E+F una escuela literaria diferente
Espido Freire no es santo de mi devoción, pero quizás os interese este artículo. Parece que abre una nueva escuela literaria.
http://www.elmundo.es/yodona/2008/07/31/actualidad/1217505116.html
Estos son mis principios, si no le gustan...tengo otros
Espido Freire no es santo de mi devoción, pero quizás os interese este artículo. Parece que abre una nueva escuela literaria.
http://www.elmundo.es/yodona/2008/07/31/actualidad/1217505116.html
He recopilado el relato de varios corazones en un sólo documento Word.
Quien lo quiera puede pedírmelo a aglaiz@terra.es.
Saludos
Orson
Jaime trabajaba conmigo en la oficina. Era un hombre con los zapatos rajados y la corbata sucia en el nudo. Los zapatos siempre podían aguantar un poco más y las tintorerías eran solo para ricachos. Solía hablarme muy alto y casi nunca me escuchaba por que sólo podía pensar una cosa a la vez y eso solía ser lo próximo que iba a decir. Miraba de soslayo cuando alguna mujer pasaba a su alrededor y fijamente cuando la hembra estaba de buen ver, aunque él decía que todas las mujeres tenían algo, lo cual no deja de ser verdad, aunque no en el sentido que él lo decía.
Le gustaba meterse las manos profundamente en los bolsillos y caminar con las piernas separadas, silbando, dando a su figura espigada un divertido parecido a un personaje de tebeo. De hecho era un personaje de tebeo y sus anécdotas hubieran dado para escribir más de una tira cómica.
No era mala persona, pero sus andanzas por los barrios bajos de la ciudad en su adolescencia le habían dejado el carácter desconfiado. Cuando Jaime hablaba del mundo lo hacía con palabras resabiadas y quejumbrosas, que solo pueden brotar de zonas oscuras del alma donde la luz del amor o la amistad nunca llegan. Acumulaba sin embargo muchos valores del pueblo llano, donde a las cosas se les llama por su nombre, los amigos son para siempre y están por encima de todo. Jaime era mi amigo y me encantaba cuando me aseguraba que las pilas se recargaban en la nevera y que la cocacola quitaba el hipo.
Jaime era divertido, dicharachero y generoso en la idea aunque cutre en la ejecución.
Una vez nuestro jefe nos invitó a una comida en su casa del campo, Jaime respondió a la invitación con una sonrisa de oreja a oreja y dos botellas de vino de Carrefour. Amenizó la comida hablando de sí mismo y los postres, ya un poco bebido, de mujeres.
- Las mujeres son fáciles de satisfacer en la cama- afirmó arrastrando un poco las eses – tienen una lentejita entre las piernas que si la sabes tratar bien ellas nunca te lo agradecen lo suficiente- añadió dándome un codazo y guiñando un ojo, como si me estuviera brindando gratis la ubicación del tesoro del Rey Salomón. Yo no sabía donde meterme, mi jefe abría los ojos enfurecido y su esposa no dijo nada, demasiado ocupada en mandar urgentemente a sus hijos a jugar al jardín sin terminarse el postre.
Nunca pretendí cambiarle. Jaime era una de esas personas únicas que alguna vez te encuentras en la vida. El primer día las rechazas sorprendido, el segundo las escuchas intrigado y el tercero las llamas por teléfono para tomar un café y charlar.
Nunca debería despertar.
La vida real es mucho más oscura que este sueño. Prefiero quedarme en la claridad de este prado verde de mi imaginación.
Rara vez en mi vida me he encontrado mejor. Jovial, optimista, lleno de vigor. La luz me baña y me anima a mirar al cielo sin nubes para sentir el plácido sol en la cara. Dejo que la brisa me despeine e instintivamente estiro los brazos con placer. ¡Qué maravilla!.
El arroyo fluye saltarín prado abajo. El agua, con un hermoso sonido, corre y recorre sobre las piedras, bajando con rapidez. Al otro lado puedo ver colinas abrazadas por arbustos y a lo lejos, tras frondosos bosques, sobresalen montañas que despuntan en cimas nevadas. Todo es tan hermoso. Hincho mi pecho con aire fresco, cierro los ojos y me dejo caer suavemente sobre la hierba.
Ni un alma alrededor, así que me decido. Lo voy a conseguir. Pare eso he venido a este lugar donde las cosas mas extrañas son alcanzables.
Me incorporó y giro, buscando el viento en la cara, echo a correr por el prado sintiendo como la hierba me golpea los zapatos hasta que ya no puede alcanzarlos. El aire tibio fluye a mi alrededor, elevándome, y poco a poco me separo del suelo. No tengo miedo. Siento mucha paz dentro de mí y sólo el sonido del aire rozándome el pelo me impide oír el burbujeo del arroyo.
Estoy volando y me parece algo natural. No me cuesta girar moviendo los brazos y así me dirijo hacia los arbustos, casi rozándolos. Los sobrevuelo con calma, como si no dependiera del aire para sustentarme, y esa suavidad me permite percibir el olor dulce de las flores del brezo.
Me siento confiado y, como Ícaro, quiero subir y subir para celebrar lo más hermoso de mi vida. No tengo alas de cera y puedo saludar al sol más de cerca. El aire ya no se arrebuja a mi espalda, ya no gira entre el cabello. No hay más sonido que el de mi respiración profunda mientras dejo que de nuevo el sol me bese la cara. Los pensamientos se hacen limpios y pausados, ahondan en el fondo de mi ser, me zambullo en un lago de luz y mi voz suena vigorosa y segura:
o Quiero escribir-
Un sonido estridente y familiar amartilla mi cerebro. No hay tiempo para descender. La oscuridad me rodea y el tacto de las sábanas sobre mi piel me recuerda que estaba soñando.
Son la siete de la mañana. Me ducho deprisa, arrebatado aún por esas dos palabras y mientras me seco, el espejo, medio borroso por el vaho, me devuelve la imagen de otra persona sonriente que se parece mucho a mí.
Cuando vuelvo al espejo a ponerme la corbata la sorpresa ya se ha vuelto seguridad. Subo a mi coche camino al trabajo. La calle ya no es oscura como ayer, los compañeros de trabajo son más simpáticos y el dulce olor a brezo me acompaña cada me que me siento al ordenador y abro el Word.
Nunca debería despertar.
La vida real es mucho más oscura que este sueño. Prefiero quedarme en la claridad de este prado verde de mi imaginación.
Rara vez en mi vida me he encontrado mejor. Jovial, optimista, lleno de vigor. La luz me baña y me anima a mirar al cielo sin nubes para sentir el plácido sol en la cara. Dejo que la brisa me despeine e instintivamente estiro los brazos con placer. ¡Qué maravilla!.
El arroyo fluye saltarín prado abajo. El agua, con un hermoso sonido, corre y recorre sobre las piedras, bajando con rapidez. Al otro lado puedo ver colinas abrazadas por arbustos y a lo lejos, tras frondosos bosques, sobresalen montañas que despuntan en cimas nevadas. Todo es tan hermoso. Hincho mi pecho con aire fresco, cierro los ojos y me dejo caer suavemente sobre la hierba.
Ni un alma alrededor, así que me decido. Lo voy a conseguir. Pare eso he venido a este lugar donde las cosas mas extrañas son alcanzables.
Me incorporó y giro, buscando el viento en la cara, echo a correr por el prado sintiendo como la hierba me golpea los zapatos hasta que ya no puede alcanzarlos. El aire tibio fluye a mi alrededor, elevándome, y poco a poco me separo del suelo. No tengo miedo. Siento mucha paz dentro de mí y sólo el sonido del aire rozándome el pelo me impide oír el burbujeo del arroyo.
Estoy volando y me parece algo natural. No me cuesta girar moviendo los brazos y así me dirijo hacia los arbustos, casi rozándolos. Los sobrevuelo con calma, como si no dependiera del aire para sustentarme, y esa suavidad me permite percibir el olor dulce de las flores del brezo.
Me siento confiado y, como Ícaro, quiero subir y subir para celebrar lo más hermoso de mi vida. No tengo alas de cera y puedo saludar al sol más de cerca. El aire ya no se arrebuja a mi espalda, ya no gira entre el cabello. No hay más sonido que el de mi respiración profunda mientras dejo que de nuevo el sol me bese la cara. Los pensamientos se hacen limpios y pausados, ahondan en el fondo de mi ser, me zambullo en un lago de luz y mi voz suena vigorosa y segura:
o Quiero escribir-
Un sonido estridente y familiar amartilla mi cerebro. No hay tiempo para descender. La oscuridad me rodea y el tacto de las sábanas sobre mi piel me recuerda que estaba soñando.
Son la siete de la mañana. Me ducho deprisa, arrebatado aún por esas dos palabras y mientras me seco, el espejo, medio borroso por el vaho, me devuelve la imagen de otra persona sonriente que se parece mucho a mí.
Cuando vuelvo al espejo a ponerme la corbata la sorpresa ya se ha vuelto seguridad. Subo a mi coche camino al trabajo. La calle ya no es oscura como ayer, los compañeros de trabajo son más simpáticos y el dulce olor a brezo me acompaña cada me que me siento al ordenador y abro el Word.
El sonido del cuchillo cortando la carne es sordo, seco y levemente silbador. Al poco ya no lo oyes, y a todo, incluso a eso, te llegas a acostumbrar. Sólo cuando el tajo es profundo y bien asestado el sonido es sublime y se eleva sobre todo lo demás. El filo secciona entonces carne y huesos en una sinfonía de pequeños crujidos. En esos momentos solo cabe detenerse, aunque sea solo un poco, para que el maravilloso sonido ascienda y pueda ser disfrutado en toda su plenitud.
El cuchillo baila cual navaja, punta en ristre, buscando hábilmente tendones y descoyuntando miembros, ajeno a veces a mi propia voluntad, ávido de sangre que brota con cada movimiento. La sangre salpica, se te mete en los ojos y te mancha la ropa. A veces, cuando un borbotón traicionero me alcanza la cara juro como un camionero y ya no hay crujidos que valgan. Entonces la disección se hace más rápida, rasgadora y descuidada. Acabo cortando por donde no se debe y el resultado, cuando me tranquilizo y busco de nuevo la virguería, es desolador. Eso no está bien. Las cosas se deben hacer como Dios manda. Y si no luego te llega el jefe y se enfada por que los jamones no salen bien cortados, que si te crees que esto es una fábrica de chopped pork, que si para eso te vas de cirujano a la Seguridad Social. Un tio gracioso, mi jefe.
Yo entonces vuelvo a lo mío, cojo el cuchillo y busco en las piernas de cerdo ibérico la perfección del corte, los movimientos certeros y las sinfonías de crujidos que, solo a veces, consigo elevar por la sala de despiece.