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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


Akelarre

servido por  lainsulaeterea 03 mayo 2012 14 comentarios

Alcanzamos el prado con una rapidez inusitada. Los rayos de una luna colosal convertían el verdino manto estival en un oleaje de hebras de plata mecidas por el viento húmedo que arribaba allende las costas. El rebaño dormía plácido, agrupado a orillas de un cortado que lo guardaba del brumoso aliento del dios de los céfiros. Algún cordero, despertado por nuestros pasos, se desperezó y encaminó sus pezuñas torpemente hacia nuestro encuentro. Presta, su madre acudió hasta él sin atisbar nuestra presencia y lo recondujo, no sin cierto barullo, hasta el grupo. El cordero baló levemente, en clara señal de descontento, y al instante amaneció una inmensa sombra barbada sobre el cortado. De tan hermanado su pelaje con la oscuridad, apenas distinguí el brillo infernal de sus ojos cuando balanceó levemente su cabeza al golpear, con sus cascos, la piedra del saliente que lo sostenía. El cordero inclinó las orejas, sumiso, y madre e hijo, cabizbajos ambos, se tendieron sobre el pasto y se enfrascaron en un profundo sueño.

Apenas Maialen tuvo que tirar de mí unos cuantos metros para llegar hasta la entrada de la cueva. Quedé fascinada por las dimensiones de aquel lugar. Se trataba de una gran gruta horadada en la montaña que de tan profunda la había atravesado de lado a lado. Según me contó Maialen de camino, los dioses antiguos, los verdaderos, habían sido los encargados de vaciar la gruta para guarecerse de una gran tormenta. Pasaron muchísimos años hasta que nuestros antepasados la descubrieron, pero algunos de ellos, a través de los tiempos, sobre todo las elegidas, eran capaces de capturar dentro de sí el rastro que de sí mismos los dioses abandonaron en esa cueva, y por ello, por su carácter divino, resultó ser el lugar elegido para reunirse en las noches dedicadas a honrarles para no olvidarlos, para revivirlos lejos de la impostura latina.

Anduvimos hasta el centro de la gruta para reunirnos con el resto de vecinos, muchos de ellos sentados a ambos lados de una gran mesa. A unos los conocía y a otros no. Estaban Josetxo el esquilador; Iñaki e Inazio, los gemelos carboneros; Olatz, Maitane y Saioa, primas y de profesión cesteras; Belasko el herrero, Kontxesi la aguadora o Bittor el guarnicionero. Algunas caras me resultaban familiares, más me resultaba del todo imposible darles nombre u otorgarles parentesco. Probablemente serían vecinos de los pueblos cercanos que acudían, como nosotros, a rendir pleitesía a los padres primeros.

Comimos y bebimos. Reímos y cantamos. Nuestra brava lengua se alzaba rizada por encima de nuestras cabezas y marchaba en rizado viaje, como el del humo de la hoguera que un rato antes había cocinado nuestras viandas, hasta diluirse ambos, humo y lengua, en el silente de una noche abierta de verano. Maialen y yo quedamos emplazadas frente a Bittor y Josetxo. Tenían nuestras mismas edades, y entre juegos y miradas furtivas, ayudados del vino que toda vergüenza relega, transcurrió la cena sin apenas darnos cuenta. Corrieron varios platos de membrillos confitados por las mesas. Queso nuestro. Nueces. Y un bebible que nunca antes yo había probado, y que de tan caliente y espeso repudié al inicio. Bittor me animó a aguardar un tiempo, el necesario hasta que pudiese sostener el vaso sobre la palma de mi mano durante unos segundos. Así lo hice y la bebida reposó, y cuando nuevamente fui a tomarlo con cierto recelo, descubrí que los sabores se habían alterado, y que lo que antes me resultó extremadamente amargo, entonces tenía un gusto amable y dulce. Lo tomamos de un trago, dimos gracias a los dioses y los más mayores comenzaron a levantarse de la mesa. Maialen y el resto hicieron lo propio, y anunciándome que había llegado el momento de la ceremonia, me cedió el paso para que, en fila y ordenados, caminásemos hacia el fondo de la cueva.

Así lo hicimos todos juntos, alejados de un extraño ruido que se escuchaba a nuestra izquierda, junto a nuestros pies. Inquieta, pregunté cuál era su origen dado que no veía sino oscuridad y Bittor, entre risas, me contó que se trataba del discurrir de un río junto a la pared de la gruta, y que, si no quería caer a él de un desafortunado descuido, debía ubicar todos mis sentidos para seguir el camino de quien me precedía.

Ascendimos por un lateral de la gruta, por un acceso escalonado cuyas paredes rezumaban un sudor húmedo. Al llegar arriba, recorrimos unas decenas de metros a través de un angosto sendero flanqueado a un lado por la roca de la montaña y por el otro un nuevo prado. Al final, pude ver el dorado brillo de una hoguera que relampagueaba a la entrada de una nueva cueva, esta mucho más minúscula pero con capacidad para albergarnos a todos. Cuando entramos en ella, nos fuimos colocando formando un semicírculo en torno al fuego. Ante nuestros ojos se erigía un curioso altar de roca, como si un enorme tirachinas se hubiese tallado del suelo al techo para luego encajarlo. En el centro, donde se disgregaba la columna vertical para conformar dos oblicuas, se consumía el fuego de dos antorchas situadas a cada lado, y entre ellas, como presidiendo el lugar, una enorme calavera caprina con cuernos distantes y enroscados, probablemente perteneciente a un gran macho.

Maialen me susurró que prestase atención, que la ceremonia estaba a punto de comenzar. Me contó también que estuviese preparada para cuando ella misma viniese a por mí, que no temiese nada, que estaba en buenas manos, que me dejase llevar. Asentí dubitativa, pues no sabía a qué me iba a enfrentar, pero al mismo tiempo ella era mi amiga y en ningún momento pensé que ella sería capaz de permitir que me ocurriese nada extraño.

De un lado de la cueva, una de las mujeres mayores se acercó al fuego esbozando una extraña letanía en nuestra lengua materna. Arrojó sobre las llamas una suerte de polvos y aquellas, como por mano divina sometidas, quedaron reducidas a su mínima expresión, apenas rebrincando unos dedos sobre sus propios rescoldos. La visión en la cueva quedó reducida pero, a pesar de mi nerviosismo ante la nueva situación, nadie salvo yo y alguna muchacha joven, manifestó incomodo alguno ante la falta de luz.

De pronto, Maialen se levantó de mi lado y acudió hasta la fogata. Hicieron lo propio otras tantas mujeres jóvenes como Maialen, entre otras las tres primas cesteras. Reunidas en torno del fuego, y sin apenas mirarse, comenzaron a cantar una canción con voz queda, alzaron sus manos y sus miradas lentamente hacia el techo, como tratando de encontrar algo más allá de la roca para atraparlo y, con un súbito movimiento, extendieron sus manos hacia los rescoldos. En ese instante, los versos se hicieron más audibles, y pude escuchar que convocaban a las fuerzas de la madre tierra, del mar, del viento. También del fuego. Se dieron las manos unas a otras, cada una con quienes tenían a ambos lados, y así, formando un círculo hilado de dedos y manos, danzaron y saltaron, y con cada salto, las llamas parecían revivir mientras ellas levitaban en el aire, y crecían en intensidad y altura a medida que sus voces engordaban su ímpetu, así hasta que ultimaron su cántico, elevándose en el último de sus saltos las llamas por encima de sus cabezas para quedar mustio y aletargado cuando el silencio se apoderó nuevamente de la gruta.

Todos nos hallábamos fascinados. Lo podía intuir en el brillo acuoso de los ojos de quienes me rodeaban. Las danzantes, que habían quedado agachadas frente al fuego con una de sus rodillas lamiendo el suelo, como postradas en reverencial gesto de obediencia, permanecieron asombrosamente inmóviles con los brazos estirados y las puntas de los dedos tiznadas de los restos de la hoguera que se habían consumido y apagado. Quise levantarme para ver qué ocurría, porque me fijé en el pecho de Maialen y comprobé que ni siquiera oscilaba al respirar. Presentí lo peor y traté de interesarme por ella, pero en el momento de levantarme, Él apareció.

Una densa humareda, azulenca y mohína, envolvía al completo su cuerpo entero. Percibí su silueta poderosa, bruna y umbría, cuando cruzó por delante del acceso a la cueva y los rayos de la luna lo iluminaron al través. Poseía una envergadura hercúlea, apreciándose unos brazos poderosos a ambos lados de un torso desnudo, poblado e infinito, capaz de albergar en su interior un navío de batalla. Caminaba con ritmo acompasado, lento, dejándose ver por los presentes. Sus hombros contravenían, al andar, a sus pies, y el movimiento resultaba tan ajustado que por su marcialidad parecía el de un soldado o puede que el de algún miembro de la realeza. Portaba, en su mano izquierda, un cuenco de madera y procuraba que su contenido, a punto de rebosarse, no se desprendiese al atravesar la cueva. Su cara era bestial, mezcla de humano y carnero, habilitado de cuernos de éste y nariz de aquel. Maialen y las demás acudieron hacia él. Hacían girar sus cuerpos en torno de la presencia de tan extraño ser, y rotaban y rotaban subiendo y bajando los brazos, cantando y mostrando la alegría que sentía por su llegada.

Él subió por detrás del altar y tomó asiento, ocupando el lugar de la calavera. Dos de las mujeres recogieron las antorchas y se colocaron en sus flancos mientras una tercera se llevaba la huesuda cabeza de carnero. Desde allí, Él nos observaba y nosotros apartábamos la mirada. Poseía el látigo en el mirar y lo arrojaba sobre quién osase mantenerle la mirada bien por osadía, bien por curiosidad. Pronunció varias oraciones, agradeciendo ver nuevos rostros entre los que nos habíamos congregado y pidió por atraer buenas cosechas para los campos y capturas abundantes en sedales y redes de ríos y mares próximos. Habló de nuestros antiguos dioses, de su fortísima presencia al saber que nos habíamos reunido para honrarles. Incluso llegó a hacernos tocar el suelo con la punta de los dedos para que sintiésemos su manifestación. Todos seguimos sus órdenes y bien puedo decir que, al hundir mis yemas en la tierra húmeda, sentí adentrarse dentro de mí algo de lo que no soy capaz de dar detalles pero que únicamente puedo asentir que me hizo sentir poderosa.

Seguidamente, Él recogió el cuenco de madera con ambas manos, se levantó y caminó hacia las brasas de la hoguera que expiraban en el suelo. Cada uno de los pasos dados, para nuestra sorpresa, pareció infundir aliento a las ascuas y éstas comenzaron a brillar vivamente hasta que explotaron en una gran llama que ardía con fuerza sin madera nueva que la alimentase. Elevó el tazón hacia el fuego, musitó unas palabras y Maialen, junto a las demás, se apresuraron a recoger, en varias escudillas, el verdusco líquido que Él comenzó a derramar. Una vez hecho esto, se retiró a la oscuridad de la gruta y ellas depositaron sus platos en el suelo y caminaron, cada una en un sentido, hacia nosotros.

Maialen se fijó en mí, sonrió levemente, me extendió el brazo cuando estuvo a mi altura y, tendiéndome la mano, me invitó a acompañarle. Fui tras ella engarzada a sus dedos, húmedos y calientes como nunca antes había tocado alguno, y juntas esperamos en el centro de la gruta, junto al fuego, a que las demás hiciesen lo propio reuniendo a otras tantas muchachas tan jóvenes o más que yo. Maialen alzó su voz y dio orden de comenzar. Parecía ser la líder y hasta que ella no se pronunció, el resto permanecieron a la espera de sus palabras.

Se puso enfrente de mí, mirándome como jamás lo había hecho. Pude sentir la llama que envolvía su cuerpo arder en sus ojos. Rodeó mi cuerpo, se puso a mi espalda y desplazó sus dedos desde la palma de mis manos hasta los hombros, y luego el cuello. Tomándome por el mentón, lo giró con suma delicadeza hacia mi izquierda y besó mi boca. Fue un beso corto y dulce. Me ruboricé de inmediato pero su sonrisa pícara acalló mi disconformidad. Sus manos volvieron a mi cuerpo y de mi cuello descendieron a mi espalda, luego a mi vientre. Encallaron en mis pechos. Sus dedos se movían con tanta precisión sobre mi camisola que pronto los encresparon. Mientras, ella besaba mi cuello y yo, que me sentía observada, sucumbía al placer que sentía en aquel momento. Desabrochó los botones de mi camisola que descendían hasta mi ombligo y fue tirando de ella poco a poco, mostrando primero mis hombros, mis brazos, mi busto. Volvió a ponerse delante de mí con tanta rapidez que apenas pude ver cómo se relamía al observar mi cuerpo cuando se lanzó sobre él para lamer mis pezones. Entretanto, buscó con sus manos el broche de mi falda y lo encontró al final de mi espalda. Fui incapaz de sentir cuándo cayó mi saya, pues en ese momento, arrebatada por un ardor incontrolado que brotaba de mis entrañas, y llevada en volandas por los gemidos de las otras chicas que me rodeaban, apenas escuchaba o veía nada más que la lengua o los dedos de mi querida Maialen.

Me pidió que me tendiese en el suelo y así lo hice. Mi corazón golpeaba mi pecho con estrépito, quería escapar de su cárcel de hueso. Cuando los dedos mojados de Maialen contactaron con mi piel, un frío áspero recorrió mi cuerpo. Con la otra mano levantó mis brazos y extendió el ungüento parduzco de Él, que un rato antes había recogido en una escudilla, sobre mis axilas. Mientras, yo no dejaba de mirarla, tratando de adivinar sus próximos movimientos. Volvió a hundir sus dedos en el ungüento y con sólo percibir la proximidad de su mano húmeda en torno a mis muslos, mis piernas se entreabrieron, arqueé mi espalda y respiré tan profundo como pude para contener un gemido que combatía por cruzar al otro lado de mi garganta.

En mis ingles, blancas y puras, el ungüento quedó adherido propinándome una sensación fría que erizó mi vello, más Maialen lo frotó repetidamente durante unos segundos hasta que experimenté la sensación contraria. De pronto, el infierno había hecho de mi entrepierna paisaje, y creí que me moría. Por suerte, Maialen se colocó sobre mí, besó mi ombligo, lamió mi vientre, atrapó entre sus manos mis jóvenes pechos y, llegándose hasta mi oído, me dijo, ahora viene lo mejor.

Se incorporó al instante y lo mismo hicieron las demás danzantes, dejándonos a las más jóvenes tumbadas en el suelo. Nos pidieron que nos emparejásemos y así lo hicimos. A mí me tocó con una chica pecosa, de cabellos naranjas y rizados y pechos abundantes. A su lado, los míos quedaban en nada y fue entonces, y sólo entonces, cuando parecí que despertaba de un sueño y sentí cierta vergüenza. Maialen debió darse cuenta y procedió con rapidez. Se sentó junto a nosotras, se abrazó a mi compañera y la besó, alojando su lengua en la profundidad de su boca. Al retirarse, me invitó con la mirada a que repitiese su acción, pero yo permanecí parada. La pelirroja, sin embargo, no dudó ni un instante, se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme con fruición. Sus labios eran mucho más ásperos que los de Maialen, su lengua era más torpe que la de mi amiga pero suplía sus carencias con la pasión que la llenaba. No me gustaba su manera de besar y decidí apartarla de mí pero de improviso, sus besos me mortificaron de placer y un ardor renovado crecía nuevamente en mi interior, cerrándome los ojos de gozo. No entendía cómo esa chica había conseguido en un instante lo que no había logrado después de varios intentos. Abrí los ojos, busqué a Maialen pero no estaba en su lugar. Me deshice violentamente del beso de la pelirroja y descubrí entonces a mi amiga entre mis muslos. Era ella la que provocaba en mí el placer, era ella quien desataba mis emociones. Allí permanecimos las tres, entregándonos nuestros cuerpos, degustándonos, y el tiempo fue pasando fuera de la cueva mientras en el interior yo perdí toda referencia cuando Maialen, con sus dedos expertos y su lengua deliciosa, me hizo volar y gritar a un tiempo, contrayéndome para gemir quedo como una gata celosa.

Satisfecha, Maialen echó a un lado a la pelirroja y me quiso sólo para ella, y me besó repetidamente hasta que volví a sentir, entre mis piernas, una nueva boca, más áspera y menos sutil. Miré a un lado, al que se había retirado la pelirroja, y efectivamente allí estaba, observándome con lascivia, impaciente por asaltar mi cuerpo pero aguardando su turno. Me prengunté entonces ¿quién me probaba?

Sus cuernos oscilaban como los de una cabra lamiendo sal, entregada y ansiosa. Apenas duró allí unos instantes cuando pidió a Maialen que se apartase. Ésta hizo lo que él le demandó y Él dejó caer su enorme anatomía sobre mi cuerpo. Visto desde fuera, únicamente a él se le veía, su piel aceitunada, su boca jadeante. Yo quedé paralizada, tal era la rotundidad de su presencia. Sentí cierto temor al tenerlo tan cerca de mí y creí que el aire me faltaba. Él, que andaba rebosante de deseo, detuvo las dentelladas que asestaba sobre mis pechos y cruzó el gesto. Maialen, que estaba pendiente una vez más, intervino colocando su dedo índice sobre mis labios para tranquilizarme y pedirme calma mientras se iba hacia él.

Comenzó abrazándose a su cuello al tiempo que lo besaba y le ofreció sus pechos. Él, puesto de rodillas, la cogió entre sus brazos y ella quedó frente a él, también de rodillas y dándome a mí la espalda. Mientras él se entregaba a sus pechos, ella juntó sus piernas recogiéndose a mi derecha y agarró con fuerza el falo de Él, acariciándolo lentamente primero con los dedos y luego con toda la mano. Cuando lo creyó oportuno, Maialen regresó a su posición anterior, esta vez más cerca de mí, y comenzó a besar mis labios y mis lóbulos. Entretanto, Él abrió mis piernas, se encajó dentro de mí, y comenzó a embestirme con una fuerza desmedida. Maialen, que me observaba en posición contraria frente a mí, descendió hacia mis pechos, lamió mis pezones y los chupó reiteradamente, sin dejar de hacerlo hasta que Él cayó sobre las dos, exhausto y derramado.

Aquel era el momento deseado por todos los presentes, el instante en el que todos cayeron sobre todos, se abrazaron, se desnudaron, se recorrieron, se buscaron y se encontraron, se atraparon y se arrebujaron, y en un mar de salivas, sudor y piel, pecaron, pecaron y pecaron.

Y yo, con ellos. Por muchos años. En la cueva de los dioses. La recorrida por el mal llamado, y desde hoy, por siempre, infernuko erreka, o regata del infierno. Por diablos nos tienen. Demonios ellos, que nos niegan la paz y nuestros propios credos.

Hoy me quemarán en una hoguera. Me dicen bruja. Más si por permitir disfrutar de mi cuerpo a otros y hacerlo con los de los demás es un mal mío a desterrar del mundo, llámeseme bruja, arda en la pira más alta o arrójeseme al río más profundo con un saco de cantos al cuello. Dígaseme cualesquiera cosa que convenga para mofa suya y quebranto de mi persona, que yo seré reina del deseo, ama del placer, y dueña de mi propia mente y de cuerpo, lo que nunca será nadie que viva encerrando el gozoso padecer bajo siete llaves de temor, de vergüenza, de envidia, de odio, de rechazo, de incomprensión y desconocimiento.


 


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14 comentarios  -  Escribe aquí tu comentario

lo dijo ♥ Yolanda ♥ 03 mayo 2012 | 12:38 PM

Mi queridísimo Caballero,

Las huestes de la oscuridad siempre lucharán encarnizadas contra todo aquel que pretenda arrancar la hipocresia y la frustración disfrazadas de brujeria...no, no estoy hablando de Rajoy mi zeru, aunque lo parezca, y es que parecido es el miedo y el temor que lo desconocido y lo incontrolable despierta en las mentes oscuras, obsoletas y obscenas, o sease, LA INQUISICION ( que no es Rajoy, pero bueno, la Aguirre se le acerca si...).
Es buenísimo, y contado con esa maestría tuya, involucrándonos a todos en cada una de las frases de tu relato...cuanto mal ha hecho y hace a la humanidad, la estrechez de mira y la frustracion personal...

Que placer tan inmenso volver a leerte por estos lares, mi Caballero. Se hizo la luz..

Un dulcisimo beso, mi Guerrero.

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lo dijo joan 03 mayo 2012 | 12:51 PM

todo esta en su sitio, en la gruta (que es vida) y en el libro que no es tiniebla

un abrazo

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lo dijo meiga 03 mayo 2012 | 1:47 PM

¿Por qué será que me suena todo esto...? Me ha encantado tu post y me alegro de verte otra vez por aquí.
Un beso

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lo dijo Sorti 03 mayo 2012 | 8:47 PM

Usted es un crack, y lo sabe... ¿Pues no me ha hecho sentirme entre antorchas y caricias?

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lo dijo Luciana 03 mayo 2012 | 9:09 PM

Hola Caballero, es un placer leerte y más aún cuando escasean tus letras por aquí. Apareces poco, pero cuando lo haces nos deleitas. El mensaje que nos dejas es tremendamente cierto en este mundo de censuras y vidas llenas de frustraciones. Excelente también tu selección musical.
Un beso y ojalá sea real un hasta pronto, aquí en tu casa

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lo dijo Cambalache 03 mayo 2012 | 9:26 PM

Sigues siendo un maestro en la descripciones. Tu pluma tiene la solidez propia de un gran escriba. Te leo con verdadera admiración siempre. Saludos.

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lo dijo princesalidia 04 mayo 2012 | 10:23 AM

¡Chapeau! Me tienes totalmente rendida a tu pluma...
Un besooooooooo

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lo dijo eva39 05 mayo 2012 | 1:10 AM

Tu relato precioso,como siempre. La música una maravilla, porque Mago de Oz me encanta.Un saludo caballero.

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lo dijo ABUELA NORMANDA 16 mayo 2012 | 1:43 AM

Eres impresionane amigo, me ha gustado mucho, pero tengo que decirte que no me extraña, eres genial, de verdad, te digo lo que Princesalidia ¿Chapeau!
besitos
PD.
¡¡NO ME HAS FELICITADO EL DÍA DE MI CUMPLEAÑOSSSSSS!!!!!! JAJAJA

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lo dijo ABUELA NORMANDA 16 mayo 2012 | 1:43 AM

Eres impresionane amigo, me ha gustado mucho, pero tengo que decirte que no me extraña, eres genial, de verdad, te digo lo que Princesalidia ¿Chapeau!
besitos
PD.
¡¡NO ME HAS FELICITADO EL DÍA DE MI CUMPLEAÑOSSSSSS!!!!!! JAJAJA

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lo dijo maparo55 19 mayo 2012 | 3:52 PM

¿Y qué importa como te llamen, te critiquen o te acusen, si vivir es lo importante? Este lubrico relato tan lleno de vida y deseo, me parece muy bueno. Esto sé que no tengo que decírtelo, cuando entro a tu espacio, sé que saldré complacido con la lectura. Un gran abrazo, amigo.

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lo dijo dawn 10 junio 2012 | 1:06 PM

que privilegio disfrutar de tus letras, de tu blog... servido en aquelarre, en Pira o en Haiku.
Un gran abrazo, dawn

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lo dijo mariaa 31 julio 2012 | 12:33 AM

Ha sido un verdadero placer poder sumergirme entre tus palabras. Espero leerte de nuevo, y si es posible que sea pronto.
¡Un fuerte abrazo!

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lo dijo abuela normanda 10 agosto 2012 | 1:42 AM

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