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CAMINO A PENSACOLA

Tribulaciones pataliterarias de un reporter Tribulete

MALAS SUERTES

Hace casi un año salió un "Diccionario de comedia" publicado por T&B en el que tuve el gusto de colaborar. Lamentablemente, un "error informático" hizo que más de medio centenar de reseñas fuesen lanzadas al limbo más penoso: o no salieron o fueron encargadas a otro escritor que, evidentemente, no sabía de la misa la media del asunto. Cosas que pasan en este gremio. Así que, para que quede todo en su sitio, ahí saco algunos textitos, que su trabajito me costaron. De momento, 13, para simbolizar la mala suerte que tuve con este tema. En fin...

1. Abril. Dos. 1998. Francia-Italia. 78 minutos. Color. Aprile. Director: Nanni Moretti. Producción: Angelo Barbagallo y Nanni Moretti para Sacher, Bac Films, Le Studio Canal + y La Sept Cinéma. Guión: Nanni Moretti. Fotografía: Giuseppe Lanci. Música: Canciones de Pérez Prado, Noro Morales, Yma Sumac... Intérpretes: Nanni Moretti, Silvio Orlando, Pietro Moretti, Nuria Schoenberg, Daniele Luchetti.

Rascándose fieramente el prurito dejamos al genialoide Moretti en Caro Diario para que, en esta falsa secuela, directamente se arranque la piel a tiras, fundamentalmente por culpa de Berlusconi, que no es manco sarpullido. «¡Qué tortura de campaña!», se mesa las barbas el ciudadano Nanni mientras piensa si los dodotis con alas serán beneficiosos para su bambino. Igual que Carrey en El show de Truman, él es un reality show en sí mismo, un autocoronado testigo imperial de excepción de los zarandeos políticos-finiseculares siniestros de su querida bota italiana. Para contrapesar, nada mejor que un poco de Ecce Bombo de primera línea, algunos traumas de la edad, una retahíla de fobias hollywoodenses (pobrecita Bigelow) y un último paseo en vespa. Narcisista para unos, rabiosamente personal para otros. Que por algo el hombre «sigue siendo un anarquista». Aunque con mucho ombligo. Algo que, por suerte, arrancó de cuajo con su siguiente nudo en el estómago: La habitación del hijo. Pero eso es otra historia y otro diccionario.

2. Airbag. Dos. 1997. Francia-Alemania. 124 minutos. Color. Director: Juanma Bajo Ulloa. Producción: Adrián Lipp e Iñaki Burutxaga para Asegarce Cinema, Marea Films, Road Movie Dritte Produktionen y MGN Filmes. Guión: Juanma Bajo Ulloa, Karra Elejalde y Fernando Guillén-Cuervo. Fotografía: Gonzalo Berridi. Música: Bingen Mendizábal. Intérpretes: Karra Elejalde, Fernando Guillén-Cuervo, Alberto San Juan, Rosa María Sardá, María de Medeiros, Manuel Manquiña, Francisco Rabal.

El controvertido Bajo Ulloa apuntaló en el corcho sus Alas de mariposa, sacó el golfo que lleva (o llevaba) dentro y, con un par y quinientos millones (de los de entonces) le puso a jugar a la ruleta rusa a la comedia española, bastante anquilosada por la época (a excepción de Gómez-Pereira y cuarto y mitad de Colomo). «A mí los enredos de cama no me llegan. El humor que me gusta es más negro, más cínico, hacer bromas con la violencia, tipo Tarantino y eso», declaró el cineasta al que suscribe, quizá olvidando que, además de sangre muy fácil y road movie a lo Baracaldo Baby (¿quién dijo que los Bajo Ulloa eran como los Coen españoles allá por el 91?), también hay enredo. Aunque sea con cama de satén aterciopelado y colchón de agua hecho un colador. Y barullo. Mucho barullo de personajes (cocineros engominados, dinosaurios con corbata blanca, psicópatas de rubio pijo, ángeles diabólicos, viudas con leotardos, guerras de mafias con acento de Pessoa, lehendakaris negros y mulatas de bote con un diamante en la rosa del culo). En fin, la madre de todas las despedidas de soltero. Por supuesto que Airbag es vomitivo, y larguísimo, e irreverente y hasta blasfemo. Pero también es un cóctel molotov que estalla al más pintado, una jaula de grillos a veces bien domados (Goyas al mejor montaje y FX y nominada como mejor película a los Premios del Cine Europeo) y un tratamiento de choque que, increíblemente, conectó con el público y de qué manera, a la par que cosechó más varapalos críticos que Bámbola, de Bigas Luna. Y tampoco sería tan nefasta cuando a sus inmediatos imitadores (Año Mariano, Torrente 2) se les gripó el motor al segundo puticlub de carretera y el propio Juanma se quedó sin combustible durante años y años. Ése es el conceto...

3. Agua tibia bajo un puente rojo. Dos. 2001. Japón. 119 minutos. Color. Akai hashi no shita nurui mizu. Director: Shohei Imamura. Producción: Lino Hisa para Nikkaysu Corporation, Imamura P. C, BAP, Inc., Eisei Gekijo y Maru Limited. Guión: Shohei Imamura, Motofumi Tomikawa y Daisuke Tengan. Fotografía: Shigeru Komatsubara. Música: Shinichiro Ikebe. Intérpretes: Yakusho Koji, Shimizu Misa, Baisho Mitsuko, Kuwa Mansaku.

Imamura, una de esas escasas montañas mágicas del cine mundial (quizá porque esgrime la máxima de Gustav Meyrik de que «nada podemos hacer que no sea mágico») se ha permitido el lujo de pedir tiempo muerto (o levitatorio) y cobrarse la interrupción que tan ganada se tenía tras dos obras sublimes como La anguila y Doctor Akagi. A juzgar por declaraciones propias, esta película «sabática» responde a la búsqueda de ese «poder repulsivo» que posee la estirpe de mujeres fuertes tan característica del último trecho de su obra (las heroínas de Zegen o La anguila, la Orin de La balada de Narayama o la sirenita de Akagi. Por cierto, Misa Shimizu sigue estando bañada en oro). Sólo el finísimo sentido del humor de Imamura ha podido describir tal poder: un inconcebible géiser que brota furioso en el momento del clímax sexual. Tal estigma (o bendición fetichista, según) lo sufre Saeko, protagonista de Agua tibia bajo un puente rojo, largometraje con vocación de haiku (casi el título lo es) levantado por cuatro palos de bambú cómico que, sin embargo, dilata la poesía de su anécdota hasta las dos horas de eslora. Por supuesto, en manos de Imamura, este estiramiento llega a saber a gloria, ya que se sirve con guarnición nutritiva (enésima aunque brillante reflexión sobre el papel mojado de las relaciones en pareja) y con algún gag gozosamente marciano (el atleta africano sufriendo las iras de los pescadores locales). Sin embargo, seguro que injustamente, el malcriado espectador espera algo más. Quizá lo haya obtenido sin saberlo.

4. Amelie. Tres. 1999. Francia-Alemania. 122 minutos. Color. Le fabuleux destin d’Amelie Paulain. Director: Jean-Pierre Jeunet. Producción: Jean-Marc Deschamps y Claudie Pssard para UGC. Guión: Jean-Pierre Jeunet y Gillaume Laurant. Fotografía: Bruno DeBonnel. Música: Yann Tiersen. Intérpretes: Andrey Tatou, Mathieu Kassovitz, Rufus, Lorella Cravotta, Claire Maurier, Dominique Pinon.

Felizmente recuperado de su viaje a galaxias forasteras con Alien Resurrection, Jean-Pierre Jeunet regresó a su rabioso microcosmos con Amelie, una película tan gozosa como recuperar una caja de juegos de la infancia tras décadas de criar musarañas (emocionante momento recreado en la cinta en una escena que marca la filosofía del autor ya que, en ella, Amelie concede más atención a este pequeño gran acontecimiento que a la muerte de Lady Di «radiada» desde una tele anexa). Quienes vimos Delicatessen hace casi una década en el plateado Alphaville, recordamos ese bendito e iniciático corto llamado Foutaises en las que Dominique Pinon hacía un repaso de sus filias y fobias («me gusta descubrir en invierno la arena en los libros leídos en la playa, no me gusta quitarme los pelos de la nariz»...). Y si alguien piensa que sólo por su nueva tanda de crujientes Tonterías ya merecería la pena ver Amelie está equivocado, porque se perdería más de cien minutos de pura delicia personificados en la graciosa figura de esta gentil samaritana (mágica Audrey Tautou aunque, curiosamente, Jeunet pensó en la Emily Watson rompeolera en un primer momento) que se mueve en la cara B del mundo, que es la que suele merecer la pena. Rodada con el buhonero y lírico estilo de Jeunet (sin el «lado oscuro» de Caro), con un guión que firmaría Jacques Prévert (aunque si se hiciera una liposucción de cuartito de hora en la adiposa zona central quedaría de fábula) y una imaginería que rubricaría René Magritte, Amelie empaña las gafas del espectador de un vaho púrpura, optimista y fantástico que la cruda y gris realidad ya se encargará de emborronar. En fin, un regalo con lazo de seda imprescindible para lo que piensen votar al Frente de Liberación de los Enanos de Jardín en las próximas elecciones.

5. American Pie. Una. 1999. Estados Unidos. 98 minutos. Director: Paul Weitz. Producción: Warren Zide, Graig Perry, Chris Moore y Chris Weitz para Summit Entertainment y Universal Pictures. Guión: Adam Herz. Fotografía: Richard Crudo. Música: David Lawrence. Intérpretes: Jason Biggs, Shannon Elizabeth, Alyson Hannigan, Chris Klein, Seann S. Scott, Clyde Kusatsu.

Especie de buque insignia del rebrote de astracanadas con acné consagradas a cebarse en las torpes y patéticas iniciaciones sexuales de la juventud norteamericanas, lo cual no deja de tener cierto valor sociológico. En este caso, la obsesión por perder la virginidad antes de la dichosa fiesta de graduación, que lleva a unos mozalbetes a caer en el más tonto de los ridículos en repetidas ocasiones. Una de las más significativas, que de hecho da título al filme, la constituye una masturbación con una tarta de apetecible aspecto, eso sí (ni comparación con el onanismo gastronómico de Léolo, por ejemplo). Muy escasos momentos cómicos (los proporcionados por el padre de Jim o por el encuentro, retransmitido vía PC, de éste con la despampanante Shanon Elizabeth) hacen que su taquillazo y sus dos secuelas, más horribles si cabe, adquieran tintes cuanto menos inquietantes. Al menos, fue la carta de presentación de Jason Biggs, a quien Woody Allen echaría el lazo unos años después.

6. Blue in the Face. Dos. 1994. Estados Unidos. 87 minutos. Color. Directores: Wayne Wang y Paul Auster. Producción: Peter Newman, INTERAL en asociación con NDF y EURO SPACE. Guión: Improvisado, a partir de situaciones creadas por Wayne Wang y Paul Auster. Fotografía: Adam Holender. Música: Jonh Lurie, con Calvin Weston y Billy Martin. Intérpretes: Harvey Keitel, Lou Reed, Michael J. Fox, Roseanne, Jim Jarmush, Giancarlo Esposito, Mira Sorvino.

Dentro del fertilísimo grado de secuelas y variaciones (precuelas, remakes, spin offs...) con que Hollywood casi se provoca un colapso intestinal en los noventa, quizá la más genuina y divertida sea la aquí perpetrada por Wayne y Auster: la de "hablar hasta ponerse azules" (eso viene a significar Blue in the Face) improvisando en el escenario donde se rodó la película original, en este caso la deliciosa Smoke. Como el propio novelista reconoció, el proyecto era «como si los internos asumiesen la dirección del manicomio». Durante tres días de julio (11, 12 y 13), un chaparrón de ideas, chascarrillos y situaciones cayó sobre el estanco de Auggie Wren (Keitel), con actores, «arrimados» y espontáneos (Madonna, a su aire) metidos en la piel de hipotéticos clientes que cuentan a cámara sus tribulaciones, unidas a alguna que otra escena en vídeo (dirigida por Harvey Wang) sobre algún que otro conflicto sentimental. A veces jaula de grillos, otras sinfonía del azar y el buen rollo, Blue in the Face admite su naturaleza híbrida e imperfecta, y así regala al espectador más de un sabroso sandwich de realidad, como la hilarante presencia de Jim Jarmush o las teorías de Lou Reed sobre los suizos, que no tienen nada que envidiar a las de Orson Welles en El tercer hombre. Como significativa curiosidad, Auster contó que el montaje se finiquitó el 31 de octubre, Halloween, y muchos niños entraron en el set pensando que la Compañía Cigarrera de Brooklyn era una tienda de golosinas de verdad. ¿Realidad, cuento chino? Qué más da, «esto es Brooklyn, no seguimos el reglamento», como dice Giancarlo Esposito.

7. Caja de luz de luna. Tres. 1996. Estados Unidos. 107 minutos. Color. Box of Moonlight. Director: Tom DiCillo. Producción: Marcus Viscidi y Thomas A. Bliss para Lemon Sky. Guión: Tom DiCillo. Fotografía: Paul Ryan. Música: Jim Farmer. Intérpretes: John Turturro, Sam Rockwell, Catherine Keener, Lisa Blount, Annie Corley, Dermot Mulroney.

El hombre que soñaba con relojes dalinianos como huevos fritos y que quería hacer películas que fuesen dibujos animados para adultos (aún no había llegado la fiebre de la animación extrema) se dispuso a entrar en el bosque de las maravillas con la brújula en estado de embriaguez. Cuando salió, se trajo consigo este cuento de hadas y looney tunes en forma de su película más personal (siguiendo la racha ascendente de Johnny Suede y Vivir rodando). DiCillo, fino estilista y narrador con toque apache (el mapache era Sam Rockwell), cuenta –en apariencia– la historia de Al Fountain (Turturro, como siempre como nunca), ingeniero eléctrico milimetrado que pide tiempo muerto y accede a otra dimensión de su gris realidad con la ayuda de Kid (Rockwell), un David Crokett zascandil que le ayuda a descubrir el lado pillo de la vida, aunque sea tan pueril como gamberrear en un tomatal o tirar unos cohetes. ¿Alguien se lo ha pasado mejor que de crío? Surrealismo mágico del Profundo Medio Oeste perfectamente conectado con el universo DiCillo y de magnético y hasta mágico disfrute. Lástima que tan valioso perro verde sólo se estrenase en una sala en Estados Unidos, obligando a DiCillo a abandonar el país de Oz en busca de Dinerolandia, con resultados tan decepcionantes como Una rubia auténtica su siguiente (y de bote, aunque mantiene las constantes) película.

8. Cha cha cha. Dos. 1998. España. 108 minutos. Color. Director: Antonio del Real. Producción: César Benítez para Sogetel, telecinco y Canal +. Guión: Fernando León, Carlos Ansorey y Antonio del Real. Fotografía: Juan Amorós. Música: Pablo Miyar. Intérpretes: Eduardo Noriega, Ana Álvarez, María Adánez, Jorge Sanz, Gabino Diego, Marta Belaustegui.

Tras la simpática Corazón loco, Antonio del Real siguió confiando en Fernando León de Aranoa para darle los pespuntes de calidad a sus comedias y, si podía ser, alguna puntada taquillera. Cosa que logró con esta película, con sordina –cuando no casi fotocopiadora clásica– y una alegra muchachada interpretativa con buenas vibraciones mutuas. El enredo sentimental provocado por una chica, enamorada del novio de su mejor amiga, alrededor de un modelo profesional a quien, como un Pigmalión cualquiera, educa para que se enamore de ésta y le deje el camino libre, se despacha sin complicaciones: unas briznas de vodevil noventero, un ovillito sentimental frívolamente desmadejado, un par de chistes malos (confundir Kawasaki con Kurosawa es más viejo que el binomio Rambo/Rimbaud) y mucho rostro oxigenado y granítico garantizan el consumo inmediato entre un público con sobredosis de mugre torrentiana. A destacar la interpretación de Adánez y Noriega y el bajón posterior del director con sus divertimentos posteriores: Y decirte una estupidez, por ejemplo, te quiero y La mujer de mi vida.

9. Colección Aardman. Tres. 1995. Reino Unido. 75 minutos. Color. Aardman Colection. Compuesto, según orden de proyección, por The Wrong Trousers (1993, 19 min.), A Grand Day Out (1989, 23 min.), Creatures Comfort (1989, 5 min.), Adam (1991, 6 min.), Rex the Runt, How Dinasours Became Extint & Dreams (1990-91, 4 min.) y Loves Me... Loves Me Not (1992, 5 min.). Directores: Respectivamente, Nick Park (tres primeros títulos), Peter Lord, Richard Goleszowski y Jeff Newitt. Producción: Sara Mullock y Christopher Moll para Aardman Animations. Guión: Nick Park, Peter Lord, Richard Goleszowski, Jeff Newit y Steve Rushton. Luminotecnia: Tristan Oliver, Dave Alex Riddett, Dave Sproxton y Andy MacCormack. Animación: Nick Park, Steve Box, Peter Lord, Richard Goleszowski y Jeff Newitt.

Antes de que la magistral Evasión en la granja alborotase el gallinero animado, los estudios Aardman llevaba casi tres década de joyería de barro y plastilina (desde su Morph, el hombre de arcilla). Estrenados el 18 de agosto de 1995 en España, esta media docena de piezas demuestran el porqué de su poderío. Absolutamente maravillosas son las tres primeras, dirigidas por el gurú Nick Park, con los rocambolescos y ligeramente ealingianos Wallace y su perro (sin boca) Gromit liándola con unos tecno-pantalones que atraen catástrofes domésticas y pingüinos, y con un picnic organizado en la luna y con el oscarizado El confort de las criaturas, con unas ingeniosísimas entrevistas a unos estoicos animales en un zoo inglés. Otros tres colegas aventajados aportan sus píldoras sobre la cara B del Libro del Génesis (Adam), el cerebro catódico de un can (Rex) y una fugaz reflexión sobre la vanidad y el narcisismo (Loves Me). Park, junto a Lassiter, el indiscutible rey animado, aplica su fina ironía flemática, su irresistible sentido del ritmo, su clasicismo hitchcockiano y su virtuosismo en el modelado de arcilla en esta gozosa función que demuestra que, si el hombre y los animales no provinieron del barro, tendrían que haberlo hecho en beneficio de todos.

10. Colega, ¿dónde está mi coche? Dos. 1999. Estados Unidos. 90 minutos. Dude, Where is my Car? Director: Danny Leiner. Producción: Wayne Rice y Gil Netter para Twentieth Century Fox. Guión: Philip Stark. Fotografía: Robert Stevens. Música: David Kitay. Intérpretes: Ashton Kutcher, Sean William Scott, Jenifer Garner, Marna Sokoloff, Kristy Swanson.

Quizá suene estúpido, pero dentro del ramo de comedietas teen no necesariamente escatológicas ni universitarias que proliferaron como esporas en los noventa, e incluso primeros años del siglo XXI, ésta es una de las más descacharrantes, absurdas y dadaístas, quizá sin proponérselo. Protagonizada por dos habituales en el subgénero como Scott (American Pie) y Kutcher (Recién casados), la ¿historia? tira del hilo de una rocambolesca noche (ríanse de la que bordó Scorsese) en la que dos pazguatos perdieron su coche (que tampoco es un Ferrari, precisamente) y los regalos de sus novias que iban dentro. A fuerza de tour de force (valga la redundancia) de despropósitos y sandeces, la risa tonta va haciendo acto de presencia en el espectador, en un proceso acumulativo que recuerda a un Jerry Lewis o a un, perdón por el sacrilegio, Peter Sellers. La noqueante escena los dos tontos muy tontos pidiendo comida china desde el coche, con la voz en off repitiendo chirriantemente («And then?») es buen ejemplo de ello, así como el final estilo apoteosis de vodevil, que hace plantearse seriamente la posibilidad de que, cerca de los estudios, hubiese alguna plantación psicotrópica.

11. La comunidad. Dos. 2000. España. 102 minutos. Color. Director: Álex de la Iglesia. Producción: Andrés Vicente Gómez para Lolafilms, con la participación de Antena 3 TV y Vía Digital. Guión: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: Kiko de la Rica. Música: Roque Baños. Dirección artística: José Luis Arrizabalaga y Biaffra. Intérpretes: Carmen Maura, Eduardo Antuña, Jesús Bonilla, María Asquerino, Paca Gabaldón, Marta Fernández Muro, Sancho Gracia, Emilio Gutiérrez Caba, Terele Pávez.

Cual diablo cojuelo, Álex de la Iglesia destapa el tarro de las esencias y miserias de un microcosmos vecinal que viene a ser como el de los tebeos de «13 rue del Percebe» versión alquitranada y con limaduras de roña del Azcona de los cincuenta y, cómo no, la finca-basura de Delicatessen. La historia arranca cuando una poco escrupulosa agente inmobiliario (Carmen Maura en uno de sus mejores papeles post-Almodóvar) se «instala» en un apartamento coqueto pero incrustado en un edificio en ruinas. Allí, descubre un «plano del tesoro» (referencia a Stevenson que el vasco retomaría, según confesión propia, en 800 balas) perteneciente a un vecino difunto al que le tocaron trescientos millones de pesetas en las quinielas. Cegada por la avaricia, nuestra heroína coge el dinero y corre, no cayendo en la cuenta de que la peligrosa comunidad de vecinos, sabedora del secreto, ya tenía repartido el botín tras años de pesquisas. Dotada de ese espíritu siniestro-matritense, lejanamente heredado de Neville, que clavó en El día de la bestia, De la Iglesia consigue una acertada combinación de horror (tremenda la decapitación en el hueco del ascensor de uno de los inquilinos), humor negro, esperpento (el freak treintañero fanático de Star Wars y «la Fuerza») y acción (esas secuencias finales tan espectaculares como fantasmagóricas y hasta «poseídas»). Ello, unido a un reparto depurado e inspirado y un buen pulso narrativo consiguieron encandilar a público y crítica (la cinta pescó unos cuantos Goyas), a pesar de algunos efectismos, empezando por su final, sin ir más lejos.

12. The Full Monty. Tres. 1997. Gran Bretaña. 91 minutos. Color. Director: Peter Cattaneo. Producción: Uberto Pasolini para Redwave Films. Guión: Simon Beaufoy. Fotografía: John De Borman. Música: Anne Dudley. Intérpretes: Robert Carlyle, Tom Wilkinson, Mark Addy, Paul Barber, Steve Huison, Hugo Speer.

Tremendo éxito de taquilla y «de conciencia», que generó una corriente alterna muy pocas veces conseguida por una comedia: película de similar temática (Tocando el viendo, Fuera de juego, No hay pelotas, e incluso la española Se buscan fullmontis) en lo que podría denominarse el renacimiento de la comedia protesta amable a la inglesa, imitaciones reivindicativas por parte de colectivos dispares que se quejan quedándose en cueros, nuevos clichés de frases promocionales de películas (¿cuántas veces hemos leído, referida a una comedia, la etiqueta «la película más divertida desde Full Monty»?) y hasta una nueva ocasión para que el príncipe Carlos haga el ridículo en público imitando una de las secuencias clave del filme, la del bailecito en la cola del paro. Y es que esta opera prima de Cattaneo (a quien no le volvió a sonar la flauta en la pelín menos estimable Lucky Break) es un bombón para cualquier cinéfilo aficionado al género, con su grupo de perdedores a punto de ser engullidos por el INEM (o como se diga en Inglaterra) o atenazados por problemas familiares serios, que deciden ganarse unas libras como bailarines de striptease. Gente corriente levemente patética que provoca en el público la sensación de solidaridad cómplice (quien esté libre de grasa, que tire la primera faja) o, al menos, una simpatía sin complejos que atenúa la posible crueldad. Con, al menos, media docena de momentos cómicos memorables y un par de dramáticos de calado, unos actores de sombrerazo (empezando por el camaleónico Carlyle), una banda sonora fantástica (y oscarizada) y un final preciso y perfecto (como el demoledor principio), The Full Monty es, más que una película profundamente humana y nada «sangrante», un fenómeno sociológico de eficacia probada y el sueño de cualquier productor o distribuidor. O espectador, claro.

13. Gato negro, gato blanco. Tres. 1998. Francia-Alemania-Yugoslavia. 110 minutos. Color. Chat Noir, Chat Blanc. Director: Emir Kusturika. Producción: Ciby 2000, Pandora Film y Komuna. Guión: Emir Kusturika y Gordan Mihic. Fotografía: Thierry Abogast. Música: Dr. Nelle Karajic. Intérpretes: Bajram Severdzan, Florijan Ajdini, Jasar Destani, Adnan Bekir, Zabit Komuna.

Tras poner el cine patas arriba, del revés y vuelta y vuelta con su testamental Underground, Kusturika amenazó con tirar la toalla y así privarnos de una comedia tan delirante, felliniana, cafre y eloquecida como ésta. Por suerte, como buen báltico, mintió. Como los ocho dedos endiablados de Django Reinhardt, otro bendito gitano, sacándoles las tripas y el alma a su guitarra parisina y ensimismada es esta crónica de Rinconete y Cortadillo versión gitana-zíngara. Matko y Dadan, Dadan y Matko, juegan a Tom y Jerry en tierra de nadie, roban (concretamente Dadan, unos vagones-cisterna llenos de petróleo), conciertan bodas (la de la hija de Dadan, Mariquita, con el hijo de Matko, Zare), beben, fanfarronean, juegan a El Padrino o Casablanca, cantan odas a los perros de presa y nos encantan, aunque peligre el empacho neuronal. Pero la saturación y la exageración es la madre del último cine de un autor seguramente con el zumbido del avispero de su tierra en la sesera. Y eso que su compinche Bregovic no se unió a la fiesta (allá él). Como curiosidad, batió récords de permanencia en la sesión golfa de la cartelera nacional (cinco años y subiendo).


2 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo max 10 Septiembre 2007 | 04:59 PM

AltoVolta, releyendo estas crónicas recordé una peli que una vez apunté en un papelillo porque me apetecía volver a ver y que perdí. Era Caja de luz de luna de DiCillo. Así que gracias por haberme sacado del apuro. Salud

lo dijo Javier 10 Septiembre 2007 | 05:41 PM

A mandar, Max. A ver si sigo colgando reseñas fantasmas. Total, para eso también vale un blog, para ser cementerio de elefantes literarios. Salud

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