Muchas veces en la vida nos cuestionamos la importancia de nuestra existencia en el camino de aquellos que nos rodean. Sin duda, esta calidad en la mayoría de los casos viene dada por nosotros mismos y nuestra visión del mundo y su gente, y por supuesto de nuestra persona. Cada ser humano tiene un carácter que delimita su entorno y, en definitiva, hace que se vea rodeado por una serie de individuos que comparten similitudes con respecto a su carácter, experiencias y demás. Juan es uno de los ejemplos más claros en lo relativo a todo esto. De hecho, lo era.
Juan siempre había sido una persona destacada en su entorno desde la niñez. Era un chico alto, esbelto, guapo, con una voz poderosa y una mirada penetrante. Además de un gran protagonista, charlador y simpático. Pisaba con fuerza allá donde iba y rescataba muchas de las miradas que se encontraban perdidas en pensamientos absurdos hasta su aparición. Destacaba. Pero por circunstancias de esta vida, de las que todo el mundo seguro tiene miles de anécdotas, la vida de Juan y toda esa atracción que le envolvían fue desapareciendo. En muy poco tiempo sufrió muchos disgustos, unos mermaron su seguridad y confianza en si mismo, otros hicieron que apareciese una timidez insólita en él de modo que su voz dejó de ser tan potente y varonil para parecerse más a un leve susurro entre dientes. Increíblemente su altura empezó a menguar y la cara se le empezó a llenar de granitos, ocultando aquella belleza externa.
Poco a poco dejó de ser el centro de atención y el alma de todas las fiestas de las que había disfrutado en su adolescencia. Quien conoció a Juan a sus veinte, hoy con diez años más no hubiera podido creer que aquella persona era él mismo.
Misteriosamente, todos estos síntomas eran progresivos y no quedó ahí la cosa. La gente cada vez se percataba menos de su presencia, que él no se molestaba en destacar. Y así se fue recluyendo en si mismo y procuraba pasar desapercibido. Salía de su casa, hacía su trabajo y volvía. En cierto modo era feliz. Pero nunca tanto como lo fue antaño. Pero en el trabajo tampoco le prestaban atención alguna y sabían que trabajaba allí por que todo el mundo pasaba por delante de su mesa para ir al servicio. Así, un día Juan se sorprendió al encontrar en su mesa a otra persona. La razón, según el encargado era simple. Para la empresa Juan había dejado de existir, y por un error administrativo se llegó a la conclusión de que estaban pagando una nómina, un gasto, a alguien que ya no trabajaba allí (el encargado tenía su propio servicio).
Ahora sin trabajo, Juan no tenía vida social en absoluto. Su familia estaba demasiado lejos y sus amigos desaparecieron hacia ya algún tiempo. Un día de esos en que la depresión se agarra fuerte a tu alma y te exprime la poca alegría y esperanza que conservas, Juan fue a comprar el periódico al kiosco de la esquina. Al sacar su billetero para pagar la prensa se dio cuenta de que no había dado los buenos días, y procedió a remitir su error. Para su sorpresa el quiosquero no medió palabra. Juan intentó llamar su atención para pagarle, y aunque insistió rabiosamente aquel no le hizo el más mínimo caso. Antes de marcharse se acercó otro señor y compró una revista. Intentó llamar también la atención de este señor pensando que el quiosquero estaba enfadado con Juan por algún motivo desconocido. Sin embargo, este otro hombre también hizo caso omiso de Juan. Probó con muchísima gente, pero nada cambiaba, todo el mundo pasaba de él. Como si no le viesen, oyesen, ni sintiesen su tacto.
Juan se dio cuenta de que se estaba extinguiendo. Su voz apenas era audible, su estatura menguaba rápidamente, su aspecto físico perdía opacidad, pudiendo ver a través de si mismo... Estaba desapareciendo, estaba dejando de existir. Había perdido tanta importancia en el mundo que ya nadie notaría su ausencia, porque quien le echaba de menos no era aquel que le conocía ahora, sino aquel que le conoció hace una década.
No había nadie que pudiese salvarle de aquello. No había nadie que amase a Juan, pero tampoco había nadie que le odiase. Lo que le faltaba a Juan era la recepción de algún sentimiento, alguna emoción... ya era muy tarde para eso. Fue él mismo quien delimitó su vida, imponiéndose sus propias barreras en un camino que parecía prometedor. Todo se fue a la mierda. Todo. Y ahora él. En unos segundos Juan dejó de ser, de estar... de existir. Aquello era peor que la muerte. Nadie iría a su entierro, le habían marginado hasta en su fin, no podría compartirlo con nadie y no estaría rodeado de otros como él. No habría una lápida que le hiciese mención y recordara su nombre. No habría nada. Se había consumido y extinguido como una cerilla, pero él ni siquiera tenía un rescoldo, un residuo quemado de su vida. Nadie le recordaría jamás. Pero su vida no cambió, siguió siendo “nadie” en la vida de los demás, un cuerpo sin nombre, un éter...
Hoy, después de mucho tiempo, y al ver el anuncio de una película en cartelera, me doy cuenta de algo muy importante, casi abrumador, que escandaliza mis sentidos sólo de pensarlo y, sin más remedio que agachar la cabeza, no puedo hacer otra cosa que admitirlo. Hoy me doy cuenta que hasta este momento ha pasado mi vida sin mi. Esto es algo realmente acojonante, da miedo... pero es cierto. Mis historias no son más que el complemento perfecto para esa gala ostentosa de la historia de una vida ajena, el aliño de esa ensalada emocional-sentimental que envuelve mi entorno.
Hoy desperté y miré a mi alrededor... una mesita... un despertador... algunos libros sobre el escritorio y en el estante... el ordenador acumulando polvo... papeles, papeles y más papeles... una lamparita... algunas prendas sobre la silla... y me daba cuenta que esto era sólo el principio. Al salir de la habitación había todo un mundo esperándome ahí fuera, un mundo del que yo no había comprendido su magnitud hasta aquel momento, hasta esta mañana. Cada objeto transmitía su historia y me daba cuenta que al yo utilizarlo, por supuesto para mis fines absolutamente egoístas, le estaba aportando un aliciente a su propia historia. Esto puede parecer ilógico o surrealista tal vez, pero pensándolo detenidamente es algo que no carece de sentido.
Hay objetos que sólo usamos una vez, su historia es muy corta... pero ¿qué pasa con esos objetos a los que acompañamos durante toda una vida o por muchos años? Claro que sí, me refiero a esos regalos que no necesitas y apoltronas en cualquier rincón de tu casa hasta que alguien sin gusto te los roba o alguien caritativo te los rompe por un descuido. Esos objetos como figuritas, jarroncitos... u otros utensilios supuestamente útiles para los cuales aún sigues buscando una utilidad. Son esos objetos los que determinan en que parte de su historia entras en juego y a los que inconscientemente sirves día tras día. Tal vez, un día cualquiera, te detienes ante una figura de un duende gracioso y lo admiras, lo coges y piensas quien te lo regaló y quizá te acuerdes quién fue aquella generosa alma, entonces evocas el momento y lo vuelves a dejar, hasta que otro día sucede lo mismo o decides pasarle un trapo para quitarle el polvo acumulado. Para ti mismo eso es un acontecimiento que pasa desapercibido, pero sin darte cuenta has modificado la propia historia del objeto. Tu vida gira en torno a él, y de este concepto te das más cuenta que nunca cuando has de hacer la mudanza y no olvidas echarlo a una cajita bien protegido con papel de periódico para que llegue sano y salvo a su nuevo hogar.
Pero bueno, esto habría que extrapolarlo mucho más allá hasta conceptos infinitos que comprenden desde nuestros zapatos, la ropa e incluso el transporte diario que usamos. Abarca todo un mundo de expectativas, lleno de historias independientes que sin saberlo nos unen unos a otros. Este precisamente es el preámbulo de algunas historias que hoy me contaron algunos de esos objetos y que yo relataré como confidente y, como tal, mantendré en el anonimato las identidades respectivas de los sujetos en cuestión, sujetos no humanos claro, por respeto. Así pues, si algún sujeto encuentra en estas historias similitud autobiográfica, advierto que es fruto de la más absoluta casualidad...
Esta mañana, la primera historia que me sorprendió fue la de mis zapatos. Si señor, su historia era sorprendente y me hacía recordar en que medida he sido y soy participe de su historia. Hoy me contaban mis zapatos que antes de llegar a mi habían pasado por una infinidad de manos, pero también me contaban que, al igual que las mariposas (algo en lo que coinciden la mayoría de estos sujetos) fueron antes otra cosa. Así, estos zapatos fueron árbol antes que zapatos, lo cual me sorprendió sobremanera. Y antes de ser árbol fueron semilla y antes... bueno, antes no me acuerdo, pero algo fueron también. Cuando les arrancaron del bosque les llevaron a una fábrica en la cual había otras muchas cosas que también fueron otra cosa antaño. Y ahí empezó la transformación... y la historia real de esos zapatos. Cabe decir que estos zapatos tenían unos orígenes muy cosmopolitas ya que no provenían solamente de un árbol sino que habían sido muchos los que habían participado en su composición actual, procedentes de muchas partes. Al salir de la fábrica empieza verdaderamente la historia. Unos hombres, Carlos y Manolo, transportistas, les llevaron hasta un oscuro almacén en el que aguardarían hasta nueva orden y donde se mezclarían con otros de su especie. Era el comienzo. Como decía somos nosotros los que formamos parte de su historia y no ellos de la nuestra, así que Carlos y Manolo cumplieron la función que estos zapatos desempeñarían más adelante, llevarles de un sitio a otro de forma segura y cómoda. Una vez en el almacén y después de haber confraternizado con el resto, una luz les cegó al abrirse la puerta principal y ellos, elegidos junto con unos cuantos cientos más, fueron llevados del almacén enorme a otro más pequeñito. En este transcurso se despidieron de Carlos, pues Manolo estaba en el hospital con su mujer de parto, y no había podido acompañarles en su último viaje como transportista. Así pues, en el almacén chiquito conocieron a Juan, el vendedor de Zapatos Vera, que intimó con ellos antes de prometerles una vida llena de lujo en la que conocerían mucha gente y serían admirados. Y efectivamente así fue, al menos durante unos días, ya que inmediatamente después de aquellas palabras vieron la luz y fueron colocados en un escaparate. Aquello era brillante. Veían todos los días cientos de personas pasar por delante de ellos, algunos les miraban ansiosos de tenerlos en su poder, otros con esa mirada soñadora de los que esperan alcanzar algo y de momento no pueden. A primera vista todo parecía perfecto, pero el cuento de hadas comenzó a agrietarse poco a poco... conocieron mucha gente como les había prometido Juan, pero se sintieron sucios, utilizados... todos aquellos que conocían se los calzaban y llegaron a odiar esa vida, aunque con el tiempo se acostumbraron a ser un 43 más. Reconocieron que la primera vez fue dolorosa, nunca se los habían metido y desconocían hasta entonces que aquello fuera algo más que una mera pesadilla. Luego se acostumbraron y eran capaces de ser calzados por más de veinte personas diferentes a lo largo del día. Así pasó algo más de un mes. Entonces entra en juego mi madre, que por cosas del azar sabía que necesitaba un par de zapatos como aquellos y pensó que podría ser un buen regalo de cumpleaños. Mis zapatos aún siguen conmigo pasados unos cuantos años, impecables (bueno, algo cansados y viejos, pero en muy buen estado), y eso se lo debo a la buena impresión que les causó mi madre. Se los llevó sin más, les salvó de ser calzados una vez más y ni siquiera ella se los puso, eran un regalo. Por una vez se sintieron importantes en la vida de alguien. De este modo, María, mi madre, trajo a mi vida estos zapatos y, hasta el día de hoy, sigo formando parte de su historia. He vivido muchos buenos momentos con ellos... la primera vez que me los puse se sentían algo molestos y decepcionados, pensando que iba a ser como los demás y se mostraron reticentes al uso, dejando al descubierto su claro resentimiento. Pero con el tiempo, nos fuimos adaptando y ahora nos llevamos muy bien. Nos comprendemos y sabemos cuando podemos salir juntos y cuando es mejor darse un respiro. Ellos me cuentan que he sido una parte importante de su vida, quizá la que más. Me han llevado a elegantes sitios, grandes fiestas y un sinfín de lugares maravillosos y emocionantes, pero no perdonan que en mis momentos más íntimos deje de formar parte de su historia, pero claro, a mis chicas les molestaba que me los llevara a la cama conmigo, y mis zapatos siempre aluden a lo mismo, celos de mujer... pero bueno, siempre que esto sucedía quedaban en buena compañía, pues si de algo saben mis zapatos es de amor y, por supuesto, hubo muchos zapatos de tacón en su vida. Hay muchas historias desde luego que se podrían contar, pero las dejaremos para otra ocasión, pues llevaría largas horas contarlas todas y, como ellos dicen, si quieres saber una historia de zapatos, pregúntale al zapatero o a tus propios zapatos...
Otra historia curiosa es la que me contó una vieja guitarra. Madera, nylon y marfil eran su base anatómica básica. Hoy me acompaña en muchas ocasiones tanto alegres como tristes, pero la mayor parte del tiempo se encuentra solitaria viendo la vida pasar recostada sobre una silla pegada a la pared con la que comparte sus pequeñas grandes historias. Me contaba que había sido especial y que un artesano, su padre en definitiva, había dado curvas a su madera y calidez a sus notas. E incluso fue él quien le había bautizado con el nombre de Diamantina, por su transparente sonido y por su resistencia a las más duras condiciones. Su padre se llamaba Paco y vivía en Granada, tierra acunada por el romanticismo y el aroma a té. Allí, recuerda, su padre la acariciaba sacando de ella sus más dulces notas al resguardo de una pequeña tienda en la subida empedrada del Albaicí. Muchas personas disfrutaron de esa melodiosa banda sonora que se prestaba a los más dulces atardeceres de la mística ciudad y sus notas volaban hasta despertar la historia de los lugares más recónditos de la Alhambra. Fueron muy felices juntos, me contaba Diamantina. Hasta que un día, una de aquellas personas la compró y satisfizo el capricho de un joven de once años llamado Sebastián. El joven no tenía la habilidad para acariciar aquellas cuerdas ni la sensibilidad necesaria para sacar de su cuerpo dulces melodías, solamente un sonido desgarrador, mezcla de rabia y tristeza, emanaba de Diamantina. Su padre la había vendido sin pensarlo dos veces y, ahora, lejos de su hogar, no tenía fuerzas más que para llorar. Así estuvo durante más de dos años, tiempo durante el cual Sebastián fue capaz de mitigar aquellos melancólicos sonidos gracias a la dureza de las clases a las que su padre le había instigado a dar. Aún así, tras ese corto período de tiempo, el niño se hizo adolescente, entró en la pubertad y la cambió por una joven chica de cara redondita y con el acné rezumando en cada poro. Diamantina estuvo unos largos años olvidada en la más absoluta oscuridad de un trastero. Después Sebastián la volvió a visitar y pidiéndole perdón la volvió a acariciar, esperando que olvidara tamaña traición. Pero como suele suceder, tras unos meses volvió a las frías sombras del trastero. Allí estuvo algún tiempo indefinido, Diamantina perdió la cuenta de sus días de soledad, hasta que Sebastián le pidió un favor al que ella no se podía negar, que tocara la más bella melodía jamás compuesta para conquistar a una chica... entonces ocurrió lo inesperado, el colmo del mal amo, una vez desempeñada la faena y tras la negativa de la chica y una larga conversación póstuma a la melodía, Sebastián la dejó olvidada en el sofá de aquella casa, la de aquella que le rompiera el corazón, aunque sólo fuese por un día. Diamantina esperó y esperó, pero su amo nunca volvió a por ella... Después de aquel día pasó mucho tiempo sin que sus cuerdas fueran templadas ni su corazón avivado pero la chica se echó novio y el novio tenía un hermano, y el hermano del novio tenía afición a la música y además tocaba la guitarra, así que aquella chica al fin y al cabo salvó a Diamantina de una vida triste y desolada, dándole la oportunidad de volver a sentir aquellas maravillosas melodías de antaño en su propia piel de barniz de color caramelo. Fueron días muy felices, de muchas canciones al sol de la mañana y muchas sonatas nocturnas a la luz de una hoguera en la playa o un parque lleno de vida, de canciones improvisadas al compás de unas copas y unos cigarros, de tristezas melancólicas tras un desamor y alegres melodías ante un triunfo... sin duda Diamantina volvió a vivir y su historia se enriqueció considerablemente. Además, aquel nuevo amo era su amigo y su amante, con él descubrió el amor y ya nunca más se volvió a sentir sola, pues como buen amigo había otras como ella que le hacían compañía. Ella no se ponía celosa nunca, al fin y al cabo sabía que era su preferida, aquella que más había viajado con él, que más historias había compartido... fueron muchas historias las que siguieron, muchas anécdotas, buenas y malas. Hoy, Diamantina se encuentra en un rincón solitario sobre una silla apoyada en la pared, pero sabe que nunca está sola, que él siempre está con ella y de vez en cuando la acaricia y le transmite intensas emociones, ella sabe que aunque este en ese rincón siempre habrá otro rinconcito ocupado en el lugar de aquel con el que convive y con el que ha hecho más de media historia de su vida.
Por suerte, ese soy yo y de veras que hoy me emocioné escuchando estas palabras de esa vieja y melancólica guitarra, pues cuando uno empieza a escuchar... grandes historias se relatan, tan grandes como esta, en un día en el que aprecié que somos parte de una historia, de ciento y pico cada uno, somos parte de esa vida aparentemente inerte que nos rodea en forma de cositas inmóviles, a veces inútiles y otras no tanto, somos parte de muchas historias que se van escribiendo cada día, cada hora... a cada minuto que pasa, una nueva historia... a cada paso un relato sorprendente... somos parte de una historia, somos un complemento perfecto que adorna la historia de miles de objetos... y nosotros morimos, ellos nos ven morir...
En una noche en la que relucían las estrellas como ventanitas lejanas de edificios iluminados y la Luna sonreía tristemente, aquel parque se mostraba como una estancia cálida pero desierta debido a las altas horas de la avanzada madrugada. Entre el césped verde oscuro y juegos de niños, ostentaba majestuoso la parte central un centenario roble de ramas caídas y piel agrietada. Esa noche el viejo árbol emitió un crujido, un quejido que nadie oyó, y de él se desprendió una forma informe al principio, humana al desvincularse por completo del tronco. Un hombre permaneció entonces, desnudo, junto al roble, sorprendido por sí mismo, asombrado por tal suceso: su nacimiento. A la vista de cualquiera era un individuo de avanzada edad, diríase octogenario. Esa noche, como él mismo descubriría, empezaba la cuenta atrás.
En los primeros dos años de retroceso temporal, advirtió que, aquello que acontecía a su alrededor, al día siguiente aún no había pasado y que las personas que un día conocía aún estaban por conocer, pues para él caminaba hacía atrás el tiempo. Eso hacía de él un solitario y de su vida un callejón oscuro. Mas se dio cuenta además en los siguientes cinco años, que él no controlaba los sucesos que le atañían pues a la edad de setenta y cuatro años, una mujer anciana apareció a su lado y se encontró, sorprendido, en una casa en apariencia propia a cambio del frío lugar de acogida de hasta ahora. Pasaron los años y vio como cada día, aquella anciana mejoraba en salud y aspecto y dejaba atrás su reposo total en cama. Algunos días vio gente en aquella casa, niños y adultos, hijos y nietos según dedujo. Los años avanzaban y él se vio rejuvenecido y henchido de amor por aquella mujer, su esposa. Vio decrecer su edad, su familia, sus hijos y nietos hasta el vientre de sus madres. A la edad de veinte años volvió a verse solo y en otra casa, pero aún veía esporádicamente, casi a diario a aquella mujer. Aún vivía con sus padres y hermanos. A la edad de diecisiete aquella mujer era una niña y no la conocía aún. El hombre era ya niño y se vio jugando en el parque que le vio nacer setenta años atrás. Así, día tras día, hasta que dejó de hablar, de andar y luego de ver la luz, encerrado en un oscuro, cálido y acuoso lugar, se extinguió su memoria y, vista su vida, se alegró de volver a empezar.