
Mulles el aire cóncavo donde mis brazos te acunan.
Masturbo con ahínco tu torso horizontal: se te ondula la voz, se hunde entre mis cuerdas vocales.
Mi mano derecha, mi mano izquierda.
Me deparas el mundo emocional del que carezco sin tu tacto. Reacciono a tu risa, a tu llanto apretado, a todas las taquicardias de tu entraña cubierta.
Muss es sein?
Es muss sein!
"Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
-¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
-Lo sé; pero lo que yo siento es de verdad."
Ángel González
Aún no sé si dudas de mi seso y te previenes diez hectómetros de abulia para dos diálogos, si he de maldecir el daltonismo entre tus problemas o el color mediocre de mis uñas.
A mí se me ocurre un cuadrado abierto entre tú y todos ellos por el que se entrevé un paso de cebra con mi nombre propio.
Ya no me detengo, y empiezan mis vértebras a ser una imagen habitual frente a tu perfil, escalones de mármol sin lijar.
Ni mis lagrimales rojos ni tu bramido en olas.
Mi perro y poco más.
No hay bozal para esa boca.
Las fauces siguen siendo oscuramente negras.
Acechan cada sístole, cada diástole, y aunque los ojos se inquieten de hambre, ¿qué les alimenta? ¿Dónde el faro?
"Conseguiste olvidar el dolor de aquella noche, la que ahora te duele, más, mucho más, en la memoria. Olvidaste el daño para poder seguir viviendo con él. Y un día, cualquier día de los días siguientes, no recuerdas cuál, te acercaste a ella; con las palmas de tus manos enmarcaste sus mejillas y le inclinaste la cabeza hacia un lado:
-¡Claro!, eres el Modigliani.
Ella sonrió de un modo casi imperceptible y te miró sin saber que te miraba:
-Entonces ¿valgo mucho?
-Ya lo creo.
Te hubiera gustado besarla. Ella lo supo, y permaneció con la cabeza inclinada.
Tú dudaste, aturdido por sus ojos cerrados. Cómo besarla sin estar seguro de que ella deseaba un beso. Mejor dárselo cuando te lo pidiera. No te lo pidió. Matilde aún esperaba todo de ti.
-Tengo que ir a ver a Ulises- dijiste.
Y la distancia entre los dos creció un poco más, hacia lo profundo, un poco más.
(...)
Lo recuerdas ahora, y quisieras llorar. Pero no puedes llorar, sólo puedes mirar a Matilde en el Modigliani que ella enmarcó para ti, y añorarla, aguantar el dolor, aprender a soportarlo, porque te duele el cuerpo y no entiendes nada. Quisieras llorar, u odiarla, mejor odiarla. Y no puedes llorar. Y no puedes odiarla."
(Dulce Chacón, Háblame, musa, de aquel varón)
Los mueve. Hace que se agiten en forma de ondas dibujando un espacio en la nuca, y son negros. Son hilos que se soplan, les gusta y se retuercen. Ella también, y deja entrever un par de dientes.
Se juntan de repente los labios y parecen sonreír.
No hay nadie, nadie más que ella encajada en su cuadrado de hierba.