HACIENDO EL COCA.COLA
Hay una expresión, no sé si decir gaditana, pero que al menos la he oído en Cádiz, en especial a mi querido Adolfo el del Flamenco. Dice de alguien que está haciendo el cocacola cuando hace el imbécil o el ridículo inflando plumas con orgullo o sacando las burbujas con satisfacción sin percibir que está quedando en evidencia en una determinada situación.
Especialmente me acuerdo de esta expresión cuando veo al alcalde de no sé que pueblecito gallego entregándole una placa al pulpo Paul como hijo predilecto del pueblo. Parece ser que el pulpo se lo tiene merecido por habernos concedido la copa a España, país al que nunca le conceden nada ninguna de las instancias humanas y que, gracias a Dios, tenemos más predicamento entre los pulpos. Al pobre muchacho le veo sonriente con la placa en las manos, visitando al pulpo y haciendo el cocacola con toda naturalidad. No me extraña, para él se trata de un gesto lleno de sentido de humor y simpatía:ayuda a hacernos la vida más feliz. Y es que parece que el que carece de sentido del humor y fina inteligencia soy yo. No tengo esa sana sensación de disfrute simpático de la vida de la mayoría de los humanos que he visto en la tele, porque les veo y me planteo qué concepción del mundo tendrán estos idiotas que le han dado tal protagonismo al pulpo, cómo piensan que está organizado el universo para que un animal así “adivine” el futuro nada menos que de un mundial de fútbol. Así nos va. Tanto hacer el tonto con simpatía que al final se nos pega y vamos por la vida como auténticos imbéciles graciosos, felices haciendo el cocacola.
Y a los políticos les falta tiempo para apuntarse a un bombardeo: les encanta ponerse a la altura del más cachondo y desenfadado de sus ciudadanos si hay rédito. Es el resultado de su cara de cemento más la influencia de tanto programa descerebrado y poco inteligente que sustituía la falta de imaginación y de lucidez por el descaro y la desvergüenza. Esos programas tipo Salvados, Caiga quien Caiga, etc. etc. Así, los acostumbraron (a los políticos) a hacerse los simpáticos tonteando y ahí los tenemos: ahora es más fácil distinguirlos, más que por su pensamiento e ideas políticas, por sus boutades frívolas y glamurosas o por otras características más propias de un espacio chabacano y enmierdado como la Noria o Sálvame. Miren, si les hablo de una mujer partidaria de la reforma laboral, del ajuste presupuestario, de la reforma de las pensiones, de la ley de remiendo y privatización de cajas, les costará decirme un nombre. Pero si les digo “una vieja loca, que a sus años le gusta lucir el palmito y apuntarse a un bombardeo para salir en las cámaras inaugurando o dando premios y que en estos días ha corrido a salir en las fotos tocando la copa del mundo”…. La mayoría me dirá “ah, sí ésta, ¿cómo es? Esperanza Aguirre, esa que no sé si es del pp o del psoe pero que está en todas las salsas. Habrá unos pocos que dudarán entre De la Vega y Aguirre. Algún despistado mencionará “ah sí esa, hombre, esa que tiene celos de Zapatero…sí hombre, esa que el otro día salió que hace diez años quería ser la presidenta socialista y le ganó zapatero, que va toda fachion ella como si fuera adolescente Rosa nosequé. ¿Esa? Una frustada…¿no estaría enamorada de Zapatiestos?". Verán, no me tachen de machista ni nada, no digo que Aguirre sea una vieja loca (confieso que a veces estoy tentado) sino que traslado lo que oí en un bar en una de las muchas conversaciones de analistas mundiales que inundan los bares españoles: cualquier esquina de una barra te proporciona lo menos diez soluciones a la crisis limpias de polvo y paja. Y es que hay muchos que se regodean más que un marranillo en un charco haciendo el cocacola. Pero nuestros líderes, siempre atentos a lo que siente y desea el común, se lanzan sin miedo a mostrarnos que hacer el ridículo puede tener un grado de refinamiento sutil increíble. Como esa vieja loca. O como el cocacola infeliz que se plantó en Alemania, ante el pulpo, con una placa (eché de menos ahí una adecuada representación real). Y Dios, que no es tonto ni mucho menos, ha visto el cielo abierto: antes nos anunciaba el futuro con los profetas, luego a través de los aspirantes a Ungidos, más tarde nos hacía anuncios con algunas visitas estelares de La Virgen. Ahora, con la moda de la ecología y el gran éxito de los documentales Tierra de la BBC, ha sabido adaptarse a los tiempos y nos envía a un pulpo, que para más INRI, se llama Paul. Tenemos un nuevo San Pablo.
Denunciar contenidos