miró hacia los árboles con melancolía. Una voz le trajo de vuelta al mundo y se giró, aún dolorido.

- ¿Cómo te encuentras? – Dijo tras de sí, Eneko.

- Hola, Eneko. – Dijo Ismael y se señaló la sien. – Mejor. Casi no lo cuento.

- Luego me lo contarás con detalle. – Señaló hacia la puerta por la que había entrado. – Ahora vamos a comer. – El olor a comida recién hecha llegó hasta Ismael y su apetito se abrió de repente. Su boca comenzó a salivar y asintió.

Eneko condujo al chico hasta la cocina. Ismael apenas podía andar y, cada vez que lo hacía, notaba el dolor de los moratones. Se palpó el costado. No se había percatado hasta ahora de la venda que le rodeaba el cuerpo cruzándose sobre el hombro y pasando por debajo del brazo. Eneko, al verlo, apuntó.

- Tienes un par de costillas rotas. Tuve que vendarte. – Señaló las vendas. – ¿Cómo te sientes?

- Duele... – Sonrió tristemente.

- Sanará. – Contestó seguro de lo que decía.

Comerían en la cocina. Al entrar en la habitación, un lugar enorme con un par de fogones, un horno, un frigorífico y más de una docena de armarios, Ismael inundó sus sentidos. Primero su olfato y luego su vista. De espaldas a ellos estaba Layla, con su pelo negro corto rozándole el lunar de la nuca. Estaba lavando algunas verduras para la ensalada. Se volvió en cuanto vio aparecer a Ismael y dejó cuanto estaba haciendo para abalanzarse sobre él y propinarle un abrazo tan fuerte que hizo que el chico se estremeciese de dolor y placer a un tiempo. Ella le plantó un sonoro beso en los labios y se separó de él sin perder la sonrisa ni dejar de mirarle divertida.

- Estás que das pena. – Dijo. – Venga, siéntate. Comer te sentará bien. – Ismael obedeció y se quedó quieto en la silla y sin hablar. Mientras, Eneko y Layla terminaron de preparar la comida.

Durante la comida no hablaron y se mascó cierto aire de tensión en el forzado silencio. Ni Eneko ni Layla se atrevían a romper esa quietud, era Ismael quien debía hacerlo. Los chicos intuían lo que había sucedido. Olaf llegó un día después que Ismael se marchara al piso de su abuela informando de los asaltos que estaban realizando los soldados. Se habían multiplicado desde las últimas semanas e iban sembrando piras por toda la ciudad en el interior de los edificios abandonados. Se oían gritos de dolor, gente que clamaba auxilio. Olaf creyó reconocer a alguno de los del grupo que habitualmente se reunía en casa de Eneko y advirtió al muchacho que no tardarían en llegar a aquel lugar, hasta ahora a salvo de esas hordas de dementes. Olaf era un hombre frío pero leal, no iba a vender a sus compañeros, antes se despojaría de su alma para otorgársela al diablo. Su escasa participación en las reuniones dejaban a la vista una apariencia indiferente y ajena, pero lo cierto era que no había nadie más comprometido que él. Nadie más sensato y capaz. De todos los seres sobre la faz de la tierra, era él quien ostentaba el record de mayor número de años conviviendo con el don. Era el primer ser humano que hubo de descubrir que demonios le pasaba. Pero para suerte de la humanidad, supo controlarlo a tiempo y mantener su mente fría, evitando divagaciones y limitando su creatividad al pensamiento más llano posible. También Olaf sabía que intervenir en las hojas del destino que ya estaban escritas significaba alterar el orden mundial y, tal vez, universal. Así que no usaba con frecuencia sus facultades creativas, sino que las salvaguardaba con fiereza y procuraba mantenerse al margen de todo y de todos. No obstante, era un ser humano con tendencias sociales y no podía dejar el trato con sus congéneres, por muy rudo que este fuera. Pocos eran los que le habían visto obrar con sus manos la magia de la que era portador. Sabían de ella por los rumores que se extendían con facilidad y muchos dudaban incluso fuese cierta. Pero, por si acaso, procuraban no mofarse de él ni de sus cualidades. Eneko lo sabía, y Layla antes que él. Ya eran muchos años tratando con Olaf. Ellos no dudaban un ápice ni de sus poderes ni de su palabra. El tiempo les había enseñado qué era lo correcto. Así, los tres sentados a la mesa, se miraron tensos y en silencio. Masticando despacio. Tragando con dificultad. Ismael bebió un poco de agua y miró a sus amigos. A ambos les pareció que temblaba. Entonces dejó el vaso sobre la mesa y el tenedor sobre el plato.

- Bueno, ¿queréis dejar de mirarme así? – Dijo Ismael enfurruñado.

- ¿No nos vas a contar lo que ha pasado? – Eneko ejerció de portavoz. Su tono era serio pero amigable.

- No sé qué es lo que ha pasado realmente. – Frunció el ceño y se llevó una mano a la cabeza. Aún le dolía.

- ¿Por qué no intentas decirnos cómo ha sido? – Insistió el anfitrión.

- Está bien... – se resignó Ismael. – Llevaba varios días en casa de mi abuela, recogiendo trastos y preparando todo aquello que quería traer a tu casa. En tanto, anduve intentando lo de los sueños lúcidos y creí que aquel sería un buen lugar, sin ser molestado por nadie... – Ismael advirtió la mirada de Eneko y trató de justificarse. – No... no te ofendas Eneko, pero sabiendo que estáis por aquí... pues no me concentro. ¿Vale? – En cuanto asintió su amigo, Ismael prosiguió. – En una ocasión creo que estuve cerca. Soñé con un hombre, un anciano. Se llamaba... Damián. Eso es, Damián. Y me dijo cosas. No recuerdo la mayoría pero sé que eran importantes. No pasó nada fuera de lo normal hasta anoche y creo que no tuvo nada que ver con mis pesadillas. De repente, sentí un dolor agudo en la mejilla y sentí como mis brazos y mi cuerpo quedaban aprisionados. Entonces descubrí que tenía un tío encima de mí gritando y golpeándome. No paraba de preguntarme por alguien... Pase mucho miedo. Pensaba que hablaba de ti. Parecía bastante cabreado. El que buscaba debía haberle hecho algo bastante gordo. Me parece que era uno de esos militares que habían estado rondando los edificios abandonados. Era grande como un armario y casi no lo cuento. Menuda paliza... – Hizo una mueca de dolor al recordarse esos momentos. Tenía la boca seca y tomó un sorbo de agua.

- Pero... ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿Te ha seguido? – Quiso saber Eneko.

- Eso es lo increíble. – Se acercó a su amigo y le sonrió. – Lo conseguí, Eneko. – Su voz estaba ahora cargada de ilusión y se olvidó del dolor. Eneko le miró extrañado. Layla tampoco sabía por donde iban los tiros. – Hice lo que me dijiste. Soñé despierto. Y ¡bum!- Ismael se levantó de un salto de la silla y agitó los brazos. – Aparecí aquí, en la misma puerta de tu casa. ¿No os parece increíble? ¡Ouch! – El dolor en el costado le recordó que estaba herido y se volvió a sentar agarrándose el costillar. Los tres se miraron con los ojos iluminados.

- ¡Vaya! ¡Eso es... eso es magnífico! – Exclamó Layla, recuperando la sonrisa.

- Tenemos un problema. – Dijo Eneko pensando en voz alta y sajando de cabo a rabo toda la euforia desatada. Layla e Ismael le miraron con la cara arrugada. – Ese tipo del que has hablado no cesará en su empeño de conseguir lo que busca, sea lo que sea o sea quien sea. Tarde o temprano vendrá aquí. – Se acarició la barbilla, sopesando las futuras dificultades y tratando de adivinar los movimientos del soldado – Pero lo peor no es eso. Nuestros amigos corren peligro. No todos podrán escapar. Ismael ha tenido suerte.

- Ese tío no sabe dónde está lo que busca, va a tientas y... – dijo Ismael.

- Pero aún, Ismael – Eneko no dejó que su amigo terminase la frase. – Se llevará a quien sea necesario por delante con tal de conseguir su objetivo. Olaf tenía razón. Estamos en peligro y hay que avisar a todo el mundo. Puede que no vengan aquí. – Miró a Ismael con detenimiento, analizando sus posibilidades y la magnitud de sus heridas. - ¿Crees que podrías repetir lo que hiciste anoche?

- No sé, Eneko... – se excusó – me duele mucho.

- Eso no será problema. – Dijo con seriedad mientras se ponía en pie. – Layla, por favor... – ella le miró expectante y, sin que Eneko terminase de hablar, ella asintió y se levantó de la mesa para después perderse por la puerta de la cocina.

- ¿Qué vas a hacer? – Ismael no entendía nada.

- Algo que debí hacer hace mucho tiempo. – Hizo una pausa y suspiró con la mirada perdida en la pared del fondo. – Implicarme.

Acto seguido, Layla apareció de nuevo con un caballete, varios pinceles y un lienzo en blanco. Llegó el momento de retomar su talento. Ahora sabía exactamente lo que debía hacer. Instó a Ismael a que fuera su modelo y lo situó con el torso desnudo frente a él, con el cuerpo amoratado y las vendas cubriéndole gran parte. Eneko hizo varias pruebas sobre la paleta antes de comenzar y, cuando se creyó preparado, comenzó a retratar a Ismael. Hizo una copia perfecta de lo que era el muchacho antes de ser vapuleado salvajemente. En el cuadro, aparecía un muchacho menos escuálido e inmaculado, sin un rasguño. A cada pincelada que Eneko daba sobre el lienzo, Ismael notaba cierta mejoría. Su ánimo fue creciendo y su vitalidad se restableció antes de que Eneko comenzara a retocar los detalles de la obra. Eneko miró a Ismael como si se hubiera obrado un milagro. Era la primera vez que el muchacho había osado tratar con su don a un ser humano. En aquel momento descubrió el bien que podía ofrecer a una humanidad desvencijada y fue como recuperar parte de su alma marchita. Supo que no sería tarea fácil pero, por fin, su ánimo se iluminó con la posibilidad de utilizar su don con fines que hasta ahora había creído imposibles. Su magia, descubrió, no era una maldición, como había creído hasta entonces, sino todo lo contrario.

Soledades (VI)

Dos semanas después, Ismael dijo a Eneko que quería pasar unos días en casa de su abuela para recoger algunas cosas y permanecer a solas consigo mismo. Tenía muchas cosas que poner en orden antes de decir adiós a su antigua vida. Tanto Eneko como Layla comprendieron y le dejaron marchar con la esperanza de que no pasara mucho tiempo hasta su regreso. En esa ocasión, Layla se acercó a su oído y le susurró un “te quiero de vuelta” que le erizó el vello de la nuca. Luego se puso de puntillas frente a él y le besó delicadamente los labios. Un microsegundo que Ismael guardó durante todos y cada uno de los días, no del tiempo que estuvo fuera, sino de toda su vida. Eneko le propinó un fuerte abrazo y repitió las palabras de la chica en silencio, su mirada bastaba.

La primera noche que Ismael pasó solo en aquel edificio fue horrible. Apenas pudo pegar ojo, algo que por otra parte agradecía a sabiendas de lo acontecido días atrás. La revelación de Eneko que le advertía que no estaba solo en el mundo, hizo que el chico se plantease muchas cosas. En las dos semanas que sucedieron a la materialización de sus sueños, Eneko le indicó todo lo que él había descubierto de su propio don a través de la pintura y animó al chico a hacer lo mismo con el suyo. La diferencia estaba en que Ismael apenas lo había descubierto y Eneko llevaba conviviendo con él más de una década. Eran dones diferentes pero iguales o, al menos, muy parecidos. Ambos brotaban de la imaginación, aún tuvieran un medio de canalizarse totalmente diferente. El mayor contraste radicaba en que, mientras Eneko tenía la posibilidad de elegir aquello que quería crear, Ismael no podía. Eneko tenía el control sobre sus creaciones. Sin embargo, eran las criaturas de las pesadillas de Ismael las que tenían el control y aprovechaban cualquier fisura en su mente para traspasar el umbral de la realidad. Eso era lo que tenía que controlar. Eneko le había hablado de los sueños lúcidos como solución a su problema. Eran éstos aquellos en los cuales el soñador era totalmente consciente de su estado y, por ende, esa consciencia le permitía modificar a su antojo todo lo que le envolvía. Para conseguirlo, Eneko le dio pautas de relajación y ofreció algunas técnicas conocidas de meditación muy básicas. Ambos estuvieron además, investigando en la biblioteca. Era muy poco el material que encontraron, pero podía ser suficiente. Fueron dos semanas intensas, en las cuales los amigos descubrieron mucho sobre sí mismos y el talento que albergaban. De lo único que no había hablado Ismael con Eneko era de Damián. El anciano que aparecía en algunos de sus sueños. Era el único ser que se quedaba en ese mundo onírico. Él no pugnaba por salir al exterior. Tenía algo que le hacía diferente, un aura especial. Fue él quien le había dicho la noche anterior al encuentro con Layla dónde debía ir y qué debía hacer. Y fue él quien le advirtió que no debía seguir huyendo. Gracias a Damián había hecho dos grandes amigos, los que nunca tuvo, ni antes ni después de que se desatara el Mal del Mundo. Y ahora estaba de vuelta en casa para decir adiós a sus pasado y a los recuerdos que aún permanecían allí. Esperaba alguna señal que le indicara que estaba haciendo lo correcto. Cualquier cosa. Ya tenía todo lo que necesitaba empaquetado y listo para marchar, pero aún, por alguna extraña razón, no podía hacerlo. Habían pasado cuatro días desde su marcha de casa de Eneko. Con el mismo ánimo de cada día, se desvistió y se metió en la cama ya rozando la madrugada. Tres horas después, tuvo un despertar nada agradable.

- ¡Te lo preguntaré una vez más! – Dijo Leandro zarandeando al muchacho y arrojándolo contra la pared de la habitación en penumbras.

- ¡Yo no sé nada! – Sollozó Ismael. Al soldado aquel chico le pareció que no tenía más de diecisiete años. Su cara aún reflejaba una adolescencia incompleta.

Leandro, “el escorpión”, aguijoneó una vez más al muchacho de tez pálida y cabello corto, tan claro como su piel. De un puñetazo hizo que se arrodillara ante él . Los ojos rosados del albino se encendieron de rabia e impotencia y apretó los dientes mientras trataba de recuperar el aliento. Sus pulmones ardían y apenas podía respirar de forma entrecortada. Leandro, haciendo gala de sus años de experiencia como militar abrupto y sin escrúpulos, cogió a Ismael por el pelo e hizo que éste se levantase hasta poner su cara frente a sí. La bestia le tenía atrapado. Confuso y nervioso no le quedaba otra opción que la de tratar algo que nunca había hecho, soñar despierto. Era el único modo que quizá le evitase una muerte segura. Estaba ante un ser inhumano, ávido de una venganza irracional que había arrastrado consigo durante demasiado tiempo, llevándose consigo más de media docena de vidas inocentes. No sería gracias al albino que se llevase unas cuantas más por delante.

Leandro había entrado a su casa, un modesto apartamento en el cual vivía con su abuela desde que su padre le abandonó a su suerte casi diez años atrás. Su padre jamás había superado la muerte de su esposa y creyó no poder hacerse cargo del niño. Entonces le dejó con la única persona viva que quedaba de su familia, la abuela Sofía. La anciana había sufrido una angina de pecho un año antes de nacer Ismael y, más tarde, una trombosis hizo que no pudiera caminar con normalidad. Primero, unas muletas, y luego, una silla de ruedas. Hacía dos semanas que la habían vuelto a ingresar por una insuficiencia respiratoria. Y es que a Sofía le encantaba fumar. Decía que era uno de esos placeres que ni la muerte iba a conseguir arrebatarle por mucho que los médicos insistiesen. Ismael sufría mucho por ella, pero había comprendido, a su temprana edad, que nadie tenía derecho a intervenir en el destino de los demás. Que hipócrita le parecía este pensamiento ahora. Ahora que había mediado en el camino que el planeta había seguido en los últimos años. Aún de forma inconsciente, así había sido. Gracias a Eneko lo descubrió relativamente a tiempo. Sin embargo, sabía que eso ayudaba pero no desviaba en mucho los pasos que la humanidad seguía desde hacía un tiempo. La incursión de Leandro en su propia habitación en plena noche, cuando se encontraba disfrutando de uno de los raros y plácidos sueños que acudían a él con no demasiada frecuencia (la mayoría solían ser devastadoras pesadillas), le había hecho comprender que el día en que sus movimientos pasaban desapercibidos quedaban muy atrás. Él mismo había visto a las tropas moverse por la ciudad como cucarachas. Eneko decía que ya sabía de estos lances gracias a Olaf.

Ismael podía ver en Leandro, o en su sombra entre sombras, un rostro enajenado. Le había despertado de forma atroz, estrangulando con una mano su garganta y aprisionando con las rodillas sus muñecas. Lo había inmovilizado por completo, advirtiéndole que un solo grito podía costarle la vida. Ismael, aún muy joven para entender la magnitud del problema, hizo un amago de liberarse y forcejeó con “el escorpión”. Fue una estupidez que pagó con un puñetazo en la mejilla. Leandro le dejó atontado, amoratado y con la cara hinchada. Sin duda, no fue el último de los golpes que el militar le asestaría con violencia. Al principio, el muchacho pensó que aquel soldado loco le preguntaba por su amigo. Más tarde descubrió que no era a él a quien buscaba. Ismael no mintió cuando le dijo que no sabía de quién le hablaba. Sin embargo, eran respuestas inválidas para aquel mastodonte enfurecido. El muchacho era un ser enclenque, lleno de huesos y piel. Una piel tan blanca como la leche. Un chico al que su fotofobia le impedía ver con frecuencia la luz del Sol o pisar siquiera la calle. Daba gracias por haber hecho caso a su sueño y que Layla se hubiera cruzado con él en una de las pocas ocasiones en que había decidido salir. No era casualidad haberles encontrado a ella y a Eneko. Con el tiempo, Ismael descubriría que la casualidad no existe y que ninguno de estos personajes aparecidos en la historia de su vida eran meros figurantes, sino protagonistas de su futuro, un futuro que se abría ante sí con grandes signos de interrogación. La única certeza era que ya no estaría solo. Su abuela ya no estaba con él, pero ahora tenía amigos, los mejores que jamás pudo soñar. De todos modos, si no quería reunirse con ella antes de tiempo, debía salir de allí, escapar de aquel aguijón y las garras del animal que se había cernido sobre él en mitad de la noche. Aún era pronto para descubrir a Sofía esperándole al final del famoso túnel de luz para llevarle ante su amado Dios como el ángel que le guiaría hacia su idílico paraíso. Sin embargo, había dos cuestiones que hacían que Ismael se aferrara a la vida con fuerza y soportase tan estoicamente los golpes del militar mientras urdía un plan: primero, no creía en Dios y, segundo, no quería morir.

Eneko le dijo en una ocasión: “amigo, si crees, creas”. Era una de las tantas frases enigmáticas que Ismael no llegaba a comprender del todo. Ahora, con los nudillos de aquella bestia clavándosele por todas partes, creía entender el significado latente de esa escueta frase. Él había sido quien advirtió a Ismael que si podía hacer algo mientras dormía también podría hacerlo durante la vigilia. Eneko insistía bastante en que Ismael se infravaloraba y no llegaba a comprender aún lo que recientemente le había sobrevenido. Eneko, como muchos otros, soportaba aquella carga que algunos llamaban don, mucho más tiempo que cualquiera que Ismael conociese, aunque no era difícil teniendo en cuenta que su círculo de amistades se reducía a tantos miembros como dedos tenía cualquiera de sus manos. Confió, en esos instantes en los que se debatía entre la vida y la muerte, en todos los sabios consejos que su amigo le había dado. Iba a probar hasta que punto podía trasladar sus sueños a aquella realidad de forma consciente, como si la realidad misma fuese un sueño lúcido en el que Ismael pudiese hacer y deshacer a su antojo. Sería la primera vez y, si salía bien, conseguiría al menos una cosa: sobrevivir. Leandro se abalanzó hacia él con la pierna estirada hacia atrás y con la intención de hundirle la pesada bota en el estómago. Ismael cerró los ojos con fuerza e imaginó estar rodeado de árboles. Recordó la casa de Eneko a las afueras de la ciudad. Una casita de madera blanca con el tejado rojo. Tenía un jardín lleno de estatuas y flores de los más bellos colores. Decenas de árboles rodeaban los jardines de la casa, eran esos los árboles que estaba imaginando Ismael, pues era más fácil recordar que crear y, para el caso era lo mismo. No tenía tiempo de más. Se concentró tan rápido como pudo. La bota de Leandro bailó en el aire haciéndole trastabillar y caer de culo sobre el suelo. Le dolió más el orgullo que la caída. Una vez más, perdía su oportunidad. Se enfureció pensando en su mala suerte y desatino.

Ismael sintió la brisa rozándole los pelillos del cogote. La luz mortecina del día nublado que se presentaba ante él avisaba de un pronto amanecer. Al abrir los ojos, a pesar de la oscuridad aún patente, le dolió. Observó atento a su alrededor. Árboles, flores, estatuas y, en el centro, una casita blanca con tejado rojo. Lo había conseguido y, si no hubiese estado tan dolorido por las heridas y los golpes que “el escorpión” le había propinado, habría disfrutado aún más de aquel espectáculo de salvación. Como si hubiese notado su presencia, Eneko salió a recibirle con el rostro compungido. Sin tiempo que perder, Eneko ayudó a Ismael. Éste esbozó una sonrisa de triunfo justo antes de caer inconsciente en brazos de Eneko. Su salvador era bien parecido y, de no ser por la tristeza oculta en su mirada, cualquiera diría que era de aquellos que se preciaban de poseerlo todo en esta vida. Y, efectivamente, sus posesiones alcanzaban a las deseadas por cualquier ser humano. Sin embargo, la mayoría de los humanos no cargaban con una responsabilidad tan grande como la suya y, consecuentemente, con las resultas que al ejercerla se originaban. Así, tras aquel cuerpo esbelto y bronceado, tras aquella mente lúcida y esa sabiduría inusitada para alguien de su edad, se escondía una pena que nadie era capaz de mitigar, salvo tal vez, saberse un lucero para las noches oscuras que cobijaban a chicos como aquel. Eneko introdujo a Ismael en casa, cargando con él, y lo depositó en su habitación. Luego cerró la puerta tras de sí. Las cosas se habían complicado. Aquello era prueba irrefutable de ello. Era hora de pasar a la acción. Ya no eran tiempos de vivir entre sombras. La luz debía iluminar a todos con la verdad. Era inevitable.

Soledades (V)

Eneko cogió la bicicleta y acompañó a pie a Ismael y Layla hacia su casa. Habían hecho muy buenas migas. Ismael tenía casi dieciocho años y Layla había cumplido los veintiuno hacía muy poco, pero había algo en ellos dos, Eneko lo presintió en el tiempo que duró el trayecto hacia el hogar. Sintió una especie de envidia sana, pero no albergó maldad ni pensamientos nocivos contra la relación que notaba estaba creciendo entre ellos muy a pesar del poco tiempo que se conocían. Eneko recordó el día en que conoció a Layla y creyó enamorarse de ella. Luego comprendió lo que sucedía. Era el encanto especial de la chica. Su magia. Su don. Pero ella podía deshacer el hechizo en cualquier momento y así lo hizo con Eneko al poco de su encuentro. Los tres llegaron a la casa de Eneko e Ismael permaneció maravillado frente a las estatuas, los árboles y las flores que rodeaban el jardín. Cómo se diferenciaba aquel lugar del que estaba acostumbrado. Con la boca abierta aún, el anfitrión invitó al chico a entrar en casa y los tres disfrutaron de una infusión y unos dulces. Sentados a la mesa del salón, desnudaron sus almas y contaron la verdad sobre sus vidas. No obstante, ni Eneko contó a Ismael nada acerca de su facultad, ni el chico lo hizo acerca de la suya. Aún no estaban seguros de cómo iba a reaccionar el otro. Ninguno de los dos sabía que lo que el otro ocultaba era tan sorprendente como lo que albergaba su propio interior y creían que era algo que debía contarse cuando las circunstancias fueran las idóneas. Layla, por primera vez desde que Eneko la conocía, permaneció callada y atenta a la historia de Ismael. Por supuesto, no duró mucho, pues cuando el invitado cedió su turno a la chica, esta no paró de hablar y reír hasta bien entrada la madrugada. Viendo que ya se hacía tarde, Eneko ofreció a Ismael un lecho donde pasar la noche y anunció a Layla que su habitación seguía tan dispuesta como siempre. Los tres se dieron las buenas noches y se metieron en sus respectivos aposentos. Durmieron como hacía mucho que no dormían. Fue un sueño reparador para todos, incluso para Ismael. Esa noche no hubo pesadillas, ni alaridos, ni temblores... esa noche Layla había llenado el vacío que había dejado su abuela.

Los días que sucedieron a aquel encuentro fueron gratos y llenos de alegría. Los tres muchachos se hicieron una piña y disfrutaban juntos yendo de un lado a otro. Ismael y Eneko iban a al biblioteca a por algunos libros mientras Layla les esperaba patinando sobre los escalones y las barandillas de alrededor. De vez en cuando, se metían en algún supermercado y cogían algo de comida. Toda la ciudad estaba disponible para ellos solos. No había lugar para el aburrimiento. Tres meses después del primer encuentro, llegó el momento de enfrentarse a la verdad. Para ninguno de ellos hubiese sido necesario, pero fue Ismael quien movió la primera ficha y, una vez puesto el juego en movimiento, ya no había manera de pararlo. Ismael había optado por quedarse a vivir con Eneko y Layla, ahora los tres eran inseparables amigos. Una mañana, los gritos del muchacho alertaron a Eneko que acudió corriendo a ver qué sucedía. Ismael se encontraba convulsionándose en el suelo, con la espalda arqueada y los ojos en blanco. Junto a él, Eneko vio como una forma difusa iba adquiriendo dimensiones sólidas. Tenía el aspecto de un hombre de fisonomía alterada, como si se hubiese fusionado con una bestia. El muchacho tuvo que reaccionar rápido al comprender y, antes de que aquellos ojos amarillos y brillantes se le clavaran en la espalda, Eneko zarandeó a Ismael hasta que despertó y la figura se esfumó sin dejar el más mínimo rastro de su existencia. El chico estaba empapado en sudor y su rostro reflejaba un cansancio extremo, como si hubiese hecho un gran esfuerzo. Sin duda, lo había hecho. Eneko dejó que se recuperase y lo ayudó a incorporarse. Acompañó a Ismael a la cocina y le preparó un chocolate caliente. Layla no estaba, había quedado con algunos de sus amigos. Ante este detalle, Ismael miró con ojos de cordero degollado a su amigo y este comprendió que no podía decirle nada a Layla. No quería que se asustase ni se preocupase. Fue un acuerdo tácito entre los dos. Ambos se sentaron entonces alrededor de la mesita y se sinceraron el uno con el otro. Sus lazos se estrecharon más aún al descubrir el secreto que llevaban escondiéndose durante meses. Ambos se supieron comprendidos y aceptados. Más aún Ismael, quien aún no había tenido contacto con nadie como él y sentía aquello como un estigma que la mala suerte le había colgado como una maldición. Ismael lloró entonces y Eneko, con su mirada triste, lo abrazó tratando de consolarlo. Para cuando Layla llegó a casa, todo había vuelto a la calma.

Soledades (IV)

Resultó que Layla tenía muchos amigos allí en la ciudad. Gente que vivía en las sombras y que había aprendido a moverse de forma tan sigilosa que apenas parecían el silbido de una leve brisa pegada a las paredes. Esos amigos resultaron ser en su mayoría seres de espíritu inquieto y con ciertas aptitudes. Eneko descubrió que cada uno de ellos llevaba su propia procesión por dentro y cargaban con una soledad similar a la de él, una que no se paliaba ni rodeado de un millar de personas. Esa soledad que les embargaba era su nexo de unión, el punto que todos tenían en común. Eso y el don que poseían. Un don que hizo comprender a Eneko que no era el único ser humano especial. Aunque para él suponía una maldición, Eneko había comprendido que no podía seguir huyendo de lo que era y, con el ánimo restablecido gracias a la chica, tomó la decisión de rescatar su antigua afición. De ese modo, con la mente más despejada y una visión más práctica, se comprometió consigo mismo a adquirir una destreza sin igual, no en el arte de la pintura, sino en el arte de la creación. Así, llegó a dominar la realidad hasta donde le era posible sin caer por ello en la propagación de la desgracia ajena. Ese fue su verdadero arte, el que Layla había hecho resurgiese de él con energía renovada y el que le permitió ser instructor y maestro de todos aquellos que, incautos, habían cometido los mismos fallos que él en su pubertad. Los amigos de Layla pronto fueron los de Eneko y en él vieron alguien a quien seguir y con quien compartir sus diferentes visiones del mundo y el mal que le acontecía. Sin embargo, entre aquellos que ahora visitaban con frecuencia su casa, estaba Olaf. Era un hombre de ascendencia rusa y con la misma frialdad en el rostro que en sus venas. En todo el tiempo que se le conocía, nadie le había visto sonreír. Acudía a todas las reuniones que solían hacer pero eran escasas las veces que hablaba. Se quedaba en un rincón y permanecía atento, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada. Su aspecto asustaba un poco. Tenía la cabeza rala y un bigote mejicano que rodeaba la barbilla sin tocarla. Su piel era morena, muchos decían que de haber vivido mucho tiempo a la intemperie. La calle había sido su hogar. Su mirada no mentía. Estos no eran tiempos tan duros para él como para el resto. Ahora tenía toda la comida que quería y cualquier techo sobre el que quisiera cobijarse. A pesar de que todos lo trataban como a un igual, su presencia ejercía un poder sobrecogedor y el ambiente se cargaba con una neblina de inquietud y gravedad que incomodaba a todos. Eneko pensó que el hecho de que aún siguiese entre ellos era que le guardaban un respeto que rozaba el temor y preferían tenerlo de su lado que del otro. Fue Olaf quien les advirtió, en una de las pocas ocasiones en que habló, de la presencia de los militares por aquella zona. Les dijo que estaban buscando a alguien y que se fijaban muy bien en todos los que veían por las calles, llevándose incluso a algunas personas con ellos. Olaf decía que nunca había vuelto a ver a aquellos que se marchaban con los soldados. Había que tener cuidado.

Eneko creía que su casa estaba a salvo de esos dementes que se autoproclamaban preservadores de la paz y el bienestar social. Eran unos desquiciados que vivían en la superficie desafiando los peligros de la nueva era con el único afán de sentirse más hombres o patrióticos que nadie. Estaban liderados por un loco al que todos temían más que respetaban y cuyo carácter le precedía allá donde iba. Sus deseos de acabar con la nueva horda de bestias se habían transformado en una enfermiza obsesión y su orgullo se henchía cada vez que conseguía dar caza a una de esas inmundas criaturas. Si bien, se había valido de algunas otras para combatir, las despreciaba a todas por igual. Se decía que habían dado con una pista del paradero del creador de todo. Eneko anduvo muchas semanas temiendo por su vida y por la de los suyos. ¿Qué otra cosa iba a hacer aquel soldado en la ciudad sino buscarles? Ellos eran el origen de aquellos seres, procedían de su imaginación, incluso de sus sueños, como más adelante descubrió al conocer a Ismael. Eran las personas como él quienes estaban en peligro. Sin embargo, jamás vieron ejército alguno cruzar el umbral de su casa ni atacar a los miembros de su comunidad. No hasta ahora. Cinco años después de conocer a Layla y los suyos, Eneko había descubierto a algunos relegados más que vivían ajenos incluso a su potencial. Para muchos había despertado de la noche a la mañana y se encontraban confusos y desubicados. Ismael había perdido a su abuela, con quien vivía desde hacía años, y su don le había sorprendido cuando menos lo esperaba. En ese tiempo, Eneko lo vio en la biblioteca. Estuvo casi una hora observándole, estudiando su piel lechosa y sus ojos rosados. El albino permanecía abstraído en la elección de unos libros. Llevaba bajo el brazo unos seis volúmenes y aún buscaba unos cuantos más para llenar el vacío que, Eneko supuso, debía albergar en su interior. Ese espacio que deja el tiempo cuando nada hay que hacer y que cuesta tanto ocupar. Eneko se fue acercando con sigilo hasta situarse detrás de Ismael. Luego llamó su atención.

- ¡Eh! – Dijo a su espalda Eneko, sin ánimo de asustar. Con tono firme.

El muchacho se sintió intimidado y en peligro. Habían invadido su espacio personal. Hacía años que no veía a nadie en la biblioteca, ni siquiera a quienes debían cuidar de ella. Todos habían huido. La presencia de Eneko y aquella intromisión sorpresiva le habían puesto en alerta y ahora, Ismael, buscaba un sitio hacia el que correr. La experiencia le había demostrado que cuando algo no se conoce, sobre todo en aquella ciudad, lo mejor es salir corriendo y no mirar atrás. Sus libros se estrellaron contra el suelo con un estrépito que resonó en toda la planta. Entonces Ismael puso pies en polvorosa hacia la salida. Eneko se apresuró y le lanzó un grito antes de que saliera por la puerta.

- ¡Eh! ¡No voy a hacerte daño! – Dijo desgañitándose y tratando de resultar convincente. Ismael se detuvo antes de atravesar el umbral de cristales rotos y se volvió para mirar al intruso. Luego se echó la capucha de su jersey sobre la cabeza y se marchó.

Eneko volvió cada día a la biblioteca pero el chico no parecía dar señales de vida. Recogió los libros que había tirado Ismael y los puso sobre una mesa. Un libro de historia, uno de filosofía, un par de novelas y dos libros sobre biología. Desde luego el chico parecía avispado. Tal y como estaban las cosas no había muchos interesados en dedicar su tiempo a algo más que a sobrevivir o combatir las criaturas. Eneko le habló a Layla de Ismael y de su encuentro. También le dijo a la chica algo que, de ser otra, tal vez no se hubiera atrevido. Un pensamiento que pugnaba por salir. Eneko le dijo que había visto algo en el muchacho, un aura especial. No supo explicarse todo lo bien que hubiese querido, pero fue suficiente para que Layla asintiera.

- Yo también lo he visto. – Le dijo algo seria. – Deberíamos dar con él. Alguna vez lo he visto por la ciudad. Siempre se le ve muy nervioso, atemorizado diría yo. Tenemos que hacer algo por él o no durará mucho aquí. – Aquella confesión sorprendió a Eneko. Ella también había visto al chico.

- Eso es lo que creo yo. – Meditó Eneko. – ¿Y si hay más personas con él? Puede que necesiten ayuda. Parecía muy asustado.

- Una vez lo vi cerca del parque donde patino. ¿Te acuerdas? Allí nos conocimos – dijo sinuosa y divertida mientras le acariciaba el brazo con un dedo. – Traté de hablar con él pero salió corriendo. Igual que contigo en la biblioteca. Qué tío más raro ¿eh?

- Puede que viva por allí cerca. ¿Qué te parece si salimos a buscarlo? – Sonrió Eneko.

- No tenemos nada mejor que hacer. – Correspondió Layla.

Eneko cogió su bicicleta y Layla sus patines. Mientras pasaban el camino de tierra que les llevaba hasta el asfalto, la chica se sentó en el manillar y dejó que su amigo la llevase. No paró de reír en todo el camino. No tardaron en llegar al parque de cemento. Una vez allí trataron de esconderse detrás de unos matorrales bajos y esperar, pero no resultó y al cabo de media hora ya estaban aburridos y desesperados. Entonces se dividieron y tomaron direcciones diferentes. Avisaron a sus amigos de que si veían al albino tratasen de hablar con él y retenerle y procedieron a la búsqueda. A media tarde, Layla pareció ver algo moverse bajo las sombras de un callejón estrecho. Se acercó sin disimular su triunfo y notó como un brazo tan blanco como la nata trataba de replegarse hacia la oscuridad. La chica dejó que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra. En el callejón tan sólo había un contenedor. Se acercó con disimulo, caminando de forma cómica con la puntera de los patines. El sonido retumbaba de forma tétrica a lo largo de la callejuela. Layla sintió como algo se arrastraba tras el contenedor. Entonces dio un salto y allí estaba. Acurrucado y apretado contra la pared de plástico verde. El chico dio un respingo y se le escapó un gritito. Sin embargo, la tensión se disipó en el mismo instante en que Layla comenzó a reír a carcajada limpia y a rodar por el suelo. La cara de Ismael fue un poema. Y cada vez que le miraba, más reía. No podía evitarlo. Así que, confuso, Ismael se dejó contagiar y acabaron los dos tronchados y tirados sobre el asfalto de aquel sucio lugar. Cuando ambos recuperaron el aliento y enjugaron sus lágrimas, Layla se puso en pie y ayudo al muchacho a levantarse. Hicieron las pertinentes presentaciones y Layla explicó que llevaban unos días tratando de localizarle en la biblioteca y que, dado que había resultado imposible, habían decidido salir a buscarle por las calles. La chica le dijo que no era la primera vez que se veían. Que el de la biblioteca era Eneko y que no debía temer de ninguno de ellos. Él no dejaba de mirar sus ojos de caramelo y ella los suyos de algodón de azúcar.

- Nunca había conocido a nadie con los ojos rosas y el pelo plateado. – Dijo Layla tan inocente como siempre.

- Bueno... soy... soy albino. – Dijo nervioso, azorado y tartamudeando. Y esbozó una tímida sonrisa a la que ella correspondió con un guiño.

- Venga, vamos. Seguro que Eneko ya se ha cansado de buscar y está en el parque. – Y se fueron hacia allá.

Durante el camino, Layla preguntó a Ismael porqué había huido de ellos, a lo que el contestó que estaba solo y que siempre se habían metido con él en el colegio, cuando aún existía, así que era su instinto natural. También le dijo que había visto a los militares entrando en los edificios y había oído gritos y disparos.

- Creo que en la zona residencial han incendiado algunas casas. Hace un par de días vi el humo desde la azotea de mi edificio. – Dijo despertando el interés de Layla.

- ¿Por qué habrán hecho tal cosa? – Ismael se encogió de hombros.

Una figura levantó el brazo al final de la ancha avenida que había cerca del parque en el que habían quedado. Ismael vio que se trataba del muchacho de la biblioteca y se rezagó un poco tras Layla. Ella le susurró algo al oído mientras Eneko llegaba hasta donde se encontraban y extendía su mano para estrechar la del fugitivo. Ismael dudó, pero finalmente alargó su mano y cedió. Y fue aquella mano la que le salvó de su soledad. La de Layla, sin embargo, le condenó. Ismael se había enamorado de aquella perenne sonrisa y los ojos de caramelo que tanta ternura destilaban.

Soledades (III)

En el día en que sus lágrimas secaron su corazón, Eneko contaba con casi veinte años. Maldijo el día en que recibió aquel regalo e incluso el día en que su madre le había dado a luz. En un intento de enmendar el dolor y sufrimiento causados, se dirigió al lienzo en blanco y trató de pintar un pasado diferente, pero aquello no funcionaba así. Lo único visible era el presente, lo demás, pasado o futuro, era una quimera que nunca se llegaba a alcanzar o ya había quedado atrás. Aturdido, y sin dejar de llorar, corrió hacía el lugar en el que guardaba todos sus lienzos y los sacó al jardín. Allí los sajó con un cuchillo tantas veces como pudo, movido por una rabia irracional y un dolor abisal. Luego impregnó con alcohol el montón de maderas rotas y telas deshilachadas y le prendió fuego. Aquellas llamas fueron las últimas que le vieron llorar. Nadie más fue testigo de su dolor. Luego, cuando iba a echar a la pira el caballete y el último de sus lienzos, algo le frenó. No pudo deshacerse de ellos. Así que escogió la habitación más apartada y allí dejó su don aparcado. No quería volver a saber de esa magia. Tan sólo quería que nada de aquello hubiese ocurrido. Sin embargo, nada se podía hacer.

Después de aquello estuvo Eneko bastante pendiente de los noticiarios para ver la evolución de aquel ataque y descubrió sorprendido que el caos seguía asolando las civilizaciones. Mucha gente había emigrado hacia las profundidades de la tierra y había establecido allí sus ciudades. Pocos eran los que quedaban sobre la faz del planeta. Aturdido por los acontecimientos, con su padre muerto por la desidia a manos de la locura y con su única vía de escape hecha cenizas, ahora a Eneko pocas razones le quedaban para seguir en este mundo. Sin embargo, permaneció en él. Durante unos meses anduvo como un fantasma entre las calles de la ciudad, admirando con tristeza los vestigios de la civilización marchita. En su fuero interno deseaba ser devorado por alguna de las bestias, pero parecían rehuirle por alguna razón y jamás se cruzaban sus caminos. Eneko tan sólo oía de forma eventual algún grito en la lejanía. Después de su vagabundeo, en el cual iba viendo como la poca gente que ya había terminaba de desaparecer, resucitó de entre los muertos y recuperó un ápice de lo que antes había sido, una chispa de la gran luz que pudo llegar a alumbrar su interior con el gran arte de la pintura. Ese momento de lucidez le vino de repente, como vienen las grandes cosas. Despertó y vio la luz, el camino que había de seguir. Luego creyó recordar los restos de un sueño que nunca llegaba a aflorar en su mente con la suficiente claridad pero sabía andaba por ahí. En ese sueño aparecía un anciano de largas barbas canas y frondosa melena gris. Le sonreía y hablaba. Eneko amaneció con la sensación de guardar un mensaje importante, el más importante de toda su vida y, sin embargo, no lo recordaba. Sólo permanecía la sensación, el contenido se mostraba oculto. Esa mañana, Eneko salió enérgico a la calle en busca de algo que debía encontrar. Seguro de saberse guiado en sus pasos por una fuerza superior que escapaba a su comprensión, supo donde dirigirse muy a pesar de no saber con qué se iba a dar de bruces. Algo, en algún lugar de la ciudad, le esperaba, y Eneko estaba tan excitado por encontrarlo que ni siquiera se ocupó de coger la bicicleta para acortar la distancia que separaba su casa de la ciudad.

Ese algo tenía nombre propio y esencia de mujer. Layla, así se llamaba esa chica de piel blanca y pelo negro cortito. Dieciséis años de pura inocencia y energía desbordante. Tenía los brazos tatuados con tribales que giraban sobre su piel como si fuera una enredadera negra tratando de trepar por todo su cuerpo. Sus ojos eran color caramelo y su sonrisa espléndida. Una cara como aquella hacía que cualquiera olvidara su peor pesadilla. Cuando Eneko llegó al parque de cemento, Layla se deslizaba sobre sus patines de un lado a otro. Su gracilidad prendó al muchacho, apenas cinco años mayor que ella. En mitad de un salto, ella volvió la cara y le miró a los ojos. El tiempo se paró un instante, se congeló la imagen y ambos permanecieron el uno frente al otro, con sus miradas enfrentadas, durante lo que pareció toda una eternidad. Ella sonrió mientras caía y se agachaba para compensar el descenso y luego giró sobre sí misma para frenar y quedar orientada hacia Eneko. Layla levantó la mano y se acercó a él.

- Hola... – Dijo la chica.

- Hola... – Respondió boquiabierto Eneko.

- ¿Quién eres? – Dijo sin apartar ni la vista ni su preciosa sonrisa.

- ¿Có.. cómo? – Tartamudeó Eneko para su sorpresa. Casi había perdido la costumbre de hablar y se preguntó cuánto tiempo llevaba sin articular palabra. ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses, tal vez?

- ¿Qué cómo te llamas? – Le señaló con el dedo y lo clavó en su pecho, justo en el lugar donde se encontraba su corazón. Y sintió como su coraza se astillaba un poquito.

- ¿Eh? – No conseguía volver en sí. ¿Qué diablos le pasaba?

- Bueno... – sonrió. – No importa. Yo soy Layla. – No dejó que contestase, y es que Layla era una chica para la cual el silencio constituía una buena oportunidad para llenarlo con palabras. – Sí, ya sé que no es un nombre corriente, pero es mejor que el tuyo que no eres capaz ni de pronunciar. En fin, me encantaría seguir hablando contigo, pero me estoy dando cuenta que hablo yo sola y bueno...

- Eneko. – Dijo de repente, cortando a la chica. – Me llamo Eneko.

- ¡Vaya! – Exclamó con picardía – Y luego digo yo que mi nombre es raro. ¿Significa algo?

- Eh... – acertó a bramar Eneko.

- Bueno, es igual. Es bonito. – No dejaba de hablar. – El mío creo que no significa nada. Me lo puso mi padre por Eric Clapton, ¿sabes quién es? Creo que se lo tragó una araña gigante. De todos modos, llevaba años sin editar nada en condiciones. ¿Vives aquí? Esta ciudad es una porquería. Ya lo era antes. Ahora es peor. Mira en qué ha quedado.

- ¿Nunca dejas de hablar? – Dijo divertido Eneko, como si su confianza llevara forjándose desde la tierna infancia. Ambos se miraron entonces y se echaron a reír a carcajadas.

Ahí comenzó su amistad. Ahí, en ese instante, dos almas solitarias se encontraron en mitad de la vorágine. Sin embargo, una de ellas, jamás dejaría de serlo. Desde ese día Layla quedaba a diario con Eneko e incluso llegaban a convivir durante semanas como si fuesen íntimos de toda la vida. Ambos aprendieron del otro a disfrutar de lo que podían ofrecerse. Eneko ejercía un bálsamo pacificador sobre la chica que le tranquilizaba y, a su vez, Layla le cargaba las pilas al muchacho. Desde aquel primer día Eneko vio que la chica tenía algo especial y no pudo dejar de preguntarse cómo había sobrevivido una adolescente como aquella en un lugar tan despiadado como aquel. Antes de que le formulara la pregunta, fue ella misma la que le sacó de la duda.

- Yo soy huérfana, ¿sabes? – Le dijo un día a Eneko mientras se columpiaban en uno de los pocos parques que quedaban en pie a duras penas. – En el orfanato me dijeron que aparecí un día frente a la puerta, más concretamente en el contenedor de al lado. Nunca conocí a mis padres y, créeme, después de lo que trataron de hacer conmigo... Pero bueno, ese no es el caso. Cuando empezó todo este rollo de los bichos, quienes dirigían la residencia se largaron y los que quedamos tuvimos que buscarnos la vida. Cada uno se fue por su lado y yo, yo no tenía a donde ir y me quedé en el único lugar que conocía. Allí tenía comida de sobra y no me molestaban las bestias. – Dijo esto último con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.

- Pero ¿por qué? La mayoría han tenido que emigrar a los subterráneos para no morir. ¿No tienes miedo? – Se interesó Eneko.

- ¿Miedo? – Fingió meditarlo con la mirada hacia el techo y el índice en la mejilla. – No, que va... no me hacen nada. Una vez me fui patinando hacia uno que tenía tentáculos por todos lados y unos ojos enormes llenos de colmillos y pareció tenerme miedo. Corrió delante de mí un buen rato. ¿Te lo puedes creer?

- Vaya... – Se sorprendió Eneko. - ¿Y por qué huiría de ti? – Layla se encogió de hombros y cambió de tema. Ella era así. Saltaba de una cosa a otra, sin darle mayor importancia. Era encantadora en su manera de expresarse, gesticulando exageradamente con las manos y el rostro. Resultaba muy graciosa a veces. Después de mucho tiempo, Eneko se sintió afortunado.

Soledades (II)

Al cumplir los quince años, Eneko recibió en casa uno de los más insólitos regalos. Recordaba bien aquel día. Fue el comienzo de todo, de lo que ahora era. Llamaron al timbre. El muchacho estaba solo. Su padre, como siempre, estaba trabajando. Eneko siempre lo había conocido así. Un hombre ocupado hasta para estar ocupado. Salió a la calle con la vana esperanza de encontrar al único con el que hubiera deseado compartir el día de su cumpleaños. Lo único que encontró fue un paquete rectangular de apenas un metro de extremo a extremo. Estaba envuelto en papel de embalaje marrón y como único adorno tenía un cordón que cruzaba el paquete. Miró a uno y otro lado, pero no había ni rastro del mensajero. La carretera más cercana estaba a un par de kilómetros y hasta llegar a ella eran todo vías de servicio, caminos de tierra, pero no se atisbaba ni una voluta de polvo en el horizonte. Eneko permaneció extrañado en la puerta, buscando a su benefactor. No lo encontró. Ni en ese momento, ni nunca. Jamás le habían hecho un regalo que no fuera de forma tardía o errónea, su padre tenía demasiados asuntos como para dar importancia a la celebración del chico. Así, tomó con ilusión el paquete y se lo llevó bajo el brazo hacia la cocina. La incógnita que podía haber desbaratado la sorpresa quedó relegada al olvido para nunca más ser recuperada. Tan sólo llegó el misterio al desbrozar el papel con rabia y ansiosa inquietud. No pesaba demasiado. Depositó el fardo marrón sobre la mesa y procedió. Bajo aquella piel de papel se dibujaba un tapiz que no llegaba a ser del todo blanco. Era un lienzo. Junto a este, encontró un caballete, una paleta y un juego de pinceles con al menos una docena de botecitos metálicos de pintura de diversos colores. Por alguna razón, escondió todo aquello en una de las habitaciones de la casa que su padre jamás frecuentaba, la misma a la que lo relegaría todo en el futuro años después. Creyó conveniente no comentar nada a su padre ni a nadie. Y a solas, en la más absoluta intimidad, la que le proporcionaba aquella casita a las afueras de la ciudad, comenzó a experimentar el talento que llevaba en su interior pugnando por salir.

Le llevó dos semanas decidirse por un emplazamiento adecuado mientras se acercaba a la biblioteca en busca de manuales de estilo, libros de historia del arte y demás volúmenes relacionados con lo que se empeñaba en aprender. Cuando puso por vez primera un pincel mojado de azul sobre el lienzo, tembló de emoción tratando de recordar lo leído sobre Rembrandt, Renoir o Velázquez. Imaginó el modo en que Miguel Ángel se acercó al cielo y lo abrió a los ojos de los simples mortales, obligándoles a mirar hacia arriba boquiabiertos. Eneko se dijo a sí mismo que no borraría, que todo lo haría sobre la marcha, dejándose guiar por la mano del destino. Si un trazo surgía en diagonal y se curvaba hacia el abismo en un tono menguante, lo dejaría estar y haría brotar otro desde allí. Eso era el arte, un instinto al que debía seguir para plasmar el momento sin correcciones, un presente particular y bajo un único punto de vista, el suyo. Sus primeros esbozos fueron dedicados a las estatuas del jardín y no hubo nada en ellos de creativo. Se limitaba a trasladar al lienzo lo que sus ojos veían. Eneko no se percató en sus primeros flirteos con la pintura de lo que sucedía, pues era tan imperceptible que era difícil ver diferencia entre sus obras, el paisaje y el efecto unilateral que se formaba entre ambos. Eneko no pintaba con tanta precisión como él quería. No al principio. Pero tenía buena mano y sus dibujos se aproximaban en mucho a la realidad, salvo pequeños detalles que acaban por perder importancia. Si dibujaba una de las estatuas con un brazo un poco más ancho o desproporcionado, la estatua se modificaba de forma sigilosa hasta ajustarse al modelo de Eneko. Era como si el mundo se adaptase a las pinturas del muchacho y las hiciera carne en lugar de ser al revés. El muchacho tardó en comprender que no era él quien reflejaba lo que sus ojos veían. Aquello que se mostraba ante él, era el reflejo de lo que esgrimía con sus pinceles.

Sin percatarse de lo deformada que estaba ahora su realidad, Eneko comenzó su contribución al Mal del Mundo. ¿De qué modo? Comenzó a crear. Su imaginación bullía en su interior deseosa de manifestarse. En seis meses había adquirido una soltura que muchos grandes artistas hubiesen querido para ellos. Tenía un don maravilloso y su pintura era muestra irrefutable de ello. Ya no había imperfecciones en sus trazos, ni en la mezcla de colores, ni en la combinación de luces y sombras. Y fue en mitad de esa ebullición creativa que Eneko había decidido poner en el mundo objetos que no existían. Le entusiasmaba experimentar, probar nuevas técnicas, pero sobre todo le encantaba crear en sus lienzos lo que en el mundo faltaba con el mayor realismo posible. Sus ilustraciones eran más reales que la vida misma. Empezó alterando mínimamente lo que le rodeaba. Unas veces ponía árboles donde no los había o los cambiaba de sitio; otras, se limitaba a modificar algún detalle del paisaje o de la anatomía de sus estatuas. Y, para su asombro, fue entonces cuando apreció el efecto que tenían sus pinceladas sobre el mundo. Lejos de asustarse, se maravilló con la idea de poder crear a su antojo y ver aparecer aquello ante él. Se imaginó como una especie de genio maravilloso con capacidad para hacer realidad sus propios deseos. Su pincel era su varita mágica y de ella comenzaron a surgir las más variopintas criaturas y los más alucinantes experimentos. Muchas de sus creaciones transigían lo estético, la mayoría acabaron siendo una aberración. Pero en los pocos días en que se había descubierto tan talentoso, aquellos seres no habían dado razones para ser temidos. Y entonces pasó. Las noticias llegaron a él de manos de su padre. Un día no fue a trabajar y apreció en su rostro los inicios de una creciente paranoia. Comenzó a empapelar toda la casa con recortes de la prensa que hablaban de una amenaza que iba más allá de lo conocido. Su padre, un hombre siempre atareado, dejó de vivir para dedicarse a su nueva obsesión. Fue una enfermedad que se lo acabó llevando poco a poco. Apenas comía. No se duchaba. Cuando rondaba clavando recortes por alguna de las paredes de su casa, lo hacía desnudo o con apenas un harapo cubriendo su cada vez más desnutrido cuerpo. Llegó un momento en que no fue capaz de reconocer a su propio hijo y, ahí, Eneko sintió como una pesada losa le caía sobre la cabeza. Ahora sí que estaba completamente solo.

En el tiempo que duró la locura de su padre, Eneko no hizo nada por ayudarle. Resultaba imposible acercarse a aquel hombre enajenado por completo. Incluso optó por trasladar sus cosas al trastero para evitar así cualquier encuentro con él. Al final, fue inevitable. No dar con él, sino con su obsesión, que cubría cada rincón de la casa. Pero no fue hasta que murió que Eneko osó enfrentarse a la verdad. No fue hasta ese momento que el muchacho no decidió arrancar los papelitos amarillentos de las paredes. Entonces lo vio. Advirtió cuánto tenía él que ver con el mal de su padre y en cuanto había contribuido a la enfermedad del planeta. Leyó los titulares con horror y descubrió las espantosas criaturas que llenaban las fotos de los periódicos de todo el mundo. No pudo arrancar siquiera uno de aquellos pedazos. Cayó de rodillas al reconocer las bestias que asolaban su ciudad y las de todas partes. Las había pintado él. Sus ojos se encharcaron y su corazón terminó de enquistarse. Fue quizá ese quizá el instante en que su vida cambió por completo. Su mirada ya jamás volvió a sonreír.

Soledades (I)

Paseaba distraído por el parque de aquella ciudad, la misma que le había visto nacer y crecer. Hacía ya veinticinco años desde que su madre diera a luz a Eneko. Un tiempo que se había mostrado eterno a la sensibilidad del muchacho durante la última década. Pasear por allí no era lo mismo que cuando era tan sólo un infante, sin conciencia ni preocupaciones. Todo vino después. Sabía que parte de lo sucedido tenía algo que ver con él. Su madre se quedó en el paritorio y su padre... él murió hacía ya mucho tiempo, tanto que le pareció había pasado toda una vida desde entonces. Las calles aparecían desoladas y los edificios se encontraban en su mayoría abandonados o derruidos. Nadie había escapado a la catástrofe. Era un caos que aún en nuestros días seguía asolando el mundo. Muchas personas perecieron bajo el yugo de un poder que no comprendían. No llegarían a hacerlo jamás. Atemorizados, huyeron hacia las profundidades. Crearon cuevas en las montañas y accesos subterráneos hacia un inframundo construido a propósito para preservarles del mal de la superficie. Los valores establecidos se fueron al garete y emigraron en busca de la supervivencia. La comodidad no era ya un acto prioritario con el que engalanar sus vidas. El dinero no movía el mundo, ni siquiera tenía el valor que antaño. Pocos eran los valientes que se habían negado a abandonar su antigua vida y sus hogares. De esos valientes estaba poblado el cementerio, junto a todos esos que sufrieron el ataque de las bestias por sorpresa. Eneko se torturaba con la idea de que él formaba parte del sufrimiento de las gentes, de sus muertes... y durante años, desde que conoció el origen o apenas tuvo un atisbo del mismo, trató de enmendarse con una penitencia que jamás conseguía calmarle del todo. Cualquiera que lo viese, a pesar de su aspecto de talante atractivo y ánimo dispuesto, podía ver en sus ojos una tristeza que iba más allá de este mundo. Una melancolía oculta en el abismo de su alma. Cualquiera que se atreviese a mirarle a los ojos, podía sentir la punzada de dolor que lo atormentaba sin descanso. Ese era su estigma y, al igual que otros, debía llevarlo consigo durante toda su vida.

Era mediada la tarde y arreciaba un poco de viento. Se sentó en uno de los ajados bancos del parque y miró hacia lo que en otro tiempo fue un lugar de recreo infantil. Había un par de columpios, un tobogán y un caballito con muelle por patas. La imagen de esas figuras oxidadas le oprimió el corazón y, mientras uno de los columpios se balanceaba con tan sólo una de sus cadenas intacta, pensó en los niños que ya no disfrutarían de aquel divertimento. Y aquel pensamiento le llevó a otro, el de una madre que nunca conoció. La había visto en las muchas fotografías que su padre conservaba de ella, pero nunca sintió el afecto maternal más que en sueños, tan efímero e inútil. Su padre hacía lo que podía. Pero lo que podía siempre había sido insuficiente y él lo sabía. Eneko pensó fríamente que lo mejor que pudo pasarle a su padre es que el mundo se lo llevase al lugar en el que yacía su esposa. De ese único modo pensó Eneko que podía ser feliz, condenado ya a una muerte prematura desde el momento en que el muchacho había sido lanzado a la vida. Los labios de su padre jamás se abrieron para reprocharle nada que no estuviese justificado, pero Eneko, por la manera distante en la que siempre le había tratado, supo que le culpaba por la muerte de su madre. Una vida por otra.

La tarde comenzaba a enturbiarse y el cielo amenazaba con perder su azul entre el gris plomizo de las nubes que se agolpaban en las alturas. El chico miró hacia arriba. Nada sucedió. No se oía a ningún pájaro cantar. Eran los daños colaterales de una guerra contra la fantasía que había dejado al planeta con una vida escasa, limitada tan sólo a los lugares más alejados de la civilización. Apenas se veían gatos, perros o cualquiera de la fauna habitual que atestaba las ciudades. Los callejones eran más solitarios y oscuros que nunca. Las cloacas ya no eran seguras ni para las ratas. Era el mundo al revés. Lo único que quedaba eran soledades. Allá donde miraras había silencio, quietud y soledad. Era seguro que si había alguien aún en algún rincón de aquella desvencijada ciudad fantasma, sería un ser solitario y alejado de todo contacto humano. Eneko no era uno de esos eremitas. Él tenía un círculo social bastante especial. Aún así, era otro tipo de ermitaño. Uno que vivía su soledad desde dentro, en la profundidad de un corazón que permanecía insondable a cualquier ente vivo. Era un destierro que vivía con amargura y en silencio. Y nadie preguntaba. No había quien osara hacerlo.

La noche se avecinaba con más premura de la acostumbrada gracias a las feroces nubes que ya se habían comido los últimos retazos de color de la bóveda celeste. Un grito desolador avisó a Eneko de que era hora de marchar de vuelta a casa. Se levantó con parsimonia y las manos en los bolsillos. Con lentitud caminó hacia el extremo opuesto del parque. Pronto vendrían las bestias. Solían acudir allí al caer la noche. Era un ritual que llevaban practicando desde que aparecieron por primera vez en aquella zona. Eneko lo respetaba y las bestias le respetaban a él. Era un acuerdo tácito que ninguna de las dos partes osaba romper, una especie de pacto sobreentendido y aceptado por ambos. El muchacho se quedaba con el día y las criaturas con la noche. Eso era así en aquel lugar. En otros, la fortuna no sonreía igual a sus ciudadanos. Salió por una de las puertas y advirtió la reja tirada a un lado, derrotada sobre el suelo. Ya no impediría el paso a nadie más, parecía decir. Eneko tomó la bicicleta apoyada justo al lado y sorteó el obstáculo. Luego subió y pedaleó tranquilamente tomando la avenida principal que conducía a la salida de la ciudad. No quiso apartar la mirada de la carretera. La visión de una civilización marchita le hería sobremanera y no quería afligirse más de lo que ya lo estaba. La noche caía a golpe de pedal. Los gritos aumentaron a su espalda. Lejos ya de él. El asfalto se extinguió en un determinado punto y Eneko tomó un camino de tierra que conducía a su hogar. Era lo único que le quedaba en este mundo, lo único que su padre le había dejado, además de un amargo sabor de boca y el triste recuerdo de lo que pudo haber sido una infancia. A pesar de la poca luz que ya quedaba del día, el muchacho pudo ver como el ocaso bañaba de colores cálidos la casita blanca de madera que se levantaba en mitad de aquel terreno rústico. Estaba rodeada por un vasto jardín. Éste estaba plagado de estatuas muy diversas y un estanque de apenas un par de metros. El tejado de la casa era rojo e intenso y sobresalía a lo lejos por encima de la alta vegetación que la horadaba. Atravesó el umbral del jardín, un arco de piedra oculto por la hiedra. Era un lugar que contrastaba con aquel del que ahora venía. Si la ciudad le recordaba con insistencia la muerte, su hogar, aquel vergel en mitad de la nada, le traía a la mente esperanza de vida. Era quizá por eso que visitaba a diario aquel lugar marchito, para recordarse cada día de vuelta a casa que había aún una posibilidad, que aún había esperanza y que la vida prevalecía. Sin embargo, no era una idea del todo alentadora, pues la vida había sido la que se había hecho cargo del Mal del Mundo. Fue la vida la que se rebeló contra la humanidad. De la naturaleza surgieron aquellas aberraciones, unas criaturas movidas por el instinto de supervivencia que habían tratado de crecer en un mundo tan adverso como el nuestro. Era el lugar que el hombre había creado con sus guerras, su deforestación, su abuso de los elementos, su contaminación... Entonces Eneko pensó que tal vez estaba errado y que no era la vida lo que echaba de menos, sino la vida como él la había conocido. La de los humanos cohabitando libres de peligro. Aparcó la bicicleta junto a la puerta de entrada y entró en casa. Encendió algunas luces y preparó algo de cena. Después de alimentarse frugalmente, cogió un libro y leyó dejándose llevar. Era uno de los muchos legados que la humanidad había dejado en el olvido en aquella gran biblioteca. Se tranquilizó pensando que en toda la vida que aún pudiera quedarle, no tendría tiempo suficiente para empaparse de la inmensa cantidad de sabiduría que aquellas paredes albergaban. No se aburriría con todo lo que había por leer. Y la lectura era lo que le quedaba, pues su otra afición, la que movió su vida desde siempre, ahora estaba vetada. Se había prohibido dar rienda suelta a su creatividad. Eneko se había dicho que jamás, pasase lo que pasase, volvería a coger un pincel entre sus dedos. Y, aunque no se había desecho ni de sus lienzos en blanco ni de sus pinturas, permanecían recluidas en una habitación en la parte más aislada y oscura de la casa, a salvo de él. A salvo del mundo.

Llega el Otoño y con Él un Nuevo Ciclo

Hola a tod@s, amigos, blogueros, expontáneos, asiduos, etc... Después de unas cortas vacaciones en las que apenas he tenido tiempo de respirar por Almería, Granada y Madrid, vuelvo a casa con las pilas cargadas y dispuesto a retomar la pluma donde la dejé. Eso sí, mi mente ha seguido creando y archivando para cuando volviera y en ello estoy. Para tal efecto, habréis de dejarme unos días que me acomode, reacondicione y retome las letras y mi vida, que vaya poniendo a punto y engrase los engranajes de este motor literario. En tanto, y para ir abriendo boca, he aquí que os comento una buena noticia. Ya está a la venta el libro del concurso de relato que gané y del que, por causas mayores, hubo de suspenderse la entrega de premios en Mallorca. El libro lleva por título "El Cosechador", el mismo que el relato ganador y, además, incluye otros dos "Mystica" y "Las Palabras que no ves". A quienes os atreváis a comprarlo (tan sólo 6 euros, 12 con los gastos de envío), os doy las gracias de antemano y os informo que es posible que incluso lo tengáis en vuestras manos antes que yo mismo, el autor. Quienes no queráis gastar dinero también podéis leer ese relato, que no los otros, gratuitamente en la misma página. En cualquier caso, aquí os dejo los datos que podáis necesitar para su localización. Bueno, he de decir que también tenéis los libros de los otros ganadores: "El Susurro de los Árboles" de María Dolores García Pastor, ganadora del premio de Novela de Yoescribo 2008 y "Super Leticia la Pastelera" de Claudia Martínez, ganadora del premio de Cuento Infantil de Yoescribo 2008. Un fuerte abrazo a tod@s y ahí van el link:

http://www.yoescribo.com/publica/libreria/libreria.aspx

Pinchando sobre el nombre podéis acceder a la ficha personal de cada autor y leer, previo registro gratuito, las obras que este posee. Para comprar los libros tan sólo hay que clickar donde pone "Comprar este libro". He de aclarar también que no he tenido ninguna potestad para influir sobre la portada del libro que, aunque no me disgusta, se parece sospechosamente a las de John Katzenbach de El Psicoanalista y La Historia del Loco. En cualquier caso, me agrada, me lo tomo como un homenaje a este autor que me encanta. Pues eso, para terminar, aquí va la portada de mi primer libro propio