Libro de Arena
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Mente Creativa

Víctor Morata Cortado

Pinturas Rupestres

Dominique y Jean Paul se encontraban inmersos en uno de los descubrimientos más asombrosos de la historia de la paleontología en Lascaux, Francia. Habían descubierto una cueva con más de mil quinientos grabados que representaban a hombres y animales en diferentes situaciones y posturas. Era un gran mural pictórico que reflejaba fielmente la época en la cual vivieron, ambos sabían que el paleolítico era predominantemente representativo y no daban rienda suelta a la recreación imaginativa, lo que veían, lo retrataban. Dominique era una muchacha de apenas sobrepasada la veintena, acelerada en su promoción había conseguido las mejores notas y ahora gozaba de saberse colaboradora de Jean Paul de Sans, uno de los mayores estudiosos de las civilizaciones antiguas. Más de dos décadas separaban en edad a la pareja, pero Jean Paul no había podido resistir la belleza e inteligencia de la muchacha y su inusitado entusiasmo rodeaba a la joven con un halo de pureza encantador. Lo supo el primer día que visitó la universidad de Lorient en la bretaña francesa. A escasos kilómetros de Arradon, su residencia veraniega habitual, Jean Paul había considerado la visita a la facultad simplemente por curiosear, no tenía una primera intención de indagar sobre los alumnos y, ni mucho menos, la búsqueda de un ayudante o aprendiz al que contratar. Pero al ver a Dominique... al verla su mundo se le cayó de las manos y no pudo volver a recomponerlo. Su elegancia, su nívea piel, su cabello negro azabache, sus ojos melosos, su boca carmesí, ese delicado movimiento de caderas tan sutil y sensual, sus inocentes gestos, su mirada despierta y ávida de conocimiento. En ese momento lo supo, quería tenerla a su lado. El destino quiso que a punto estuviese la muchacha de acabar la carrera y aprovechó la baza que a su favor se mostraba para charlar con los profesores y proponer a Dominique como colaboradora en su periodo de prácticas y futura admisión dentro de su labor empresarial como paleontólogo. Así fue que recibió a la joven en un despacho prestado para una reunión personal en la facultad, ella aceptó de buen grado asombrada por la eminente presencia de aquel consagrado investigador del que tantas veces hubiera oído hablar en las más prestigiosas revistas arqueológicas. Su euforia se desató en ese mismo momento en un mar de lágrimas y una sonrisa que Jean Paul nunca pudo olvidar. Por fin, Dominique había conseguido su sueño, velado por sus años de reclusión voluntaria, alejada de todo lo que los chicos de su edad suelen hacer cuando pisan por vez primera las añejas aulas universitarias. Privada de los placeres carnales, etílicos y demás disfrutes típicos del cambio de vida que planteaba la universidad, ella había clavado los codos en su escritorio y no los había levantando más que para asistir a clase y saciar sus necesidades más básicas. Así, era una joven raramente inmaculada.

Pues allí estaban los dos, Jean Paul olfateando el sedoso pelo de la muchacha desde su espalda, simulando que seguía las indicaciones que esta hacía con el dedo hacia la pared, reprimiendo el deseo de besarla; y Dominique, ensimismada en la belleza y singularidad del hallazgo, disfrutando de aquella maravilla que nadie, excepto ellos, había visto aún. Eran los primeros en admirar la obra de arte reflejo de una época perdida. A priori, aquello podría parecer un mural de lo más convencional, había decenas por todo el mundo, pero había algo que delataba lo extraordinario de éste en concreto. Había unicornios. Intentaron darle una explicación, quizá una mancha, quizá algún animal que se le pareciese, pero eso no suponía más que un autoengaño. Eran unicornios aquellos seres que se retrataban en el mural, al menos habían localizado a siete de entre los mil quinientos grabados. Todos reflejaban perfectamente su porte equino y el alicornio coronando su frente. Del cuerno además habían dibujado unas líneas salientes como indicando que se trataba de una parte anatómica importante por sus propiedades o incluso porque no entendían la magia que quizá de ellos emanase. Aprendiz y maestro quedaron mudos ante tal espectáculo rupestre.

- Jean Paul... – dijo Dominique en un susurro, como intentando que su voz no deshiciese las pinturas – son unicornios... mira... – señaló hacia el alicornio.

- Sí, eso parece... pero es tan raro... – dijo con la mano en la barbilla, pensativo, meditando algo. – En esta época no daban rienda suelta a su creatividad, simplemente retrataban fielmente el mundo a su alrededor.

- Eso es lo extraño. – Espetó la joven fascinada. – Pero muchos hablaron de estos seres en la edad antigua...

- Bueno... sabemos que Julio César lo menciona en su Bellum Gallicum, como también hicieran Aristóteles y Plinio el Viejo... – estableció Jean Paul rememorando antiguas lecciones de historia y mitología – y éste era la máxima autoridad científica de la Europa antigua.

- Vaya, ¿no te parece increíble? – abrazó efusivamente a Jean Paul – Esto es asombroso, hemos descubierto un gran hallazgo. Sea como sea es un gran descubrimiento. Esto puede abrir una brecha en la arqueología actual.

- Tanto si lo consideramos una obra creativa como si un reflejo de un ser mitológico real... – pensó Jean Paul en voz alta – nos encontramos ante uno de los más extraños y reveladores murales de pintura rupestre de todo el mundo.

- Hahaha... – saltó y chilló Dominique, abrazando a Jean Paul y riendo a su alrededor.

Jean Paul la contempló con ojos tiernos, su corazón palpitante de deseo. La observó danzar hasta que casi cayó rendida en sus brazos con una sonrisa virginal y una mirada soñadora. Jean Paul no pudo contener la tentación que suponía tenerla allí, sostenida con sus manos en aquella pose tan eróticamente perturbadora, y aproximó sus labios a los de Dominique. Ella se retorció de repente y cayó al suelo confusa.

- ¿Qué haces? – Dijo desde el suelo.

- Yo... pensé... – titubeó ruborizado como un chaval a sus más de cuarenta años.

- Pues pensaste mal... – dijo airada y algo enfurruñada.

- Lo siento Dominique... no sé que me ha pasado, supongo que la emoción... – se justificó.

- Bueno... – cambió la cara de niña enrabietada por la de compasiva jovenzuela. – Ya está, no ha pasado nada, ¿vale? Sigamos con la investigación, pronto será la hora de comer...

En cuanto la muchacha se levantó del suelo, un relincho proveniente del exterior llamó la atención de la pareja. Arrastrados por la curiosidad, dejaron su tarea por un instante y se dirigieron al exterior. Sus ojos se abrieron y sus facciones se contrajeron, la maravillosa imagen que el mundo les ofrecía no tenía parangón. Un bello animal les miraba desde la entrada de la cueva. De aspecto elegante, una piel blanca como nácar, unos cabellos largos y sedosos, y un cuerno dorado clavado en su frente. Los ojos del unicornio les miraban con inteligencia, pero sobre todo miraban a Dominique y lo hacían con una ternura inequívoca. Jean Paul intentó acercarse y el unicornio se echó hacia atrás inquieto, entonces Dominique se adelantó pidiendo con un gesto a su compañero que se quedara atrás. El animal se quedo expectante, viéndola acercarse. Cuando estuvo a la altura del mágico ser, le acarició las crines y tocó con suavidad el alicornio. El animal dio un pequeño bufido y olfateó la manga de la muchacha. Esta le acarició y el unicornio agachó el lomo invitándola a subir, lo hizo. De repente ambos desaparecieron.

Jean Paul se quedó atónito, su primera reacción fue gritar el nombre de la chica sin resultado. Después se puso nervioso y comenzó a caminar intentando buscar una explicación o algo. Al rato, se calmó pensando que estos seres eran tratados como un concepto puro, símbolo de la virginidad. Cientos de libros hablaban de la pureza del animal y de las propiedades mágicas que de su alicornio provenían y que tantos y tantos habían anhelado a lo largo de la historia. La inmortalidad, la cura de enfermedades, la potabilización de las aguas, la neutralización de los venenos más potentes y letales... Jean Paul había leído artículos al respecto hacía mucho tiempo, todavía recordaba algo de aquellos, aunque si bien los consideraba una obra de fantasía más que de divulgación científica o soporte histórico. También encontró explicación a lo sucedido, los unicornios, al igual que los dragones, se sentían atraídos por la belleza femenina y su virginidad y se contaban cientos de leyendas de reyes y poderosos que habían utilizado a las más bellas y puras doncellas para atraer la atención de estos seres y robarles la magia de su alicornio. En estas divagaciones mentales se hallaba Jean Paul cuando vio aparecer de nuevo a Dominique y el unicornio. Esta parecía totalmente maravillada, se apeó y se abrazó al cuello del animal, este se mostró agradecido y se marchó al trote. Ella se acercó a Jean Paul con una mirada entusiasta, no podía articular palabra. Jean Paul la cogió de las manos y, exigiendo una respuesta, le espetó:

- Tú eres virgen ¿verdad? – Dominique asintió y todas las dudas que envolvían al asunto quedaron en parte disipadas, ahora ya sabían porque había acudido el unicornio a recibirles.

Los libros de arqueología muestran estos descubrimientos como un alarde imaginativo de los primeros hombres, nunca le dieron el carácter de mito realizado. Jean Paul y Dominique sabían que la revelación de lo acontecido bien podría poner en peligro de extinción a toda esta especie. Ella confesó a Jean Paul que en su viaje con el animal habían visitado el Valle de los Unicornios, no podría especificar el lugar, el más maravilloso que jamás hubiera visto, pero sabía que de airear aquellos hechos, los más ambiciosos y poderosos querrían comprobar la veracidad de aquella historia en pos de una inmortalidad inmerecida a costa de la muerte de los unicornios. No podían dejar que eso ocurriese. Así que mintieron y Jean Paul expuso magistralmente una teoría que desviaba totalmente la atención de la posible existencia de seres mágicos. Hoy aún siguen investigando y hallando grandes descubrimientos, ninguno fue tanto como aquel que les hiciera soñar y despertar de la realidad. Cada poco ambos vuelven a Lascaux y recuerdan el suceso que cambiara sus vidas. Sólo ellos sabían que la magia, a veces, es más real de lo que muchos insisten en creer. Ellos la vieron en forma de unicornio y su mundo cambió para siempre.

Adiós Amigo Árbol

Abrazado a uno de sus amigos de la naturaleza, el elfo perteneciente a aquellos denominados de la luz, lamentaba la despedida inminente. Hacía muchos años que la paz de la Tierra se había visto alterada por la incursión de los humanos en lo que ellos denominaban avances tecnológicos que no hacían sino ir en perjuicio de la propia madre de todos los bienes naturales. El árbol al que se encontraba aferrado era uno de los más antiguos de aquel bosque del norte de Europa. Los humanos no entendían el lenguaje que estos hablaban, casi en susurros, a veces confundido con el leve movimiento de las hojas, pero los elfos, con su ancestral afinidad a estos seres, eran capaces de oírlos a leguas de distancia, muchos de ellos incluso los sentían en su llanto, en su tristeza. Lejos de ser parecidos a los drows, los elfos oscuros que mediaban entre los mundos de vida y muerte, los elfos de la luz eran seres de espléndida belleza. Una figura estilizada, cabellos dorados, nívea piel y orejas puntiagudas eran los rasgos más significativos de esta raza a la que algunos denominaban los antiguos. Eran ampliamente conocidos por toda la vasta cúpula terrestre y en cada lugar se les conocía de maneras diferentes, pero todos coincidían en su hermosura destacada. Seres elementales, buenos vecinos, gente desmemoriada o simplemente ellos, eran calificativos con los que bien se les refería. Cuando se les veía, apenas era en un fugaz destello de beldad y pocos sabían de su carácter más profundo como seres caprichosos de naturaleza cambiante e inestable.

El elfo del que hablamos apenas sí se pronunciaba en la mutabilidad de la que hacían gala su gente y no podía en aquel momento más que compartir la amargura que le envenenaba el corazón. Recordaba, en estos últimos días con demasía, los tiempos remotos en los cuales no habían de ocultarse ante la mirada del hombre, pues ambos, hermanados, se beneficiaban mutuamente. Cuando la ambición se apoderó de sus corazones, se separaron con fiereza de los elfos y buscaron medios para enriquecerse a toda costa, perdiendo en el camino la capacidad de ver más allá y anulando su capacidad para amar y sentir la natura. Con el tiempo hombres y elfos se vieron obligados a esconderse unos de otros, con sus lazos deshechos apenas quedaba un vestigio de la relación que les anexionaba en el pasado y se temían. En esto pensaba Eldrin mientras una lágrima se desgranaba de sus ojos y rociaba de vida el suelo sobre el que se mantenía erguido. Se apoyó con la palma de su mano, encorvándose hacía adelante, sobre el tronco de su anciano amigo árbol y comenzó a entonar una dulce melodía cargada de aflicción. Con una pena que le anudaba la garganta, el cántico brotaba desgarrado, acre como la hiel. Los árboles de alrededor le seguían moviendo sus ramas y crujiendo, con el siseo de las hojas azuzadas levemente por los canales de aire que se colaba recorriendo el bosque. La letra de la canción, en una lengua casi olvidada, hablaba de la despedida, de la pena de ver partir a un ser querido, de la muerte y el fin de los días. Eldrin no pudo soportarlo más y, con el último verso, el llanto se hizo tormenta de lágrimas y sollozos, se tapó la cara con las manos y se arrodilló sabiendo que aquel sería su última vez frente a aquellos viejos testigos del tiempo.

Cuando hubo recuperado el ánimo y la compostura, volvió a acercarse al árbol nudoso, el más grande y anciano de todo el bosque, y le profirió unas palabras que en secreto se quedaron entre ellos. Entonces se giró con gracilidad y al tiempo que lo hacía rozó en una caricia la corteza con la yema de sus largos dedos. Cabizbajo desapareció rumbo a su reino, a su palacio de cristal bajo una de las colinas de New Hampshire en Inglaterra. No quiso mirar atrás, no pudo hacer nada más que llorar por su muerte. A sus espaldas se oía el rugir de un motor, como una bestia enfurecida subía y bajaba su timbre a punto de embestir. Un tremendo crujido le partió el corazón a Eldrin. Sabía que su amigo sería el primero en caer, era como un reto que enaltecía el orgullo del hombre, un estúpido orgullo envilecido por las falsas posesiones y riquezas que de nada sirven cuando la piel se les arruga hacia el final de sus cortas vidas. El suelo tembló, el mayor de los árboles había caído y ahora se disponían a descuartizarlo. Eldrin no lo vio, pero pudo sentirlo ya a una gran distancia. El hombre y sus máquinas destructoras se habían adentrado en el bosque como hicieran otras tantas veces en otros lugares de la geografía y con igual crueldad habían arrancado la vida de aquellos pulmones que la naturaleza había puesto desinteresadamente a su servicio. Luego de haber derribado la arboleda por completo, un chirrido agónico y titilante se hundía en la carne de los caídos. Los cuerpos inertes eran mutilados entonces y astillas y savia salpicaban en derredor como gotas de sangre. Eldrin había visto esto demasiadas veces, había intentado frenarlo otras tantas sin un resultado verdaderamente óptimo y sabía que seguiría luchando por ellos. Muchos de su pueblo habían perdido la esperanza, pero Eldrin sabía de algunas gentes que renunciando a su naturaleza humana hacían por ayudarle aún sin saberlo. Algo habían conseguido con sus protestas y demás artes pacíficas. Pero el elfo no podía hacer más de lo que hacía, aunque a veces tuviera que sufrir la pérdida y se limitara a llorar a los difuntos no podía hacer nada. En la misma esencia de los que destruían su mundo estaba la capacidad de enmendarse y restaurar el mal creado. Eldrin conocía el único modo de paliar este atentado y si un único dedo suyo se alzara todo quedaría resuelto, pero a pesar de la insistencia de su raza él sabía que no era el camino correcto, no podía evitar la muerte con la muerte misma. Ellos eran genios de la luz y de la naturaleza. Eran suficientes como para acabar con la raza humana en horas y apenas dejar sus restos pudriéndose como único recuerdo de su paso por esta Tierra, pero no era lo correcto y no lo harían. Ellos habían de darse cuenta y, mediante la reflexión, mirar atrás y lamentarse a tiempo. Eldrin se perdió lejos del bosque que en aquel momento moría, lejos de la incomprensión humana, lejos de la crueldad... aún así, nunca olvidaría el nombre de cada uno de los árboles que habían poblado el planeta y, cada día, una canción tristemente entonada, recordaría al mundo que existieron.

Las Alas de la Justicia sobrevuelan la Ciudad

La sombra de unas alas majestuosas se proyectaron sobre el empedrado de las calles de Ruán. Los farolillos de aceite apenas iluminaban los más escondidos rincones y a los vagabundos y mendigos que se cobijaban entre los desvencijados muros de las construcciones de piedra de la ciudad francesa. El verano amenazaba antes de tiempo, pero las noches seguían siendo un tanto frías y el perfume de las flores recientemente desperezadas de su letargo apenas era un delicado efluvio que ocultaba la humedad nocturna. Durante ese día los gritos de la muchedumbre habían asolado las avenidas, habían pasado muchas horas desde aquello y el fanatismo de la mañana ahora llenaba las callejuelas con simples ecos de inocencia robada.

Los seres que sobrevolaban la ciudad habían sido testigos de un brutal crimen y en su afán de justicia, ennegrecidos por la tiranía y la crueldad del hombre que se habían visto obligados a contemplar durante décadas, ahora se mostraban vigilantes, al acecho. Como jueces de la vida que navegan a sus anchas por las vías de la muerte, las bestias aladas buscan sedientas la sangre de aquellos que impasibles se convirtieron en cómplices de las atrocidades de la humanidad. Si por estas bestias fuera, los artífices también pagarían por su maldad, pero sus grandes guarniciones de robusta piedra suponía un gran seguro de vida para ellos y una fortaleza inaccesible para estos seres. Aún así, incansables en la noche estrellada y con la luna triste de testigo, se propusieron teñir de rojo el ya de por sí manchado suelo de piedra. Ruán presenciaría uno de los mayores atentados contra la vida de sus gentes que la historia viera.

Al pasar por la plaza del Mercado Viejo de Ruán, las bestias planearon hasta descender sobre los restos de la inocencia ejecutada en el centro mismo del lugar. Las brasas ya se habían extinguido, dejando el olor a carne quemada impresa en las cenizas que la brisa arrastraba aquí y allá. No eran más de cinco seres los que rodeaban el informe círculo negro del centro de la plaza, pero todos eran plenamente conscientes de aquello que desde las alturas presenciaran poco después del amanecer de ese treinta de mayo. Las grotescas figuras que se dibujaban entre claroscuros presentaban afilados dientes y garras. Sus puntiagudas orejas y carencia de pelo alguno dejaban a la vista sus rostros enfurecidos. La ira les invadió repentinamente, sus ojos se encendieron con el rojo del fuego que antes consumiera a la inocente y sus lenguas acariciaron, como preludio de muerte, sus amenazadores colmillos. Entonces desplegaron nuevamente sus alas y las batieron con fuerza, alzando nuevamente su frenético vuelo en busca de venganza.

Muchas de las personas que presenciaran aquel acto inmundo en la mañana, aún disfrutaban de una celebración sin sentido, quizá como excusa para descorchar un buen vino o dar rienda suelta a sus pasiones más elitistas. Borrachos algunos, jubilosos otros, deambulaban por las calles cantando y riendo. Al menos así era hasta que sobre ellos se abalanzaran las bestias para degollarles sin piedad y morder sus podridas carnes. Su hambre era voraz y terrible. Podían pasar décadas impasibles y en silencio, contemplando como el odio de los hombres se expande injustamente a través del absurdo fanatismo, pero cuando despertaban, las bestias eran implacables con aquel que lo merecía. Esa mañana hubieron de soportar la visión horrible de una inocente quemada viva, una vez más a causa del fanatismo de las gentes de la ciudad. Desde lo alto de la catedral de Nuestra Señora de la ciudad de Ruán, las gárgolas vieron desconcertadas, aplacando su ira, rabia y dolor, como Juana de Arco era acusada de relapsa, de herética reincidente. Ella no quiso hacer caso omiso a lo que Dios le decía, se le había encomendado la misión de salvar Francia durante la Guerra de los Cien Años y Juana estaba dispuesta a intentarlo a su temprana edad, pues su señor había confiado en ella, aunque le supusiese la muerte misma. Las gentes no comprendieron aquel intento de Dios por ayudarles y embebidos de su fanatismo la condenaron injustamente a la hoguera, pues el fuego, decían, limpia con su llama purificadora de los pecados a los infieles. Aquel año de nuestro señor de 1431, con el verano a la vuelta de la esquina, Juana de Arco murió en un acto que muchos consideraron de espectáculo. El fanatismo de aquellos que la vieron morir, al caer la noche se volvería contra ellos y los gritos que en la mañana profirieran vendrían de nuevo a sus gargantas, pero esta vez no serían de gozo y diversión, sino de agonía y dolor, las gárgolas se encargarían de ello.

A la mañana siguiente, las calles estaban plagadas de cadáveres y la sangre corría en pequeños riachuelos. Se reconoció en la mayoría de ellos a quienes asistieran al macabro suplicio de la joven, a esos desalmados que disfrutaron con su quema. La mañana se vino sangrienta, los rayos de Sol iluminaban ahora una ciudad carmesí. Las gárgolas volvieron a su lugar sobre las alturas y durante días nadie se atrevió a cruzar la plaza ni mirar hacia arriba por temor a ser reconocidos como la próxima víctima de las bestias. Un niño en su inocencia, ajeno a la locura de aquella noche, miró hacia las gárgolas majestuosas de la catedral y llamó la atención de su joven madre. Cuando la mujer alzó la vista, se olvidó de respirar y el corazón le dio un vuelco, entonces agachó la mirada y agarró a su pequeño de la mano tirando de él con fuerza, alejándose con rapidez de aquel lugar maldito. Huyó tan rauda como sus cansados pies le permitieron, sin la fortuna de poder borrar de su mente la imagen que unas fauces de piedra manchadas de sangre le grabaran en la retina para el resto de su vida.