Luis
Un día de esos en los que tienes tantas cosas por hacer y que no sabes por cual comenzar, que sales de casa con un te sin acabar, la cartera llena de papeles, el paraguas en la mano para evitar que se moje el pelo con esa lluvia que no ha parado de caer durante toda la noche.
El coche está frío y tarda en arrancar, la carretera mojada no te disuade de ir más despacio porque ya llegas tarde.
La radio da las que perecen las mismas malas noticias de siempre y finalmente optas por poner algo de música.
Cuando llegas y aparcas en el garaje de la oficina, enorme privilegio en esta caótica y superpoblada ciudad, te bajas del coche y me quedo parada mirando la plaza de aparcamiento que está justo enfrente.
Siempre, o al menos desde que yo recuerde ha estado vacía. Es una de esas que por estar justo al lado del ascensor está reservada para discapacitados.
Veo que hay alguien dentro del coche y justo al lado de la puerta del conductor hay una silla de ruedas, de esas sin reposabrazos, con las ruedas un poco abiertas, parecida a las que he visto en algún partido de baloncesto sobre ruedas por la tele.
He dejado de pensar y estoy allí petrificada, mirando como aquella persona baja del coche y se instala en la silla.
Cierra la puerta, se da la vuelta y me dice hola sonriéndome.
Yo reacciono y despierto del éxtasis.
Respondo al saludo.
Me encamino hacia el ascensor, es uno de esos grandes en el que caben 10 ó 12 personas, así que entramos juntos, vamos a la misma planta.
Me pregunta, con la misma sonrisa de antes que si trabajo en el edificio, que es su primer día en el estudio de arquitectos y que está un poco nervioso.
Si, yo también trabajo allí, en otra empresa.
¿Qué ocurrió aquella mañana?
Estuve trabajando hasta las tres de la tarde, y durante todo ese tiempo, mi ritmo de trabajo se veía interrumpido por el pensamiento del hombre del ascensor, el hombre de la silla de ruedas, su sonrisa y su plaza de garaje.





