LAS MIL CARAS DEL ESCRITOR (UMBRAL TENÍA 999)

Siguiendo con el runrún de Umbral, es complicado encontrar a un escritor que haya reunido en torno a su persona mayor cantidad de roles y facetas de su oficio, casi todas de lo más pingües y productivas.
-Escritor provinciano: Llegó a Madrid con una mano delante y otra detrás, como las cabareteras y sus mamás.
-Escritor tertuliano: Hizo del Café Gijón su lugar de residencia, aunque la mítica de los cafés cotizaba a la baja.
-Escritor estrafalario: Bufanda, melena al viento, gafazas, gato, voz engolada... Equipo completo, equipo comanci.
-Escritor esponja: Chupó de Valle, Cela y el esperpento nacional mezclándolo con el Madrid-Corea-Costa Fleming para elaborar una prosa brillante pero escasamente original.
-Escritor mujeriego: Aunque fuese de whiskería y ninfas en flor.
-Escritor apadrinado y padrino: Precisamente Cela le acogió en su seno, aunque ni por esas entró en la RAE. Y Juan Manuel de Prada (del que no se ha leído una línea sobre su muerte) fue su pupilo "peligroso".
-Escritor con enemigos: Legineche reveló, en su estupenda columna en "El País", que más de una vez le partieron la cara. Últimamente fue notoria su pelotera con Pérez-Reverte.
-Escritor mediático: A falta de adaptaciones cinéfilas, sus intervenciones televisivas fueron de traca. La de la Milá y en un show de la Carrá donde saltaba a la comba, o así. Y eso que consideraba escribir de tele como lo último.
-Escritor popular: Véase su colaboración en "El Mundo" y la muchachada que le seguía embobadita.
-Escritor estajanovista y monacal: Desde que murió su hijo se dedicó a su oficio casi obsesivamente. 100 libros publicados lo demuestran.
-Escritor icónico: Para "El Mundo" fue lo que Jaime Campmany para "ABC", como demuestra su despliegue necrológico.
-Escritor mítico: Su final, dictando una columna delirante al pie del cañón, ya pertenece a la leyenda. Lo de menos es si fue una invención romántica de Ansón, a quien ya sabemos lo que le gustan estas cosas, casi tanto como Leticia Sabater.
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Bueno veo que se ha producido una especie de fragmentación altovolteña de los temas. Como el literario es uno de los míos te copio una columna inédita de Rafael Reig, inédita porque va en el nº cero de un periódico de esos de la guerra de los medios del futuro y del apocalipsis final:
SAN UMBRAL EL ESTILITA
Rafael Reig
Las oraciones de los hombres justos se elevan al cielo como columnas que sostienen el firmamento para aplastar la justa ira divina. Según la doctrina de la comunión de los santos, la salvación es hasta cierto punto una empresa colectiva, nadie se salva solo: los padres del yermo rezan por todos nosotros. Los estilitas decidieron hacer realidad esta metáfora en su propio cuerpo. Se subían a una columna, en mitad del desierto, y allí vivían rezando y alimentándose de alfalfa y yerba. Dicen que sus deyecciones, casi líquidas, a causa de la dieta, caían enroscándose por la columna, igual que resbala la cera por un cirio. Umbral, el columnista, hizo realidad en su vida el temblor de la literatura: el fue sólo literatura, sujetó la bóveda celeste con un armazón de palabras, se convirtió en un anacoreta, el hombre-pluma que soñaba Flaubert, con su ametralladora Olivetti, el que escribe por la salvación de todos los demás, los pecadores que caemos en la tentación de un adjetivo mal puesto o un gerundio donde no corresponde.
Francisco Umbral solía decir que hay dos clases de escritores: aquellos que escriben cuando se les ha ocurrido una idea y los que escriben para que se les ocurra una idea. Él era de los segundos: escribía para pensar, pero también escribía para lograr una identidad, una vida, un sentido. Fue, por encima de todo, escritura: una esbelta columna de violencia y belleza verbal.
Sus deyecciones, como las de los padres del yermo, aumentaron a medida que se iba consumiendo la vela, adheridas a la columna, enrolladas hacia abajo: la chulería, el machismo, las marquesas, la rebatiña por premios y honores, las mezquinas venganzas y las genuflexiones vergonzantes ante el poder.
La llama encendida, sin embargo, ha ardido en oración literaria por todos los que recordamos haber crecido leyendo a Umbral con devoción y aprendiendo la fuerza de la escritura desatada, sin más asunto que la propia literatura.
Tenía una incapacidad metabólica para la novela, pero sus mejores columnas cumplían la norma de Francís Ponge: “El escritor no debe dar al lector una idea, sino una cosa”. Eran construcciones léxicas, como catedrales o vasos campaniformes.
Su columna se ha convertido ya en una estela funeraria, una lápida de piedra en la que no sería justo ni elegante hacer pintadas con un spray.
Valiosa aportación, sí señor. Muchas gracias, José Antonio. Y me parece que vamos a tener que volver a la "desfragmentación" original, visto el escaso éxito de la idea. Un saludo
Dentro de un par de años nadie leerá a Umbral.
Te repito aquí, que a mí particularmente me atrae esta nueva iniciativa que puede ser muy interesante aunque cueste trabajo sacarla pa´lante. Salud y avanti.
Gracias, Max. Eres un amigo. Pero ya sabes que Cu es mi oráculo y hago lo que ella diga (con el permiso de mi señora). Un abrazo.
Me temo que tienes razón, Jack. De hecho, igual en un par de años nadie lee nada ni a nadie. Solo algunos amigos, entre nosotros. Saludos






