Un paseo por mi
Hacía tiempo que no me paraba aquí, justo en el centro de mi cabeza. Hacía tiempo que no quería pararme. Es incómodo y me molesta este sitio, está revuelto y lleno de arrugas, de otoños y de heridas que siempre creí haber cerrado, y que me duelen. Por eso, supongo, no había querido pararme aquí. Hoy no me quedó más remedio que hacerlo; cuando decidiste que no querías que te llamara y me mandaste a dar un paseíto por la otra vereda de mi vida, irremediablemente tuve que pasar por este espacio muerto y no pude evitar sentarme para observarlo. El desorden de las ideas, dando vueltas en tempestades de nostalgias, de sueños nunca conseguidos, de días que no llegan, de culpabilidades, de miedos, de vergüenzas... me gritaba, me gritaba con todas sus fuerzas para que no me olvidara nunca de él. Y el desorden de los sentimientos me rodeaba, haciéndome cada vez más y más apretada y pequeña, y estrecha, llenándome de malezas, escalando por mis piernas, enredándome la garganta y armando en ella un nudo inmenso, enorme, gigante, que se me ha atascado y no quiere salir. Cataratas de versos por todas partes, torrenciales cataratas llenas de corrientes peligrosas que llevan al vacío de mí misma, al vacío de quién soy y quién quiero ser.
En medio de huracanes de segundos, de torbellinos del tiempo, me sumerjo más y más y más en mi cabeza, hasta hundirme del todo en mí, hasta asegurarme de que ya no podré salir nunca.
Es entonces cuando suspiro, me miro al espejo y en mi reflejo veo con claridad ese rincón de mi cabeza. Agotada y sin ganas de seguir enfrentándome a mis propias tormentas apago la luz y me acuesto. No quiero levantarme en mucho tiempo. No quiero levantarme nunca.