Soledades (I)
Paseaba distraído por el parque de aquella ciudad, la misma que le había visto nacer y crecer. Hacía ya veinticinco años desde que su madre diera a luz a Eneko. Un tiempo que se había mostrado eterno a la sensibilidad del muchacho durante la última década. Pasear por allí no era lo mismo que cuando era tan sólo un infante, sin conciencia ni preocupaciones. Todo vino después. Sabía que parte de lo sucedido tenía algo que ver con él. Su madre se quedó en el paritorio y su padre... él murió hacía ya mucho tiempo, tanto que le pareció había pasado toda una vida desde entonces. Las calles aparecían desoladas y los edificios se encontraban en su mayoría abandonados o derruidos. Nadie había escapado a la catástrofe. Era un caos que aún en nuestros días seguía asolando el mundo. Muchas personas perecieron bajo el yugo de un poder que no comprendían. No llegarían a hacerlo jamás. Atemorizados, huyeron hacia las profundidades. Crearon cuevas en las montañas y accesos subterráneos hacia un inframundo construido a propósito para preservarles del mal de la superficie. Los valores establecidos se fueron al garete y emigraron en busca de la supervivencia. La comodidad no era ya un acto prioritario con el que engalanar sus vidas. El dinero no movía el mundo, ni siquiera tenía el valor que antaño. Pocos eran los valientes que se habían negado a abandonar su antigua vida y sus hogares. De esos valientes estaba poblado el cementerio, junto a todos esos que sufrieron el ataque de las bestias por sorpresa. Eneko se torturaba con la idea de que él formaba parte del sufrimiento de las gentes, de sus muertes... y durante años, desde que conoció el origen o apenas tuvo un atisbo del mismo, trató de enmendarse con una penitencia que jamás conseguía calmarle del todo. Cualquiera que lo viese, a pesar de su aspecto de talante atractivo y ánimo dispuesto, podía ver en sus ojos una tristeza que iba más allá de este mundo. Una melancolía oculta en el abismo de su alma. Cualquiera que se atreviese a mirarle a los ojos, podía sentir la punzada de dolor que lo atormentaba sin descanso. Ese era su estigma y, al igual que otros, debía llevarlo consigo durante toda su vida.
Era mediada la tarde y arreciaba un poco de viento. Se sentó en uno de los ajados bancos del parque y miró hacia lo que en otro tiempo fue un lugar de recreo infantil. Había un par de columpios, un tobogán y un caballito con muelle por patas. La imagen de esas figuras oxidadas le oprimió el corazón y, mientras uno de los columpios se balanceaba con tan sólo una de sus cadenas intacta, pensó en los niños que ya no disfrutarían de aquel divertimento. Y aquel pensamiento le llevó a otro, el de una madre que nunca conoció. La había visto en las muchas fotografías que su padre conservaba de ella, pero nunca sintió el afecto maternal más que en sueños, tan efímero e inútil. Su padre hacía lo que podía. Pero lo que podía siempre había sido insuficiente y él lo sabía. Eneko pensó fríamente que lo mejor que pudo pasarle a su padre es que el mundo se lo llevase al lugar en el que yacía su esposa. De ese único modo pensó Eneko que podía ser feliz, condenado ya a una muerte prematura desde el momento en que el muchacho había sido lanzado a la vida. Los labios de su padre jamás se abrieron para reprocharle nada que no estuviese justificado, pero Eneko, por la manera distante en la que siempre le había tratado, supo que le culpaba por la muerte de su madre. Una vida por otra.
La tarde comenzaba a enturbiarse y el cielo amenazaba con perder su azul entre el gris plomizo de las nubes que se agolpaban en las alturas. El chico miró hacia arriba. Nada sucedió. No se oía a ningún pájaro cantar. Eran los daños colaterales de una guerra contra la fantasía que había dejado al planeta con una vida escasa, limitada tan sólo a los lugares más alejados de la civilización. Apenas se veían gatos, perros o cualquiera de la fauna habitual que atestaba las ciudades. Los callejones eran más solitarios y oscuros que nunca. Las cloacas ya no eran seguras ni para las ratas. Era el mundo al revés. Lo único que quedaba eran soledades. Allá donde miraras había silencio, quietud y soledad. Era seguro que si había alguien aún en algún rincón de aquella desvencijada ciudad fantasma, sería un ser solitario y alejado de todo contacto humano. Eneko no era uno de esos eremitas. Él tenía un círculo social bastante especial. Aún así, era otro tipo de ermitaño. Uno que vivía su soledad desde dentro, en la profundidad de un corazón que permanecía insondable a cualquier ente vivo. Era un destierro que vivía con amargura y en silencio. Y nadie preguntaba. No había quien osara hacerlo.
La noche se avecinaba con más premura de la acostumbrada gracias a las feroces nubes que ya se habían comido los últimos retazos de color de la bóveda celeste. Un grito desolador avisó a Eneko de que era hora de marchar de vuelta a casa. Se levantó con parsimonia y las manos en los bolsillos. Con lentitud caminó hacia el extremo opuesto del parque. Pronto vendrían las bestias. Solían acudir allí al caer la noche. Era un ritual que llevaban practicando desde que aparecieron por primera vez en aquella zona. Eneko lo respetaba y las bestias le respetaban a él. Era un acuerdo tácito que ninguna de las dos partes osaba romper, una especie de pacto sobreentendido y aceptado por ambos. El muchacho se quedaba con el día y las criaturas con la noche. Eso era así en aquel lugar. En otros, la fortuna no sonreía igual a sus ciudadanos. Salió por una de las puertas y advirtió la reja tirada a un lado, derrotada sobre el suelo. Ya no impediría el paso a nadie más, parecía decir. Eneko tomó la bicicleta apoyada justo al lado y sorteó el obstáculo. Luego subió y pedaleó tranquilamente tomando la avenida principal que conducía a la salida de la ciudad. No quiso apartar la mirada de la carretera. La visión de una civilización marchita le hería sobremanera y no quería afligirse más de lo que ya lo estaba. La noche caía a golpe de pedal. Los gritos aumentaron a su espalda. Lejos ya de él. El asfalto se extinguió en un determinado punto y Eneko tomó un camino de tierra que conducía a su hogar. Era lo único que le quedaba en este mundo, lo único que su padre le había dejado, además de un amargo sabor de boca y el triste recuerdo de lo que pudo haber sido una infancia. A pesar de la poca luz que ya quedaba del día, el muchacho pudo ver como el ocaso bañaba de colores cálidos la casita blanca de madera que se levantaba en mitad de aquel terreno rústico. Estaba rodeada por un vasto jardín. Éste estaba plagado de estatuas muy diversas y un estanque de apenas un par de metros. El tejado de la casa era rojo e intenso y sobresalía a lo lejos por encima de la alta vegetación que la horadaba. Atravesó el umbral del jardín, un arco de piedra oculto por la hiedra. Era un lugar que contrastaba con aquel del que ahora venía. Si la ciudad le recordaba con insistencia la muerte, su hogar, aquel vergel en mitad de la nada, le traía a la mente esperanza de vida. Era quizá por eso que visitaba a diario aquel lugar marchito, para recordarse cada día de vuelta a casa que había aún una posibilidad, que aún había esperanza y que la vida prevalecía. Sin embargo, no era una idea del todo alentadora, pues la vida había sido la que se había hecho cargo del Mal del Mundo. Fue la vida la que se rebeló contra la humanidad. De la naturaleza surgieron aquellas aberraciones, unas criaturas movidas por el instinto de supervivencia que habían tratado de crecer en un mundo tan adverso como el nuestro. Era el lugar que el hombre había creado con sus guerras, su deforestación, su abuso de los elementos, su contaminación... Entonces Eneko pensó que tal vez estaba errado y que no era la vida lo que echaba de menos, sino la vida como él la había conocido. La de los humanos cohabitando libres de peligro. Aparcó la bicicleta junto a la puerta de entrada y entró en casa. Encendió algunas luces y preparó algo de cena. Después de alimentarse frugalmente, cogió un libro y leyó dejándose llevar. Era uno de los muchos legados que la humanidad había dejado en el olvido en aquella gran biblioteca. Se tranquilizó pensando que en toda la vida que aún pudiera quedarle, no tendría tiempo suficiente para empaparse de la inmensa cantidad de sabiduría que aquellas paredes albergaban. No se aburriría con todo lo que había por leer. Y la lectura era lo que le quedaba, pues su otra afición, la que movió su vida desde siempre, ahora estaba vetada. Se había prohibido dar rienda suelta a su creatividad. Eneko se había dicho que jamás, pasase lo que pasase, volvería a coger un pincel entre sus dedos. Y, aunque no se había desecho ni de sus lienzos en blanco ni de sus pinturas, permanecían recluidas en una habitación en la parte más aislada y oscura de la casa, a salvo de él. A salvo del mundo.






