Libro de Arena
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Veredas

Los intrincados caminos hacia la locura de escribir

Sin razón aparente.

Poco a poco, casi inexorablemente, el relato va buscando su final. El único posible, el mismo que ya había previsto cuando lo empecé. Fuera la noche se expande, dentro sólo se puede oir el tableteo irregular del teclado.

Rubén, mi personaje principal, ya ha muerto. Yace sobre su cama con los ojos abiertos y esa expresión de sorpresa y pavor que siempre acabo dibujando en todos los personajes asesinados en mis cuentos. La sangre apenas brota ya de las heridas que le abren el torso y el abdomen, ahora la mayor parte de ella se hunde buscando las profundidades del colchón. Curiosamente ni una sola gota ha caído al suelo. La muerte echa raices por las paredes del cuarto impregnándolo de una frialdad de sepulcro.

El otro, su asesino, ha esperado pacientemente que la música cesara, ha aguardado hasta que el rumor de la respiración dormida de Rubén comenzara a filtrarse por el resquicio de la puerta casi siempre entreabierta. Entretanto escribía. Lenta, metódicamente, llenaba las páginas blancas de un cuaderno rojo. En ellas no tejía una justificación, ni siquiera el listado de motivos que hacían a Rubén acreedor de su destino (el otro sabe que el mal, así sin aditamentos, no precisa de semejantes excusas). Tampoco redacta su confesión. En realidad el otro, el asesino, sólo escribe un cuento. El relato de un joven que, sin explicación racional aparente, decide acabar con la vida de su compañero de piso.

Al final, cuando la pluma se deposita débilmente marcando el punto que da termino a su narración, cierra el cuaderno rojo, agarra el cuchillo de cocina que le ha acompañado sobre la mesa todo el rato y, con una aterradora naturalidad, encamina sus pasos hacia el cuarto de su víctima. Dentro, en mitad de la penumbra, levanta el brazo y asesta un número indeterminado de puñaladas mecánicas sobre el cuerpo inerte de Rubén, quien sólo acierta a abrir inusitadamente los ojos con esa expresión de sorpresa y pavor propia de mi falta de recursos narrativos. Luego, tan inopinadamente como comenzaron, las cuchilladas se detienen y el otro se queda parado en medio de la habitación silenciosa sin saber muy bien qué es lo que viene ahora.

Dejo de teclear y miro la pantalla. La noche ya es dueña absoluta de la ciudad. Encendiendo el último cigarrillo releo mi relato al fin concluso con la ternura y la piedad con la que se mira a una criatura recién traída al mundo. Por último archivo el documento, apago el ordenador y agarro el cuchillo que me espera sobre la mesa.

UNO DE TANTOS.

El sol. Seguro que fue el sol el que se me metió en la cabeza. Si no cómo explicarlo. Si no cómo llamar a esa inmensidad luminosa y ardiente que me acribilló los ojos la última vez que levanté la mirada. O también el cansancio, la sed, la pesadez de las horas interminables en lo alto del andamio, o la falta de sueño del último fin de semana. No lo sé... y es muy probable que ya nunca lo sepa.

Lo que sí acierto a recordar de una forma rara, como si se tratara de una sucesión arrítmica de fotogramas, es que empecé a retroceder, a dar un paso hacia atrás, dos, quizá tres...hasta que el último de ellos se encontró con la nada. Y entonces vino el pánico. Un miedo simple, puro, desnudo, que me atenazó la garganta al sentir el brusco cambio de posición, al ver a mis brazos extenderse y a mis manos crisparse en busca de un asidero, de un mísero centímetro cuadrado de solidez que me proporcionara la esperanza de despertar sobresaltado en medio del sueño.

Luego el trayecto interminable y esa estúpida sensación de euforia que sólo duró un segundo, justo el tiempo necesario para que los músculos de mi espalda se tensaran arqueándola en un esfuerzo inútil por absorver el impacto, y el mundo alejándose a gran velocidad y el golpe seco, brutal y el crujir de mis huesos al estrellarse contra el suelo y el dolor, enorme, atroz, aunque sólo durara un instante.

Aunque también, por qué no contarlo, la íntima satisfacción de que la última imagen que pasara por mi mente fuera la suya, la de ella; con ese gesto, entre pícaro y expectante con el que algunas veces me esperaba a la salida de la obra; con esa alegría desenvuelta e impúdica con la que venía hacia mí y me echaba los brazos al cuello y me besaba en la boca.

Y luego gritos, palabras inconexas, voces desesperadas entre las que creo reconocer la de alguno de mis compañeros de tajo, mientras todo se vuelve oscuro, muy oscuro, cada vez más oscuro.

NOTA DEL EDITOR:

Sergio Ariza vivía en casa de sus padres en un barrio cualquiera de una ciudad cualquiera. Desde hacía unos seis meses trabajaba de peón sin contrato en una promoción de viviendas de su localidad. Allí, en la obra, en un almacen bajo llave, todavía descansan perfectamente ordenados varias docenas de arneses, cascos y demás material de seguridad a la espera de alguna inspección rutinaria.

¿Quién o qué es mi paredro?

"... ya se ha dicho que la atribución de la dignidad de paredro era fluctuante y dependía de la decisión momentánea de cada cual sin que nadie pudiera saber con certeza cuándo era o no el paredro de otros presentes o ausentes en la zona, o si lo había sido y acababa de dejar de serlo. La condición de paredro parecía consistir, sobre todo, en que ciertas cosas que hacíamos o decíamos eran siempre dichas o hechas por mi paredro, no tanto para evadir responsabilidades sino más bien como si en el fondo mi paredro fuese una forma de pudor...Incluso había veces en que sentíamos que mi paredro estaba como existiendo al margen de todos nosotros, que éramos nosotros y él, como las ciudades donde vivíamos eran siempre las ciudades y la ciudad;..., como si en algunas horas privilegiadas saliera por sí mismo mirándonos desde fuera."

Julio Cortázar. "62 Modelo para armar".

Escribir, ¿para qué?

¿En cuántas ocasiones sentimos que lo que ronda por nuestra cabeza no es comunicable? Probablemente estemos en lo cierto. Pero también es posible que esa sea precisamente la tarea a la que toda persona que escribe deba enfrentarse. En la oscuridad de nuestro subterráneo particular nos debatimos por extraer de forma inteligible las sustancias minerales que pueblan nuestro interior. Pero, ¿para qué?. De verdad seremos capaces de separarlas del légamo de sandeces con el que el mundo en que vivimos las envuelve. Y por otra parte, si somos capaces de completar la gesta, ¿el resultado final podrá ser expresado con palabras? y esas palabras, ¿serán entendibles para alguien? o lo que es peor ¿de verdad existe ese alguien? Sigo sin tener certeza alguna al respecto, pero...

"Un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura"

Franz Kafka.

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Debe notárseme que soy novato en lo que a andar por blogs se refiere. Hasta ahora mis preferencias estaban más cerca de la lectura y escritura en soledad, la charla con algún que otro amigo con quién comparto eso que llaman pomposamente inquietudes literarias y, ya al borde del exceso, la correspondencia electrónica con algún otro aprendiz del oficio. Pero como esta tarde no me salía nada, me he dicho: ¿Porqué no intentarlo?, ¿porqué no probar eso de los blogs, eso de lo que tanta gente habla?, ¿y si...?

Así que aquí estoy, dispuesto a entablar leal conversación con cualesquiera transeuntes de estas veredas. Lectores, escritores, híbridos... en fin, al gusto.