Libro de Arena
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Disculpa

¿Tanto valía África entera para hacerte llorar?

Propercio, Elegías, III, 20.

Apagó el ordenador como quien despierta para huir del mal sueño. El deseo irrealizable de recuperar viejas alegrías le ensombrecía el presente. Un piso franco, un billete para dar cien vueltas en metro, un día soleado bajo el Ángel Caído, una feria del libro usado junto al monumento a Valera: ecos amables de un pasado incierto; sonrisas esculpidas en la gastada piedra del ayer. En su pecho sonaba un eco de Fausto: «Quiero de un sorbo lo que gota a gota recibí de la suerte». Pero en su delirio por el ayer había olvidado el hoy. Al fondo, convertida en lágrima, permanecía la última gran gota de su fortuna. La miró y pensó que todos los edificios de la Gran Vía no valen perder su sonrisa.

Disculpa

¿Tanto valía África entera para hacerte llorar?

Propercio, Elegías, III, 20.

Apagó el ordenador como quien despierta para huir del mal sueño. El deseo irrealizable de recuperar viejas alegrías le ensombrecía el presente. Un piso franco, un billete para dar cien vueltas en metro, un día soleado bajo el Ángel Caído, una feria del libro usado junto al monumento a Valera: ecos amables de un pasado incierto; sonrisas esculpidas en la gastada piedra del ayer. En su pecho sonaba un eco de Fausto: «Quiero de un sorbo lo que gota a gota recibí de la suerte». Pero en su delirio por el ayer había olvidado el hoy. Al fondo, convertida en lágrima, permanecía la última gran gota de su fortuna. La miró y pensó que todos los edificios de la Gran Vía no valen perder su sonrisa.

Disculpa

¿Tanto valía África entera para hacerte llorar?

Propercio, Elegías, III, 20.

Apagó el ordenador como quien despierta para huir del mal sueño. El deseo irrealizable de recuperar viejas alegrías le ensombrecía el presente. Un piso franco, un billete para dar cien vueltas en metro, un día soleado bajo el Ángel Caído, una feria del libro usado junto al monumento a Valera: ecos amables de un pasado incierto; sonrisas esculpidas en la gastada piedra del ayer. En su pecho sonaba un eco de Fausto: «Quiero de un sorbo lo que gota a gota recibí de la suerte». Pero en su delirio por el ayer había olvidado el hoy. Al fondo, convertida en lágrima, permanecía la última gran gota de su fortuna. La miró y pensó que todos los edificios de la Gran Vía no valen perder su sonrisa.

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¿Tanto valía África entera para hacerte llorar?

Propercio, Elegías, III, 20.

Apagó el ordenador como quien despierta para huir del mal sueño. El deseo irrealizable de recuperar viejas alegrías le ensombrecía el presente. Un piso franco, un billete para dar cien vueltas en metro, un día soleado bajo el Ángel Caído, una feria del libro usado junto al monumento a Valera: ecos amables de un pasado incierto; sonrisas esculpidas en la gastada piedra del ayer. En su pecho sonaba un eco de Fausto: «Quiero de un sorbo lo que gota a gota recibí de la suerte». Pero en su delirio por el ayer había olvidado el hoy. Al fondo, convertida en lágrima, permanecía la última gran gota de su fortuna. La miró y pensó que todos los edificios de la Gran Vía no valen perder su sonrisa.

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¿Tanto valía África entera para hacerte llorar?

Propercio, Elegías, III, 20.

Apagó el ordenador como quien despierta para huir del mal sueño. El deseo irrealizable de recuperar viejas alegrías le ensombrecía el presente. Un piso franco, un billete para dar cien vueltas en metro, un día soleado bajo el Ángel Caído, una feria del libro usado junto al monumento a Valera: ecos amables de un pasado incierto; sonrisas esculpidas en la gastada piedra del ayer. En su pecho sonaba un eco de Fausto: «Quiero de un sorbo lo que gota a gota recibí de la suerte». Pero en su delirio por el ayer había olvidado el hoy. Al fondo, convertida en lágrima, permanecía la última gran gota de su fortuna. La miró y pensó que todos los edificios de la Gran Vía no valen perder su sonrisa.

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¿Tanto valía África entera para hacerte llorar?

Propercio, Elegías, III, 20.

Apagó el ordenador como quien despierta para huir del mal sueño. El deseo irrealizable de recuperar viejas alegrías le ensombrecía el presente. Un piso franco, un billete para dar cien vueltas en metro, un día soleado bajo el Ángel Caído, una feria del libro usado junto al monumento a Valera: ecos amables de un pasado incierto; sonrisas esculpidas en la gastada piedra del ayer. En su pecho sonaba un eco de Fausto: «Quiero de un sorbo lo que gota a gota recibí de la suerte». Pero en su delirio por el ayer había olvidado el hoy. Al fondo, convertida en lágrima, permanecía la última gran gota de su fortuna. La miró y pensó que todos los edificios de la Gran Vía no valen perder su sonrisa.

Disculpa

¿Tanto valía África entera para hacerte llorar?

Propercio, Elegías, III, 20.

Apagó el ordenador como quien despierta para huir del mal sueño. El deseo irrealizable de recuperar viejas alegrías le ensombrecía el presente. Un piso franco, un billete para dar cien vueltas en metro, un día soleado bajo el Ángel Caído, una feria del libro usado junto al monumento a Valera: ecos amables de un pasado incierto; sonrisas esculpidas en la gastada piedra del ayer. En su pecho sonaba un eco de Fausto: «Quiero de un sorbo lo que gota a gota recibí de la suerte». Pero en su delirio por el ayer había olvidado el hoy. Al fondo, convertida en lágrima, permanecía la última gran gota de su fortuna. La miró y pensó que todos los edificios de la Gran Vía no valen perder su sonrisa.

Nocturno

Cerré Azul y le conseguí un rincón sobre nuestra atestada mesita de noche. Afuera, la lluvia seguía desangrándose sobre la fría indiferencia de los que no queríamos abandonar nuestras sábanas.

Antes de apagar la luz miré una última vez a Alegría, que también hoy se había dormido sujeta a mi pierna. Llevaba tiempo acostada. Su nuevo empleo le exigía madrugar, mientras que el mío siempre me hacía volver tarde a casa. Hoy me había resultado especialmente pesado. Una clase nocturna de español para extranjeros suele transcurrir en un ambiente agradable, pues las personas nos mostramos muy agradecidas con quienes nos facilitan las llaves para realizar nuestros sueños. Y eso éramos los unos para los otros. A pesar de ello, los nuevos alumnos chinos, con los que ni el inglés ni el francés servían de embajada hacia su desconocida lengua, me estaban dando más dificultades de las previstas.

Cuando regresé del trabajo sólo tenía ganas de estar con mi mujer, de hablar con ella y decirle cómo me había ido y cuánto la echaba de menos, pero ya el sueño la tenía vencida. Me metí en la caldeada cama y busqué refugio en un cuento. Tal vez me equivoqué. El cuento hablaba de días soleados y parejas sonrientes que pasean de la mano en el interior de silenciosas discotecas.

De repente, Alegría se movió un poco y me dijo, sin abrir los ojos ni dejar de sujetarme la pierna: «Estaba soñando contigo. Soñaba que leías y yo dormía a tu lado.»