La Isla (II)
Habían pasado unos veintidós años desde que Alicia diera con sus huesos en la isla. Sin padres conocidos, sobrevivió a las inclemencias del tiempo, que eran pocas, y las carencias que podían asolar a un bebé. Las criaturas de la isla, desde el primer momento, la trataron con suma dulzura y no hubo nada que pudiese faltarle en ningún instante. Mosak era quien más cuidaba de ella y era a él a quién acudían el resto de animales para que aprobase sus intenciones, que en ningún caso eran malas. Cada noche, las criaturas se acercaban a su regazo y dejaban que ella les acariciase. No importaba el aspecto del animal. En algunos casos se trataba de afeados seres con aspecto de insectos gigantes, otras parecían masas amorfas de colores con apenas un par de ojos y unas extremidades que le permitían tan sólo arrastrarse. Ella tenía corazón para todos y siempre se mostraba generosa para con ellos. Había varias razones para este comportamiento y es que, además de tenerle un enorme cariño a la chica, las manos de esta eran como un bálsamo dulcificador, mágico y sensacional, que libraba de todo mal a las bestias bajo las que se posaban. Sus dedos emanaban con cada caricia un calor especial y un brillo delicado lleno de vitalidad y energía. Entonces, de sus manos brotaba la vida y cualquier mal que asolara a la criatura, desaparecía en cuestión de segundos. Era esta una de las razones por lo que la protegían tanto, aún no la conociesen y acabasen de llegar a la isla desconcertados. Su desorientación no les impedía ver el don que emanaba de ella por cada uno de sus poros. Era algo que la hacía más bella aún de lo que ya lo era.
Alicia no tenía motivos para avergonzarse y vagaba desnuda por la isla. No era la ropa algo que ella echara de menos, puesto que jamás la había conocido. Tal vez, no sería más que una molestia innecesaria. No obstante, no perdió la ocasión de preguntarle a Damián por su atuendo cuando fue consciente de la diferencia que existía entre la piel del anciano y la suya. Él le explicó que esa no era su piel, que eran prendas de vestir. Esa revelación supuso un alivio para Alicia, ya que hubo un sueño en el que Damián se quitó la chaqueta y ella pensó que se estaba arrancando el pellejo. Sufrió mucho hasta que el viejo, divertido, le explicó que era una práctica habitual entre humanos socializados, usar telas para cubrir sus cuerpos. Cuando Alicia quiso saber porqué, Damián le explicó que en ocasiones era así a causa del frío, pero que la mayoría de veces era el pudor el que favorecía este comportamiento. Alicia no comprendió el concepto y Damián tuvo que escoger varios ejemplos para que siquiera pudiera imaginarlo. Sin embargo, fue un intento vano.
Eran magníficos los momentos que había pasado entre sus amigos y, nunca, de todos los que llegaron a la isla durante aquellos años, había aparecido un ser humano como ella. Excepto, claro está, el anciano de sus sueños y delirios. Una vez creyó ver un barco en la lejanía, sobre la línea que dibujaba el horizonte. No fue más que una ilusión, un espejismo producido por los deseos de ver una muestra de aquello que el viejo le había relatado en sus sueños, a pesar de que sus palabras no albergaban grandes esperanzas para esa especie que pugnaba por un poder que no era más que como aquel barco, un ensueño en mitad de la vastedad.
Damián la había estado preparando durante más de dos décadas para algo que habría de venir. Ella jamás lo supo hasta el momento crucial en que debía hacerse partícipe de una historia que la mantenía ajena. La aparición del anciano en sus sueños tenía un cometido y no eran vanos los consejos y aprendizajes que depositaba en su virgen cabecita. Algunas de las enseñanzas a las que debía someterse no correrían de cuenta de Damián ni de sus amigos los animales, sino de otro ente aún más misterioso si cabe.
En tanto llegaba ese día, Alicia vivía las jornadas sumida en una rutina cambiante. Le gustaba ir con frecuencia a un apartado lugar en el corazón de la floresta. En aquel rincón de la isla, existía un lago de aguas tan cristalinas que podía verse el fondo, empedrado de colores por la vegetación y los guijarros de diversos tamaños. En uno de sus lados, una cascada dejaba caer un potente chorro sobre el lago que creaba una densa espuma ambarina que iba desintegrándose a medida que se extendía ondeando hacia el centro mismo del estero. Había además, en aquel fondo transparente, cientos de criaturas que brillaban cuando las luces que se colaban entre el follaje les alcanzaba con sigilo. Como si fuese una cosa del azar que hubiera que celebrar, los peces y el resto de criaturas acuáticas brincaban sobre la superficie y realizaban cabriolas que maravillaban y divertían a la chica. Alicia pasaba días enteros allí. Mosak le acompañaba, cuando el instinto no le llamaba a las artes amatorias. Era su pequeño retiro. Alicia se sumergía entonces en las aguas y dejaba que los peces la rodearan y saltaran a su lado, chapoteando y acariciando su larga melena roja cuando hundía el cuerpo y buceaba para tocar las plantas ondulantes y coger algunas piedras de colores. También solía, en ocasiones, pasar la noche al abrigo de la luna sobre aquel cristal oscilante. Le agradaba ver el plateado reflejo del satélite moviéndose con delicadeza en aquel espejo. Se dormía con aquella imagen, soñando con el día en que pudiera alargar tanto el brazo que la Luna se dejase acariciar.
2 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Qué edénico es el lugar que describe.
No hay miedos, ni vergüenzas, ni nadie es masue nadie, ni importa el apecto.
Mucho me temo que en próximos capítulos algo sucederá que enturbiará tal paraiso.
Seguiré la lectura.
Besos
Qué avispada es usted, querida amiga! Ya me va conociendo y eso me agrada, pues ya ha demostrado ser la dama una señorita de confianza y buen gusto. Espero, aún el idílico paraje se desmorone (sea por su flora, fauna o espíritu) sea de su agrado, tanto, al menos, como lo son sus escritos para mí. Un placer Dama Descubierta por dejarse caer por mi humilde morada literaria. Siempre sea bienvenida y pase sin llamar. Besos.






