La luz de Leoen
El imperio plateado
Encuentro en Vaniam
Vaniam en kaliano significa esperanza. ¡Qué ironía!, la esperanza no tiene futuro, Vaniam no tiene futuro. Dentro de un par de horas no quedará nada en esta ciudad más que escombros humeantes, basura flotando en el espacio. ¿Cuánto tiempo ha
pasado? Esta eterna guerra nunca acabará.
¡Estoy cansada! A veces incluso se me olvidan las razones por las que sigo luchando. Quizás por la esperanza de que algún día esto acabe. Este es un pensamiento demasiado benévolo.
Es el odio el que me aviva. ¡Sí, ya recuerdo! Tengo una venganza que cumplir, por eso estoy aquí… Con cada enemigo que venzo recupero un poco de mi propia vida.
¡Me lo deben, a mí y a mi pueblo!
Tras haber dejado atrás el caos reinante en la ciudad espacial de Vaniam, una soldado del imperio Kaliano se escabullía por las calles desiertas de la zona comercial. Los escaparates de las tiendas estaban en su mayoría rotos y saqueados, y algún
que otro residente permanecía tal y como lo había sorprendido la muerte. El silencio campaba a sus anchas, interrumpido por el eco de los disparos lejanos.
La joven soldado se detuvo antes de doblar la esquina de la tienda de juegos virtuales. Se apartó un mechón rubio tras la oreja, dejando al descubierto el pequeño aparato que la mantenía en contacto con los otros de su grupo.
—Estoy arriba —susurró a través del comunicador—. ¿Por
qué demonios os retrasáis tanto? —gruñó.
En el silencio resonó el eco de unos pasos que le hicieron levantar el arma. Sintió el frío de la pared pegado a la espalda, y pudo ver reflejado en el escaparate de enfrete al hombre que se
acercaba. Caminaba por la avenida sin buscar cobijo, como si no le importase ser visto, y gracias al uniforme pudo reconocer su rango. Los soldados rasos no iban encuerados con chaquetas
hasta los tobillos. Sin duda se trataba de un úyinai, militar que ocupaba la cima jerárquica del ejército enemigo. Aguzó la vista para comprobar que, en efecto, sobre el pecho lucía la insignia de tres puntas que caracterizaba a los altos cargos, la misma que anunciaba que se trataba de un úyinai privilegiado
en mando. Sin duda era uno de los más peligrosos e iba bien armado. Sobre el hombro llevaba un fusil de asalto de cañón recortado y a la espalda una espada de doble hoja.
Cualquier otro habría dado media vuelta simulando ser una leve brisa, sin embargo la soldado apuntó con firmeza desde donde se escondía. Posó la mano sobre el gatillo y contuvo la respiración. Su silenciosa posición quedó delatada cuando el vitalizador1 que llevaba ajustado al brazo pitó.
—¡Mierda! —bufó golpeando al pequeño cacharro de pantalla
negra, maldiciendo la inoportuna avería. Levantó la vista, pero el úyinai ya había desaparecido del punto de mira, aunque no tardó mucho en mostrarse otra vez.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo a su espalda con voz profunda y serena.
La soldado se volvió lentamente hasta toparse con la boca del cañón del úyinai.
—Ya veo… una joven nargo.
Los pantalones de la mujer eran rojizos, anchos y no más largos de los tobillos. Llevaba una camiseta de tirantes negra, sin armadura o ningún tipo de protección. No había mucho más, sólo unas cuantas correas a la cintura para la pistola y otra que sujetaba la espada a su espalda. Lo que llamó la atención del úyinai fue el pequeño muñeco rosa que colgaba de la empuñadura, amuleto demasiado infantil para un guerrero nargo.
1. El vitalizador es un pequeño dispositivo que se utiliza para controlar las constantes
vitales y localizar a los soldados en todo momento. De este modo se facilita
la ubicación de los heridos, y de las bajas que se suceden en una batalla.
La soldado le miró amenazante, y sin vacilar alzó la pistola para apuntarle por encima del cañón.
—Una joven nargo novata, por lo que veo… Sólo un novato
se atrevería a desafiar a un úyinai —clavó sobre ella sus oscuros ojos negros, tan gélidos como profundos—. ¿Acaso no te avisaron de lo peligroso que es esto?
—Úyinais…Siempre tan seguros de vosotros mismos, a pesar de ser un blanco fácil. Será mejor que te ahorres las amenazas, no tienes ninguna oportunidad a esta distancia.
El úyinai bajó el arma lentamente ante el desconcierto de la
kaliana.
—Me sobraría tiempo para esquivar las balas y atravesarte
con mi espada… —susurró acercándose a ella—. ¿Qué te pasa kaliana? ¿Ya no estás tan segura?
—No te acerques —advirtió ella encañonándole.
—Es divertido jugar con niñitas como tú —sonrió con el hielo en la mirada.
—Pues ten cuidado… La última vez que jugamos gané yo, ¿ya no lo recuerdas?
—No tengo tiempo para perderlo con estupideces. Lo único que estás consiguiendo es prolongar tu vida unos minutos.
—¿Acaso debería darte las gracias? Eres demasiado presuntuoso, más de lo que puedo tolerar. Te advierto que no suelo
tener demasiada paciencia con los de tu calaña. Pero ¿sabes qué? hoy estoy de buen humor... Omen.
El úyinai pareció confundido al escuchar su nombre en los labios de aquella desconocida.
—¿Te sorprendes? ¡Oh, vamos! Si te esfuerzas un poco seguro que me recuerdas. Inténtalo.
—Si de veras me conocieses no te atreverías a burlarte…
—¿Recuerdas la noche que asesinasteis al Emperador
Orest?
Omen se detuvo un momento, al final ella había conseguido
captar su atención.
—Excelente espectáculo, disfruté mucho viéndole morir.
El juego le pareció divertido, de modo que se aventuró a seguirla.
—Y dime, ¿qué ocurrió después? ¿qué pasó cuando te quedaste
solo? ¡Oh! Perdona mi indiscreción. Quizás no quieras
hablar de algo tan vergonzoso.
—¿Pero tú cómo sabes?
—Haz memoria —se burló—, no creo que te hayan vencido
muchos infantes.
—Así que eras tú… No creí que sobrevivieses.
—Entonces tenía cinco años, y si la memoria no me falla te
dejé retorciéndote en el suelo.
El úyinai no pudo evitar sonreírse.
—Quizás no llegues a entender que hasta los uyins tenemos
cierto sentido del humor. Bromear con los estúpidos críos que intentan jugar a los soldados son los pequeños detalles que amenizan una batalla. Matas a sus padres y después te diviertes
con una pequeña, hermosa y furiosa flor kaliana.
—¡Estúpido engreído! Debería meterte una bala en tu asquerosa sesera —gruñó apretando los dientes.
El úyinai avanzó lentamente alargando el brazo derecho, quizás para evitar el arma o tal vez para tocar a la soldado.
—Pero el tiempo pasa, ¿y muy rápido, verdad? Y una pequeña flor kaliana tan llena de rabia se puede convertir en alguien
como tú… Mírate, tan hermosa, tan llena de ira y con el corazón tan gélido como las lunas de Annan-Zu. Tan perfecta como una diosa... —le dijo muy cerca del oído, susurrando cada una de sus palabras.
—Ni se te ocurra tocarme. Cuando acabe contigo me pedirás
clemencia ¡Ningún úyinai ha conseguido derrotar a la Emperatriz
de los kalianos!
—Hermosa e insensata… Tu soberbia y tu temperamento
te traicionan. Te estaba buscando, Emperatriz.
Y en ese momento comenzó a desenvainar su espada.
Si desea seguir leyendo el libro saldrá a principios de diciembre del 2009.
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