nos rendimos.
Has apurado ese cáliz.
La sed que arrastras no se sacia.
Tira de ti sin poder sosegarla.
Sin nada que llevarte a la boca que salobre se seca y agrieta.
Palabras secas y condensas.
No volverás a encontrarme allí dónde me dejaste.
Nunca estaré en el lugar de siempre.
No tengo esa quietud necesaria.
Mi noria no para y no muele ni renueva las ganas.
Traspasa a otros tiempos y de otros espacios se nutre.
Cubre auroras boreales con aleteos de ave.
Ella me arrastra hacia las oquedades de esas rocas que el viento orada.
Me transporta a las profundidades opalinas del alma que divaga en rendijas maltrechas.
Me responde a preguntas no formuladas.
Me arrastra.
Inspira mis palabras.
No soy dueña.
Puebla mis silencios con vocerío de mercado de pescadores que subastan su última captura.
Arremete, a mi pesar, y desgasta las ganas que pendidas dejan de tomar la salida, ocultándose tras las sombras proyectadas sobre las losas de un cementerio olvidado entre las frías montañas.
Tejados reflectantes de esta noche sin luna, opaca para los amantes que no se dejan las manos en enredados abrazos, que no desgarran sus pechos confundiendo sus corazones en uno, que no se besan a bocados, que no se dan y engañan.
Pueriles fueron las palabras que ensartamos entre cantos rodados de un río que seco se ha quedado.
Nos fuimos.
No supimos.
No quisimos.
Cobardes ante la verdad.
Renuncios a destiempo ahora pasan cuenta y precio.
Descuentos que insatisfacen.
Rompiendo reglas de juego.
Partimos en horizontes finitos hacía un falso paraíso.
Confundimos.
Salimos en desmesura de la locura que nos enganchaba quebrada y sollozada.
Nos rendimos.
Se cerro la puerta que abierta daba paso a ese encuentro.
Es posible que con ello hayamos salvado lo que queda de cordura tras una vida vivida y ahora preparemos ese manto que habrá de ser el sudario.
Desoímos pasiones que engañosas creímos.







