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- Delayed (Basado en el texto Original de Nkundi) -

servido por  bootes 25 septiembre 2011 16 comentarios


 Como el nombre de este post, llego con retraso. Aunque no sé bien para que era necesario tener prisa, ni si era necesario volver. También el nombre de este post es un pequeño homenaje a una compañera de libro arena a la que admiro por sus letras, Nkundi. Ella es, en realidad, la que ha hecho posible este breve texto.

 Basado en su texto de idéntico título (que podéis leer en el siguiente enlace a su blog personal http://www.latrayectoriadelcielo.blogspot.com/ ) es éste, un pequeño ejercicio de intertextualidad en el que se asume la idea, trama y desarrollo, así como el uso de algunas de las frases del excelente relato original, que os ánimo a leer a los que aún no lo conocéis. Humildemente quiero dedicar a Nkundi este post, espero que le guste a ella y a los que paséis por aquí en el futuro.

 Cordiales saludos,


 Boötes


DELAYED (…)


- Tienes que convencerles… Estarán un fin de semana aquí, tan solo un fin de semana y tienen que aceptar la campaña de nuestra agencia. Eres nuestra única posibilidad, tienes que convencerles… Tráeme ese contrato firmado y te daré esa cuenta. De ti depende ¡De ti dependemos!

 Esas fueron sus palabras mientras me extendía con su mano, blanca y fofa, una nota en la que detallaba el vuelo y la hora de llegada. En el garaje estaba su coche, con el chofer a mi disposición (¡Cuanta desmesura!) Tenía que acompañarles al hotel, llevarles a cenar, a tomar una copa, quien sabe si querrían echar una cana al aire y yo tendría que pagar por pedir un café a una chica de gran escote y cortísima falda; Pagado ese café a precio de oro, a desorbitado precio, con dinero de la empresa, porque todo vale para firmar uno de esos contratos. A los japoneses no les gusta esperar, así que me dirigí rápidamente al aeropuerto. Honorio, siempre tan profesional, se limitaba a conducir en silencio. Para él, ese trayecto no tenía ya ningún significado. Le daba igual que quienes vinieran, fueran unos u otros, para él solo era importante llegar a tiempo y tener contento al presidente. En definitiva, él, yo y otros cientos de millones como nosotros, ansiamos lo mismo: - No hacernos prescindibles.

 Llegamos con el tiempo justo, como si eso fuera así de sencillo. ¿Cuál es el tiempo justo? ¿Cuándo se ha de llegar? ¿Acaso cuando nos esperan? ¿Acaso cuando no? ¿Qué es lo que hace que la vida sea un trayecto de verdaderas estaciones? ¿La espera? ¿La sorpresa?

 Como siempre la previsión excede lo que ocurre y el avión venía con retraso. -DELAYED- se indicaba en los paneles informativos. Sordos paneles. Mudos paneles, que sencillamente confirmaban lo que sin querer ya me había confirmado el presidente: - Es normal el retraso en un mundo retrasado. Es normal que los negocios se retrasen cuando el retraso se llena de gozo. ¿Para qué decidir ahora, si me pueden agasajar durante más tiempo? Retraso, sí, auténtico retraso.

 Me senté en el largo corredor de esperas, rodeado de cientos de personas, cada cual con un motivo distinto a cuestas. Conformé así, mi espera. Una espera sin razones o con una razón tan vana como la mía… Ninguna tan interesada como esta espera, como este saberse preso de quien viene, de quien llega, sin apenas haber tenido una charla compartida sobre inquietudes o formas de ver la vida. Preso, al fin y al cabo, de una espera convertible en dinero. ¿Cuántos de aquellos que allí estaban sentados o deambulaban de un lado a otro, o simplemente dejaban perder la vista en los luminosos paneles móviles, esperaban por dinero? Se me antojaba difícil adivinarlo. Todos miraban al suelo, todos esperaban en silencio. Se oían algunos cuchicheos. También algún exabrupto, porque la espera era más de lo que merecía a quien se esperaba, porque el tiempo vale más que la sorpresa… Todos balanceando el cuello, mirando el panel, mirando el suelo, nadie con la mirada al frente. Nadie, excepto ella… No parecía esperar el mismo vuelo que los demás, sino el único vuelo, el definitivo. Sus ojos se estrellaban inquietos en la demora, y se abrían quizá a la esperanza. Una mujer distinta, resaltaba entre la multitud. Escrutaba la puerta que se abría, el paso de los nómadas que se extinguían, uno a uno, tras cruzar la barrera de los tres metros, donde uno ya está seguro de saber reconocer al otro. Brillaba, en la apagada sala de luz blanquecina, la mirada profunda de aquella mujer. Parecían sus ojos pendientes de atravesar los otros ojos, los de aquel a quien esperaba, con una comedida ansia que afloraba en su mirada y en sus cortos paseos, siempre con la mirada al frente intentando con ella trascender por un instante casi eterno, en otros ojos ajenos, callados ahora, pero anhelados desde hace tiempo.

 Lejos sonaban los ecos repetidos, cancelaciones, retrasos, llegadas, salidas, nombres de aeropuertos, de pasajeros que ya deben embarcar, nombres anónimos de anónimos que pasan y pasan, como pasa el tiempo cuando se espera que algo ocurra, como se detiene el tiempo cuando no pasa lo que se espera que ocurra. La felicidad es rápida, muy rápida. Tan rápida como la luz. Es posible que el gesto de esa bella mujer se reconstruya con una sonrisa, tan efímera, como el paso de los hombres por la línea que separa fronteras o motivos. Quizá, sea feliz en el encuentro, su primer encuentro, su reencuentro… Su espera se verá recompensada por una gran sonrisa o por una mueca de disgusto o por la indiferencia, la misma que yo tendré que ocultar cuando lleguen mis “queridos” japoneses.

 Imaginaba sus razones, mientras la espera se comía un tiempo que se gastaba para nada, como se arrían las velas en puertos en los que no descenderemos del barco. Apenas una mirada al perfil de las costas, ya todas iguales, hermanadas por el discurrir de un tiempo pesado, sin mensajes adicionales, consentido, avejentado sin razón o motivo. Estar por estar. Esperar porque se ha de esperar, a quien no deseas, a quien no quisieras esperar jamás. Siempre esperando con la palabra fingida en los labios y en la mano una capa de aceite de afectos cambiantes, que permita estrechar mundos que, de otra forma, ni siquiera se hubieran rozado. Y ella, ella allí, esperando de verdad, esperando un anuncio, un giro en su vida, aterrizar de verdad sobre tierra firme, resolver cuestiones que significan algo, que vienen por una puerta y se convierten en inconfundibles decisoras, comprometidas. Sin saberlo, había empezado a envidiarla. Sí, hubiera querido esperar algo, esperar que la fe se encontrara con la certeza que la colma y le da razón de existencia, esperar que seamos lo que somos en otro lugar, representados y admitidos, conformarnos de otra visión que nos haga genuinos, que nos acepten o nos rechacen, pero con la firmeza de haber estado allí esperando que eso ocurra. Alejados de la soledad en la que nos acaba enquistando esta forma hipócrita de asentir a la vida y dejar que el tiempo pase, sin comprender que algún día será tarde, demasiado tarde. Me di cuenta de que no la envidiaba tanto a ella, como a quien esperaba. Deduje de su mirada, de su prestancia hasta en los titubeos de sus giros, que deseaba que aquella mujer me esperara a mí. Y entonces, el sentido de la espera se tornaba aún más excitante. Saberse esperado, admitido con la finalidad de hacerse parte de una o de miles de decisiones y que unos ojos interrogantes se abran para conculcar razones y palabras, para afirmar o desmentir que todo el tiempo no fue absolutamente en balde, que alguien, al otro lado, abrió la botella y que leyó el mensaje, que se tomó la molestia de esperar al náufrago, para decirle simplemente:

 - Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.

 Una neblina apagada rodeaba el vestíbulo de llegadas. Cientos de seres se trasladaban con sus maletas de un lado a otro, conexiones de vuelos, carreras al metro, a la parada de taxis o de autobuses. Comprobaban que estaban en otro lugar, abrían sus móviles, parloteaban sin descanso:

 - Ya estoy aquí, he llegado ya…

 Entonces ¿Les esperaban? Necesitaban decir “ya estoy aquí” ya lo estoy de verdad, he llegado, tal como prometí, tal como dije, soy yo ¿Para qué esa aproximación que cuando te esperan ya es segura? El tiempo de nuevo, el tiempo embustero de los que esperan que, a veces, lo hacen por puro convencionalismo. Esperamos porque nos han dicho que vienen, no porque dijimos que queríamos que viniesen. Puede que nadie nos espere nunca, pero no dejaremos de anunciarnos, como si con ello sintiéramos que nos esperan, pero no, yo no esperaba a nadie. Ellos quisieron venir, porque así lo habían decido el presidente y ellos mismos, mis simpáticos japoneses.

 Sonó mi teléfono:

 - ¿Leandro? Soy Akikazu Tokoro, ya hemos aterrizado.

- De acuerdo Akikazu, les espero en el vestíbulo de llegadas. El coche está listo para llevarles al hotel.

 Mi espera estaba a punto de terminar, como una espera más que certificaba que también muchas esperas son parte de la rutina de la vida y que no es necesario desgastarse, ni sufrir, porque rara vez ocurre nada en lo que no debamos intervenir. Sentí profundamente que hubieran llegado aquellos menudos japoneses con ganas de pasarlo bien. Seguía prendido del gesto imperial y decido de aquella mujer, que resultaba un enigma para mí, pues, por primera vez, me sentía angustiado por no ser nadie para quien esperaba con esa firmeza, con esa impaciencia que irradiaba serenidad. Aquel era el momento de la distinción y aquella era mi última posibilidad. Era ese momento en que debemos dar un paso y dejar de ser anónimos. Quizá nunca más desearía ser esperado, quizá no hay más razones evidentes en la vida que encontrar quien esté dispuesto a concentrarse en la espera, a creer en ella, firmemente convencida de que algo aguarda tras el esfuerzo, tras la creencia, para acabar asegurando que la vida también dispone de una magia especial que siendo como nos es, esquiva, algunas veces proyecta un largo halo de luz que alumbra varios rostros al mismo tiempo. Lentamente me fui acercando a ella. A medida que avanzaba entre la multitud, notaba marcadas sus facciones y en su rostro una leve mueca de duda, además de una sutil sonrisa amable. Después de todo, hoy en día podemos estar fácilmente muy cerca de alguien. Podemos viajar al lado de un desconocido trece horas sin dirigirle la palabra, podemos recostarnos en él y dormirnos sin saber quién es, sin saber, siquiera, que nos estamos durmiendo. Podemos compartir dos metros cuadrados escasos con alguien a quien no volveremos a ver, como otros se acuestan cada día al lado de quien conocen como a sí mismos. Así es de curioso el espacio, el tiempo y el ser humano. ¿Sentiría ella ese acercamiento como el de un desconocido? Su pensamiento cancelaba mis pensamientos. Llegó a darme igual no ser nadie y, por un momento, deseé estar a su lado y decirle tan solo: “- Ya estoy aquí, he llegado ya… “

 Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron. Ella mantuvo largo rato sus ojos, explorando mi rostro, escrutándolo, quizá, comprobando en mis rasgos si el final de su espera y de sus dudas estaba próximo, quizá era más mi deseo que su motivo. Luego, sacó un bolígrafo y apuntó algo en un trozo de papel que arrancó de una pequeña libreta. Me vi ante ella, tan cerca como nunca pensé que estaría. De nuevo un suplemento ¿Un nuevo final para la espera? Su mirada volvió a posarse en mis ojos, apenas debió durar un segundo, pero la sentí eterna. Me ruboricé de inmediato, por mucho que quisiera poner de mí a su alcance, una solo mirada suya había abrasado la médula, aquella a la que la carne y el hueso rodeaban y que se creía inmune al tiempo y al espacio, a los hombres y mujeres, pero sobre todo, a las esperas. Me dispuse a hablarle, necesitaba rebajar la intensidad de aquella perturbación momentánea, saber, en definitiva a quien esperaba, por qué esperaba, y, sobre todo, hasta cuando estaba dispuesta a esperar, que es lo que mide la importancia de lo que se espera. De repente, observé que miraba de nuevo al frente y que respiraba profundamente, como si absorbiera todos los minutos previos y los expulsara de repente en aquel momento. Vi como la rodeaban unos brazos y, por fin, pude escuchar su voz: - “Que paz tu abrazo”

 Al momento, era Akikazu quien me tocaba en el hombro y con su aguda voz repetía:

 - Buenas tardes, Leandro, ya hemos llegado…

 Rápidamente, ella se perdió con él, entre la marea humana, pero en su huida, más allá de mis anhelos, de cualquier espera o de todo lo que pude haberle dicho, vi que de su mano caía una nota que aterrizaba sosegadamente en el suelo de la terminal. Me agaché a recogerla enseguida. En ella, con letra mayúscula y perfecta, estaba escrito:

 - Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.

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16 comentarios  -  Escribe aquí tu comentario

lo dijo carme 22 mayo 2011 | 8:23 PM

Hola, Boötes, bienvenido. Me alegro mucho de tu vuelta. Y vuelves con un texto precioso, con esa disección de la espera, llena de luces y sombras.
Un abrazo.

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lo dijo Boötes 23 mayo 2011 | 10:17 AM

Hola Carme, muchas gracias por la bienvenida. No te has hecho esperar Me alegra que te haya gustado y me alegra verte aquí.

Un fuerte abrazo

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lo dijo enlabasílica 23 mayo 2011 | 10:42 AM

Mucho me alegro de tu vuelta, tanto, que ni me he leído aún el texto, con las ganas que tenía de saludar. Lo hago ahora y, así que pueda, te lo comento en condiciones.

Feliz regreso a las arenas

Un beso

Amelia

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lo dijo enlabasílica 23 mayo 2011 | 11:33 AM

¿Qué es la vida, sino una constante espera? Espera de circunstancias, espera de acontecimientos, espera de promesas vertidas en tiempos de espera, espera de realidades y de certezas y espera de aquellos que se asoman al patio de nuestra existencia, desde el umbral... y ¿por qué no? espera de hechizos, de magia, de promesas vertidas en sueños, de ilusiones y del batir de alas de lo etéreo, y, por supuesto, espera de aquellos que ya han atravesado los umbrales de nuestras puertas. Y entre espera y espera... ¿no es posible acaso que se cumplan las espectativas?

En cualquier caso, al final de la espera, siempre habrá alguna palabra para darle sentido

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lo dijo Boötes a Enlabasilica 23 mayo 2011 | 10:38 PM

Me alegra que te alegre mi vuelta, aunque, como bien sabes, en realidad, estaba aquí al lado en otro sistema con menos fallos y dolores de cabeza y, seguro, que más robusto que éste. Aun con todo eso y dado que no ha habido forma de que jamás dieran de baja mis datos personales en este lugar, pues he convenido en regresar y utilizarlos, que, al fin y al cabo, son míos. Te agradezco tu bienvenida. Siempre tan amable y atenta, Amelia.

En cuanto a este discreto relato, en realidad, yo solo tomo la idea del magnífico texto de Nkundi y le doy el enfoque desde el punto de vista de un desconocido personaje en parecida o similar situación de espera. Esperaba de ti un análisis desde la perspectiva de la intertextualización, pero veo que solo te ha atrapado la lectura ligera y no has ido más allá del contenido. Seguramente debo emplearme más a fondo para que eso ocurra y atraer al lector hacia esa vertiente del texto. No basta con indicarlo en el prólogo. A ver si en futuras entregas lo consigo.

Las esperas nacen de una expectativa, salvo las que son obligadas e irrenunciables, que surgen de una imposición. Imposiciones hay de todo tipo, de ahí que nunca sepamos lo que espera cada uno, si lo hace basándose en sus expectativas, por imposición o necesidad y, dentro de este grupo, qué o cuál es la necesidad que le impulsa o por la que se ha impuesto una espera. Daría para unos cientos de novelas, saber que espera cada uno de su vida. Todo un reto, muy de palabra, pero me temo que también de mucho trabajo de campo y de recopilación.

Gracias por tu acogida, Amelia.

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lo dijo enlabasílica 24 mayo 2011 | 12:00 AM

Bueno, se me han ocurrido muchas cosas al leer tu texto, aunque me haya centrado en lo más evidente. Desde la vacuidad de quién no se reconoce a sí mismo, excepto en otros, volcado en ese sentir la necesidad de ser esperado, como si uno mismo no bastara para vivir todos los presentes, todos los pasados y todos los futuros posibles; hasta la aleatoriedad con que se definen destinos.

Tal vez porque me siento más identificada de lo que puedo manifestar en tu personaje (me siento en él; me siento en ella), en tránsito hacia mi propio yo. Tal vez porque lo que viene con restraso sea mi propia toma de conciencia. ¿No será que uno, en cada recodo y en cada retraso, sólo se espera a sí mismo?

Siento no estar a la altura de las espectativas. Tal vez no sea hoy mi día. O puede ser que las palabras, aquellas en las que he confiado tantas veces, no se sientan hoy a gusto en su montura, y hayan decidido buscar mejor puerto. En cualquier caso, de algo si estoy segura, a tí, las palabras, no te han abadonado. Te felicito por ello.

Un beso muy grande

Amelia

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lo dijo Bootes a Enlabasilica again 24 mayo 2011 | 12:28 AM

Me alegra que hayas regresado para decir lo que tenías pendiente. De algún modo, has colmado una espera.

Seguramente en toda espera está ese reflejo que señalas, el de esperarse a uno mismo, o reconocerse en el tiempo y en lo que nos hace esperar, sean hechos, consecuencias o personas.

No es una cuestión de mejores o peores días, simplemente es que yo no me conformo con lo obvio, pero me puedes mandar a tomar viento fresco, tampoco tiene mayor historia.

Gracias por regresar.

Un beso, Amelia.

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lo dijo Artemis 24 mayo 2011 | 12:36 AM

Saberse esperado con esa intensidad, saberse capaz de dar valor a ese tiempo de espera, saberse el final feliz en un abrazo lleno de paz (cuánta seguridad se puede llegar a encontrar en un abrazo...), a quién no le hubiese gustado ser el rostro que ella espera encontrar entre la muchedumbre?
Precioso este ser espectador de una historia ajena, complementas el relato de Nkundi desde una perspectiva muy original. Me han encantado los dos y te doy las gracias por tender un puente hacia su cielo, ha sido un placer reencontrarla.
Un beso Boötes

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lo dijo Boötes a Artemis 24 mayo 2011 | 9:04 AM

No sabes como me alegro de tender puentes y de acercar cielos, palabras y afinidades.

También hay una espera poética que amplía las palabras y las engrandece hasta convertirlas en participes activas de los sentidos. Por eso, porque la intensidad ha de estar en la raíz de todo sentimiento y acción en nuestras vidas. Cuanto más ha de estarlo en la etapa de preparación, donde el anhelo crece. En realidad, es lo que forma el verdadero grueso del disfrute de estar vivo.

Gracias por venir, Poeta.

Un beso, Artemis.

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lo dijo Nkundi 24 mayo 2011 | 10:29 PM

Da un poco de rubor aparecer, tras una larga ausencia. Más aún siendo mencionada por aquéllos cuyas letras admiro... Pero ya estoy aquí, para darte las gracias por haber embellecido aquella escena con el suave deambular de tus palabras.

He leído varias veces el relato, algunas de ellas en voz alta y animo a quienes pasen por aquí a hacerlo de esa manera, para que puedan sentir el arrullo del buen escribir. Claro que, todo hay que decirlo, a veces dejaba de hacerlo en voz alta, sin darme cuenta, cuando pasaba a sentirme parte del relato; porque esa es otra facultad que practicas sin esfuerzo, la de trasladarnos allí donde te propongas, da igual escena o pensamiento. Tal es el poder de tu narrativa.

Es evidente que admiro tu forma de escribir, pero estoy segura de que cualquiera que se detenga a leerte estará de acuerdo en que ésas y otras cualidades hacen, de tu escritura, disfrute.

Gracias, de corazón, por este precioso regalo. ¿Que si me ha gustado?... ¡Me ha encantado!!! ... y emocionado.

Muchos besos, Boötes (a tus visitantes también, claro

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lo dijo enlabasílica a bootes y, con permiso, a Nkundi 24 mayo 2011 | 11:02 PM

Si al placer de leerte a tí (indiscutible), unimos el placer de reencontrarnos con Nkundi (otra de las mejores plumas que han pasado por este espacio), la cosa toma tintes de gloriosa. Me alegro infinito de volveros a leer a ambos, y me encantaría que Nkundi retomara también su blog. Sin duda, la categoría de este espacio se vería muy, pero muy reforzada por quienes acarician palabras y hacen, con ellas, auténticas filigranas.

Un beso, Nkundi. Me alegra saberte por aquí

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lo dijo Boötes a Nkundi 25 mayo 2011 | 8:02 PM

Lo importante es aparecer, estar, formar parte. Me alegra que te haya gustado, encantado y emocionado, porque esos eran los objetivos básicos de escribirlo, verte aparecer y emocionarte un poco. . Te agradezco que me hayas confiado el texto original y espero devolvértelo en plena disposición de uso, que las letras no se desgastan, crecen, curiosamente crecen siempre al entregárselas a otros, porque de cada ficción surge otra. Así es la escritura un añadido a lo añadido, un ser donde no se era, un estar donde nunca se estuvo.

Agradecerte a ti el texto original que ha dado lugar a la secuela y a poder saludarte por estas otras tierras (que de momento no dan los fallos de antaño).

Muchos besos, admirada amiga Nkundi, siempre un placer, siempre una alegría verte aparecer en cualquier lugar y momento.

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lo dijo magodeilusiones a Bootes 12 octubre 2011 | 4:28 PM

Y a la idea trazada con maestría y brevedad del relato corto que nos dejó Deaire Nkundi, se le une una voz que desdobla el tema. Vagamente Bootes como siempre me deja el sabor del relato largo, así como si de un asomarse a la novela se refiere. Acaba en su ir a venir de los chinos a la terminal, y de la terminal a los chinos (tienen que ser chinos porque son los que tienen dinero ahora), trazandonos el esbozo de dos personajes. La primera persona, que lucha entre su deber y sus sueños. Consigue ese personaje inventariar una pasión en cada detalle de la espera ajena, e iluminar su aparentemente anodina existencia, paso a paso sin prisa, de trabajos y chinos a una presencia que se destaca de la multitud.Al final nos remata, como un prestigitador experto en alas de una nota lapidaria. Bravo, estupenda polifonía a dos voces. Mago

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lo dijo Boötes a mago 12 octubre 2011 | 7:32 PM

Bueno, chinos o japoneses, que más da... Agradezco tu análisis y me alegra verte de nuevo por aquí, Mago.

Saludos

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lo dijo de mago a bootes 04 noviembre 2011 | 1:45 AM

Me encanta como mezclas el humor mientras pintas a los personajes. De ahí que te plagiase en mi comentario. Tienes una prosa contundente y profunda. Si algun día te atreves con una novela, comparte, estaría muy interasado en leerla. Mago

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lo dijo abuela normanda 13 01 2012 | 12:31 AM

Un texto preciosa, pero no es tan preciosa tu ausencia, volviste y te marchaste de nuevo, ¿todo te va bien amigo?
muchos besitos

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