Volver a empezar
Era invierno. El día amaneció frío y gris. El cielo plomizo despertaba de su letargo, y sus lágrimas comenzaban a descender lentamente sobre la ciudad. Desde el piso se divisaba la parte este de la ciudad, un terreno sobre el que los edificios habían proliferado durante los últimos años, modificando la agradable visión que se experimentaba al asomarse en esa dirección. La mayoría de las ventanas tenían las persianas bajadas, en un vano intento de que la desazón que transmitía el día no se colara por los cristales, inundándolo todo con su tristeza. El tercer piso rompe la monotonía. Desde temprano, un hombre permanece de pie junto a una ventana. Su cuerpo refleja la erosión que los años han causado sobre el. Sus ojos clavados en el cristal, no miran, se limitan a permanecer abiertos. Solo su mente acerca los recuerdos del pasado agolpándolos delante de el. Hace treinta años que llegaron su esposa y el. Eran jóvenes cargados de ilusiones, que dejaban atrás familias, amigos y un campo que no despertaba ningún animo para vivir de el. El pueblo se fue alejando física y mentalmente al unísono, hasta no ser mas que un eco en el vacío. Los dos jóvenes paseaban su felicidad por una ciudad hostil. La felicidad sorteaba con sus colores la gris fealdad de lo cotidiano, y ellos eran la patera que se adentra en el mar con los corazones repletos de sangre y esperanza. El dinero les duro poco, o mas bien, era poco el que traían, y no dio para mucho. Un par de semanas en una pensión, la comida incluida en el precio, y la intención de que esas dos semanas no llegaran a culminar sin nada fructífero. Las mañanas las dedicaban a patear las calles buscando trabajo, las tardes también. Solo al anochecer con los pies reventados, extenuados, abatidos por tantas negativas, su habitación resplandecía dentro de ese cuchitril. Tuvieron suerte. Hacia el final de la segunda semana consiguieron encontrar trabajo. Camareros para comenzar, muchas horas, y mal remunerados. Esa noche la vuelta se demoró mas de la cuenta. Cenaron, bebieron, y sonrieron. No les hubiera gustado volverse a casa de sus padres, al pueblo, con la derrota cargada sobre sus espaldas. Su primera puerta se había abierto, y deseaban seguir adentrándose en esa nueva vida. Los siguientes años se sucedieron rápidamente, tanto como la cantidad de empleos que encontraban y perdían. Aun no habían vencido la intemporalidad de su vida allí. Sus raíces no eran lo suficientemente profundas como para evitar que una simple ráfaga de viento los derribara. El azar jugó en su favor. Una gran empresa del cinturón industrial necesitaba una gran cantidad de mano de obra, y fue así como se enraizaron. El empleo estable dio paso a la vivienda estable. Lo mas asequible era proveerse de un piso en las afueras. No visitaron muchos. Recordaban los paseos en busca de trabajo, y la inmediatez paso a formar parte de sus vidas. El dinero no era abundante, pero podían hacer realidad algunos planes. Un barrio aislado, tranquilo, fue el elegido. A través de las ventanas se veía el campo. No era un vergel, pero la vista solo se detenía en el horizonte. Aunque monótonos los días se sucedían. Las tardes las dedicaban a planificar, como pintar el piso, que tipo de muebles podrían encajar en esa habitación, que cortinas poner. Horas de charlas, risas, sueños, daban paso a frugales cenas que no por escasas y poco elaboradas eran menos suculentas. Sus paladares estaban influidos por la felicidad que irradiaban, sus sentidos se exasperaban. El colchón delator con sus sonidos, confidente de sus caricias, participaba de la exaltación del amor, sin gritos, sin jadeos, solo amor en el mas estricto sentido de la palabra.
La lluvia hacia traquetear el trozo de persiana que no había sido recogido. El hombre seguía con la mirada fija en el frente. Sus manos apoyadas sobre el respaldo de una silla. En el piso la actividad no había comenzado, todos seguían durmiendo en sus cuartos. El silencio necesitado se aliaba con el. Recorrió el pasillo lentamente, entreabrió las puertas de los cuartos, y sonrió al ver la respiración tranquila de sus hijos mientras dormían. Entro en su dormitorio, tomo una maleta y con un gesto de la mano se despidió de su mujer, que estaba despierta. Lo habían hablado desde hacia tiempo, pero aun así era una situación difícil. No volvió la vista, ella se lo explicaría a los niños, era lo acordado. Cerro sigilosamente el puerta del piso. Sabia que dos vidas que se unieron, se separaban, atrás quedaban unos sueños, una mujer, unos hijos, adelante una nueva vida. Salió a la calle, la lluvia había cesado, un camión paso a gran velocidad, sus pies la condujeron hacia la esquina, y se perdió de la vista tras ella.
8 comentarios - Escribe aquí tu comentario
vuelvo a la tarde,a leerte besossssss
Ay que me muero!
Que final !!! te prometo que me he puesto a llorar como una tonta!
Escribes que te sales, y siempre consigas que me meta en tu rlato como un personaje mas. (Incluso con los 30º de Madrid, he sentido frío y he visto el cielo de invierno...
Me alegro de tu retorno, LDA, se eleva de categoría con tus letras.
Mil besos.
Gracias Abril por tu visita, es cierto que he estado muy liado, os leia a ratos, pero me ha sido imposible mantener cierta regularidad, el trabajo y la vida familiar tiene esas cosas, y entretanto he procurado escribir algo, espero que te guste. Muchas gracias por la visita.
Salud amiga, y buenas tardes.
Me he enterado por un post tuyo de la contractura, espero que estes mejor, asi como tambien me alegro por tu visita. Gracias por tu entusiasta apoyo, y me alegro sinceramente que te guste el relato.
Salud, para ti amiga, y un beso desde el sur.
Beso recibido y te re-mando otro con calores y recuperada prácticamente de mi dolor de espalda (me temo que se me acabó el chollo de los mimos y estar tumbada al sol...)
Ten un buen finde, un beso, Negri
un texto precioso, negri, pero el final me ha dado mucha penita. con lo bien que se habían adaptado y lo felices que eran... entiendo que el amor tiene fases: la del entusiasmo, la del desencanto... muy bien descrito.
un beso.
Es cierto que la vida es como es, con sus momentos buenos, con sus momentos malos, con su indiferencia. A mi me gustan las historias tristes, que plantean dudas, que nos enseñan el lado menos amable, pero es que la realidad es asi. Te aclaro, que posiblemtente es la cuota de tristeza que quiero exista a mi alrededor ( la literaria), aunque es inevitable adaptarse a las circunstancias, por muy negativas que estas sean cuando lleguen. A proposito, creo recordar que eres historiadora de arte, es una de las cinco asignaturas que tengo aprobada de Historia, aunque me quede en el camino pero eso es otra hiatoria, que a lo mejor algun dia escribo.
Salud, desde el oeste de Andalucia.
Me encantan tus comentarios! cuando dejas uno en mi blog, ¡¡¡Hago fiesta!!!
Gracias, que genial!
Mi post de hoy...para ti, insinuante más en lo que deja a la imaginación que en lo que pone...
Un abrazo.





