Libro de Arena
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bucles del tiempo

Me quejo.

No respondo de mí.

Me hace y siento,

registro y apunto a salir.

El eco me vuelve hacia ese ángulo que por venir persiste.

Apunto a destiempo lo que puja por allí.

Remedios no los hay.

Me veo así.

Una media hora en ese tubo sir mover si una pestaña.

Resonancia.

He hecho de gemido canto y aire de mi alma.

De repente la conciencia ha dicho -¡basta!- y he seguido atenta y predispuesta, con la duda que asalta cuando lo previsto hubiera sido error. En esa situación no me habría permitido acomodación. No lo ha sido, allí mi salvación. Colaborar era lo mejor.

Volver a las manos que resuelven la quebrada del cuerpo para posponer lo que el destino tiene para mí dispuesto.

Me quejo.

No hay otra cosa en mi argüir que este dolor enquistado de ni brazo.

Va para un mes de ello.

Todo el trabajo al otro lo va machacando.

Teclear, ¿me será vedado?

Ahora que en conjunción, pensamiento y razón acompañaban mi tacto hilando con el teclado mi expresión.

Entrecortados pensamientos dejan ver lo que siento.

En la soledad de la noche un canto oculto a mis plegarias se esconde arrastrándolas con mi dolor para que de ellas pueda ocultar mi desazón.

Aunque fuera posible escuchar los ecos de las palabras dispuestas a saludar y ventilar ideas necesarias para argüir mis plegarias no tendrías compasión y me harías con ello un gran favor.

Puntuar y construir el texto me produce tal quebramiento en el seso que aquí en la noche rota no se me ocurre otra cosa mejor que darle al tacto del teclado para alcanzar con ello algo que merezca ser llevado de mi mano y bajo el brazo que no muy sano aún puede acompañar en ello pensamiento y argumento en letras bien o mal dispuesto.

Construyo frases largas y sin otra que desalentada cuando acabo veo en ellas que no clavo comas ni pausas para aguantar con calma ese hálito necesario que constituye pacto entre letras para dejar respirar a su comodidad a quien las lea.

No seré capaz de darle forma a este barro que de primigenia manera se presenta y que por ello escribo pulsando a una u otra tecla sin saber que transcenderlo habría de ser construyendo entarimados y pasillos para así compartirlo.

Escribir para mi instinto no debería quedar bajo el yugo o la regla autoritaria pues quien libra está batalla es mi alma liberal desatada y sin mordaza.

Si dispongo en versos los renglones que a estirones rescato de marañas y desorden bastara ovillarlos dejándolos sobre este espacio coloreando con ellos el paisaje dibujado y entelado para que este tapiz hable aunque poco de mí.

En ese rincón oscuro mi alma dispara en ráfaga y apenas me alcanza recuperar alguna esquirla siendo tan lento mi paso comparándolo con lo pensado que a penas soy capaz de balbucear.

Entrecortados pensamientos dejan ver lo que siento.

Soñaba mundos que hoy sé que están en mí.

Soñaba mundos que hoy sé que están en mí.

Cogía mis doce colores, los que la noche de reyes habían llegado con ese cuento que leí y releí mil veces.

Sobre todo el verde, ese cada vez se hacía más pequeño. Seguramente mis dibujos estaban llenos de vegetación.

Mis libros eran en blanco y negro.

La princesa del parche en el ojo, una mujer preciosa.

Esas inmaculadas a las que di pasteles de rosa y azul.

Pintaba delicadamente y nadie se metía conmigo.

Nunca me dijeron que los libros eran sagrados.

Hoy, remontándome a ese momento, me veo concentrada en un sueño, en el de ser: bailarina, poeta, pintora, maestra,…

Nunca soñé con ser viajera. Mis viajes son los de la mente. Tengo un mundo propio que no da cabida a tanto movimiento.

Vivir en el otro lugar me lleva al retorno.

Mis idas y venidas bajo un cielo que, tras años sobre mí, es distinto.

Nunca deje de ser niña.

Una vez supe de los niños índigo, también de los adultos, y allí recogí un rastro de aquello que siempre me ha dejado espectadora de mi mismidad. No diré que lo soy, ya quisiera yo, pero en mi transitar he tenido que aceptar que me muevo en un estado de contemplación y sensibilidad que dificulta esa posición que el mundo me da.

Aprendí a ponerme el traje que no inquieta a quienes vislumbran esa manera de ser otro, pero lo ajusté tanto a mis carnes que muchas veces pagué el precio de la enfermedad.

La muerte es esa concesión que le hacemos a lo que de nosotros se supone.

Supe arrancar los velos que me ahogaban y un buen día descubrí que si escribía la maraña que enredaba mis pies se diluía.

Volvió la niña a reír, la joven a soñar con el amor. Volví a mí.

Me pregunté y no encontré respuestas.

La zozobra que hacía mella en mí me daba alas y volaba.

Enamoradiza del aire que respiraba.

¿Sería ese el cambio que apuntaba a un nuevo estado?

Ahora regreso y añoro esas sensaciones que me tenían volada.

Subí tan alto, dijo el poeta que susurrando a mi oído se hacía presente en mi alma.

El encuentro conmigo misma estaba sacando un eros divino que en tantos años ignorara.

Perpleja seguí un camino que apenas reconocía o sabía.

La niña que salió de mí cogió mi mano y como si supiera lo que había que hacer se hizo cargo.

Hoy sé que me estará acompañando en este viaje que ahora tomo.

He contactado con la diosa a través de sus ojos, los del alma que no envejece y que esperaba en un recodo.

Viene a verme y me susurra dulces nanas que adormecen, no la vida sino la desgana y la muerte.

Tengo muchos senderos por pisar, desandar para ponerme a andar.

‘El camino que desando y ando sin cesar’, palabras que se apuntaron al principio de este viaje ahora saben que anunciaban presagiando que mi viaje estaba empezando.

Me impliqué en cada paso, pero no por ello fue acertado. He errado y caído en el lodo de mi sino, pero sigo en pie con empuje y ganas de ser.

Alguien me preguntó si buscaba encuentros, eso me tiro hacía atrás. Nunca sé bien otra cosa que no sea lo que no encaja y esa fue una de las que me hizo pensar que debía buscar. Me encontraba, esos encuentros eran mi propia pesquisa. Los reflejos que del otro veía. La tirada de la carne en mi misma se cumplía.

No da tanto el que al lado te susurra, el cuerpo tiene fronteras insalvables. No vale la pena darse contra esa pared que otro cuerpo te pone.

Pudiera haber vivido de otra manera. Otras lo hicieron y no padecieron. A mí me ahogaba el intento.

Es posible que en estos textos no haya otra razón que mi propia resolución.

dispuesta

Ahora tendré que olvidarte sin siquiera alcanzarte, tendré que inventar que has estado para poder decidir que ya nunca más voy a encontrarme contigo, habré de ser precisa con esos recuerdos fingidos. Me has saeteado con un juego de claros y oscuros. Has dado en la diana porque por casualidad sonó en la lira la nota que yo esperaba. Sin embargo no cantes victoria, porque aunque sólo me diga tu nombre llegará el momento que al escucharlo no te evoque.

Has llegado dando aldabonazos certeros, con un puño que aguanta una bola de cobre, sobre una puerta de roble, en una casa llena de rincones por desvelar, a los que apenas llega la luz refleja que se deja colar por entre las rendijas de las puertas ya desgastadas de tanto abrir y cerrar.

El tiempo, con tu encuentro, se está plegando y no se tiene tan claro si fue mañana o será ayer cuando vienes a recorrer este cuerpo cansino que se estira ante ti.

Has mirado, desde esa piedra quieta que elegida minuciosamente has escogido para decirme tu nombre.

Me has visto desnuda, sin nombre, desposeída de vida sin alas y sin sonrisas.

Arrancaste en otros momentos las ganas de vida que se estaban diluyendo.

Sacaste, con mis risas que abrían una de esas puertas que tenían bajo llave los deseos olvidados, nuevas miras.

Valió la pena olvidarte para volver a inventarte.

De ese rastro que dejaste construí una figura de barro tierno que moldeo a mi gusto.

Tengo ese privilegio.

No hace falta que me des ni te pido alimento.

Me sustento.

Ya no vienes a mis sueños.

Me recreo recorriendo con mis manos como si fueran las tuyas cada uno de mis puertos.

Tú que lees lo que escribo, hazlo tuyo.

La poeta siempre está dispuesta a entregarse al que leyéndola la sepa.

entre nubes

Entre tu si y tu no se oculta la verdad, pero no la quiero mirar.

Quiero creer que aún puedo enlazar los días con sus noches sin pensamientos otros que me tomen.

Quiero pensar que puedo dar pasos al aire mirando la sombra que plácidamente proyecto sobre las nubes que me abren paso.

Y de tanto quererlo haré que sea cierto.

Vaticinaré buen tiempo.

Arrancaré una a una las cuentas de este rosario deshojando esa margarita.

¿Sabes por qué?

Porque te seguiré inventando en todo lo que en mi suscitas.

En mi piel tersa y joven que hace tiempo manifiesta que el paso del tiempo en ella quiere escribir un diario.

En lo más íntimo de mi goce.

En mis pechos que recuperarán su porte para recibirte en tu lecho de estrellas, acunados por esa luna para nosotros siempre despierta.

Lo sórdido de este mundo se dejará en la trastienda.

Habrá otras yoes que de eso se ocuparan en los momentos del día en que sin remedio tenga que incorporarme a la vida.

Sigues allí, no lo dudes, pero no quiero tomar ese camino que sólo dará requiebros enfangando lo que ahora es agua clara de esta fuente que por ti mana.

Quiero decirte y te digo, pero lo negaré mientras pueda.

Apuntaré a otro lado las palabras como saetas que de este arco tensado hacía ti van directas.

Te amo, no es posible otra treta, pero será desde este teclado mientras fluya la letra.

Te recorro entre mis manos acariciando y besando cada rincón que imagino va tomando del barro forma y sino.

Te amo, aunque lo siga negando.

Nada más podrá esperarse de este encuentro fortuito.

He vivido y este manso y alborotado deseo se ha enfundado entre mis pechos recogiendo un deseo que no querría dispuesto.

En ese imaginado momento vuelo en un abrazo que de tus brazos alados recojo.

Te beso. Siempre en mis labios palpita ese impulso de llegar al ahogo para ser atravesada por la lanza que erguida imagino ante lo que de mi imaginas.

Si acompañas este encuentro seremos uno en el cielo.

Si encontramos un momento de sabanas y sudores seguramente allí tropezaremos con muchos inconvenientes, no vale la pena probar lo que tú y yo sabemos.

No es para nosotros ese encuentro.

Lo que aquí se suscita toma arranque y tira para delante.

Lo otro es enredarse en frustrados intentos mascarados con miradas y escuchetes indeseados que hacen daño a quienes no lo merecen.

Sigamos si es posible soñándonos libremente, sin reparos ni engaños, que tú y yo somos dueños de los más íntimos pensamientos que uno a otro destinamos.

Y aunque a veces la carne pide un precio que no le demos será más grato lo que va bullendo por dentro.

Hemos roto las barreras, porque sin conocernos nos sabemos.

Hemos llegado más lejos de los límites propios de dos cuerpos que al buscarse nunca llegan a encontrarse.

Los cuerpos responden más por la mente y ésta ya sabe encontrarse sin barreras ni distancias.

Aún así quedamos al libre albedrío de lo que siempre sucede, el desencuentro que todo lo descompone.

Habremos vivido en volandas.

Habremos subido a la cima de esas montañas nevadas.

Habremos tenido la lumbre de esa hoguera encendida y, con palabras cruzadas, habremos hecho de amantes enardecidos que por la calle caminan, con los ojos encendidos atrayendo miradas.

Te parece poca cosa.

Nunca tuvimos la suerte de haber puesto atributos que en el otro encajen.

Ahora puedo adornarte con galas de caballero, con sensibilidad de poeta, con tacto de amante solícito y rumboso, con alas y con agallas.

Ahora lo puedes ser todo y sin falla.

Nada te pediré, aunque no vuelvas mañana, porque de ti no dependerá el encuentro, serás allí dónde mi alma reclama.

nos rendimos.

Has apurado ese cáliz.

La sed que arrastras no se sacia.

Tira de ti sin poder sosegarla.

Sin nada que llevarte a la boca que salobre se seca y agrieta.

Palabras secas y condensas.

No volverás a encontrarme allí dónde me dejaste.

Nunca estaré en el lugar de siempre.

No tengo esa quietud necesaria.

Mi noria no para y no muele ni renueva las ganas.

Traspasa a otros tiempos y de otros espacios se nutre.

Cubre auroras boreales con aleteos de ave.

Ella me arrastra hacia las oquedades de esas rocas que el viento orada.

Me transporta a las profundidades opalinas del alma que divaga en rendijas maltrechas.

Me responde a preguntas no formuladas.

Me arrastra.

Inspira mis palabras.

No soy dueña.

Puebla mis silencios con vocerío de mercado de pescadores que subastan su última captura.

Arremete, a mi pesar, y desgasta las ganas que pendidas dejan de tomar la salida, ocultándose tras las sombras proyectadas sobre las losas de un cementerio olvidado entre las frías montañas.

Tejados reflectantes de esta noche sin luna, opaca para los amantes que no se dejan las manos en enredados abrazos, que no desgarran sus pechos confundiendo sus corazones en uno, que no se besan a bocados, que no se dan y engañan.

Pueriles fueron las palabras que ensartamos entre cantos rodados de un río que seco se ha quedado.

Nos fuimos.

No supimos.

No quisimos.

Cobardes ante la verdad.

Renuncios a destiempo ahora pasan cuenta y precio.

Descuentos que insatisfacen.

Rompiendo reglas de juego.

Partimos en horizontes finitos hacía un falso paraíso.

Confundimos.

Salimos en desmesura de la locura que nos enganchaba quebrada y sollozada.

Nos rendimos.

Se cerro la puerta que abierta daba paso a ese encuentro.

Es posible que con ello hayamos salvado lo que queda de cordura tras una vida vivida y ahora preparemos ese manto que habrá de ser el sudario.

Desoímos pasiones que engañosas creímos.

es tu sino

Descalabro y desajuste, falsas esperanzas.

Aléjate de esa senda, niña, que te descuadras.

Deja que el viento arrastre las palabras vanas, esos cantos de sirena que crees te reclaman.

No caigas bajo su embrujo que te pierdes.

Recuerda que el retorno es largo y no siempre se vuelve.

Repón los cuatro pilares que te sostienen.

Ese tiempo de posibles se esfuma y tú lo sabes.

Es meramente un espejismo de lo que te dejaste en ese camino que nunca alcanzaste.

El amante, recuerda, nunca fue lo que deseaste.

Habías llegado a aceptar y a construirte un mundo sin hombres.

¿Qué te sucede?

Despiertas de un letargo demasiado tarde.

Nuevamente reclamas lo que en otros has creído y ciega te entregas a un deseo perdido.

¿Es el último pago o aún crees que puedes?

Descansa sobre los recuerdos malditos de las faltas y desdichos.

No entraste por ciertas veredas.

Te negaste.

Entraste por otras quimeras que olvidaste.

Encerrarse en el olvido de ti misma no ha servido.

Sangran recuerdos de renuncias que habías escondido en el más profundo de los pozos del olvido.

Se remueven y salen a flote.

¿Es un pago o prebenda?

¿Es la tasa que ahora toca para que la carne descanse antes de su última hora?

Los años no pasan en balde.

Hacen aguas.

Retejar ese tejado sin nada más que las ganas que ahora se evaden.

Arrastrar silencios de años.

¿Qué fue que removió esas aguas sacando al aire renuncias pasadas?

Tú sabes, pero te lo ocultas.

No admites esa pregunta.

Alguien viene y despiertas del sueño prohibido.

Te lleva de la mano que alcanzas como si de ello viniera salvarlo.

Te engañas nuevamente con una ilusión maldita.

Nadie viene que no sea para dejarte nuevamente con esas ganas de sed no saciada.

Es tu sino.

Fueron escritos renglones de sal que secaron tu camino.

Ahora es tarde

Una espina se clavó entre los pliegues que escondían mi razón de ser.

Una herida mal curada que se abrió con el golpe de tu voz oculta tras las palabras.

Una flor enardecida entre rocas grises se abre paso para ausentarse de la soledad.

Un recuerdo construido añadido a los restos desmañados que quedan hechos jirones.

Un repuesto de lindezas que preparas para echar las compuertas hacía arriba y así dar rienda suelta a la suerte que precisas.

Un estado de quietud que estiras hacía delante para que te prevenga de las quimeras.

Unas luces que amarillean la noche por las esquinas que recorres acerrojando la dicha.

Unas sombras que divisas tras los pasos que adelantas sobre el lastre de las húmedas calles.

Unos ecos ocultos a la mayoría de la gente que tan sólo tú sientes.

Unos espacios que envuelven el tiempo que podrás dedicarte más tarde, cuando todo el mundo duerme.

Ahora es tarde.

Para mí corrió el tiempo de tal manera que la noria ya dio una vuelta.

Encuentro en el otro extremo, colgando las estrellas que acompañaran la luna de papel que adornará el recuerdo de esa otra que no es.

Aparentemente escribo en tinta y papel, sin embargo embadurno lo que pienso con las luces de un extraño que se fue.

Mi lápiz no tiene punta, ni con qué afilarla después.

Con la sangre de mis puños grafiaré.

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