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Preferencias de Lagartos: Ignatius Reilly

servido por  left_edge 05 marzo 2010 7 comentarios


Debo introducir aquí una nota. Cuando yo asistía esporádicamente, a las clases de graduados, conocí un día en la cafetería a la señorita Myrna Minkoff, joven pregraduada, una escandalosa y ofensiva doncella del Bronx. Esta especialista del universo del Gran Hormiguero se sintió atraída a la mesa en la cual tenía yo mi corte, por la singularidad y el magnetismo de mi ser. Cuando la magnificencia y la originalidad de mision del mundo se hizo patente a través de la conversación, la Minkoff empezó a atacarme a todos los niveles, llegando incluso, en determinado momento, a darme patadas, bastante vigorosas, por debajo de la mesa. Yo la fascinaba y la confundía al mismo tiempo; era, en suma, demasiado para ella. El provincianismo de los ghettos de Gotham no la había preparado para el carácter único y singular de Vuestro Chico Trabajador. Myrna, en fin, creía que todos los seres humanos que vivían al sur y al oeste del río Hudson eran vaqueros iletrados o (peor aún) protestantes blancos, una clase de seres humanos que como grupo se especializó en la ignorancia, la crueldad y la tortura. (No deseo yo defender concretamente a los blancos protestantes; tampoco les tengo en demasiada estima.)



Los modales brutales de Myrna pronto alejaron a mis cortesanos de la mesa, y nos quedamos solos, todo café frío y palabras ardientes. Cuando manifesté mi desacuerdo con sus rebuznos y parloteos, me dijo que yo era evidentemente un antisemita. Sus razonamientos eran una mixtura de medias verdades y de tópicos, su visión del mundo un compuesto de concepciones erróneas que se derivaban de una historia de nuestra nación, escrita desde la perspectiva de un túnel de metro. Escudriñó en su gran valija negra y me asaltó (casi literalmente) con pringosos ejemplares de Hombres y masas y ¡Ahora! y A las barricadas y Agitación y Cambio y diversos manifiestos y panfletos pertenecientes a organizaciones de las que ella era el miembro más activo: Estudiantes por la libertad, Juventud por el sexo, Los musulmanes negros, Amigos de Lituania, Los hijos del mestizaje, Consejos de ciudadanos blancos. Myrna estaba, en fin, terriblemente comprometida con su sociedad; yo, por mi parte, más viejo y más sabio, estaba terriblemente descomprometido.



Había conseguido sacarle algo de dinero a su padre para venir a la universidad a ver cómo estaban las cosas «por el sur». Desgraciadamente, me encontró a mí. El trauma de nuestro primer encuentro alimentó el masoquismo mutuo y desembocó en una especie de affair (platónico, claro está). (Myrna era decididamente masoquista. Sólo era feliz cuando un perro policía hundía sus colmillos en sus leotardos negros o cuando la arrastraban por los pies escaleras abajo para sacarla de una audiencia del Senado.) He de admitir que siempre sospeché que Myrna estaba interesada en mí sensualmente; mi actitud rigurosa hacia el sexo le intrigaba. En cierto modo, me convertí para ella en otra especie de causa. Logré, no obstante, desbaratar todos sus intentos de asaltar la fortaleza de mi cuerpo y mi inteligencia. Myrna y yo, por separado, confundíamos a la mayoría de los estudiantes, pero en pareja confundíamos doblemente a aquellos sonrientes cabezas de chorlito sureños, que constituían la mayor parte del cuerpo estudiantil. Según tengo entendido, los rumores que corrían por el campus nos ligaban a las intrigas más inconcebiblemente depravadas.



La panacea de Myrna, para cualquier cosa, desde arcas caídas hasta depresión nerviosa, era el sexo. Propagó diligentemente esta doctrina con desastrosas consecuencias para dos bellezas sureñas a las que tomó bajo su protección, con el propósito de renovar sus mentes atrasadas. Siguiendo el consejo de Myrna, y con la solícita colaboración de varios jóvenes, una de estas sencillas muchachas sufrió una crisis nerviosa; la otra intentó, sin éxito, abrirse las venas con una botella rota de cocacola. La explicación de Myrna fue que las chicas eran, en esencia, demasiado reaccionarias; y predicó con renovado vigor la libertad sexual en todas las aulas y pizzerias, logrando que casi la violase un bedel de la Facultad de Sociología. Yo, entretanto, procuraba guiarla por el camino de la verdad.



Tras unos cuantos semestres, Myrna desapareció de la universidad, diciendo, a su modo ofensivo: «Este lugar no puede enseñarme nada que ya no sepa.» Los leotardos negros, la tupida mata de pelo y la valija monstruosa desaparecieron; el campus, con sus hileras de palmeras, volvió al letargo y el besuqueo tradicionales. He vuelto a ver a esa ramera liberada algunas veces, pues, de cuando en cuando, se embarca en una «gira de inspección» por el Sur, parando en Nueva Orleans para arengarme e intentar seducirme con sus lúgubres cantos de cárcel y cadena y de cuadrilla, que rasguea en su guitarra. Myrna es muy sincera. Por desgracia, también es muy ofensiva.

Cuando la vi tras su último «viaje de inspección», estaba bastante sucia y desvencijada. Había hecho paradas por el Sur rural, para enseñar a los negros canciones populares que había aprendido en la Biblioteca del Congreso. Parece ser que los negros preferían la música contemporánea y que encendían sus transistores ruidosa y desafiantemente cuando Myrna iniciaba una de sus lúgubres endechas. Aunque los negros habían procurado ignorarla, los blancos habían mostrado gran interés por ella. Bandas de blancos pobres y fanáticos la habían echado de los pueblos, le habían pinchado los neumáticos, la habían azotado los brazos. La habían perseguido sabuesos, le habían aplicado aguijadas eléctricas, la habían mordido perros policías, la habían rozado ligeramente con perdigones. Ella había disfrutado infinito, y me había enseñado muy orgullosa (y, podría añadir, muy sugestivamente) la marca de un colmillo en la parte superior de uno de sus muslos. Mis ojos perplejos e incrédulos apreciaron que en aquella ocasión llevaba medias oscuras y no leotardos. Pero no se encendió por ello mi sangre.



Mantenemos una correspondencia regular, y el tema habitual de sus cartas es el de urgirme a participar en manifestaciones, desfiles y ocupaciones, sentadas y cosas de ese género. Pero yo no como en restaurantes baratos ni nado, así que he ignorado hasta el presente sus consejos. El tema subsidiario de su correspondencia es instarme a ir a Manhattan, para que ella y yo podamos alzar nuestra bandera de confusión gemela en aquel centro de horrores mecanizados. Si alguna vez me siento bien de veras, quizás haga el viaje. Por el momento, esa almizcleña joven-cita probablemente esté en el fondo de un túnel del metro, atravesando el Bronx, corriendo de una asamblea de protesta social a alguna orgía de canciones populares, si no es algo peor. Algún día, las autoridades de nuestra sociedad la detendrán simplemente por ser quien es. La cárcel dará al fin sentido a su vida y acabará con sus frustraciones.

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7 comentarios  -  Escribe aquí tu comentario

lo dijo JAMMIN' THE BLUES (1944) 06 marzo 2010 | 1:12 AM

llueve, silencio del viento mezclando nubes cargadas de tutús afrodisiacos.

yete...

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lo dijo JAMMIN' THE BLUES (2) 06 marzo 2010 | 1:18 AM

y entró Billie Holiday con Lester Young...

bis

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lo dijo Alter ego de Mirna 06 marzo 2010 | 3:29 AM

entre la delicadeza de la escobilla acariciando el platillo, el equilibrio de la ceniza que no cae del cigarro... la voz de la chica, un el furor de las teclas de un piano...

Suspendo mi búsqueda ridícula ( Sí, Mirna, será lo mejor!) y cuento las gotas de lluvia...

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lo dijo m5zpqmn4 06 marzo 2010 | 7:51 AM

Alicia corre destrás del conejo, un coño diminuto tras un balanin blanco, este no conocera las horas pero Carroll sabrá como hacerlos inmortales, tres Burton esperan en el rio junto a Ylenia para cantarle las cuarenta canciones tradicionales. Quien dijo que no existia cielo, infierno y purgatorio?

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lo dijo Ignatius Reilly :)) 06 marzo 2010 | 3:15 PM

Una vez cambiados los leotardos por medias la siguiente metamorfosis fue dejar fuera las medias y llevar las piernas velludas al aire. Curiosamente a la policía ya no le excitaba tanto estirarla de los pies y comenzaron a apartarla de las manifestaciones dejando marcas que eela seguiría luciendo orgullosa en su cuello. Los hematomas sobre los hombros le hicioeron descubrir un placer insospechado hasta entonces, y se lanzó a la búsqueda de vampiros que le dejasen la piel blanquita de Michael Jackson extrayéndole con jugosos dientes la sangre. Hubo quien confundía los mordiscos con señales hipoalegrénicas de yonki despistada, ella nunca aclaraba las dudas pero yo sabía la verdad.

Sus cartas seguían siendo una enciclopedia de disparates, mi entretenimiento preferido, tal vez por eso que la confusión que le producía no derivase en porno-escritos. Me excitaba lo suficiente imaginando su cara de placer lascivo con la pluma en la mano describiendo sus alegres tormentos.

Mientras espero las novedades siguientes observo al maldito murciélago que se empeña en estropear todos los festivales de mis amigos pequeños delincuentes. Nunca me gustó el negro, sin duda prefiero el lila.

¿Una botella de agua? Epidemia "risera"... jajajajaja.

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lo dijo Lady Byron 06 marzo 2010 | 3:24 PM

Para ambos lados del costado izquierdo: disculpen la "incontinencia tecleril"

Enjoy it:



Besos,

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lo dijo libro-rojo 07 marzo 2010 | 10:19 PM

Don't stop!!!
Besos,

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