Cuando el gran diluvio alcanzó tierras ecuatorianas provocando un terrible deceso en todo su vasto territorio, dos hermanos, opuestos en sexo, consiguieron encaramarse a la cima de una montaña que retaba a las aguas con sorna, creciendo hacia el cielo cada vez que la lluvia amenazaba con engullir aquel montículo térreo que mágicamente escapaba de su destino. Los hermanos contentos de sentirse a salvo encontraron una pequeña cueva en la que refugiarse del temporal y allí encamaron sus cuerpos en el duro suelo a la espera de sentirse libres de ocupar nuevamente las tierras que bajo el fondo ahora se encontraban. Sucedió que pronto los hermanos sintieron hambre y se lamentaban hurgando en los más insólitos rincones del poco espacio que la cima montañosa poseía. A los pocos días, la lluvia cesó, pero habría de pasar un tiempo hasta que la tierra hiciese menguar el nivel del agua y pudiesen volver. El hambre acechaba con más fuerza a cada día que pasaba. Una mañana la joven muchacha despertó a su hermano henchida de alegría y sobresaltada como nunca la hubiera visto antes.
- ¡Despierta! ¡Despierta! – Apremiaba a su hermano zarandeándolo del hombro, extrayéndolo a empujones del sueño en el que se mecía.
- ¿Qué pasa? Déjame dormir... es mejor que pensar en comer... – decía con los ojos entornados e intentando desprenderse de la algarabía que su hermana había organizado en poco tiempo.
- ¡Ven, ven! ¡Hay comida! – Fue decir esto y consiguió desvelar de inmediato a su hermano que ejecutó un salto digno de una gran rana.
- ¡No bromees! ¿Dónde, dónde? – Y siguió a su hermana mientras la boca se le llenaba de saliva.
Cuando entraron en aquella pequeña concavidad muy cerca de la cueva en donde se refugiaban, los ojos se les encendieron y no pudieron reprimir el abalanzarse desquiciados sobre la comida que habían encontrado perfectamente dispuesta sobre un mantel de hojas frescas repleto de frutas, carne, maíz y todos los alimentos que soñaran en sus días de hambruna. Se tiraron al suelo y empezaron a comer con ansia hasta que hubieron quedado empachados. Una vez plenarios, satisfechos, se miraron y empezaron a surgir las preguntas que no se hicieran anteriormente poseídos por el ansía de engullir. Quién o quiénes habían dispuesto aquellos alimentos allí constituía un gran misterio para ambos. Cada día desde aquel, encontraban la misma disposición de alimentos. Decidieron pues que necesitaban saber de su procedencia para profesar su agradecimiento a aquel que lo mereciese. Fue entonces que lo mejor para llegar a cumplir su plan debía ser esperar agazapados entre las sombras la llegada de los manjares. Su curiosidad no fue tardíamente resuelta y aquellos que les estaban alimentando y salvando de una muerte segura aparecieron por entre las nubes. Eran unos hermosos guacamayos disfrazados de hombres. Los muchachos sorprendidos salieron a su encuentro pero en lugar de dar muestras de agradecimiento, no hicieron otra cosa que burlarse del aspecto que sus salvadores ofrecían. Sus mazorrales risas hirieron profundamente a estos animales que con tan buen corazón intentaban ayudarles, así que éstos se llevaron la comida y decidieron no volver.
En ese mismo instante, los niños comprendieron lo perverso de su propia actuación y lo ingrato de su burla. Habían desdeñado a aquellos que les salvaran y su arrogancia y estupidez habían provocado el regreso de su agónica situación a la espera de la muerte por inanición. Estuvieron durante todo el día y toda la noche suplicando a voz en grito, clamando al cielo, miles de disculpas que se desprendían de sus gargantas como cuchillas. Se desgañitaron hasta casi perder la voz. Se arrodillaron y lloraron bajo el lamento de su ignorancia y crueldad. Los loros que hubieron escuchado los sollozos de los hermanos decidieron mostrarse compasivos y perdonarles, pues el amor todo lo puede. Volvieron pues a la cima y aceptaron sus disculpas.
En el tiempo que las aguas descendían hasta recuperar su cauce normal, los hermanos se hicieron grandes amigos de los guacamayos. Una vez llegado el momento de volver a sus cabañas allá abajo en el valle, los hermanos quisieron que una de las aves les acompañara y viviera con ellos, mas su sorpresa se hizo grata cuando al bajar la montaña se encontraron que los loros les siguieron y al llegar al valle se convirtieron en hermosos y alegres seres humanos.
Hoy aún hay ancianos que cuentan esta historia y la concluyen susurrando un secreto al oído de los jóvenes que acuden a escucharles. Como un siseo les desvelan que aquellos misteriosos loros fueron dioses de las antiguas selvas y que sus descendientes recibieron sus virtudes y poderes benéficos de generación en generación. Muchos recuerdan a sus abuelos contando esta historia una y otra vez con una amplia sonrisa y la mirada perdida en el infinito, como intentando recordar aquello que una eternidad atrás aconteciera. Algunos incluso se quedan boquiabiertos cuando, al crecer, se estremecen pensando en aquella pluma roja y verde que alguna vez encontraron bajo las sábanas de su anciano abuelo.
Cuan diferentes eran entre sí los hijos de la Noche. Quizá si Nix hubiese sabido el carácter de sus engendros habría meditado y aletargado el instante de su creación. Como dos polos opuestos, Hipnos y Tánato, no tenían más remedio que cogerse de la mano con cierta frecuencia, pues bien es sabido que la muerte y el sueño no son tan dispares al fin y al cabo, por mucho que les delate su intención para con los mortales. No era raro el día en el cual su madre, la Noche, tenía que desenzarzarlos de sus acaloradas discusiones filosóficas acerca de la vida, la muerte y el grado de ignorancia acerca de estos asuntos en el cual debían mantener a los humanos. Bajo un foliado árbol ambos hermanos pasaban el tiempo sumidos en la desidia, uno durmiendo y el otro acariciando animalitos que caían rendidos en otro sueño mucho más letal. No hubo de pasar mucho tiempo para que sus lazos de sangre fuesen cortados por el filo de la eterna disputa que entre ambos permanecía en estado latente.
Hipnos decidió construir un palacio en lo más profundo de una cueva en el lejano oeste donde el Sol jamás llegaba e inundaba los parajes con su luz. El ornato de su hogar era simple, pues su única ocupación consistía en dormir y disfrutar por siempre de la paz, la tranquilidad y el silencio que aquel lugar le regalaba. Solamente el río Lete verberaba con un tintineo suave, relajante y apaciguador sus más oscuras preocupaciones, siempre concernientes a su hermano Tánato. Evocaba entonces, empeñado en la tarea de conciliar el sueño, el murmullo de las lánguidas aguas del río del olvido mientras el aroma de las amapolas y las plantas narcóticas que brotaban en su orilla le colmaban de un estado placentero. Esta era la vida que Hipnos había elegido, lejos de la muerte... amargamente lejos de la noche... y a un tiempo tan cerca.
Tánato, por su parte, no era muy amigo del descanso y solamente se le veía recostado cuando tenía que coger la mano del moribundo y llevarlo al otro lado. Disfrutaba tremendamente ese momento en el cual arrebataba con un solo gesto la vida de aquellos afanados mortales. Muchas veces constituía un gran prodigio agarrar la esencia de aquel que no moría de anciano, se consideraba un gran amante de su don y un experto consabido de sus artes. Así, aunque el placer de visitar el lecho de muerte y arrastrar al señalado era inigualable, no disfrutaba menos cuando se lanzaba al vacío para acometer al suicida justo en el momento de su impacto contra el suelo. Una vida loca, si se podía llamar así, era la que ostentaba el dios de la Muerte. Muchas fueron las veces que Tánato se vio tentado de visitar a su hermano y prolongar su sueño hacia un no despertar eterno y letal, pero la venenosa idea de infiltrarse en los aposentos de su palacio y, más concretamente, en aquel lecho de ébano y plumas le repugnaba. Solamente las cortinas negras, pensaba Tánato, le otorgaban un cierto toque de distinción, de tenebrosidad y languidez. Más propio de su talante que del de Hipnos. Pronto esta tentación enraizó y empezó a crecer con fuerza, como si de un fuerte roble se tratase, al descubrir que una nueva generación había brotado de su somnoliento hermano, creando una curiosa descendencia. Tres fueron los hijos que Hipnos trajo al mundo en calidad de dioses, Iquelo, Fantaso y Morfeo.
A todos ellos quiso reclutar Tánato con gran afán, pues siendo parte de la familia le resultaba interesante tener un sobrino como discípulo. Un gran abanico de posibilidades se abría ante él, quizá pensando más en Fantaso o en Morfeo, pues ambos tenían ese toque necesario para dar un punto más artístico y creativo a su mortal dedicación. En vano intentó acercarse a ellos y pactar un acuerdo que beneficiase a ambas partes, pero los hermanos no dudaron en rechazar cualquier propuesta que de Tánato proviniera. Éste entonces montó en cólera y enfurecido bramó que aquella ofensa solamente quedaría saldada derramando la sangre de Hipnos. Asustados por lo poco salubre de aquella amenaza, Morfeo decidió entonces cuidar del letargo de su padre, procurándole la vigía que él mismo era imposible de confiarse.
Fue desde entonces que, a pesar de que Hipnos, como dios del Sueño, era capaz de dominar tanto a dioses como a mortales, Morfeo se ocupó de las ensoñaciones que la actividad de dormir favorecían, gobernando las historias que pasan por cada una de las mentes de todo el mundo en los momentos del sueño. Rara vez despista Morfeo su cuidado, si bien es cierto que, en ocasiones, nubla el recuerdo del durmiente que al despertar profiere una profunda sensación de desconcierto, ignorante de saber si acaso ha soñado. Otras veces, juguetón, fusiona con tanta fuerza ambos mundos, el onírico y el real, que hace dudar de aquello que conforma la propia existencia del soñador. Otras, intenta prevenir de ciertos acontecimientos a los más eruditos y les ofrece geniales ideas que por sí solas nunca podrían ver la luz. Pero sin duda, la mayoría de las veces, aún de forma leve, procura alertar de la presencia de su tío a los mortales y, adivinando sus pasos, les procura un poco más de tiempo antes de que Tánato venga a llevarles consigo para siempre.
El Nifleheim era el mundo más bajo, el del frío, el de las sempiternas tinieblas y, como en un cubículo, allí era donde Aurgelmir, el primer gigante de hielo del que procedieran todas las estirpes, moraba con murria. Su nacimiento de las gotas derretidas por el calor de las proximidades del Muspellheim, hicieron de él un hombre gélido y al tiempo con un interior ardiente, pero en él sólo veían al gran ser que reinaba en aquellas tierras.
Aurgelmir paseaba con frecuencia entre las tinieblas de su mundo, abatido y con cierto resquemor por la tristeza que se respiraba en cada uno de los rincones de aquel lugar. No con poca frecuencia, se acercaba a la fuente, a Hvergelmer y tentaba a Nidhug, la serpiente que habitaba en ella, con su inusitada presencia. La fuente estaba situada justo en el cenit del Nifleheim y de sus aguas o de alguno de los ríos o afluentes que de ellas se propagase, se suponía que había sido engendrado él. Todos le miraban con incomprensible admiración, ¿qué había hecho él más que nacer? Su aspecto era temible, su frialdad externa no era más que un caparazón que ocultaba el calor que latía en su pecho bajo la desazón de tener que verse recluido en un mundo al cual, sentía, no pertenecía. Nidhug le miraba desde el fondo de la fuente y, de vez en cuando, veía la pena en los ojos del gigante y asomaba la puntiaguda cabeza viperina para que este se aplacara acariciando la suave piel del reptil. Realmente esto apaciguaba su hastío al tiempo que a Nidhug le embargaba una gran fruición. Aurgelmir soñaba despierto, presa del aburrimiento y sus anhelos, con la apercepción infinita de su propio ser. Ansiaba desprenderse de aquella cárcel, su cuerpo y su mundo, y volar por entre sus rejas hacia la felicidad que allí le era vetada. Como estandarte del Nifleheim debía ser un hombre despiadado, cruel... y saciar con sangre ajena la sed que sus airados congéneres profesaban en todo momento. A veces lo hacía, no tenía más remedio, era su deber, pero otras... otras simplemente se escondía entre las montañas de nieve envenenada y pasaba horas recostado con la mirada perdida en el firmamento. Luego volvía untado con su propia sangre y aventuraba alguna falsa hazaña que acallase el tumulto y pudiese dar descanso al guerrero. Recordaba entonces los versos de los Eddas y entristecía más aún, pues los prejuicios le precedían allá donde iba. A veces los recitaba bien alto para acabar enjugándose los ojos con las manos, pequeñas lágrimas congeladas se estrellaban tintineando contra el suelo. Cantaba y cantaba con tristeza...
De Elivágar saltaron pútridas gotas;
Crecieron formando al gigante;
Provienen de allá nuestras gentes todas,
Por eso son siempre tan malas...
Aurgelmir consideraba injusto verse sometido a tales cadenas, a las letras que de él se cantaban con dureza y odio... pero nadie caía en la cuenta, nadie miraba más allá de su tosca apariencia y veía quien era en realidad. Nadie recordaba que cuando fue engendrado lo hizo siendo Ymir, el mellizo, y que su nombre cambió simplemente para ocultar su verdadera naturaleza. Su nombre originario no era fruto de la casualidad que recayese sobre su persona, ni mucho menos. Era mellizo del mal que envenenaba con su espuma las lindes del Nifleheim y también lo era de los límites demoníacos del Muspellheim que derretían las fronteras del reino congelado. Pero solamente Aurgelmir era conocedor de un gran secreto que había mantenido oculto desde que tuviese conciencia de la presión social que sobre él se ejercía. Como mellizo, había sido creado en el antagonismo, había adquirido la parte inversa de aquello que le rodeaba y no podía más que ocultarse bajo la forma que la divina creación le había otorgado. Tal era su desgracia, la de ser diferente y no poder gritarlo abiertamente, porque de buen grado sabía que era el único con tal talante. A veces sentía envidia de los demás, seguros de su condición maligna. Envidiaba su despreocupación constante, su malévola euforia. Aurgelmir sabía que nunca podría ser, nunca podría salir de aquel mundo. Si ponía un solo pie fuera del Nifleheim se derretiría al instante, pues ninguno de los otros mundos poseía las bajas temperaturas a las que estaban acostumbrados allí, solamente en algunas de las zonas del Midgard podría estar por cortos periodos de tiempo. Confinado entre aquellos muros de hielo a una eternidad de dolor y sufrimiento no podría más que acatar el papel que le tocaba y resignarse ante su vida inmisericorde. Quizá algún día, se planteaba como posibilidad, se descubriera ante aquellos que le veneraban y mostrase su verdadero rostro. Pero hoy... hoy seguiría paseando entre el hielo, visitando Hvergelmer, el caldero rugiente, y a Nidhug, su única cómplice. Seguiría apagando su lamento y fingiendo ser un hombre de hielo fuerte, cruel y despiadado. Lo seguiría haciendo, al menos, hasta que el calor de su corazón fuese tan intenso que derritiese esa estúpida coraza que llevaba a todas partes consigo y hacía de él algo que no era.
Antes de la creación del hombre sobre la faz de la tierra, existía un singular animal en Australia. Conocido como Platypus, poseía cualidades de todos los seres que hasta entonces allí habitaban. Su aspecto era parecido al de los mamíferos, pero ponía huevos como las aves y nadaba con agilidad igualable a la de los peces. El bellido animal era reflejo de una perfecta creación en total unión con la naturaleza y de lo que de ella procedía mansamente. Su candidez era reconocida a lo largo y ancho de las vastas tierras australianas y no era extraño verlo relajado ante las pequeñas lletas que brotaban aquí y allá. Se recreaba y maravillaba con los dones que el mundo ponía en su camino y disfrutaba viendo nacer y crecer la vida a su alrededor. Su creador, Biame, que era a su vez el creador de la Tierra y de todas las especies que en ella moraban, decidió hacer una clara distinción entre animales creando tres clanes distintos que habrían de ser reconocidos por sus específicas cualidades. Así estableció que existiría un clan liderado por el canguro y que contendría a los mamíferos y los reptiles; un clan liderado por el águila y que comprendería todas las aves incluyendo al avestruz, de dudosa reputación; y establecería un tercer clan que englobaría a los peces y especies sumergidas de los océanos y mares.
Esta distinción, al contrario de lo que Biame cabía esperar, llevó al enfrentamiento de los tres clanes, antes en equilibrio y armonía. El motivo de tal estrepitosa discusión no era otro que el de disputarse la ubicación del Platypus en uno u otro clan. El extremoso animal confuso ante tal algarabía, considerando lo estúpido de tal debate, no dudó en intermediar alegando que no era necesaria tal contienda, pues él se sentía dentro de todos los clanes por igual. Pero ellos insistían confirmándose unos y otros como un clan superior sobre el resto.
- Platypus... elige tú, ¿quiénes poseen la supremacía? – dijo el canguro.
- Eso habla... ¿verdad que somos nosotros? – apremiaba el águila.
- Pero yo... yo no quiero elegir – se proclamaba, claramente apurado por lo airado de la situación.
- Pero tienes que elegir... tienes que unirte a uno de nosotros... – decían al unísono unos pececillos desde un estanque.
Muy serio y harto ya de tal absurda situación, el Platypus lanzó un grito al aire y pidió silencio y calma. No fue necesaria una segunda llamada de atención, todos boquiabiertos, pues nunca habían visto tan enérgico al animal, se colocaron frente a él en piña a la espera de su locución. Antes de comenzar a hablar se podía apreciar como cada uno de los clanes se agrupaban y lanzaban miradas a sus oponentes cargadas de suspicacia.
- Os agradezco sinceramente vuestra demostración de cariño hacia mi – dijo dulcemente – pero habéis de saber que yo me siento pez, mamífero y ave a un tiempo y eso me impide elegir entre uno de vosotros. – Entonces se fue acercando a cada uno de los clanes y con calidez fue alabando las virtudes que cada uno de ellos poseía. Cuando concluyó, los animales avergonzados por su mezquina actuación se mostraron cabizbajos. – No debéis mostraros tristes amigos... ni superiores al resto, pues no sois mejores ni peores unos que otros, simplemente sois distintos y eso os hace únicos y bellos dentro de vuestro clan y fuera de él. – Fue entonces cuando prodigó un generoso y sabio consejo a aquellos que momentos antes se disputaran la supremacía y la posesión del Platypus. – Todos los seres de la Tierra, aunque distintos, son iguales a los ojos de Biame y deben permanecer unidos para que exista un equilibrio.
Entonces el júbilo brotó nuevamente y danzaron alrededor de aquel extraño animal como muestra de agradecimiento, pues habían comprendido las palabras que éste les regalara. Nunca más volverían a discutir acerca de algo tan banal, ahorrarían fuerzas para crear la armonía y equilibrio que siempre había existido y que siempre debería existir. Al menos hasta que Biame decidiera crear al hombre.
A media tarde, la analgesia del alma se produce tras otro sorbo de exquisito y oscuro mate, bebido con lentitud, diseccionando los recovecos insólitos de la hierba madre, analizando los matices de su sabor y aroma. Pedro solía tumbarse de medio lado en un mullido sofá al fondo del antro de Tomás. La languidez de las luces apenas hacían acto de presencia y se perdían entre los rincones, dando lumbre escasa a la tapicería y sus agujeros ennegrecidos por las chustas mal apagadas. Alguna telaraña se escondía en la esquina oriental con vistas a la barra y disfrutaba de la más absoluta seguridad, nadie movería un dedo por privar al pequeño arácnido del don de la vida, al contrario, daba al local un aspecto más hogareño. Era habitual convivir con pequeños insectos en aquella zona de matojo espeso, de verde frondoso pisando el traje de cola a la civilización desposada con la polución y la revolución industrial tecnológica. Pedro sólo sabía de tabaco, de plantarlo y fumarlo. Aunque a veces necesitara desconectar del trabajo adulterando la solanácea con algún condimento que él llamaba mágico, la plantación era su vida y no se imaginaba ni remotamente en tierras ajenas a aquellas. Era un hombre comprometido con su profesión, tanto que, con los años, había adquirido una sindactilia prodigiosa para liar aquel magnífico tabaco de aroma suave.
En las últimas semanas había acontecido algo que inquietaba de forma considerable a Pedro y en cierto modo suscitaba una señal de pronunciada alarma a la que el muchacho no podía hacer oídos sordos. Cada día impar desde hacía tres semanas, Pedro amanecía con la extraña sensación de no haber descansado lo suficiente y quejumbroso se acercaba al ventanal que daba a la plantación, acariciando perezoso su vientre y estirándose hasta casi tocar el techo de la casita en la cual vivía. Con una taza de leche de cabra fresquita se espabilaba y se vestía de faena. Cuando llegaba al lugar donde comenzaba la tarea de supervisión de las plantas, algo raro le acometía. Notaba plantas rotas, pisadas y, para su gran desdicha, algunas incluso habían desaparecido dejando un hueco irremplazable hasta la próxima vez que plantara. En tres semanas esto no había dejado de repetirse el día cinco, el siete, el nueve... siempre en días impares. Una noche decidió montar guardia para intentar echar el guante de improviso a aquel que tan burlonamente sustraía parte del pan que le alimentaba, pero no tardó en caer en brazos de Morfeo. A las seis de la mañana bien pasadas amaneció ladeado en la incómoda silla de madera vieja a las puertas de su casita y el ladrón, en un acto de chulería había arrancado un par de tallos de la hilera de plantas que se encontraban justo en frente de Pedro. Aquello desató su ira de forma inusual, pues era un hombre tranquilo, pacífico y de talante sosegado.
Una de esas noches en las que mal dormía, una voz sorprendentemente eufónica hizo que despertara y aún con los ojos entrecerrados se asomara a la ventana. Un lampo casi le tira de espaldas, su brillo cegador obligó a Pedro a cerrar los ojos con fuerza y cubrir su cara con el antebrazo. No daba crédito a lo que sucedía, un hombrecillo danzaba de aquí para allá entre las plantas de tabaco, rodeado de pajarillos, de los cuales provenía aquella dulce cadencia y que Pedro había confundido con una melódica voz. Sin duda los mitos a veces cobran vida y este parecía ser la resolución del misterio que tanto abrumaba a Pedro. Sin duda alguna se trataba de un Pombero, el duende más popular de Brasil y al tiempo el más escurridizo. Siempre lo creyó una leyenda de las que se cuentan alrededor de la hoguera entre amigos, o una anécdota del anciano del lugar que lo vio de niño... nunca habría creído en estas historias de no haberlo visto con sus propios ojos, allí delante, bailando y riendo, robando su tabaco.
Cuando Pedro reaccionó y borró la parálisis de su cuerpo, abrió la ventana y la cruzó de un salto aún descalzo y en calzoncillos como estaba. En un alarde de valentía profirió una bravata con un tono amenazante que alertó al Pombero, éste poseía el don de la invisibilidad, pero ante lo inesperado de verse sorprendido por aquel humano, con semejante indumentaria, no pudo más que salir corriendo a cuatro patas por toda la plantación. Pedro lo persiguió guiado por los pájaros que le seguían de cerca. El duende, que no tendría más de medio metro de altura y que gozaba de unas patas muy cortas y brazos muy largos, corría como un caballo desbocado sin norte, así acabó tropezando con la entrada de la casita de Pedro. Acorralado como se vio el duende, apuntado fríamente por el cañón de un fusil, arremetió contra la puerta colándose por el ojo de la cerradura. Cuando Pedro abrió la puerta, la casa de toque minimalista por necesidad, estaba completamente desordenada y la ventana que daba a la parte trasera abierta. El Pombero había escapado. Pedro jamás volvió a recibir la visita de este ser, al menos él así lo creía, pero no era inusual ver al muchacho aparecer desconcertado por el cuchitril de Tomás golpeándose la sien derecha con los dedos, al parecer para intentar recordar dónde diablos había dejado las llaves de casa o la petaca del tabaco. Y siempre, siempre, entraba al bar con el mismo talante, se acercaba a la barra y levantando la mano con aire distraído decía:
- Anda Tomás, pon un mate antes que el Pombero también me lo extravíe.
Un jardín repleto de hermosas y variadas flores era la estancia principal de la casa, con un pequeño estanque en el centro y un puentecito que lo cruzaba por encima permitiendo disfrutar del exquisito paisaje que ofrecían los peces de colores de diversos tamaños. A la derecha un diminuto santuario con el incienso siempre exhalando sus volutas de humo, acariciando las alturas y perdiéndose vaporosas en el cielo azul. El aroma a sándalo y flores silvestres creaba un entorno extremadamente apacible, sosegador. La pareja paseaba admirando la belleza que tanto trabajo les había supuesto a lo largo de felices años juntos y cuidaban aquel edén como si de su propio amor se tratase. Con delicados pulverizados de agua fresca, con mimos y cortecitos diminutos en una poda precisa y perfecta. Acariciaban con suavidad las hojas y susurraban dulces palabras a cada una de sus plantitas con una ternura infinita.
Igual que germinaran nuevas plantas tras la época de polinización, brotó del vientre de la mujer el más maravilloso de los regalos, un hijo. Bendecidos con este presente, ambos cuidaron del niño de igual manera que trataran a las plantas, educándole en la armonía de un jardín sin malas hierbas ni perversos sentimientos, solo bondad, generosidad y afecto por cada semilla de vida que entre el esplendor de aquel paraíso se viera reflejada. Creció fuerte y delicado, sensible a la belleza y amante de aquel arte que sus padres le inculcaran desde que tuviera uso de razón, antes incluso. Aquel trío familiar era el espejo de una vida plena, calma y feliz. Cada día lo celebraban entre risas y juegos inocentes. Ducho en el arte de la meditación, seguía a sus progenitores cada día hasta el santuario y colocaba una barrita de incienso, cada día se permitía un perfume diferente elaborado con los más finos aceites que algunas plantas le otorgaban plácidamente. Cada día, paseaba después a solas y se detenía apoyado en la débil barandilla del puente sobre el estanque y miraba divertido el continuo devenir de los peces.
Hubo un momento en que el muchacho comenzó a mirar con aire de tristeza aquella profundidad acuática, más allá de los peces de colores y su pensamiento se perdía en divagaciones sobre el futuro. Miraba entonces de reojo a sus adorables padres, ya ancianos, marchitos entre los floridos senderos del vergel, y pensaba que pronto habría de decirles adiós, pues no tardaría el día en que la muerte viniera a llevárselos consigo. Le habían enseñado que esta vida no era más que un camino de aprendizaje, que volverían para continuar con las enseñanzas que ahora dejaran pasar de largo y que volverían a reunirse con su amado hijo. Pero estas palabras no le consolaban, pues preveían una pérdida aún más cercana y sentía que estas palabras se hundían en su corazón al ser pronunciadas como preparatorio inminente de lo que vendría. No se sentía preparado para tan duro golpe, pero sabía que habría de asumirlo y aceptarlo, disfrutar de los días que le quedaran junto a sus amados padres. Así lo hizo, no sin pasar por alto las frecuentes escapadas que ahora, viendo ya de cerca el fin, acababan siempre en un llanto mudo, aumentando y salando las dulces aguas que bajo sus pies daban cobijo a aquella microfauna.
Uno de esos días, volvía de su paseo vespertino y no pudo más que sumirse en una angustiosa congoja al ver como sus ancianos padres decidían dejar esta vida. Con una sonrisa le dejaron verles partir, pues decían ya había llegado su hora y le encontraban preparado. Emitieron unos sabios consejos que se limitaban a recordar al joven todo lo que durante su vida le habían enseñado, a difuminar la pena y a cuidar de aquel precioso jardín en su ausencia. Ambos le pidieron ser recordados cada día en aquel espacio, sabiendo que estas palabras sobraban. Entonces enmudecieron con una sonrisa, plenos de acabar esta vida satisfechos de los frutos que se les había otorgado con generosidad. El muchacho hizo los honores pertinentes y dijo adiós a sus venerados progenitores.
Muchas noches pasaba en vela o atormentado por terribles pesadillas en las cuales veía a sus padres pudriéndose como plantas descuidadas. Entonces corría hacia el santuario y encendía un par de varillas de sándalo o jazmín. Así, pasaba el resto de la noche hasta que los cálidos tonos anaranjados del alba le bañaban el rostro que amanecía siempre con lágrimas de añoranza. Una de esas noches, su sueño fue inquieto pero no temible, pues veía aparecer a sus padres en forma de bellas mariposas que le alentaban a superar el trance y encauzar su vida hacía la felicidad que merecía. Aleteaban sobre las flores del jardín, sonriéndole con su divertido vuelo y sus alas plagadas de brillantes y llamativos colores. La mañana le despertó por primera vez en semanas en su propio lecho y las únicas lágrimas que corrían por su rostro eran de júbilo. Entonces se desperezó grácilmente y se dirigió alegre hacia el estanque. Saludó el día y agradeció los dones que la vida le había dado frente al santuario que ahora le recibía con renovada energía. Un susurro le llamó la atención y le hizo volverse repentinamente, sobre su cabeza aleteaban vivarachas un par de mariposas, con porte majestuoso revoloteaban de flor en flor, rodeándole en un divertido juego. Reconoció entonces en ellas a sus padres, de igual forma que se presentaran en sus sueños. Una sonrisa de gozo inundó la cara del muchacho y comenzó a reír hasta caer al suelo con las manos sobre el vientre, cuando se recupero enjugó sus lágrimas cargadas de emoción y dio gracias por aquel maravilloso regalo que el destino le había dado. Comprendió así el concepto de la rueda de la vida que le mentaran sus padres antes de morir. Entendió los entresijos que tras la reencarnación se ocultaban. Se supo conocedor de una gran verdad que antes se negara a escuchar y aceptar, la vida no acaba aquí, este solamente es un camino más y en él hay que caminar, aprender, enseñar... siempre queda una puerta abierta tras aquella que se cierra. La rueda de la vida nunca deja de girar.