Hay que saber escribir para sí aquello que esperas venga a ti.
Las historias que te cuento no son otras que aquellas que querría recibir.
¿Será así?
¿Es posible el reflejo que aleja en la distancia corta y aproxima en la más larga?
Tú me escribes y no contesto a tiempo. Unas veces por mis tientos y otras porque no llego.
Ya no sabes de mis letras. Oculta, vengo aquí tapando mi rostro para que de mí no puedas intuir.
Decidí que para tus oídos no iba a escribir. No quise arrastrarte en mis dudas. Si algo claro te he de decir será por ese camino que me abre el poderte escribir.
Ahora afirmo y después niego, así no te debo decir.
He optado por el silencio y venir por aquí derramando aquello que puja por salir.
Pienso en ti. Reconozco que lo eres todo. Desconfío de mí.
Voy y vengo por tu puerta, no me lo puedo impedir.
Si hay señas de tu presencia con ella me vales, aunque mi alma se inquieta y empuja mi voluntad.
Me pareció posible y ahora encuentro que es un lazo del que tirando cada vez me tiene más prieta sujetando.
Recortando y atajando vuelvo a tu paso.
Espera es lo que no aguanto.
¿Por qué me has entrado tan hondo?
A veces nos parece que pasaremos de lado y sin tocarnos.
Estamos expuestos a quedar prendados.
Me has atrapado y ni siquiera lo sabes.
Si supieras, lo negaría desdibujando mis trazos.
Falsamente diría no dónde con locura in contenida te estoy reclamando.
Me estoy negando.
Temerosa me voy retirando, pero no puedo evitarlo. Por ello sigo trazando este mapa para que oriente mis pasos.
No podría, ese es el tacto que he tocado.
Aunque acepto algo me intranquiliza. No sé dejarlo.
No fue a ti.
Eran versos que me quería decir.
Que fue engaño, quizás sí.
Utilicé el verbo que te pudo asistir.
Pero no era para ti.
En eso me he equivocado.
Era siempre para mí.
Para rememorarme en presente de un pasado que no así.
Hubiera seguido en ello si no me hubiera caído la venda, levantada por ese helado vendaval.
Divisaba tus montañas y no te podía mirar.
Allí está, me decía, y ni siquiera me oía.
Las fosas del cementerio sonrieron a mi paso dejando un repaso de lo que vendrá mañana.
Las cumbres nevadas merodearon tus sueños.
A ellos otros cuerpos espectrales se acercaron sin siquiera hacerme sitio, ocluyendo un posible camino recorrido en otro tiempo que ahora parece impreciso.
A cualquiera podrás ponerle atributos de los que a mí me concedías.
No tardaré en desconocer el camino que hacía ti me traía atrayéndome como moscas a la miel.
La intuición es la primera que despierta del sueño en que nos restregamos, a sabiendas de que mañana no será.
Vuelvo a mi territorio propio, al que me concedí en su día.
Me recojo en mis líneas y antojos sin nadie con quien platicar.
Perdí el punto el día que cruzaste por mi puerta, ahora quiero volver para poder continuar en él, con la cabeza bien alta aunque no tengas nada que ver.
No hará falta. He salido de ese callejón oscuro a que aboqué mis letras.
He vuelto para quedarme, aunque ya no sea secreto y a voces se cante.
Nunca supe guardar secretos, el gesto me desdice cuando así lo intento.
Hago viajes de retorno y me paro bajo nubes que dibujan en el cielo los presagios que mi mente desconoce, aunque los recoge para hacer con ellas un mar en que mecerme en la noche, eludiendo pesares y pesadillas que puedan deshorarme.

Cuando te pienso, te siento. No puedo huir. Mi estructura flaquea perdiendo pie. Me iría a hacer realidad la tentación que cuchichea a mi alrededor. Si supieras de mis pensamientos, reirías de contento. Has hecho que te dibuje en versos y desmañada me sienta por dentro.
La zozobra y el desasosiego. Un no sé qué vivo por dentro. Mis labios lo están sintiendo, como una flecha de uno a otro punto del cuerpo. Consigues que me disponga. Frustrada quedo.
Esos sarmientos que recojo siempre que te pienso, los has dejado tú como migajas para indicarme ese camino que tanto deseo me encaja.
Tu gesto atraviesa mi alma.
Me tienes atrapadas las ganas.
Me atrapas en ese juego al escondite en un tira y afloja en que aparentemente me dejas libre.
Enzarzas mi talle, alborotando mis pechos que te asisten, recogiendo tus besos en el aire y cercenando el tiempo que anda predicho para que vengas a mí.
Despiertas la durmiente que aparentemente recoge en saco roto lo que dices.
Atinas cuando lanzas esos dardos sin precisar.
Gozosa me miro en tu mirar lascivo.
Has sabido la nota que era necesario tocar.
No lo dudes más.
Soñaba mundos que hoy sé que están en mí.
Cogía mis doce colores, los que la noche de reyes habían llegado con ese cuento que leí y releí mil veces.
Sobre todo el verde, ese cada vez se hacía más pequeño. Seguramente mis dibujos estaban llenos de vegetación.
Mis libros eran en blanco y negro.
La princesa del parche en el ojo, una mujer preciosa.
Esas inmaculadas a las que di pasteles de rosa y azul.
Pintaba delicadamente y nadie se metía conmigo.
Nunca me dijeron que los libros eran sagrados.
Hoy, remontándome a ese momento, me veo concentrada en un sueño, en el de ser: bailarina, poeta, pintora, maestra,…
Nunca soñé con ser viajera. Mis viajes son los de la mente. Tengo un mundo propio que no da cabida a tanto movimiento.
Vivir en el otro lugar me lleva al retorno.
Mis idas y venidas bajo un cielo que, tras años sobre mí, es distinto.
Nunca deje de ser niña.
Una vez supe de los niños índigo, también de los adultos, y allí recogí un rastro de aquello que siempre me ha dejado espectadora de mi mismidad. No diré que lo soy, ya quisiera yo, pero en mi transitar he tenido que aceptar que me muevo en un estado de contemplación y sensibilidad que dificulta esa posición que el mundo me da.
Aprendí a ponerme el traje que no inquieta a quienes vislumbran esa manera de ser otro, pero lo ajusté tanto a mis carnes que muchas veces pagué el precio de la enfermedad.
La muerte es esa concesión que le hacemos a lo que de nosotros se supone.
Supe arrancar los velos que me ahogaban y un buen día descubrí que si escribía la maraña que enredaba mis pies se diluía.
Volvió la niña a reír, la joven a soñar con el amor. Volví a mí.
Me pregunté y no encontré respuestas.
La zozobra que hacía mella en mí me daba alas y volaba.
Enamoradiza del aire que respiraba.
¿Sería ese el cambio que apuntaba a un nuevo estado?
Ahora regreso y añoro esas sensaciones que me tenían volada.
Subí tan alto, dijo el poeta que susurrando a mi oído se hacía presente en mi alma.
El encuentro conmigo misma estaba sacando un eros divino que en tantos años ignorara.
Perpleja seguí un camino que apenas reconocía o sabía.
La niña que salió de mí cogió mi mano y como si supiera lo que había que hacer se hizo cargo.
Hoy sé que me estará acompañando en este viaje que ahora tomo.
He contactado con la diosa a través de sus ojos, los del alma que no envejece y que esperaba en un recodo.
Viene a verme y me susurra dulces nanas que adormecen, no la vida sino la desgana y la muerte.
Tengo muchos senderos por pisar, desandar para ponerme a andar.
‘El camino que desando y ando sin cesar’, palabras que se apuntaron al principio de este viaje ahora saben que anunciaban presagiando que mi viaje estaba empezando.
Me impliqué en cada paso, pero no por ello fue acertado. He errado y caído en el lodo de mi sino, pero sigo en pie con empuje y ganas de ser.
Alguien me preguntó si buscaba encuentros, eso me tiro hacía atrás. Nunca sé bien otra cosa que no sea lo que no encaja y esa fue una de las que me hizo pensar que debía buscar. Me encontraba, esos encuentros eran mi propia pesquisa. Los reflejos que del otro veía. La tirada de la carne en mi misma se cumplía.
No da tanto el que al lado te susurra, el cuerpo tiene fronteras insalvables. No vale la pena darse contra esa pared que otro cuerpo te pone.
Pudiera haber vivido de otra manera. Otras lo hicieron y no padecieron. A mí me ahogaba el intento.
Es posible que en estos textos no haya otra razón que mi propia resolución.

Alboroto
Me asusta saber que te estuve esperando sin darme cuenta. La excitación de los últimos momentos me lo ha demostrado. Quería creer que podía prescindir de tu presencia.
Ilusa me lo he plasmado en el cerebro pensando que podía domeñar las ganas que se abren sólo con pensarte.
No habrá ocasión positiva para mirarte.
Estás al otro lado para escucharte.
Demasiado es el tiempo que se antepone entre el ahora y el antes.
He abierto miles de fuentes para derramarlas a mi paso.
Con ellas he regado las veredas y caminos para que florezca el brote que ha nacido.
Aunque creas que no ha sido, fue accidente o casualidad que se interpuso impidiendo que pudiera escribirte, y cuando hubiera podido creí que podía eludirlo.
Tristezas se colaron por todos los descosidos que ahora apaño pespuntando y atajando.
Estoy aquí. No me he marchado. Vuelves y encuentras que la mesa está adornada con sarmiento del camino que entre tu casa y la mía he tomado en mis idas y venidas.
Me alborota sólo pensar que tus ojos me puedan mirar.
Estoy hecha un manojo de nervios, como si me hubieras podido pillar en falta.
Llegaste por casualidad y en mi lecho te habrás de quedar.

Herida caí,
fulminada por el rayo y de ti me reí.
No por descuido,
paré en mientes de lo que perdí.
Era forma desusada,
en el acto en tu llaga clavé la daga.
Me hinqué de bruces,
clavando mis rodillas en la losa fría.
Lloré a escondidas,
carente de tu dádiva.
Hirió el rayo mi pecho,
rompiendo mi sentimiento.
Cancelas y cerraduras,
plomo viejo se hizo trizas.
Pérfida la vida,
trajo a mí el avieso deseo de ser tuya.
Merecería mil muertes,
si con saberte tan cerca dejara de quererte.
Para amortajarnos juntos,
ya están dispuesto los nuevos sudarios.
Yo a tu lado,
aunque largo sea el tramo.
Tú en espasmos,
recorres por mis silencios.
Éramos,
somos y padecemos.
Nos perdemos,
en la noche de nuestros tiempos.
Para darnos paso,
Thor abrirá el cielo de un tajo.

Ahora es presente.
Anidan en su alma sueños de grandeza, pero lo que realmente cuenta es el gesto próximo del amigo.
Lo demás es pura pantomima.
Apariencia fortuita que acompaña escondiendo el miedo a una introspección necesaria.
Tiñe de colores distintos cada uno de sus momentos y cuando no puede ni con su alma, irrumpe en un llanto que reclama a la nada.
Desahogo es dado en apariencia vana.
Las lágrimas a nada aguantan, son la impotencia que rompe los diques del alma.
Late un corazón deshojado, a puro de años y pasado, olvidado tras las pestañas.
Si el cuerpo no aguanta nada podrá salvarle.
Estará bajo el albur incierto en cada uno de los momentos.
El humano quiebra en cada uno de ellos.
En su noche, si no duerme y sufre no tiene reposo.
La noche se alarga haciendo del insomne el ser más dolido en ese momento.
Quiere que la hora normalice su atrevimiento ante los durmientes que gozan de lo que le fue arrebatado en mitad de la noche.
Le pesan las palabras y quiere extraer de ellas el icor amargo.
Aprende a puro de reniegos olvidados que debe ocuparse en algo para ganarle a la parca ese malhadado presagio.
La nada le aplasta.
Recuerda esos otros desvelados pasados y no halla en ellos nada para salvarlos.
La conciencia aprieta como un mal zapato.
Se hace tantas preguntas sin respuesta que al final cede a olvidarlo.
Despunta el día y con ello olvida.
El rito pactado consigo mismo.
Pasó por su mente un mal presagio que para nada ha escuchado.
Ni siquiera se atreve a mirar de frente.
Acaso mañana se tendrá presente.
Lo que le venga será diferente.
Ahora es presente.
Si tuviera agallas, pero no las tiene.
Palabras bordadas a puro de mientes, las esparce como simiente.
Se ha inventado un cuento que a puro de letra compone los pasos sobre su traspaso hacia el otro lado.
Mañana tendrá sombras y luces de esto que hoy ha concitado.
Construye su paso anticipando.
Si no se imagina perderá el momento, quedando en el aire seco e inexistente que un día se hará presente.

Seguir ese cause le llevó a un estado de despiste en que ni se sabía ni se encontraba. Acurrucada entre los jirones del tiempo, no pensaba.
Tiraba de ella el alma que por pura inercia la contemplaba.
Extrañada se miraba en el espejo irreconocible.
Perdía la posibilidad que en tiempos lejanos le hiciera recrear un mundo de posibles.
Ella recorrió las empedradas calles, reclamando a la nada.
¿A qué puerta podría llamar?
Nadie asistiría a su reclamo.
La tupida manta de la noche se echaría sobre ella, haciéndola dudar de su propia existencia.
Y si fuera una quimera, una sombra sobre el suelo que la creyera compuesta en elemento de referencia.
Creyera en posibilidad.
Pensara que era capaz.
Que él la buscaba y la podía encontrar.
Ausente se veía naufragar en un mundo de falsedad.
Las venas recorrerían su cuerpo dando aliento, pero su alma perdería suelo y caería bajo el signo que la aniquilaría, dejando que ese cuerpo sin alma anduviera errante por ese tiempo sin esperanzas ni ganas.
Eros se ausentó y tánatos la tomó.
Bailaría la danza macabra.
Ocultaría bajo sudario sus blandas palabras.
De aquellos versos que otrora grabara desde el instinto se sentiría extraña.
Caería bajo ese maleficio derrotada.
Seguiría plantando esa parada que esconde lo que en realidad ni ella misma se atreverá a anunciarse, ni siquiera dando pie a un pensamiento que advirtiera lo errado de su trance.