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	<title>Soñando desde el sur</title>
	<tagline type="text/html" mode="escaped">y mas al sur, existe un territorio donde los sueños se cubren de lágrimas.</tagline>
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/09/03/volver</id>
		<title>Volver</title>
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		<issued>2008-09-03T12:27:17+00:00</issued>
		<updated>2008-09-03T15:47:48+00:00</updated>
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Un coche circula por una carretera solitaria, al llegar a un cruce toma el camino hacia la derecha. Un estrecho carril, plagado de baches, lo acompaña durante el trayecto. En un recodo, tras unos árboles, un descolorido cartel anuncia el nombre de un pueblo. Detiene la marcha, y del vehículo desciende un hombre. Respira. El aire fresco de la mañana penetra en sus pulmones. Avanza por la cuneta, aunque esta seguro de que si lo hiciera por el centro no tendría ningún problema. Poca gente frecuenta el lugar. El pueblo esta deshabitado desde hace años, él lo sabe. Camina despacio por la calle principal. Algunas casas están derruidas, las que se encuentran de pie denotan los años de abandono. Sus pisadas resuenan sobre el pavimento. Al llegar a la plaza observa la antigua fuente, la iglesia, el ayuntamiento, vestigios del corazón de esa pequeña urbe. Sigue caminando, no ha olvidado la dirección, aunque era joven la última vez que estuvo ahí. La puerta de la casa ha desaparecido, un montón de escombros ocupa el antiguo zaguán. El cielo se puede ver entre trozos desprendidos del antiguo techo. Al llegar al patio se sienta sobre un trozo de muro, el limonero está marchito. Cierra los ojos, aún conserva recuerdos de risas y juegos, de historias contadas por los mayores, de noches de viento y tormenta, de días de sol y verano.  Piensa que no sabe porque ha vuelto, pero en el fondo no es cierto. Se fué joven, como otros, pero quedo atrapado por una frase – cariño, espero que vuelvas pronto – y nunca más volvió hasta este día. Sigue recordando trozos de historias, de fiestas, de tiempos atroces cuando varios guardias llamaban a algunas puertas, y como hombres honrados salían con las manos sujetando sombreros, sus miradas perdidas en el suelo, como recorrían en fila las calles desiertas hacia el cementerio, el tiempo detenido, y poco mas tarde varias detonaciones dejaban mudas las casas, sin sollozos, sin llantos, y como algunos de ellos tras enterrar a sus compañeros, volvían cubiertos de barro, con los ojos enrojecidos. También afloran recuerdos felices de amores truncados, de besos inocentes y furtivos, de baños en el río. Decide salir de la casa, esta un poco aturdido, suspira, se ha emocionado. Mientras desanda el camino, comienza a sonreír. Al pasar junto a la iglesia, se para a observar el campanario, las campanas y el reloj han desaparecido. Sigue caminando, la mañana avanza, el aire hace mecer las copas de algunos árboles.
Tras el anuncio de inundación por la construcción de un pantano cercano, que nunca se produjo, el pueblo se fué abandonando. Los mayores fueron muriendo, mientras sus descendientes tomaban el camino hacia otros lugares. Él siempre supo que tenía que volver, y hoy lo ha hecho. Quería saldar una deuda con su pasado, con sus orígenes, con alguien que le dijo un día que volviese, y que nunca mas vio con vida, que reposa entre viejas tumbas, tras una de las tapias donde fue asesinado su marido. Pero también sabe que no ha podido completar su viaje. Se sube al coche, y mientras enfila la recta para abandonar el lugar, se lamenta de su cobardía. Tiene que volver, y ese día, repetirá el camino, pasará de largo junto a la casa sin detenerse,  y al llegar al cementerio, atravesará la verja,  depositará un ramo de flores sobre una lápida,  dirá unas palabras, se disculpará, y saldará definitivamente una deuda con los espectros que habitan en sus recuerdos, y cuando retome el camino por el que se encuentra en estos momentos, sentirá que puede morir en paz.  



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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/08/28/los-dias</id>
		<title>Los dias</title>
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		<issued>2008-08-28T21:25:33+00:00</issued>
		<updated>2008-09-03T12:21:55+00:00</updated>
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Los días son extraños. En ocasiones puede uno aventurarse a imaginarlos como seres vivos. Unos amanecen suaves, envueltos en una tenue luz, se desperezan despacio sin atreverse a molestar, calientan de manera tenue la mañana, se afianzan durante la tarde para de manera discreta adormecer bajo el telón de la noche. Son días de magia, donde la naturaleza dormida de nuestros sentidos se desata ante una bella canción, ante una leve caricia, ante una fugaz mirada mientras deambulamos por la cotidianidad. Otras mañanas es el frío el que lo envuelve todo. Como por arte del azar, un abrazo helado nos acompaña allá donde nos dirijamos. Ni el sol en su abnegado interés por sobreponerse a fuerzas que continuamente lo azoran consigue imponerse, tímidamente se asoma, y derrotado escapa a la espera de tiempos mejores. Uno de esos dias apareció repentinamente, de la mano de un sol poderoso. Cuando abrió los ojos, su luz le cegó. Sentía que el aire quemaba su garganta. Se levantó como pudo, y allí estaba él, de pie sobre la arena, desnudo. Mientras el agua del mar acariciaba sus pies, pudo verla dirigiéndose a su encuentro. El tren llegó a su destino. Se bajó, ajusto su abrigo sobre el cuello, la niebla comenzaba a disiparse. Será este un día mágico –pensó- Y así, pensativo, soñador, tomo el camino diario a la oficina, mientras el sol trataba de abrirse camino entre las nubes.
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/08/07/el-escritor</id>
		<title>El escritor</title>
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		<issued>2008-08-07T19:49:30+00:00</issued>
		<updated>2008-08-27T17:23:47+00:00</updated>
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Tras su sonrisa  se escondía una melancolía que le hacia parecer siempre triste. Sentado sobre una silla, pasaba los días con la mirada en el horizonte. Sus sueños escapaban desde sus manos hacia los papeles, que garabateados con un gastado lápiz, almacenaba en una oxidada caja. Que hacer en ese lugar, cuando su única necesidad era la de esperar. En esos días de desasosiego, la esperanza apareció con forma de mujer, voluptuosa, sensual, agarró con fuerza el lápiz, y mientras ella se desvanecía sobre un arrugado papel, entre torpes renglones, el sol dibujaba una tenue línea anaranjada sobre el horizonte
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/07/01/se-puede-vivir-sonando</id>
		<title>Se puede vivir soñando</title>
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		<issued>2008-07-01T18:03:01+00:00</issued>
		<updated>2008-08-09T11:43:26+00:00</updated>
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Hace algunos años mi abuela me atrapo con una respuesta. Como empezar, es difícil, porque los recuerdos se me agolpan, y cuesta una enormidad darle cierta fluidez. Mi familia procede de un pueblo de la sierra de Cádiz, un lugar hoy muy visitado, pero antaño, un lugar recóndito solo recordado por la cantidad de emigrantes que en el estío recuperaban parte de sus raíces, e intentaban que su prole, respirase parte de la esencia que llevaban en sus genes. Aún tengo fresco en mi memoria, las tardes calurosas, mis tías  realizando su trabajo de marroquinería, un gato rezongando en el umbral de la casa, y mi abuela con el abanico dando tres pasadas para después ser recogido y golpeado contra el pecho, y de nuevo a vueltas con el ritual. Las calurosas noches eran momentos de una carga mágica, el cielo rebosante de estrellas, el aroma a romero, a jazmín, la familia reunida junto a la puerta, y yo y mis primos dirigiéndonos al patio, ha echar un chorrito para dormir sin tener que levantarnos de noche. Una mañana, mientras esperábamos el desayuno, le hice una pregunta a mi abuela – se puede vivir soñando- y ella sorprendida por la pregunta, me respondió – no solo se puede, se debe vivir soñando- y ahí acabo su conversación conmigo. La tarde siguió entre juegos a la sombra de una parra, mientras las avispas revoloteaban entre nosotros, y yo conseguía conquistar un castillo, arrebatar una fortaleza a los malditos franceses, y deleitarme con un beso de una amada doncella. La noche llegó entre aromas de guiso, de queso, de fruta madura. Mi abuela, se dirigió con su consabido –venga ha echar el chorrito- y mientras me atusaba el pelo, sus limpios ojos azules me miraron, acto seguido me guiño un ojo, y me fui a la cama, con la certeza de que mi abuela no se había olvidado de la pregunta que le había formulado y aun no tenia respuesta. Las mañanas se repetían entre aromas de jazmín y mantecas rellenas de lomo, de asaduras, de panes recién horneados, de calores sosegados por el agua derramada sobre el patio. Una mañana, ella, mi abuela, cuando nos dirigíamos al corralón para rememorar viejas batallas, me agarro del brazo, y me retuvo. Quédate junto a mi que te voy a contar un historia. La seguí a través del patio, y penetre en la cuadra, estaba un poco inquieto, pero confiado la tome de la mano para introducirme por una pequeña portezuela que se encontraba al fondo. La sala era pequeña, pero estaba limpia. Una mesa, una silla en un extremo, en el contrario un camastro, y una pequeña estantería con algunos libros. Aquí murió tu abuelo –me dijo-. Me estremecí. Tu abuelo era una persona buena, no lo conociste ni tu, ni ninguna de sus hijas, entre ellas tu madre. Murió aquí escondido, protegido por mi y algunos amigos. Siéntate hijo- me volvió a decir señalándome la silla-, tu abuelo era anarquista, nunca mato a nadie, pero defendió sus ideales siempre, la justicia por encima de todo, decía que los hombres éramos iguales con independencia de en que lugar o familia hubiésemos nacido. Era un hombre honesto, justo , su palabras tenían valor, porque según aseguraba era lo mas importante que tenia una persona. Pero hubo una refriega, los dirigentes dijeron que la revolución se alzaría en todo el país, y el lo acato, lo detuvieron por complicidad con los revolucionarios, se lo llevaron a Sevilla, y allí lo torturaron, no te quiero dar los detalles, pero llegó muy mal, tan mal que no volvió a salir a la calle, y este que ves aquí fue su pequeño refugio, aquí le cure sus heridas, y aquí fue donde su corazón no le aguanto mas - mi abuela hablaba como si una parte de su vida la estuviese abandonando a medida que las palabras brotaban de su boca -, cuando lo encontré una mañana estaba inmóvil, pero tenia una expresión de paz que nunca olvidaré, no pude gritar, por orgullo, lo enterramos en la intimidad, el no hubiese querido ningún ritual. Acto seguido se dirigió a una estantería y tomo un libro de poesía, lo abrió y extrajo un sobre, del interior saco un pañuelo descolorido, que agarro fuertemente mientras las lagrimas inundaban sus ojos, se la anudo al cuello, y se soltó el cabello, el rojo y negro le sentaban bien sobre su blanca piel, comenzó a leer “ Querida compañera, amada mía, me siento débil, maltratado, pero aun confío en el ser humano, se que somos capaces de lo mejor y lo peor, mientras me torturaban trataba de pensar en ti, mi muñeca de ojos vivos, en nuestra casa, en nuestras pequeñas, en los campos verdes en primavera, en el amarillo del trigo, en la fuente de agua fresca, y a cada patada, a cada golpe, a cada uña arrancada, mientras el dolor se me hacia imposible de soportar, allí estabas tu para venir a rescatarme de mis pesadillas. Si lees esto, será porque me has sobrevivido, y solo entonces piensa que he sido la persona mas dichosa, solo por el hecho de haberte conocido. Se que hemos soñado en un mundo mas justo. Nunca pierdas la capacidad de soñar que otro mundo es posible. Salud, amada, amiga y compañera”. Dicho esto mi abuela rompió a llorar como nunca antes la había visto . Dejo las cosa en el mismo sitio del que las había tomado y salimos. Solo me dijo una cosa. Hijo mío, comprendes ahora porque no solo se puede, sino que se debe vivir soñando.
Han pasado varios años de aquella conversación, y mis visitas al pueblo se fueron espaciando, hasta que un día, la noticia de su muerte me sorprendió a la llegada a casa desde la facultad. A la mañana siguiente tomamos la carretera en dirección al pueblo, cuando llegamos todo estaba dispuesto, en la iglesia sentí nauseas, seguro que mi abuela se estaba revolviendo con ese crucifijo sobre ella, mientras el cura rezaba por su alma. Ya en el cementerio, después de recibir sepultura, me quede un instante solo, mientras mi madre y el resto de asistentes se dirigía a la salida, saque del bolsillo el pañuelo que al llegar a la casa tomé del pequeño cuarto de la cuadra, y me la anude al cuello, y dije para mis adentros, - que la tierra te sea leve, abuela- , y me la imagine una fresca tarde de primavera, esperando a mi abuelo venir por el camino, sudoroso, y como la abrazaría dándole un beso, mientras de fondo sonaba una canción “negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver....”

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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/24/volver-empezar</id>
		<title>Volver a empezar</title>
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		<issued>2008-06-24T16:41:00+00:00</issued>
		<updated>2008-06-30T10:56:49+00:00</updated>
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Era invierno. El día amaneció frío y gris. El cielo plomizo despertaba de su letargo, y sus lágrimas comenzaban a descender lentamente sobre la ciudad. Desde el piso se divisaba la parte este de la ciudad, un terreno sobre el que los edificios habían proliferado durante los últimos años, modificando la agradable visión que se experimentaba al asomarse en esa dirección. La mayoría de las ventanas tenían las persianas bajadas, en un vano intento de que la desazón que transmitía el día no se colara por los cristales, inundándolo todo con su tristeza. El tercer piso rompe la monotonía. Desde temprano, un hombre permanece de pie junto a una ventana. Su cuerpo refleja la erosión que los años han causado sobre el. Sus ojos clavados en el cristal, no miran, se limitan a permanecer abiertos. Solo su mente acerca los recuerdos del pasado agolpándolos delante de el. Hace treinta años que llegaron  su esposa y el. Eran jóvenes cargados  de ilusiones, que dejaban atrás familias, amigos y un campo que no despertaba ningún animo para vivir de el. El pueblo se fue alejando física y mentalmente al unísono, hasta no ser mas que un eco en el vacío. Los dos jóvenes paseaban su felicidad por una ciudad hostil. La felicidad sorteaba con sus colores la gris fealdad de lo cotidiano, y ellos eran la patera que se adentra en el mar con los corazones repletos de sangre y esperanza. El dinero les duro poco, o mas bien, era poco el que traían, y no dio para mucho. Un par de semanas en una pensión, la comida incluida en el precio, y la intención de que esas dos semanas no llegaran a culminar sin nada fructífero. Las mañanas las dedicaban a patear las calles buscando trabajo, las tardes también. Solo al anochecer con los pies reventados, extenuados, abatidos por tantas negativas, su habitación resplandecía dentro de ese cuchitril. Tuvieron suerte. Hacia el final de la segunda semana consiguieron encontrar trabajo. Camareros  para comenzar, muchas horas, y mal remunerados. Esa noche la vuelta se demoró mas de la cuenta. Cenaron, bebieron, y sonrieron. No les hubiera gustado volverse a casa de sus padres, al pueblo, con la derrota cargada sobre sus espaldas. Su primera puerta se había abierto, y deseaban seguir adentrándose en esa nueva vida. Los siguientes años se sucedieron rápidamente, tanto como la cantidad de empleos que encontraban y perdían. Aun no habían vencido la intemporalidad de su vida allí. Sus raíces no eran lo suficientemente profundas como para evitar que una simple ráfaga de viento los derribara. El azar jugó en su favor. Una gran empresa del cinturón industrial necesitaba una gran cantidad de mano de obra, y fue así como se enraizaron. El empleo estable dio paso a la vivienda estable. Lo mas asequible era proveerse de un piso en las afueras. No visitaron muchos. Recordaban los paseos en busca de trabajo, y la inmediatez paso a formar parte de sus vidas. El dinero no era abundante, pero  podían hacer realidad algunos planes. Un barrio aislado, tranquilo, fue el elegido. A través de las ventanas se veía el campo. No era un vergel, pero la vista solo se detenía en el horizonte. Aunque monótonos los días se sucedían. Las tardes las dedicaban a planificar, como pintar el piso, que tipo de muebles podrían encajar en esa habitación, que cortinas poner. Horas de charlas, risas, sueños, daban paso a frugales cenas que no por escasas y poco elaboradas eran menos suculentas. Sus paladares estaban influidos por la felicidad que irradiaban, sus sentidos se exasperaban. El colchón delator con sus sonidos, confidente de sus caricias, participaba de la exaltación del amor, sin gritos, sin jadeos, solo amor en el mas estricto sentido de la palabra.
La lluvia hacia traquetear el trozo de persiana que no había sido recogido. El hombre seguía con la mirada fija en el frente. Sus manos apoyadas sobre el respaldo de una silla. En el piso la actividad no había comenzado, todos seguían durmiendo en sus cuartos. El silencio necesitado se aliaba con el. Recorrió el pasillo lentamente, entreabrió las puertas de los cuartos, y sonrió al ver la respiración tranquila de sus hijos mientras dormían. Entro en su dormitorio, tomo una maleta y con un gesto de la mano se despidió de su mujer, que estaba despierta. Lo habían hablado desde hacia tiempo, pero aun así era una situación difícil. No volvió la vista, ella se lo explicaría a los niños, era lo acordado. Cerro sigilosamente el puerta del piso. Sabia que dos vidas que se unieron, se separaban, atrás quedaban unos sueños, una mujer, unos hijos, adelante una nueva vida. Salió a la calle, la lluvia había cesado, un camión paso a gran velocidad, sus pies la condujeron hacia la esquina, y se perdió de la vista tras ella. 

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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/07/queria-decirle-</id>
		<title>Queria decirle.</title>
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		<issued>2008-06-07T08:19:35+00:00</issued>
		<updated>2008-07-22T01:19:46+00:00</updated>
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Quería decirle –lo siento-.Deseaba ver sus ojos, y sin pestañear, que ella sintiese a través de su mirada el amor que le profesaba. Las manos le temblaban. Tenia tantas dudas, si abrazarla primero, y después hablar. Notaba una gota de sudor recorrer su espalda. Cuando por fin se decidió, ella se había marchado.
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		<title>La niña de la foto ( para Abril)</title>
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		<issued>2008-06-06T10:03:47+00:00</issued>
		<updated>2008-06-07T08:56:30+00:00</updated>
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Un mañana una amiga me enseño una foto. Siempre tras una imagen hay una historia, pequeña o grande, divertida o triste, simple o compleja. Mi profesor de fotografía era dado a recordar que determinadas tribus pensaban que tras una imagen de ellos, se escapaba un trozo de su alma, quizás es por eso que me siento incomodo fotografiando a personas. Pero esa amiga sabia la historia de la foto, incluso la contó cuando yo aun no me había mudado a este pueblo. Tampoco me he molestado en preguntarle, no es lo importante. Solo se que cuando me mostró la foto, mi amiga estaba radiante, feliz, orgullosa, y yo me alegre por ella. No se si los habitantes de esas tribus tenían razón. Pero si puedo saber, que en esa foto, se ve una niña, tranquila, los labios separados como si fuese a decir –hola, estoy aquí- , y dos ojos grandes, oscuros, observadores, llenos de vida. En su mano cerrada guarda todas las muestras de cariño, todos los deseos, todos los besos, y la mantiene cerrada, apretada. A su manera, no quiere dejar escapar ese caudal de amor que lleva con ella.
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/03/pasos</id>
		<title>Pasos</title>
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		<issued>2008-06-03T10:28:33+00:00</issued>
		<updated>2008-06-05T08:16:28+00:00</updated>
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Se abre una puerta. Resuenan pisadas, una, dos, tres, cuatro, cinco. A través de una trampilla se introduce una bandeja, alguien la toma y la pone sobre una mesa, la trampilla se vuelve a cerrar. Los pasos se alejan, y la luz del pasillo se apaga. Se tumba en la cama, pone los brazos tras la cabeza y suspira.  Por la ventana se ve un trozo de cielo. En ese instante es de un azul limpio. Lleva varios años encerrado entre esas paredes, y le queda poco para salir camino de la libertad, una libertad que no es la que él desea, o al menos eso pensaba, porque desde hace tiempo decidió no luchar, no albergar esperanzas, resignarse a su destino, la muerte a manos de un verdugo anónimo, quizás mejor así – pensó- Tiene nombre, no lo ha olvidado, pero cuando las puertas se cerraron tras él, quedo fuera. Al principio, pensó en los detalles, una conclusión llegaba como un mazo golpeando sobre sus oídos – culpable-, y era verdad, la había matado, no valían  excusas. La amaba desde niño, eran amigos, sus familias también. Crecieron juntos, su nombre Isabel, Isa para todos, menos para él. Sufrió cuando fueron al instituto y ella comenzó a salir con chicos. Le dolía profundamente que se refiriesen a ellos como si fuesen hermanos. Lloró cuando al llegar una noche a casa la vio besándose con un amigo común. Fingió tanto que creyó que iba a morir. Elaboró estrategias para decirle que su corazón no podía resistir por mas tiempo esa situación, que la amaba, que era la mujer de su vida, la única. Isabel siempre le sonreía, -se te ve enamorado – le dijo en alguna ocasión,-ya me la presentaras-, y el disimulando sentía como el corazón se le encogía dentro del pecho.
La celda es pequeña, una mesa, una silla y la cama conforman todo el mobiliario. Le gusta mirar las manchas de las paredes y el techo, intentando descubrir formas, una nube, un perro.. Solo los pasos que se acercan por el pasillo lo sacan de su estado, son lo único que rompe con una monotonía insoportable. Unos días escucha cinco pasos, otros seis. Esto le sirve para desviar su atención, ante la dificultad de pasar las horas, sin ningún cambio.
Una mañana cuando todavía respondía por Marcelo, se sentó a la mesa y recibió de su madre una noticia, -sabes que Isa se va a estudiar a otra ciudad, sus padres han decidido ayudarla para que pueda estudiar la carrera que parece deseaba desde pequeña-. El sabia que ciudad era, muchos kilómetros al norte, cinco años, quizás mas, toda una vida. Comió poco, para después encerrarse en su cuarto. Puso un disco de música folk, a ella le gustaba. Lloro, durante varias horas estuvo tumbado con los ojos cerrados.
Le han comunicado el día y la hora de la ejecución. Ha recibido la noticia sin inmutarse. Después se ha sentado, y ha comenzado a escribir una carta de despedida para sus padres “Queridos padres... “ , pero no puede, deja el lápiz sobre la mesa. A través de la ventana el cielo es hoy gris.
Recuerda la llamada de teléfono- que tal Isabel, me han comentado que te marchas. A ver si nos vemos y hablamos- Se vieron junto a su barrio, en el parque. Ella llegó sonriendo, como siempre. El la tomo del cuello para darle un beso. Ella se extraño. El sintió como el cuello cedía bajo la presión de sus manos. Ella intentó zafarse, huir. El apretó las manos, poco a poco la respiración fue deteniéndose, el cuerpo quedo inmóvil, abrió las manos y ella cayo sobre la tierra.
Hoy es el día indicado. Se ha levantado temprano. Sentado sobre la cama espera. Se abre una puerta,  unos pasos le indica que ha llegado la hora. La puerta de su celda se abre, y dos vigilantes aparecen junta a ella, uno bajo y otro mucho mas alto. Caminan junto a él por el pequeño pasillo, uno da cinco pasos, el otro seis., Marcelo sonríe. Los guardias lo introducen en una sala donde esperan varias personas. Su trabajo termina ahí, dan media vuelta y se marchan. Marcelo los llama, ellos extrañados se giran y reciben un escueto -gracias- para desparecer por donde han venido. Marcelo cierra los ojos, y suspira. Un cura se acerca junto a él, mientras una gotas de lluvia comienzan a descender lentamente sobre la ciudad.
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		<title>La luna</title>
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		<issued>2008-05-30T10:57:02+00:00</issued>
		<updated>2008-06-01T18:45:18+00:00</updated>
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La noche estaba fresca. Sentadas sobre un banco, una madre y su hija contemplan el cielo estrellado. La pequeña pregunta – mamá, ¿por qué no ha salido hoy la luna?, y la madre sonriente, responde – porque es muy tímida, y como sabe que la estamos buscando, se ha escondido. La pequeña, satisfecha con la explicación se apretuja contra el pecho de su madre, mientras sus ojos escudriñan el cielo, tratando en vano de encontrarla.
Hoy, la madre ya no está. La niña, ya mujer, cada vez que explica a sus alumnos las fases lunares, mientras sus palabras  descifran el porque de la Luna nueva, su pensamiento vaga por una noche estrellada, en la que en su oído resuena un corazón, mientras sus pequeños ojos buscan afanosamente una figura resplandeciente colgada del cielo.

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		<title>Una estampa</title>
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		<issued>2008-05-28T17:46:27+00:00</issued>
		<updated>2008-05-30T16:44:03+00:00</updated>
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Una tarde de calor. Una de esas tardes en las que parece que se va a derretir todo. Un sitio. Un lugar cualquiera dentro de la España rural. Un riachuelo. Un cauce sobre el que parece que fluye el agua, pero solo es  un reflejo de la flama que desprende ese trozo de tierra. Una vegetación que ha quedado reducida a matojos, la mayoría amarillentos, los menos de un verde, que mas parece gris . Ante semejante desolación, solo es posible ver  a algunos escarabajos peloteros sin mierda con la que hacer pelotas; lagartijas que tratan en vano de buscar comida, se cobijan bajo la tierra resquebrajada esperando tiempos mejores. Un grupo de espinos encima de una loma, se balancean tímidamente movidos por una ligera brisa tórrida, infame, insuficiente para desalojar de ellos a unos inquilinos, blancos caracoles que no parecen intimidados, no se sienten incómodos protegidos por su reluciente concha. Ante tanta desolación, hay algo que parece no encajar en el paisaje. Algunas figuras se protegen bajo el único árbol que ha resistido el calor, la barbarie humana, el paso del tiempo; han establecido una relación circunstancial que los lleva unidos durante las horas de sol. Un muchacho absorto en sus pensamientos habla, su perro tumbado, escucha sin emitir ningún sonido, la boca cerrada como si temiese que la temperatura se le pudiese meter por la garganta, y revolverle las entrañas, el resto de acompañantes se limita dormitar para no gastar energías en vano. Una imagen, una estampa, que nos hace recordar el pasado, un pasado lejano en el inconsciente, pero cercano en el tiempo, en la distancia, tan cerca, tan pobre, tan nuestro...
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/20/un-poco-gloria</id>
		<title>Un poco de gloria</title>
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		<issued>2008-05-20T22:46:19+00:00</issued>
		<updated>2008-05-27T11:01:06+00:00</updated>
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Estoy muerto, pero no es esto el objeto de esta historia, así que continuaré. Hace algunos meses, cuando aún me encontraba vivo, la redacción del periódico para el que trabajaba, me ordenó cubrir una guerra con el objeto de realizar fotos “con el mayor realismo trágico posible” según palabras de mi jefe. Antes de continuar me presentaré, me llamo Antonio Pedrera y mi profesión es, o más bien era, la de fotógrafo. Tenía cuarenta y cinco años y muchos kilómetros sobre mis espaldas. Había sido asiduo de guerras, acontecimientos lúdicos u otras manifestaciones susceptibles de ser captadas por el objetivo de mi cámara, pero en esta ocasión tenía un extraño presentimiento. No es posible definirlo de manera clara, pero una cierta incomodidad me invadía desde el encargo. La misma rutina de siempre, preparar los papeles, el equipo y algo que cada vez que el tiempo me lo permitía procuraba hacer, documentarme bien acerca del conflicto, si ese era el motivo de mi viaje. A cada hora que transcurría mi preocupación se iba acrecentando, hasta que por la noche con todo preparado decidí evadirme, no era lo normal para un experto, pero incapaz de quedarme en casa, opté por salir a dar una vuelta. Dirigí mis pasos, a un lugar conocido, pensé en mis compañeros, ellos me tenían por alguien invencible, y no ya los del periódico, los extranjeros también me tenían estima, era como un general con mil y una estrellas, cada guerra era una muesca en la cámara, pero siempre de manera inevitable hay una en la que puede que la suerte no te acompañe, tantas veces bailando con la muerte hasta que esta te desprecia, y en un instante te encuentras solo, como en una pista de baile, solo, asequible, ese es tu momento malo, se puede pasar con un rasguño o con una nota de prensa , que en tu casa, para tu familia, es como la fruta que siempre está madura y por fin cae, -lo sabíamos- dirán todos,  -era normal que pasara, que eso de danzar por ahí de guerra en guerra no era normal, que mejor se podía haber dedicado a sacar fotos a los niños vestidos con su ropita de primera comunión, a las bodas, pero él, el más chulo se va para hacerse famoso-, y en esto no les falta  la razón, ese fue el comienzo, pero después el culo no se te pega a ningún sitio, estas parado y no eres tú, necesitas moverte, acción, unas olimpiadas son una mierda, necesitas ese instante de pánico, de miedo bajo el fuego, de creerte participe de ese conflicto, intentar hacerte neutral y que tus entrañas se decanten, siempre tomando partido.  Me tomé un par de copas en el bar de un amigo, un buen amigo. Estuvimos hablando un rato, me despedí de él  regalándole una cámara que ya no usaba y que me había pedido en varias ocasiones, se extraño, pero no quise hablar más y me dirigí hacia la puerta. Dormí mal, turbios presagios, puede ser, pero a la mañana siguiente estaba de mal humor y ya en el aeropuerto esa mala ostia se incrementó cuando me comunicaron que el vuelo sufriría un retraso.
 	Cuando se  llega  a  una  zona  en guerra por primera vez todo parece extraído  de  una  película,  zonas  devastadas,  heridos,  mutilados, armas por cualquier sitio, soldados, muchos soldados, demasiados. Pero cuando ya eres un veterano te sitúas rápidamente para comenzar tu trabajo, dejas de sorprenderte  por  cualquier cosa  y vas al grano, buscas información entre los compañeros, zonas donde el conflicto se desarrolla en  esos  momentos, si el peligro que siempre acecha  es extremo  o  no,  y comienzas tu tarea. Cuando llevas realizadas muchas fotos, y la confianza que te da el habitar ese lugar durante algún tiempo ha calado en ti, te aventuras mas allá de lo razonable, las buenas fotos están allí, en lo inaccesible, donde las balas te pasan cerca de la oreja mientras tu permaneces  firme con el visor pegado al ojo, intentando captar  la foto de  tu vida, esa  que  además de darte de comer, te  consagre.  Cuantos fotógrafos  deambulan por  el mundo  para ganarse el pan y de camino un poco de gloria. 
                Los  malos presagios que me habían invadido la víspera del viaje  no los había abandonado del todo, pero el trabajo te absorbe de tal forma que solo las noches son cómplices de tus miedos. Un día por la mañana, durante el desayuno, un teniente con el que había trabado algo de amistad, me comentó que iban  a realizar una incursión a una ciudad cercana, y que posiblemente habría algún enfrentamiento, que era posible que los pudiese acompañar y que con toda probabilidad fuese yo el único fotógrafo. Me pareció mi momento, era una corazonada, hasta ese instante todos fotografiábamos lo mismo, las mismas cosas, los mismos destrozos, los mismos refugiados, y esta era una oportunidad de aplicar mi talento sin que nadie aportara otra visión.  Me preparé y partimos enseguida. No íbamos muchos, aproximadamente unos cincuenta soldados con algunos blindados ligeros y un todo terreno. La ciudad distaba unos kilómetros y estaba dentro de una denominada zona de seguridad. Avanzamos despacio por la carretera, desde una pequeña loma se divisaban los edificios derruidos. Cuando llegamos, un silencio absoluto lo envolvía todo. Había decenas de cráteres provocados por los disparos de artillería, los edificios mas altos eran esqueletos a punto de desmoronarse, los árboles que habían sobrevivido a la barbarie eran extraños en ese mundo gris y mísero en que se había visto convertida la ciudad. Se desplegaron los soldados y yo comencé a disparar la cámara. Muchas imágenes se agolpaban en el visor y disparaba sin cesar. Al cabo de un rato una ráfaga de disparos rompió el silencio, unos gritos desgarraban el aire, carreras, ordenes, la retirada hacia posiciones más seguras y los gritos que se hacían cada vez más terribles, más agónicos. Anduve hasta la esquina de un edificio y allí en la calle yacía un soldado que levantaba la mano pidiendo ayuda, detrás de mi se escuchaban las ordenes que ponían en movimiento a sus compañeros para tratar de rescatarlo. Dispare varias fotos, sonaron mas disparos que acertaron en el blanco, el muchacho dejó de gritar. Me intente acercar mas para fotografiarlo, por él, por mí, por esa maldita guerra. Trate de buscar el lugar del que provenían los disparos para no cometer la imprudencia de ponerme a tiro. Despacio, muy despacio me acerque todo lo que pude y llegue hasta la esquina más próxima y dispare varias fotos al chico, era joven, demasiado joven para morir de esa manera estúpida, aunque la verdad es que siempre se es joven para morir en una guerra. Sentí un deseo irrefrenable de observar el lugar desde el que había sido abatido, giré la cara sobre la esquina utilizando el objetivo, no debía hacerlo pero lo hice,  solo recuerdo el resplandor y mi cabeza rebotando sobre el suelo. Debió ser un francotirador que jugó con su puntería y mi imprudencia, para dejarme ahí tirado sobre un charco de sangre cerca del joven soldado. Lo que siguió al suceso entra dentro de lo conocido, notas de prensa, funerales, homenajes, en fin la rutina que lo envuelve todo. El soldado creo que solo me acompaño en el mismo camión de vuelta al campamento, allí tomamos caminos separados, él hacia el llanto amargo de su familia y yo hacia la gloria, bendita gloria.

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		<title>Un árbol.</title>
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		<issued>2008-05-19T18:07:09+00:00</issued>
		<updated>2008-05-20T00:41:08+00:00</updated>
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Llevaban mucho tiempo juntos. Vivian uno frente a otro. Todas las mañanas al despuntar los primeros rayos de sol, la ciudad despertaba, y ellos que albergaban los sueños de algunos inquilinos se desperezaban con el alboroto que el comienzo del día traía sobre sus copas. No eran exóticos, ni estaban catalogados entre  especies protegidas, pero  ni ellos sabían como habían sobrevivido desde sus primeros años. Ambos recordaban sus comienzos, sus primeros brotes, como poco a poco su crecimiento fue en aumento dentro de aquel bosquecillo. Retenian en la memoria la llegada de los primeros pájaros a sus ramas, como las hormigas que trepaban les hacían cosquillas, como curtieron su piel para protegerse del frío  y del calor. Los años fueron pasando y ruidos extraños invadieron sus sueños. Todos fueron desapareciendo, unos de golpe para ser cambiados por viviendas, otros dejaron paso a calles, y ellos, solo ellos sobrevivieron a los muchos que un día fueron. El azar, un arquitecto que tiro una línea por allá, quien sabe. Instalados en la ciudad, fueron mudos testigos  de accidentes, algunos con ellos involucrados. Los políticos los usaron para colgar sus carteles electorales clavándoles puntillas hirientes. Les amputaron unas ramas que estorbaban la visión de un semáforo. Un buen  día uno  desapareció, tuvo la mala fortuna de ocupar la futura salida de un garaje. La vida del que quedó en pie siguió triste, monótona, en soledad. Hoy solo queda de ellos un trozo de tronco, con sus muertas raíces hundidas en la tierra. Una tarde de verano, los caminantes se detienen tras la sombra de una parada de autobús. El autobús llega, suben , se instalan en su asientos. Uno comenta que haría falta una buena sombra, y algo de verde en esa calle. Un perro se acerca  y ocupa el espacio bajo la sombra de la marquesina. Bajo un sol abrasador, el vehículo inicia su marcha, dejando  atrás los restos de lo que un día fue un árbol .
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/18/un-instante</id>
		<title>Un instante</title>
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		<issued>2008-05-18T11:24:42+00:00</issued>
		<updated>2008-05-19T20:39:43+00:00</updated>
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Llevaba despierto desde muy temprano. Sus ojos acostumbrados a la placentera tranquilidad de su refugio, reflejaban cansancio. Su mirada repasaba la habitación, de izquierda a derecha, de abajo hacia arriba. Cerro los ojos, aspiro, intento impregnar todo su ser de aquella sala que había sido lugar de hermosos juegos. Recordaba las manos entrelazadas, el jadeo apremiante, los besos, las caricias que se transformaban en surcos donde el placer y el dolor se daban la mano. Luego mas tarde, con el paso de los años, la fogosidad de la juventud dio paso a un amor placentero, maduro, menos impetuoso pero no por eso menos hermoso. Solían comentar que las edades eran como las estaciones, la juventud, primaveral, llena de vida, de olores, de colores; la madurez, otoñal, llena de paz, de melancolía. Veía sus ojos, siempre sus ojos, sentía sus pechos, percibía su olor. Llegaron los niños, no fueron demasiados para su época, dos Juan y Maria. Como era costumbre tardaron en salir de su habitación, y cuando así lo hicieron volvían cíclicamente todas las mañanas para compartir unos minutos en la cama grande. Fueron años tiernos y maravillosos. Los fines de semana los niños se excitaban, no tenían que ir al colegio,  saltaban sobre su cama como piratas al abordaje de un navío imaginario. Todo eso pasó, fue solo un instante el que le cambió la vida, un instante que recordaba como si fuera ayer. Ahora postrado sobre la cama, necesitado de ayuda para el hecho mas insignificante, solo deseaba reunirse con ellos.
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		<title>Cuentan</title>
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		<issued>2008-05-12T13:01:52+00:00</issued>
		<updated>2008-05-16T22:54:43+00:00</updated>
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Cuentan que hubo un día  en el que la lluvia y el viento lo inundaba todo. También que  nació una niña. Cuentan que lloraba mucho, y  comenzó a comer con ansiedad. Cuentan que fue creciendo, y que a medida que pasaban los años, esa pequeña, se convirtió en una bella adolescente que enamoraba solo con su presencia. Otras cuentan que no era así, que comenzó a espabilarse pronto, que vestía un poco provocativa, que era ligerilla de cascos. Siguieron contando que se hizo mujer, que se casó, que el matrimonio le duró poco. Algunas decian que tuvo otros hombres, otras que dejo al marido por otra mujer. Comentan que un día despareció. ¡ Se fue a otra ciudad! especulaban unas; ¡se metió a puta! decían las de mas allá. Los días pasan, la vida continua su camino, yo no se donde se encuentra, pero mientras ellas  siguen comentando, se que una parte de ella se quedo en mi corazón.
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		<title>Recuerdos</title>
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		<issued>2008-05-10T21:39:19+00:00</issued>
		<updated>2008-05-12T10:31:59+00:00</updated>
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Tomo el camino de la derecha. El sol comenzaba a descender. Caminaba a paso lento, sin prisa, sin destino. A lo lejos la vio, parecía joven, y mientras sus pasos seguían el camino polvoriento, ella se giró y se encamino a su encuentro. Comenzó a sentir la pesadez del viaje. Al llegar a ella la miró, estaba mucho más joven que la última vez que la vio, pero su mirada era inconfundible. No tenia arrugas, su piel parecía suave, su cabello estaba suelto, y la ligera brisa lo movía cadenciosamente de un lado a otro, todo en ella era diferente, mas lleno de vida, pero sus ojos, esos ojos negros, vivos, eran inconfundibles, nunca notaron el paso del tiempo, ella no lo reconoció, se saludaron   
Hola
El camino es largo -respondió ella-
Me recuerdas -preguntó él-
Tropecé dos veces antes de llegar, debió ser el cansancio -siguió ella-
Seguro que no te acuerdas -volvió a preguntar él-
Me senté sobre aquella piedra y estuve esperando. Aun espero -dijo ella mirando a lo lejos-
Te he echado tanto de menos, madre.
Espero verlo llegar, se quedo solo tan joven, mi pobre niño.
Ella se dio media vuelta y comenzó a caminar por el campo. Estuvo un rato observándola, iba y venia, sin dirección, hasta que al pasar junto a una piedra se sentó. Dirigió la mirada hacia el camino y se quedo quieta, inmóvil. El volvió sobre sus pasos  y el camino se torno diferente, todo cambio de repente como el decorado de una obra de teatro. Donde antes el campo era llano y extenso, ahora las rocas hacían del paisaje un lugar agreste, el sol dio paso a unas nubes, y estas comenzaron a descargar una fina lluvia. Sentía el agua sobre su cabeza, pero no se mojaba, continuo lloviendo con fuerza pero el permanecía seco, aligero el paso buscando un lugar donde sentarse, jadeando logro ver una oquedad y se dirigió hacia ella. El cansancio desapareció de repente. Se sentó en el suelo y se dedico a contemplar como las gotas caían con fuerza,  comenzó a reír con  satisfacción, como quien descubre un juego que formaba parte de su infancia, las gotas se descolgaban y formaban un pequeño charco, y las contaba una a una, hasta que el pequeño charco se desbordó por encima del dique que formaba una pequeña rama. Seguía lloviendo y alguien a su lado le hablo, no se sobresalto, hubiese sido lo habitual, pero no lo hizo, giró la cara y una mujer madura lo miraba, sus ojos lo escrutaban, por un instante le pareció reconocerla.
Que tal -dijo ella-
El día esta lluvioso, malo para pasear -respondió-
Porque dejaste de quererme - le espetó ella-
Se me vienen a la memoria aquellos días de lluvia, los charcos, las ropas mojadas, la tarde junto a la estufa, el chocolate caliente -siguió él sin responder a la pregunta-
Siempre te ame, porque no fuiste sincero conmigo - le inquirió ella-
Al acostarme la lluvia sonaba sobre el tejado de la casa contigua. Recuerdo cuando mi madre me arropaba y me daba un beso, mi padre nunca estaba allí.
 La soledad ese fue mi tormento, como pudiste guardarte ese secreto sin llegar a decirme la verdad –volvió a preguntar ella-
Siempre hay algo que uno no puede contar, que lo sigue allá donde vaya, que morirá con él. Recuerdo  mi mano cerrada en torno a una piedra, me la guarde para protegerme, y nunca la soltaba, era insignificante pero me daba valor, incluso cuando te dejé-respondió él-
Los secretos atormentan, debiste decírmelo, te fuiste, nunca te despediste –terminó ella-
Se hizo el silencio, ella seguía mirándole. Sobre la mente de él se sucedieron con rapidez una amalgama de sensaciones. Una imagen borrosa, alguien se despedía mientras él seguía acostado en su pequeña cama. La ausencia del padre, el rencor de la adolescencia, el cariño de una madre, sus primeros desengaños, dolor, lágrimas, un adiós, un funeral, el abismo de la soledad, la casa vacía, la ropa de su madre sobre la cama, la pequeña habitación cómplice de sus sueños, la parte trasera de un coche, la mano fría de su tía, otra ciudad, el amor, la paternidad, su huida, el retorno.
Salió del refugio corriendo, sin mirar atrás, corrió como quien lleva el miedo unos pasos tras de si. El camino descendía y allí al final se observaba un precipicio, intento detenerse, pero sus pies no obedecían las ordenes, siguió acercándose, no se quería caer, desesperadamente intento gritar pero no podía emitir ningún sonido, sudaba, el borde estaba cerca, seguía corriendo, la lentitud del tiempo lo exasperaba. La agonía de algo previsible que tarda. Al final cayo, una caída  que se torno dulce, sus sentidos lo hacían  flotar sobre un mar de vaporosas nubes, no existía el tiempo, solo silencio, paz y la luz que con dificultad se abría paso entre la oscuridad.
Algo le toco la mejilla, la luz se mezclaba con las sombras, una a una algunas figuras comenzaban a definirse. Le dolía el pecho, del brazo le salía un pequeño tubo que llegaba a una botella, que a su vez colgaba de un pequeño artilugio de metal. Unas palabras de aliento salieron  de alguien que se presento como el doctor, al otro lado una mujer a la que reconoció rápidamente le agarro con fuerza la mano y dejo escapar unas lágrimas . Le hablo, en la cueva parecía triste, ahora estaba allí tomándole la mano. Cerro los ojos y trato de ordenar en su memoria los recuerdos. Las imagines se mezclaban y era difícil ordenarlas..Un dolor , una caída, luces, golpes sobre el pecho, gritos, un camino, una madre que espera, la suya, una mujer que reprocha y ahora esta junto a el; la mira y ella le sonríe. El le pregunta como están los chicos, ella le responde que felices de que todo haya quedado en un susto. El le dice que los quiere. Al salir de la habitación ella le deposita sobre una mano una pequeña piedra que el agarra con fuerza. Cierra los ojos y ve un camino, pero no hay nadie, trata en vano de recordar una figura, una cara. Ella vuelve, se sienta junto a el, le habla, comienza a hacer planes de futuro.
 En algún pequeño camino polvoriento de la memoria, sentada sobre una piedra, una madre espera a su hijo, quiere darle un abrazo, quiere besarlo, pero se siente feliz de seguir esperando. 


							
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/07/sin-titulo-4-</id>
		<title>Sin titulo 4.</title>
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		<issued>2008-05-07T16:49:06+00:00</issued>
		<updated>2008-05-10T19:39:33+00:00</updated>
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Se despertó sobresaltada. Al levantar su pequeña cabeza de la almohada, los mechones de su rubio pelo cayeron sobre el rostro. Miró alrededor de la cama sin conseguir ver nada. A medida que sus ojos se adaptaban a la oscuridad logró reconocer su habitación. Bajó con cuidado tomando su conejito por la oreja, sintió el frío del suelo sobre las plantas de sus pies. Fue con dificultad hasta la habitación de sus padres, empujó la puerta y vio a su padre dormido abrazando la almohada. Volvió sobre sus pasos, y ya en su cuarto se dirigió hacia la ventana,  las estrellas lucían su resplandor  bajo la negrura del cielo, sus ojos se dirigieron hacia una pequeña estrella,  ¡buenas noches mama! – dijo-  Mientras la noche seguía su curso, ella se volvió a acostar, se abrazó a su peluche, y se durmió mientras su cuerpo recuperaba poco a poco el calor perdido.
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		<id>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/05/sin-titulo-3</id>
		<title>Sin titulo 3</title>
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		<issued>2008-05-05T09:49:19+00:00</issued>
		<updated>2008-05-07T09:16:12+00:00</updated>
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Un estado, una ciudad, un barrio, una casa cualquiera . El presidente del gobierno  convoca una rueda de prensa con un único tema “terrorismo”.  El día anterior, un grupo terrorista hace estallar en la capital un coche bomba y mueren tres personas. La policía incauta un alijo humano en el sur del estado, y 15 personas hunden sus esperanzas en el fondo de un furgón policial. Tres familias lloran la perdida de sus seres queridos, destrozados e impávidos asisten al carnaval que se monta a su alrededor. Un obrero de la construcción muere sin flores, sin prensa, sin arnés que lo salvara de la caída. La población que encuentra empleo aumenta al amanecer y desciende horas mas tarde, sus contratos son indefinidos de tres horas. La prensa anuncia los beneficios de las petroleras y los bancos,  en la misma página el ministro de economía recomienda moderar los aumentos salariales para contener la inflación. El Sr. Presidente continua su rueda de prensa, circunspecto, se toca las gafas y seriamente anuncia la inmovilidad del gobierno, seguiremos aguantando. Algunos miles de metros mas allá, las lágrimas de varias familias destrozadas se guarecen en los pañuelos, mientras un funcionario taciturno les entrega unas medallas. Los inmigrantes detenidos el día anterior tienen mas suerte que otros , viajan fuera de las bodegas de un barco de vuelta a casa, nadie repara en la tristeza que anida en sus corazones. El Sr. Presidente prosigue con lentitud, impasible, no escucha el dolor, solo la ira que brama en las bocas de la multitud espoleadas por la prensa y los políticos. Un político separatista dice que son victimas y algunos lo escuchan. Las multinacionales han hecho suya la idea de abolir las fronteras, de hacernos hermanos unos pueblos de otros, y han hecho hermanas a las monedas, y los capitales fluyen, el trabajo también fluye, y los demás, los seres humanos, nos quedamos y queremos mas fronteras ¡hay  si pudiésemos comparar los mapas políticos con los mapas de capitales económicos! que sorpresa. Miro por la ventana, un coche pasa a toda prisa, un niño aporrea con su pelota la pared que hay frente a él,  de fondo suena el televisor, suspiro, mañana será otro día.
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		<title>Vida efímera</title>
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		<issued>2008-05-02T19:27:28+00:00</issued>
		<updated>2008-05-03T10:33:38+00:00</updated>
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	Se sentía importante, todos se lo disputaban. Los reconocía por el tacto, las suaves manos de Julia, la languidez de Marta, la brusquedad de Mario y la duda constante de Antonio. El ir y venir por la suave alfombra, el constante golpeteo, tener la parte izquierda magullada, formaban parte de él. Una mañana se encontró raro, estaba sólo. Pasó el día y nadie se acercó excepto Antonio. Al ser cogido volvió a sentirse querido, la  cálida mano lo abrazó, le tomo su larga cola y le rodeo el cuerpo varias veces, y sin mas, fue dejado a un lado. Por entre los lápices pudo ver  una mano que se movía cadenciosa sobre algo, pero no tenía cola como él, solo una pequeña luz roja  destellaba de vez en cuando. Fue lo último que vio antes de perderse en el fondo de una caja, olvidado para siempre.
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		<title>Un viaje de ida y vuelta</title>
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		<issued>2008-04-16T09:50:27+00:00</issued>
		<updated>2008-04-17T20:01:25+00:00</updated>
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Hizo sonar el timbre una vez y esperó. Hacia frío y su ropa destacaba en la gélida mañana. Era alto,  de pelo oscuro y su silueta desgarbada contrastaba con la sobriedad de líneas de la puerta. Volvió a hacer sonar el timbre varias veces y continuo esperando una respuesta. Desde el aeropuerto había tomado un taxi y se vio sorprendido por los innumerables cambios que la ciudad había sufrido. Llegando al barrio la carretera circundaba un pequeño lago que hoy ya no existía, presumiblemente desecado para construir un futuro edificio de modernas oficinas cuyos cimientos se hundirán  en una gruesa capa de lodo y recuerdos. Miró a derecha e izquierda, era temprano y no vio a nadie. El jardín estaba muy descuidado. Los rosales  en otro tiempo la envidia de las vecinas del barrio, no eran sino esqueletos marchitos. Hacia la izquierda, su árbol languidecía de tristeza. Las macetas estaban algunas rotas, otras derribadas. En el interior de la casa todo era silencio. Durante el trayecto se sintió triste al ver la fundición convertida en un almacén multicolor. Habían jugado demasiadas veces entre las escorias, apedreado al pobre perro guardián, y fumado a escondidas entre los numerosos recovecos de la por entonces vieja fábrica. Caminó por la fachada hasta la esquina y miró por la ventana del salón en un vano intento por descubrir algo de vida en el interior, pero la oscuridad era absoluta.  Después de dar la vuelta a la casa y comprobar lo que el paso del tiempo desgasta las cosas salió a la calle y volvió a tomar el taxi que lo estaba esperando. No había transcurrido mucho tiempo y los rayos del sol trataban en vano de calentar un día irremediablemente frío. El taxista recibió un escueto – al aeropuerto - . De vuelta tomo el mismo camino, pero esta vez él no miraba hacia fuera. Había sacado un papel del bolsillo del pantalón y lo sostenía con ambas manos.  La carta había llegado  hacía un año, y como si de algo irreal se tratase, la había guardado en un cajón. Hasta hace unos días no pensó en desandar un camino que emprendió y del que nunca estuvo convencido. Su orgullo se lo impidió, y cuantas veces se había arrepentido de ello.  Una lágrima corrió por su rostro,  el taxista atento en todo momento desvió la mirada sabedor de lo privado de ese instante. No cruzaron mas palabras que las justas para saber el precio de la carrera y dar las gracias. Al bajar miró hacia atrás y se introdujo en la terminal del aeropuerto. Su vuelo salía bastante mas tarde y se sentó a esperar. Allí sentado era un extraño mas en esa torre de babel en que se convierten los aeropuertos de las grandes ciudades. Pasado un rato, un pequeño se acercó jugando y se detuvo delante de él, sus ojos se cruzaron, sonrió y se vio a si mismo riendo de satisfacción con su primera bici de solo dos ruedas, chupándose los dedos  después de meterlos a hurtadillas en el tarro de mermelada, volviendo de su primer fin de semana fuera de casa, tomando la maleta y despareciendo para no volver hasta este día. Le preguntó al niño por sus padres, y este señaló a una pareja que se encontraba unos metros mas allá y los miraban. Antes de salir corriendo  el  niño  le  preguntó  – señor, está usted solo – a lo  que el respondió – mas solo que nunca-
Volvió a leer el papel, lo arrugó y con cierto desdén lo arrojó a una papelera para acto seguido dirigirse a una terminal de embarque.

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		<title>Tras el cristal</title>
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		<issued>2008-04-12T07:16:51+00:00</issued>
		<updated>2008-07-05T07:54:14+00:00</updated>
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El Otoño se nos vino encima de repente. Casi sin ser conscientes de ello, las primeras hojas comenzaron a caer sobre el camino de piedra. La melancolía comenzó a expandirse por los campos, atravesando la laguna, elevándose por encima de las copas de los árboles, colándose por las rendijas de las casas, turbando el animo de las personas.

Ella estuvo dos días frente a la ventana, a él no lo vi, aunque tampoco era raro, solía irse con el coche, y no aparecía hasta algunos días después. Llevaban tres años viviendo junto a nosotros y nuestra relación era casi inexistente. Durante esos dos días, a cada ocasión que podía dirigía la mirada hacia su casa y allí estaba ella, mirando hacia fuera. El primer día a la tarde me paré y la saludé con la mano, pero pareció no verme. Ya por la noche miré desde la cocina, pero la oscuridad me impedía ver si seguía allí. Esa noche en la cama le pregunté a mi marido
-¿que te parecen los vecinos?
-un poco raros- me contestó.
-aclárame lo de raros
-no se, lo he dicho sin pensar, buenas noches
Decidí no insistir mas en la conversación, y me dormí pensando en ella.
A la mañana siguiente al salir la volví a ver allí, una figura de carne y hueso, inmóvil,  la mirada perdida.
Me olvide de ella llevada por la rutina. Esa tarde el coche apareció de nuevo, y ella desapareció de la vista. 

Dentro de la casa una mujer en silencio, mira ,observa a través de la ventana, no le importa nada de lo que ocurre fuera, su mente está imaginando un lugar, un remanso de paz. Un coche aparca, lo mira y frunce el ceño. La mujer  que vive en la casa de al lado ha salido y la ha vuelto a mirar. Esta sola, se siente sola y quiere seguir estando así. Alguien  entra en la casa, escucha sus pisadas en la escalera, como abre la puerta, su respiración, su olor y como le da un beso en la mejilla. El habla sin parar y ella no lo escucha. Lo acompaña a la cama y mientras ella sueña con una playa solitaria por donde pasea dejando que las olas mojen sus pies desnudos, el la penetra, la mordisquea, ella toma una concha con sus manos y sonríe, el sigue empujando con fuerza y lanza varios gemidos, ella siente que el mar la moja, el se separa sudoroso.

Después de desayunar volví a salir y mire, pero no estaba allí. El coche si, así que imagine que estaban en casa. Me sorprendí al verla venir de frente, dude preguntarle si tenia algún problema, si podía ayudarla en algo, pero me limite a decirle hola, ella me devolvió el saludo y me sorprendió ver que llevaba puestas unas gafas de sol. En fin, cada uno lleva puesto lo que quiere, me dije.
Durante la noche mi marido y yo nos sentamos en el salón y  vimos las noticias. Dedicaron un especial a la violencia domestica, ese día habían asesinado a dos mujeres. Lo miré, el seguía con la vista fija en la pantalla, y me acorde de la vecina. Solo fue un fugaz recuerdo, le di un beso a mi marido y me dirigí a la cocina, al correr las cortinas observé un relámpago, hacia viento y había comenzado a llover. Miré hacia la casa de enfrente y me pareció verla en la ventana, puede que solo fuese mi imaginación, me di la vuelta, subí la escalera y me acosté.

Tronaba el cielo. Tras el cristal  el viento lanza oleadas de hojas sobre el muro de piedra. La lluvia desciende de manera tenue sobre la tierra. Desde el interior   no se puede percibir ese olor a campo mojado, ese silencio solo roto de cuando en cuando por algún estruendo. Un corazón palpita. Un camisón se arremolina entre unas piernas plegadas. El pelo se retuerce a manojos por encima de los hombros. Una lágrima desciende lentamente  por la mejilla horadando un cauce que se acerca al precipicio de la barbilla, para desde allí saltar y posarse sobre el pecho desnudo. De fondo un jadeo, el duerme en la cama. Su ruido provoca un leve temblor,  casi imperceptible, la carne se eriza. Tiene miedo.


&quot;Dedicado a las que solo son una cifra en las estadísticas, que sufren, que lloran, que sueñan, que hacen de la vida diaria su íntimo acto de valentia&quot;
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