Tras su sonrisa se escondía una melancolía que le hacia parecer siempre triste. Sentado sobre una silla, pasaba los días con la mirada en el horizonte. Sus sueños escapaban desde sus manos hacia los papeles, que garabateados con un gastado lápiz, almacenaba en una oxidada caja. Que hacer en ese lugar, cuando su única necesidad era la de esperar. En esos días de desasosiego, la esperanza apareció con forma de mujer, voluptuosa, sensual, agarró con fuerza el lápiz, y mientras ella se desvanecía sobre un arrugado papel, entre torpes renglones, el sol dibujaba una tenue línea anaranjada sobre el horizonte
Hace algunos años mi abuela me atrapo con una respuesta. Como empezar, es difícil, porque los recuerdos se me agolpan, y cuesta una enormidad darle cierta fluidez. Mi familia procede de un pueblo de la sierra de Cádiz, un lugar hoy muy visitado, pero antaño, un lugar recóndito solo recordado por la cantidad de emigrantes que en el estío recuperaban parte de sus raíces, e intentaban que su prole, respirase parte de la esencia que llevaban en sus genes. Aún tengo fresco en mi memoria, las tardes calurosas, mis tías realizando su trabajo de marroquinería, un gato rezongando en el umbral de la casa, y mi abuela con el abanico dando tres pasadas para después ser recogido y golpeado contra el pecho, y de nuevo a vueltas con el ritual. Las calurosas noches eran momentos de una carga mágica, el cielo rebosante de estrellas, el aroma a romero, a jazmín, la familia reunida junto a la puerta, y yo y mis primos dirigiéndonos al patio, ha echar un chorrito para dormir sin tener que levantarnos de noche. Una mañana, mientras esperábamos el desayuno, le hice una pregunta a mi abuela – se puede vivir soñando- y ella sorprendida por la pregunta, me respondió – no solo se puede, se debe vivir soñando- y ahí acabo su conversación conmigo. La tarde siguió entre juegos a la sombra de una parra, mientras las avispas revoloteaban entre nosotros, y yo conseguía conquistar un castillo, arrebatar una fortaleza a los malditos franceses, y deleitarme con un beso de una amada doncella. La noche llegó entre aromas de guiso, de queso, de fruta madura. Mi abuela, se dirigió con su consabido –venga ha echar el chorrito- y mientras me atusaba el pelo, sus limpios ojos azules me miraron, acto seguido me guiño un ojo, y me fui a la cama, con la certeza de que mi abuela no se había olvidado de la pregunta que le había formulado y aun no tenia respuesta. Las mañanas se repetían entre aromas de jazmín y mantecas rellenas de lomo, de asaduras, de panes recién horneados, de calores sosegados por el agua derramada sobre el patio. Una mañana, ella, mi abuela, cuando nos dirigíamos al corralón para rememorar viejas batallas, me agarro del brazo, y me retuvo. Quédate junto a mi que te voy a contar un historia. La seguí a través del patio, y penetre en la cuadra, estaba un poco inquieto, pero confiado la tome de la mano para introducirme por una pequeña portezuela que se encontraba al fondo. La sala era pequeña, pero estaba limpia. Una mesa, una silla en un extremo, en el contrario un camastro, y una pequeña estantería con algunos libros. Aquí murió tu abuelo –me dijo-. Me estremecí. Tu abuelo era una persona buena, no lo conociste ni tu, ni ninguna de sus hijas, entre ellas tu madre. Murió aquí escondido, protegido por mi y algunos amigos. Siéntate hijo- me volvió a decir señalándome la silla-, tu abuelo era anarquista, nunca mato a nadie, pero defendió sus ideales siempre, la justicia por encima de todo, decía que los hombres éramos iguales con independencia de en que lugar o familia hubiésemos nacido. Era un hombre honesto, justo , su palabras tenían valor, porque según aseguraba era lo mas importante que tenia una persona. Pero hubo una refriega, los dirigentes dijeron que la revolución se alzaría en todo el país, y el lo acato, lo detuvieron por complicidad con los revolucionarios, se lo llevaron a Sevilla, y allí lo torturaron, no te quiero dar los detalles, pero llegó muy mal, tan mal que no volvió a salir a la calle, y este que ves aquí fue su pequeño refugio, aquí le cure sus heridas, y aquí fue donde su corazón no le aguanto mas - mi abuela hablaba como si una parte de su vida la estuviese abandonando a medida que las palabras brotaban de su boca -, cuando lo encontré una mañana estaba inmóvil, pero tenia una expresión de paz que nunca olvidaré, no pude gritar, por orgullo, lo enterramos en la intimidad, el no hubiese querido ningún ritual. Acto seguido se dirigió a una estantería y tomo un libro de poesía, lo abrió y extrajo un sobre, del interior saco un pañuelo descolorido, que agarro fuertemente mientras las lagrimas inundaban sus ojos, se la anudo al cuello, y se soltó el cabello, el rojo y negro le sentaban bien sobre su blanca piel, comenzó a leer “ Querida compañera, amada mía, me siento débil, maltratado, pero aun confío en el ser humano, se que somos capaces de lo mejor y lo peor, mientras me torturaban trataba de pensar en ti, mi muñeca de ojos vivos, en nuestra casa, en nuestras pequeñas, en los campos verdes en primavera, en el amarillo del trigo, en la fuente de agua fresca, y a cada patada, a cada golpe, a cada uña arrancada, mientras el dolor se me hacia imposible de soportar, allí estabas tu para venir a rescatarme de mis pesadillas. Si lees esto, será porque me has sobrevivido, y solo entonces piensa que he sido la persona mas dichosa, solo por el hecho de haberte conocido. Se que hemos soñado en un mundo mas justo. Nunca pierdas la capacidad de soñar que otro mundo es posible. Salud, amada, amiga y compañera”. Dicho esto mi abuela rompió a llorar como nunca antes la había visto . Dejo las cosa en el mismo sitio del que las había tomado y salimos. Solo me dijo una cosa. Hijo mío, comprendes ahora porque no solo se puede, sino que se debe vivir soñando.
Han pasado varios años de aquella conversación, y mis visitas al pueblo se fueron espaciando, hasta que un día, la noticia de su muerte me sorprendió a la llegada a casa desde la facultad. A la mañana siguiente tomamos la carretera en dirección al pueblo, cuando llegamos todo estaba dispuesto, en la iglesia sentí nauseas, seguro que mi abuela se estaba revolviendo con ese crucifijo sobre ella, mientras el cura rezaba por su alma. Ya en el cementerio, después de recibir sepultura, me quede un instante solo, mientras mi madre y el resto de asistentes se dirigía a la salida, saque del bolsillo el pañuelo que al llegar a la casa tomé del pequeño cuarto de la cuadra, y me la anude al cuello, y dije para mis adentros, - que la tierra te sea leve, abuela- , y me la imagine una fresca tarde de primavera, esperando a mi abuelo venir por el camino, sudoroso, y como la abrazaría dándole un beso, mientras de fondo sonaba una canción “negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver....”
Era invierno. El día amaneció frío y gris. El cielo plomizo despertaba de su letargo, y sus lágrimas comenzaban a descender lentamente sobre la ciudad. Desde el piso se divisaba la parte este de la ciudad, un terreno sobre el que los edificios habían proliferado durante los últimos años, modificando la agradable visión que se experimentaba al asomarse en esa dirección. La mayoría de las ventanas tenían las persianas bajadas, en un vano intento de que la desazón que transmitía el día no se colara por los cristales, inundándolo todo con su tristeza. El tercer piso rompe la monotonía. Desde temprano, un hombre permanece de pie junto a una ventana. Su cuerpo refleja la erosión que los años han causado sobre el. Sus ojos clavados en el cristal, no miran, se limitan a permanecer abiertos. Solo su mente acerca los recuerdos del pasado agolpándolos delante de el. Hace treinta años que llegaron su esposa y el. Eran jóvenes cargados de ilusiones, que dejaban atrás familias, amigos y un campo que no despertaba ningún animo para vivir de el. El pueblo se fue alejando física y mentalmente al unísono, hasta no ser mas que un eco en el vacío. Los dos jóvenes paseaban su felicidad por una ciudad hostil. La felicidad sorteaba con sus colores la gris fealdad de lo cotidiano, y ellos eran la patera que se adentra en el mar con los corazones repletos de sangre y esperanza. El dinero les duro poco, o mas bien, era poco el que traían, y no dio para mucho. Un par de semanas en una pensión, la comida incluida en el precio, y la intención de que esas dos semanas no llegaran a culminar sin nada fructífero. Las mañanas las dedicaban a patear las calles buscando trabajo, las tardes también. Solo al anochecer con los pies reventados, extenuados, abatidos por tantas negativas, su habitación resplandecía dentro de ese cuchitril. Tuvieron suerte. Hacia el final de la segunda semana consiguieron encontrar trabajo. Camareros para comenzar, muchas horas, y mal remunerados. Esa noche la vuelta se demoró mas de la cuenta. Cenaron, bebieron, y sonrieron. No les hubiera gustado volverse a casa de sus padres, al pueblo, con la derrota cargada sobre sus espaldas. Su primera puerta se había abierto, y deseaban seguir adentrándose en esa nueva vida. Los siguientes años se sucedieron rápidamente, tanto como la cantidad de empleos que encontraban y perdían. Aun no habían vencido la intemporalidad de su vida allí. Sus raíces no eran lo suficientemente profundas como para evitar que una simple ráfaga de viento los derribara. El azar jugó en su favor. Una gran empresa del cinturón industrial necesitaba una gran cantidad de mano de obra, y fue así como se enraizaron. El empleo estable dio paso a la vivienda estable. Lo mas asequible era proveerse de un piso en las afueras. No visitaron muchos. Recordaban los paseos en busca de trabajo, y la inmediatez paso a formar parte de sus vidas. El dinero no era abundante, pero podían hacer realidad algunos planes. Un barrio aislado, tranquilo, fue el elegido. A través de las ventanas se veía el campo. No era un vergel, pero la vista solo se detenía en el horizonte. Aunque monótonos los días se sucedían. Las tardes las dedicaban a planificar, como pintar el piso, que tipo de muebles podrían encajar en esa habitación, que cortinas poner. Horas de charlas, risas, sueños, daban paso a frugales cenas que no por escasas y poco elaboradas eran menos suculentas. Sus paladares estaban influidos por la felicidad que irradiaban, sus sentidos se exasperaban. El colchón delator con sus sonidos, confidente de sus caricias, participaba de la exaltación del amor, sin gritos, sin jadeos, solo amor en el mas estricto sentido de la palabra.
La lluvia hacia traquetear el trozo de persiana que no había sido recogido. El hombre seguía con la mirada fija en el frente. Sus manos apoyadas sobre el respaldo de una silla. En el piso la actividad no había comenzado, todos seguían durmiendo en sus cuartos. El silencio necesitado se aliaba con el. Recorrió el pasillo lentamente, entreabrió las puertas de los cuartos, y sonrió al ver la respiración tranquila de sus hijos mientras dormían. Entro en su dormitorio, tomo una maleta y con un gesto de la mano se despidió de su mujer, que estaba despierta. Lo habían hablado desde hacia tiempo, pero aun así era una situación difícil. No volvió la vista, ella se lo explicaría a los niños, era lo acordado. Cerro sigilosamente el puerta del piso. Sabia que dos vidas que se unieron, se separaban, atrás quedaban unos sueños, una mujer, unos hijos, adelante una nueva vida. Salió a la calle, la lluvia había cesado, un camión paso a gran velocidad, sus pies la condujeron hacia la esquina, y se perdió de la vista tras ella.
Quería decirle –lo siento-.Deseaba ver sus ojos, y sin pestañear, que ella sintiese a través de su mirada el amor que le profesaba. Las manos le temblaban. Tenia tantas dudas, si abrazarla primero, y después hablar. Notaba una gota de sudor recorrer su espalda. Cuando por fin se decidió, ella se había marchado.
Un mañana una amiga me enseño una foto. Siempre tras una imagen hay una historia, pequeña o grande, divertida o triste, simple o compleja. Mi profesor de fotografía era dado a recordar que determinadas tribus pensaban que tras una imagen de ellos, se escapaba un trozo de su alma, quizás es por eso que me siento incomodo fotografiando a personas. Pero esa amiga sabia la historia de la foto, incluso la contó cuando yo aun no me había mudado a este pueblo. Tampoco me he molestado en preguntarle, no es lo importante. Solo se que cuando me mostró la foto, mi amiga estaba radiante, feliz, orgullosa, y yo me alegre por ella. No se si los habitantes de esas tribus tenían razón. Pero si puedo saber, que en esa foto, se ve una niña, tranquila, los labios separados como si fuese a decir –hola, estoy aquí- , y dos ojos grandes, oscuros, observadores, llenos de vida. En su mano cerrada guarda todas las muestras de cariño, todos los deseos, todos los besos, y la mantiene cerrada, apretada. A su manera, no quiere dejar escapar ese caudal de amor que lleva con ella.
Se abre una puerta. Resuenan pisadas, una, dos, tres, cuatro, cinco. A través de una trampilla se introduce una bandeja, alguien la toma y la pone sobre una mesa, la trampilla se vuelve a cerrar. Los pasos se alejan, y la luz del pasillo se apaga. Se tumba en la cama, pone los brazos tras la cabeza y suspira. Por la ventana se ve un trozo de cielo. En ese instante es de un azul limpio. Lleva varios años encerrado entre esas paredes, y le queda poco para salir camino de la libertad, una libertad que no es la que él desea, o al menos eso pensaba, porque desde hace tiempo decidió no luchar, no albergar esperanzas, resignarse a su destino, la muerte a manos de un verdugo anónimo, quizás mejor así – pensó- Tiene nombre, no lo ha olvidado, pero cuando las puertas se cerraron tras él, quedo fuera. Al principio, pensó en los detalles, una conclusión llegaba como un mazo golpeando sobre sus oídos – culpable-, y era verdad, la había matado, no valían excusas. La amaba desde niño, eran amigos, sus familias también. Crecieron juntos, su nombre Isabel, Isa para todos, menos para él. Sufrió cuando fueron al instituto y ella comenzó a salir con chicos. Le dolía profundamente que se refiriesen a ellos como si fuesen hermanos. Lloró cuando al llegar una noche a casa la vio besándose con un amigo común. Fingió tanto que creyó que iba a morir. Elaboró estrategias para decirle que su corazón no podía resistir por mas tiempo esa situación, que la amaba, que era la mujer de su vida, la única. Isabel siempre le sonreía, -se te ve enamorado – le dijo en alguna ocasión,-ya me la presentaras-, y el disimulando sentía como el corazón se le encogía dentro del pecho.
La celda es pequeña, una mesa, una silla y la cama conforman todo el mobiliario. Le gusta mirar las manchas de las paredes y el techo, intentando descubrir formas, una nube, un perro.. Solo los pasos que se acercan por el pasillo lo sacan de su estado, son lo único que rompe con una monotonía insoportable. Unos días escucha cinco pasos, otros seis. Esto le sirve para desviar su atención, ante la dificultad de pasar las horas, sin ningún cambio.
Una mañana cuando todavía respondía por Marcelo, se sentó a la mesa y recibió de su madre una noticia, -sabes que Isa se va a estudiar a otra ciudad, sus padres han decidido ayudarla para que pueda estudiar la carrera que parece deseaba desde pequeña-. El sabia que ciudad era, muchos kilómetros al norte, cinco años, quizás mas, toda una vida. Comió poco, para después encerrarse en su cuarto. Puso un disco de música folk, a ella le gustaba. Lloro, durante varias horas estuvo tumbado con los ojos cerrados.
Le han comunicado el día y la hora de la ejecución. Ha recibido la noticia sin inmutarse. Después se ha sentado, y ha comenzado a escribir una carta de despedida para sus padres “Queridos padres... “ , pero no puede, deja el lápiz sobre la mesa. A través de la ventana el cielo es hoy gris.
Recuerda la llamada de teléfono- que tal Isabel, me han comentado que te marchas. A ver si nos vemos y hablamos- Se vieron junto a su barrio, en el parque. Ella llegó sonriendo, como siempre. El la tomo del cuello para darle un beso. Ella se extraño. El sintió como el cuello cedía bajo la presión de sus manos. Ella intentó zafarse, huir. El apretó las manos, poco a poco la respiración fue deteniéndose, el cuerpo quedo inmóvil, abrió las manos y ella cayo sobre la tierra.
Hoy es el día indicado. Se ha levantado temprano. Sentado sobre la cama espera. Se abre una puerta, unos pasos le indica que ha llegado la hora. La puerta de su celda se abre, y dos vigilantes aparecen junta a ella, uno bajo y otro mucho mas alto. Caminan junto a él por el pequeño pasillo, uno da cinco pasos, el otro seis., Marcelo sonríe. Los guardias lo introducen en una sala donde esperan varias personas. Su trabajo termina ahí, dan media vuelta y se marchan. Marcelo los llama, ellos extrañados se giran y reciben un escueto -gracias- para desparecer por donde han venido. Marcelo cierra los ojos, y suspira. Un cura se acerca junto a él, mientras una gotas de lluvia comienzan a descender lentamente sobre la ciudad.
La noche estaba fresca. Sentadas sobre un banco, una madre y su hija contemplan el cielo estrellado. La pequeña pregunta – mamá, ¿por qué no ha salido hoy la luna?, y la madre sonriente, responde – porque es muy tímida, y como sabe que la estamos buscando, se ha escondido. La pequeña, satisfecha con la explicación se apretuja contra el pecho de su madre, mientras sus ojos escudriñan el cielo, tratando en vano de encontrarla.
Hoy, la madre ya no está. La niña, ya mujer, cada vez que explica a sus alumnos las fases lunares, mientras sus palabras descifran el porque de la Luna nueva, su pensamiento vaga por una noche estrellada, en la que en su oído resuena un corazón, mientras sus pequeños ojos buscan afanosamente una figura resplandeciente colgada del cielo.
Una tarde de calor. Una de esas tardes en las que parece que se va a derretir todo. Un sitio. Un lugar cualquiera dentro de la España rural. Un riachuelo. Un cauce sobre el que parece que fluye el agua, pero solo es un reflejo de la flama que desprende ese trozo de tierra. Una vegetación que ha quedado reducida a matojos, la mayoría amarillentos, los menos de un verde, que mas parece gris . Ante semejante desolación, solo es posible ver a algunos escarabajos peloteros sin mierda con la que hacer pelotas; lagartijas que tratan en vano de buscar comida, se cobijan bajo la tierra resquebrajada esperando tiempos mejores. Un grupo de espinos encima de una loma, se balancean tímidamente movidos por una ligera brisa tórrida, infame, insuficiente para desalojar de ellos a unos inquilinos, blancos caracoles que no parecen intimidados, no se sienten incómodos protegidos por su reluciente concha. Ante tanta desolación, hay algo que parece no encajar en el paisaje. Algunas figuras se protegen bajo el único árbol que ha resistido el calor, la barbarie humana, el paso del tiempo; han establecido una relación circunstancial que los lleva unidos durante las horas de sol. Un muchacho absorto en sus pensamientos habla, su perro tumbado, escucha sin emitir ningún sonido, la boca cerrada como si temiese que la temperatura se le pudiese meter por la garganta, y revolverle las entrañas, el resto de acompañantes se limita dormitar para no gastar energías en vano. Una imagen, una estampa, que nos hace recordar el pasado, un pasado lejano en el inconsciente, pero cercano en el tiempo, en la distancia, tan cerca, tan pobre, tan nuestro...