Bien hubo vuelto, lo hizo de esa forma tan distante que a ella en nada le satisfizo. Hubiera esperado cualquier retorno, no ese. Sintió la gélida mano que arrastraba sus largas uñas sobre su esquinazo, retorciendo su alma a cada paso.
Ayer todo suyo, ahora de nadie. Cavila y piensa que no somos de nadie, pero el sentir es otro. Reclama un abrazo. Requiere de él. Sola se sabe.
Hubo un antes, en que nada de todo eso tenía cuerpo. Amaneció en ella un sentimiento que piensa ha de tragarse.
Las palabras esconden y frustran.
Marcharse.
Se pregunta si es posible escapar de si misma o habrá que argumentarse.
Es dura la vida cuando sin saberlo has entrado en un laberinto de sentimiento confuso.
El cuerpo marca pautas que desoyes y aguantas.


-Me gusta encontrarme contigo. Esta ausencia hace que me sienta perdida y sin destino.- Proclama ante la noche que se adueña del tiempo que transcurre tras los cristales, esperando a quien en ese momento está en otras cosas o, quizás para siempre, estará ausente.
Aparentemente las cosas se aguantan y las maneja como si nada, pero en ese rincón que todo lo guarda está de espera.
Se dice de quien espera que desespera.
Suele ponerse en las cosas, alejándose de esa recámara para que el tiempo pase sin dejar huella. Así, si es posible el reencuentro, está dispuesta y sin requiebros.
Ha aprendido dándose coscorrones y cayendo a lo más profundo y oscuro, perdiendo el aliento.
Levantarse capacita, no sólo para volver a superar los contratiempos, sino que enseña que de esa se saldrá.
La vida da lecciones que guardas en el mejor de los paños para, de vez en cuando, abrirlo ante ti y no desesperar.
Dirán que son los años, serán, pero también se apunta a una actitud de cuidado en la que se te tiene como el bien más preciado.