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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


Encuentro casual

servido por  maparo55 09 diciembre 2015 2 comentarios

 Este es un texto muy viejo, de allá por el 2010. Lo traigo ahora, porque al releerlo casualmente, me ha sacado alguna sonrisa.


La mujer estaba semidormida cuando entró al baño y giró el interruptor de la luz; fue tan intempestiva su entrada, que no me dio tiempo de esconderme o correr hacia cualquier lado, así que me quedé quieto, confiando en que no volteara hacia el lugar donde yo estaba y me descubriera. Llevaba todas las intenciones de bañarse, porque sin más y casi a tientas, abrió las llaves de la regadera y empezó a mediar el agua; acomodó sobre la caja del sanitario, la toalla y la ropa interior que llevaba cobijadas bajo el brazo izquierdo y casi al mismo tiempo, empezó a desnudarse; en un dos por tres, la blusa y los pantalones de franela rosa que formaban su pijama, quedaron aventados por ahí; bajo aquellas prendas, vestía únicamente unas diminutas braguitas blancas, que no duraron más que unos segundos sobre su cuerpo, porque las retiró con rapidez y probó con una mano la temperatura del agua; puedo asegurar que aún en ese momento, ella no estaba despierta del todo. Completamente desnuda y casi de perfil, podía contemplarla a mis anchas, antes de que ella entrara a la regadera.


Tendría unos 30 años, alta y delgada, ostentaba unos senos más bien pequeños, que le iban muy bien a la complexión de su cuerpo y armonizaban perfectamente su figura; la temperatura ambiente era bastante fría, razón por la cual su piel nacarada, mostraba un aspecto levemente enrojecido y rugoso; sus pechitos, aparecían duros y levantados como dos puntitas de lanza a punto de atacar; usaba el cabello muy corto, como el de un muchacho, así que yo podía ver sin dificultad, los rasgos del  bello rostro de nariz afilada y pequeña, con los labios delgados un poco entreabiertos, que parecían pedir ser besados. Esto último me lo imaginaba seguramente, porque ella, levantando la cara y con los ojos cerrados, se metió bajo la ducha. ¡Qué delicia que lo hiciera así!, porque mientras el agua tibia escurría por todo su cuerpo, dando un ligero giro, quedó de frente a mí, mientras mis ojos sorprendidos, extasiados, la recorrían de arriba abajo, deteniéndose en la suave sombra triangular de vello suave y húmedo, que nacía entre sus piernas. ¿Cómo puedo describir las mil y una sensaciones que me recorrieron el cuerpo?...Me encontraba atónito y deslumbrado, azorado, temeroso, excitado, todo a un tiempo; era un sentimiento inefable el que me embargaba ante aquella visión maravillosa; porque la cadera y las piernas eran también un portento: las curvas de la breve cintura, de la cadera generosa y las piernas bien torneadas, eran una super carretera de inmensas subidas y bajadas peligrosas que podían desbarrancar a cualquiera. Cómo se antojaba viajar por aquellas sinuosidades, tocar con firmeza la carne blanca y joven, acariciar el cuello, la espalda, las voluptuosas nalgas, el bajo vientre prometedor y  besarla en la boca, con fuerza, mordiéndole un poco los labios pero sin hacerle daño; vagar luego concienzudamente y muy despacito, besando con fruición, cada parte, cada pliegue de esa piel blanca y suave, hasta mojar, acariciando con la punta de la lengua, la íntima y delicada azucena escondida entre sus piernas.


Comenzó a bañarse; ella ni siquiera se daba cuenta de que yo estaba ahí, mirándola, admirándola, lleno de miedo y deseo a la vez; porque tenía yo un miedo terrible, de que ella mirara hacia donde yo estaba y me descubriera; pero la diosa estaba en otra frecuencia, con una esponja y jabón perfumado, tallaba suavemente su rostro y su cuello, con lentitud, cadenciosamente, sin alguna prisa que alterara la magnífica obra que la suerte, me había destinado contemplar; porque era una suerte que la ducha no tuviera cancel. Yo, era una estatua de granito, de sal, inmóvil, hierática; con los ojos desorbitados, me complacía en observar a esa mujer incomparable, de bellos atributos físicos, que se bañaba desentendida de todo.


Con mucho cuidado, casi con ternura, pasó la esponja por sus senos, dándoles un masaje suave y circular, que los hacía moverse en todas direcciones haciendo que sus botones de rosa, se engrosaran poco a poco, quedando duros y enhiestos. Le tocó su turno a la espalda, al ombligo, a las caderas; como una obra musical in crescendo, el espacio estaba lleno de la presencia magnética de la mujer, de su cuerpo, de sus movimientos, de su escencia. El vaporcillo que envolvía su cuerpo escultural, le daba una dimensión de sueño, de irrealidad.


 


Con atención y paciencia, las nalgas turgentes, redondeadas y sin celulitis, fueron lavadas con sapiencia y también la zona oculta que nacía entre ellas; quizás para ese momento, ella estuviera ya completamente despierta; pero sus movimientos seguían teniendo la misma lentitud y cadencia del principio; se hicieron casi nulos, cuando su mano comenzó a pasar por la zona sombreada de la entrepierna y a buscar un poco más hondamente en aquella carne delicada y tibia que se adivinaba apenas. Se demoró en ello; la mano derecha subía y bajaba, entraba y salía sin ganas de salir, haciendo gozar a la mujer que en el rostro reflejaba la pasión y la voluptuosidad que le producía tallar una zona tan íntima. Finalmente terminó y le tocó el turno a las piernas, largas, muy deseables, dignas de figurar en alguna revista de esas que anuncian medias o ropa interior.


¿En que estaría pensando mi bella mujer?, ¡ah!, porque después de verla como la estaba viendo, ya la consideraba mía, no podía ser de otra manera. Estaba fascinado, aunque también había que contar el miedo, un miedo terrible que me seguía manteniendo inmóvil.


Se agachó para lavarse los pies y por un instante creí que me iba a descubrir. No fue así. El agua que bañaba su cuerpo, lo hacía brillar primorosamente a la luz existente. Ella, era una sirena desinhibida y feliz, concluyendo su baño.


Cuando tomó la toalla y se cubrió, fue que se percató de mí. Me miró frente a frente sorprendida, temerosa, la luz de sus verdes ojos, parecían no dar crédito a lo que miraban. De inmediato, vi la chispa de cólera en lo más hondo de sus pupilas, se encendió en un tris, se convirtió casi al instante en una ira sorda que afeó bastante el precioso rostro.


- ¡Maldito!- gritó al borde de la histeria-, todo este tiempo has estado ahí, espiándome. Eres un ser asqueroso y ruin que no merece vivir.


Actuando con una rapidez de la que no la hubiera creído capaz y hecha una verdadera furia, se abalanzó sobre mí, tomando una escoba cercana. Se me dejo venir encima sin concesiones, golpeó una y otra vez, hasta cansarse, mientras yo corría y trataba casi inútilmente de librarme de su furia vengativa y destructora. ¿Cómo un ángel podía convertirse en un momento en un demonio y hacer tanto daño?


Ante sus gritos, unos pasos se acercaron rápidamente tras la puerta del baño y hasta nosotros llegó la voz de un hombre.


-¡Amanda!, ¿sucede algo?


- ¡Este desgraciado que se ha metido en el baño y me ha estado observando todo el tiempo mientras me bañaba!


La puerta se abrió de golpe y el hombre apareció en la entrada. Me encontraba bastante maltratado por los golpes; pero el instinto de conservación me dio fuerzas para hacer lo único razonable en tal situación: correr, correr con todas mis fuerzas, para escapar de la muerte segura que se avecinaba. Salí por la puerta abierta, dolorido y maltrecho, para buscar algún refugio que me pusiera lejos del alcance de aquella furia que momentos antes fuera una deseable mujer.


-¡Mátalo, mátalo!- gritaba histérica. Corrí, corrí sin parar hasta hallarme a salvo. Me había librado por muy poco. En mi cabeza, resonaban todavía las últimas palabras llenas de rabia que le alcancé a escuchar:


-¡Maldito ratón, no sé por dónde se metió; pero hoy mismo pongo veneno por toda la casa, para que se vaya al infierno!


La mujer era una histérica. Es una verdadera lástima que no me quisiera cerca y yo, no voy a cometer el error de acercarme por ahí nuevamente; ¿que tal si con el veneno, las trampas que me ponga y el hambre que me atosiga casi siempre, termino inflado o despanzurrado en cualquier basurero?


¡Ratona suerte la mía!, ella podría haber sido la hembra perfecta para mí. 


Amanda, creo que te amo.


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2 comentarios  -  Escribe aquí tu comentario

lo dijo ruiz-sillo 12 diciembre 2015 | 4:51 PM

......confieso que en todo momento pensé que el protagonista en primera persona pertinente era el espejo del baño......., pero claro la dilucidación de la trama no podía suceder con el espejo.......,

......muy buen relato......., y lo tuyo maparo......., en plena festividad de la patrona......., en fin......., saludos......,

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lo dijo Chinca C. Salas R 14 01 2016 | 2:35 AM

Son slip´, no, yo pense que tenia un agujero en el muro y asi pudo fisgonear y hasta una masturbadita se echo

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