Libro de Arena
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Mente Creativa

Víctor Morata Cortado

Al Otro Lado del Teléfono

Dos días sin hablar con él había considerado que eran más que suficientes para aleccionar a su novio. Era una práctica que con el tiempo se había hecho cada vez más frecuente. Cuando discutían, ella no mediaba más palabra que la del adiós tajante y se volvía dándole la espalda. Él se veía obligado a la resignación y la veía marchar de brazos cruzados, apretando el paso sin mirar atrás. Jero no sabía como se las apañaba pero siempre acababa perdiendo aquella batalla, nunca, por más que se lo propusiese, ganaba la razón de su amada. Y es que Toñi era todo carácter, indomable por completo. Era algo que le desquiciaba y adoraba a un tiempo, aunque nunca se lo hubiese confesado ni tuviera intención de hacerlo en un futuro próximo. Conservaba aquel secreto con recelo, para él.

La discusión, dos días atrás, había sucedido de la manera más absurda que pudiera existir. Iban de compras, no muy lejos de casa de ambos, y Toñi, arrastrando a Jero sin compasión por los escaparates del centro comercial, entraba fugaz y elegía unas cuantas prendas al azar, luego cargaba al novio con bolso, chaqueta y bufanda, y se perdía tras las cortinas de los probadores. Luego aparecía con una sonrisa de oreja a oreja y alzaba los brazos como el mago que da por finalizada su portentosa obra y espera el aplauso feroz de los presentes. Las primeras veces, las primeras tiendas, todo era superable y, hasta un punto, resultaba gracioso ver a Toñi con esa fantasía de modelo de pasarela, exhibiendo cada uno de los conjuntos que se probaba. Nunca compraba, solamente fantaseaba. Disfrutaba con el simple acto de vagar de un lado a otro, cotejando precios y alimentando su ego. Jero la miraba con los ojos iluminados en sus apariciones iniciales, pero luego se iba apagando, movido por el aburrimiento y una desidia que no alcanzaba a mitigar. El procedimiento era el mismo en cada una de las ocasiones en que se perdía con los brazos llenos de ropa. Se vestía combinando varias de las prendas, descorría la cortina y se exhibía, Jero asentía con un gesto leve y alababa la percha de su chica, entonces ella se miraba en el espejo, luego se tocaba ajustando la prenda, giraba sobre sí misma observándose por delante, el costado y detrás. Finalmente, se malhumoraba y cerraba la cortina con un gruñido, maldiciendo para sus adentros y soltando algunas indecencias acerca de lo grande que tenía el culo, lo mal que le quedaba aquel top o la baja calidad de la confección que propiciaba unos pliegues poco acertados sobre la tela. Luego, si buscaba un tallaje diferente y no lo encontraba, se lamentaba de su mala suerte. Pero si sucedía que tenía la fortuna de dar con la talla adecuada, perdía el interés y seguía sacando defectos como excusa para no llevarse jamás la prenda a casa. Esto desembocaba en una tarde perdida y un novio desesperado que ya poco podía hacer más que admitir su cansancio y hastío. Al menos, la tarde de la discusión, Toñi no insistió en que él renovase su vestuario, si no la sesión hubiese sido doblemente dura.

En una de las últimas tiendas en las que habían estado, Jero, distraído por la monotonía del momento y las horas de perchero, dejó vagar su mirada por el establecimiento, sin mirar nada en especial pero con la mala suerte de ser sorprendido con los ojos clavados en dirección a una escultural muchacha. Toñi montó en cólera, cogió la carga que había dispuesto sobre el chaval y bufó como un toro, esperando que su novio la siguiera a paso ligero hasta la salida. Jero no supo que hacer ni decir e hizo lo propio, seguirla para intentar dilucidar el motivo de su enfado y aplacarlo de la manera más airosa y resuelta posible. Así que la persiguió con amores míos pegados a los labios y un doloroso pesar que repicaba un incesante lo siento sea lo que sea lo que haya hecho. Consiguió tomarla del brazo justo cuando las puertas automáticas les cedían el paso. Ella se volvió propinándole un bolsazo con una precisión practicada. Eran muchas las veces que aquellos golpes habían atacado su hombro. Entonces, Toñi se mantuvo con los labios apretados, el ceño arrugado y la mirada doliente, asesina. Subieron al coche y Jero la llevó hasta su casa, aguantando el paso para intentar un concilio antes del fin del trayecto. Ella no bajó la guardia y él no quiso insistir más, estaba algo cansado de aquella frecuente pantomima. Aún así, la amaba. La última vez que insistió, después de un largo y tenso silencio, fue al parar frente a su casa. Con un te quiero deseó que todo se hubiese acabado, pero la muchacha se bajó presta del coche y sesgó aquella última intención con un portazo. Fue la última vez que hablaron durante dos días.

Jero la llamó al día siguiente, su insistencia actuaba a modo de pago, era su penitencia. Toñi era implacable y terca, pero sabía hasta donde debía dejar que su chico se humillara por ella. Al segundo día, las llamadas fueron menos frecuentes y decrecieron en intensidad. Toñi, al ver que Jero no la llamaba durante un período de tiempo demasiado largo, al menos durante una hora, decidió que era momento de dar por finalizada aquella batalla. Sin duda, había vuelto a ganar. Por primera vez decidió que daría el paso de devolver la llamada y soltarle a su novio la última bronca, para que supiese quien tenía razón y a quien debía su devoción amatoria. Jero, como siempre, aceptaría cabizbajo, se resignaría una vez más y se humillaría con tal de no perderla. A Toñi le encantaba aquel juego, aunque para su pobre novio no fuera más que una cruenta tortura sin sentido.

Cuando Toñi creyó que era el momento oportuno, marcó el número de Jero y lo llamó. Para su sorpresa, el teléfono estaba dando más tonos de los que esperaba. No obtenía la respuesta rauda que deseaba, aquella que le indicaba la infatigable desesperación de su novio y su necesidad de ser requerido. Es más, su ira se desató al comprobar cómo aquel tono desaparecía con un corte repentino que indicaba el rechazo de la llamada. ¿Cómo se atrevía Jero a semejante ofensa? Al contrario de lo que cabía esperar, Toñi no dejó el móvil aparcado a la espera de recibir la llamada de la explicación precisa, sino que insistió y marcó de nuevo. Esta vez aparecía apagado o fuera de cobertura. Si antes estaba enfurecida, ahora estaba indignada. Dejó pasar el tiempo, ahora no se mostraría sensata sino que esperaría a que Jero la llamara para montarle el numerito por teléfono. Pasó una hora y su novio no la llamó. Pasaron dos y sucedió lo mismo. De camino a la hora tercera, Toñi no aguantó y volvió a marcar el número. Esta vez daba señal, pero los tonos se alargaron hasta quedar agotados y nadie descolgó al otro lado. Su tez se había puesto roja, estaba a punto de estallar de ira. De repente pensó en lo desgraciado que era su novio y mil insultos se le pasaron por la cabeza con un único denominador común. Jero esto y Jero lo otro. Hijo de mala madre, estúpido, creído, hipócrita, mal nacido y un largo etcétera que no conseguían aplacar la creciente furia de la muchacha. Desde luego, si Toñi estaba sobrada de algo, sin duda, era de carácter. Mandó media docena de mensajes a su novio que ya consideraba un ex a no ser que se retractase de sus actos y pidiera clemencia. En cada uno de ellos dejaba patente su rabia y desconcierto. Así, si no quería cogerle el teléfono, al menos leería sus mensajes. No era suficiente para ella, pero era algo. Ya no admitiría una simple disculpa. Lo del centro comercial había sido relegado a un segundo plano e incluso ya estaba olvidado. Lo que ahora les ocupaba era mucho más grave. Nadie le hacía eso a Toñi. Nadie tenía lo que había que tener para pasar de ella de ese modo, insultándola con cada uno de aquellos actos de rebelde osadía.

En un último intento, Toñi volvió a marcar el número de Jero e insistió. Quince segundos después oyó una voz al otro lado del auricular. Era una mujer. La gota que colmó el vaso. Toñi no pudo contenerse y comenzó a insultar a diestro y siniestro, perdiendo la compostura y los modales a cada instante que pasaba.

- ¡Maldita hija de la gran puta! ¡Me cago en tus muertos! – Vociferó con el aparato agarrado con ambas manos frente a la boca - ¡Qué coño haces tú con mi novio, eh? ¡Guarra, como le pongas una mano...! – A mitad de aquella retahíla de improperios desgañitados la voz de la mujer volvió a escucharse y Toñi se vio interrumpida con severidad.

- ¡Señora! ¡Su novio ha muerto! – La interlocutora pareció en parte aliviada y respiró hondo. Había conseguido transmitir el mensaje.

Toñi dejó caer el teléfono y se arrodilló inmersa en lágrimas. Aún no sabía nada, pero horas más tarde, cuando acudiera al hospital, le contarían lo sucedido. Entonces ella lo asimilaría y encontraría los nexos necesarios para hacer un boceto mental de los últimos momentos de su novio. Los suficientes datos para que una culpa tremenda cayese como toneladas de plomo sobre sus hombros y la indujesen a un estado del que difícilmente podría salir jamás sin terapia y medicinas.

Cuando Toñi llamó a Jero la primera vez, aquella en la cual sintió como la rechazaban deliberadamente, su novio atravesó el túnel que había a tan sólo cinco kilómetros de su casa. Así que no pudo cogerlo. En la segunda llamada aún no había salido de aquellas fauces oscuras, así que no tenía cobertura. Cuando por fin emergió, recibió un mensaje que le indicaba que alguien le había llamado, al tomar el móvil y ver en la pantalla el nombre de su novia, se sintió relajado, satisfecho y alegre. Era el momento preciso, justo cuando él se dirigía hacia su casa para verla y decirle que no podía vivir más tiempo embutido en aquel silencio y sin ella. Aquel simple despiste, el de mirar el remitente de una llamada perdida, le hizo perder el control del vehículo y virar a la derecha de forma leve pero suficiente para tropezar con un saliente rocoso y reventar uno de los neumáticos. Jero maniobró a fin de evitar una catástrofe, pero fue inútil. Salió despedido del coche, atravesando la luna delantera y quedando a expensas del metal que cayó sobre él instantes después. El móvil, en el asiento del acompañante, salió por la ventanilla y quedó tendido junto al cuerpo, ya sin vida, de su dueño. Horas después, comenzó a sonar. Era una carretera poco transitada, menos aún en aquel horario. Cuando sonó el móvil y brillaba la pantalla agrietada con el nombre de Toñi intermitente, un conductor daba el aviso al 112. Minutos después aparecían la ambulancia y el coche de atestados. Más tarde volvía a sonar el móvil y una de las asistentes lo cogía con intención de informar a quien correspondiese el fallecimiento. La chica supo deducir acertadamente el parentesco del llamante y, presa de los nervios y el cariz de la llamada, no encontró una manera mejor de anunciar aquel fatal desenlace. Ahora, mientras Toñi montaba guardia en el velatorio, se lamentaba una y otra vez, mortificándose con crueldad. Todos pensaron que había quedado consternada por la muerte de su novio, pero nadie se acercaba siquiera a los motivos verdaderos que ocasionaban su profundo dolor. Bien podría decir que ella le había matado y, sin embargo, lo cierto era que el verdadero asesino no había sido otro que su orgullo. Aquel que tuvo que tragarse, por primera vez en su vida, mientras enterraban al único que había sido capaz de aguantarla y amarla pese a todo.

Cicatrices

Le despertó un escozor leve en uno de los brazos. El verano aún no se acaba de ir a mitad de Octubre y dormía aún ligero de ropa. Estaba aturdido, no había pasado una de sus mejores noches y, la ciudad, en ciernes, con el bullicio amaneciente, le provocó el desvelo involuntario. Levantó el brazo en la penumbra, su habitación formaba un claroscuro curioso en el que, medio dormido, se figuraban siluetas espectrales. Entornó los ojos. Le picaban de sueño no complacido. Se acercó el antebrazo a la cara, todavía sin ver nada, hizo malabares para encender la luz con la mano opuesta y el destello repentino le hizo saltar hacia atrás, como tratando de esconderse de un enemigo atroz que le sorprendiera indefenso. Aunque a él, más amigo de la fantasía que de los relatos bélicos, se hubiera comparado con un vampiro. Así le pareció que la luz le afectaba. Como un golpe inesperado y doloroso. Sus pupilas tardaron en acostumbrarse. Con el brazo extendido por encima de él, buscó la postura para hacer sombra sobre su cara. Y se encontró la cicatriz. Era un corte fino de unos cinco centímetros que le cruzaba en diagonal la parte posterior del antebrazo, la sangre estaba seca y la cicatriz en vías de quedarse unida a él para siempre.

No la tomó en cuenta. Era habitual que alguien, en su lucha onírica, se encontrase por la mañana con la marca de una noche movida. Una vez despierto ya no podía volver a conciliar el sueño, así que se levantó a un ritmo retardado y se dirigió al baño para darse una ducha. Aquello y un café era todo lo que necesitaba para resucitar. Mientras se secaba frente al espejo, se detuvo para ver la marca con mayor claridad ahora que estaba más despejado. No vio nada anormal. Al pasar la toalla por la herida, sintió una breve punzada de dolor. Era soportable. Se vistió y desayunó. El café era recalentado en el microondas, para un soldado cualquier batalla es buena, para un adicto a la cafeína sucedía algo parecido. Le sentó de maravilla. Ahora ya estaba preparado para afrontar un nuevo día.

Como vivía solo, pasaba por casa lo justo para su aseo personal y descanso. Excepto los fines de semana, comía siempre en el trabajo. Una dieta desastrosa a base de platos preparados, fritos y comida basura. Cada vez que se sentaba a la mesa no podía evitar dedicarle una amarga sonrisa a los michelines, sus nuevos amigos. Y es que la edad no pasa en balde. Para él todos los días eran prácticamente iguales. Hasta el punto en que llegaba a confundirlos. No era raro verle haciendo anotaciones en el calendario para no olvidar alguna cita futura o compromiso comercial para, luego, darse cuenta que había errado en dos o tres días, perdiendo así cualquier posible negocio. El día pasó lento. Cuando llegó a casa puso la tele, tiró la chaqueta a un lado, aflojó la camisa y se tumbó en el sofá. A veces se dormía allí mismo, con la televisión encendida y una mala postura clavándosele los muelles en todo el cuerpo. Aquella era una de esas noches. A diferencia de otras, no se despertó hasta que los primeros rayos asomaron por la ventana. Su amanecer fue similar al del día anterior. La cicatriz seguía allí, haciendo compañía a una nueva marca que se cruzaba en horizontal, como un brazalete.

Tampoco tomó mucho interés esta segunda vez. Repitió la rutina de cada día. Volvió a casa y esa vez pasaría de quedarse en el salón. Se quitó la ropa y se echó en la cama. Había sido un día muy duro, no había parado de un lado a otro. Además, había recibido una reprimenda de su superior a causa de su tremendo despiste y uno de los clientes más seguros que tenía se había echado atrás en el último momento. Quería olvidarlo todo. Le costó engancharse al tren de los sueños, pero cuando lo hizo se puso en el vagón principal, dirigiendo sus fantasías como un experto maquinista. Durmió como un niño. Al despertar, dos nuevas cicatrices en el brazo opuesto y en el cuello, hicieron que se tomara aquellas heridas algo más en serio. Quizá fuera sonámbulo y, como no había nadie para advertirlo, no lo supiera. No obstante, tampoco prestó demasiada atención a este asunto. No se trataba más que de arañazos, heridas superficiales sin importancia.

Fue al cuarto día cuando de verdad llegó a preocuparse. Rodeando casi todo el perímetro del muslo en horizontal, tenía una herida bastante más profunda que las anteriores. Tenía pinta de haber recibido un corte con un cuchillo. Una llaga así en alguna otra zona más delicada podría costarle serios problemas a su salud. Esta vez, tras la ducha, fue al botiquín y sacó lo necesario para vendarse. Estaba desconcertado, confuso. ¿Cómo habría podido hacerse aquel corte? Era evidente que no relacionaba las cicatrices de los brazos y el cuello con aquella más intensa de la pierna.

La mañana siguiente fue aún peor. Tenía una línea roja, que le escocía y dolía como un demonio en mitad del pecho. Era una delgada línea sanguinolenta que nacía por debajo del hombro derecho y le cruzaba el torso hasta el costal izquierdo. La sangre aún no se había secado del todo. Miró hacia la cama asustado y vio manchas rojas por todas las sábanas. Esta vez fue directamente a urgencias. Allí le hicieron insidiosas preguntas acerca de cómo había podido hacerse algo así, preguntas que no supo contestar. Era evidente que pensaban que se las había hecho él mismo, pero tampoco tenía pruebas de lo contrario. Pasó del trabajo y marchó directamente a casa. Pensó que merecía un descanso y desconectar. ¿Y si estuviera siendo presa de algún tipo de estrés? Se dijo. ¿Y si me levantaba por las noches y me auto infligía estas heridas? Pensó. Ninguna de sus cuestiones y las consecuentes posibles respuestas le complació y decidió averiguarlo de una vez por todas, antes que acabara desangrado o mutilado o, peor aún, mutilado y desangrado. Así que buscó en los rincones de los armarios. Detrás de las mantas de invierno, aquel que parecía no llegar nunca, encontró la cámara de video que le regalaron sus padres hacia un par de años. La sacó de su funda y la conectó. Perfecto. Funcionaba. La batería aparecía a la mitad. Buscó el cargador y la dejó durante todo el día. Cuando se fue a la cama, colocó el trípode en una esquina y dispuso la cámara de manera que tuviera un buen ángulo y le captase por completo. Iba a salir de dudas.

La mañana siguiente no despertó. Los amigos del trabajo llamaron a su casa, al móvil e incluso llamaron a su puerta, pero no obtuvieron respuesta alguna. Contactaron con sus padres y éstos negaron cualquier contacto con su hijo desde la semana anterior. Alertados por lo que pudiese haberle pasado, últimamente estaba algo raro, decidieron llamar a las fuerzas de seguridad. La policía derribó la puerta de su casa cuatro días después que no se supiera nada de él. El escenario que encontraron revolvió el estómago de los dos agentes y no pudieron contener el vómito. La imagen era aterradora. Una cama empapada en sangre. Una cámara de video dirigida hacia la escena y un cuerpo inerte en cruz sobre el lecho y con la garganta abierta, plagado de cicatrices, decenas, quizá cientos. Los policías tomaron la cinta de la cámara como prueba. Allí se encontraba, posiblemente, la grabación que inculparía al asesino.

Mientras el forense hacia la autopsia, los agentes visionaron el video en una pequeña sala de comisaría. La primera imagen fue la del muerto alejándose del objetivo para después echarse sobre la cama. Los agentes esperaron pacientes. En mitad de aquel juego de sombras, vieron algo sospechoso. Lo que sucedió a continuación les dejó helados. Una figura comenzó a emerger de la pared. Era una aparición fantasmagórica de rasgos apenas definidos. Solamente su mirada era clara, temible y penetrante. Salió de la pared con lentitud y sin realizar gesto alguno. En la mano llevaba algo. Los agentes, aterrados, se acercaron un poco más a la pantalla y descubrieron que no era nada, solamente largas uñas como cuchillas. La sombra miró al objetivo y sonrió. Después, comenzó a agitar las manos sobre el cuerpo de la víctima, abriendo delicados surcos en su piel. Por último, la figura se volvió una vez más a la cámara y, luego, descargó, con un movimiento ágil, sus uñas a través de la garganta de aquel hombre indefenso. Los ojos de aquél se abrieron entre espasmos. El líquido carmesí nacía a borbotones de la garganta. Y murió. La grabación se cortó minutos después. Los agentes tardaron en reaccionar. Cuando lo hicieron, tomaron una decisión. Aquella cinta tenía que ser destruida, no sabían porqué, pero era necesario. Cogieron una papelera de metal próxima a la entrada de la sala y echaron la cinta en su interior junto a un montón de papeles, entre ellos su informe, ya redactarían uno nuevo. Lanzaron una cerilla y el resto fue historia. Se formó una incómoda humareda y hubieron de abrir las ventanas. Salieron de la habitación con la firme idea de no contar jamás lo que habían visto. Y nunca lo hicieron, ni siquiera cuando, uno de ellos, comenzó a despertarse con extrañas cicatrices por todo el cuerpo.

Biblioteca de Sueños

Modesto era un hombre a la sombra de todo y de todos. Tenía uno de esos días en los que prefería pasear sin descanso antes que darle vueltas a su vida encerrado en casa. Hacía frío, las calles estaban cubiertas de nieve. No iba muy abrigado, lo suficiente como para no coger un buen resfriado. El clima de aquel lugar era más bien adusto y, cuando no llovía, el Sol apenas dejaba sus rayos caer con levedad, sin imprimir calor, con una luz mortecina y frágil. Era una ciudad de temperaturas bajas y cielos grises, de suelos mojados y vientos helados. Una urbe apagada de edificios altos y moribundos. Modesto pensaba que tal vez debería cambiar de residencia, largarse de allí y buscar las raíces de una nueva vida más al sur. Soñaba con el mar y la calidez de los días soleados, de nubes lejanas y pieles descubiertas. Solamente soñaba. Era a lo máximo que podía aspirar. Por eso vagaba por las calles, cruzándose con gente que no conocía, observando la cotidianidad que consideraba tan ajena a él y a su propio mundo interior. Acababa de cruzar el mediodía y decidió sentarse en la primera terraza desierta que vio. El camarero no hacía amago de salir, Modesto imaginó que no esperaba nadie se sentara fuera con aquel frío. No obstante, no tenía prisa, abrió un libro que llevaba en el bolsillo de la gabardina, tiró del hilo que marcaba la última página leída hacia la izquierda, flotando en el vacío, y esperó. A los diez minutos apareció un muchacho joven, con toda una vida por delante y cara de disgusto, al parecer no le agradaba la idea de salir a la calle con tan leve atuendo. No llevaba la típica libretita para apuntar, ni disposición para ello. Sus manos se encontraban resguardadas bajo las axilas y apremió a Modesto para que hiciera su pedido y así acabar cuanto antes con aquella tortura.

- Café con leche, por favor. – Le dijo tranquilamente, sin volverse hacia él.

- ¿Alguna cosa más? – Su tono era tan agrio como el clima.

- No, nada más. Gracias. – Y siguió con su lectura.

En cinco minutos tenía la taza humeante frente a sí y una notita sujeta bajo el plato. Pagó de inmediato y se desentendió del camarero. Ahora se limitó, con total libertad, a disfrutar de la lectura, del viento fresco golpeando sus mejillas y del café, que no estaba mal para estar aderezado con tan mala leche. Los últimos tragos los dio Modesto con urgencia, había terminado el capítulo y quería ponerse en marcha antes de iniciar el siguiente. Puso la cinta entre las dos páginas, guardó el libro en el mismo bolsillo donde lo había sacado y siguió caminando hacia ninguna parte.

Como todos los domingos, Modesto tenía todo el tiempo disponible para él. Era un hombre solitario. Y, ¿por qué no? Amargado de su propia existencia. Vivía angustiado por un trabajo odioso y rutinario de sueldo precario. No tenía nada a lo que aferrarse y, sin embargo, seguía adelante, por si acaso había algo bueno detrás. Cada día se desilusionaba y perdía un poquito más la esperanza. Se decía: no hay nada más que esto. No hay nada más. Pero seguía. La inercia lo arrastraba. Como esa tarde de paseo cuando otros están disfrutando de una velada en familia o una películas con los amigos o su amante al calor de la chimenea. Él no. Lo único que tenía era su horrible trabajo y, ni siquiera podía recurrir a él en sus momentos de soledad, los domingos era un día sagrado y la empresa estaba cerrada a cal y canto. Qué triste pensar en el trabajo como medio para matar el tiempo, pensaba Modesto. Y al poco se decía, ¿y qué podría hacer mejor que eso? Lo cierto era que la soledad le abrumaba, al menos entre máquinas se sentía arropado. El olor a aceite y gasolina, el sonido de los motores y los engranajes en constante movimiento... Todo aquello era música para él, una melodía que sabía orquestar muy bien.

En lugar de seguir en dirección a la plaza, decidió cambiar la rutina de sus paseos y se metió por una de las calles de la izquierda. Una callejuela más bien. Tenía un aspecto tenue y sombrío. Le gustaba. Le recordaba a él. No recordaba haber pasado por allí antes. Ni haberla visto cada vez que pasaba por allí, al menos una vez por semana. Sintió que el aire se movía menos entre aquellas paredes y tuvo una breve sensación de vértigo. Se apoyó en una de las paredes y trató de respirar, de recuperar el aliento que su paranoia le había hecho creer no existía. No estaba acostumbrado a salirse de lo establecido, a seguir un camino diferente. La calle serpenteaba de forma extraña. Le pareció curiosa la distribución de portales y ventanas, había paredes inclinadas y ángulos atípicos a derecha e izquierda. Miró hacia atrás para ver la entrada a la calle como una lejana ventanita de luz. Al volver la vista al frente, pudo ver un letrero que rezaba: Biblioteca. Solamente eso. Bajo el cartel había un portón doble con un picaporte en cada hoja, rozando la madera desgastada por la garra que servía para golpearla. Se acercó para examinar las figuras que mordían las garras. Una era una especie de siniestra bestia, la otra parecía más bien un hechicero o un anciano de larga barba. Había una inscripción sobre ambas: Pase sin llamar.

Movido por la curiosidad, Modesto empujó una de las hojas y ésta se abrió con un quejido. Traspasó el umbral y se encontró frente a un pasillo corto. Al final de éste estaba la entrada a la biblioteca, apenas había pared que delimitara aquella otra estancia con el pasillo. Un arco rodeaba la parte alta y, sobre su curvatura, en el interior de un pergamino de piedra esculpido, se podía leer: Divinas Palabras.

- ¿Ahí alguien? – Nadie respondió. - ¿Oiga? – Solamente el eco le devolvía la llamada. Desistió y siguió caminando.

Cuando pasó bajo el arco, una rara sensación le envolvió. Era como si todo fuera diferente, como si su percepción hubiese cambiado subrepticiamente. Era un salón de enormes dimensiones. Modesto no entendía cómo podía estar aquella estructura ubicada entre aquellos callejones tan estrechos. No recordaba haber visto ningún edificio sobresaliendo del resto y, menos aún, ninguno tan magnífico. El techo era muy alto, calculó que al menos tendría el equivalente a diez plantas. Las paredes estaban todas llenas de libros. Algunas mesas en el centro de la habitación, también. Tenían aspecto de ser muy viejos. Se acercó a la mesa y tomó uno al azar: Mariposas. Un título sencillo. No le llamó mucho la atención, sin embargo, lo abrió por una de sus páginas. Modesto soltó el libro de inmediato para recuperar el equilibrio y no caer. Del interior habían salido volando media docena de mariposas al menos. ¿Qué demonios era aquello? Modesto comenzó a sentir el aire escaso y se aflojó el cuello de la camisa. Quiso salir corriendo de allí, pero algo le hacía resistirse a esta idea. Era lo más emocionante que le había pasado desde... nunca. Cogió el siguiente libro del estante de enfrente: Sueños y la imaginación. Parecía más interesante que el otro. Lo abrió por el índice y buscó aquello que le llamaba más la atención, se detuvo en una línea que ponía: aventuras oníricas. Buscó la página. Allí estaba. No pasaba nada extraño ahora. Hasta que una voz le sorprendió por la espalda:

- ¡Alto usurpador! ¡Quién osa entrar en mis dominios? – La gravedad y la potencia de aquella voz le golpearon la nuca. Modesto estaba asustado. No podía moverse. - ¡No contestas? ¡Vuélvete maldito!

Cuando Modesto se volvió no pudo ver a nadie, lo cual le sorprendió. Un carraspeo le hizo caer en la cuenta que no podía mirar a la cara a su agresor, si no lo hacía enfocando sus ojos hacia abajo. Era un ser extraño que no le llegaba ni a las rodillas. Era como una especie de tomate con sombrero empuñando un cepillo de dientes. Ridículo. Con el libro aún en la mano, Modesto seleccionó la página siguiente. El tomate se esfumó y en su lugar tan sólo podía ver una enorme piedra apostada frente a sí, en mitad de la biblioteca. Se acercó y la golpeó con el puño, como si llamara a una puerta.

- ¿Eh? No me golpees. Me haces daño. – Sonó una voz desde la parte más alta de la habitación.

- Vaya... – Modesto quedó boquiabierto. - ¿Eres un gigante de piedra?

- ¿Piedra? – Aunque lo intentaba, no podía ver la cabeza del gigante ni identificar de dónde procedía la voz – Nooooo. Más bien de caramelo.

- ¿Caramelo?

- Eso he dicho, caramelo. – La voz carraspeó y continuó – ¿No se me oye bien?

- Oh, sí, sí... – se apresuró a contestar por miedo a algún tipo de represalia – es sólo que... es extraño...

- ¿Extraño? A ver, ¿y tu de que estás hecho? – Profirió jocoso desde las alturas.

- Pues no sabría explicarte... ¿de verdad eres de caramelo? – Inquirió mientras acercaba la lengua a la pared que había delante.

- ¿Eh!¡Qué haces? – Sintió la voz aproximándose y se alejó un poco. Un diminuto ser azul de dieciocho brazos, seis piernas y un único ojo, se dejó caer ante Modesto.

- Pero, creí que eras un gigante. – Emitió sorprendido de nuevo.

- ¿Un gigante? ¿Qué tontería? – No era tan pequeño como el tomate agresivo, apenas medía tres veces más que el otro.

- Entonces ¿esto? – Señaló el muro de enfrente.

- ¿Nunca has tenido un apretón? – La cara de Modesto se estremeció de asco y a punto estuvo de vomitar. Fue suficiente para cerrar el libro y volverlo a dejar en su sitio. El hombrecito de caramelo y aquella enorme roca que había confundido con un gigante desaparecieron.

Miró hacia el techo y admiró la altura de las estanterías que llegaban hasta el final de la pared. Se preguntó cómo harían para llegar hasta los libros más altos y, en ese mismo instante, una escalera llegó corriendo hasta él. No era muy alta, pero al pensar esto, como si le hubiese oído, comenzó a estirarse a gran velocidad hasta tocar el cielo de la sala. Le tentó la idea de ver cuales eran los libros que se encontraban en aquella zona tan alejada del suelo, así que cogió fuerzas y olvidó su vértigo, solamente tenía que evitar mirar hacia abajo. Subió pacientemente, con calma. Un peldaño, luego otro. Así hasta que pudo tocar con su mano los lomos del último estante. Los acarició y sintió el polvo desprenderse en pequeñas volutas que caían como plumas hacia abajo. Sopló y descubrió el título de uno de los libros: Aves. Lo cogió con cuidado de no perder el equilibrio y lo abrió aleatoriamente. Un gran pájaro de plumas y cola incendiada pasó junto a él, rozándole y casi tirándole de la escalera. No pudo evitar desviar su mirada hacia el suelo y sintió un leve mareo que le hizo vacilar. Se agarró con más fuerza a la escalera y se apretó contra ella. Sujetaba el libro entre su pecho y los últimos peldaños. El pájaro gigante volaba a su alrededor, lo vio que se dirigía hacia él, iba a embestirle. Modesto cogió el libro y lo cerró justo cuando estaba a punto de ser arrollado. Se desvaneció frente a sus ojos, a menos de diez centímetros. Estuvo cerca. Luego volvió a mirar el lomo, pasó la mano y advirtió que no había descubierto todas las letras. El título completo era: Aves Míticas.

Después de aquello, no se atrevió a coger ningún libro más. Cuando quiso descender, la escalera se replegó y le evitó el esfuerzo a Modesto. Le echó una mirada de agradecimiento y suspiró aliviado de estar de nuevo en tierra firme. Se dijo que por ese día sería suficiente. En mitad de esta reflexión, un anciano se materializó frente a él.

- Hola Modesto. – Muy afable.

- ¿Cómo sabe mi nombre? – Confundido - ¿Quién es?

- Eso no importa... – sonrió – me alegro de que por fin hayas venido a verme.

- Bueno... – pensó un instante – fue casualidad... yo no...

- Modesto, no existe el azar. – Reprendió con amabilidad – Al tomar la decisión de cambiar tu camino, todo se transformó a tu alrededor. Un solo gesto puede variar el curso de los acontecimientos y del mundo.

- Yo no soy nadie... – Se entristeció – Solo un hombre solitario sin aspiraciones.

- Estás equivocado. – Se acercó y puso una de sus manos en el hombro de Modesto. – Eres el nuevo bibliotecario.

- Yo... – no comprendía como había llegado hasta ese punto.

- Eres un soñador nato, no tienes nadie allá fuera que pueda echarte de menos, tu trabajo no te gusta... ¡diablos, odias tu vida! – Ahora le tomó por ambos brazos y lo zarandeó levemente, con ternura.

- Tiene razón. Pero yo... – y calló.

- Puedes hacerlo y lo harás. – Sentenció – Ya has decidido.

El anciano se desvaneció con la última palabra y Modesto quedó allí solo, en mitad de la inmensa biblioteca. Pensó que quizás el anciano tenía razón, no había nada que echara de menos esperándole fuera. Aquel lugar cobijaba millones de libros y supo que en ningún otro lugar estaría mejor que en aquel, rodeado de todos los sueños que mueven el mundo.

Bosque de Almas

Anduvieron lejos del grupo durante un par de horas en busca de un lugar donde amarse en secreto. Malena y Lucas eran los típicos amantes inseguros adolescentes que temen sus vidas sean relacionadas a los ojos de los demás, estaban bien así, sin demostrarse un amor público que les comprometiese con chascarrillos y correveidiles. Todos, sin embargo, sabían de la gran amistad que se profesaban el uno al otro, casi rozando la admiración. Por ese motivo, no les echarían de menos, ni se preguntarían qué hacían los dos por ahí solos, en mitad del monte. No era una zona escarpada en exceso, ni frondosa, excepto por algunas escasas zonas de vegetación extrema en el valle y las laderas del este. Malena era como Eva, siempre portando bajo sus ropas la manzana prohibida e inagotable, la que Lucas tanto adoraba y comía sin empacho, sin saciar nunca su hambre de blanca piel y su sed de ojos caramelo. Podía estar horas enteras recorriendo con sus dedos la larga cabellera tostada de su amada, tantas como ella pasando las yemas de sus dedos por cada una de las curvas y pliegues de su cuerpo de recién inaugurado vello.

Habían salido de mañana con el resto del grupo. Óscar advirtió la diferencia de ideas en cuanto a pasar una jornada campestre en el mismo instante en que presentó su planning maquinado al milímetro, detalle a detalle. Al final optó por arrugarlo y lanzarlo bien lejos, aún a pesar de colaborar con la destrucción del planeta en aquel pequeño gesto o, al menos, de manifestarse en contra de la ecología más básica. El papel se olvidó de ellos y rodó colina abajo hasta caer en las aguas de un riachuelo, donde comenzó a expandirse y sus garabatos a difuminarse y estirarse sobre la piel hidratada. Los únicos, sin embargo, que se separaron y decidieron llevar su propio plan adelante, fueron los amantes secretos. Se llevaban el uno al otro, arrastrándose cogidos de la mano, ayudándose en las alturas salientes y sorteando juntos madrigueras ocultas por la maleza seca. Se cuidaron de llegar bien al lugar más apartado de sus amigos que conociesen, cerciorándose de que sus caminos no se cruzaran hasta la caída de la tarde. En el momento en que Malena y Lucas llegaron, ella iba en sujetador, manteniendo innecesariamente sus pechos erguidos y él sin camiseta. Hacía mucho calor. No tanto como en verano, pero después de un par de horas, las calorías se notaban hirientes en sus cuerpos sudorosos.

Eligieron un lugar precioso, lo más parecido a un oasis en mitad del desierto. Era un diminuto bosque de no más de dos docenas de árboles variados. Había un par de nogales, un roble, algunos pinos y abedules... Eran especies atípicamente reunidas en aquella zona. Aún así, estaban lo suficientemente separados como para comprender una extensión de varias centenas de metros cuadrados. Pasearon entre cada uno de ellos, sintiendo la vitalidad que les imprimía al rozarse. Acariciaron las cortezas, unas resecas, otras tan suaves como los besos. Lucas sorprendió a Malena abrazada a uno de los árboles y le pareció una imagen bellísima, plena de ternura. Ella era así, pensó. Tan cálida y cariñosa, tan sensible... Lucas se echó sobre ella con un movimiento repentino que les hizo caer y rodar mientras reían. Se quitaron la ropa y se echaron sobre una manta que Lucas había precavidamente guardado en su mochila antes de salir. El suelo estaba mullido, cargado de las hojas muertas del otoño. Se acomodaron el uno al otro e hicieron el amor como si no volvieran a sentirse nunca más. Sin saber porqué, ambos se sentían henchidos de una impresión extraña, de un amor más allá de las fronteras impuestas por la sociedad y su humanidad, lejos de la moralidad y la ética en la que les habían educado. Perdieron el sentido del tiempo y del espacio y se vieron sumergidos en un vacío placentero, como inmersos en una burbuja caliente que les arropaba mientras flotaban en la nada agradable. Sus mentes se transportaron hacia el infinito y se posaron en un estado de paz sublime mientras sus cuerpos seguían la cadencia rítmica del sexo sentido. Se creyeron luz y se mezclaron. Notaron entonces las miradas de los árboles congregados a su alrededor. Una mirada serena que les aceptaba en su seno y les amaba. Les abrazaban y llenaban de energía. Cuando Lucas estalló en un clímax inolvidable, la realidad les atrajo de nuevo a la tierra, a la manta sobre las hojas y a la inmensidad emocional de tan escaso bosque. Durante unos minutos, jadearon sin comprender, luego lloraron exaltados y, finalmente se abrazaron el uno al otro con el fin de oís sus latidos sonando en una misma canción. Allí se durmieron, desnudos como la primera vez, arropados por la sensación de estar protegidos por los árboles. Parecía como si tuvieran más vida de la que su estado inerme les profería, como si albergaran una presencia sabía en su interior. No se molestaron con este pensamiento, al contrario, consideraron algo bello imaginar a todos ellos como criaturas pensantes con una existencia más allá de la simple quietud condicionada por los vientos. Mientras les sobrevenía el sueño, los amantes creyeron ver caras áureas sobrevolándoles con afable actitud, con gesto alegre y ojos plagados de historias pasadas. Se sintieron felices. Durmieron.

Un ruido de neumáticos rodando por un camino de tierra les despertó con sobresalto. Se acurrucaron el uno sobre el otro y se echaron la manta encima para tapar su desnudez. Vieron varios coches entonces pasar por delante de ellos a unos diez metros de distancia. Los vieron entre los árboles, dirigiéndose hacia el flanco izquierdo. Se vistieron con premura y calzaron. Recogieron la manta y prepararon las mochilas para emprender la vuelta. Sin embargo, no pudieron evitar el arrastre de la curiosidad hacia el fin que movía a los ocupantes de aquellos vehículos a estar por una zona tan abrupta para la circulación. No hubieron de caminar mucho. Llegaron justo a tiempo de ver como del primero de los tres coches negros, emergía una mujer de unos cuarenta, enlutada y compungida, de cuerpo delgado y figura esbelta, acompañada de otras dos algo más rollizas. Las tres sin dejar de mojar el suelo con sus lágrimas. De ese mismo coche salió un hombre de cana bien asentada, alto y fuerte. Las gafas de sol parecían estar de oferta ya que todos las portaban y nadie tenía la intención de mostrar lo que bajo ellas se ocultaba. De los otros dos coches también bajaron una media docena de personas, entre las que se encontraban dos niños y un anciano con poca movilidad. Todos se aproximaron a la parte trasera del último de los vehículos. Malena susurró a Lucas que se trataba de un coche fúnebre. Éste no había advertido este detalle. De él sacaron una lona tubular en la que presumiblemente se encontraba el cuerpo del difunto al que rendían homenaje con aquel entierro. Era evidente que habían elegido como cementerio aquel lugar. Todos cogieron de un pliegue o uno de los cabos que sobresalían para sujetar el cadáver. Entonces lo llevaron hacia un hueco existente junto a uno de los árboles más ancianos. No se habían percatado de la fosa que ya habían cavado previamente. Varias palas descansaban a un lado, sobre el montículo de tierra húmeda que taparía el agujero. Depositaron allí al muerto y el llanto aumentó de intensidad mientras cada uno de los miembros, de los participantes del rito funeral, cogía una pala para echar tierra sobre el inerte. Echaron tierra sobre el hoyo hasta que quedó totalmente cubierto. Entonces uno de los presentes, sacó de su bolsillo una bolsita de tela y pellizcó en su interior. Luego introdujo lo que contenían los dedos en un orificio diminuto que había cavado previamente. Una semilla. Leyeron unos versos que a Malena y Lucas les resultaron desconocidos y se marcharon por donde habían venido. Cuando lo hicieron, los enamorados se acercaron al lugar y se arrodillaron. Sintieron deseos de presentar sus respetos y así lo hicieron. Las ramas de los árboles se mecieron y sisearon sus hojas. No tuvieron miedo, sino todo lo contrario. Aquella sería una experiencia que no olvidarían, ahora empezaban a comprender. Decidieron tomar la salida por el camino de tierra que habían seguido los coches. A la entrada, en una de las esquinas en el borde de la carretera había un cartel de madera clavado en la tierra. Estaba escrito a mano de forma rudimentaria y se notaba que la madera había empezado a pudrirse por los años. En una sola frase, las pocas dudas que les quedaban se vieron despejadas: Cementerio Ecológico de Nuestra Madre Naturaleza. Se cogieron de la mano y avanzaron hacia el lugar donde habían quedado con el resto antes que cayese el Sol. Se miraron con ternura. Atrás quedaba el bosque de almas. Con ellos se iba el precioso recuerdo de la comunión entre espíritu y naturaleza. El hombre y la tierra unidos más allá de cualquier frontera. Sintieron la despedida de todos aquellos árboles que antes fueron humanos, de aquellos espíritus libres ahora cobijados por una vida diferente. Malena y Lucas hicieron de aquel lugar una obligada visita anual. Con ellos llevaron a sus hijos y más tarde a sus nietos. Y, finalmente, ambos morarían en el bosque por siempre jamás, hasta el fin de los días.

Después de la Tempestad...

La lluvia cae estrellándose estrepitosamente contra los párpados de Lucía y, al agitarlos, las gotas que se fundían con sus lágrimas se expanden más allá del Universo. No podría haber elegido un día mejor para humedecer su corazón con la decadente situación de sus sentimientos. No se detiene a enjugar sus lágrimas y prefiere dejarlas correr para que se mezclen con todo aquello que le rodea: los ríos, el agua de la tormenta acuciante, la savia de los árboles, la tierra mojada. Sintiéndose parte de aquel entorno su alma se aplaca con mesura, lentamente, como si midiera su dolor en cada una de las gotitas que se desprenden de ella, rozando su piel con aire lastimero, deslizándose con la amargura de saber que tarde o temprano caerán fundiéndose con los elementos. A Lucía no le importa, nada en estos momentos se hace necesario en su vida, ni siquiera la vida misma. Un relámpago ilumina su rostro en medio de la nada, precediendo el momento del estruendo que le saca de su absorto pensamiento vacío. El trueno se clava en sus sienes, con un golpe seco que le revuelve las tripas. Hasta ahora había estado estática, mirando hacia el frente, dejando que la rabia del clima la envolviese. Ahora decide caminar, sin rumbo, con la mirada triste y perdida. Sus pasos, no obstante, son firmes, su cabeza se yergue altiva, desafiante. Quizá se desafía a sí misma, tal vez a la naturaleza viva que le rodea con furia. La tierra yerma bajo sus pies rellena sus grietas con la vida misma que el agua vierte sobre ella, se reblandece y, por un momento, el corazón de Lucía también. Siente como la dureza del suelo se transforma en barro y, mientras camina, se siente alfarero moldeando el camino. En un instante, una chispa resplandece en su interior, quizá su destino no está escrito, quizá puede cambiarlo. Con esta idea, su tristeza comienza a desvanecerse, a mutar hacia un nuevo germen, el de la esperanza que ha de dar paso a la fe. Un guiño aparece del cielo en forma de rayo de luz entre las nubes borrascosas, como asintiendo este pensamiento eventual que pronto se transforma en una certeza. La lluvia cesa, también sus lágrimas. El viento, que antes se mostraba violento, mengua hacia una suave brisa que peina los cabellos humedecidos de Lucía. El río vuelve a transcurrir con calma, dejando su bramido en un susurro tranquilizador. Las ramas dejan de atormentarla con sus quejidos y se balancean con elegancia, desprendiéndose de las últimas gotas, cediéndolas a la tierra sobre la que sus raíces se incrustan. Al mirar atrás descubre las huellas de sus pisadas marcadas en el barro. Las nubes se abren dejando el camino libre al Sol. Lucía sonríe vagamente, intentando devolver con deferencia aquel gesto de la Madre Naturaleza. Mostrando el respeto que es debido, Lucía siente la necesidad de arrodillarse y lo hace hundiendo sus rodillas en la superficie terrosa. Ahora, más cerca del suelo que hace unos minutos, puede observar un elemento curioso. Una brizna emerge del suelo entre los pliegues de una grieta, un tallo verde encorvado que intenta estirarse para saludar al Sol. Lucía entonces da gracias y comprende que aquel no es el fin. Admira la belleza de la nueva vida naciente, su lágrimas quizá, aún de una manera ínfima, hayan contribuido a la aparición de aquel brote. A ella le gustaría pensar que así fue. Se pone en pie de nuevo, observa sus rodillas manchadas, desnudas bajo su corta falda plisada. Mira por última vez hacia atrás, las huellas comienzan a secarse, dejando constancia de su paso y su trayecto hasta aquel lugar. Con aire decidido concluye que no será aquel el camino de vuelta. No deshará sus pasos ni se lamentará por ello. No quedará arrodillada frente a una caída ni se frenará ante un traspiés. Cambia de rumbo, simbólicamente haciendo lo mismo con su propia vida. Respira hondo y camina de vuelta a casa. Al fin y al cabo, de los errores se aprende, el dolor instruye, el sufrimiento decrece y la vida... la vida sigue.

Pisándome los Talones

Creía que la había dejado atrás, pero sigue mis pasos bien de cerca. Me cuesta mantener el ritmo y mi respiración es entrecortada. Apenas puedo emitir más que un leve jadeo estertóreo. Hace unos minutos que voy más calmado, moviéndome entre las paredes estrechas de los callejones de la ciudad. Los más apartados. Los más silenciosos. El tráfico queda lejos, estas calles están a varias manzanas de la vida urbana. La noche me dio tranquilidad en mi huida. No sé que puedo hacer para deshacerme de ella, pero está loca y se empeña en seguirme el rastro. Me resulta imposible escapar sin que ella aparezca tras de mí un instante después. Me muevo pegado a la pared en todo lo posible. Llevo horas corriendo. Doblo la esquina y un reflejo de una farola intermitente, quejumbrosa y a punto de fallecer, ilumina su rostro, la oscuridad que se cierne sobre toda ella. Agarro con fuerza uno de los mohosos ladrillos que sobresalen a mi derecha, es parte del tabique y no hago más que apretarlo para afianzarme con la realidad. La otra mano la dirijo al pecho, lo aprieto para mitigar el dolor que emana de mi corazón. Me inclino y flexiono las rodillas. Estoy exhausto. Pero no puedo dejar de correr. Ella me mira a lo lejos. Tiene un aspecto tenebroso bajo esa luz mortecina. Una figura negra bajo la iluminación de un lugar olvidado. No hay melodías en el ambiente, nadie quiere hablar de aquel sitio. Las palabras se pierden incluso entre las rendijas de cada recodo. Eso me hace pensar que gritar sería inútil, un fútil intento de sentirme arropado, seguro. Pero aquellas calles rezuman de todo menos seguridad. La miró fijamente, inerme y sustancial. Es el momento de seguir. Mi aliento se ha recuperado en parte. Mis músculos resentidos no necesitan quietud en aquel momento. Si es necesario los llevaré al extremo con tal de escapar de ella. Aprieto la pared por última vez mientras me yergo. Corro.

Después de varias horas todo se hace más pesado y al tiempo más liviano. Mi cuerpo enmudece junto con mis pensamientos. Estoy centrado en una sola cosa: perderla de vista para siempre. Lleva demasiado tiempo pisándome los talones. Una luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Paso entre las hileras de contraluz que dejan las farolas desvencijadas. Vuelvo a mirar atrás. Sigue allí. Unas veces, cerca. Otras, lejos. Pero no tanto como quisiera. Inhalo. El aire está viciado. Mis pulmones se quejan. En un arrebato, saco el paquete de tabaco del bolsillo y lo lanzo contra el suelo. Un golpe sordo. El chapoteo del bultito al estrellarse en un charco negro. Sudor. Lo odio. Me empapa todo el cuerpo. Las cejas retienen algunas gotas. Luego caen por el movimiento. Mi camisa está manchada. No sé cuántas veces me he caído. Acelero el paso. Pienso que un sprint puede dejarla atrás. Es vano. Mis pies están mojados. Mis muslos chillan de dolor. Mi pecho parece a punto de reventar. Mi cabeza también. Jadeo. Una vez. Otra. Me falta el aliento. Veo una calle iluminada al fondo. Un coche cruza de un lado a otro. Lo veo pasar. Gente. Hay personas al otro lado. Pero aún está lejos. Tampoco estoy seguro de que puedan ayudarme. Ella sigue tras de mí. La siento cada vez más cerca. Una caja de cartón hace que tropiece. Caigo de bruces sobre algo que parece podrido. No quiero saber lo que es. Apoyo las manos para ponerme en pie. Me doy cuenta que están en carne viva. Al caer, las arrastré por todo el pavimento. Duele. Escuece. Las chispas brotan en mis palmas. Palpitan. Estoy aturdido. Me alzo y siento una rodilla dolorida. Mierda. Parezco un despojo. Intento mantener el ritmo. Es imposible. Cojeando. Las manos escondidas entre los sobacos. La visión semi-nublada. Es un infierno. Ella está ahí. Miro atrás. El miedo comienza a consumirme. Vuelvo la vista al frente y caigo de espaldas. Mierda. Mierda. Mierda. Está ahí, está ahí. Delante mía. No puede ser. Estaba detrás hace un momento. Pero está frente a mí. Parece como si me fuera a engullir. Se arrastra por la pared y se agranda. No puedo reaccionar. Giro los ojos hacia mi nuca. Ella sigue estando también detrás. Vuelvo a girar la cabeza y está delante. Me estoy volviendo loco. Loco de remate. La figura se hace más grande y cercana. Siento su aliento. Su pestilencia. Su hedor. Entonces, un viejo sale de entre un montón de bolsas de basura. Viejo borracho de mierda. Me ha dado un susto de muerte. Retengo las ganas de patearle el estómago. La luz está cerca. Tengo la sensación que allí estaré a salvo. Se acerca por detrás, la noto, siento su siseo. Tropiezo con las paredes. Ahora se estrechan antes de cruzarse con la calle principal. Una escalera oxidada me golpea en el hombro. Caigo derribado a tan solo unos pasos de la luz. No quiero mirar. Está ahí. Justo encima de mí. No puedo, no puedo seguir. No tiene sentido. Estoy atrapado. Mi fin ha llegado. Me incorporo para quedar de rodillas frente a ella. No puedo ver su cara. Sé que sonríe. Su maldad puede olerse. Cierro los ojos y ella se abalanza sobre mí. Mi destino sigue estando vinculado a ella. Jamás podré escapar. Me desvanezco a pocos metros del viejo borracho. Tengo media cara metida en un charco. Acepto mi final y cierro los ojos.

El Sol camina por el cielo, justo sobre mi cabeza. El callejón resulta ser un pozo de luz al mediodía. Me pongo en pie y me encuentro solo. Ni ella ni el borracho. Recuerdo la persecución de la noche anterior. Emito un soplido de alivio. Es la única hora del día en la cual puedo caminar sin temor a tenerla a mis espaldas. Me atuso la ropa un poco, sin mucho sentido por cierto. Estoy hecho un andrajo de hombre. Cojeo. Me queman las manos y mi hombro parece dislocado. Parezco un mendigo más de aquellas callejuelas apestosas. Yo también apesto. Voy a darme una ducha. A comer algo y a descansar... antes de que mi sombra vuelva a intentar pegarse a mis pies.

Trinidad

La huida no había sido difícil. Sus atributos femeninos aún se encontraban en buena disposición y sabía como darles un buen uso con fines que, por supuesto, siempre le beneficiaban de un modo u otro.

No tenían muy claros los motivos por los cuales la retenían allí, ella quizá sabía más acerca de eso que los de la bata blanca. No era un centro psiquiátrico, ni un hospital, aunque tenía factores que bien podrían adjudicarse a cualquiera de esos antros de pestilencia senil y almas en período de lenta putrefacción. Ella sabía que tarde o temprano llegarían a la verdad de su propio ser, aún tuvieran que despedazarla y saquear los tesoros que guardaba en sus entrañas. Era lo que en su jerga llamaban un “buen espécimen”. Estaban en esa fase de estudio temprano en la cual observan al individuo sin apenas alterar sus pautas de conducta, sin modificar en absoluto sus actos. Salvo por la habitación en la cual permanecía encerrada veinticuatro horas al día y las comidas que introducían por una rendija a medida para la bandeja, no interactuaban con ella lo más mínimo y la dejaban obrar a sus anchas entre aquellas cuatro paredes acristaladas. Para ella era como estar en un cubo de espejo, para el resto, los científicos, una habitación de cristal que podían admirar desde seis ángulos diferentes, seis lados que ofrecían, a través de sus respectivas cámaras de alta resolución, cada movimiento, por nimio que fuera, de aquella criatura femenina de apariencia humana.

Aquel ensayo de campo estaba llegando al punto en el cual tenían que tomar partido. Pronto comenzarían con las pruebas genéticas, los análisis de fluidos y un sinfín de incómodas particularidades a las que la chica debería verse sometida. Ella podía verlo, podía sentir esos pasos que seguirían a su plácida y coartada existencia. Era el momento de actuar, de salir de allí, si quería seguir con vida. Cuando la ciencia se empecina en llegar al fin último de un experimento, no se detiene ante nada. Ella sabía que no la dejarían morir mientras pudieran trabajar con su cuerpo vivo, aún tuvieran todos sus órganos en una bandeja metálica junto a la camilla. Su instinto de supervivencia le indicaba que era el momento de abandonar aquel juego al que se había visto sometida, involucrada en un rompecabezas en el cual no encajaba lo más mínimo.

Hasta ese día, ella no se había mostrado más que cómo lo que era, una mujer diferente de aquellas que moraban las calles de la ciudad y, tal vez, el mundo entero. Era, en apariencia, una chica convencional, de las del montón. Ni sus rastas, ni sus piercings por todo el cuerpo y la cara, ni los tatuajes, ni sus ropas atrevidas que enseñaban más carne que tela, nada de eso tenía el peso para encerrarla de aquel modo en un frío cubículo de cristal. Aún recordaba la noche que la asaltaron mientras volvía a casa. Estaba abriendo la puerta de entrada cuando unas manos le aferraron con fuerza sus brazos desnudos y tiraron de ellos hacia atrás. Las llaves cayeron con estrépito sobre las baldosas y vio con ironía como la pequeña navaja multiusos, en teoría para defenderse ante estos ataques, además de para otros usos más indecentes, se desmembraba en el suelo, despidiendo tornillos y diminutas arandelas en varias direcciones. Trató de zafarse de los dos pares de manos que tiraban, era como tratar de nadar a contracorriente en un charco de cemento. Cuando una gasa empapada le cortó la respiración, sus aspavientos se suavizaron y sus ojos se entornaron desenfocando la escena antes de caer en un sueño forzado. Lo siguiente fue el cubo y sus paredes de espejo. Hasta el tercer día de su reclusión no oyó voz alguna, ni tomó contacto con nadie. Puntualmente depositaban la comida bajo la puerta y ella la tomaba. Aunque el primer día se negó a probar bocado, los siguientes devoró los alimentos con ansía. Llegó a la conclusión que no merecía la pena morir de hambre y, al fin y al cabo, si no estaba muerta, era seguro que no intentarían envenenarla. No se equivocaba, tenían algo mejor para ella. Y por eso, porque su sexto sentido funcionaba a la perfección, decidió escapar. El mismo día que pensaban sacarla de su recinto para hacerle algunas pruebas quien sabe dónde, oyó por primera vez su nombre por megafonía y le resultó extraño. Imaginaba que no les habría resultado difícil conseguir todos sus datos. Su aprisionamiento no tenía aspecto de ser aleatorio, ellos sabían a quien buscaban, aunque no supieran el porqué todavía. Pero no habían fallado en la detección del sujeto. Nela era la persona que querían investigar, ella era la chica y no cabía error posible.

Apareció uno de los guardas seguido de otros dos, ataviados con uniformes que les aislaban del medio en el que se movían. Los de atrás llevaban armas. Nela no podía verles las caras, iban protegidas con una especie de escafandra de cristal opaco, como esas que había visto usaban los astronautas. No pudo identificarles, pero sabía que eran del sexo opuesto así que, antes que se le acercaran, Nela se quitó el batín que le habían endilgado como única vestimenta durante su estancia en aquel lugar. Sus pechos se mostraron erectos y notó como sus invitados vacilaban. Aguantaron el paso y se miraron. Imaginó sus ojos confusos y sus caras retorcidas. Fue ese momento el que aprovechó para lanzar una patada al primero en el lugar donde se suponía debía estar el vientre. Se dobló sobre sí mismo y Nela oyó como una jeringa de vidrio se estrellaba contra el espejo inferior y se hacía añicos. Los otros dos quitaron el seguro de sus armas, pero fue demasiado tarde. Nela las agarró y, cuando se disponían a disparar, las enfrentó, creando un fuego cruzado que le abrió el paso. No estaban malheridos, simples rozaduras. Aquellas armas estaban fabricadas para gente como Nela, a ellos no les afectaría más que con alguna pequeña indisposición, pero primero les sumergiría en la inconsciencia durante un par de horas, suficientes para seguir avanzando hasta la salida. Como era de esperar, vinieron más y Nela tuvo que aplicar todas sus fuerzas para saltar, golpear y esquivar mientras corría. No eran rival para ella.

Tras una carrera que le pareció interminable, Nela pudo ver como una luz bañaba un cuadradito de una de las salas por las que pasaba. Miró hacia arriba y apreció los rayos que atravesaban el cristal en mitad de la noche. De un salto, atravesó la ventana y quedó arrodillada sobre el techo. Una vez allí todo era más fácil. Al cobijo de la noche, de su amada nocturnidad, se encorvó con esfuerzo y las venas del cuello y la cara se marcaron como si fueran a estallar. La luz bañaba su rostro mientras la profundidad de sus ojos azules destellaba y su dentadura adquiría una nueva dimensión. Se oía ruido abajo. Primero pasos, luego voces y, a continuación, el clic característico de las armas al ser cargadas, listas para disparar. Sus oídos se agitaron avisándole del peligro inminente. Sus manos y pies, ahora transformados en potentes garras, hicieron fuerza sobre el cemento y la empujaron hacia las estrellas justo en el instante en que cientos de proyectiles atravesaban el lugar donde estuviera apoyada segundos atrás. Mientras veía decenas de coches dirigiéndose hacia el laboratorio, Nela forzó una vez más su anatomía para alentar el brote de unas alas majestuosas en su espalda. Emergieron con un sonido seco, como de tela, al enfrentarse contra el viento. Sonrió y las agitó, elevándose lejos de la zona. Ya no estaba a salvo. No estaba segura en aquella tierra de lobos.

Desde que los alienígenas habían entablado amistad con los humanos, los vampiros tenían una preocupación más a la que someter sus pensamientos. Nela era de los pocos de su especie que seguían con vida. Los aliens, de anatomía vagamente similar a la humana, habían conseguido grandes cotas de poder y era en una de sus bases de investigación donde mantenían recluida a Nela. Los extraterrestres hacían ver que todo era normal, como antes de que ellos llegaran. Únicamente los vampiros habían notado que no era así, que escalaban puestos para hacerse con el poder global, que imponían sus leyes haciendo creer a los humanos que la idea provenía de ellos mismos. Su ego les hacía caer en la trampa. Sus mentes estaban sometidas en gran medida a los designios de la raza alienígena. Sólo los vampiros habían conseguido eludir esa opresión. A cambio, estaban condenados a ser perseguidos para siempre. No obstante, los visitantes de otros mundos también tenían subversivos entre sus gentes y, gracias a ellos, se había formado una alianza poderosa a la que todos temían. De su unión política, más tarde surgieron lazos más íntimos y una nueva raza se gestó en el vientre de Soya, la abuela de Nela. Fue su madre quien, a su vez, para potenciar aquel mestizaje, copuló con Fred, un humano colaborador, y surgió ella. Una simbiosis entre vampiro, humano y extraterrestre. Antes de que la capturaran, Nela era un mito, un rumor que se extendía entre las calles de la ciudad. Vivía como un humano normal y corriente, tenía un trabajo de lo más rutinario y seguía unas pautas bastante cotidianas. Ahora ya no podría estar tranquila nunca más.

Un dolor agudo se pronunció en su costado. Alargó la mano y se acarició. Estaba sangrando. El centro de la ciudad estaba cerca, debía aterrizar y buscar ayuda. Conocía un local en el cual podría, al menos, recuperar el aliento y curar su herida. Un de los proyectiles debió alcanzarle mientras se sucedía la transformación parcial. Se posó sobre una escalera de incendios de una calle oscura, nada transitada. Un mendigo dormía bajo esta sobre unos cartones, lo conocía, era de los suyos y aguardaba allí a que otros hicieran su trabajo, apenas le quedaban dientes y prefería recoger la sangre de los crímenes que se producían a menudo por aquel barrio. Nela no lo molestó. Replegó sus alas y se hundieron en su espalda hasta desaparecer. Se acercó a una puerta oxidada y golpeó tres veces primero y luego dos, con una cadencia especial. Un hombre alto y sin pelo le abrió y le dirigió una sonrisa. Era mudo, así que, le invitó a pasar con un gesto amable al tiempo que ensombrecía al ver la herida. Una vez dentro todo eran luces de neón azul proyectándose por todo el lugar. Mientras Bondo, el guardián corría a avisar al propietario, Nela se dirigió hacia los servicios. Se encerró en uno de ellos y se acuclilló a la espera de ser atendida. Un minuto después Bondo golpeó la puerta y una figura enjuta y pequeña apareció tras él. Lo apartó con delicadeza y se acercó a Nela. La auscultó con la cara de medio lado. Su pelo negro le tapaba las orejas y parte de la mirada, haciendo de él un hombre siniestro.

- No tenía adonde ir. – Emitió Nela entre jadeos.

- Aquí estás a salvo... nena... – dijo con un aire que no gustó nada a la chica.

- ¿Qué sucede Ki? – Manifestó preocupada.

- Nada... unos amigos quieren verte. – Sonrió con picardía mientras se apartaba.

Bondo se dio la vuelta y se sorprendió tanto como Nela. Una hoja afilada separó la cabeza del guardián del resto del cuerpo y rodó hasta los pies de Ki, que la lanzó de una patada al otro extremo de la habitación. Tres seres con trajes aislantes se adelantaron hacia Ki y la chica, esquivando el cuerpo de Bondo. Nela detestaba la traición, notaba como comenzaba a envenenar a los de su especie. Se adelantó para escupir a Ki y le agarró por el cuello, clavando sus uñas en la carne delicada del vampiro.

- ¿Cómo has podido? – Emitió Nela de forma gutural, agravando el tono de su voz a cada instante.

- No tuve más remedio. – Hizo una pausa antes de seguir – Tú me lo pediste.

La mano de Nela se aflojó y dejó caer a Ki, al que había elevado unos centímetros del suelo. Uno de los seres que habían invadido la estancia se quitó la escafandra. Sus rasgos le dejaron atónita. Era ella. Nela estaba allí, uniformada como sus enemigos. Una multitud de preguntas acudieron a su mente, ninguna obtuvo respuesta. Intentó hablar, pero no pudo. En cambio, su alter ego le ofreció palabras de consuelo.

- A mí también me sucedió cuando me vi a mi misma... – le ofreció la mano para que se incorporase. Miró la herida de la chica y asintió – Sanará, no te preocupes. Todo irá bien.

- Pero tú... – intentó decir sin terminar la frase.

- Sí. Yo soy tú y tú eres yo. – Explicó – La diferencia es la línea de tiempo que nos separa. Soy tu yo futuro.

Nela no pronunció palabra alguna mientras los acompañantes de su futuro comenzaban a esterilizar y curar la herida. Un incógnita daba paso a otra y Nela sabía que aquello debía encerrar un misterio que no tardaría en ver desvelado. Una vez curada, les siguió y desaparecieron en el largo pasillo de luz azulada. El ciclo se volvía a repetir. Nela no podía imaginar cuántas veces se habría creado aquel bucle espacio temporal, pero, en aquel momento, no deseaba pensar. Tan sólo se dejaría arrastrar. La chica del futuro le dijo muchas cosas, con cada descubrimiento Nela se mostraba más y más sorprendida. Sin embargo, con lo que más se sorprendió fue, sin duda, con algo que la dejó traspuesta y sin aliento. Los alienígenas que llegaron un día a la Tierra en señal de paz no eran más que mutaciones de su propia especie, eran vampiros emigrantes que habían viajado al espacio en busca de una fuente de vida mejor y, al volver, eran tan diferentes que ni su raza ni los humanos los reconocieron, viendo en ello una desventaja y un acierto al tiempo. Tuvieron que empezar de nuevo. Habían aprendido mucho y lo aplicaron en aquel momento. Nela fue la unión de las tres razas, su futuro era ser el emblema de la trinidad, el origen de una nueva raza que dominaría al resto con benevolencia y compasión. Un nuevo comienzo.

Relato inspirado en la foto Palladium Powa de Jessica Agudo Retamero (http://www1.fotolog.com/yiiissekah/7812868)

Diario de un Librepensador del Siglo XXIV

Estamos en el siglo XXIV D.C. La situación global ha cambiado bastante. Bastante es una expresión esquiva para no decir de forma radical. Todo es diferente con respecto a un par de siglos atrás. Finalmente, el ser humano consiguió ir más allá de las estrellas conocidas utilizando la física cuántica, asignatura obligatoria hoy en día en todas las aulas del Imperio unificado. Con la última guerra, los países y estados de todo el planeta decidieron establecer un cese de toda la violencia y desechar las armas de destrucción masiva ocultas en todo el globo. Algunos fueron muy reticentes a realizar tales actos de “desprotección”, como los llamaban ellos. Finalmente, se creo la Organización de Países de la Tierra Unificada y se eligió un representante único al servicio de un gran comité dirigido por los dirigentes del antiguo mundo elegidos democráticamente.

A pesar del desarme mundial, muchos grupos revolucionarios surgieron entre las sombras. Renegados del nuevo sistema que, según ellos, no era más que una farsa para establecer un operativo de control más exigente y radical. En el momento de la unificación, en los primeros años del siglo XXII, todos los ciudadanos estaban expectantes. Eran conscientes del gran cambio que se avecinaba, pero no podían imaginar hasta que punto aquello iba a modificar sus vidas en detrimento de la comodidad y el propio disfrute de la intimidad. Fue la primera revuelta revolucionaria en el 2112. El germen de todo grupo revolucionario ilegal que desde entonces se forjó. Fueron ellos los primeros en negarse a la implantación del chip que controlaría cada uno de sus movimientos e, incluso, pensamientos. El resto, los que aceptaron aquel sistema de control exhaustivo, fueron acudiendo a sus respectivos centros hospitalarios para recibir el implante, en la nuca o la mano derecha, justo en el punto en el cual se une al brazo, como si se portase un reloj imaginario en forma de cicatriz. Era del tamaño de un grano de arroz y, en principio, advertían era imposible de extraer una vez dispuesto. En él se contenía todo el historial médico, cuentas bancarias y cualquier dato de relevancia para la vida cotidiana. Gracias al chip, las tarjetas de crédito, los documentos de identidad, pasaportes, carnés de conducir y un largo etcétera, desaparecieron. Algo que, al principio, los portadores consideraban extraño pero cómodo. El índice de atracos había descendido de manera considerable en esos primeros años de unificación.

A medida que el chip iba implantándose en todo el planeta, excepto en las zonas aniquiladas limítrofes, en las cuales ya no existía más que cenizas y algunos renegados ocultos, las gentes comenzaban a comprobar la verdadera función del implante. Pronto se impusieron reglas de prácticas sexuales, control de comidas, regulación de las horas de trabajo y de ocio, de índices de alcohol y horas de sueño. Lo que parecía algo gracioso que, en la mayoría de los casos, despertaba la curiosidad de los portadores, fue convirtiéndose, de una estadística informativa, a un riguroso control de consecuencias nefastas que incluía sanciones harto severas. Sólo los rebeldes se salvaron, pero eran perseguidos con perseverancia y hostigados en secretas salas de tortura. El primer emperador, comenzó a limitar las funciones de los representantes globales y eliminó cualquier insurgente que no estuviera de acuerdo con su misión imperialista dictatorial. En el año 2144, el planeta Tierra, estaba totalmente dominado por la dictadura. Europa fue el centro neurálgico de cada movimiento político. Sin duda, era algo lógico, el continente americano había sido uno de los más afectados durante la guerra y apenas se habían salvado unos miles de kilómetros. Un gran pulmón terrestre acabó convertido en polvo y radiación. Las aguas estaban contaminadas en un noventa por ciento y el alimento escaseaba. El emperador decidió, tres décadas después de ser erigido, el exterminio de los habitantes que aún quedaban en América. Era el único ser humano en libre posesión de armamento, aún de bajo calibre, para mantener a raya a los insubordinados.

La tecnología avanzó en dos siglos de forma vertiginosa. Los vehículos que en el siglo XXI copaban las ciudades, con su característica contaminación acústica y ambiental, fueron prohibidos antes de la unificación. Ulrüersk descubrió la manera de descombinar la materia y su estructura molecular para, posteriormente, volver a combinarse a una distancia previamente concebida y establecida. Los primeros experimentos con animales fueron desastrosos, pero en poco más de seis años, el doctor Ulrüersk afinó el descombinador hasta el punto de poder transportar grandes porciones de materia de un planeta a otro sin alterar la estructura inicial. Fue uno de los mayores avances de la historia de la ciencia. Gracias al descombinador también se consiguió paliar la mayoría de las enfermedades con una recombinación del ADN que, desde hacía años, era un libro abierto sin posibilidades de poder rescribirse. Las antiguas leyes que censuraban la clonación fueron derogadas y sustituidas por otras que apoyaban, no la duplicación de seres, sino la modificación genética para su restablecimiento original y supresión de enfermedades. Aún así, las leyes permitían, en el caso de órganos muy deteriorados, la clonación de los tejidos del afectado. Ya no eran necesarios móviles ni sistemas de comunicación a distancia, un implante en el oído interno y el cerebro permitía un contacto inmediato, casi mental, con cualquier ciudadano el planeta que permaneciese archivado en nuestra memoria. La televisión, el cine, los ordenadores, eran simples artilugios de exposición de museos de tiempos antiguos. Receptores visuales colocados en las retinas desde la infancia, fabricados con un material maleable e indestructible que crecía junto al individuo, permitían la visión irreal de películas y series de televisión antiguas, otras más recientes estrictamente conformadas por actores y directores virtuales, noticias de todo el mundo y, mediante el enlace de comunicación del cerebro, la posibilidad de disfrutar de juegos permitidos por el gobierno. Todo esto fue la antesala de lo que vino después: viajes en el tiempo y en el espacio, hermanamiento con otras razas de galaxias próximas, descubrimientos sorprendentes sobre las capacidades psíquicas, nuevas energías y partículas que ofrecían nuevas opciones de consumo...

Dos siglos después, en el año 2381, la población se había reducido considerablemente, debido en gran parte al estricto control de natalidad y relaciones sexuales del planeta. Era el séptimo emperador quien ostentaba el poder, descendiente directo de la familia imperial, no podía ser de otro modo según las leyes. La tecnología dejó de ser necesaria varias décadas atrás. El surgimiento de grupos rebeldes que hablaban de una redención mediante el uso de ciertos humanos supradesarrollados, motivó el desconcierto del emperador y su séquito. Se hablaba de mutaciones genéticas espontáneas favorecedoras de un desarrollo psíquico superior y el control de unas fuerzas hasta entonces desconocidas o solamente limitadas a los científicos, por ser estos, o bien sus únicos conocedores, o exclusivamente capaces de disponer de la maquinaria necesaria. La inquietud se fue apropiando de las altas esferas. Los rumores corrieron muy rápido y, el asesinato, abolido en el 2199 por imposible (el chip era inhibidor del instinto homicida), había vuelto a ser nombrado como una realidad fehaciente. La sangre había corrido en las calles de la sede central de la OPTU (Organización de Países de la Tierra Unificada) y el emperador estaba atemorizado. Él nunca había tenido la desdicha de conocer ese sentimiento, para él era la primera vez que tenía miedo y no supo identificarlo. Tampoco le dio tiempo. Los psíquicos entraron en su recinto y acabaron con su vida de forma indolora y rápida.

Hoy, doce años después, los psíquicos ya han destruido todo el sistema, generando una libertad total entre los individuos, únicamente censurada por sus propios actos. El chip fue destruido. El primer niño libre nació en 2384, tres años después de la muerte del emperador y sus secuaces políticos. Se aplicó la ingeniería genética para repoblar la naturaleza original de la Tierra y emplearla en otros mundos para facilitar hábitats naturales para una población en crecimiento. No existían homicidios, ni mentiras, ni maldades. No era una sociedad idílica, simplemente, los habitantes decidieron que no merecía la pena. Los psíquicos habían conseguido extender una sugestión que iba más allá de la comprensión de cualquier ser humano, era un dogma diríase cuasi divino. Si alguien osaba golpear a otro, inmediatamente recibía idéntico golpe en el mismo sitio y con la misma fuerza y consecuente dolor. Si alguien tenía un mal pensamiento o palabra con respecto a su vecino, el vecino era consciente de esa malicia en el acto y un sentimiento de culpa profundo surgía del malpensador. Igual sucedía con la mentira, no existía porque, simplemente, eran mentes abiertas que todos podían leer de forma automática. Era sinceridad pura. Ya no quedan rebeldes, ni dictadores, ni violencia. Ahora, solamente queda la esperanza de un nuevo mundo, de sembrar vida más allá de la galaxia y esperar que ninguno de esos planetas pase por el trance en que la Tierra se vio sumido. Los Nigonitas y los Etritios, dos de las razas alienígenas hermanadas con los humanos, están de acuerdo con la idea de expansión de la vida y se muestran dispuestos a colaborar. Ellos también fueron como nosotros... y lo superaron. Ahora nos toca a nosotros avanzar en este camino de estrellas.

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