La Isla (IX)
De cualquier lugar al que Damián les pudiese haber conducido, aquel les parecía el más insospechado. Una habitación circular rodeada de luces y pantallas mostrando la vida de cientos de lugares en una conexión directa, captada desde algún lugar en las alturas. La magia de todo esto adquiría una nueva dimensión cuando Damián se dirigía a las ventanitas que daban a esas vidas sobre la superficie y acercaba en un zoom imposible el foco vigía. Entonces veían acercarse el suelo, definiéndose con claridad, y a continuación una casa en concreto. Luego, sucedía lo impensable, lo increíble. La cámara o el objetivo que tomaba las imágenes en directo se colaba a través de la estructura y captaba a una distancia de pocos centímetros cualquier objeto del interior del edificio. Era un espía perfecto, pues incluso permaneciese frente al sujeto captado, éste no se percataba de su presencia y obraba con total naturalidad, como si estuviese a solas. Mientras Damián les mostraba aquella sala, Alicia parecía un poco excitada y nerviosa. Más aún cuando descubrió su isla en una de las pantallas y se abalanzó sobre ella, tocando la superficie de cristal y tratando de sumergirse en la imagen.
- ¡Mi casa...! – Dijo emocionada – ¡Es mi casa! ¡Mirad ahí, mirad! – Gritó dando saltitos. - ¡Es Mosak! ¡Ey, Mosak! ¡MOSAK! – Hizo un cuenco con sus manos tratando de hacerse escuchar por su amigo.
- No puede oírte, Alicia. – Se acercó Damián con calma y palmeó su hombro. Ella le devolvió una mirada triste.
- ¿Por qué no? – Dijo convencida. – Puedo verlo. Mira... – señaló la pantalla – está ahí.
- Debí haberte explicado algo acerca de la tecnología... – el anciano imagino que no sería fácil hacerle comprender cómo los avances tecnológicos habían entrado en la vida de los humanos. Más difícil sería explicarle esa otra tecnología que iba más allá. Una ciencia con la que los más poderosos dirigentes del planeta soñaban. Poseerla les habría puesto en una clara ventaja sobre las bestias y sobre el resto del mundo.
Durante los siguientes veinte minutos, Damián trató de dar un breve discurso explicativo acerca de los avances y sus múltiples utilidades. Consiguió, al menos, que Alicia comprendiese que era posible ver a otros en la distancia, que el tiempo y el espacio ya no constituían un obstáculo. La imagen de las gentes y los lugares se podían retener con fidelidad a través de muchos años y se podían transportar miles de kilómetros. De igual modo sucedía con la voz. Le habló del teléfono y la televisión, de la radio e internet. Alicia no entendía la mitad de lo que el anciano le explicaba. Sin embargo, el concepto del poder que habían conseguido ejercer sobre ciertos aspectos intangibles era suficiente para que no se exaltase con cada nuevo aparato que descubría en la habitación. Fue después que Damián les llevó fuera de la sala circular y les mostró el resto de su hogar, algo más convencional que recordaba a Fausto la familia que nunca llegó a tener del todo. Alicia, no obstante, seguía sintiéndose confusa ante aquel despliegue de objetos nuevos para ella, de paredes que le originaban una repentina claustrofobia y pasillos que ella creía le devorarían al primer paso en falso. Tuvo el anciano que estar muy pegado a ella y consolarla con frecuencia para evitar que se alterase. Cuando hubo acabado la visita oficial, Damián se dirigió a un armario y extrajo de él unas ropas que lanzó a la muchacha.
- Ponte esto, Alicia. – Ella las agarró con torpeza y las giró tratando de dar luz a aquel intrincado puzzle. – Espera...Ya te ayudo yo... – Damián orientó a la chica. Era un mono vaquero y una camiseta blanca. También le dio unas zapatillas que aparentaban ser cómodas pero que, sin embargo, Alicia sintió como una prisión para sus pies.
- ¿Por qué tengo que llevar esto? – Replicó indignada.
- Allá donde vamos es necesario. – Dijo Damián mesando su larga barba.
- ¿Dónde vamos? – Quiso saber Fausto, hasta el momento en silencio y expectante.
- A por respuestas, muchacho. – Le dijo con ese halo de misterio que rodeaba al anciano cuando perdía la mirada en el infinito. – Pero antes, creo que deberías ver una cosa. – Y con un gesto de la mano hizo que una imagen apareciese ante ellos, flotando en el aire como un holograma.
La imagen se manifestaba ante ellos en una mezcla inverosímil de dos y tres dimensiones. Fausto reconoció el salón de su casa, algo modificado a lo largo de los años. Estaba en penumbra. El muchacho había centrado su atención para no perder detalle. Advirtió entonces que una figura se dibujaba con sigilo entre las sombras. Era una silueta de mujer menuda. Al acercarse a una de las estanterías, una liviana luz del exterior le golpeó el rostro, descubriendo su identidad. Fausto se emocionó al reconocer en aquella cara a su hermana Anita. Hacía muchos años que no la había visto. En aquella imagen, la veía tan cambiada... Sin duda, ya no era una niña. Su cuerpo había cambiado, pero su rostro apenas había sufrido modificaciones. Estaba tan guapa como siempre y, sin embargo, notó un aire de temor en su semblante. La vio hurgando entre los libros. Sacaba uno al azar y colocaba algo en su interior. Luego lo volvía a cerrar y escogía otro. La imagen se hizo más nítida en un momento en el cual el brillo de una luz cegadora atravesaba la ventana del salón en una ráfaga, pero aún así fue insuficiente para desvelar el misterio que albergaba tanta inquietud en su querida hermana. A la luz repentina del exterior le siguió un golpe seco en la puerta principal. Anita se apresuró y, cuando hubo terminado lo que estaba haciendo, salió corriendo del salón en dirección contraria al ruido que había oído. Lo siguiente que mostró la imagen fueron las pisadas de media docena de hombres uniformados recorriendo la casa. Fausto se sintió abatido. Entonces, con otro ligero movimiento, Damián interrumpió la imagen y ésta se desvaneció.
Lo que había visto no le mostró gran cosa, pero así lo había querido Damián, que no le dio más explicaciones que las contenidas en el holograma y que se suponía hablaban por sí solas. Fausto reprimió la melancolía y se tragó las lágrimas que pugnaban por salir. Luego se irguió, tratando que de ese modo sus penas se mantuvieran al margen. Él era un hombre y su padre le había enseñado mucho tiempo atrás que los hombres no lloraban ni sufrían. Cómo maldijo su educación entonces y cómo la detestaba ahora, que creaba en torno suyo un caos de contraposición evitándole cierta libertad de pensamiento. Fausto acabó sucumbiendo a las pretensiones de Damián que le había provocado con aquella imagen y lo hizo asaltando al anciano con insistencia amenazante.
- ¡Por qué me enseña esto? – Se dirigió a Damián sobresaltado. - ¡Qué quiere de mí? ¡Qué queréis? ¡Los dos! – Señaló a Alicia – ¡Primero ella intenta matarme y luego esto...! – Estaba algo desquiciado.
- Tranquilo, Fausto. – Dijo sin alterarse en lo más mínimo. – Lo que acabas de ver ha de ayudarte, no dañarte. – Damián cerró los ojos, respiró profundamente y añadió. – Piensa en lo que has visto y actúa en consecuencia.
- ¡Qué piense...? – Fausto sabía lo que el anciano quería. Estaba claro, pero él no podía... no quería volver a esa casa. No quería regresar a su prisión. - ¡No lo haré! ¡Usted sabe lo que voy a encontrar allí! ¡Dígamelo y acabaremos antes! – Requirió, nervioso.
- Yo lo sé, pero tú no. – Le dijo con parsimonia. Luego le miró fijamente a los ojos y su tono de voz se agravó. – Si quieres saber lo que Anita escondía tendrás que averiguarlo tú mismo. – Miró de soslayo a Alicia. – Ella irá contigo. Será su primer contacto con el mundo. ¿No te parece emocionante? – Por la forma en que ambos chicos se miraron era evidente que ninguno pensaba que lo fuese. Sin embargo, ninguno se atrevió a protestar.






