Aún no sabía porqué demonios había ido a aquel país del que lo único que había conocido hasta entonces eran pedigüeños y timadores. Era un lugar recóndito, con una economía pobre y unas gentes de igual condición en su mayoría. Eso sí, todo era muy barato y los paisajes eran preciosos. Esta idea era algo que le consolaba, aunque no demasiado.
Cuando le pidieron que cubriera un reportaje en la alejada Rumanía con vistas a un proyecto más ambicioso, César no puso objeción alguna. Es más, se ofreció voluntario. Llevaba casi siete años trabajando en aquel periódico y la posibilidad de realizar algo de mayor envergadura le llenaba de esperanzas con respecto a un futuro prometedor. Ya iba siendo hora de tomar las riendas de una gran oportunidad como la que aquello representaba. Él mismo, por ahorro de la empresa, había decidido tomar las fotos que necesitase, que no serían demasiadas, las justas para adornar su artículo.
El motivo de que le mandaran a Rumanía no era otro que el de hablar de la zona a nivel turístico y ensalzar el misterio que envolvía a la región. No era un secreto que en aquel lugar se trataba con respeto a los muertos y, en ocasiones, se sabía de gitanas hechiceras que entablaban largas conversaciones con ellos. La primera impresión que tuvo al bajar del avión y adentrarse en la capital fue decepcionante. Esperaba ver las calles repletas de cíngaros dispuestos a leer el futuro o echar las cartas del Tarot en su versión particular. Pero no fue así. A cambio se dio de bruces con una ciudad llena de vida, áspera para los extranjeros y en constante movimiento. Los establecimientos que había no eran muy ostentosos, su humildad se veía en las fachadas y los carteles hechos a mano que anunciaban la oferta del día en carnes y otros alimentos. Los niños jugaban en mitad del asfalto con poca precaución, apartándose ante la venida de algún vehículo. Era el aspecto de una urbe vieja y desgastada. Si bien, no sabía si encontraría las leyendas que venía buscando, sabía que lo que veía sería una buena muestra para alimentar la imaginación de los lectores con un par de fotos.
Había cogido una pensión poco pretenciosa, buscado un guía que hablara su idioma y preparado un planning de los lugares sobre los cuales recaía su interés. Al principio, si bien la gente se mostraba cautelosa, con el paso de los días se afianzaron y amistaron con César. Hubo noches de risas y otras de sombríos secretos, pero siempre se mostraban muy recelosos a la hora de tratar las historias más oscuras. No confiaban, al fin y al cabo, en los extranjeros, por muy simpáticos que pudieran parecerles. Así que apenas saboreo las leyendas de siempre, las que tenían preparadas para los turistas y gente de fuera.
Tras tres semanas de estancia allí, la visita llegaba a su recta final. Había visitado el famoso castillo del vampiro más célebre de la historia y disfrutado de toda la parafernalia que lo envolvía. Una de los ingresos más sustanciosos venían de allí. Habían exprimido la ocurrencia de Bram Stoker hasta la última gota. A falta de dos días para tomar el avión de vuelta y exponer a su jefe el resultado de aquella aventura, César decidió tomarse sus últimos momentos para disfrutar del lugar y sus gentes y no para trabajar, ya no podía hurgar más de lo que ya lo había hecho. Dejó la libreta con todos sus apuntes junto al portátil en su habitación. La cámara se la llevaría para tomar algunas fotos a sus nuevos amigos. Luego, entre brindis y chorradas incoherentes, les prometería una copia cuando llegara a su país. Despidió a su guía y le liberó de su cometido con una buena propina y una invitación para disfrutar junto a él en la que sería su última noche de juerga. Puso una excusa que César no acabó de comprender y marchó sin volver la vista, dándole la espalda con una alzada del brazo.
Al caer la noche, lo primero que César hizo fue visitar el bar que había bajo su hotel. Allí bebió un par de copas y se le sumaron dos de los habituales para brindar y contarle una vez más las leyendas que, desde que estaba allí, había oído decenas de veces. Parecía que las tuvieran ensayadas y creyó reconocer frases y expresiones idénticas, era como un teatrillo callejero que cada uno de ellos representaba ante los extraños. Sin embargo, no le disgustó y agradeció el gesto invitando a una ronda. Lo siguiente que quería hacer era visitar la zona de marcha de la ciudad y los hombres le indicaron una discoteca oculta en unos edificios viejos de la zona este. Las indicaciones eran claras y no tuvo problemas en llegar.
Se encontró ante una puerta de metal, oxidada y sin más dibujo que el de un pequeño cuadradito en la parte superior. Llamó, tal y como le indicaron sus amigos rumanos, con tres golpecitos cortos y un largo al final. El cuadradito superior se abrió y pudo ver del otro lado unos ojos severos que le estudiaban. Al poco, la mirilla se cerró y se descorrió el cerrojo interior invitándole a pasar. El portero, que era quien le había observado receloso, le pidió el dinero de la entrada y le dejó pasar con cierto desagrado. Aquel hombre no tenía porqué disimular. El sonido de la música se advertía ya como un eco apagado al final del pasillo medio derruido. También comenzó a ver unos reflejos verdes y azules sobre la pared que anunciaban la ubicación exacta de la sala. Al entrar en ella se sorprendió de lo grande que era aquel espacio, desde fuera jamás lo hubiese imaginado. La barra estaba en mitad de la pista y tenía forma circular. En su interior, dos camareras bastante delgadas y guapas y un fornido hombre calvo, con bigote y el torso únicamente cubierto con una pajarita. Pidió una copa. Una de las camareras se acercó a él y depositó un papelito bajo el vaso al tiempo que le hacía un guiño sensual y provocador. Al levantar la copa pudo leer lo que ponía, era una dirección y una hora. Le sedujo la idea de una cita a ciegas con una de aquellas bellezas, aunque intuyó que la autora del mensaje era la misma que le había servido la mezcla.
Bebió un par más y se sintió bastante ebrio. Se metió entre la gente un rato, mientras hacia estómago para la siguiente. Cuando volvió a la barra, su camarera predilecta ya no estaba. Miró la nota y vio que quedaban diez minutos para la hora, así que salió de la discoteca dando tumbos y acabó en la calle buscando un taxi que le llevara a la dirección de la nota. Extrañamente, a pesar de que la calle estaba desierta, un taxi se detuvo ante él. Subió y dio el papelito al conductor. Éste asintió y condujo con paciencia mientras le decía algo que no entendía. No paró de hablar en todo el trayecto. Al llegar, César extendió un billete y bajó del vehículo sin esperar el cambio.
Estaba delante de una puerta muy similar a la del cuchitril donde se escondía la discoteca. Esperaba que aquello no fuese una broma de mal gusto. Cuando se disponía a llamar, la puerta se abrió y quedó con el puño golpeando el aire. Casi pierde el equilibrio, pero una mano femenina de tacto suave le agarró el brazo y tiró de él hacia dentro. Una vez allí, la mujer, aún entre tinieblas, lo apretó contra la pared y le besó con pasión. Se dejó llevar, al fin y al cabo, era su última noche allí. Mientras danzaban de una pared a otra, exigiendo el control de la situación, una tenue luz iluminó el rostro de la mujer y la reconoció. Era la camarera. Le sonrió y volvió a guiñarle un ojo, como hiciera horas antes. Entonces le enganchó de la camisa y tiró de él hacia unas escaleras que no había visto hasta entonces. Lo arrastró con ansia. El apenas se tenía en pie y tropezó un par de veces. A la muchacha le resultó gracioso y le ayudó. Era una casa solitaria. No sabía si habría alguien más allí. En aquel momento, no le importó. La chica abrió una puerta en el piso superior y lo lanzó adentro. Luego se abalanzó sobre él y cerró la puerta tras de sí. Sin duda, era una chica muy fogosa. Se besaron desenfrenadamente, sus ropas se desgarraron y volaron por toda la habitación. Del suelo pasaron a la cama y de la cama... luego nada. No tenía imágenes que sucedieran a aquel punto concreto. La escena se cortaba allí.
Lo siguiente que vio después de aquel arrebato fue el techo de la habitación de su hotel. Todo estaba tal y como lo había dejado antes de salir. Le dolía la cabeza y tenía la boca pastosa, tenía sed. Fue al lavabo y se lavó la cara. Al mirarse en el espejo descubrió que estaba bastante pálido. Se despedía de Rumanía con una resaca horrible. Forcejeó con sus sentidos un instante. Luego se miró y descubrió que tenía parte del atuendo hecho jirones. Sonrió para sí pensando en su gran última noche y se felicitó en silencio por la conquista. Marcharía de allí con aire triunfal. Se asomó por la ventana, aún era de noche. Después de darse una ducha y cambiarse de ropa, bajó a recepción, pero no había nadie. Miró en el bar. Estaba cerrado. Caminó por la calle unos metros, respirando el aire fresco de la mañana que no tardaría en llegar. Una mujer caminaba con unas bolsas y le vio. Jamás olvidaría el rostro de horror de aquélla, que dejó caer las bolsas y salió gritando en dirección contraria a la de él.
- ¡Strigoi! ¡Strigoi! ¡Strigoi! – bramaba agitando los brazos sobre su cabeza.
Aquello inquietó a César, pero más aún cuando vio al que fuera su guía caminando presuroso por la calle que se cruzaba al frente. Lo llamó.
- ¡Sebastian! – Éste se volvió y, al verle, también su cara se desfiguró. Pero al contrario que la mujer, Sebastian quedó paralizado.
- ¡Strigoi! ¡Strigoi! – Clamó también - ¡Aléjese de mí! ¡Aléjese de mí! ¡No le he hecho nada! ¡No...! – No terminó la frase. Echó a correr.
Era todo muy extraño. Decidió volver al hotel a recoger sus cosas. En la puerta de entrada habían dejado un fardo con unos periódicos, oteó la primera página por encima y vio la fecha. Se dijo que no podía ser. ¿Habían pasado tres días desde que se fuera de juerga? Tenía que haber cogido el vuelo dos días atrás. ¿Cómo le había sucedido aquello? No podía ser que hubiese estado tres días inconsciente. No podía haber perdido tres días de su vida. Y luego, aquella extraña situación en la que todo el mundo huía de él. Se dirigió hacia recepción con paso decidido. El recepcionista, con quien había entablado una buena relación a lo largo de las tres semanas que estuvo allí, le miró asustado y reculó hacia el casillero de las llaves.
- ¡Pero qué está pasando aquí? – Dijo César enfadado.
- ¡Strigoi!¡Strig...! – Decía tembloroso el empleado, como si no le reconociera.
- Sí, ya sé... – dijo condescendiente – Strigoi, strigoi... ¡pero que mierda es esa? – El recepcionista parecía reacio a responder y César le cogió de la pechera.
- ¡Es uno de ellos, está condenado, está maldito...! – El recepcionista consiguió zafarse y señaló el cuello de César antes de salir corriendo.
- ¡Pero qué...! – César se tocó el cuello y sintió los bultitos de dos picotazos. Al rozarlos sintió una punzada de dolor y un escozor insoportable. Instintivamente cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, la camarera estaba frente a él. Esta vez su expresión era seria.
- ¡Ven conmigo, César! – Le instó en un acento marcado.
- ¿Qué vaya contigo! ¡Qué me has hecho? ¿Ir a dónde! – Las preguntas se estrellaban unas contra otras, quería respuestas pero supo que no las obtendría en ese instante. Ella le acarició la cara y suavizó su rostro. Le cogió de la mano y él, una vez más, se dejó llevar.
Atravesaron las calles de la ciudad hasta las afueras. Era una zona que no conocía. La mayoría de las casas parecían más antiguas de lo habitual en la zona. La chica le condujo entonces por un pasillo estrecho que daba a una portezuela en una pared mohosa. Le invitó a pasar y lo hizo, no sin desconfiar. Estaba oscuro y ella le indicó que llevase cuidado con la escalera que bajaba. No había pasamanos así que iba apoyándose en las paredes laterales, húmedas y resbaladizas. Aquel lugar olía a rancio. Al llegar al piso de abajo, la chica encendió una débil luz y vio dónde se encontraban. Era un sótano tan grande como la discoteca en la que había estado la última vez, pero estaba repleto de ataúdes y un par de mesas de madera a un lado. Ella se acercó a una de las mesas y tomó un cuenco entre sus dos manos. Se lo ofreció a César.
- Bebe, - le dijo con suavidad y extraña ternura – te sentirás mejor.
- ¿Qué es esto? – miró el liquido bermellón y espeso del interior.
- Bebe – le repitió en idéntico tono.
Y bebió. En ese instante, aquel licor le supo delicioso y lo saboreó al tiempo que aplacaba su sed. Su organismo se restableció al instante y su resaca desapareció. César apuró hasta la última gota y pidió más. Ella tomó otro cuenco que había preparado y se lo ofreció. Lo acabó y sintió deseos de seguir bebiendo. No conseguía saciar su sed del todo. La chica, entonces, tomó una cuchilla y se la hundió sin remilgos en una de las muñecas. César se retiró hacia atrás horrorizado y al mismo tiempo seducido.
- ¡Qué haces? – Alzó la voz hacia ella.
- Has dicho que querías más. – Le ofreció la muñeca. – Aquí tienes más.
- ¡Qué...? – Pareció asustado.
- Lo que has bebido era sangre, - dijo tranquila – yo te ofrezco la mía.
Sin saber porqué, César se acercó y tomó la muñeca de la chica. Luego de llevarla hacia su boca, succionó con fuerza y sintió los gemidos de placer de la muchacha. Cuando quedó satisfecho ella le besó la boca manchada de sangre y él comprendió. Miró hacia los ataúdes que había dispuestos por toda la sala. Su vida anterior había concluido. Ahora era uno de ellos. La chica le pidió que le acompañara una vez más y le mostró un ataúd. Luego le miró con ternura.
- Este es el tuyo. – Señaló al féretro. – Yo estaré en aquel, cerca de ti. – Y remató la frase con algo que hizo que César tuviera conocimiento de muchas vidas pasadas que volvieron a él como un vertiginoso vendaval de ideas – Amor mío.
Ambos se introdujeron en sus respectivos lechos y dejaron caer la tapa lentamente. Mientras, en el exterior, el día llegaba y el Sol amanecía frustrado. Una vez más, ningún vampiro había perecido bajo sus poderosos rayos mortales. Un profundo sueño se apoderó de César. Sus últimos pensamientos antes de desvanecerse fueron dedicados al reportaje que nunca existiría. Ahora sabía la verdad de aquellas tierras, las leyendas que jamás le contaron ahora eran parte de él o él, acaso, era parte de ellas. Jamás volvería ya a su patria, porque su patria era ahora aquella. Ahora era una criatura de la noche. Ahora era un vampiro.
Esbjorn permanecía solitario tras su jarra de hidromiel. La taberna estaba repleta de guerreros prestos a la pronta lucha que se avecinaría. Vitoreaban el nombre de los dioses y aclamaban a Odín, suplicándole les diera la oportunidad de morir en combate para así pacer con él en el Valhalla. Esbjorn también se regocijaba con esta idea, pero lo hacía en silencio, apartado de la muchedumbre ebria.
Era un guerrero temible, de gran estatura y hercúleo. Una melena rubia trenzada caía sobre su espalda desnuda, llena de cicatrices, recuerdo de anteriores batallas. Se decía que pronto llegaría su momento de ascender junto a los grandes, de morar en el reino prometido para los que caen en la lucha. Mientras tanto, permanecía. Simplemente permanecía. Sin montar escándalo, sin golpear a sus compañeros, sin mediar palabra alguna. Su esposa había muerto años atrás durante el parto y el retoño que había engendrado marchó con su madre a causa de una alta fiebre que no superó al poco de nacer. Así que Esbjorn se encontraba solo. Dispuesto a dejar este mundo de un momento a otro. Sin embargo, bien sabía que jamás volvería al lado de su bebé y su esposa Frida, ellos habían perecido sin la gloria de los guerreros caídos. Estaban en un mundo inferior. Él podría yacer enfermo o, anciano, ver sus días agotarse. De ese modo se reuniría con sus seres queridos. Pero prefería la grandeza de caer en combate, los hombres siempre buscaban con ansia aquel final.
Un hombre, tan rudo como Esbjorn, se acercó a su mesa y la golpeó con una jarra rebosante de licor. Se pasó el hombro cubierto por la espesa barba y limpió la espuma que la bañaba. Miró a los ojos al héroe y balbució medio borracho unas palabras de aliento y júbilo.
- ¡Anímate Esbjorn! – Clamó - ¡Pronto estaremos en el Valhala! – Hizo una pausa y esbozó una media sonrisa - ¡Y ellos en el Infierno! – Se marchó riendo, no sin antes propinar un puñetazo en el hombro del solitario.
Quien conocía a Esbjorn sabía que se trataba de un hombre silencioso, de palabras precisas y actos certeros. Cada vez que desenvainaba su espada alguien iba a morir con total seguridad. El amanecer se acercaba y los guerreros aplacaron su sed de alcohol, pero no de sangre. Sin mediar horas de descanso antes de la batalla, se dirigieron a sus hogares para despedir a sus familias y armarse. Animaron a sus mujeres a un último achuchón y a sus hijos, quienes los tenían, aconsejaron llegar a ser fuertes adultos merecedores de un sitio privilegiado junto a los dioses. Esbjorn no se movió del sitio, estaba preparado antes incluso de comenzar a beber. Se ajustó el cinto y mesó su barba. Apuró la jarra y dejó atrás la taberna para reunirse con sus amigos.
El alba les recibió y ellos lanzaron vítores al aire. Sus rostros se llenaron de furia y decisión, de ansia y fortaleza. No parecía que apenas unos minutos antes hubiesen estado tan ebrios. Su deseo de blandir sus armas y hundirlas en la carne de los enemigos, les había despertado del trance etílico. Estaban en plena forma. Sabían beber.
Esbjorn se posicionó entre los primeros. Nadie se opuso. Si alguien debía morir con honor ese era Esbjorn. Lo merecía más que ninguno. Por desgracia, cada vez que se enfrentaban a sus enemigos, la espada de aquel hombre era más rápida que la de ellos y apenas conseguían imprimirle una leve herida. En pocas horas se encontraban en hilera aguardando a sus contrincantes. Aparecieron pronto tras una colina. Los escudriñaron y supieron que les superaban en número. Aquello les agradó. Frente a frente, los guerreros golpearon sus escudos con la empuñadura de sus espadas y hachas. Gritaron desafiantes al enemigo y ambos bandos corrieron al encuentro de sus oponentes. Sería una ofensiva gloriosa, sin duda.
Las espadas chirriaron al estrellarse unas con otras. Saltaron chispas aquí y allá. La sangre salpicó los cientos de cuerpos desnudos que se batían rugientes. Muchas cabezas se separaron de sus cuerpos, al igual que algunas extremidades, que caían en el terreno aún tensas. De vez en cuando, los gritos se alzaban de nuevo, provocando al enemigo. Esbjorn corría de un lado a otro, sajando torsos y mutilando con precisos cortes. Vio a muchos de sus compañeros caer ensangrentados. En ninguno de ellos vio una expresión de derrota, sino todo lo contrario, mostraban alegría y orgullo. Esta visión le daba fuerzas para atacar sin remilgos.
Entonces, en mitad del campo de batalla, la vio. Iba a lomos de un bello corcel. Supo al instante de quién se trataba. Nadie excepto él parecía advertir su presencia, era un buen augurio. Se apeó numerosas veces del caballo para besar a los moribundos, que al instante se restablecían. Aún no era su momento. Entonces volvían a batallar. Esbjorn se mantuvo quieto, cegado por la belleza de la amazona, por su porte y gracilidad. Aquella mujer semi desnuda portaba coraza, escudo, casco y lanza, nada más. Cuando se dio cuenta que el guerrero la estaba mirando ella asintió y le regaló una sonrisa pícara. Fue el instante en que una espada atravesó la espalda de Esbjorn y partió su columna con un fuerte chasquido. Luego de caer de rodillas frente a la mujer, otra hoja volvió a hundirse en su carne, esta vez por uno de los costados. Alcanzó su corazón y murió.
Gna, la valquiria, tomó entonces con orgullo el espíritu de Esbjorn y lo guió hacia la bóveda celeste, donde se encontraría con Odín y compartiría con él grandes placeres, bebería hidromiel de manos de las valquirias y sería agasajado por sus valientes hazañas. Mientras ascendía, pudo reconocer a algunos de sus compañeros caídos ascendiendo a pocos metros de él y de la mano de alguna otra bella mujer, a lomos de sus caballos. No había palabras para describir aquella escena. Gna le confesó que ella misma había suplicado a Odín le permitiera llevarle personalmente al Valhalla. Por regla general, las valquirias son damas vírgenes y libres del amor carnal, pero Esbjorn había suscitado en la amazona una gran pasión que no se sentía capaz de refrenar. Odín, ante las palabras de Gna, accedió a concederle el beneficio de la unión con un mortal, pero le puso como condición que aquel que se adentrara en ella había de ser un glorioso guerrero caído en batalla. No hubo réplica a las majestuosas palabras del dios, Esbjorn era el candidato ideal. Aún su mortalidad estuviese extinta. Sin duda era un acto atípico aquel al que se enfrentaba y, aún así, se sentía capaz de llevarlo a cabo con sumo placer. Mientras llegaban al reino de Odín, Gna habló con delicadeza al guerrero.
- Esbjorn – dijo sin mirarle – tienes el orgullo de desposarte conmigo y limpiar de mi cuerpo la virginal castidad. – Hizo una pausa para advertir la reacción del héroe – Odín bendice nuestra unión. No puedes objetar.
El guerrero contuvo su alegría. No sólo moraría en el Valhalla, sino que, además, se le había obsequiado con la grandeza de compartir sus días de eternidad en compañía de tan magnífica fémina. Las valquirias eran espíritus belicosos y de carácter fuerte, pero eso era algo que, más que preocupar a Esbjorn, le llenaba de orgullo y acrecentaba su pasión.
Llegaron a su destino y Gna invitó a Esbjorn a bajar de su caballo. Entonces Esbjorn quiso besar a su doncella guerrera y esta permaneció sumisa y entregada. En mitad de tanto gozo, Esbjorn tuvo la tentación de mirar hacia abajo y, desde allí, pudo ver el mundo inferior. No aquel en el que había fallecido atravesado por la afilada hoja, sino ese otro al cual iban a parar los muertos sin gloria ni honor. A través de una nube, pudo ver dos rostros mirando con tristeza hacia el cielo. Era Frida, su mujer, con el niño en brazos, señalando con aire triste hacia donde estaba Esbjorn. En ese momento les echó de menos y quiso descender para mostrarles su afecto. La nube se cerró delante de él y les perdió de vista. Ya era tarde para eso. Gna tiró de su mano, arrastrándole hacia el interior de aquel paraíso. Esbjorn volvió la cabeza por última vez para despedirse. Todo quedaba atrás para siempre. Quién fue ya no importaba. A quién amó tampoco. Ahora solamente interesaba saberse digno de lugar en el que se encontraba. Pronto vio llegar a sus compañeros y los saludó con ímpetu. Se jactaron de su fortuna y se perdieron entre canciones de victoria y grandeza. El Valhalla les esperaba.
William se había transformado en un hombre solitario desde el trágico suceso que desquebrajó su vida. En ese momento de desconsuelo, se sintió como un tronco partido en dos con un fuerte hachazo, dejada de la mano de Dios su alma en pena. Fue el comienzo de un triste final que le llevó a emigrar en soledad hacia las lindes de un lago. El lago que le vio crecer en tierras escocesas. Allí, en las inmediaciones, entre arroyos serpenteantes y árboles en masa, construyó su refugio. Se trataba de una pequeña casa de madera que reunía todo menos el baño en una sola estancia. Desde hacía diez años se identificaba como pescador de la zona a cualquiera que le preguntase. Era lo único a lo que respondía, su pasado había quedado enterrado para el mundo, que, desafortunadamente, no del todo para él.
Cada noche revivía lo sucedido años atrás. No había sido culpa de nadie, el destino lo quiso así. Sin embargo, Nana no lo soportó, buscó un culpable y sus lamentos recayeron sobre él. William acaba siendo el culpable de todas sus desgracias. Nana fue la débil de los dos y su marido la comprendía, aceptaba su debilidad hasta que fuese lo suficiente fuerte para aceptarlo y seguir adelante. Empezar de cero. Los dos. No se movía de casa. Muchos días, William la encontraba al volver del trabajo tal y como la había dejado al marchar, con la mirada perdida en la pared y una botella de whisky agarrada por el cuello, zarandeada con un ritmo lento y sugerente que no hablaba más que de dolor y sufrimiento. Cuando menos lo esperó, Nana decidió poner fin a todos sus males y se arrojó, borracha, sobre los raíles del tren a escasos cincuenta metros de casa. El silbido de la locomotora acercándose al cuerpo dormido de su esposa, sin saber cómo, le avisó del fatídico fin que le esperaba y acudió presto a rescatar a Nana de su embriaguez o, al menos, de la muerte que acechaba a poca distancia. La tomó en sus brazos justo a tiempo de ver como las ruedas férreas hacían añicos la botella vacía. Suspiró y se prometió que jamás dejaría que aquello volviese a suceder.
Y no sucedió. Nana, al fin, fue consciente del mal en el que estaba envuelta y decidió, por su propio pie y sin contar con William, internarse en un centro de rehabilitación. Allí recibió toda la ayuda psicológica que precisaba al tiempo que volvía, después de muchas botellas vacías, a la sobriedad. Consiguió aceptar la pena y desprenderse del lastre que llevaba arrastrando desde hacía mucho y salió adelante. William siempre estuvo allí, apoyándola hasta el final. No obstante, cuando Nana se recuperó del todo y salió del centro, decidió que era momento de marcar una raya en el suelo y no volver a cruzarla, sino seguir adelante desde aquel punto. Al otro lado de la marca estaba su marido. William quedó tremendamente afectado por la marcha de su esposa, ahora camino de ser ex. Muy cerca estuvo de hundirse en el fondo de una botella como lo hiciera Nana, pero aguantó con una fortaleza que no conocía en sí. Ella desapareció de su vida y no lo hizo sola. Se marchó a Londres con uno de los pacientes con quien compartía terapia de grupo. Con él tejió sus sueños futuros y emigró a una nueva vida en la que William solamente era un recordatorio de los malos tiempos. Nana no podía evitar ver el reflejo de la impotencia y la frustración en la figura de su marido, le recordaba tanto a él... y lo tuvo que dejar. William era un ancla para su vida y tenía que navegar. Él jamás lo entendería. No podía acompañarla.
Fue en ese instante cuando se perdió en el bosque para no tener que encontrarse jamás consigo mismo ni con nadie. Quería aislarse con su propia pena. O conseguía destruirla o ella acabaría con él, era un duelo a muerte, cara a cara. Llevaba diez años de batalla y aún no había dado un paso adelante. Se limitaba a quedarse en mitad de la naturaleza, oyendo el canto de los pájaros, las aguas estrellándose con las piedras corriente abajo o las ramas emitiendo sus quejidos al agitarse con la leve brisa. Cada día desde que terminó la casita, seguía una rutina irrompible. Aún el tiempo fuera inclemente. Amanecía con el día y partía algo de leña para la noche. Desayunaba frugalmente y se iba hacia el lago con sus aparejos a cuestas. Allí se sentaba y, con tranquilidad, lanzaba el sedal con un delicado movimiento de la caña. Entonces esperaba, no le pedía al lago más de lo que necesitaba para aquel día. Después de capturar un pez, recogía y volvía a casa. Luego se acercaba a la orilla del riachuelo más cercano y lavaba alguna prenda. Antes de volver, recogía agua y mataba dos pájaros de un tiro. Luego cocinaba el pez y lo comía a pellizcos junto al fuego. Y mientras la noche se acercaba para dar por finalizado un día más. Lo último que hacía William antes de meterse en la cama era pensar en él. En la causa de todo.
Una de los días, y para su sorpresa, el lago no quiso darle de comer. No había peces que se engancharan al cebo. Aquello desconcertó a William, acostumbrado durante diez años, día tras día, a recibir alimento sin falta. Fue que, empecinado en su tarea, sintió el crujido de un árbol tras él. Lo ignoró y siguió con su afán de conseguir dar pesca a algún ejemplar acuático. El ruido volvió a sonar a su espalda y esta vez no pudo repudiarlo, se asentó en él con el ánimo de la curiosidad incipiente y se levantó, dejando la caña apalancada en una roca, por si acaso y para no perder la oportunidad de una buena cena. Cuando estuvo frente al árbol del que procedía el ruido, ya no oyó nada. Y al instante, reverberó de nuevo tras el tronco de otro más alejado. Siguió el quejido de los árboles como si éste rebotara de uno a otro jugando con él. William llegó, finalmente, a uno en el que se detuvo por última vez y esperó. No hubo más ruidos. Entonces sintió el lloro de un bebé y su corazón se entristeció. Corrió en busca de aquel llanto, lo persiguió con anhelo hasta quedar exhausto de rodillas en mitad del bosque. Cerró los puños y los alzó con el rostro apretado de impotencia. Entonces los descargó con amargura sobre el terreno barroso. Se inclinó y él también lloró.
El gemido del bebé se acercó a él y no supo como reaccionar. William alzó la mirada persiguiendo aquel sonido en mitad de la nada que le rodeaba. Entornó los ojos y pudo ver entonces de dónde procedía. Era un neonato de apenas un par de días, flotando frente a él traslúcido. Le miró con ternura y una mezcla de tristeza y deseo. Pero no hablaba. Jamás había olvidado aquel rostro y no tardó en reconocer a su bebé. El origen de su final. Nana no pudo soportar la muerte de su recién nacido y culpó por ello mucho a William. Se dio a la bebida y finalmente, cuando lo superó, le abandonó para no ver en él el reflejo de lo que pudo ser y no fue. William se recluyó en su cabaña con la vívida imagen de su niño, su dulce niño. Esperaban que les diera infinitas alegrías, pero tan sólo les dio pesar en el alma. Ahora lo tenía frente a él. ¿Pero qué hacía allí? Y recordó. Recordó las historias de su abuela acerca de los tarans, los bebés que mueren sin llegar a ser bautizados y quedan atrapados en una especie de limbo. Vagaban con el alma en pena hasta que una persona caritativa hiciese algo por ellos. En este caso, la aparición no podía haber sido más oportuna. Padre e hijo se reencontraban con una finalidad, con un destino por cumplir. William se acercó al niño para intentar tocar su mejilla. Al hacerlo sintió el frío de su piel vaporosa. Se miraron añorándose y regalándose una triste sonrisa amorosa. William se irguió con orgullo y tomó el crucifijo que llevaba al pecho. Lo puso delante del taran y recitó.
- ¡Anthony, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, yo te bautizo! – Clamó con la cruz alzada en dirección al bebé.
El taran sonrió con alegría a su salvador, el que iba a ser su padre en este mundo. Con el rostro lleno de júbilo se evaporó, desapareció para siempre. Y con él se llevó la pena que alimentaba el corazón de William, que aún lloraba de emoción y había caído de nuevo arrodillado frente a un árbol. Aquel espíritu estaba atrapado y, como su abuela le había dicho, si quería liberar a un taran de su prisión, debía bautizarlo y facilitarle el camino hacia el Creador. El hombre escuchó un chapoteo a lo lejos. Se levantó del terreno lodoso y se acercó a lago. Un pez trataba de zafarse del anzuelo y la caña se mostraba tensa. La tomó y sacó el pez. Entonces, muy al contrario de lo que hacía habitualmente, extrajo el anzuelo de su carne y lo devolvió al agua. Ya era hora de volver al hogar... a su auténtico hogar. Y la cabaña de madera permaneció olvidada a la espera de otra alma en pena que buscara purgar los males de su pasado.
La noche se presentaba larga en aquel frío hospital, devorador de almas accidentadas, de avejentadas carcasas que pronto dejarían de ser útiles para siempre y se convertirían en pasto de gusanos o incienso de crematorio. Tomás había recibido la noticia tan sólo unas horas antes y, ahora, aguardaba abrumado por la ansiedad las noticias que de su buena amiga Maite le profirieran médicos y cirujanos. Cuando el muchacho llegó al mostrador de información, pensó que le dirían que su amiga había muerto pues el altercado en el cual se había visto envuelta Maite, la víctima, era de gravedad indiscutible. Las calles se sabían llenas de delincuencia, abrumadas por paliar el hambre de indigentes, vagabundos y gente sin escrúpulos, había surgido una especie de guerrilla que alistaba a unos, maltrataba hasta la muerte a otros y se valía de las malas artes de los últimos, para tomar la urbe bajo su poder, alimentando el yugo del resto, asalariados de pocos recursos que malvivían buenamente sin una mala intención más que la de conseguir sacar adelante una familia con el sudor de su frente y el ajuste de su bolsillo. La situación que envolvía la ciudad, igual que la del resto de grandes urbes españolas, había hecho mella en el corazón de Tomás empujándole a tomar una opción de fe que le llevaría al seminario para aprender los entresijos del alma humana y así ayudar al prójimo con las enseñanzas que dos mil años atrás un hombre trajera de forma milagrosa al mundo, bajo la sombra de un sufrimiento que evitaría de la condena al resto de la humanidad. Ahora, apostado en el mostrador de la entrada del hospital no esperaba más que una mala noticia. Maite había sido violada y severamente maltratada, apuñalada y vejada. Rezó por ella durante todo el trayecto, aguantando el olor a naftalina del taxi que le trajo y la verborrea incesante de su resabiado conductor. Ahora le decían que seguía viva, en estado grave pero viva. Llevaba apenas una media hora en el quirófano, donde intentaban recomponer parte de lo que ella fuera. Su exterior quedaría posiblemente marcado por las cicatrices de la agresión, pero su alma, sabía Tomás, tardaría en curar y el proceso sería lento y doloroso, recomponer los desgarros del alma era una tarea complicada. Él venía dispuesto a ayudar a que ese proceso fuese lo menos sufrido posible.
Una vez le hubieron informado de la situación, estuvo esperando buenas nuevas en una diminuta sala de espera, sin familiares... Maite hacía tiempo que los había perdido. Unas horas más tarde un médico ataviado con una bata verde y un gorrito del mismo color coronando su alopecia incipiente le informó de lo exitoso de la operación, la subirían a planta pero no podía recibir visitas, estaría en observación durante toda la noche. Le ofrecieron no obstante, ocupar una pequeña sala para su descanso mientras aguardaba la mañana y las nuevas noticias acerca de su amiga. Tomás agradeció el gesto y se dejó conducir hacia la tercera planta. Le dieron unas mantas y una toalla, le desearon las buenas noches y lo dejaron allí, sentado sobre la camilla con los pies colgando y la cara descompuesta de preocupación. No podría pegar ojo, pero lo intentaría para recibir con buena cara el despertar de su amiga malherida. No se desvistió, dejó la chaqueta sobre el respaldo de un diminuto taburete y se descalzó. Colocó las mantas sobre el lecho y se acurrucó bajo ellas, justo después de apagar la luz. Por debajo de la puerta de la habitación se veía una rendija de luz proveniente del pasillo, alguna sombra cruzaba de un lado a otro eventualmente, cada vez con menos frecuencia, al igual que las voces que se fueron perdiendo entre los ecos del minutero de su reloj. A las dos horas el silencio se adueñó del lugar, un sonido inexistente se paseaba dejando tras de sí crujidos y ruiditos de muebles, grifos goteando y algún que otro alarido en mitad de la noche. Todo leve, muy leve.
Encontrándose en ese estado de duermevela previo al sueño, Tomás advirtió una sombra tras la puerta de la habitación. Unos instantes después, una joven muchacha atravesaba el umbral adentrándose en la tenue penumbra de la sala. Llevaba el pelo largo, lacio, sobre los hombros, de color caramelo. Su tez blanca hacía resaltar dos espléndidos ojos azules de una profundidad abisal. Sus labios, carnosos y rojos, refulgían sobre la cara con una sensual mueca de deseo. Se acercaba delicadamente, sinuosa como serpiente hacia el lecho en el que simulaba dormir Tomás. La puerta se cerró tras la muchacha. Antes de hacerlo, el joven seminarista advirtió que la joven iba apenas vestida con una de esas batas de hospital que usaban los pacientes, abierta por la espalda. Tomás no supo si levantarse para prestar ayuda, en caso que fuera una enferma confusa y despistada, o quedarse inmóvil a la espera de acontecimientos. Fue esto último lo que decidió, dejaría deambular a la muchacha hasta que descubriera su equívoco y volviera por donde había venido. Para su sorpresa la joven, de belleza suprema, se acercó más aún hasta donde él se encontraba y acercó su espléndida cara al rostro del muchacho. Al sentir su aliento, una pequeña punzada le oprimió la entrepierna y sintió el leve brote de una erección. La alerta se desató con cautela en su interior, recordando la lujuria vetada que debía en señal de su compromiso. Intentó evadir el deseo que se dibujaba en su pantalón recordando los motivos que le habían llevado hasta allí, a su amiga moribunda. La muchacha se acercó más a él y pudo observar como el camisón se abría holgadamente por la pechera dejando a la vista dos turgentes pechos de pezones rosados, pequeños y puntiagudos. Cuando se creía al borde del abismo, la muchacha se volvió y quedó su trasero a la altura del apretado rostro de Tomás. De aspecto firme y redondeces sublimes, quedaba parcialmente descubierto sin ropa interior, apuntando el cenit de aquel esbelto cuerpo. El muchacho pudo ver con precisión el sexo de la joven dibujándose como un jugoso fruto apretujado entre dos largas piernas de fina envergadura. Intentando desviar la mirada del trasero y las mieles ocultas, subió la vista siguiendo la espalda sobre la que descansaba la melena de la chica. Entonces advirtió que una mano tiraba del lazo que unía el camisón por su extremo superior y este se deslizaba lentamente a través de las sinuosas curvas de la joven que ahora se encontraba desnuda, mirando hacia la puerta, de espaldas al erecto Tomás.
Aquella era una prueba de su fe contra la tentación, lo sabía, pero mil locuras se pasaron en aquel momento por su mente y el recuerdo del seminario y de su amiga Maite se evaporaron por momentos, desvanecidos entre la bruma del deseo que evocaba aquel cuerpo desnudo. La fémina se dio lentamente la vuelta y se sentó sobre la cama. De espaldas aún, echó su mano derecha hacia atrás y palpó el miembro de Tomás sobre las mantas, tieso como un palo, cargado de onanismo frustrado y otros placeres mundanos. Tomás, inmóvil, sorprendido por aquella situación, no supo más que jadear nerviosamente, aturdido y confuso. La muchacha se giró de medio lado aún con la mano en la entrepierna del chico y sonrió con lujuriosa mirada, humedeció sus labios y lentamente tiró de las mantas que cubrían el palpitante cuerpo de Tomás, dejándolas sobre el frío suelo, arrugadas y aún calientes. Entonces agarró de nuevo su miembro y, sobre el pantalón, empezó a frotar arriba y abajo, sintiendo la fuerza viril de un hombre cohibido. Con su mano izquierda, la joven agarró la zurda de Tomás, de cúbito supino, y la dirigió con lentitud hacia sus pechos, la apretó contra uno de ellos y guió al chico para que frotase la mamas y acariciases sus también erectos pezones. Luego volvió a guiar su mano hacia los labios, donde humedeció su dedo corazón con la lengua y lo enterró entre sus piernas, ayudándole a introducirse lentamente al principio y con furia más tarde en lo más profundo de su sexo femenino. Escondido su dedo por entre el vello áspero y rizado de la chica, Tomás empezó a experimentar una tensión brutal bajo el vientre y se descubrió con el pene fuera, firmemente agarrado por la mano de la joven que seguía subiendo y bajando con suavidad, gimiendo al sentirse digitalmente penetrada. En un súbito movimiento se giró y con ambas manos tiró con fuerza de los pantalones del chico, dejándolos comprimidos a la altura de los tobillos. Como una gatita, se acerco maullando hasta el falo y lo lamió con delicadeza. Bañó en saliva todo el tronco y los testículos, una y otra vez, hasta que se detuvo en el glande haciendo círculos a su alrededor con la lengua mientras miraba ávidamente al muchacho que le encontró la mirada sumido en el éxtasis. Entonces desapareció el miembro en la boca de la chica que subía y bajaba rítmicamente. Tomás no pudo evitar acariciar sus nalgas, escurriendo los dedos por entre sus labios húmedos. Ella succionaba cada vez con más fuerza su sexo, generando un placer insólito en el joven seminarista. La chica comenzó a moverse estratégicamente entonces, dejando la cara de Tomás hundida entre sus piernas. Mientras engullía el miembro de Tomás, acercó su zona púbica al rostro del chico, que no tuvo otra opción que la de hundir su lengua hasta donde pudo. Una vez dentro la agitó y movió arriba y abajo, de un lado a otro, haciendo círculos y disfrutando del sabor agridulce de sus carnosos labios, golpeando con la punta de la lengua su clítoris. Cuanto más énfasis ponía él, más frenesí mostraba ella. Como un toma y daca, ambos se sincronizaron y el ritmo fue creciendo en intensidad, antes de que Tomás pudiera darse cuenta, su semen estaba siendo succionado hasta la última gota tras la explosión del placer de su eyaculación. Descansó su lengua para concentrarse en el éxtasis. Ella dejó su miembro inmaculado y se dio la vuelta relamiéndose. Pronto despertó de nuevo en erección y esta vez, sonriendo con malicia, la chica lo agarró elevando su trasero unos centímetros por encima de Tomás y lo posicionó en el punto exacto. Entonces se sentó sobre el pene del chico que la penetró certeramente. Sintió la tibieza de los dos sexos unidos, la calidez del abrigo de su vagina, el roce descomunal de sus labios apretando su falo. Empezó una cabalgada de placer una vez más, ella se echó hacia delante, apuntando con sus pezones directamente a la cara de Tomás, que no dudó en acercar la lengua a uno de sus pezones y atraerlo hacia sí para besarlo y mordisquearlo. Lo hizo varias veces, mientras el pecho se escapaba de su boca entre el vaivén continuado de la chica, trotando sobre él. En una de esas embestidas, ella le cogió ambas manos, aprisionándolas contra el respaldo. Cabalgó sobre él, sin tregua. Dentro... fuera... dentro... fuera... Tomás casi perdía el sentido ante tanto gozo, se mordía los labios reprimiendo cualquier grito o gemido que pudiese escapársele. Ella se ocupó de todo, subía y bajaba, gemía con pasión, con lujuria impresa en cada movimiento. Sentía el sonido del flujo seminal del roce de sus genitales, lo sentía sumido en una tensión placentera. Tomás preveía la venida de otra explosión, intentó reprimirla pero fue inútil, el semen inundó el interior de la muchacha. Él con los ojos vueltos sobre si y las manos por encima de su cabeza. Sudando y jadeando. Ella... ella había desaparecido. No había nadie en la habitación excepto él, medio desnudo, con el pene languideciendo poco a poco, avergonzado, sometido a la tentación... el eco de una risa retumbó en la estancia, perdiéndose entre las paredes... Tomás supo entonces que había sido seducido por un ser inmundo, del mismo talante que lo fuera aquel que sedujera a tantos hombres santos y devotos a lo largo de la historia. Se había dejado llevar por los efluvios carnales y había perdido la conciencia de sus actos. Sometido a los encantos diabólicos de un súcubo había satisfecho sus más perversas intenciones, embelesar los instintos de un siervo de Dios, privándole de su devoción, de su fe, de todo...
Tomás abandonó aquel hospital un mes antes que el seminario. Abrumado por las circunstancias, por haber sucumbido a los pecados de la carne y dejarse llevar por el deseo, dejó las enseñanzas espirituales por un trabajo más o menos estable que le permitiese vivir una vida apacible lejos de todo. Durante mucho tiempo recibió la visita nocturna de aquella diabólica amante. Fueron muchas las noches en que Tomás hubo de recurrir a la fe para evitar ser poseído por aquel espíritu inmundo, la mayoría de ellas en vano. La desgracia que había caído sobre él le estaba consumiendo las entrañas, ojeroso se arrastraba por los rincones del mundo, pálido y delgado en extremo acabó faltando al trabajo, a las visitas a su amiga Maite parcialmente recuperada y la iglesia del barrio, donde se veía como un intruso por haber mancillado su propia fe. Cuando creía iba a exhalar su último aliento, Tomás se arrodilló sobre su lecho clamando a Dios Padre Todopoderoso, las lágrimas brotando tímidamente por entre las cuencas de sus ojos le salaban los labios. Un grito estremecedor se oyó ahuecado por los muros de su habitación, se supo a salvo del súcubo y la paz le sobrevino justo en el último momento.
Si hubiese sido una niña y no una mujer como era, su miedo a la oscuridad no sería tan irracional. Sena, llamada así en honor al río francés, tenía treinta y tantos, no pasaba jamás de ahí, aunque estuviese más próxima a los cuarenta que a los treinta. Envejecer no le gustaba y pensaba que la oscuridad absorbía su vitalidad para llevarla derecha a una irremisible y prematura ancianidad. Así, dormía siempre con la luz encendida. Se había casado dos veces y no se podría decir que sus ex maridos la dejaran por esta manía, pero era algo que ninguno de los dos soportaba demasiado bien y tuvo su peso a la hora de tomar sendas decisiones. A Sena no le importaba, aquello era algo por lo que no pensaba discutir con nadie.
Sus facturas eran astronómicas. No le preocupaba. Temía más otras cosas que pagar más por tener las luces de su casa constantemente encendidas. Jamás atravesaba una habitación, aún el Sol inundase la estancia con plenitud, sin encender una luz antes de apagar otra. Era como una carrera de relevos en la cual ella era el testigo que pasaba de interruptor a interruptor. Algunos habrían catalogado su manía como un trastorno obsesivo compulsivo, pero había mucho más que lo que a simple vista se veía. Ella no lo sabía a ciencia cierta, pero lo creía firmemente y prefería no ponerse a prueba.
Su primera revelación que confirmaba sus temores sucedió en mitad de una noche tormentosa. Comenzó a titilar la bombilla de la lámpara sobre su cama, luego, con un chasquido sordo, simplemente se apagó. Sin moverse de la cama se arrodilló en dirección al interruptor de la lamparita de noche y lo presionó repetidas veces sin resultado. Comenzó a temblar y se tapó con la manta hasta los ojos. Sintió el enfriamiento de la estancia y una sensación desagradable le recorría la espalda y ponía el vello de sus brazos de punta. En mitad de aquella paranoia, creyó ver como las sombras de su habitación se deformaban cobrando formas inhumanas, intentando acercarse con unas simuladas garras que se reflejaban en las paredes. Gritó, pero las sombras se acercaban a ella y sintió como perdía fuerzas, como su vitalidad menguaba a cada paso de esos seres, sin duda, un producto de su atormentada imaginación, alimentado por el miedo a la oscuridad que apenas le permitía hablar ni moverse. Cuando una de las criaturas estaba ya a los pies de su cama, la luz volvió con la misma rapidez con la que se había ido. Suspiró aliviada y se abrazó a la almohada con fuerza. Sena no pudo volver a conciliar el sueño, temiendo un despiste por su parte que diera ventaja a los maléficos seres.
Al día siguiente, cuando se levantó, el día aún estaba gris y las nubes amenazaban con lluvia y tormenta. Antes de ir al trabajo pensó que no sería mala idea comprar algún tipo de alternador portátil y, tal vez, unas cuantas linternas más potentes de lo habitual. Algo parecido a los focos que tenía en el porche de su casa para iluminar la entrada al garaje. Así lo hizo y se agenció media docena. Lo del alternador tendría que esperar, no habían existencias en la ferretería a la que fue y hubo que pedirlo al distribuidor. El mismo dependiente se había ofrecido para llevarlo a su casa y preparar la instalación, así que le tomó los datos y dejó que se marchara. Se acabaron los apagones, se dijo.
Pero las cosas no son tan simples como puedan parecer. Sena vivió la noche con suma intensidad, desvelada y atormentada por la posibilidad de quedarse nuevamente a oscuras. Se agarró a una linterna cuando se fue a la cama y la estrujó con fuerza sobre el pecho. Las otras las tenía colocadas estratégicamente bajo la cama, en el armario de su derecha y un par en el umbral de la entrada al cuarto. Lo temido no se hizo esperar y a eso de las cuatro de la madrugada, la luz se deshizo en sombras. El miedo paralizó a la mujer y no pudo reaccionar. Cuando lo hizo, la primera de las sombras ya estaba a menos de tres metros de ella. Quiso gritar, pero en lugar de eso, respiró hondo y lanzó un bramido en dirección a la nada, donde se suponía estaba la avanzadilla de criaturas nocturnas.
- ¿Qué queréis de mí!¡Dejadme en paz!¡Dejadme en paz! – Su voz se fue perdiendo en un susurro casi inaudible que dio paso al sollozo y luego al llanto desconsolado. El miedo le atenazaba el pecho y no era capaz de realizar el más leve movimiento. No esperaba, sin embargo, respuesta, pero la obtuvo.
- Vida... vida... – oía que decían mientras se acercaban. Eran voces sibilinas, maliciosas y ansiosas por arrebatarle lo único que le pertenecía.
Sena entonces recordó que tenía una poderosa linterna apretada contra el pecho y buscó a tientas el conmutador para accionarla. Lo pulsó una vez, luego otra y, después, comenzó a agitarla insistentemente. Durante ese proceso, su tensión y terror habían ido aumentando exponencialmente y se sentía acongojada.
- ¿Qué mierda le pasa a esto! – Lloraba y golpeaba la linterna - ¿Por qué no funciona! ¡Vamos, funciona, funciona! – Decía indignada.
La lanzó contra la pared y se volvió alargando el brazo bajo la cama. Aferró otra linterna al momento. Probó y comprobó que ésta tampoco encendía. Las sombras se acercaban pidiendo vida. No se atrevió a ir al armario ni a levantarse hacia la puerta. Sabía que si no lo hacía estaba perdida. Confiaba en que la luz volviera a tiempo, igual que el día anterior. Se salvaría. Tenía fe. La horda fantasmal estaba de nuevo a los pies de su cama. Pensó que la noche pasada fue aquel el instante en el que regresó su salvación. Pero ese momento no llegó ahora. Treparon por su cama. Notó la presión suave de unos cuerpos vaporosos apoyándose en su lecho. Podía sentir cómo se acercaban sinuosamente. Cerró los ojos y apretó los dientes. Estaba muy asustada. Después de aquello, las sombras no esperaron más y se abalanzaron sobre Sena, llenándola de frío y horror, extinguiendo su vida que se despidió con el adiós de un infartado corazón. No pudo resistirlo. Pero no fueron las sombras en verdad quienes acabaron con su existencia. Ellas propiciaron su muerte, por ellas se paró su corazón, pero fue el miedo quien se la llevó. El miedo y caer en la cuenta, justo en el último aliento, que había olvidado comprar unas simples y tristes pilas.
Ya al comienzo de los tiempos existía una delimitación entre los elementos. Pero fueron los antiguos filósofos griegos quienes la dispusieron de forma abierta para conocimiento de todas las gentes con afán de sabiduría. Igualmente, en cada uno de esos elementos, se ubicó una criatura que nacía, vivía y moría de él. Las nereidas partieron del agua; los silfos del aire; los gnomos de la tierra; y del fuego, las salamandras.
En tiempos remotos, el ser humano se buscó la enemistad de estas últimas sin ellos saber siquiera de su existencia. Fue que Prometeo mostró el fuego al hombre y ahí le negó su visión del mundo feérico. Por eso las salamandras, las criaturas que nacen y se alimentan del fuego, apenas se muestran al ojo humano y, si lo hacen, aquél que las ve puede sentirse afortunado por tal deferencia, pues únicamente se aparecen a los mortales para otorgarles sabiduría y fortaleza de espíritu.
Los medios a través de los cuales alguien puede llegar a ver a cualquiera de estos seres feéricos, son inescrutables. Nadie conoce cómo ni porqué regalan su imagen a un simple mortal. Pero, los pocos que la han disfrutado, gozaron después de una plenitud interior que muchos han envidiado a lo largo de los siglos. Algunos eruditos de las letras o las ciencias han mantenido oculto su contacto con la salamandra. Otros jamás se escondieron de confirmar su hallazgo en mitad de una hoguera o mientras las llamas de la chimenea crepitaban con fuerza contra las paredes. Por supuesto, sus nombres no serán desvelados aquí. Ellos ya se descubrieron entonces y, ahora, no importan. Sólo Zed importa.
Zed era tan sólo un niño cuando vio la cara de la injusticia por primera vez. Estaba en casa, una chabola de chamizo y barro que apenas se mantenía, a las afueras de la gran urbe, la civilización industrializada. Él, como el resto de sus hermanos, no conocieron más de lo que les rodeaba. Sus padres eran pobres antes que Zed supiera identificar el concepto mismo de pobreza, antes que pudiera comparar entre lo que ellos tenían y lo que otros, lejos de allí, disfrutaban. Aquel día hacía frío, pero siempre hacía frío bajo el techo permeable. Por suerte, no llovía. Oyó un vehículo acercándose hacia las casuchas, esquivando los fardos de basura y montones de escombros y chatarra. Frenó frente a su casa y vio como su padre descorría la cortina para salir al exterior y recibir a los intrusos. Pues eso eran aquellos hombres bien vestidos, de corbata y gafas de Sol. Intrusos del otro lado, de la zona adinerada.
Zed no pudo oír la conversación que mantuvieron los hombres con su padre y algún otro miembro de la zona pobre. Si hubiese querido podría haberse acercado para escuchar. No obstante, su padre le advirtió sobre esto y le obligó a quedarse rezagado en casa. No oía, pero, asomado por un lateral de la cortina, veía todo lo que sucedía. No eran amigos, de eso estaba seguro, sus gestos eran amenazadores. Cinco minutos después, los hombres echaron mano de sus cintos y sacaron armas. No dudaron en usarlas. Cuando Zed salió corriendo hacia su padre, solamente encontró un cuerpo ensangrentado y sin vida. En aquel momento aprendió otro término, orfandad. Su madre no estaba muerta, pero había huido de aquella vida para entregarse a una mucho más degradante, la de las calles de la civilización en busca del dinero que pudiera ganarse con su cuerpo, aún no muy ajado.
La vida del niño se vio truncada en un instante. A los hombres de traje no parecía importarles lo más mínimo. Sin embargo, se ocuparon, dos días después, de sacar a todos los supervivientes del poblado para luego depositarlos en las inmediaciones de la ciudad. Sin techo, sin comida, sin agua, sin familia. Tocaba buscarse la vida.
Al principio se recurrieron en el calor de la unidad. Tres semanas después, comenzaron a dispersarse, movidos por el hambre. Algunos murieron, la mayoría encontraron un modo de subsistir valiéndose de la delincuencia. Era el “sálvese quien pueda”. Ya no había familia, ni amigos, solamente negocios y posibilidades de llevarse un trozo de pan a la boca. Sólo unos pocos decidieron seguir juntos por el bien común y formaron bandas. Zed estaba solo. Y echaba de menos a su padre. Mucho.
A pesar de la pobreza en la que siempre habían vivido, su padre siempre le enseñó que robar no era cosa de buena gente, pero en caso de necesidad, era perdonable. Hablaba de la codicia como el mal verdadero al que se evolucionaba con el robo. “Toma lo justo para subsistir, nunca más de lo que necesites. Aquellos a quienes substraes cualquier cosa puede que también tengan sus propias dificultades”. Estas eran las palabras que siempre le decía. En aquel momento, Zed pensaba con el estómago y, aún así, trataba de seguir el consejo de su progenitor con el mayor cuidado.
En cierta ocasión quiso volver al poblado del que fue exiliado. A los pies del camino que le llevaba hasta allí descubrió que ya no sería posible. Había desaparecido. No existía. En su lugar, ahora había un amasijo de hierros y pilares enladrillados que se erigían hacia el cielo y, al menos, un centenar de hombres trabajando en la edificación de un nuevo anexo para la ciudad. Zed apenas sabía leer, lo suficiente para leer la palabra “Residencial” en un gran cartel apostado a la entrada de su antiguo hogar. Se dio la vuelta y jamás volvió la vista atrás.
A mitad de camino, entre la urbe y la antigua zona de chabolas, Zed se sentó e hizo un fuego con algunos maderos viejos y cartones, residuos de su pasado. Los quemó para darse calor y, a cambio, obtuvo algo más que eso. Al prender aquellos restos, supo que estaba purgándose de su anterior vida, renaciendo y reeducando su mente para lo que viniera de ahí en adelante. Mientras estas ideas flotaban en su cabeza, con esperanza, le pareció ver un par de puntitos titilantes entre las llamas. Creyó alucinar, pero más aún cuando, además, observó una lagartija caminando entre el fuego como si nada. Le miró una vez más y luego se esfumó. Sin dejar rastro. Atizó con un palo las brasas del fondo, hurgando por si acaso. No había nada. Solamente el recuerdo del animalito moteado de negro y amarillo retozando en la hoguera. No la apagó, se levantó y se fue. Aquello debía ser un buen presagio.
Los años siguientes fueron tan duros como los antecedentes, pero aprendió a sobrevivir con lo justo y sin envenenar su alma. No podía decir lo mismo de aquellos de los suyos que seguían con vida. Apenas les reconocía. Por otro lado, sus orígenes les hacían iguales y los tachaban con las mismas etiquetas. De cara a la gente de la civilización era una lacra, pero con respecto a esos delincuentes, tenía carta blanca y podía considerarse intocable.
Recién cumplidos los dieciocho, Zed pensó que sería bueno hacer algo digno con su vida y dejar los trabajos de mala muerte que aún le obligaban a sustraer aquí y allá. Decidió que la mejor opción era vivir del estado y se alistó en el ejército. Fue una de las mejores decisiones de su vida. Allí aprendió a leer y a escribir, matemáticas, ciencias y algo de filosofía. Además de indagar en otras materias de interés militar como topografía o estrategia. Hizo muchos amigos, de los que no pedían nada a cambio. Incluso se enamoró. Pero lo mejor de todo era que había conseguido, gracias a aquel trabajo, alejarse de la mala influencia que los suyos ejercían sobre él. Renunció a su pasado con el fin de forjarse un futuro. Jamás volvió a aquella ciudad.
Una noche, en mitad de un campamento improvisado como parte de las prácticas de supervivencia, encendió una fogata minúscula. Y allí volvió a ver la criatura que viera de niño. Le pareció le guiñaba un ojo y le sonreía. Como aceptando el destino que había elegido. Zed tenía sus dudas acerca de si seguir formando parte de un ejército, con vistas a proteger un país a base de balazos y estrategias ofensivas, o buscar alguna tarea más saludable. La criatura pareció guiarle en su decisión y, al despertar, supo que debía abandonar la Armada. Con ese antecedente, ya no volvió a tener problemas para encontrar otro medio de vida.
A las pocas semanas entró en una oficina del Ministerio y, desde allí, llevaba comandas de importancia a altos cargos. Tenía firmado un contrato que le exigía confidencialidad acerca de todo lo que se movía allí dentro. Zed conocía más de lo que debía y, hasta cierto punto, resultaba peligroso. Nunca tuvo miedo.
Aunque se alejó de su pasado, éste acabó atrapándole. Pero no de la manera que hubiera esperado. Apenado como estuvo del final que alcanzó a su familia, jamás se planteó el formar la suya propia. No quería descendencia ni alguien de quién depender ni que dependiera de él emocionalmente. Se aisló del mundo de los sentimientos y creció en soledad. Cinco años después de comenzar a ejercer en el Ministerio, tomó la firme decisión de abandonarlo todo y recluirse aún más en su destierro personal. Compró una casa cueva perdida en el Sur del país y, tras unas leves reformas, se instaló allí. Era un hogar en mitad de la montaña, sin luz ni agua corriente. Volvía a sus orígenes cuando apenas había cumplido los cuarenta. En aquel lugar, con un pequeño huerto con el que era capaz de alimentarse durante todo el año y una considerable reserva monetaria en el banco de un pueblo cercano, Zed tenía todo lo que necesitaba.
Le gustaba escribir y leer. Desde que aprendió a hacerlo, no pudo dejar de saborear las mieles que le proporcionaban aquellos hábitos adquiridos. Leía todo lo que caía en sus manos y, como el pueblo no estaba demasiado lejos para ir a pie, eventualmente visitaba la biblioteca y sacaba un buen número de ejemplares que devoraba en su retiro. Era un lugar humilde y apenas tenía sitio para acumular cachivaches y objetos innecesarios, de ese modo, prefería alquilar los libros que comprarlos. Era más práctico. Con respecto a escribir, cada noche se sentaba a una piedra plana que hacía de mesa y, alimentado con la leve luz de una candela, escribía todo cuanto creía importante para sí. Pensaba que quizá, algún día, pudiera ayudar a alguien con sus palabras. Pero no era ajeno a su ascendencia y se sabía falto de aptitudes para llegar a escribir para nadie que no fuera él mismo.
Llevaba tres años en su cueva cuando unos puntitos titilantes, como en su niñez, le volvieran a sorprender entre las lenguas de fuego de la hoguera. Tenía una chimenea en el centro de la cueva que calentaba toda la casa y le proporcionaba lo necesario para cocinar y hornear si era preciso. Entre las llamas estaba otra vez la criatura. Sin saber cómo, tuvo la certeza que aquella sería la última vez que viera al reptil moteado. Desde que lo viera por última vez, había leído mucho y más de una obra, sobre todo los clásicos de Paracelso, Leonardo Da Vinci o San Agustín, mentaban las virtudes de la criatura que habitaba el fuego. Se trataba de una Salamandra. Hasta, no sabía de qué modo, había caído en su poder “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce que las describía como seres inmortales antropomorfos y pirófilos, refiriéndose a ellas como una especie extinta ya. En ese momento, entonces, no le resultó una desconocida. Sino que comprendió el porqué estaba allí. Zed sentía su fe temblorosa y no sabía como afrontar la vida que había elegido. La Salamandra vino a ayudarle. Siempre lo hizo.
Zed se quedó toda la noche mirando la Salamandra rondar por entre las llamas, girando y escurriéndose por las brasas. De vez en cuando se volvía y clavaba sus ojos en los del hombre y asentía. Cuando la mañana echó a la noche y el fuego apenas fue ceniza, Zed se sintió renovado. Los dos años siguientes los empleó para aprender todo aquello que no se puede enseñar y escribir las conclusiones a las que llegaba tras horas de reflexión y meditación. Se sentía pleno y su mente bullía de claridades tales que él mismo se sorprendía de no haberlas advertido antes. De los ahorros que aún guardaba en el banco, empleó parte para dar luz a sus escritos y los publicó. Jamás pensó que llegaría a ser tan importante como lo fue, ni que sus ideas revolucionaran toda una nación en pos de la libertad, la fraternidad y la igualdad entre los humanos. A pesar de ser tan excelso, nunca reveló la identidad que se escondía tras aquel seudónimo con el que firmaba sus libros. Así como nunca dejó de vivir la vida que quería, entre los muros de su cueva en las entrañas de la colina. La Salamandra vino a él para indicarle un camino, el que siempre quiso seguir pero nunca supo que quería. Después de todo, la criatura ígnea vino a él para eso, para otorgarle la sabiduría y fortaleza de espíritu necesarias para alcanzar su propio sino. Zed no dejó de agradecer aquel gesto orientador y nunca, nunca, nunca olvidó... que sus palabras nacieron del fuego.
Otra persona más experimentada en cuanto al manejo de los aportes de la naturaleza, la orientación o cualquier forma de supervivencia en montaña habría sacado mucho provecho de la soledad que a Nico se le ofrecía ahora. No era una situación escogida, el muchacho se había perdido en mitad del monte. Sin provisiones, media cantimplora de agua y algún utensilio que, en manos poco expertas, de poco servirían a nadie. Así era el estado en el cual se encontraba.
Hacía horas que se había escindido del grupo para hurgar en los entresijos de la zona boscosa, sin percatarse que sus compañeros seguían su propio ritmo sin mirar atrás. Nico, obviándose más importante de lo que realmente era, no se dio cuenta que se alejaban entre risas y conversación amena, preparando lo que les esperaba al llegar al campamento. De este modo, cuando quiso darse cuenta, Nico estaba solo y desorientado, perdido en mitad de un lugar totalmente desconocido para él y que, a su vez, le daba una información que no sabía descifrar. Ni siquiera sabía dónde situar el Norte. Se lamentó mucho de su decisión de pasar unos días disfrutando del medio ambiente.
Lo primero que hizo Nico fue volver sobre sus pasos. Después de una hora se dio cuenta que caminaba en círculos y había perdido el rastro por completo. Lo segundo fue intentar guiarse por su intuición, algo de lo que no andaba precisamente sobrado. Por último, antes de comenzar a vagar entre árboles y matojos, decidió hacer lo más sensato, gritar pidiendo auxilio. Mientras buscaba la manera de salir de allí, se hurgó los bolsillos en busca de su móvil, podía ser un buen salvoconducto para salir indemne de su extravío, pero recordó las sabias palabras de Rafa, el que se auto erigiría como líder de la aventura.
- Es un día de naturaleza, no necesitamos los móviles – dijo con euforia, exaltado – no los llevaremos. ¡Si es un día al aire libre y sin civilización, es un día libre y sin civilización! – Resolvió - ¡Venga! ¡Todos, fuera móviles!
Ahora Nico se reía recordando aquellas palabras al tiempo que las mascullaba entre dientes con ironía. La noche no estaba cerca y Nico no sabía qué hacer. Por suerte, conservaba atada a la cintura una chaqueta que bien le protegería del frío nocturno. No sabía encender un fuego con dos piedras y un palito, pero tenía un encendedor en la mochila. Al menos se acordaba de cómo preparar una hoguera sin que ésta se extendiese calcinando todo el bosque.
Se cansó de caminar, preparó un fuego y se abrigó. Apenas quedaba luz en el cielo. Ni Luna ni estrellas. Sólo oscuridad. Oscuridad... y ruidos, extraños y molestos o, al menos, desconocidos para alguien tan poco habituado a la vida en el campo. A éstos se sumó el de sus tripas y, al instante, recordó el hambre que tenía y llevaba arrastrando ya bastante tiempo. La comida estaba en la mochila de Esther. Vaya suerte la suya. La escarcha comenzó a mojar su chaqueta y entumecer su cuerpo. El hambre apretó con más fuerza su vientre. Se sintió cansado. Pero sobre todo, desgraciado. Se recostó en un árbol de corteza suave y tronco ancho junto al fuego. Los ruidos eran acuciantes, pero no lo suficiente para desvelarle. En mitad de la angustia de su pérdida, se durmió.
Se despertó sobresaltado al amanecer. Le costó levantarse, sentía que los músculos de las piernas no le respondían y se apoyó con una mano en el árbol para ayudarse. El fuego se había consumido hacía tiempo, sólo quedaban cenizas. Había decidido no moverse de allí, tenía la teoría de que si una persona permanecía en un lugar el tiempo suficiente acabaría pasando todo el mundo por delante de él. Después del mediodía, comenzó a pensar que era una estupidez y sus esperanzas se mermaron. Entristecido y desilusionado, rebuscó en la mochila por si había pasado por alto algún recodo. No había comida. Las tripas rugieron. Entonces encontró un libro, no era suyo. Debía ser de Mónica, era la única que se llevaría un libro a una excursión. Ella solía encerrarse en las páginas de cualquier novela y morir para los demás hasta que decidiera emerger al mundo real. Cerraba las puertas de su mente y ya podían molestarla o hablarle que no hacía el más mínimo caso. Sin duda el libro era suyo. Miró la cubierta y vio el título “Seres Fantásticos de Todos los Tiempos”. Bueno, no era algo que le llamara especialmente la atención pero le mantendría distraído hasta que le encontrasen. Y esperaba que no fuera demasiado tarde.
A Nico le resultó gracioso, en su primera hojeada a aquellas páginas, la cantidad de leyendas y criaturas que la gente creía existían o habían existido en todo el mundo. ¿Cómo podían creer en aquello? Se mofó de cada párrafo en voz alta. De vez en cuando se oía en mitad del bosque un ¡anda ya! o un ¡venga, hombre! Pero siguió leyendo. El sueño entonces se volvió a adueñar de él y lo sedujo hasta que se desvaneció. Despertó ya con la noche caída y descubrió la hoguera encendida a sus pies.
Se sobresaltó presa de la alegría. Pensó que habían llegado sus amigos. No fue así. No habían fuerzas de rescate. Ni Rafa, Ester o Mónica. Estaba solo y con una hoguera encendida frente a él. Lo curioso era que no recordaba haber prendido el fuego de aquélla. Un ruido diferente a los anteriores le sacó de su pensamiento y se volvió haciendo círculos para identificar su procedencia. Parecía el rugido de un león, pero eso era imposible. Allí no había fieras salvajes. O quizá sí. Le angustiaba no tener ni idea de la fauna y la flora de aquel lugar, podría haberle sacado bastante partido a aquella información. Oyó el sonido de ramas rotas y pisadas acercándose por uno de sus laterales y pegó la espalda al tronco. Le pareció ver una antorcha y se creyó nuevamente salvado. Y de nuevo se equivocó.
Lo que parecía la llama de una antorcha era algo menos alentador: una bocanada del aliento de una horrible bestia. La vio acercarse y se escurrió del árbol para caer de culo en el suelo. De haber errado la caída es habría llevado un buen calentón en sus posaderas, el fuego apenas ardía a pocos centímetros de donde se encontraba. La criatura dejó de emitir llamaradas cuando se acercaba a Nico, entonces la observó con detenimiento, mudo. Se frotó los ojos para asegurarse de que no era ninguna ilusión. Cuando habló, aquello ya fue el acabose.
- Hola, chico – dijo la bestia, abriendo y cerrando sus fauces felinas.
Nico no pudo corresponder el saludo. En cambio, agitó levemente la cabeza de arriba abajo, dándose por aludido. Era una criatura de lo más extraña. A pesar de la oscuridad, las llamas de la hoguera titilaban muy cerca de ellos y pudo apreciar los rasgos más significativos de la bestia. Tenía, efectivamente, cabeza de león. Pero el resto de su morfología desconcertó al muchacho, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Y además, hablaba. Se le pasó por la cabeza que el hambre y el estrés de su situación podían haberle provocado algún tipo de alucinación y decidió aceptarla de no muy buen grado. Así que, en lugar de salir corriendo y huir de sus fantasías, tomó la determinación de conversar con ellas y seguir esperando.
- ¿No sabes hablar, chico? – Volvió a decir aquel ser.
- Hola... – dijo Nico asustado, pero en proceso de habituación.
- Vaya, pues sí que sabes – bromeó.
- Sí... me he perdido – más confiado.
- Ya veo... creo que es evidente. – Nico pensó que para ser producto de su imaginación resultaba bastante insolente.
Siguieron varios minutos con un diálogo de besugos que no llevaba a ninguna parte más que a matar el tiempo de larga espera. Se dijo que, después de haber hojeado el libro de Mónica y, dado que llevaba ya más de un día sin comer, era normal que la fantasía contenida en aquella literatura saltara a una falsa realidad y le hiciera ver ese tipo de alucinaciones. En el libro había muchos seres que se limitaban a modificaciones o mixturas de varios animales para conformar uno mucho más temible. Estaba claro que el ser que se encontraba ante él era una de esas deformaciones terribles. Estaban hablando sin decir nada hasta que la bestia bramó con un rugido ensordecedor, frenando en seco el intercambio de aquel soniquete.
- ¡Basta ya!
- Pero... – dijo confundido Nico.
- ¿Sabes qué soy? – Manifestó la bestia.
- Claro, eres un producto de mi imaginación, el no comer durante... – estaba explicando.
- ¡Cállate! – Volvió a rugir - ¡No tienes ni idea! ¡Soy una Quimera!
- Pues eso... – dijo tranquilamente, dándole la razón a la criatura. – Lo que yo he dicho, una quimera, una ilusión, una fantasía...
- ¡No! ¡Una Quimera! – Se mostró orgulloso.
- ¿Una quimera? – Se pasó la mano por la nuca confundido.
- ¡Exacto! – Y exhaló una llamarada al tiempo que rugía y se abalanzaba sobre Nico.
Nico perdió la consciencia en ese instante, en vías de ser devorado por la bestia de su imaginación. Sin embargo, horas más tarde, se despertó tumbado en un camastro bastante más confortable que el manto de la naturaleza de las horas anteriores. La última imagen fue la de la criatura saltando hacia él. No recordaba más. Pronto se encontró rodeado por sus compañeros de excursión y un par de hombres con chaleco fluorescente anaranjado y una cruz roja en la espalda.
- ¿Cómo te has perdido, Nico? – Dijo Rafa un poco irritado. – Estábamos preocupados por ti, tío. Pensábamos que ya no te encontraríamos.
- Pensábamos que estarías muerto. – Dijo Esther muy tranquila.
- Bueno... pues estoy bien. – Emitió orgulloso. – Por cierto, Mónica, vaya mierda de libro el que me echaste en la mochila. – Dijo Nico intentando incorporarse para buscarlo. - ¿Dónde está la mochila?
- Toma, aquí esta. – Dijo Rafa, y Nico la abrió hurgando en su interior.
- Coge tu libro... – dándoselo groseramente a Mónica – lo único que hizo fue llenarme la cabeza de alucinaciones y pesadillas. Joder, que mal me lo ha hecho pasar...
- La miel no está hecha para la boca del cerdo... – dijo Mónica molesta. Se lo arrancó de las manos. - ¡Trae!
- Por cierto, ¿cuál de tus fantasiosos amigos es tu preferido? – Emitió Nico socarronamente.
- ¡Cállate, gilipollas! – Mónica estaba sollozando, no esperaba aquellas muestras de agradecimiento – ¡Encima que fuimos a buscarte...! – Y se marchó sin volver la vista atrás.
- Tío, Nico, te has pasado... – dijo Esther que salió tras ella.
- Mujeres... – suspiró Rafa. – Me alegro que estés bien. – Le palmeó el hombro a su amigo.
- Y yo... – se giró sobre el camastro con cierta molestia – he tenido una alucinación flipante. Creía que me devoraba una bestia. Y todo por el librito de Mónica. – Dijo con más tranquilidad a Rafa – Anda que ya podíais haber echado la comida en mi mochila. ¡Qué hambre he pasado, tío!
- Bueno, ya pasó todo. – Y le guiñó un ojo. Luego salió de la furgoneta. Mientras lo hacía, Mónica entró tropezando con él y casi derribándolo. Se puso frente a la camilla sobre la que yacía Nico y le espetó malhumorada.
- ¡Ahora aunque no lo quieras saber te lo diré! – Le gritó. - ¡Estúpido, que no eres más que un estúpido! – Era evidente que la ofensa de Nico había afectado sobremanera a la chica. – ¡Seguro que eres tan ignorante que ni siquiera sabes lo que es!
- ¡Estás como una chota, Mónica! – Le dio la espalda y quedó mirando la placa metálica del lateral del vehículo.
- ¡La Chimaera! – Le espetó.
- ¡Qué? – Reaccionó Nico al instante.
- ¡La Quimera!¡Ese es mi ser favorito! – Se puso de morros, cruzó los brazos y lo dejó allí solo.
Ahora, mientras aún estaba conmocionado por lo que le había dicho Mónica, repasaba las escenas del tiempo que anduvo perdido y le surgieron preguntas. ¿Había dicho Mónica que ese ser no aparecía en el libro? ¿Lo habría leído o visto en algún sitio, o quizás ella se lo hubiera mentado? Las cuestiones se iban sucediendo en su mente hasta el punto de saturarle y casi volverle loco. Pero finalmente, una única pregunta, en la que desembocaban todas, fue la que se asentó en su cabeza para atormentarle, ¿Había sido aquel episodio con la bestia una ilusión? Prefirió pensar que así había sido. Cuando ya pensaba que todo estaba claro a ese respecto, entró uno de los auxiliares para ver qué tal estaba.
- Hola, chico, ¿cómo te encuentras? – dijo interesado.
- Bien, sólo ha sido un desmayo, creo... – pareció aturdido.
- ¿Un desmayo? Ja... – se mostró divertido aquel hombre. Ante la visión del rostro sorprendido de Nico, el auxiliar continuó. – Casi te desangras, muchacho. Has tenido suerte de que detuviésemos la hemorragia. – Dijo señalando su costado.
- ¿Qué...? – Fue entonces cuando Nico vio el vendaje alrededor de su abdomen. El mundo se le vino encima. Definitivamente, no había sido una ilusión. Había sido una Quimera. Tenía suerte de seguir con vida.
- Cariño, ¿qué significa ese tatuaje? – dijo Arantxa mientras señalaba el pecho de su esposo, recostado a su lado semidesnudo, después de hacer el amor – Siempre que te pregunto me sales con evasivas...
- Arantxa... – dijo con consternación Isaac.
- Llevamos tres años casados... – le reprendió – ya va siendo hora de que confíes en mí. – Puso ojos de corderito degollado e hizo pucheros – Venga... no se lo diré a nadie – siguió con la farsa – palabrita del niño Jesús – y juntó los dedos de forma infantil.
- Vale, vale... – sonrió convencido – ya está bien...
Isaac era el dueño de una empresa de control de calidad del Medio Ambiente. Pero no siempre fue así. En otro tiempo, antes de conocer a su esposa, Isaac había sido director de una empresa que fabricaba cabezas nucleares para grandes potencias gubernamentales. Los negocios que se manejaban en secreto constituían un gran riesgo para sí mismo y para el resto del planeta. Confiaba en que jamás se utilizasen aquellas cabezas, emisoras de muerte y destrucción masiva, y aún así, le importaba más el dinero que sacaba de cada uno de los tratos que el daño que pudiese hacer. Su vida tuvo la fortuna de ver un cambio y en su nuevo destino se escudaba para evitar hablar de su desastroso pasado. Arantxa, no obstante, no desconocía los días de director de su marido, ni los negocios que se traía entre manos, ni su talante egoísta. Muy al contrario, ella estaba al tanto de todo lo que Isaac había sido y, con esfuerzo, en lo que se había convertido. Estaba muy orgullosa de él, pero exigía respuestas que Isaac no quería o no estaba preparado para responder. Hasta aquel momento. En aquel instante se sintió capaz y cedió. Era un buen momento para afrontar el pasado, mirarlo a los ojos por última vez y enterrarlo definitivamente.
- ¿Recuerdas cuando me conociste? – Preguntó Isaac con la vista perdida en la memoria.
- ¡Claro que lo recuerdo, tonto! – dijo mientras le besaba tiernamente en la mejilla y se ladeaba para acercar su cuerpo al de él.
- Ya te he contado muchas veces lo que hacía en aquel lugar, ¿verdad? – quiso saber.
- Sí, ¿tiene que ver eso con el tatuaje? – acarició las líneas azules que se dibujaban en aquel dibujo extraño y sin aparente sentido.
- Todo. – Se limitó a contestar – Tiene que ver todo. – Arantxa se quedó expectante mientras Isaac se arrancaba con la historia que quería contarle. – Te contaré algo...
>> Al principio de los tiempos, los dioses menores de la mitología hindú, tan imprudentes como solían serlo, tuvieron la mala idea de batir con leche el agua de los océanos, para hacer del líquido resultante un néctar que les otorgara la inmortalidad. Sin embargo, lejos de su propósito, ignoraron que, en lugar de un elixir milagroso, habían transformado aquellas aguas en veneno. Shiva, un dios piadoso y compasivo, al ver tal desastre ocasionado por los dioses, se acercó a la orilla y bebió para que ningún otro ser muriera a causa de tamaña fechoría. El veneno comenzó a hacer efecto en el dios, que no era inmune, y se convulsionó con espasmos que le llevaban directo a una muerte segura. En las inmediaciones del lugar, se encontraba una naga, una criatura mitad mujer y mitad serpiente. Su nombre era Manasa. Al ver a Shiva, la naga se acercó con rapidez. Su parte sierpe le protegía contra cualquier veneno y unió sus labios a los del dios para extraer el mal que había ingerido de su garganta. Las nagas fueron consideradas desde aquel momento como servidoras del bien bajo la protección de Shiva. Aún así, muy pocos conseguían soportar su presencia, si tenían la suerte de ver alguna. Se trataba de criaturas que, por ser híbridos de mujer y serpiente, contenían en su esencia partes de ambas. Así, como con las serpientes, su apariencia provocaba pavor y tenía dotes para el engaño. Pero, por otro lado, eran seres de gran sensualidad. Su torso de mujer contenía una gran belleza y poder de seducción del que bien se valían cuando la situación lo precisaba. Aún hoy día se las venera en Nepal y otros lugares orientales, donde incluso se le hacen ofrendas para que cuiden de sus cosechas y sus hogares. En aquellos tiempos en que las aguas se envenenaron, Shiva libró a los hombres de la muerte y la malicia de los dioses menores y Manasa, a su vez, libró a Shiva de un destino fatal. Desde aquel día, Shiva quedó marcado para siempre. Se lengua se volvió azul. Aquello no le dejaría olvidar a Manasa y a las de su estirpe.
- Muy bonito cariño, pero... – se rascó la sien con gracia - ¿qué tiene eso que ver con el tatuaje?
- Mira... fíjate bien – Arantxa se acercó al pecho de Isaac. Ahora, aún entre sombras, se veía más claramente aquella cicatriz manchada. – ¿Ves esta línea? – Señaló la parte superior, donde nacía el dibujo – Esto simboliza un nuevo comienzo y, si sigues hasta el resto del tatuaje – guió con el dedo – hay unas letras orientales escondidas tras algo que parece un árbol, ¿lo ves? – ella asintió – No es un árbol.
- Parece un árbol – acercó más los ojos a la mancha azulada.
- No lo es. Es una naga. – Indicó – En algunas culturas se la representa como una serpiente de varias cabezas, de tres, siete o nueve. Son consideradas espíritus sabios y guardianes del planeta y sus continentes. – Siguió explicando – El quinto día de novilunio del mes de shrawan, entre Julio y Agosto, en el valle de Katmandú se celebra el Día de la Serpiente en honor a la diosa Panchami.
- Sigues sin contestarme... – se enfuruñó su esposa - ¿qué me quieres decir con eso?
- Ari, cielo... – suspiró – cuando te conocí, aún no tenía el tatuaje. Lo hice después de nuestra primera cita, cuando supe que eras la mujer de mi vida y que jamás querría separarme de ti.
- Cariño... – los ojos de la mujer comenzaron a nublarse, estaban a punto de explotar en un torrente de lágrimas. Estaba muy emocionada y la congoja le oprimía la garganta. No podía hablar. Sólo escuchar.
- Antes de conocerte, sabes que era un hombre egoísta y sólo Dios sabe el mal que habré hecho participando en aquella empresa. – Pareció escapársele una lágrima también a él. – Pero el daño ya esta hecho y no puedo volver atrás, solamente podía comenzar de cero y desde aquel punto. Entonces apareciste tú... Arantxa... mi amor – respiró e hizo una pausa – tú fuiste mi naga. Tú me rescataste de aquel veneno y me salvaste la vida. Esta marca es, como la lengua azul de Shiva, para que jamás olvide lo que hiciste por mí.
- Oh... – Lloró como nunca. Entre sollozos adoró el nombre de su esposo una y otra vez – Isaac... mi amor... Isaac... – hasta que por fin se tranquilizó, se acurrucó más aún junto al pecho desnudo de su marido y, acariciando su tatuaje, besándolo a ratos y sintiendo sus latidos, se durmió con un te quiero en los labios y el corazón. Isaac la abrazó. Se perdió en el techo barajando recuerdos. Cerró los ojos.
- Mi dulce naga... – susurró tiernamente mientras se desvanecía entre los pliegues de su amada.
Archivo de Universo Mágico. Cuentos de Seres Extraordinarios: CREPÚ