Me senté en un banco poco antes de la hora convenida. Yo elegí el lugar. No pretendía ser una sorpresa, pero imaginé que allí, en ese extremo del parque, justo donde la hilera de rosales termina y comienza el estanque, a la sombra del sauce, invadidos por la suave brisa que al atardecer era empujada desde el oeste, nos sentiríamos cómodos. Deseaba decirle cosas, expresarle sentimientos, intentar que las palabras fluyesen despacio, cadenciosas, como el cauce de un río cuyo caudal se desplaza lentamente atrapando nuestra mirada. Los pájaros revoloteaban por encima de mi cabeza, una pareja se paseaban cogidos de la mano, y me vi unido a ella, sintiendo su piel sobre la mía, los dedos entrelazados. Los minutos se hacían de una eternidad insoportable. Los rayos de sol comenzaron a desplazarse, oscureciendo pausadamente el lugar. Transcurrieron minutos, no se cuantos, los suficientes para sentir el frío del atardecer sobre mi espalda. Tomé un papel del bolsillo del pantalón, estaba escrito para ella. Lo arrugué, y cuando me dirigía a la salida del parque lo arrojé a una papelera. Crucé la calle, y rodeado de sentimientos, me perdí entre el gentío, sin saber cual sería mi destino.
Lancé la moneda al aire, y mientras esta giraba en su recorrido ascendente, desee que nunca cayera. Cuando lo hizo, me enseño desde el suelo su reluciente cara, si había aceptado el azar como elemento de decisión, debía acatar su designio, no tenia otra posibilidad, o quizás si, la de traicionarme, y hacer lo que debería haber hecho, dar un paso al frente, y con los elementos que tenia, tomar una decisión, pero como un cobarde, deje que la fortuna hiciese parte de mi trabajo, y mientras la cara reluciente de la moneda me mira de reojo, le tengo frente a mi, sudoroso, dos líneas cargadas de lágrimas surcan su rostro, me esta implorando, gimiendo, pero sabe que su destino está marcado, marcado desde que me plante frente a el, le até las manos a la espalda y le dije que se arrodillara, calculó mal, yo soy el premio que le ha tocado en suerte. El tiempo no pasa en balde, antes, años atrás, no hubiese pensado, un encargo, el trabajo realizado de manera rápida, y vuelta a casa con el bolsillo lleno para poder besar a mis hijos, así toda un vida, pero siento que el tiempo no pasa en balde, hoy he dudado, y si la decisión no la tomo yo, para que seguir, lo volví a mirar, tenia los ojos fijos en el suelo, lo llame, y cuando me miro, le apunté en la frente y apreté el gatillo, recogí la moneda, la sangre resbalaba por su mejilla. Pensativo, me monté en el coche, encendí la radio, me dije que ya era hora de dejarlo, y así, entre dudas, lo arranqué , abrí la ventanilla, y mientras este avanzaba, dejé que el aire me refrescase la cara.
He dormido mal. Me he despertado temprano, mas de lo acostumbrado, y al levantar la persiana, he podido ver que el día camina de la mano junto a mi ánimo. Una ligera bruma gris atenúa los colores, la lluvia golpea tímidamente el tejado de la casa de enfrente, el agua cadenciosa se desliza hacia el canalón para ser llevada mas abajo, hacia la calle, siluetas enfundadas en sus abrigos sortean los charcos para desaparecer calle abajo. Tras correr la cortina me dirigí hacia el estudio, mi pequeño rincón privado, donde casi nadie entra. Tras esas paredes me parapeto siempre que puedo para escribir, escuchar música, o simplemente soñar. Al encender el equipo los acordes de un fado inundan la habitación. Sobre la mesa, una libreta abierta y un lápiz me esperan. Me tumbo en un pequeño sofá, miro la estantería repleta de libros, y sopeso coger alguno. No tengo ganas de leer. Cierro los ojos, Amalia Rodrígues sigue cargando el ambiente de sonidos, no entiendo sus palabras, pero mi cuerpo se va estremeciendo. Intento escaparme montado en un sueño, pero no puedo. No calculo el tiempo, no es importante, mi cuerpo no entiende de minutos. Creo que he llegado a dormirme. Unos golpes en la puerta me devuelven a la realidad. -¿Quieres un café?- me pregunta un voz conocida.- Si- respondo. Cuando salgo, una sonrisa me devuelve a la vida.
Una extraña figura negra. Así es la sombra que la casa desparrama por el jardín cada amanecer. El alba funciona como un despertador invisible. Observar. La mera visión desde la ventana, es la obsesión de alguien que no tiene otra tarea mas importante que buscar la forma en que los minutos, las horas, transcurran sin el menor atisbo de dolor. El mirlo comienza temprano su tarea recolectora. Los árboles que le sirven de cobijo, pasan de silentes figuras oscuras, a lugares de una bulliciosa actividad. La sombra que proyectan toca con su punta el poste que flanquea el camino. Una ligera brisa hace que los campos que se prolongan mas allá de la carretera, se mezan como olas vegetales, que arremeten suaves contra una playa imaginaria. Lleva varios años solo. Antes de recluirse, le parecían extrañas las personas solitarias. Ahora sabe, que pueden existir multitud de motivos por los que alguien, puede elegir la soledad como algo natural. De esta manera el, sin preámbulos, se declara un solitario. No uno hosco, sucio, triste, pues no es así. Esta convencido de ello, disfruta de su soledad, de la misma forma que antes lo hacia de la compañía. Esta reclusión le atenaza, pero cada día es mas consciente de que es la manera, la única manera de mantenerse alejado del exterior. Ese mundo hostil le gustaba, de la misma forma que ahora, recela de él. La oscuridad le seduce, le abraza, le hace sentirse seguro. Las mañanas le producen pavor, la luz radiante, el aire fresco del amanecer, tantas horas de claridad por delante. Ahora es de noche. Quedan pocas horas para que el mirlo se pose sobre el alféizar de su ventana.
Hoy el espejo me ha devuelto una imagen decrepita, y me he sentido triste. Triste por saberme cerca del fin, solo, en este bullicioso lugar. El reposo deseado me ha transfigurado, tanto, que no me reconozco. No se el día, la hora tampoco importa. Pero mientras las fuerzas de la memoria no me abandonen, intentaré disfrutar de mis recuerdos. Recuerdos que se agolpan, se mezclan, y ya me es imposible discernir lo vivido de lo imaginado, lo real de aquello que solo una mente soñadora ha colocado, otorgándole certidumbre. Tengo ante mi una libreta, mi temblorosa mano será el arma que ejecutara las ordenes, pero solo escribirá aquello que le llegue, sin importarle ni el como ni el cuando, ni tan siquiera el porque, tan solo rellenar líneas de una manera tranquila, donde el descanso ocupe poco lugar, porque el tiempo no es precisamente lo que sobra. Dispuestos los dos, comenzaremos por un principio, elegido de entre muchos posibles, lejano, pero que otra opción me queda, si no soy solo yo el que dirige todo esto. Me consumo, tengo la certeza de que mañana seré menos yo, otra persona me sustituye paulatinamente dentro de mi , y presiento que llegará el momento, en que yo ya no exista, aunque mi cuerpo siga viviendo de manera indolente durante algún tiempo. La luz del sol me molesta un poco en los ojos, miro hacia abajo, y no se que hago con un lápiz en la mano...
Eran algo mas de las siete. A esa hora, y en esa época del año, suele ser noche cerrada. La soledad de una carretera de montaña, que sinuosa como una serpiente, atraviesa la monótona oscuridad del verde de las laderas, solo es rota por la aparición de los faros de una camioneta. Dos luces que vistas desde la distancia, destellan sin ningún orden aparente . El interior de la camioneta apesta a alcohol. Dos hombres permanecen en silencio. Sus mentes caminan por senderos diferentes a los de sus cuerpos. En la parte trasera, una pequeña bolsa de mano, muestra a través de la cremallera un fajo de billetes. El conductor mira fijamente hacia la carretera, la vía de escape que premeditadamente han fijado como su puerta hacia la gran vida. El acompañante, no para de mover los dedos, y girar la cabeza hacia el conductor. Un animal se cruza en el camino, y la camioneta está a punto de estrellarse. En la radio suena una canción que habla de la amistad - ...friends will be friends...-Se oye un disparo, y un cuerpo cae desde una puerta al suelo. El vehículo reanuda su marcha. Las estrellas se ocultan tras las nubes. La noche huele a hierba húmeda. El ruido del motor se va convirtiendo en un leve rumor, para desaparecer, dejándolo todo en silencio.
Un coche circula por una carretera solitaria, al llegar a un cruce toma el camino hacia la derecha. Un estrecho carril, plagado de baches, lo acompaña durante el trayecto. En un recodo, tras unos árboles, un descolorido cartel anuncia el nombre de un pueblo. Detiene la marcha, y del vehículo desciende un hombre. Respira. El aire fresco de la mañana penetra en sus pulmones. Avanza por la cuneta, aunque esta seguro de que si lo hiciera por el centro no tendría ningún problema. Poca gente frecuenta el lugar. El pueblo esta deshabitado desde hace años, él lo sabe. Camina despacio por la calle principal. Algunas casas están derruidas, las que se encuentran de pie denotan los años de abandono. Sus pisadas resuenan sobre el pavimento. Al llegar a la plaza observa la antigua fuente, la iglesia, el ayuntamiento, vestigios del corazón de esa pequeña urbe. Sigue caminando, no ha olvidado la dirección, aunque era joven la última vez que estuvo ahí. La puerta de la casa ha desaparecido, un montón de escombros ocupa el antiguo zaguán. El cielo se puede ver entre trozos desprendidos del antiguo techo. Al llegar al patio se sienta sobre un trozo de muro, el limonero está marchito. Cierra los ojos, aún conserva recuerdos de risas y juegos, de historias contadas por los mayores, de noches de viento y tormenta, de días de sol y verano. Piensa que no sabe porque ha vuelto, pero en el fondo no es cierto. Se fué joven, como otros, pero quedo atrapado por una frase – cariño, espero que vuelvas pronto – y nunca más volvió hasta este día. Sigue recordando trozos de historias, de fiestas, de tiempos atroces cuando varios guardias llamaban a algunas puertas, y como hombres honrados salían con las manos sujetando sombreros, sus miradas perdidas en el suelo, como recorrían en fila las calles desiertas hacia el cementerio, el tiempo detenido, y poco mas tarde varias detonaciones dejaban mudas las casas, sin sollozos, sin llantos, y como algunos de ellos tras enterrar a sus compañeros, volvían cubiertos de barro, con los ojos enrojecidos. También afloran recuerdos felices de amores truncados, de besos inocentes y furtivos, de baños en el río. Decide salir de la casa, esta un poco aturdido, suspira, se ha emocionado. Mientras desanda el camino, comienza a sonreír. Al pasar junto a la iglesia, se para a observar el campanario, las campanas y el reloj han desaparecido. Sigue caminando, la mañana avanza, el aire hace mecer las copas de algunos árboles.
Tras el anuncio de inundación por la construcción de un pantano cercano, que nunca se produjo, el pueblo se fué abandonando. Los mayores fueron muriendo, mientras sus descendientes tomaban el camino hacia otros lugares. Él siempre supo que tenía que volver, y hoy lo ha hecho. Quería saldar una deuda con su pasado, con sus orígenes, con alguien que le dijo un día que volviese, y que nunca mas vio con vida, que reposa entre viejas tumbas, tras una de las tapias donde fue asesinado su marido. Pero también sabe que no ha podido completar su viaje. Se sube al coche, y mientras enfila la recta para abandonar el lugar, se lamenta de su cobardía. Tiene que volver, y ese día, repetirá el camino, pasará de largo junto a la casa sin detenerse, y al llegar al cementerio, atravesará la verja, depositará un ramo de flores sobre una lápida, dirá unas palabras, se disculpará, y saldará definitivamente una deuda con los espectros que habitan en sus recuerdos, y cuando retome el camino por el que se encuentra en estos momentos, sentirá que puede morir en paz.
Los días son extraños. En ocasiones puede uno aventurarse a imaginarlos como seres vivos. Unos amanecen suaves, envueltos en una tenue luz, se desperezan despacio sin atreverse a molestar, calientan de manera tenue la mañana, se afianzan durante la tarde para de manera discreta adormecer bajo el telón de la noche. Son días de magia, donde la naturaleza dormida de nuestros sentidos se desata ante una bella canción, ante una leve caricia, ante una fugaz mirada mientras deambulamos por la cotidianidad. Otras mañanas es el frío el que lo envuelve todo. Como por arte del azar, un abrazo helado nos acompaña allá donde nos dirijamos. Ni el sol en su abnegado interés por sobreponerse a fuerzas que continuamente lo azoran consigue imponerse, tímidamente se asoma, y derrotado escapa a la espera de tiempos mejores. Uno de esos dias apareció repentinamente, de la mano de un sol poderoso. Cuando abrió los ojos, su luz le cegó. Sentía que el aire quemaba su garganta. Se levantó como pudo, y allí estaba él, de pie sobre la arena, desnudo. Mientras el agua del mar acariciaba sus pies, pudo verla dirigiéndose a su encuentro. El tren llegó a su destino. Se bajó, ajusto su abrigo sobre el cuello, la niebla comenzaba a disiparse. Será este un día mágico –pensó- Y así, pensativo, soñador, tomo el camino diario a la oficina, mientras el sol trataba de abrirse camino entre las nubes.