7.La piel mediterránea
La difusa luz que penetraba por la ventana ponía una ocre luminosidad sobre la escena. Desnudo, arrodillado sobre la cerámica de la bañera, se dejaba enjabonar por Ella.
-Es mi regalo, es mi amor hecho tacto- le dijo. Él permanecía en silencio.
-Túmbate- ordenó.
Sus férreas manos masajeaban la musculatura de las piernas, buscaban guiar la voluptuosa pasividad del baño. Él se dejaba sumergir en ese rito, en ese mar célibe en el que sólo nadan los que se aman sin prisa. La esponja recorría cada rincón sin apenas pudor. Las esponjas no se mueven ni tienen pudor en estado natural, sólo se mueve el mar a través de ellas. Las esponjas disponen de todo el mar y de todo el tiempo, escribe Predrag Matvejevic. Y Ella, sabedora de las artes marinas, aterciopelaba la piel de Él enjabonando en seco la tez amada, como tildando la creencia de Hegel que afirma que los melancólicos son ricos en espuma. Se inclinó sobre el cuerpo masculino para frotarlo con delicadeza.
-Tienes unos pies bonitos, y unas piernas fuertes-
En el Japón tradicional las esposas bañan a sus maridos. Se diría que el ritmo del tiempo oriental perpetúa los estremecimientos. Es difícil para un japonés describir los sentimientos. Pero hasta el más ínfimo de los detalles del día, se puede ritualizar para despertar las ternuras. A través de aquella esponja que contenía los mares, emanaba el tierno ardor afectivo que se profesaban. Él se dejó dominar por el calor y la dulzura. Mientras, las manos enjabonadas de Ella apresaban su sexo excitado. Él pensó en si era justa aquella felicidad.
-¡Qué bella eres!-
El cuerpo masculino deseaba sentir el dulce calor del cuerpo fémino. Un baño de agua tibia aclaró las espumas que le cubrían, que le brotaban.
-A menudo se repite el sol- pensó. A menudo se repite la espuma de las olas, los vientos, los ojos cetrinos. Casi siempre el mar ha ayudado a los amantes despechados, a los reencuentros entre amigos y pueblos, a los ardores y las lascivias. Durante mucho tiempo el mar fue un misterio para los cuerpos que se embrollan.
-Gracias por el baño, gracias por llenar de espuma marina este pequeño mediterráneo-.
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“Casi todos los náufragos supervivientes tienen en su casa un ex voto en la pared y al lado una foto de un faro”. Tengo por tanto una tarea que resolver antes del otoño. Fotografiar un faro y colgar un exvoto en alguna pared de la casa.
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“En cualquier lugar visible, de una escena a otra, de un acontecimiento a otro, empieza el relato del mar y la costa, de las islas y de la soledad, del cuerpo y la prisión, de las olas y los vientos, de los ríos y sus desembocaduras, de nosotros mismos: los rituales de la partida y del retorno, los palimpsestos de las salidas y puestas del sol y de la luna, las parodias y los énfasis cotidianos e históricos, el movimiento en círculo y nuestro intento de salir por fin del círculo. Las razones de la navegación por el mediterráneo nunca se han conocido del todo; ¿quiénes son en realidad los que zarpan, por qué se van, qué esperan?”.
Lo malo de que Matvejevic escribiera este redondo párrafo es que ya nunca podré escribirlo yo. Como un monje del cister, me limito a copiarlo muy despacio, en mayúsculas, en este cuaderno oriental, para saborear todo el fuego y el veneno. Dice Matvejevic que la gente del norte suele identificar el mediterráneo con el sur. “La mediterraneidad no se hereda, sino que se alcanza”. La mediterraneidad es un honor, no una ventaja. “No se trata sólo del pasado o de las tradiciones, la historia o el patrimonio, la memoria o la pertenencia. El mediterráneo es el destino”. ¿Qué quieren que les diga? Predrag Matvejevic redondo. Ya nunca dejaré de leer su Breviario Mediterráneo. En las páginas de este libro me encuentro. Y a buena fe que andaba perdido de un tiempo a esta parte.
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En casa de mis suegros siempre tienen un bol con las hortalizas en remojo a la espera que yo haga la ensalada. No entiendo muy bien qué día empezó esta tradición que por otra parte me congratula.
-Luis, hijo, cuando quieras puedes hacer la ensalada-
Taqueteo el pimiento rojo crudo, pelo el pepino y lo corto a rodajas o en forma de estrella; aclaro la lechuga y la escarola, y las troceo con las manos. Aceitunas, maíz, frutos secos, a veces queso manchego o queso fresco de cabra, manzana…añado ingredientes a mi antojo y mezclo el conjunto. Entonces, doy paso a mi suegra que es la encargada de aliñarlo todo con sal gorda, aceite de oliva y vinagre de Módena vaporizado.
Comenta Matvejevic que los exegetas de la tradición árabe destacaban la diferencia entre el viaje exterior y el interior. “El recorrido de Ibn Batuta por el mundo difiere del viaje sufí de Ibn Arabí, que de la costa de su Murcia natal…viajó hacia su propio interior, hacia Alá, con una luz (Nur) más intensa que la que resplandecía en su patria, en busca del azufre rojo”.
Cortando hortalizas sobre la tabla de madera, viajo desde el Guadalquivir natal de la madre de mi mujer a las costas levantinas, de las islas griegas a Marruecos, del verano napolitano a las infancias en la Costa Brava. Troceando tomates y lechugas los caminos mundanos se cruzan con los eternos.
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“Diversos registros, estratos o palimpsestos, uno al lado de otro, enlazados, horizontales y transversales, ayudan a penetrar más profundamente en el mar, en su pasado y en la historia”.
Trocear hortalizas, mojar pan en aceite de oliva vertido en un plato de loza blanca, comer queso feta y aceitunas negras, hace aflorar los palimpsestos de la historia mediterránea; el huerto de Getsemaní, el olivo y la higuera en el Corán. La oliva negra, decía Lawrence Durrell, y parafrasea Matvejevic, es “un sabor más antiguo que la carne, más antiguo que el vino. Un sabor tan antiguo como el agua fría”.
En los pueblos mediterráneos, el día de mercado es una fiesta. La algarabía de los colores, de las especias y frutos. El sabor de las aceitunas, siempre me recuerda a esos puestos de mercado en el que un amable vendedor de olivas nos ofrece una en un cazo de madera, pescada de la gran barrica en la que flota junto otro centenar de olivas condimentadas.
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Epitafio tallado en piedra en la costa de Anatolia, junto a las ruinas de un antiguo puerto primero fenicio, luego griego y romano: “Nado, el mar a mi alrededor, el mar en mí, existo en el mar, soy el mar. Ni estoy ni estaré en la tierra. Me hundiré en mí y en mi mar, ahora y para siempre jamás”.
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“Todos los proyectos deberían contener formas y posibilidades para llevarse a cabo, indicar las condiciones y los plazos, medios y obligaciones, liberarse de promesas irresponsables, deseo ilusorios, de utopías sin fundamento”. Descontextualizando, este párrafo del Breviario de Matvejevic me recuerda que nunca debe el escalador olvidar qué y quién es la montaña. El que asciende un peñasco peligroso puede llegar a creer que a pocos metros está la cumbre. Si la montaña le sorprende con un nuevo requiebro, con otro tramo de dura ascensión, el escalador novel desfallece, se enfada con la montaña: - ¡que sea la montaña la que me escale a mi!- se dice.
Queremos un mapa del recorrido, no aceptamos que el paisaje nos dibuje a nosotros. Eso no le sucede al marino. Nos reconocemos en el mar, aceptamos y reconocemos, incluso, los mares que no veremos jamás. El marino viejo sabe que es el mar el que diseña el trayecto. Cualquier travesía puede complicarse. En cualquier viaje nos puede rodear la tormenta. Unos vientos empiezan a soplar contra otros, pero las inclemencias del tiempo no se mitigan enfadándose contra ellas. Las tormentas se atraviesan, se padecen, se resisten. Esa es la única manera de llegar a buen puerto, aceptando los ritmos de la mar. Frente a los obstáculos, tenemos más recursos de los que creemos. Aunque acecha el peligro de no darse cuenta de ello. El miedo no es buen compañero de viaje. El sitio que más nos duele, el peñasco que se resiste, la tormenta que perdura, ese es el lugar adecuado para saber más de uno mismo, para reconocer y aprehender los límites del mar, el alcance de nuestro proyecto. El que sabe navegar sabe vivir, dice un viejo proverbio romano.
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Desliza la mano apartando los restos de comida que han quedado en el plato. Con las yemas de los dedos empuja las cáscaras de molusco, el hojaldrado exoesqueleto de los langostinos y gambas, unos pocos fideos tostados, los trocitos de sepia que se le escurrieron al tenedor. Tintinean platos, vasos y cubiertos en el fondo del lavadero. Los dedos comprueban la viscosidad del gel lavavajillas. Vierte un chorrito sobre la esponja lavaplatos. Borra en dos pasadas los rastros de comida. Hace unos minutos la mujer a la que ama cenaba sobre esos platos que ahora limpia trazando círculos con el esponjín rugoso. El agua templada escurre la espuma.
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Libro orbicular el Breviario de Matvejevic. Lo he leído despacito. Ha durado dos semanas. Acabo la lectura en medio de mis vacaciones estivales, a pocas horas de partir hacia Mallorca. No sé si llevarlo de viaje conmigo. Es un texto bola de una redondez eslava que mira al sur. Esta filología del mar, como la describe Claudio Magris en el prólogo, “desafía con refinada discreción los géneros literarios”. Nada más acabada la lectura, vuelvo a empezarla. Cierro el bucle.
“Primero elegimos un punto de partida: una bahía o una escena, un puerto o un suceso, una navegación o un relato”. ¿Puede haber más redonda manera de iniciar un texto mayúsculo? Quién podría olvidar a Nabokov y su “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”. O aquel “Para colmo, el mal tiempo” con el que Hemingway iniciaba el repaso de sus años parisinos. Pero el comienzo de Matvejevic resume una vida, es un relato perfecto. Primero elegimos un punto de partida: un recuerdo de la infancia feliz, una escena del pasado reciente, una ciudad desde la que partir, un suceso, un tránsito, un velero, un verso, un relato; entonces, empieza el viaje.






