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<title>Soñando desde el sur</title>
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<description>y mas al sur, existe un territorio donde los sueños se cubren de lágrimas.</description>
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	<title>Soñando desde el sur</title>
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<title>La espera</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/10/18/la-espera</link>
<dc:date>2008-10-18T09:45:22+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Me senté en un banco poco antes de la hora convenida. Yo elegí el lugar. No pretendía ser una sorpresa, pero imaginé que allí, en ese extremo del parque, justo donde la hilera de rosales termina y comienza el estanque, a la sombra del sauce, invadidos por la suave brisa que al atardecer era empujada desde el oeste, nos sentiríamos cómodos. Deseaba decirle cosas, expresarle sentimientos, intentar que las palabras fluyesen despacio, cadenciosas, como el cauce de un río cuyo caudal se desplaza lentamente atrapando nuestra mirada. Los pájaros revoloteaban por encima de mi cabeza, una pareja se paseaban cogidos de la mano, y me vi unido a ella, sintiendo su piel sobre la mía, los dedos entrelazados. Los minutos se hacían de una eternidad insoportable. Los rayos de sol comenzaron a desplazarse, oscureciendo pausadamente el lugar. Transcurrieron minutos, no se cuantos, los suficientes para sentir el frío del atardecer sobre mi espalda. Tomé un papel del bolsillo del pantalón, estaba escrito para ella. Lo arrugué, y cuando me dirigía a la salida del parque lo arrojé a una papelera. Crucé la calle, y rodeado de sentimientos, me perdí entre el gentío, sin saber cual sería mi destino.</p>
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<title> Una duda</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/10/03/duda</link>
<dc:date>2008-10-03T10:04:27+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Lancé la moneda al aire, y mientras esta giraba en su recorrido ascendente, desee que nunca cayera. Cuando lo hizo, me enseño desde el suelo su reluciente cara, si había aceptado el azar como elemento de decisión, debía acatar su designio, no tenia otra posibilidad, o quizás si, la de traicionarme,  y hacer lo que debería haber hecho, dar un paso al frente, y con los elementos que tenia, tomar una decisión, pero como un cobarde, deje que la  fortuna hiciese parte de mi trabajo, y mientras la cara reluciente de la moneda me mira de reojo, le tengo frente a mi, sudoroso, dos líneas cargadas de lágrimas surcan su rostro, me esta implorando, gimiendo, pero sabe que su destino está marcado, marcado desde que me plante frente a el, le até las manos a la espalda y le dije que se arrodillara, calculó mal, yo soy el premio que le ha tocado en suerte. El tiempo no pasa en balde, antes, años atrás, no hubiese pensado, un encargo, el trabajo realizado de manera rápida, y vuelta a casa con el bolsillo lleno para poder besar a mis hijos, así toda un vida, pero siento que el tiempo no pasa en balde, hoy he dudado, y si la decisión no la tomo yo, para que seguir, lo volví a mirar, tenia los ojos fijos en el suelo, lo llame, y cuando me miro, le apunté en la frente y apreté el gatillo, recogí la moneda, la sangre resbalaba por su mejilla. Pensativo, me monté en el coche, encendí la radio, me dije que ya era hora de dejarlo, y así, entre dudas, lo arranqué , abrí la ventanilla, y mientras este avanzaba, dejé que el aire me refrescase la cara.</p>
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<title>Tristeza</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/09/25/tristeza</link>
<dc:date>2008-09-25T10:44:26+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>He dormido mal. Me he despertado temprano, mas de lo acostumbrado, y al levantar la persiana, he podido ver que el día  camina de la mano junto a mi ánimo. Una ligera bruma gris atenúa los colores, la lluvia golpea tímidamente el tejado de la casa de enfrente, el agua cadenciosa se desliza hacia el canalón para ser llevada mas abajo, hacia la calle, siluetas enfundadas en sus abrigos sortean los charcos para desaparecer calle abajo. Tras correr la cortina me dirigí hacia el estudio, mi pequeño rincón privado, donde casi nadie entra. Tras esas paredes me parapeto siempre que puedo para escribir, escuchar música, o simplemente soñar. Al encender el equipo  los acordes de un fado inundan la habitación. Sobre la mesa, una libreta abierta y un lápiz me esperan. Me tumbo en un pequeño sofá, miro la estantería repleta de libros, y sopeso coger alguno. No tengo ganas de leer. Cierro los ojos, Amalia Rodrígues sigue cargando el ambiente de sonidos, no entiendo sus palabras, pero mi cuerpo se va estremeciendo.  Intento escaparme montado en un sueño, pero no puedo. No calculo el tiempo, no es importante, mi cuerpo no entiende de minutos. Creo que he llegado a dormirme. Unos golpes en la puerta me devuelven a la realidad. -¿Quieres un café?- me pregunta un voz conocida.- Si- respondo. Cuando salgo, una sonrisa me devuelve a la vida.</p>
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<title>Soledad</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/09/19/soledad</link>
<dc:date>2008-09-19T21:15:43+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Una extraña figura negra. Así es la sombra que la casa desparrama por el jardín cada amanecer. El alba funciona como un despertador invisible. Observar. La mera visión desde la ventana, es la obsesión de alguien que no tiene otra tarea mas importante que buscar la forma en que los minutos, las horas, transcurran sin el menor atisbo de dolor. El mirlo comienza temprano su tarea recolectora. Los árboles que le sirven de cobijo, pasan de  silentes figuras oscuras, a lugares de una bulliciosa actividad. La sombra que proyectan toca con su punta el poste que flanquea el camino. Una ligera brisa hace que los campos que se prolongan mas allá de la carretera, se mezan como olas vegetales, que arremeten suaves contra una playa imaginaria. Lleva varios años solo. Antes de recluirse, le parecían extrañas las personas solitarias. Ahora sabe, que pueden existir multitud de motivos por los que alguien, puede elegir la soledad como algo natural. De esta manera el, sin preámbulos, se declara un solitario. No uno hosco, sucio, triste, pues no es así. Esta convencido de ello, disfruta de su soledad, de la misma forma que antes lo hacia de la compañía. Esta reclusión le atenaza, pero cada día es mas consciente de que es la manera, la única manera de mantenerse alejado del exterior. Ese mundo hostil le gustaba, de la misma forma que ahora,  recela de él. La oscuridad le seduce, le abraza, le hace sentirse seguro. Las mañanas le producen pavor, la luz radiante, el aire fresco del amanecer, tantas horas de claridad por delante. Ahora es de noche. Quedan pocas horas para que el mirlo se pose sobre el alféizar de su ventana.</p>
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<title>Una lenta pérdida</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/09/11/una-lenta-perdida</link>
<dc:date>2008-09-11T18:37:31+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy el espejo me ha devuelto una imagen decrepita, y me he sentido triste. Triste por saberme cerca del fin, solo, en este bullicioso lugar. El reposo deseado me ha transfigurado, tanto, que no me reconozco. No se el día, la hora tampoco importa. Pero mientras las fuerzas de la memoria no me abandonen, intentaré disfrutar de mis recuerdos. Recuerdos que se agolpan, se mezclan, y ya me es imposible discernir lo vivido de lo imaginado, lo real de aquello que solo una mente soñadora ha colocado, otorgándole certidumbre. Tengo ante mi una libreta, mi temblorosa mano será el arma que ejecutara las ordenes, pero solo escribirá aquello que le llegue, sin importarle ni el como ni el cuando, ni tan siquiera el porque, tan solo rellenar líneas de una manera tranquila, donde el descanso ocupe poco lugar, porque el tiempo no es precisamente lo que sobra. Dispuestos los dos, comenzaremos por un principio,  elegido de entre muchos posibles, lejano, pero que otra opción me queda, si no soy solo yo el que dirige todo esto. Me consumo, tengo la certeza de que mañana seré menos yo, otra persona me sustituye paulatinamente dentro de mi , y presiento que llegará el momento, en que yo ya no exista, aunque mi cuerpo siga viviendo de manera indolente durante algún tiempo. La luz del sol me molesta un poco en los ojos, miro hacia abajo, y no se que hago con un lápiz en la mano...</p>
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<title>Amigos</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/09/11/amigos</link>
<dc:date>2008-09-11T06:47:00+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Eran algo mas de las siete. A esa hora, y en esa época del año, suele ser noche cerrada. La soledad de una carretera de montaña, que sinuosa como una serpiente,  atraviesa la monótona oscuridad del verde de las laderas, solo es rota por la aparición de los faros de una camioneta. Dos luces que vistas desde la distancia, destellan sin ningún orden aparente . El interior de la camioneta  apesta a alcohol. Dos hombres permanecen en silencio. Sus mentes caminan por senderos diferentes a los de sus cuerpos. En la parte trasera, una pequeña bolsa de mano, muestra  a través de la cremallera un fajo de billetes. El conductor mira fijamente hacia la carretera, la vía de escape que premeditadamente han fijado como su puerta hacia la gran vida. El acompañante, no para de mover los dedos, y girar la cabeza hacia el conductor. Un animal se cruza en el camino, y la camioneta está a punto de estrellarse. En la radio suena una canción que habla de la amistad  - ...friends will be friends...-Se oye un disparo, y un cuerpo cae desde una puerta al suelo. El vehículo reanuda su marcha. Las estrellas se ocultan tras las nubes. La noche huele a hierba húmeda. El ruido del motor se va convirtiendo en un leve rumor, para desaparecer, dejándolo todo en silencio.</p>
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<title>Volver</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/09/03/volver</link>
<dc:date>2008-09-03T12:27:17+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Un coche circula por una carretera solitaria, al llegar a un cruce toma el camino hacia la derecha. Un estrecho carril, plagado de baches, lo acompaña durante el trayecto. En un recodo, tras unos árboles, un descolorido cartel anuncia el nombre de un pueblo. Detiene la marcha, y del vehículo desciende un hombre. Respira. El aire fresco de la mañana penetra en sus pulmones. Avanza por la cuneta, aunque esta seguro de que si lo hiciera por el centro no tendría ningún problema. Poca gente frecuenta el lugar. El pueblo esta deshabitado desde hace años, él lo sabe. Camina despacio por la calle principal. Algunas casas están derruidas, las que se encuentran de pie denotan los años de abandono. Sus pisadas resuenan sobre el pavimento. Al llegar a la plaza observa la antigua fuente, la iglesia, el ayuntamiento, vestigios del corazón de esa pequeña urbe. Sigue caminando, no ha olvidado la dirección, aunque era joven la última vez que estuvo ahí. La puerta de la casa ha desaparecido, un montón de escombros ocupa el antiguo zaguán. El cielo se puede ver entre trozos desprendidos del antiguo techo. Al llegar al patio se sienta sobre un trozo de muro, el limonero está marchito. Cierra los ojos, aún conserva recuerdos de risas y juegos, de historias contadas por los mayores, de noches de viento y tormenta, de días de sol y verano.  Piensa que no sabe porque ha vuelto, pero en el fondo no es cierto. Se fué joven, como otros, pero quedo atrapado por una frase – cariño, espero que vuelvas pronto – y nunca más volvió hasta este día. Sigue recordando trozos de historias, de fiestas, de tiempos atroces cuando varios guardias llamaban a algunas puertas, y como hombres honrados salían con las manos sujetando sombreros, sus miradas perdidas en el suelo, como recorrían en fila las calles desiertas hacia el cementerio, el tiempo detenido, y poco mas tarde varias detonaciones dejaban mudas las casas, sin sollozos, sin llantos, y como algunos de ellos tras enterrar a sus compañeros, volvían cubiertos de barro, con los ojos enrojecidos. También afloran recuerdos felices de amores truncados, de besos inocentes y furtivos, de baños en el río. Decide salir de la casa, esta un poco aturdido, suspira, se ha emocionado. Mientras desanda el camino, comienza a sonreír. Al pasar junto a la iglesia, se para a observar el campanario, las campanas y el reloj han desaparecido. Sigue caminando, la mañana avanza, el aire hace mecer las copas de algunos árboles.</p>
<p>Tras el anuncio de inundación por la construcción de un pantano cercano, que nunca se produjo, el pueblo se fué abandonando. Los mayores fueron muriendo, mientras sus descendientes tomaban el camino hacia otros lugares. Él siempre supo que tenía que volver, y hoy lo ha hecho. Quería saldar una deuda con su pasado, con sus orígenes, con alguien que le dijo un día que volviese, y que nunca mas vio con vida, que reposa entre viejas tumbas, tras una de las tapias donde fue asesinado su marido. Pero también sabe que no ha podido completar su viaje. Se sube al coche, y mientras enfila la recta para abandonar el lugar, se lamenta de su cobardía. Tiene que volver, y ese día, repetirá el camino, pasará de largo junto a la casa sin detenerse,  y al llegar al cementerio, atravesará la verja,  depositará un ramo de flores sobre una lápida,  dirá unas palabras, se disculpará, y saldará definitivamente una deuda con los espectros que habitan en sus recuerdos, y cuando retome el camino por el que se encuentra en estos momentos, sentirá que puede morir en paz.</p>
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http://www.librodearena.com/negri/post/2008/09/03/volver#comentarios
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<title>Los dias</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/08/28/los-dias</link>
<dc:date>2008-08-28T21:25:33+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Los días son extraños. En ocasiones puede uno aventurarse a imaginarlos como seres vivos. Unos amanecen suaves, envueltos en una tenue luz, se desperezan despacio sin atreverse a molestar, calientan de manera tenue la mañana, se afianzan durante la tarde para de manera discreta adormecer bajo el telón de la noche. Son días de magia, donde la naturaleza dormida de nuestros sentidos se desata ante una bella canción, ante una leve caricia, ante una fugaz mirada mientras deambulamos por la cotidianidad. Otras mañanas es el frío el que lo envuelve todo. Como por arte del azar, un abrazo helado nos acompaña allá donde nos dirijamos. Ni el sol en su abnegado interés por sobreponerse a fuerzas que continuamente lo azoran consigue imponerse, tímidamente se asoma, y derrotado escapa a la espera de tiempos mejores. Uno de esos dias apareció repentinamente, de la mano de un sol poderoso. Cuando abrió los ojos, su luz le cegó. Sentía que el aire quemaba su garganta. Se levantó como pudo, y allí estaba él, de pie sobre la arena, desnudo. Mientras el agua del mar acariciaba sus pies, pudo verla dirigiéndose a su encuentro. El tren llegó a su destino. Se bajó, ajusto su abrigo sobre el cuello, la niebla comenzaba a disiparse. Será este un día mágico –pensó- Y así, pensativo, soñador, tomo el camino diario a la oficina, mientras el sol trataba de abrirse camino entre las nubes.</p>
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<title>El escritor</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/08/07/el-escritor</link>
<dc:date>2008-08-07T19:49:30+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Tras su sonrisa  se escondía una melancolía que le hacia parecer siempre triste. Sentado sobre una silla, pasaba los días con la mirada en el horizonte. Sus sueños escapaban desde sus manos hacia los papeles, que garabateados con un gastado lápiz, almacenaba en una oxidada caja. Que hacer en ese lugar, cuando su única necesidad era la de esperar. En esos días de desasosiego, la esperanza apareció con forma de mujer, voluptuosa, sensual, agarró con fuerza el lápiz, y mientras ella se desvanecía sobre un arrugado papel, entre torpes renglones, el sol dibujaba una tenue línea anaranjada sobre el horizonte</p>
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<title>Se puede vivir soñando</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/07/01/se-puede-vivir-sonando</link>
<dc:date>2008-07-01T18:03:01+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Hace algunos años mi abuela me atrapo con una respuesta. Como empezar, es difícil, porque los recuerdos se me agolpan, y cuesta una enormidad darle cierta fluidez. Mi familia procede de un pueblo de la sierra de Cádiz, un lugar hoy muy visitado, pero antaño, un lugar recóndito solo recordado por la cantidad de emigrantes que en el estío recuperaban parte de sus raíces, e intentaban que su prole, respirase parte de la esencia que llevaban en sus genes. Aún tengo fresco en mi memoria, las tardes calurosas, mis tías  realizando su trabajo de marroquinería, un gato rezongando en el umbral de la casa, y mi abuela con el abanico dando tres pasadas para después ser recogido y golpeado contra el pecho, y de nuevo a vueltas con el ritual. Las calurosas noches eran momentos de una carga mágica, el cielo rebosante de estrellas, el aroma a romero, a jazmín, la familia reunida junto a la puerta, y yo y mis primos dirigiéndonos al patio, ha echar un chorrito para dormir sin tener que levantarnos de noche. Una mañana, mientras esperábamos el desayuno, le hice una pregunta a mi abuela – se puede vivir soñando- y ella sorprendida por la pregunta, me respondió – no solo se puede, se debe vivir soñando- y ahí acabo su conversación conmigo. La tarde siguió entre juegos a la sombra de una parra, mientras las avispas revoloteaban entre nosotros, y yo conseguía conquistar un castillo, arrebatar una fortaleza a los malditos franceses, y deleitarme con un beso de una amada doncella. La noche llegó entre aromas de guiso, de queso, de fruta madura. Mi abuela, se dirigió con su consabido –venga ha echar el chorrito- y mientras me atusaba el pelo, sus limpios ojos azules me miraron, acto seguido me guiño un ojo, y me fui a la cama, con la certeza de que mi abuela no se había olvidado de la pregunta que le había formulado y aun no tenia respuesta. Las mañanas se repetían entre aromas de jazmín y mantecas rellenas de lomo, de asaduras, de panes recién horneados, de calores sosegados por el agua derramada sobre el patio. Una mañana, ella, mi abuela, cuando nos dirigíamos al corralón para rememorar viejas batallas, me agarro del brazo, y me retuvo. Quédate junto a mi que te voy a contar un historia. La seguí a través del patio, y penetre en la cuadra, estaba un poco inquieto, pero confiado la tome de la mano para introducirme por una pequeña portezuela que se encontraba al fondo. La sala era pequeña, pero estaba limpia. Una mesa, una silla en un extremo, en el contrario un camastro, y una pequeña estantería con algunos libros. Aquí murió tu abuelo –me dijo-. Me estremecí. Tu abuelo era una persona buena, no lo conociste ni tu, ni ninguna de sus hijas, entre ellas tu madre. Murió aquí escondido, protegido por mi y algunos amigos. Siéntate hijo- me volvió a decir señalándome la silla-, tu abuelo era anarquista, nunca mato a nadie, pero defendió sus ideales siempre, la justicia por encima de todo, decía que los hombres éramos iguales con independencia de en que lugar o familia hubiésemos nacido. Era un hombre honesto, justo , su palabras tenían valor, porque según aseguraba era lo mas importante que tenia una persona. Pero hubo una refriega, los dirigentes dijeron que la revolución se alzaría en todo el país, y el lo acato, lo detuvieron por complicidad con los revolucionarios, se lo llevaron a Sevilla, y allí lo torturaron, no te quiero dar los detalles, pero llegó muy mal, tan mal que no volvió a salir a la calle, y este que ves aquí fue su pequeño refugio, aquí le cure sus heridas, y aquí fue donde su corazón no le aguanto mas - mi abuela hablaba como si una parte de su vida la estuviese abandonando a medida que las palabras brotaban de su boca -, cuando lo encontré una mañana estaba inmóvil, pero tenia una expresión de paz que nunca olvidaré, no pude gritar, por orgullo, lo enterramos en la intimidad, el no hubiese querido ningún ritual. Acto seguido se dirigió a una estantería y tomo un libro de poesía, lo abrió y extrajo un sobre, del interior saco un pañuelo descolorido, que agarro fuertemente mientras las lagrimas inundaban sus ojos, se la anudo al cuello, y se soltó el cabello, el rojo y negro le sentaban bien sobre su blanca piel, comenzó a leer “ Querida compañera, amada mía, me siento débil, maltratado, pero aun confío en el ser humano, se que somos capaces de lo mejor y lo peor, mientras me torturaban trataba de pensar en ti, mi muñeca de ojos vivos, en nuestra casa, en nuestras pequeñas, en los campos verdes en primavera, en el amarillo del trigo, en la fuente de agua fresca, y a cada patada, a cada golpe, a cada uña arrancada, mientras el dolor se me hacia imposible de soportar, allí estabas tu para venir a rescatarme de mis pesadillas. Si lees esto, será porque me has sobrevivido, y solo entonces piensa que he sido la persona mas dichosa, solo por el hecho de haberte conocido. Se que hemos soñado en un mundo mas justo. Nunca pierdas la capacidad de soñar que otro mundo es posible. Salud, amada, amiga y compañera”. Dicho esto mi abuela rompió a llorar como nunca antes la había visto . Dejo las cosa en el mismo sitio del que las había tomado y salimos. Solo me dijo una cosa. Hijo mío, comprendes ahora porque no solo se puede, sino que se debe vivir soñando.</p>
<p>Han pasado varios años de aquella conversación, y mis visitas al pueblo se fueron espaciando, hasta que un día, la noticia de su muerte me sorprendió a la llegada a casa desde la facultad. A la mañana siguiente tomamos la carretera en dirección al pueblo, cuando llegamos todo estaba dispuesto, en la iglesia sentí nauseas, seguro que mi abuela se estaba revolviendo con ese crucifijo sobre ella, mientras el cura rezaba por su alma. Ya en el cementerio, después de recibir sepultura, me quede un instante solo, mientras mi madre y el resto de asistentes se dirigía a la salida, saque del bolsillo el pañuelo que al llegar a la casa tomé del pequeño cuarto de la cuadra, y me la anude al cuello, y dije para mis adentros, - que la tierra te sea leve, abuela- , y me la imagine una fresca tarde de primavera, esperando a mi abuelo venir por el camino, sudoroso, y como la abrazaría dándole un beso, mientras de fondo sonaba una canción “negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver....”</p>
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http://www.librodearena.com/negri/post/2008/07/01/se-puede-vivir-sonando#comentarios
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<title>Volver a empezar</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/24/volver-empezar</link>
<dc:date>2008-06-24T16:41:00+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Era invierno. El día amaneció frío y gris. El cielo plomizo despertaba de su letargo, y sus lágrimas comenzaban a descender lentamente sobre la ciudad. Desde el piso se divisaba la parte este de la ciudad, un terreno sobre el que los edificios habían proliferado durante los últimos años, modificando la agradable visión que se experimentaba al asomarse en esa dirección. La mayoría de las ventanas tenían las persianas bajadas, en un vano intento de que la desazón que transmitía el día no se colara por los cristales, inundándolo todo con su tristeza. El tercer piso rompe la monotonía. Desde temprano, un hombre permanece de pie junto a una ventana. Su cuerpo refleja la erosión que los años han causado sobre el. Sus ojos clavados en el cristal, no miran, se limitan a permanecer abiertos. Solo su mente acerca los recuerdos del pasado agolpándolos delante de el. Hace treinta años que llegaron  su esposa y el. Eran jóvenes cargados  de ilusiones, que dejaban atrás familias, amigos y un campo que no despertaba ningún animo para vivir de el. El pueblo se fue alejando física y mentalmente al unísono, hasta no ser mas que un eco en el vacío. Los dos jóvenes paseaban su felicidad por una ciudad hostil. La felicidad sorteaba con sus colores la gris fealdad de lo cotidiano, y ellos eran la patera que se adentra en el mar con los corazones repletos de sangre y esperanza. El dinero les duro poco, o mas bien, era poco el que traían, y no dio para mucho. Un par de semanas en una pensión, la comida incluida en el precio, y la intención de que esas dos semanas no llegaran a culminar sin nada fructífero. Las mañanas las dedicaban a patear las calles buscando trabajo, las tardes también. Solo al anochecer con los pies reventados, extenuados, abatidos por tantas negativas, su habitación resplandecía dentro de ese cuchitril. Tuvieron suerte. Hacia el final de la segunda semana consiguieron encontrar trabajo. Camareros  para comenzar, muchas horas, y mal remunerados. Esa noche la vuelta se demoró mas de la cuenta. Cenaron, bebieron, y sonrieron. No les hubiera gustado volverse a casa de sus padres, al pueblo, con la derrota cargada sobre sus espaldas. Su primera puerta se había abierto, y deseaban seguir adentrándose en esa nueva vida. Los siguientes años se sucedieron rápidamente, tanto como la cantidad de empleos que encontraban y perdían. Aun no habían vencido la intemporalidad de su vida allí. Sus raíces no eran lo suficientemente profundas como para evitar que una simple ráfaga de viento los derribara. El azar jugó en su favor. Una gran empresa del cinturón industrial necesitaba una gran cantidad de mano de obra, y fue así como se enraizaron. El empleo estable dio paso a la vivienda estable. Lo mas asequible era proveerse de un piso en las afueras. No visitaron muchos. Recordaban los paseos en busca de trabajo, y la inmediatez paso a formar parte de sus vidas. El dinero no era abundante, pero  podían hacer realidad algunos planes. Un barrio aislado, tranquilo, fue el elegido. A través de las ventanas se veía el campo. No era un vergel, pero la vista solo se detenía en el horizonte. Aunque monótonos los días se sucedían. Las tardes las dedicaban a planificar, como pintar el piso, que tipo de muebles podrían encajar en esa habitación, que cortinas poner. Horas de charlas, risas, sueños, daban paso a frugales cenas que no por escasas y poco elaboradas eran menos suculentas. Sus paladares estaban influidos por la felicidad que irradiaban, sus sentidos se exasperaban. El colchón delator con sus sonidos, confidente de sus caricias, participaba de la exaltación del amor, sin gritos, sin jadeos, solo amor en el mas estricto sentido de la palabra.</p>
<p>La lluvia hacia traquetear el trozo de persiana que no había sido recogido. El hombre seguía con la mirada fija en el frente. Sus manos apoyadas sobre el respaldo de una silla. En el piso la actividad no había comenzado, todos seguían durmiendo en sus cuartos. El silencio necesitado se aliaba con el. Recorrió el pasillo lentamente, entreabrió las puertas de los cuartos, y sonrió al ver la respiración tranquila de sus hijos mientras dormían. Entro en su dormitorio, tomo una maleta y con un gesto de la mano se despidió de su mujer, que estaba despierta. Lo habían hablado desde hacia tiempo, pero aun así era una situación difícil. No volvió la vista, ella se lo explicaría a los niños, era lo acordado. Cerro sigilosamente el puerta del piso. Sabia que dos vidas que se unieron, se separaban, atrás quedaban unos sueños, una mujer, unos hijos, adelante una nueva vida. Salió a la calle, la lluvia había cesado, un camión paso a gran velocidad, sus pies la condujeron hacia la esquina, y se perdió de la vista tras ella.</p>
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http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/24/volver-empezar#comentarios
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<title>Queria decirle.</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/07/queria-decirle-</link>
<dc:date>2008-06-07T08:19:35+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Quería decirle –lo siento-.Deseaba ver sus ojos, y sin pestañear, que ella sintiese a través de su mirada el amor que le profesaba. Las manos le temblaban. Tenia tantas dudas, si abrazarla primero, y después hablar. Notaba una gota de sudor recorrer su espalda. Cuando por fin se decidió, ella se había marchado.</p>
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http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/07/queria-decirle-#comentarios
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<title>La niña de la foto ( para Abril)</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/06/la-nina-la-foto-abril-</link>
<dc:date>2008-06-06T10:03:47+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Un mañana una amiga me enseño una foto. Siempre tras una imagen hay una historia, pequeña o grande, divertida o triste, simple o compleja. Mi profesor de fotografía era dado a recordar que determinadas tribus pensaban que tras una imagen de ellos, se escapaba un trozo de su alma, quizás es por eso que me siento incomodo fotografiando a personas. Pero esa amiga sabia la historia de la foto, incluso la contó cuando yo aun no me había mudado a este pueblo. Tampoco me he molestado en preguntarle, no es lo importante. Solo se que cuando me mostró la foto, mi amiga estaba radiante, feliz, orgullosa, y yo me alegre por ella. No se si los habitantes de esas tribus tenían razón. Pero si puedo saber, que en esa foto, se ve una niña, tranquila, los labios separados como si fuese a decir –hola, estoy aquí- , y dos ojos grandes, oscuros, observadores, llenos de vida. En su mano cerrada guarda todas las muestras de cariño, todos los deseos, todos los besos, y la mantiene cerrada, apretada. A su manera, no quiere dejar escapar ese caudal de amor que lleva con ella.</p>
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<title>Pasos</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/06/03/pasos</link>
<dc:date>2008-06-03T10:28:33+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Se abre una puerta. Resuenan pisadas, una, dos, tres, cuatro, cinco. A través de una trampilla se introduce una bandeja, alguien la toma y la pone sobre una mesa, la trampilla se vuelve a cerrar. Los pasos se alejan, y la luz del pasillo se apaga. Se tumba en la cama, pone los brazos tras la cabeza y suspira.  Por la ventana se ve un trozo de cielo. En ese instante es de un azul limpio. Lleva varios años encerrado entre esas paredes, y le queda poco para salir camino de la libertad, una libertad que no es la que él desea, o al menos eso pensaba, porque desde hace tiempo decidió no luchar, no albergar esperanzas, resignarse a su destino, la muerte a manos de un verdugo anónimo, quizás mejor así – pensó- Tiene nombre, no lo ha olvidado, pero cuando las puertas se cerraron tras él, quedo fuera. Al principio, pensó en los detalles, una conclusión llegaba como un mazo golpeando sobre sus oídos – culpable-, y era verdad, la había matado, no valían  excusas. La amaba desde niño, eran amigos, sus familias también. Crecieron juntos, su nombre Isabel, Isa para todos, menos para él. Sufrió cuando fueron al instituto y ella comenzó a salir con chicos. Le dolía profundamente que se refiriesen a ellos como si fuesen hermanos. Lloró cuando al llegar una noche a casa la vio besándose con un amigo común. Fingió tanto que creyó que iba a morir. Elaboró estrategias para decirle que su corazón no podía resistir por mas tiempo esa situación, que la amaba, que era la mujer de su vida, la única. Isabel siempre le sonreía, -se te ve enamorado – le dijo en alguna ocasión,-ya me la presentaras-, y el disimulando sentía como el corazón se le encogía dentro del pecho.</p>
<p>La celda es pequeña, una mesa, una silla y la cama conforman todo el mobiliario. Le gusta mirar las manchas de las paredes y el techo, intentando descubrir formas, una nube, un perro.. Solo los pasos que se acercan por el pasillo lo sacan de su estado, son lo único que rompe con una monotonía insoportable. Unos días escucha cinco pasos, otros seis. Esto le sirve para desviar su atención, ante la dificultad de pasar las horas, sin ningún cambio.</p>
<p>Una mañana cuando todavía respondía por Marcelo, se sentó a la mesa y recibió de su madre una noticia, -sabes que Isa se va a estudiar a otra ciudad, sus padres han decidido ayudarla para que pueda estudiar la carrera que parece deseaba desde pequeña-. El sabia que ciudad era, muchos kilómetros al norte, cinco años, quizás mas, toda una vida. Comió poco, para después encerrarse en su cuarto. Puso un disco de música folk, a ella le gustaba. Lloro, durante varias horas estuvo tumbado con los ojos cerrados.</p>
<p>Le han comunicado el día y la hora de la ejecución. Ha recibido la noticia sin inmutarse. Después se ha sentado, y ha comenzado a escribir una carta de despedida para sus padres “Queridos padres... “ , pero no puede, deja el lápiz sobre la mesa. A través de la ventana el cielo es hoy gris.</p>
<p>Recuerda la llamada de teléfono- que tal Isabel, me han comentado que te marchas. A ver si nos vemos y hablamos- Se vieron junto a su barrio, en el parque. Ella llegó sonriendo, como siempre. El la tomo del cuello para darle un beso. Ella se extraño. El sintió como el cuello cedía bajo la presión de sus manos. Ella intentó zafarse, huir. El apretó las manos, poco a poco la respiración fue deteniéndose, el cuerpo quedo inmóvil, abrió las manos y ella cayo sobre la tierra.</p>
<p>Hoy es el día indicado. Se ha levantado temprano. Sentado sobre la cama espera. Se abre una puerta,  unos pasos le indica que ha llegado la hora. La puerta de su celda se abre, y dos vigilantes aparecen junta a ella, uno bajo y otro mucho mas alto. Caminan junto a él por el pequeño pasillo, uno da cinco pasos, el otro seis., Marcelo sonríe. Los guardias lo introducen en una sala donde esperan varias personas. Su trabajo termina ahí, dan media vuelta y se marchan. Marcelo los llama, ellos extrañados se giran y reciben un escueto -gracias- para desparecer por donde han venido. Marcelo cierra los ojos, y suspira. Un cura se acerca junto a él, mientras una gotas de lluvia comienzan a descender lentamente sobre la ciudad.</p>
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<title>La luna</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/30/la-luna</link>
<dc:date>2008-05-30T10:57:02+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>La noche estaba fresca. Sentadas sobre un banco, una madre y su hija contemplan el cielo estrellado. La pequeña pregunta – mamá, ¿por qué no ha salido hoy la luna?, y la madre sonriente, responde – porque es muy tímida, y como sabe que la estamos buscando, se ha escondido. La pequeña, satisfecha con la explicación se apretuja contra el pecho de su madre, mientras sus ojos escudriñan el cielo, tratando en vano de encontrarla.</p>
<p>Hoy, la madre ya no está. La niña, ya mujer, cada vez que explica a sus alumnos las fases lunares, mientras sus palabras  descifran el porque de la Luna nueva, su pensamiento vaga por una noche estrellada, en la que en su oído resuena un corazón, mientras sus pequeños ojos buscan afanosamente una figura resplandeciente colgada del cielo.</p>
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<title>Una estampa</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/28/una-estampa</link>
<dc:date>2008-05-28T17:46:27+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Una tarde de calor. Una de esas tardes en las que parece que se va a derretir todo. Un sitio. Un lugar cualquiera dentro de la España rural. Un riachuelo. Un cauce sobre el que parece que fluye el agua, pero solo es  un reflejo de la flama que desprende ese trozo de tierra. Una vegetación que ha quedado reducida a matojos, la mayoría amarillentos, los menos de un verde, que mas parece gris . Ante semejante desolación, solo es posible ver  a algunos escarabajos peloteros sin mierda con la que hacer pelotas; lagartijas que tratan en vano de buscar comida, se cobijan bajo la tierra resquebrajada esperando tiempos mejores. Un grupo de espinos encima de una loma, se balancean tímidamente movidos por una ligera brisa tórrida, infame, insuficiente para desalojar de ellos a unos inquilinos, blancos caracoles que no parecen intimidados, no se sienten incómodos protegidos por su reluciente concha. Ante tanta desolación, hay algo que parece no encajar en el paisaje. Algunas figuras se protegen bajo el único árbol que ha resistido el calor, la barbarie humana, el paso del tiempo; han establecido una relación circunstancial que los lleva unidos durante las horas de sol. Un muchacho absorto en sus pensamientos habla, su perro tumbado, escucha sin emitir ningún sonido, la boca cerrada como si temiese que la temperatura se le pudiese meter por la garganta, y revolverle las entrañas, el resto de acompañantes se limita dormitar para no gastar energías en vano. Una imagen, una estampa, que nos hace recordar el pasado, un pasado lejano en el inconsciente, pero cercano en el tiempo, en la distancia, tan cerca, tan pobre, tan nuestro...</p>
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<title>Un poco de gloria</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/20/un-poco-gloria</link>
<dc:date>2008-05-20T22:46:19+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Estoy muerto, pero no es esto el objeto de esta historia, así que continuaré. Hace algunos meses, cuando aún me encontraba vivo, la redacción del periódico para el que trabajaba, me ordenó cubrir una guerra con el objeto de realizar fotos “con el mayor realismo trágico posible” según palabras de mi jefe. Antes de continuar me presentaré, me llamo Antonio Pedrera y mi profesión es, o más bien era, la de fotógrafo. Tenía cuarenta y cinco años y muchos kilómetros sobre mis espaldas. Había sido asiduo de guerras, acontecimientos lúdicos u otras manifestaciones susceptibles de ser captadas por el objetivo de mi cámara, pero en esta ocasión tenía un extraño presentimiento. No es posible definirlo de manera clara, pero una cierta incomodidad me invadía desde el encargo. La misma rutina de siempre, preparar los papeles, el equipo y algo que cada vez que el tiempo me lo permitía procuraba hacer, documentarme bien acerca del conflicto, si ese era el motivo de mi viaje. A cada hora que transcurría mi preocupación se iba acrecentando, hasta que por la noche con todo preparado decidí evadirme, no era lo normal para un experto, pero incapaz de quedarme en casa, opté por salir a dar una vuelta. Dirigí mis pasos, a un lugar conocido, pensé en mis compañeros, ellos me tenían por alguien invencible, y no ya los del periódico, los extranjeros también me tenían estima, era como un general con mil y una estrellas, cada guerra era una muesca en la cámara, pero siempre de manera inevitable hay una en la que puede que la suerte no te acompañe, tantas veces bailando con la muerte hasta que esta te desprecia, y en un instante te encuentras solo, como en una pista de baile, solo, asequible, ese es tu momento malo, se puede pasar con un rasguño o con una nota de prensa , que en tu casa, para tu familia, es como la fruta que siempre está madura y por fin cae, -lo sabíamos- dirán todos,  -era normal que pasara, que eso de danzar por ahí de guerra en guerra no era normal, que mejor se podía haber dedicado a sacar fotos a los niños vestidos con su ropita de primera comunión, a las bodas, pero él, el más chulo se va para hacerse famoso-, y en esto no les falta  la razón, ese fue el comienzo, pero después el culo no se te pega a ningún sitio, estas parado y no eres tú, necesitas moverte, acción, unas olimpiadas son una mierda, necesitas ese instante de pánico, de miedo bajo el fuego, de creerte participe de ese conflicto, intentar hacerte neutral y que tus entrañas se decanten, siempre tomando partido.  Me tomé un par de copas en el bar de un amigo, un buen amigo. Estuvimos hablando un rato, me despedí de él  regalándole una cámara que ya no usaba y que me había pedido en varias ocasiones, se extraño, pero no quise hablar más y me dirigí hacia la puerta. Dormí mal, turbios presagios, puede ser, pero a la mañana siguiente estaba de mal humor y ya en el aeropuerto esa mala ostia se incrementó cuando me comunicaron que el vuelo sufriría un retraso.</p>
<p>Cuando se  llega  a  una  zona  en guerra por primera vez todo parece extraído  de  una  película,  zonas  devastadas,  heridos,  mutilados, armas por cualquier sitio, soldados, muchos soldados, demasiados. Pero cuando ya eres un veterano te sitúas rápidamente para comenzar tu trabajo, dejas de sorprenderte  por  cualquier cosa  y vas al grano, buscas información entre los compañeros, zonas donde el conflicto se desarrolla en  esos  momentos, si el peligro que siempre acecha  es extremo  o  no,  y comienzas tu tarea. Cuando llevas realizadas muchas fotos, y la confianza que te da el habitar ese lugar durante algún tiempo ha calado en ti, te aventuras mas allá de lo razonable, las buenas fotos están allí, en lo inaccesible, donde las balas te pasan cerca de la oreja mientras tu permaneces  firme con el visor pegado al ojo, intentando captar  la foto de  tu vida, esa  que  además de darte de comer, te  consagre.  Cuantos fotógrafos  deambulan por  el mundo  para ganarse el pan y de camino un poco de gloria.</p>
<p>Los  malos presagios que me habían invadido la víspera del viaje  no los había abandonado del todo, pero el trabajo te absorbe de tal forma que solo las noches son cómplices de tus miedos. Un día por la mañana, durante el desayuno, un teniente con el que había trabado algo de amistad, me comentó que iban  a realizar una incursión a una ciudad cercana, y que posiblemente habría algún enfrentamiento, que era posible que los pudiese acompañar y que con toda probabilidad fuese yo el único fotógrafo. Me pareció mi momento, era una corazonada, hasta ese instante todos fotografiábamos lo mismo, las mismas cosas, los mismos destrozos, los mismos refugiados, y esta era una oportunidad de aplicar mi talento sin que nadie aportara otra visión.  Me preparé y partimos enseguida. No íbamos muchos, aproximadamente unos cincuenta soldados con algunos blindados ligeros y un todo terreno. La ciudad distaba unos kilómetros y estaba dentro de una denominada zona de seguridad. Avanzamos despacio por la carretera, desde una pequeña loma se divisaban los edificios derruidos. Cuando llegamos, un silencio absoluto lo envolvía todo. Había decenas de cráteres provocados por los disparos de artillería, los edificios mas altos eran esqueletos a punto de desmoronarse, los árboles que habían sobrevivido a la barbarie eran extraños en ese mundo gris y mísero en que se había visto convertida la ciudad. Se desplegaron los soldados y yo comencé a disparar la cámara. Muchas imágenes se agolpaban en el visor y disparaba sin cesar. Al cabo de un rato una ráfaga de disparos rompió el silencio, unos gritos desgarraban el aire, carreras, ordenes, la retirada hacia posiciones más seguras y los gritos que se hacían cada vez más terribles, más agónicos. Anduve hasta la esquina de un edificio y allí en la calle yacía un soldado que levantaba la mano pidiendo ayuda, detrás de mi se escuchaban las ordenes que ponían en movimiento a sus compañeros para tratar de rescatarlo. Dispare varias fotos, sonaron mas disparos que acertaron en el blanco, el muchacho dejó de gritar. Me intente acercar mas para fotografiarlo, por él, por mí, por esa maldita guerra. Trate de buscar el lugar del que provenían los disparos para no cometer la imprudencia de ponerme a tiro. Despacio, muy despacio me acerque todo lo que pude y llegue hasta la esquina más próxima y dispare varias fotos al chico, era joven, demasiado joven para morir de esa manera estúpida, aunque la verdad es que siempre se es joven para morir en una guerra. Sentí un deseo irrefrenable de observar el lugar desde el que había sido abatido, giré la cara sobre la esquina utilizando el objetivo, no debía hacerlo pero lo hice,  solo recuerdo el resplandor y mi cabeza rebotando sobre el suelo. Debió ser un francotirador que jugó con su puntería y mi imprudencia, para dejarme ahí tirado sobre un charco de sangre cerca del joven soldado. Lo que siguió al suceso entra dentro de lo conocido, notas de prensa, funerales, homenajes, en fin la rutina que lo envuelve todo. El soldado creo que solo me acompaño en el mismo camión de vuelta al campamento, allí tomamos caminos separados, él hacia el llanto amargo de su familia y yo hacia la gloria, bendita gloria.</p>
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<title>Un árbol.</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/19/un-arbol-</link>
<dc:date>2008-05-19T18:07:09+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Llevaban mucho tiempo juntos. Vivian uno frente a otro. Todas las mañanas al despuntar los primeros rayos de sol, la ciudad despertaba, y ellos que albergaban los sueños de algunos inquilinos se desperezaban con el alboroto que el comienzo del día traía sobre sus copas. No eran exóticos, ni estaban catalogados entre  especies protegidas, pero  ni ellos sabían como habían sobrevivido desde sus primeros años. Ambos recordaban sus comienzos, sus primeros brotes, como poco a poco su crecimiento fue en aumento dentro de aquel bosquecillo. Retenian en la memoria la llegada de los primeros pájaros a sus ramas, como las hormigas que trepaban les hacían cosquillas, como curtieron su piel para protegerse del frío  y del calor. Los años fueron pasando y ruidos extraños invadieron sus sueños. Todos fueron desapareciendo, unos de golpe para ser cambiados por viviendas, otros dejaron paso a calles, y ellos, solo ellos sobrevivieron a los muchos que un día fueron. El azar, un arquitecto que tiro una línea por allá, quien sabe. Instalados en la ciudad, fueron mudos testigos  de accidentes, algunos con ellos involucrados. Los políticos los usaron para colgar sus carteles electorales clavándoles puntillas hirientes. Les amputaron unas ramas que estorbaban la visión de un semáforo. Un buen  día uno  desapareció, tuvo la mala fortuna de ocupar la futura salida de un garaje. La vida del que quedó en pie siguió triste, monótona, en soledad. Hoy solo queda de ellos un trozo de tronco, con sus muertas raíces hundidas en la tierra. Una tarde de verano, los caminantes se detienen tras la sombra de una parada de autobús. El autobús llega, suben , se instalan en su asientos. Uno comenta que haría falta una buena sombra, y algo de verde en esa calle. Un perro se acerca  y ocupa el espacio bajo la sombra de la marquesina. Bajo un sol abrasador, el vehículo inicia su marcha, dejando  atrás los restos de lo que un día fue un árbol .</p>
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<title>Un instante</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/18/un-instante</link>
<dc:date>2008-05-18T11:24:42+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Llevaba despierto desde muy temprano. Sus ojos acostumbrados a la placentera tranquilidad de su refugio, reflejaban cansancio. Su mirada repasaba la habitación, de izquierda a derecha, de abajo hacia arriba. Cerro los ojos, aspiro, intento impregnar todo su ser de aquella sala que había sido lugar de hermosos juegos. Recordaba las manos entrelazadas, el jadeo apremiante, los besos, las caricias que se transformaban en surcos donde el placer y el dolor se daban la mano. Luego mas tarde, con el paso de los años, la fogosidad de la juventud dio paso a un amor placentero, maduro, menos impetuoso pero no por eso menos hermoso. Solían comentar que las edades eran como las estaciones, la juventud, primaveral, llena de vida, de olores, de colores; la madurez, otoñal, llena de paz, de melancolía. Veía sus ojos, siempre sus ojos, sentía sus pechos, percibía su olor. Llegaron los niños, no fueron demasiados para su época, dos Juan y Maria. Como era costumbre tardaron en salir de su habitación, y cuando así lo hicieron volvían cíclicamente todas las mañanas para compartir unos minutos en la cama grande. Fueron años tiernos y maravillosos. Los fines de semana los niños se excitaban, no tenían que ir al colegio,  saltaban sobre su cama como piratas al abordaje de un navío imaginario. Todo eso pasó, fue solo un instante el que le cambió la vida, un instante que recordaba como si fuera ayer. Ahora postrado sobre la cama, necesitado de ayuda para el hecho mas insignificante, solo deseaba reunirse con ellos.</p>
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<title>Cuentan</title>
<link>http://www.librodearena.com/negri/post/2008/05/12/cuentan</link>
<dc:date>2008-05-12T13:01:52+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Cuentan que hubo un día  en el que la lluvia y el viento lo inundaba todo. También que  nació una niña. Cuentan que lloraba mucho, y  comenzó a comer con ansiedad. Cuentan que fue creciendo, y que a medida que pasaban los años, esa pequeña, se convirtió en una bella adolescente que enamoraba solo con su presencia. Otras cuentan que no era así, que comenzó a espabilarse pronto, que vestía un poco provocativa, que era ligerilla de cascos. Siguieron contando que se hizo mujer, que se casó, que el matrimonio le duró poco. Algunas decian que tuvo otros hombres, otras que dejo al marido por otra mujer. Comentan que un día despareció. ¡ Se fue a otra ciudad! especulaban unas; ¡se metió a puta! decían las de mas allá. Los días pasan, la vida continua su camino, yo no se donde se encuentra, pero mientras ellas  siguen comentando, se que una parte de ella se quedo en mi corazón.</p>
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