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El bodegón de las perdices

servido por  bermeral 27 diciembre 2010 sin comentarios


 


 Lo habíamos intentado todo, desde retirarlo hasta sustituirlo hasta, pasando por darle la vuelta y ponerlo de cara a la pared, llegar a plantearnos muy seriamente el taparlo; pero fueron, todas estas y otras muchas de las que se le fueron ocurriendo a los miembros más aguerridos de las sucesivas generaciones, soluciones cuya impracticabilidad había empezado a tomar cuerpo como posibilidad muy en embrión, a largo plazo, de forma un tanto casual un día de invierno en que se habían reunido felizmente... «o no tan felizmente si vamos a ser sinceros» ­­— y la tía Rimalda sonrió con un encogimiento de hombros como diciendo «pero qué se va a hacer» — aunque sí satisfechos todos de la buena gestión que cada cual, por cierto, dijo, se atribuía — y la gran princesa Nibarunda barrió con una mirada circular el salón levantando un poquito las cejas, movió levemente la cabeza a ambos lados y, tras exhalar un breve suspiro, musito «eso pasa con frecuencia» y que qué iba nadie a contarle a ella —, llevada a cabo para conseguir, a base de un verdadero derroche de diplomacia y mano izquierda, que unos y otros se aviniesen a soslayar sus respectivas dificultades anulando o posponiendo compromisos y citas consignados en las respectivas agendas.


Era un ritual, contó, que se celebraba desde muy antiguo y todos los asistentes se mostraban de acuerdo en que estaba bien «es agradable después de todo — repetía la detectora implacable de carcomas sistemáticamente, sin omitir jamás su sonrisita bobalicona ni modificar una sola palabra de una vez para otra — esto de verse, aunque sea de tarde en tarde, y comentar, cambiar impresiones y, si sobra tiempo, charlar un poquito de esto y de lo otro»; era muy grato, sí, estar juntos, corroborándolo cada cual con sus propios tópicos acuñados desde tiempo inmemorial.


 Sobró tiempo, dijo, sin embargo; sobró tiempo y todo el mundo lo achacó a que al faltar don Diocleciano — fallecido meses atrás en circunstancias que dijo la prima viuda del conde de la Calzada no iban al caso encareciendo, eso sí, cuánto había que celebrar lo muy poquito que había sufrido porque no le dio tiempo a enterarse de nada y añadiendo, tras suspirar muy profundamente y llevarse a los ojos la servilletita de té «¿quién tuviera una muerte tan dulce?», y que Dios lo tuviese en su gloria tan hablador y tan dicharachero y tan simpático — las frases que no pudo decir diseminaron, por aquí y por allá, un sinfín de retazos de silencios que, agrupados, arrojaron un saldo de vacío tan molesto para todos que, «como había que rellenarlo — recordó la tía Rimalda — fuera como fuera», acabó por conducir a que, alguien, terminara sacando a colación a Lajartijilla de los Andurriales…


 — ¡Oh, de Lajartijilla de los Andurriales no me hable! —que había rechazado de plano, dijo, un tal Torrenciano Valmojado que explicó —: tenía la abominable costumbre de evocar... si es que venía al caso, aunque aun no viniendo también la evocaba, tal era la incomprensible admiración que al parecer sentía por ella, a una tal Melibea que, se decía, relató una vez no sé qué historia... ¡nada interesante, estoy seguro!, cuyo mayor atractivo, ¡imagínense!, era que empezaba por los pies.


 –Pero, si eran unos pies bonitos...


 –No bromee. El asunto es del todo ridículo —Valmojado, con mucha sequedad —; más cuando lo que estoy pretendiendo poner de relieve es, precisamente, lo muy deseable que en todos los órdenes de la vida es la coherencia.


–Ah, pues no sé — otro, a quien la tía recordaba «de manera un tanto difusa en lo que se refiere a su fisonomía, no vulgar pero sí corriente; sí os puedo asegurar sin embargo que se trataba de un hombre afable aunque menos ingenioso, no tan dado a la broma como el que hiciera el juego de palabras», sacando ella, sin darse cuenta, con las suyas, a la tía abadesa de las de Torresbravas de una especie de sopor para considerar, como para sí con voz gangosa aún somnolienta, si no estaría «mejor dicho, digo yo, “no tan dado al juego de palabras como el que hiciera la broma”»; aunque la otra, oyérala o no la oyese, siguió con lo suyo y —: pero, por las noticias que yo tengo, era la tal Melibea una mujer sensata.


 – ¿Sensata? — «un tercero», así de escuetamente y sin precisarnos si hombre si mujer joven o viejo ni aportar la tía peculiaridad alguna, que dijo no disponer de más elemento de juicio que lo que indirectamente le había llegado de ella pero —: Parece que alimentaba en su cerebro... ¡enfermo!, me atrevería a asegurarles, no sé qué proyecto estrafalario de mostrar al mundo cierta suerte... malhadada, por cierto, y que me perdone Torrenciano — que al ir sin “don” nos hizo pensar, o a mí por lo menos me lo hizo, que, por afinidad en sus ideas, quizás, un poco de amistad tenían... aunque también pudo ser que ella, más atenta al fondo que a la forma, lo omitiese — por esta vez el juego de palabras, de teoría absolutamente grotesca consistente en...


 –No tan deprisa, amigo mío ― interrumpió un joven «eso sí, con muy buenas maneras; un joven, os añadiría si el tiempo no apremiase, que, sin poder decir con propiedad que fuese un hombre guapo, exhalaba un ‘qué sé yo’, un cierto encanto que me recordó una de esas películas...de Visconti, por ejemplo, que gustan tanto a la tía Pretoria» que, esbozando una amable sonrisa, apuntó —: pues habrá más de uno y de dos entre los presentes que estimen, con muy buen criterio... me permito opinar, que calificar de grotesca una teoría es... ¿cómo diría yo?...


 – ¿“Precipitado”, por ejemplo? ― Una señora a quien la tía Rimalda, y pese a lo que se dice por ahí de que las mujeres bellas se odian unas a otras, calificó de “francamente guapa” levantando, eso sí, las protestas de Talantiana... no porque ella fuese fea, entendámonos, sino porque, como la misma tía Rimalda mencionara, íbamos mal de tiempo.


 – ¡“Por ejemplo”!


 – ¿“Precipitado”?, ¿de veras? —el señor que, tuve a bien dar por hecho, nombró a Torrenciano omitiendo el “don” porque la tía, que empezó muy bien adjudicando a cada cual su frase, se había ido poco a poco desviando del camino y tiraba más ahora hacía lo que se decía que a los “quiénes” o a adjudicar, como diría la tía abadesa de las de Torresbravas si continuase en su sopor y no dormida aquí definitivamente, a “cada frase su cada cual”... o no, porque suena un poco raro, la verdad —; ¿es esa la verdad de lo que piensan?


 – ¡Desde luego que sí! — «exclamó la guapa», hablando tan alto inmersa en su papel la tía Rimalda que, aunque la tía abadesa de las de Torresbravas siguió en el séptimo cielo como era tan sorda, el loro sí se despertó y, sobresaltado, preguntó “¿quién lleva el siete de bastos?” — Yo por lo menos —, que dijo que lo dijo bajando la voz y debía de ser así porque también ella la bajó—; porque, vamos a ver: ¿se puede calificar de grotesca, ni de “nada definitivo” una teoría cuando la esencia misma de la teoría es su basarse en suposiciones?


– ¡Pero “suposiciones”, lógicas! — el otro y, la tía Rimalda, imbuida tanto por este papel suyo de “hombre no descrito”, por llamarlo de alguna manera, como por el anterior de mujer guapa, con voz campanuda —: « ¡”lógicas”, no lo olvide mi querida señora!» y que o porque de lo contrario, resumió viendo que la tía Talantiana estaba en ascuas, estaríamos jugando con trampa o cayendo en sofismas.


– ¿“Sofismas”? — «quiso preguntar la detectora implacable de carcomas, que tras las frases estereotipadas de rigor no había vuelto a abrir el pico» y Cartesiano, que tampoco había abierto hasta entonces el suyo, también quiso preguntarlo... y de hecho lo preguntaron, los dos, por lo visto, porque, uno y otra, fueron ignorados aquella «porque era algo muy similar a una palmatoria» dijo la tía Rimalda y, éste, porque aunque la querida de don Graciliano el contratista hizo intención de ir a explicárselo desistió a la vista de cómo con cara de pocos amigos se daba golpes reiterados en el reloj la tía Talantiana.


La guapa contestó — «resumiendo», que hasta la tía Rimalda, y eso que tenía “cuajo” como solía decir Chuchi la de Ampuero, empezaba a agobiarse — que ella no quería caer en nada y menos en algo que no tenía la menor noción de qué era, pero que...


– ¡Pues entonces ¡ — el “hombre no descrito” y, la tía —: que qué hacía ella , enfrentándosele muy encrespado a la guapa “¡mi querida señora defendiendo!” una teoría no sólo grotesca, que eso lo mantendría, sino, era más, absolutamente ridícula consistente en...


–“Consistente en” —un caballero alto, de edad avanzada, con voz enérgica sí pero entonación suave que, tras repetir las últimas palabras del otro lo miró con los ojos entornados, fijamente, como si lo escrutara, pero no a los ojos sino al centro del pecho y agregó tan sólo — ¿en qué?


–Pues...


 –No se aventure, que mal podría degradar… o enaltecer, si fuera el caso, la viabilidad o inviabilidad de un proyecto, a su juicio muy digno de respeto extravagante, de mostrar al mundo la bendición, “bendición”, sí, por más que a usted y a tantos otros les pueda parecer extraño, de una teoría consistente en...


 – ¡Maimónides, por favor — una señora — no lo intentes!


 –Tienes razón — él, reconsiderando, pensativo, moviendo afirmativamente la cabeza y la mirada triste. Y, tras un suspiro —: sólo era una teoría, una teoría hermosa que, sin embargo, jamás pudo nadie demostrar y, la fe, todo el mundo lo sabe, nunca ha movido montañas.


 –Es que — la señora — es terriblemente terco. Tendría que haber aprendido que siempre que se obstina en llevar adelante el planteamiento de en qué consistía la esencia de la obsesión que embargó el pensamiento de Melibea hasta el extremo de centrar toda su voluntad en un único fin, descabellado... hay que admitirlo, por mucho que a él le duela, se termina liando de tal modo con qué decía Lajartijilla de los Andurriales, la única criatura en este mundo que la conoció en profundidad, sí, pero no dotada de unas precisamente brillantes y permítaseme la expresión tan llana “explicaderas” se lía, espantosamente, y, sin conseguir poner lo que se dice nada en claro se termina por poner, él sí, en evidencia.


–Pues sí que es contrariedad — el señor que dijera un rato antes que por las noticias que él tenía era Melibea una mujer sensata — que después de ponernos la miel en los labios no nos lo cuenten.


–Yo — una señora que no había parado de, peinando las trenzas y volviendo a destrenzarlas a una muñeca que sostenía en el regazo, cuchichear con su vecina —, y fíjense que no soy nada curiosa, estoy un poquito intrigada.


Y, como otros cuantos insistieran por tratar de sonsacarlo pero la señora se mantuviese en su, dijo la tía, nada suplicante a decir verdad “¡Maimónides, por favor!” consideró ella que, bueno, mal que bien «yo sé», sabía qué decía Lajartijilla de los Andurriales y, cansada de una tarde tan tediosa y sin nadie, por otra parte, «que me echara el alto “¡Rimalda, por favor!”», ¿qué arriesgaba ella —se preguntó, tan poquísimo sentido del ridículo que tuvo siempre y ese marido suyo que nunca la acompañó a ninguna parte aunque nada más fuera para velar por ella poniéndole un poquito de freno — por contarles que Lajartijilla de los Andurriales sostendría hasta el día de su muerte que Melibea, influenciada por la peculiar concepción del mundo de que don Fabligiano la imbuyera consistente en que existe cierto paralelismo entre la vida y la teoría de los conjuntos «“conjuntos” y “disjuntos”, a su vez — precisó —, dependiendo de... algo en lo que se negaba a entrar Melibea so pretexto de “esa es otra historia”», consideraba que, al referenciar cualquier acontecimiento del que se tuviese noticia, sería interesante relatarlo dando prioridad no a los hechos más relevantes o notorios que hubiesen conferido al tal evento la dignidad de merecer el ser contado sino a las pequeñas circunstancias accesorias que «a modo aderezos en una mujer, por poner un ejemplo, o de condimentos en una salsa, por poner otro» le aportaron toques de individualidad que al “conjuntarse o desjuntarse”, «entre sí si nos quedamos con el ejemplo de la mujer y su peinado o el color de su carmín o sus guantes o con el de la salsa, vinagreta, por poner por caso, sencilla o historiada» o entre ambos si considerábamos la mujer y la salsa ya para compararlas, metafóricamente, ya para establecer una correlación entre tal o cual estilo de mujer y su gusto por este o aquel tipo de ensalada, determinaron, al margen de la importancia real «“¡tan subjetiva siempre!”,decía Melibea» que el tal hecho tuviese, la forma en que éste configuró la memoria... o quizá el inconsciente de quienes, cuando estaban teniendo noticia de él «el hecho», centraron su atención o su interés en «lo que pudiera llamarse propiamente “el bulto”» decía, en tono despectivo, o, dulcificándose, «el detallito que determinará su trascendencia» más allá de los límites, tan limitados, precisaba, de la razón?.


  Y era al llegar ahí exactamente y tirar ella, Rimalda, la capa de armiño con gesto de cansancio sobre el tendedero plegable aquí, en nuestro retrete para invitados presidido por una armadura con su cota y todo que la gran princesa Nibarunda había comprado a un anticuario en Filadelfia donde ― cuando doña Uli unas veces de pie al lado del ventanal y otras sentada después de haber permanecido con los ojos entornados marcando lentos círculos adelante siempre con el índice derecho en el aire, los abría y «muy bien, Crotalia; ¡muy bien cerrada esa interrogación!» esbozando una sonrisa y dejando caer las manos ya sobre el alféizar ya sobre la partitura del concierto para... piano, sí, suspiraba, «número 2 de Rachmaninov, para ser exactos» ― la contadora de cucharillas de plata de don Apuleyo debía cesar de espolvorear con talco la peluca de madame du Barry, ponerse de pie, dejar peluca y talco sobre el mármol del aparador que tenía a su espalda, rodear la tinaja de las berenjenas de Almagro y caminar hasta Umbelina para, poniéndole una mano en el hombro, decir “muy bien, Uli”; pero que recordase, al objeto de evitar malos entendidos, que el concierto era de Rasmaninov, sí; para piano, también; pero ¡a ver si puede ser que te fijes un poquito, caramba!, el número tres.


 Pero se equivocaba, casi siempre, y lo que hacía era decir “¡Bendito sea Dios!” llevándose las manos a la cabeza.


 Y que Melibea podía, ciertamente, estar más o menos mediatizada... era bastante influenciable, y – porque si la señorita Acracia estaba muy ocupada corrigiendo dictados tardaba en darse cuenta – tal vez Lajartijilla de los Andurriales estuviese en lo cierto, por don Fabligiano y sus teorías; pero, en atención a su memoria, permíteme puntualizar que lo que ella equiparaba con la de los conjuntos no era la vida sino la realidad hasta que, antes o después pero sin que llegase a tener casi nunca que intervenir la gran princesa Nibarunda quitándose las gafas como siempre que se enfadaba, volvía ella, la señorita, a la suya y levantaba la cabeza, y posaba sobre la mesa el lapicero rojo con el que había tachado y puesto acentos y corregido bes por uves y uves por bes y añadido o quitado alguna hache, y se llevaba a la frente su mano derecha de dedos un poco torcidos y bastante huesuda por lo general y decía ay Calandra qué lástima; qué pena que una frase tan bien dicha, con sus comas tan bien marcadas; y su punto con su coma y todo y hasta los tres suspensivos, tan maravillosamente enfatizados, la hayas pronunciado con tanto sentimiento y tanta credibilidad pero… ¡y es que, demonios, no os fijáis!, totalmente fuera de su tiempo y de su contexto y de su lugar porque, que ella supiese, hoy era martes, y los martes no podíamos estar nunca en el retrete para invitados presidido por una armadura con su cota y todo que la gran princesa Nibarunda había comprado a un anticuario en Filadelfia de las de Fariñas porque, y lo teníamos que saber de sobra, los martes por la tarde la trastienda de la alpargatería del tío de María Encomienda no se podía utilizar porque la tenían pedida los de la clase de baile de salón para ensayar en el grande, el de los cortinones de brocado y las porcelanas de Limoges, la polca que tenían todavía un poquito verde para hacer de invitados en la boda de Julianita y Jacinto.


 Y era aquí donde, sin esperar ni a que le tocase ni a nada, algún empollón se descolgaba con “pues Jacinto me parece a mí que no”.


 – ¿Y eso por qué? — la señorita.


 – Pues porque tiene futbol y va de delantero centro.


 Y la señorita, que sería siempre muy terca porque tan paradita no daba más de sí por más que don Sisenio se esforzara, dijo que bueno, que ya encontraríamos a otro que le sirviese el traje — o le quedase largo de manga, que tiene siempre mejor arreglo que corto de pata — pero la boda no se podía aplazar porque Julianita se marchaba al día siguiente al noviciado.


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