María Magdalena (continuación de una historia)
No cabía todo en la maleta. Siempre igual, qué rabia. Encima el espejo le devolvía la misma cara de siempre. Y estaba despeinada. Y su casera le decía que a ver si se daba prisita, que abajo estaba el taxi esperando. Y el taxi tocaba la pita y a ella le tocaban los nervios. Una siempre tiene una maleta muy pequeña y un espíritu muy grande. Debe ser eso.
- ¿Sí? ¿Qué te pasa, mamá? Ahora no puedo. Otro día. Es muy tarde, no puedo pasarte a buscar. Y a mí qué, ¡yo también tengo que buscar otras cosas! Por ejemplo cosas como mi vida. Ay, ¡no sé! Pues coge un taxi. Que no. Adiós.
Los malditos móviles no estaban hechos para ella, ni los familiares que no había elegido, ni los tacones, ni los pisos de alquiler llenos de malhumor. Dios mío, que ganas de gritar tenía. Pero por dios, por qué no podía llorar, como todo el mundo, por qué no podía ser expresiva. Por qué no podía decirle al mundo que parase, que ella no estaba para nadie, que le olvidasen con sus virtudes y defectos.
- María Magdalena, no pienso pagarte el taxi, bonita. Así que arreando.
- Llámeme María, por favor.
- No hace falta. Ya no te vuelvo a ver más la cara. Saliendo de mi casa, ya.
María Magdalena, la del cabello despeinado y las piernas torcidas por el peso de una vida que le empujaba contra el suelo, tenía un día horrible, una semana asquerosa y un mes de mierda. Cogió su maleta a medio cerrar, su chaqueta y lo que le quedaba de dinero. Se acordó entonces que con tantas cosas dentro de la maleta, se le habían quedado fuera también las buenas maneras y la sonrisa de antes.
-Adiós, Vicenta, siento mucho que me tenga que ir en estas condiciones. Buenas noches.
La señora le respondió con un portazo. Qué adorable era aquella mujer, de verdad.
Entonces María Magdalena entendió que dentro de la casa de Vicenta no existían las buenas noches, ni los buenos días, ni las buenas tardes. Sólo había quebraderos de cabeza y emociones disimuladas. Y por primera vez sonrió: al fin y al cabo ahora iba a empezar de nuevo su vida, y podía elegirla.