Libro de Arena
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PERFORMANCE, con P de Perdedor

Periodismo Buzo. El Blog de Lluís Alabern

Utopía

Pedra Mediterrània

Iceberg

Iceberg Flotante, 1859. Óleo sobre cartón. 18.8x37.5 Frederic Edwin Church (USA, 1826-1900). Cooper-Hewitt, National Design Museum, Smithsonian Institution.

Funambulista

Tangerine Dream

Resumen y Silencio

Performance, con P de Perdedor (Segundo arco argumental)

12.-Transitios, habitos y chamanes

11.-Die Wald

10.-Crónica escrita con los descartes de otras

9.-El insomnio y la propaganda nazi

8.-Performance de un pie en reposo

7.-La habitación de Z

6.-Bela Lugosi's dead

5.-Watchmen feat. Wiener

4.-El paisaje nunca vuelve a atrás

3.-Barrio

2.-X Regeneration

1-Shanghai (2ª Crónica China)

Paréntesis (Primer arco argumental )

10.-Periodismo buzo

9.-Romper el silencio

8.-La taiga. La tundra. La ciénaga

7.-La piel mediterránea

6.-Bodega Pirata. A pulmón libre

5.-Cuadernos en viaje

4.-A propósito de Duchamp, Man Ray y Picabia.

3.-Sobre la redondez

2.-Lucía.Maria

1.-Cosas que me salvan

Transitios, habitos y chamanes

En noviembre de 1974 un amigo le comunica al director de cine Werner Herzog que Lotte Eisner está gravemente enferma en Paris, y que probablemente moriría. Herzog, sin a penas pensarlo demasiado, decide partir de Munich caminando al encuentro de la Eisnerin, que así es como la llamaban afectuosamente. Lotte Eisner había publicado los primeros estudios sobre Murnau y Lang, así como un famoso estudio sobre el cine expresionista titulado “La Pantalla Demoniaca”. La Eisnerin, que así la bautizó Bertolt Brecha, era una figura histórica del cine alemán a la que Herzog le había dedicado más o menos explícitamente dos de sus films, he incluso llegó a utilizar su voz de narradora en la experimental Fata Morgana (1970). Ante la grave noticia del estado de Lotte Eisner, Herzog resolvió ir andando hasta París en una especie de performance chamánica. Herzog le dedica un libro a ese desplazamiento iniciático, el texto de culto “Del caminar sobre hielo”. No importa realmente si la crónica del mismo es absolutamente veraz, o si pudo realmente recorrer la distancia entre Munich y París en un mes, como explicita el subtítulo del libro (Munich-Paris, del 23.11 al 14.12.1974). Lo importante es la idea del caminar como conjuro, la relación del hombre con el paisaje, el carácter metafísico del camino. “Tomé una chaqueta, una brújula, una bolsa de deportes y los enseres indispensables (…) Me puse en camino hacia París por la ruta más directa, convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría”. (Y el caso es que Lotte Eisner, que ya era muy viejita, vivió nueve años más). Herzog explicó en otra ocasión que había recorrido 1000 kilómetros a través de Los Alpes hasta llegar a la frontera con Eslovenia donde fue a pedir la mano de la que sería su esposa. “Hago a pie todas las cosas esenciales de la vida”-declaró.

Bruce Chatwin dijo en cierta ocasión que las drogas eran vehículos para la gente que había olvidado caminar. Chatwin también creía que el viaje a pie era un acto primario, una posible cura para la melancolía, una forma primigenia de vagabundeo. Suponemos que la religión es una respuesta a la angustia, una respuesta a la desazón; el nomadismo, según lo entiende Chatwin, satisface alguna aspiración humana básica que el sedentarismo no colma.

Pueblo Nuevo. Dediqué durante los siete años que viví en ese barrio, muchos bríos a callejear y fotografiar los procesos del cambio en el tejido urbano de ese barrio industrial. Caminaba y fotografiaba los edificios derruidos, los descampados, las paredes desconchadas, los rastros arquitectónicos de esa Barcelona que un día se pareciera a Manchester. En uno de esos paseos conocí a Enriqueta. Al verme cámara en mano me instó a que la acompañara hasta su casa para fotografiar el ruinoso estado en el que vivía. Enriqueta subsistía con una exigua pensión y la ayuda de una hermana. Me impresionó comprobar que era la única habitante de un edificio de cinco plantas totalmente abandonado. Como no aceptaba la prestación económica con la que pretendían compensarla por el abandono de su historia hecha casa, las autoridades la habían plantado a su suerte en aquel edificio malogrado en medio de uno de los mayores solares del barrio. Acompañé a Enriqueta y asistí a sus llantos, al relato de cada rincón de aquella casa en la que todo lo había vivido. La constructora que se anunciaba con una enorme pancarta en la fachada del edificio había iniciado en parte el derribo estructural (ilegalidad consentida por no se quien, pues no se pueden iniciar los derribos habiendo aún inquilinos en un edificio). Pero a nadie parecía importar lo que pudiera sucederle a la anciana Enriqueta. Simplemente no existía. Enriqueta me contó como por la noche el edificio era rondado por gentes de mal agüero; una hermana suya había insistido en que por lo menos las noches, las pasara en compañía suya. Enriqueta parecía resignada a esa ida paulatina, a dejar en la estacada su memoria toda encerrada entre las paredes agrietadas. Las noches las pasaba con la hermana, pero el resto del tiempo deambulaba por el edificio en ruinas, sollozando, colgándose al cuello pancartas contra el alcalde, vigilando que la constructora no derribara a traición el inmueble. Enriqueta quería que los que le habían quebrado la vida le dieran por lo menos otra casa.-No sirve con callarme la boca con la quinta parte de lo que vale un piso-decía Enriqueta. Fotografié a Enriqueta en su cochambroso apartamento. Me dio su teléfono para localizarla y enviarle las fotos. Me hizo prometerle que intentaría escribir y publicar sobre su caso. Pero no lo hice. En un acto de cobardía inexcusable le mentí al darle mi número de teléfono. Vergonzoso miedo a comprometerme con la causa perdida de Enriqueta. Ya no existen ni aquel edificio ni aquel solar. Probablemente no exista Enriqueta, la Señora derruida, que ya entonces era muy viejita.

“Hay que ir más despacio, casi torpemente. Obligarse a escribir lo que no tiene interés, lo que es más evidente, lo más común, lo más apagado”- decía Geoges Perec en su tratado Especies de Espacios.

Caminar o habitar. Jung construyó su morada en la orilla norte del lago de Zurich. El Torreón de Bollingen, que así se llamó, era el duplicado en piedra de sus ideas: “La palabra y el papel no me bastaron; necesitaba algo más. Tuve que reproducir en piedra mis ideas más íntimas y mi propio saber, o hacer una confesión en piedra” (escribe en sus Recuerdos). Lo narró Victoria Cirlot en un artículo de la extinta revista Lateral: “La primera idea consistió en levantar una especie de cabaña primitiva donde el fuego ardiera entre dos piedras, y de esa idea surgió la primera casa circular de 1923. Cuatro años más tarde se le añadió un anexo en forma de torreón. En 1931 otro torreón venía a constituir un espacio reservado sólo a su privacidad, y en 1935 tuvo lugar el acontecimiento de un trozo de tierra, un patio y una logia. La construcción fue viviendo”. Durante años me marcó esta visión jungiana de la vivienda. Diseñé un proyecto al que llamé La Casa del Performer que consistía en ir definiendo a lo largo de mi experiencia vital un espacio metafísico en el que morar. Consecutivos fracasos me llevaron a entender que ese proyecto surgía de cierta visión campesina de la vida. Y a mi la vida me había salido marinera. Lo mío era el caminar, el transitar los espacios y las vivencias, nadar mares, bucear hondonadas. Transitar, algunas veces, es el recurso que nos queda a los que se nos escurrió la idea de patria entre los dedos. Transitar es una forma de vivir menos comprometida, dirán. No sólo el habitar genera identidad, también el tránsito, les digo. Las montañas, el mar, la urbe, son mis narradores, observadores, investigadores de la psique. En todos estos paisajes siempre está el hombre, la infancia, el amor, lo sublime, la muerte. Lo que escribo o dibujo es plenairismo, no lo duden. Aunque hable del individuo, mis artes residen siempre en un entorno. Por eso degusto a Herzog. Para el cineasta alemán el paisaje es un personaje y al tiempo el marco en el que desarrolla una acción de la que Él es en parte espectador. En su filmografía Herzog hizo realidad aquella vieja máxima de Rossellini que creía que todo film de ficción es un documental de su propio rodaje. Algo que quedó especialmente claro en el mastodóntico Fitzcarraldo (1982), film que cuando uno ve ya nunca olvida. Cómo olvidar esa gesta capitaneada por Klaus Kinski. Creo que en literatura pasa lo mismo. Toda novela es un ensayo de su proceso de construcción. Mi novela se va llenando de paisaje y camino. Se me atolondra el texto, ustedes perdonen. Perec dijo que había que ir más despacio, ya lo sé. Heidegger dijo que ser y habitar eran etimológicamente el mismo verbo, lo sé. Pero no dijo nada del tránsito. Con Perec me puedo ir de copas, pero con Heidegger sólo se puede debatir con modestia. En su conferencia “Construir, habitar, pensar” divulga que la esencia del construir es el dejar habitar. La casa, la habitación, es una extensión del individuo, una segunda piel, un agente del pensamiento. Probablemente el paisaje sea una tercera piel sobre la que se puede caminar, pero de eso no dice nada el protervo Heidegger. Ninguna de estas pieles se escoge por completo. Nos vienen dadas. Construir es producir pensamiento. Me pregunto si transitar también es una forma de reflexión.

“El hombre es un ser de lejanías” dijo Heidegger no-sé-dónde. Heidegger, que se hizo construir una cabaña en una pequeña aldea de Todtnauberg en 1922, muy diferente de la de Jung, quiso poner como lema de sus Obras Wege nicht Werke (caminos no obras). Pero yo sospecho que construirse una casa es una manera de enmascarar el paisaje, no de caminar. Porque la identidad es el paisaje, el movimiento, no la casa, la quietud. En todo caso, Heidegger caminaba hacia dentro.

A la edad de 13 años mis padres me apuntaron a unos campamentos de verano que organizaban los jesuitas en Soria. Desconocían, sin duda, el carácter pseudomilitar de aquellos campamentos. Nos levantábamos al alba, tocábamos tambores, nos castigaban junto a un mástil en el que todos los días izábamos la bandera; aprendimos a leer mapas y brújulas, a curarnos las heridas leves, a cagar en fosos a los que llamaban letrinas, a masturbarnos entre arbustos, a pasar frío y contar chistes en las guardias para mantener encendido toda la noche el fuego de campamento, a matar sapos a garrotazos. Los “mandos”nos organizaron unas jornadas de supervivencia. Dos noches durmiendo al fresco. El primer día, una caminata de siete horas y acampada al aire libre en un bosque de hayas. Con ramas y hojas secas hice vivac. Me construí una pared junto a la que dormir y protegerme de las inclemencias nocturnas. Al amanecer todo yo era un amasijo de hojas y barro. Helado, mojado y sucio, me vi surgir del fango. Nací al paisaje, enredado con el sotobosque. El segundo día de supervivencia nos escondieron los víveres. Pasamos toda la jornada descifrando jeroglíficos, leyendo brújulas, trazando segmentos sobre las curvas de nivel, esbozando bisectrices al aire. Al final del día encontramos los víveres. Estaba tan agotado que me quedé dormido sobre la hierba mientras mis compañeros daban buena cuenta de todos los manjares. Todos “respetaron” mi cansancio. Cuando desperté sólo quedaban patatas. Ni aceite ni sal con que cocinarlas, ni mucho menos verduras, huevos, pan o pollo. Comí patatas crudas calentadas en un hornillo y bebí agua helada. Eso ocurrió en el incomparable marco de la Laguna Negra, paisaje sublime recreado por Bécquer. No recuerdo el rostro ni los nombres de mis compañeros; pero me acuerdo de aquel paisaje.

Heidegger dice que construir es crear un mundo habitable. El paisaje no nos acoge, nos somete. Construir es numerar el desconcierto que nos provoca la naturaleza. A la naturaleza no se la puede dominar; a la naturaleza hay que hacerle caso, dictaba Epicuro. La naturaleza se puede caminar pero a duras penas habitar ¿Existe una manera de pensar en tránsito? ¿Mirar el paisaje que nos circunda es pensar? ¿Sentir el paisaje es pensarse? Para Herzog, el esplendor de la naturaleza siempre esconde un lado oscuro, es el escenario en el que se mueven sus antihéroes.

Nota.

Esta semana estoy redactando la última de las crónicas que cierra el segundo arco argumental de Performance con P de Perdedor. Con esta 12ª crónica se cierra un ciclo. Frenaré la escritura para pasar al dibujo. ¿Es posible frenar la escritura? Veremos. Después de desplegar durante doce semanas seguidas las velas de la narración cotidiana, apetece varar un tiempo el barco en las playas del invierno. Cada semana ha ido apareciendo en este dislocado compendio una crónica buza. Estoy exhausto. El periodismo buzo implica remover constantemente los afectos, sumergirse en las simas, caminar por filos. Ahora es tiempo de dibujo. Hasta final de año voy a ir publicando paulativamente algunos de mis últimos ejercicios gráficos. El trazo, les aseguro, es otra forma de narración. Mientras, en la intimidad de mi estudio, seguiré indagando literaturas propias y ajenas. Quizá me atreva a leer los diarios de Postguerra que escribió mi Madre. Prometo darles debida cuenta de ello en el tercer arco argumental.