Libro de Arena
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Espacio de expansión y recreación.

Hubo un tiempo

La puerta estaba entreabierta, sabía que debía dar al picaporte para que quienes estaban dentro supieran que entraba. Dio tres golpes pausados y después un repiqueteo, era lo pactado. También tenían un código de llamada cuando se telefoneaban. Haría sonar el timbre tres veces y volvería a llamar. Ella sabía que era él y podría estar prevenida.

En ese caso se llevaba el teléfono dentro de la habitación de su hermano, que estaba justo al lado y así guardaba su intimidad ante la curiosidad de los de casa.

La verdad es que, en aquel tiempo, iba muy bien que no estuviera justo en el salón. Allí la televisión monocroma en color e ideología atraía la atención de todos ellos. Su hermano siempre fue discreto y nunca interrumpió conversación alguna.

Ahora era distinto. Se trataba de encontrarse en la casa que no debía cerrarse. Ella salía a su paso, si había más gente. Si podían estar solos, salía también, pero para atrancar la puerta y poder recibirlo a él.

Aquella emoción abría todas las reservas concitadas por enseñanzas carrinclonas.

Si pudiera regresarse, cuantos saltos y contratiempos hubieran podido evitar, pero era hija de esos tiempos, no podía hacer otra cosa que claudicar.

Novelas abrieron su alma a otras formas de captar la realidad. Conversaciones y sus primeros versos compartidos con aquel amigo que nunca paso a mayores.

Volvieron a encontrarse y ella hecho de menos la mirada. Ya no miraba de frente. Se lo dijo, no callaba ni calla nada. Él apuntó que le habían recomendado eludir la mirada de cara porque con eso amilanaba a la gente, que no era algo habitual, eso de mirar de frente. No entendió ni atendió a razones. Exponer la propia mirada sería para ella uno de sus pilares.

A lo largo de los años encontró otras formas evasivas de la gente, pero no se las aplicó.

-La verdad por delante aunque sangre-, se decía cavilando sobre esta forma de vida que no hay maestro que transmita, pero que impone ciencia.

Aquello del currículum oculto, ella bien lo sabía.

No cedía a maneras que la sociedad pacata componía. La doble moral, en su tiempo de misal y mantilla.

Aquel día ella podía estar a su lado sin esperas ni reservas, acaso las propias. Esas fueron las que se impusieron.

-Agua pasada no mueve molino-, pensaba, al sentir la indiferencia frente a él.

-¿Cómo es posible que aquello que en otro tiempo te arrastra, ahora pierde empuje y no basta?

Ese es el dilema que siempre le embarga.

Hubo un tiempo, ya no es.

Removerían recuerdos, mientras tanto ocuparía su mente en el tiempo que transcurriendo haría larga la tarde, con quien en otro tiempo nada importaba sino abrazarse y tocarse.

Muchos recuerdos puntuales se cruzaban en su mente sin sabor ni color. El pasado quedó enterrado bajo una montaña de olvido y ahora frente a ella un extraño ha venido.

Fue error convocar el encuentro.

Los caminos que en un determinado momento divergen se orientan a mundos distintos. Las almas que los transcurren son otras, como las aguas de un río que nunca atraviesan el mismo río ni son la misma cosa.

Recuerda la anciana que le dice a la niña que haga caer el arroz sobre la guaja y le hace percatarse en la imposibilidad de que un grano quede sobre ella, así le apunta que una vida humana es una.

Se dice que pierde el tiempo en volver, es retroceso.

Le mira de frente y en un abrazo de hermana se despide hasta siempre.

-¿Por qué?- pregunta él sin entenderla.

-No te conozco-, responde con un gesto evasivo.

-Sabes bien que no aguanto ni me acomodo a lo que no quiero-, le dice dejando el mundo tras ella mientras se dibuja en su semblante la calma recuperada.


1 comentario - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Sancho Chanza 25 Noviembre 2007 | 05:47 PM

Mi esposa Elizabeth, alias Dulcinea, y yo, meramente un Sancho, un hombre marcado por el dolor, agradecemos tu confianza. Sé que como yo leí, tu tendrás tiempo de leerme, tanto a mí como a la mujer que me ha acompañado durante los últimos 14 años. El mayor de mis defectos por lo visto, en un mundo tan falaz, es la honestidad, ser yo mismo y a bordo de mi propia vida construír una quimera. Ah y sí, soy discapacitado, pero no por afecciones en mis extremidades, sino en mi sistema respiratorio. Respirar me duele dos veces, cuando veo y palpo de cuánta dureza y odio se puede llenar el aire, no el mío, por que por razones obvias no tolero tales ambientes cargados. Ahí les dejo mi camisa...

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