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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


El hombre del mar

servido por  lainsulaeterea 14 febrero 2012 24 comentarios

Lo acompañaron en el camino varios hombres barbudos, aflamencados, cetrina la piel en la que se envolvían y el alma que andaban buscando.

Caminaba de a poquitos, con el mentón clavado en el pecho, y en el pecho, latidos rumbosos, acelerados y fríos. Fue al mirar la luna llena, o más bien al sentir su embrujo, cuando un rostro perlado de póker de estrellas y pareja de soles esperanzados, en la misma mano de timba fraudulenta, se emparejó con su recuerdo para danzar sones de melancólicos recuerdos y deseos encendidos.




Lo llevaron por un pedregal que lastimaba la planta de sus pasos. Fue una sorpresa, como las de todos los demás. Quisieron festejarlo de madrugada, cuando Él nadaba entre sueños que galopaban a lomos de una brisa amarillenta bajo una secuencia enconada de puntos de luz. Allá, en lo más abajo, recogía guijarros brillantes buscando su Ítaca. Lo despertaron y caminaron por un sendero.




Se miraba las manos deteniéndose en los pliegues y por un momento pudo ver a un hombre que corría al borde de uno de ellos, de una arruga forzada por el trabajo, que le cruzaba la mano casi de través. Fue al mirar la luna llena cuando pudo ver a aquel hombre sin rostro traer lloros que anidaban en su gesto inexpresivo. Las lágrimas brotaban como se nacen de un grifo que no cierra, como sin deseo pero saliéndose sin reparo. El hombre gritaba hacia su horizonte. Llamaba imperiosamente a alguien. Y ese alguien, amanecía en la otra mano, y cuando Él se dio cuenta, juntó ambas y abrió la palma de la recién llegada, y como si de un extraño sueño se tratase, germinó una mujer bella, tan bella como sólo las mujeres pueden serlo. Llovía a cántaros.




De vez en cuando Él se paraba, pedía algo de agua porque eran muchos los nudos recorridos. Los otros no entendían de nudos y por eso se miraban extrañados y puede que por ello no le hiciesen caso. Él, hace apenas unas lunas, contaba las distancias en nudos porque era un hombre de mar. Y antes de ser hombre de mar, fue niño de mar. Y antes de niño de mar, fue bebito de mar. Según le contó su mamá una noche cerrada de pesadillas, Él era caracola de mar, brillante y pequeñita, y fue tanto cuanto le gustó que decidió guardarla en su regazo día y noche. Un buen día, al despertar, abrió los ojos y se palpó el vientre, como cada mañana, en busca de su caracola, que acostumbraba a dormir sobre su ombligo. Pero resultó que no quedó rastro de la caracola, ni de su pequeñez, ni de su brillo, y su mamá, al levantarse llorosa de la cama para buscarla, sintió en el interior un repiqueteo similar al que suena cuando una caracola se posa en el fondo del mar. Fue así como la caracola se quiso hacer niño suyo en pago por tantos cuidados, para poder nacerle de sus entrañas y poder decirle gracias, mamita, por todo. La tierra era para Él un medio hostil en el que se sentía inseguro, por eso apenas abandonaba el barco salvo aquellas ocasiones en las que descendía para hacer acopio de víveres o cuando la conoció a ella.




La mujer germinada alzó su rostro frágil y miró al frente. Encontró, corriendo hacia ella entre dunas de piel reseca, a su marido. Entonces, ella se desenraizó, sacudió sus pies después de desenterrados y corrió hacia él. Se encontraron ambos al borde de cada mano como los hombres que, encaramados a la quilla de sus barcos enfrentados, se miran de cerca instantes antes de acometer unos contra otros. Más, si las manos semejaban navíos de guerra, su intención última, la del hombre y la mujer contenidos en dos palmas, era el amor. Saltó el hombre a la embarcación de la mujer, como todo caballero que se precie de serlo hace sin pensar las consecuencias, porque, por encima de lo que el dueño de las manos pudiese pensar, que bien pudiera parecerle ridículo y por ello separarlas para acabar con el espectáculo al hacerlo caer al vacío, se encontraba el indomable ardor que profesaba por hacerla a ella sentir una reina, y que todo el mundo, incluido él mismo, estuviese a sus pies. Por eso saltó a pesar del vacío en un acto incluso temerario, porque aún sin rostro podía ver la muerte en lo profundo de la nada y no le importó lo más mínimo. Si entregaba la vida por satisfacerla, no había lugar a una muerte mejor.




Llegados a un claro, los barbudos hablaban entre ellos, reían y miraban a Él. Pero no le decían nada, y Él se desesperaba aguardando el momento en que le contasen cuál era la fiesta que le tenían preparada. Se sentaron todos en el suelo, por lo visto aguardando la llegada de algún otro participante, y Él volvió a mirar a la luna, y allí que la vio nuevamente. Tan bella. Tan frágil. Tan viva.




Ya en la otra palma, el hombre se levantó y recibió el cálido abrazo de unas palabras que Él no escuchaba, pero que no necesitaban pronunciarse en tonos elevados, porque determinadas palabras suenan mejor cuando no se escuchan y van, como iban éstas, acompañadas de caricias y de besos, de abrazos y miradas ávidas de reencuentro.




Tricotaba la noche a la tierra un vehículo a motor allá en la lejanía, zigzagueando y mal cosiendo, como si improvisase, en aquel momento, el camino que conducía al grupo que se hallaba sentado. Cuando llegó, dos hombres bajaron raudos del auto y un tercero lo hizo con paso lento, marcial y satisfecho, y conversó, llevándose a un lado, a uno de los barbudos que parecía ser el cabecilla de la fiesta. Él se hallaba ajeno a todos ellos, y no se percató cuando alguien, tras de él, se acuclilló a su espalda y le privó del mirar abatiéndole un paño negro en la cabeza que le cubrió los ojos y las orejas. Y sin embargo, la luna brillaba del mismo modo aún en la negritud del pañuelo, y la mujer reía y reía, y podía escuchar su melódica sonrisa aún empañados sus oídos, tal era la magia que anidaba en su garganta de terciopelo.




El hombre había desvestido a la mujer, y la mujer al hombre, y se recorrieron los cuerpos con la misma ingenuidad con la que un niño caza mariposas de colores, entre suspiros y sonrisas irrefrenables, con el mismo amor que muestra el mismo niño cuando quiere atrapar una, pues no quiere capturarla para mostrar un nuevo trofeo como haría el cazador profesional sino que lo hace para ver de cerca la Belleza, para sentirla, para admirarse de su fragilidad y si acaso tocarla para saberla real, porque llega el niño incluso a creerla imposible de tan perfecta, como si criatura tal, para el niño la mariposa y para el hombre la mujer, no pudiese tener lugar en un mundo imperfecto. Y ocurre que la mujer le susurra al hombre, y el hombre, entregado a ella, no desea distraerse pero lo hace, se distrae por ella y la escucha, y entonces da un pellizco con su mano en el suelo, que no es otra cosa que otra mano mucho más grande, y le mira a Él con el gesto contrariado, y éste, que se da por enterado, retrae los dedos de su mano mientras con la otra los envuelve, formando un caparazón de falanges que aísla a la pareja y les proporciona intimidad. Guardados de las miradas ajenas, los amantes se vuelven uno hacia el otro, renuevan sus abrazos, sus caricias y sus besos, y la mujer se abre para recibir al hombre, y el hombre se adentra en la mujer. Y se queda. Cáigase el mundo a pedazos y desaparezca por completo, que en teniéndose el uno al otro, acoplados, nada les falta y todo les es secundario.




Se oyeron voces que descerrajaron lo que Él miraba sin ver y escuchaba sin oír. Eran voces temerosas, lamentos aciagos y escupidos de sangre macerada. Ruidos de pisadas nerviosas, azoradas por el miedo, se precipitaron junto a Él, frente a la tapia. Batido de resortes, de seguros atascados y de hombros golpeados por culatas de madera.




Los amantes escucharon también ruidos de rifles y se abrazaron sobre el lecho de piel. La mano que los cubría dejó de hacerlo, se alejó de ellos apenas una mínima distancia y los dedos se izaron. Parecía un dragón amenazante de cinco cabezas que buscaba devorarlos y acabarlos, más las draconianas crismas embistieron por derecho hacia ellos pero no pudieron alcanzarlos, y quedó el quinteto estirado y ahogando dentelladas en el aire. Sucedió entonces que los cuellos se volvieron oscuros y duros y rígidos como el hierro, y en lugar de cabezas amenazantes, se vieron apuntados por cinco grandes cañones.




Cuando la primera de las balas atravesó su cuerpo, Él vio la luna más brillante que nunca. Con la segunda de ellas, recordó la primera noche que le hizo el amor a su mujer al abrigo de una cueva, luego de un día de tormenta. El tercer impacto le permitió ver la cara del hombre que tenía entre sus manos, y se dio cuenta que era él mismo. Apenas se había fugado la cuarta bala más allá de su espalda, pudo ver al hijo que jamás tendría, al niño que nunca iba conocer, al nene que, como él, también vendría del mar. El último disparo causó la muerte, y coincidió cuando se hallaba en su boca el sabor de su mujer, y en sus oídos sonaba su risa, y en sus pupilas se reflejaba su belleza. Antes de que cayese al suelo lo hizo antes el pañuelo negro, dejándole mirar a los ojos a sus asesinos y permitiendo que éstos sintiesen pavor de su gesto sereno, de la paz que habitaba en sus ojos, de esa excepcional sonrisa que únicamente mana en las caras de las víctimas y que provoca el pánico a los verdugos con sólo mirarla.




En la orilla de una playa, de día y de noche, una mujer sondeará la arena sin descanso. Lamiendo la costa, el mar le regalará un pequeño guijarro que encontrará a lo lejos, brillante y pequeño, reflejando la luz de la luna. Se aproximará a él y descubrirá que no es guijarro sino caracola. Se arrodillará para recogerlo, lo abrazará delicadamente con sus manos y lo guardará pegado a su regazo. Se acostará en su cama y dormirá. Y al día siguiente, despertará nerviosa y contenta, y mirándose el vientre comprobará cómo el último extremo de la caracola, se esconde en los pliegues de su ombligo y desaparece.


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24 comentarios  -  Escribe aquí tu comentario

lo dijo WILLOW ♥ 14 febrero 2012 | 12:40 PM

Pero que rejodío eres Caballero del alma mía, me has encogido el alma y me has estirado el corazón con tu historia, ese amor en dos tiempos, puede que hasta en tres si pensamos en la eternidad y en esa playa del final, recorrida por unos pasos que llevan dentro suyo unos piececitos de algodón y piel rosada, un corazón que alberga tres más, el del padre, el del hijo y el de un espiritu carnal y nada santo que sin embargo santificó sus ultimos pensamientos para que se quedaran siempre con él entre su pecho, el aire y esa pared...precioso Zeru, maravilloso, como me haces sentir con cada una de tus palabras, como caricias en mi piel cada amanecer, y soplando en mi vientre, la brisa del mar.

Eres maravilloso...
Un dulcisimo beso mi zeru. Con ligero sabor a sal...

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lo dijo Luciana 14 febrero 2012 | 2:34 PM

Tu historia me asombró y conmovió. Tenés una forma de decir que acongoja y alegra a la vez."la sonrisa que unicamente emana en la cara de las víctimas y que provoca el pánico a los verdugos con solo mirarla" Genialll!!! como todo el texto.
Besotes y feliz día!!!


Besos - Mensajes y Imágenes!

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lo dijo meiga 14 febrero 2012 | 2:52 PM

Ante tus letras hay que quitarse el sombrero...
Un beso

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lo dijo Sabrina 14 febrero 2012 | 4:22 PM

Estoy con Meiga, chapeau! un relato increible, cada vez afinas más y te perfecciones una barbaridad. No me cabe duda, eres el mejor escritor de estas arenas, con permiso de tu chica que se que piensa lo mismo.

Besos a borbotones, chico guapo!

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lo dijo B-Gest 14 febrero 2012 | 4:44 PM

¡¡¡¡ Caballero, me has dejado sin palabras, es muy bueno, la verdad, como ya nos tienes acostumbrados !!! Un besito muy grande.

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lo dijo Cambalache 14 febrero 2012 | 5:58 PM

Reconozco que tuve algún problemilla para subirme a lomos de tu texto. Una vez superada mi distración estúpida, logré encaramarme en él y sentir como su galope -seguro y lunar- me llevaba hasta el final de su orilla. Buen texto amigo.

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lo dijo esther 14 febrero 2012 | 6:52 PM

la Belleza, para sentirla, para admirarse de su fragilidad y si acaso tocarla para saberla real, porque llega el niño incluso a creerla imposible de tan perfecta, como si criatura tal, para el niño la mariposa y para el hombre la mujer, no pudiese tener lugar en un mundo imperfecto. "...

sí, muy buen texto, me ha gustado llegar a la orilla... saludos!!

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lo dijo carme 14 febrero 2012 | 7:56 PM

Poesía, y tristeza y desesperación y nuevamente esperanza. Son tantas las sensaciones que provoca el texto, que me quedo sin palabras.
Una maravilla.
Besos.

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lo dijo imara 14 febrero 2012 | 8:51 PM

¡Qué precioso! ¡Qué preciosidad de texto nos has regalado! Me has emocionado muy profundamente. Por todo ello, gracias Caballero. Un abrazo

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lo dijo chanin 15 febrero 2012 | 5:05 AM

Joderrrrrrrrrrrrrr!!!! me he emocionado petardo... me a encantado, eres un genio en esto Caballero y me quito el sombrero, me dejas sin palabras y mire que es raro.... se siente una tan pequeñita leyendo cosas tan grandes... besos y no cambies nunca....¡¡¡sniff!!

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lo dijo vicentita 15 febrero 2012 | 9:07 PM

Hola, Caballero, buenas noches,.
Ayer pasé por tu blog y prácticamente leí todo el post pero me faltó valor para terminarlo, hoy lo he hecho y veo que acaba de una forma bella, menos mal. Son tantas las tormentas que casi no puede uno adentrarse en un escrito con sosiego aunque se sepa que es literatura.
Quiero darte las gracias por paarte por mi blog y, ya de paso, asegurarte que la novela de E. Teodoro es una muy buena novela, actual y bien escrita, todavía mejor documentada y, como dices, para saciar la sed de lectura, aunque, no en una tarde pues son muchas páginas, amigo mío, je, je., je.
Recibe un cordial saludo.

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lo dijo Mystic Selene 15 febrero 2012 | 10:40 PM

Una preciosas historia... llena de múltiples sentimientos que embargan el alma y hacen recrear las imagenes descritas.
Eres un gran poeta de la prosa....
Besos, abrazos y corazones chocolateados,Lu

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lo dijo princesalidia 16 febrero 2012 | 9:38 AM

Que sí, que no... me has traido de allí para acá, hubo un momento (y confieso) en que me perdí, volví al principio y seguí hasta el final...sin detenerme a tomar aire...
Un besooooo

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lo dijo Puck 17 febrero 2012 | 1:02 PM

me ha resultado de una belleza increíble...

saludos!

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lo dijo Áurea 18 febrero 2012 | 3:06 PM

Hola ¿Te acuerdas de mi? Jiji este relato me ha gustado pero no es fácil de leer. Hay que estar con todos los sentidos porque si no te pierdes. Aun así es muy bello. Sobre todo el final.
Por aquí todo bien. Ya veo que tu sigues como siempre o mejor. Si, mejor.
Bss

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lo dijo Yolanda 20 febrero 2012 | 8:43 PM

¿Cuándo te vas de LDA? No nos gustas

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lo dijo rosa-laura95 20 febrero 2012 | 10:32 PM

Hoy vengo con tiempo para leerte y descubrir este hermoso cuento.
Hasta la música juega a ser caracola. Precioso.
Un saludo!

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lo dijo Magali 22 febrero 2012 | 10:05 PM

Un placer envuelto en sentimientos y en una música especialmente adecuada a tus palabras...
Un saludo y me alegro de que puedas publicar sin problemas. Yo hace semanas que no puedo, he enviado e-mails solicitando una respuesta pero ni palabrita. No sé si obtendré alguna ayuda, no quisiera alejarme de aquí después de lo mucho que he aprendido y, sobre todo, sentido con vosotr@s. Graciassssss

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lo dijo Lavender 23 febrero 2012 | 4:35 PM

Es un relato precioso. Creo que de no haber sido porque falló el reproductor y no pude escuchar la música me hubiera emocionado mientras lo leía. Me parecía estar allí con el hombre del mar, viendo la luna a través del lienzo negro y a la pareja que estaba sobre una de sus manos, y buscando la caracola sobre la arena del mar al final de relato.. Lo dicho, precioso.

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lo dijo ♥ Yolanda ♥ 25 febrero 2012 | 9:27 AM

Con Denominación de Origen zeru, por supuesto...Un dulce beso!

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