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S.O.S. INFANCIA

20-noviembre-1959. Decálogo-Declaración de Derechos del Niño.


Los textos solidarios con la infancia. LOS RENGLONES TORCIDOS (EL PESO DE LO LIVIANO)

servido por  todos_con_la_infancia 04 diciembre 2009 5 comentarios

Como se os había indicado, procederemos ahora a ir dejando, uno a uno, todos los textos que, en su día, publicamos en dos post.


Cada día publicaremos, paralelamente, un texto de algún compañero de libro de arena, y uno de la comunidad hermana, TusTextos, para que vayáis dejando, si os parece comentarios a ambos. Espero, de vuestra generosidad, que ha quedado, por cierto, manifiestada de forma clara y contundente estos días atrás, la mejor de las atenciones con nuestros invitados de TusTextos.


Recordad que estáis todos invitados a participar del proyecto, y que nos encantaría recibir más relatos de los que pudiéramos leer y publicar. Está en vuestras manos hacer de esto, una propuesta espectacular que nos llene a todos de orgullo.  Os esperamos a todos en:


proyectoinfanciasos@hotmail.com


 


Sin más, os dejamos uno de esos maravillosos textos con los que arrancamos esta nueva etapa en el proyecto. Su autor, como en los casos anteriores de los escritores de este libro de arena que participan en el proyecto, no precisa presentación alguna, EL PESO DE LO LIVIANO. Uno de los mejores narradores de esta comunidad literaria, no habrá proyecto solidario ni reivindiación justa que no cuente con su presencia desinteresada. Es un honor contar con él, sin duda. Os dejamos su valiosa contribucción en esta causa:


 


 


 


LOS RENGLONES TORCIDOS


(EL PESO DE LO LIVIANO)










Fue en 1959, mismo año de mi nacimiento, cuando la Asamblea de Naciones Unidas acordaba la Declaración de los Derechos del Niño. Treinta años después, en 1989, en uno de mis primeros trabajos periodísticos, la Asamblea General de la ONU, después de 10 años de consultas y negociaciones, aprobaba el texto de la Convención sobre los Derechos del Niño dándole forma legal a través de una especie de decálogo,  en esta ocasión vinculante, para todos aquellos estados que ratificaran su contenido.



Pero el tiempo pasa. Estamos en 2009… y yo, nuevamente en tareas profesionales, escuchaba con la misma atención que lo hiciera años atrás. Presumía que aquellas palabras, llenas de convicción, solidaridad y buenas intenciones, ni podían ni debían caer en el vacío; necesitaba que fueran ciertas, tenía la obligación de creer en ellas sin que la menor duda me asaltara. Lo demandaba mi corazón. Sin embargo, deseo y realidad, intención y resultado, aún llevando caminos paralelos, iban por separado. Eso decía mi mente al evocar recuerdos y situaciones vividas. A pesar de ello, el discurso del orador, impoluto en las formas, adolecía de rigor y compromiso en el fondo. No era la utilización de determinadas palabras o frases, más o menos rimbombantes, las culpables de tal situación, a fin de cuentas, ¿no era precisamente la iniquidad abyecta del ser humano la que propiciaba esos desórdenes sociales y esas injusticias?



Acudía al estrado un alto comisionado para tomar la palabra. Fue entonces cuando mis recuerdos se arremolinaron en mi mente, imprudentes; “… en el interior de aquella habitación infesta se encontraba una mujer de 25 años, deteriorada por la vida y el vicio, madre de 4 hijos pequeños a los que no prestaba, ni atención ni cuidado. Sobre ella, un hombre nauseabundo y depravado, que apurando una botella de mezcal, la sodomizaba sin contemplaciones. Gritos de dolor y palabras soeces salían de sus gargantas. De pronto, una niña, de no más de 13 años, entró a la habitación llorando desconsoladamente. El hombre descabalgó de su montura humana y le propinó un puñetazo a la niña destrozándole nariz y boca y dejándola casi inconsciente. Se fue para ella, y dirigiendo su miembro sucio y pestilente, la poseyó con violencia. El grito fue acallado por la enorme mano que el agresor puso sobre su cara. Ella se desangraba. La embistió con fuerza, con saña, y cualquier atisbo de músculo existente en la preciada intimidad de la niña sería terrible y dolorosamente destrozado. Cuando el hombre satisfizo sus infames deseos, sacó su miembro de ella y  se limpió con el vestido sucio y raido de la niña. Apartó su mano del rostro y comprobó que la niña ni respiraba ni se movía. Había muerto asfixiada; ahogada con su propia sangre. Se abrochó los pantalones con total indiferencia. Echó un vistazo a su gesta personal y sonrió. La mujer yacía sobre la cama, desnuda, inerte, enajenada, con la miraba extraviada… solo hacía trenzas con los jirones de pelo que le quedaban. El hombre, antes de salir, bebió el último trago de mezcal, escupió el gusano rojo y estampó la botella contra la pared. Salió apresurado hacia la comisaría del centro mientras se colocaba su placa en el pecho; él sería el encargado de investigar aquel caso…”



Cuando aquel torbellino de emociones abandonó mi cabeza, el alto comisionado había finalizado su intervención. Le tocaba cerrar el acto al Presidente de la Comisión, que a su vez, era uno de los líderes políticos más importantes del momento. Con parsimonia, sin descomponer el gesto, aquel hombre, vestido con elegante traje color gris marengo y camisa azul cielo, ascendía a una pequeña escalinata. Hizo un pequeño esbozo de su intervención, pero cuando empezó a desarrollar su discurso, mi mente volvió a inquietarme; “… niños deambulando de un lado para otro. Sin rumbo, sin destino, sin futuro. Me acerqué hacia un nutrido grupo de ellos que rebuscaban en una especie de estercolero. Olía a podredumbre, olía a muerte. Allí conocí a Noelia, una niña de ojitos redondos y llenos de vida. Tenía 12 añitos. Yo trataba de no perderla de vista con mi cámara. Ella se levantó y se dirigió hacia un lugar menos concurrido. Conocía perfectamente aquel lugar desolado por la extrema pobreza, pero lo que vi, me dejó sin habla. Noelia, en cuclillas, comía, con voracidad, el contenido de una bolsa de basura. Miles de moscas trataban de impedírselo, pero ella, impávida e impasible, seguía comiendo. Me acerqué y pude comprobar que una especie de guiso, con carne corrompida, y ya con gusanos, formaba parte de aquel “delicioso manjar”. Me aparté tratando de que el vómito no complicara aún más su difícil situación. Ella comía y defecaba a la vez. Me armé de valor, cogí a Noelia del brazo, y la saqué de allí. La llevé al coche, la desnudé, vertí sobre su cuerpo la poca agua que me quedaba y la vestí con una de mis camisas. Nunca olvidaré aquella miraba de agradecimiento. Nunca olvidaré aquel abrazo. Nunca. Nunca. Eran las 2 de la tarde. La monté en el coche, y después de recorrer unos 50 kilómetros, encontré un lugar dónde alojarme. Compré ropas adecuadas, se duchó y comió abundantemente. Parecía otra niña, la vida, aunque solo fuera durante un par de horas, había vuelto a su cuerpo. La despedí con un beso y un paquete de chicles. Olía bien. Semanas después, su recuerdo, me hizo volver al lugar. Pero nunca más volví a verla. Me dirigí hacia un anciano, un hombre mudo que recuperó la voz cuando lo acometí con alguna que otra dádiva. Me contó que el aspecto de la niña, después de aquel día, llamó poderosamente la atención y fue seleccionada. ¿Seleccionada? ¿Para qué? Seleccionada por la Organización. ¿La Organización? Sí. Nunca pasan por este lugar debido a la pobreza existente, no obstante, seguramente los padres de Noelia, después del buen aspecto con que regresó aquel día, consiguieran que la Organización se fijase en ella. A las niñas se las llevan a un lugar que nadie desea conocer. En primer lugar, pasan por el negocio de la prostitución. Después, si alguna de ellas resultara preñada, esperan el tiempo necesario, y cuando sus bebés nacen y están sanos, son vendidos al mejor postor. Las niñas que pasados unos meses no consiguen procrear, corren peor suerte, ellas van destinadas al mercado negro de órganos. Lo único seguro es que ninguna de ellas vuelve. ¿Y sus padres? … ¿Sus padres? … Nada,  Ellos ya recibieron  un buen puñado de billetes por mantener la boca cerrada. Así es la vida por aquí. Las niñas son mercado libre, moneda de cambio, la única posibilidad de subsistencia. Pero hay pocas. Nacen más niños que niñas. Los niños mueren de hambre y las niñas… ni se sabe. Apesadumbrado, y con mala conciencia por lo acaecido con Noelia, me marché de allí. Mientras conducía, entre un llanto amargo, me acordé de mi hija, ella había tenido mucha suerte…”



Tuve que cabecear en más de una ocasión para sacarme aquellos recuerdos de encima. El Presidente terminaba su discurso. Sin descomponer el gesto, pero poniendo un énfasis especial, decía: “…El niño, los derechos del niño, no deberían necesitar de decálogos ni de convenciones ni de leyes que le amparen o protejan. La paz, dignidad, tolerancia, libertad, igualdad, solidaridad… son el espíritu básico de unos nobles ideales, pero en muchos casos, en demasiados casos, ese mismo espíritu ha sido pisoteado y masacrado por el mal hacer del ser humano. Luchemos por ellos, nuestro futuro, el día de mañana, estará en sus manos” Todos se pusieron de pie, y durante más de 10 minutos, sus aplausos sonaron insistentes. Yo, un descreído por obligación, me acordé de un célebre informe de “Save the Children” y me hice una pregunta: 10 minutos; 600 segundos, ¿Es posible que durante ese aplauso hubieran muerto de hambre o inasistencia 200 niños en el mundo?

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5 comentarios  -  Escribe aquí tu comentario

lo dijo MANOLY 04 diciembre 2009 | 1:18 PM

He leído atentamente el texto narrado por el peso de lo liviano que meha dejado muda, la reflexión que hace al final de el mismo es buenisma.

felicitaciones manoly

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lo dijo Cuentos encarnados 04 diciembre 2009 | 7:06 PM

Durísimo relato. Me he quedado sin palabras porque lo triste no es sólo el hombre depravado y obsceno que es capaz de acabar impunemente con la vida de una niña después de abusar de ella o de los padres que ofrecen a sus hijas al mercado. Lo mas duro es que nuestro mundo "civilizado" (lo queramos ver o no) está montado sobre esta miseria. Nos merecemos desaparecer y si seguimos así desapareceremos.
Muchos besos

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lo dijo maparo55 05 diciembre 2009 | 2:31 AM

La mayoría de las veces, cuando encontramos niños en las calles, en las paradas de los semáforos, en el metro o en cualquier lugar, pidiendo una moneda o mendigando para llevarse un taco a la boca, nos hacemos los desentendidos, como que no vemos o no queremos ver lo que les pasa, la pobreza y miseria en la que viven. A veces, con una dádiva, tratamos de acallar nuestra conciencia. Tu texto Manu, es un texto muy bien escrito; pero muy, muy triste. Bien por tu participación en este proyecto. Un abrazo, amigo.

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lo dijo Cibeles desvelada 05 diciembre 2009 | 3:12 AM

Un relato fuerte, que me ha hecho pensar, duro, que me ha hecho reflexionar, la verdad que es deplorable por lo que hoy en día nos preocupamos, tonterias que no tienen ni pies ni cabeza........esto es lo que deberiamos eliminar de este mundo, pensar que en este minuto que tardo en escribir este comentario...han muerto decenas de niños me pone los vellos como escarpias.....solo puedo decir gracias Liviano, por recordarnos que el infierno mas alla de nuestra felicidad tambien existe.

Gracias y un fuerte abrazo

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lo dijo ENLABASÍLICA A LIVIANO 05 diciembre 2009 | 3:32 AM

Nunca defraudas, mi querido Liviano. Y con este texto no iba a ser menos.

Terrible texto en el que desgranas varias miserias. Desde la propia iniquidad de quién debe velar por proteger al débil y, usando y abusando del poder que le otorga un cargo (en este caso, una placa) es quién genera la más degradante de las historias, hasta aquellos que comercian, no sólo con la dignidad de unas chiquillas a las que condenan al peor servilismo -la prostitución-, sino con sus propios cuerpos -y no en el sentido de ser mercancia de placer, sino más allá, terriblmente más allá-, en la más delecnable de cuantas vilezas se le puedan ocurrir al hombre, el tráfico de órganos.

Y en el medio, cientos de culpables. Los que permiten abusos de poder, los que otorgan esos poderes, los que no activan mecanismos de control sobre el poder, los que sabiendo callan, los que callan, porque mejor no saber, los que comercian con mujeres, los que consumen sexo infantil, los que saben de ello y miran a otro lado, los que de forma directa o indirecta participan en algo tan terrible como la compra-venta de órganos, los que aceptan los órganos que provienen del mercado negro, los que se sientan en sus sillones y dicen aquello de "si no lo hago yo, es igual, alguien lo hará", para exculpar sus conciencias y justificar lo injustificalbe.... son tantos y tantos los culpables... Y nosotros un poco también lo somos, por mirar siempre hacia otro lado y por no querer saber.

Tremendo el texto, Manuel. Aún estoy temblando, y mira que ya lo he leído veces.

Un beso, hoy roto.

AMELIA

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