Un viaje de ida y vuelta
Hizo sonar el timbre una vez y esperó. Hacia frío y su ropa destacaba en la gélida mañana. Era alto, de pelo oscuro y su silueta desgarbada contrastaba con la sobriedad de líneas de la puerta. Volvió a hacer sonar el timbre varias veces y continuo esperando una respuesta. Desde el aeropuerto había tomado un taxi y se vio sorprendido por los innumerables cambios que la ciudad había sufrido. Llegando al barrio la carretera circundaba un pequeño lago que hoy ya no existía, presumiblemente desecado para construir un futuro edificio de modernas oficinas cuyos cimientos se hundirán en una gruesa capa de lodo y recuerdos. Miró a derecha e izquierda, era temprano y no vio a nadie. El jardín estaba muy descuidado. Los rosales en otro tiempo la envidia de las vecinas del barrio, no eran sino esqueletos marchitos. Hacia la izquierda, su árbol languidecía de tristeza. Las macetas estaban algunas rotas, otras derribadas. En el interior de la casa todo era silencio. Durante el trayecto se sintió triste al ver la fundición convertida en un almacén multicolor. Habían jugado demasiadas veces entre las escorias, apedreado al pobre perro guardián, y fumado a escondidas entre los numerosos recovecos de la por entonces vieja fábrica. Caminó por la fachada hasta la esquina y miró por la ventana del salón en un vano intento por descubrir algo de vida en el interior, pero la oscuridad era absoluta. Después de dar la vuelta a la casa y comprobar lo que el paso del tiempo desgasta las cosas salió a la calle y volvió a tomar el taxi que lo estaba esperando. No había transcurrido mucho tiempo y los rayos del sol trataban en vano de calentar un día irremediablemente frío. El taxista recibió un escueto – al aeropuerto - . De vuelta tomo el mismo camino, pero esta vez él no miraba hacia fuera. Había sacado un papel del bolsillo del pantalón y lo sostenía con ambas manos. La carta había llegado hacía un año, y como si de algo irreal se tratase, la había guardado en un cajón. Hasta hace unos días no pensó en desandar un camino que emprendió y del que nunca estuvo convencido. Su orgullo se lo impidió, y cuantas veces se había arrepentido de ello. Una lágrima corrió por su rostro, el taxista atento en todo momento desvió la mirada sabedor de lo privado de ese instante. No cruzaron mas palabras que las justas para saber el precio de la carrera y dar las gracias. Al bajar miró hacia atrás y se introdujo en la terminal del aeropuerto. Su vuelo salía bastante mas tarde y se sentó a esperar. Allí sentado era un extraño mas en esa torre de babel en que se convierten los aeropuertos de las grandes ciudades. Pasado un rato, un pequeño se acercó jugando y se detuvo delante de él, sus ojos se cruzaron, sonrió y se vio a si mismo riendo de satisfacción con su primera bici de solo dos ruedas, chupándose los dedos después de meterlos a hurtadillas en el tarro de mermelada, volviendo de su primer fin de semana fuera de casa, tomando la maleta y despareciendo para no volver hasta este día. Le preguntó al niño por sus padres, y este señaló a una pareja que se encontraba unos metros mas allá y los miraban. Antes de salir corriendo el niño le preguntó – señor, está usted solo – a lo que el respondió – mas solo que nunca-
Volvió a leer el papel, lo arrugó y con cierto desdén lo arrojó a una papelera para acto seguido dirigirse a una terminal de embarque.
2 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Me ha gustado tu historia. Voy a ver qué más hay por aquí.
Saludos.
Gracias. Ya iré publicando lo que pueda, y ya comentamos. A proposito tu blog es Palacios de Papel ¿o no?





