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De lo divino y de lo humano

Diario literario

Flannery O´Connor, uno de los cien genios literarios de la historia

Flannery O´Connor, uno de los cien genios literarios de la historia

En estos cuentos el lector se ve a sí mismo, profundiza en la atónita y sorprendente naturaleza humana, en el paisaje interior de unos personajes en donde nada resulta superfluo.

Después de leer estos 31 cuentos, uno detrás de otro, se sale conmovido y conmocionado. He dicho "se sale", cuando en realidad uno es incapaz de dejar de estar "dentro". Sin poder abandonar el aliento de una cosmovisión que nos ofrece la certidumbre del sufrimiento y el impacto del humano extravío. Una vez más lo constato: la gran literatura es cuestión de alma. Y vuelves a releer "Un hombre bueno es difícil de encontrar", o "Las dulzuras del hogar", o "Revelación", o "El negro artificial" (O´Connor siempre tuvo preferencia por este relato, lo consideraba lo mejor de su obra).

Para el lector las cosas ya no son lo que eran antes de leer estas páginas. Leer a Flannery O´Connor (Savannah, Georgia, 1925 - Milledgeville, 1964) marca un antes y un después, es un suceso impactante en la vida de cualquiera (prueben, prueben), una experiencia que se transforma en conciencia. Conciencia de la literatura como redención, como una gracia muy especial, capaz de inspirar lo mejor de nosotros mismos..., después de pasar por lo peor.

El racismo, el dolor, la pobreza, la incomprensión, lo grotesco, el ruido, la soledad, la humillación, la locura, la injusticia, son la trama existencial que pueblan los personajes de O´Connor. Personajes de honda raíz moral -que no moralizante-, que se desenvuelven en un mundo deshumanizado (¿les suena?) y casi siempre atroz. Hay quien piensa que el tono de su prosa está decisivamente condicionado por las dolencias de la autora (en 1950 enfermó de lupus y hasta su muerte estuvo muy delicada). Y que de ahí proviene su fatalismo. Pero yo no lo veo así. Pienso que es al revés. Que su mundo ya estaba fatal de por sí, y que la enfermedad lo que hizo fue procurarle una más aguda visión de las cosas, en una interiorización palpable, con una sensibilidad que anhela siempre la felicidad de lo pequeño, el análisis de la esperanza. A pesar de tan lúgubres circunstancias, a pesar de ese tremendismo que algunos ponen como una losa sobre su obra.

Cualquiera que lea a esta escritora con la debida atención puede percibir en sus textos lo que bien podríamos llamar una "teología literaria", un íntimo sentido religioso, una constante afirmación de su creencia católica. Sin amaneramientos de sacristía o etiquetas clericales, que tanto detestaba. Pero O´Connor no apartaba a un lado del escritorio su fe. Se lo impedía precisamente el dolor, la debilidad constante, y una coherencia intelectual profunda. Y esto es capital. Tenía un concepto bastante providencialista de la escritura, de su vida. Es más, me atrevo a decir que estos cuentos fueron para ella una suerte de diálogo con Dios, un epistolario donde ella daba cuenta del drama del mundo que habitaba a su alrededor -"escribo de lo que veo"-, desnudando progresivamente el horror de sus sucesivas capas de vileza, hasta dar por fin con el meollo de los personajes: con su alma, con su verdadera tensión narrativa. Escribe en una carta de 1956: "En ficción es casi imposible escribir sobre la gracia sobrenatural. Casi tenemos que acercarnos a ella de forma negativa".

Flannery O´Connor no llegó a lo 40 años de vida. Pero en tan breve tiempo tuvo ocasión de escribir dos novelas: Sangre sabia y Los profetas, y un montón de cuentos extraordinarios. Tiene su tradición en la prosa de ambiente sureño de Robert Penn Warren, y es coetánea de Eudora Welty y Carson Mac Cullers, las dos del Sur, y maestras como ella del relato breve.

En España fue pionera en su publicación la editorial Tusquets. Después Encuentro editó El negro artificial y otros escritos (2000), y Sígueme hizo lo propio con una interesantísima antología de su epistolario titulada El hábito de ser (2004). Y Harold Bloom -el gurú de la crítica literaria actual, junto con Steiner- ha incluido recientemente a la autora entre los cien genios literarios de la historia de la humanidad. Lo cual no deja de ser un capricho literario. Pero en este caso un capricho verdadero.

Este libro, que ha editado primorosamente Lumen, merece ser leído y releído. En silencio o en voz alta. Aconsejado, comentado, regalado. Es de desear que corra de boca en boca y de mano en mano. No tiene desperdicio.

Amor a la lectura

Amor a la lectura

. La vida es un temblor, una inquietud que se contempla en el espejo del tiempo. Luces y sombras entre una muchedumbre de indeferencia. O el revuelo de unas lágrimas en el rostro, mientras el óxido del otoño reza de belleza el paisaje de los años. Nada es inútil. Cada brizna de lenguaje es la obertura de una memoria futura que nos recuerda tal y como somos. Pero ¿qué somos? Ésa es la seducción que nos carcome, la emoción más pura que puja en el alma del hombre. Nada es inútil. Nada. Porque amamos. Y buscamos ser amados. He aquí el sentido último de la rutina, o el de la mirada, o el de la lectura.

Leer es no cansarse de mirar. Es como sumergirse en el sueño de una fotografía y su profundidad. Una fotografía que es imagen muda de un paisaje incierto pero a la vez definitivo. Desde su fondo otra mirada nos observa, en una lengua que se adivina curiosa y llena de delicados secretos. ¿Qué nos dice su estilo, qué nos sugiere su ritmo? Las palabras meditan sobre su propio silencio. Su pecho respira acompasado, en la prosa de una plegaria o en la estrofa de Eros. Leemos aventuras, metafísica, memorias, poesía… Cada libro leído nos aporta al menos una idea, o mejor aún, una efusión de compañía.

Uno a uno suma ensueños, caricias o desasosiego. Emanación de una presencia invisible que amanece cada mañana en la biblioteca. La luz, en su crepitación, toma conciencia de nuestra soledad. Ahí están. Sus lomos son el alfabeto de una evocación, y de una pérdida, pulcramente alineados en afinidad de dones. Nada es inútil. Nada. Y abrimos los libros como quien abre sus alas al vuelo de lo imprevisto. Mientras con la altura vuelve la elasticidad a los entumecidos músculos del alma. Sin ruidos, sin la mezquina altisonancia de la prisa.

El amor a la lectura es cada vez un bien más preciado. Su criterio nos orienta en el precario sarcasmo de la mentira. Su imaginación nos redime de una realidad insuficiente. Su armonía nos traduce el significado oculto de la lluvia. Y su pasión nos aboca a la causa primera de toda experiencia (o excelencia). Comprar un buen libro es, en sí mismo, un acto intemporal, un gesto cuya dimensión no alcanzamos a comprender del todo. En esas pocas páginas nos reunimos personalmente con Montaigne o Tácito, con Pérez-Reverte o Salinas. Porque leer es una conversación. Y también la mejor manera de aprovechar el tiempo, porque no en vano es la mejor manera de interpretarlo.

Saber vivir y el placer de releer

. Hablamos constantemente de calidad de vida, pero es un hecho que cada vez vivimos más angustiados y desengañados de todo. En un ahogo espiritual evidente. Las necesidades que nos vamos creando son monederos falsos, que diría Gide. Las prisas son los grilletes que nos lastran el alma, inmóvil entre tanta precipitación alelada. Corremos de alucinación en alucinación, en una carrera errática y superficial. Nada acabamos de conocer, porque en nada nos demoramos lo necesario. Sin fijeza deambulamos en el paripé de una existencia abocada a la triquiñuela. Y la felicidad no es una estadística, ni un horóscopo, ni una moda. Como tampoco lo es el esfuerzo, o la sabiduría. Saber vivir es respirar profundamente, y ser consciente de ello. Para descubrir en nosotros, al fin, el perfume y la llama. Como diría Juan Ramón Jiménez.

La relectura es volver a vivir, pero con un sesgo distinto. Mirar con pausa los márgenes de nuestro alrededor. Releer significa amar de nuevo, aventurarse en lo imprevisto de unos signos que nos sugieren el furor y el misterio que explicitó René Char. No es el mismo libro -aunque lo parezca-, porque nosotros ya no somos los mismos. Ni por asomo. Hemos aprendido a subrayar el silencio, y descubrimos emociones distintas en la intimidad del texto. No damos tanta importancia al argumento, y apreciamos más los pequeños detalles. Algo que ya decía Pío Baroja. Esos detalles que nos permiten seguir el rastro de la enjundia que es toda emoción, de la esencia que es toda belleza.

Con los años releemos más no sólo porque hayamos aprendido a valorar más lo que más valor atesora. Releemos más porque sabemos que el tiempo no es eterno, aunque lo eterno arraigue en el tiempo. Hay que aprovechar cada minuto, sin dilapidar el gran patrimonio de gozo que nos ofrece la luz cada mañana. Y vamos tomando con mayor frecuencia esos libros de lomos arrugados y páginas gastadas. Esos libros que hemos leído una y cien veces en viajes y consultas médicas, en excursiones y en iglesias (la poesía es acicate de la piedad), en piscinas y umbríos pinares. Volvemos a leer La montaña mágica de Thomas Mann o los Cuentos de Julio Cortázar, los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot o El río de sombra de Antonio Colinas. Libros todos ellos plagados de anotaciones a nuestra propia vida.

La madurez ya no sé si la da el tiempo, o es más bien su relectura. Ese cerrar los ojos mientras abrimos las páginas de la memoria. Instantes que fueron el prólogo de un encuentro plagado de sentido. Libros que jalonan algo más que la hojarasca de nuestros días. Libros que nos recuerdan que somos lenguaje estremecido. Libros que certifican que el hombre es la traducción más aproximada de lo divino.

¿Habré releído algo similar en Novalis o en Edmund Jabès? Pudiera ser.

Una recomendación literaria para empezar

Un escritor del que ya no se puede prescindir una vez leído

Guillermo Urbizu

Javier Gomá Lanzón. Aquiles en el Gineceo. Pre-textos. Valencia, 2007. 228 pp. 15 €

Dirige la Fundación March y fue Premio Nacional de Ensayo en 2004. La trilogía que expone su visión de las cosas arrancó con "Imitación y experiencia" y concluirá con "Ejemplaridad pública".

Hay encuentros y encuentros. Hay alegrías y alegrías. No es la menor de todas ellas la satisfacción intelectual que procura la lectura de determinado libro o la voz de determinado escritor. En ellos vas escuchando con nitidez lo que tú tal vez has pensado de lejos en alguna ocasión. Pero ahora lo tienes ante ti, diáfano, expuesto con una clarividencia tal que sume a tu yo lector en un continuo descubrimiento, en un constante acicate. El planteamiento intelectual al que voy a referirme en un momento es lo que es porque lo respalda -¿lo digo?- una evidencia moral y una perspicacia espiritual. Dos pilares que se sustentan en el constante estudio y en la disciplina de su rigor. Ah, y en la lectura de los clásicos. Sólo así es posible la reflexión como gimnasia del alma. En sus dos potencias: inteligencia y voluntad.

Desde luego es una alegría encontrar en la librería un libro que se titula Aquiles en el Gineceo (Pre-textos), de Javier Gomá. Un vistazo por algunas de sus páginas te convence de su atractivo. Y caes en la cuenta de que en casa tienes otro libro suyo, Imitación y experiencia (también editado en Pre-textos), que logró nada menos que el Premio Nacional de Ensayo. Es verdad, lo tengo. Pero reconozco que no lo leí entero. Veo las primeras páginas subrayadas, pero nada más. Otros libros se interpondrían en su camino, y allí quedó, en el estante, a la espera de una nueva oportunidad. La cual acaba de llegar. Porque un libro es complemento del otro. Y a la espera de su tercer movimiento que parece se va a titular Ejemplaridad pública.

Javier Gomá (Bilbao, 1965) es un par de años más joven que yo. Un hombre brillante, que pese a sus libros y a ser nada menos que director de la Fundación March, es relativamente poco conocido. Algo que en realidad no sé si importa poco o mucho, si es mejor o peor, o que simplemente carece del menor interés. Porque entre otras cosas andamos obsesionados por el reconocimiento público. Pendientes de nuestra imagen, y muy preocupados de lo que de nosotros piensen los demás. ¿Para qué? Cuando en la mayoría de los casos esa imagen no lleva nada detrás, está vacía de todo lo que no sea capricho, dinero o poder. Vacía del "ser", de virtudes -esa repetición de hábitos buenos-, de afectos sinceros, de integridad o de ideales.

Nuestras vidas han dejado de ser auténticas. Al menos están en ese proceso de desintegración ética que da lugar a una más que evidente infelicidad. Nada es bastante, nada nos satisface del todo. Y eso provoca una inseguridad y un relativismo. El hombre ya no se conforma con luchar por ser el "héroe" de su casa y pone en un brete el amor de los que verdaderamente le quieren. El tedio le invade, no valora el gozo de las pequeñas cosas, y pone precio a su propia alma. ¿Que es una barbaridad? Sí, lo es, pero el miedo a la muerte causa estragos. Y la existencia se disipa entre veleidades sin cuento.

Cada uno de nosotros somos también Aquiles. Nuestra vida es un viaje y un paisaje. Durante el trayecto vamos descubriendo perspectivas inauditas de un "yo" que experimenta distintas transformaciones, que se abisma en un conocimiento de sí mismo y de los demás, de las causas que nos hacen ser como somos, que nos individualizan. Pero también se abisma en un desconcierto en el que duda y sufre. El hombre toma conciencia de sí mismo y de su identidad (¿la toma de verdad?). Es decir, de su misterio. Pero no es tan fácil de aceptar. Porque este viaje tiene un final -la muerte- y la felicidad es un estado del alma que trasciende lo que vemos y lo que sentimos.

Aquiles en el Gineceo es un ensayo en el que uno también viaja. Y lo hace a lo largo y ancho del pensamiento. Su mensaje es inconformista. Todos podemos ser héroes, afrontar el drama que es la vida desde nuestra propia intimidad. En un desafío laboral y doméstico, en el campo de batalla cotidiano. En esas circunstancias donde cada gesto es ejemplo y destino. La rutina no es tal rutina. Es la épica de la normalidad. Donde el tiempo hace mella sólo en la edad. Incluso más allá de nuestra propia biografía.

Un excelente libro. Un regocijo intelectual de primer orden. Un escritor del que ya no se puede prescindir. Javier Gomá.