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	<title>Preludio</title>
	<tagline type="text/html" mode="escaped">En el fragor de las palabras</tagline>
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		<title>Solitude.-</title>
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	Octavio es mi amigo. Mucho más que Yonchu, que Carlos y que Jéssica. Aunque en el último año lo he descuidado mucho. 
	Octavio es delgado y alto.  Tiene el pelo espeso, gris, ni blanco ni negro, y abundante a pesar de sus ochenta y seis años. Anda inhiesto, aunque cojea de manera apenas perceptible de la pierna derecha, pero no usa bastón.  Dice que no le hace falta, que eso es de mayores. Cuando se lo oigo, me río con él. Sin embargo ya no anda tan aprisa como antes, más bien se mueve vacilante, con cadencia, como andan los negros. 
	Es hombre de pocas palabras. Algunas las ha olvidado a su pesar y otras ha querido olvidarlas. Sin embargo conmigo, cuando se queda en blanco no se azora, me mira y parece que diga: —tú ya sabes lo que quiero decir—. En realidad no lo sé, pero muevo la cabeza y fuerzo una sonrisa para que no se sienta mal. 
	Hace tres meses que Octavio está en una residencia. Al parecer una vecina lo encontró una mañana en el zaguán  de la casa de su hija, descalzo y en pijama. Cuando le preguntó no supo decirle a dónde iba.  
Octavio es mi amigo desde hace años, quizás mas de siete. La primera vez que nos encontramos yo aún no había formado mi grupo. Fue en una tienda de teléfonos móviles. Sólo había una dependienta.  Me acompañaban Yonchu y Jéssica. Yo buscaba un teléfono de diseño, con cámara, con teclas musicales y luces rítmicas y multitud de juegos. Él quería un teléfono fácil, que tuviera las letras grandes. Se le notaba perdido entre tantos modelos. La chica de la tienda no le ayudaba nada, más bien lo abrumaba. 
—Señorita, sólo quiero un teléfono para hablar— le decía. —No para hacer fotografías, ni guardar canciones, ni politonos, ni que me despierte. 
La dependienta seguía. Como si no le escuchara: —Con éste  puede hablar por video conferencia. 
Él chasqueaba la lengua y se revolvía inquieto. Yo, que esperaba que se decidiera y que terminara, dije señalándole uno: —Ese. Ese es el mejor para hablar—. Era el que tenia las teclas más grandes. Octavio me examinó de arriba abajo por encima de sus gafas para comprobar si mi criterio tenía garantías. Creo que le convenció el énfasis que puse al decirlo. 
—Ese, señorita— le dijo a Eva, refiriéndose al modelo que yo había indicado. Eva era el nombre que aparecía en la tarjeta que la dependienta llevaba prendida en la solapa de su chaqueta verde y azul.
Al salir de la tienda, me esperó para darme las gracias, aunque yo creo que lo hizo para que le ayudara a poner el teléfono en marcha. Dijo que quería hacer una llamada.  Le expliqué cómo y también cómo poner un mensaje. Luego me preguntó si me podía llamar cuando tuviera algún problema. — ¿Te llamas Jorge, no? 
Cuando le contesté que sí y le dí mi número pareció aliviado. Yo pensé que acababa de firmar un acuerdo de asistencia técnica. Yonchu y Jéssica se reían de mí. No tardé nada en constatar que su familia  -sus hijas y sus nietos- no lo tomaba en serio, y aquel pacto me convirtió en su amigo.
Desde entonces muchas veces estuve en su casa. El día que compró un ordenador portátil me dijo: —Vente. He encargado una pizza—. Me lo enseñó como si fuera un chiquillo que acabara de hacer una maldad. Pulsaba las teclas como si tuviera miedo a romperlas y se sorprendía de lo que aparecía en la pantalla, como si fuera un milagro. Sonreía. Le enseñé a manejarlo, a navegar por Internet, a crear una cuenta, a mandar un correo. Lo de copiar y pegar al principio le resultaba excesivo, pero logró aprenderlo,  aunque en bastantes ocasiones él y el ordenador se quedaban colgados. Se le olvidaba cómo abrir, o cómo archivar. Cuando le ocurría eso me llamaba. Una vez que le ayudé a instalar un programa de música le pedí que me enseñara a tocar la guitarra.  A cambio yo le enseñaría a chatear. Fue él quien me lo pidió ¡Joder! aquello me pareció divertido. Cuando lo conté a mis amigos, alucinaban.
	Vivía solo casi desde que se había jubilado. Estudió en el conservatorio de Barcelona pero acabó como funcionario del ayuntamiento de Cornellá.  Hizo bolos como pianista en algunos grupos de Jazz, aunque también tocaba la guitarra. Su mujer, Matilde, había fallecido al poco tiempo por culpa de una moto. Para evitarla había dado un traspié y al caer se golpeó la nuca con el bordillo de la acera. Falleció allí mismo, en la calle mientras Octavio llamaba un taxi para llevarla al hospital e intentaba  reanimarla. Me lo contó una tarde. Como si lo viera. Paró un instante, cerró los ojos, con la punta del pie derecho marcó el “tempo” e inició Satin Doll al piano  Yo le acompañaba. Al terminar el tema,  hizo un solo. No pude sino enmudecer la guitarra.  Recitaba  aquella muerte como la de su muñeca de satén. Al terminar abrió los ojos y repitió dos veces el último acorde para dar entrada a mi solo, pero no pude. Me quedé en silencio. Metí el instrumento en la funda y me marché sin decir palabra. Mientras bajaba la escalera de su casa, oí que repetía aquella melodía. ¡Cómo pesaba la guitarra! No conocí a Matilde,  y Octavio sólo me habló de ella en aquella ocasión, pero nunca más hemos vuelto a tocar Satin Doll, y cuando escucho ese tema se me arruga el alma y la guitarra. 
	Encima del piano había una fotografía amarillenta de dos niñas con unas trenzas negras que debían ser sus hijas. Era un piano viejo, no muy grande de color madera, tenía la cerradura rota y al “re” de la segunda octava le faltaba la tapa. Una vez coincidí con una de sus hijas, quizás fuera Maria o Marta. Era rubia y no se parecía a ninguna de la fotografía. Vino casi al anochecer a  limpiar la casa y el cuarto de baño. Tocábamos Autumn Leaves, y yo intentaba imitar  a Pat Metheny. Octavio me apremiaba para que acentuara el “swing”.  Me enteré que las dos se turnaban un día a la semana para limpiarle la casa, vigilar su nevera  y cuidar de su ropa. Nunca coincidí con ellas, salvo aquella vez. Por eso luego, cuando tocaba “Las Hojas muertas” me acordaba de sus hijas.  Hace mucho tiempo que no toco ese tema y no creo que después de lo que ha pasado quiera tocarlo.
	Todos los días a las ocho recibía una llamada de teléfono. Entonces me dejaba haciendo escalas o progresiones de acordes y se metía en la cocina o en su dormitorio. 	Después de esa llamada que duraba más o menos un cuarto de hora los temas eran más alegres, sus dedos golpeaban el teclado con el fusión de Herbie Hancock o  nos atrevíamos con el “Be-Bop” de Gillespie. Algunas veces eran más sombríos y terminábamos con un Blues o con  “Brother, can you spare a dime”. Si tocaba “Días de vino y Rosas” yo sabía que se sentía mal y no hablaba.
Un día mientras hacíamos un descanso y yo  abría una botella de vino tinto que habia llevado con unas empanadillas, me dijo que le gustaba Bill Evans, más que Jarret o Chik Corea.  —Bill Evans era mas lírico— me dijo—, y su mano izquierda era fabulosa—. Yo no tenía ni idea. Octavio estaba eufórico y hablador.  De pronto, después de apurar el vaso de vino, se puso a  tocar  “Solitude”. Me limité a escuchar mientras terminaba de comer mi empanadilla. Cuando acabó le aplaudí, y con una sonrisa que no le conocía me confesó  que iba a ver a la mujer con la que chateaba,  con la que hablaba todos los días. Yo era su confidente, era su amigo. Tomé la guitarra y punteé “Solitude”. Ese día me descubrió a Duke Elligton. Octavio tocó los acordes al piano, luego hicimos un solo cada uno. El suyo venía cargado. Cuando salí de su casa, en la escalera abrí la funda para comprobar si me había dejado la guitarra de lo poco que pesaba. Sin embargo, la escalera me pareció oscura.

	No voy a hablar del grupo que formé poco después con Yonchu, con Carlos y Jéssica. Aquello fue un desastre que duró más de un año. Ellos se empeñaban en tocar Rock y yo quería hacer Jazz y siempre acabábamos discutiendo.  Al principio le pedía a Octavio que viniera a tocar con nosotros, a pesar de que Carlos y Yonchu se oponían. Yonchu tocaba el bajo eléctrico y Carlos era baterista.  -Para qué queremos un viejo en el grupo- decían.  Jéssica, que se ocupaba del teclado, no se pronunciaba. -Sabe de música y de rock más que todos vosotros- les decía desafiante. De rock no sé si sabia, pero de jazz sabia un huevo. Yo pretendía que les inocularara el mismo veneno, su pasión por aquella música, pero Octavio nunca quiso tocar con ellos.  Después no sé porqué dejé de ir a su casa. Incluso no respondí a alguna de sus llamadas.
	Hace una semana fui a verle y supe que sus hijas lo habían llevado a la residencia. María después de lo del zaguán había convocado a Marta a una reunión familiar para tomar decisiones. Luego le dijo con gravedad: —Papá, esto no puede ser.  Es lo mejor para ti, y para todos—. Marta añadió: —Estarás bien. Además,  iremos a verte todos los días—. Octavio no puso ninguna resistencia. Tampoco la puso cuando antes, en otra reunión  habían decidido ponerle una pulsera. ¡Qué culpa tenía él de haberse perdido!  Además se había equivocado de autobús. Se lo explicó así a aquella muchacha policía, que se empeñó en llevarlo a la comisaría. El hubiera llamado a un taxi, pero había olvidado el dinero y la dirección. Hasta el nombre olvidó ese día. En su casa sí sabía dónde estaba el cuarto de baño, pero Maria se había empeñado en que no podía vivir solo, y Marta también, y cuando ya se estaba aprendiendo la casa de Maria, lo habían enviado a la residencia.
	Ahora voy a verle todos los días. Voy después de comer y charlamos. En realidad hablo yo, a él se le olvidan las palabras. Le cuento de mí, de los bolos, de cuando me llamó Adam Levy para que le sustituyera en un concierto de Norah, del verano pasado cuando estuve en Miami para grabar con Shakira, del Festival de Jazz de Gijón,  del Cuarteto de Patricia Barber y de la Big Band en la que toco ahora.  Hace como que me escucha y sonríe pero sé que no le interesa.  Ayer me llevé la guitarra. Cuando la vio se le iluminó la cara. Me tomó de la manga y me arrastró a la capilla.  Al principio me sonaba raro My funny Valentine con un “armonium” y mi guitarra eléctrica. Al terminar nos reíamos, y media docena de ancianos que habían ido entrando nos aplaudían. Tocamos casi una hora, hasta que vino una enfermera que cerró el “armonium” y nos echó de mala manera. Parecía una monja.
	Tengo que hablar con el director de la residencia para que nos deje tocar en la capilla o donde quiera. También hablaré con Yonchu por si quiere venir con el bajo.  Mañana sin falta le llevaré a Octavio un móvil y mi portátil, aunque no sé si recordará las contraseñas.  Ayer, antes de que nos echara la monja, tocó “Solitude” como aquel dia.  Marta y Maria no han ido a verle en toda la semana y tampoco sus nietos desde que está en la residencia.


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		<id>http://www.librodearena.com/preludio/post/2008/11/08/la-gota-</id>
		<title>La gota.-</title>
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		<issued>2008-11-08T03:35:13+00:00</issued>
		<updated>2008-12-03T19:15:42+00:00</updated>
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	El orden perfecto  era el de las camisas en su armario, a pesar de la muchacha búlgara que le lavaba y planchaba. 	
	Eso pensaba esa mañana en el vestidor, después de salir del cuarto de baño, cuando descolgaba una camisa azul claro de manga larga. Se la abrochó empezando por abajo. Metió el faldón dentro de los pantalones y cedió otro agujero en el cinturón, prueba inequívoca de que seguía engordando. 

	No había dormido mal del todo, aunque sí inquieto. Después de dieciocho años de ver tantas cosas casi nada  le impresionaba. Había estado estudiando el asunto hasta muy tarde. Era un expediente denso y largo, voluminoso como todos los que tienen muertos.
	Para anudar la corbata  se miró al  espejo y vio que una mancha se extendía por la camisa un poco más arriba de la tetilla derecha.   Se quedó en suspenso, deshizo el medio nudo, y se desabrochó para ver si la causa de la mancha estaba dentro. Incluso se palpó y se acercó al espejo. Fue cuando vio en la barba, a la derecha del mentón, una insignificante gota como una perla roja, que brotaba y crecía. La abortó con la yema del pulgar y no tuvo ninguna duda de que se había cortado al afeitarse.

	El suceso y las fotos habían aparecido en los periódicos hacía casi dos años. Lo recordó al verlas en el sumario, pero entre providencias, autos y resoluciones le parecieron más normales, menos impresionantes que entonces. Dos cadáveres estaban sobre la cama rebozados en sangre y el tercero en el suelo en medio de un gran charco, aunque sangre se veía en las paredes y en todas partes.
	
	Hacía tiempo que no se cortaba. Cortarse era algo que le enojaba, porque la sangre tardaba en restañarse  y siempre le pillaba con premura. Sin esperar a que coagulara, arrojó la camisa al cesto de la ropa sucia y eligió una blanca. Se la puso irritado, se anudó la corbata ante el espejo y  observó que la gota de sangre no sólo persistía, sino que se hacia grande  más aprisa. Buscó la caja de las gasas en su botica, tomó una y la apretó contra la mandíbula.  
	
	Un agujero negro arriba de la boca desfiguraba a la muerta que aparecía desnuda encima de la cama.  También presentaba un tajo en el vientre por donde se había desangrado.  A su lado había un sujeto medio vestido, con una chaqueta de pana y los pantalones bajados hasta las botas. Estaba boca abajo con la cabeza ladeada y los ojos abiertos.  También se deducía que el esfínter había quedado franco. Desde la oreja aparecía un reguero de sangre que le bajaba por el cuello. Según la documentación recibida de Córcega se llamaba Humberto Felici, alias el Corso, delincuente de treinta y ocho años, con causas pendientes aquí y  en Francia. Aunque todo el mundo lo conocía por el Roto, porque una cicatriz en el pómulo le rompía la cara.
	
	Como de costumbre había conectado la cafetera antes de ducharse.  Después, con una mano sostenía la gasa y con la otra daba al botón para un café largo. Mientras hacia eso, Francino hablaba con  Joan Margarit de poesía. El reloj de la cocina le indicaba que llevaba cuatro minutos de retraso. Cuatro minutos sobre el mismo horario durante más de dieciocho años haciendo las mismas cosas.

	En ese momento un vómito ruidoso, con más aire que  agua, salió de la cafetera. Al averiguar qué pasaba,  dejó de apretar la gasa que cayó sobre la bandeja después de manchar el borde del azucarero. La cafetera se había quedado sin agua y al rellenarla una gota de sangre la tiñó de rosa. Volvió al cuarto de baño a por otra y con un esparadrapo la fijó sobre la herida.  

	Lo dejó todo tal cual estaba. Ya tomaría café luego, en un receso de la vista, pensó al parecer.  Se puso la chaqueta, agarró el maletín y el sombrero y abandonó la casa de un portazo.
	
	El sujeto que estaba en el suelo, desnudo del todo, tenia la cabeza partida, al aire un amasijo de tripas y mierda  y  los genitales esparcidos. Era el Pulpo, al que se le veía con Claudia desde hacia algún tiempo según algunos testigos.
	
	Como todos lo días un  taxi lo esperaba frente a la casa para llevarlo a la Audiencia. El taxista, mientras arrancaba, mirándole a través del espejo, le dijo:
	—¡Tiene sangre en la cara.
	—No es nada— contestó restando importancia—. No había terminado de decirlo cuando una gota de sangre se estrelló contra el maletín que tenia sobre las rodillas. Al sacar el pañuelo del bolsillo la punta de la corbata  desde la gota trazó un dibujo.
	
	Aplicó el pañuelo a la barbilla y al poco se empapó de sangre, incluso se pringó la mano. Por el gesto que hizo y alguna exclamación intempestiva el taxista preguntó alarmado si pasaba alguna cosa. 
	—No— le dijo—. En absoluto.   
	El taxista contó que hacía unos dias había llevado a urgencias a un yonky, al que habían pinchado, que casi se le desangra y que le puso el taxi perdido. 
	En ese momento vio que acababa de manchar el asiento con varias gotas que cayeron del pañuelo. Apurado se  palpó los bolsillos, después abrió el maletín arrancó un folio e intentó limpiar aquello.
	—¿Quiere que le lleve a urgencias?—le dijo el taxista al verle manchada la manga de la chaqueta. 
	—No sea Usted ridículo, ¡hombre!—le dijo incomodo—. ¿No se ha cortado nunca al afeitarse?
	—Si, claro—contestó—. Pero hay personas a los que no les cuaja la sangre —.Y añadió: —Mi suegra cada vez que se corta parece un surtidor. Y mi mujer, como toma sintrón, también la tiene muy líquida. 
	No hizo ningún comentario. Miraba por la ventanilla e intentaba contener la sangre apretando con la mano.
		
	Al parecer los esperaron escondidos dentro de la casa lo que tardaron en llegar el Pulpo y la Claudia, y lo que duraron apenas unos arrumacos antes de encamarse. Cuando el acusado y el Roto entraron donde estaban, quizás el Pulpo saltara de la cama. Así parecía desprenderse de los interrogatorios que había hecho la policía, según figuraba al folio doscientos uno y siguientes.  Sin que se dieran más circunstancias, el acusado de un tiro le desparramó los huevos al Pulpo por toda la habitación y ya en el suelo le reventó la cabeza, —para que sólo sufriera lo justo—había confesado.	
	
	Después con la navaja la rajó a ella más de un palmo desde la vagina. Así constaba en el informe del forense, por supuesto con mucho más detalle sobre órganos afectados, dirección y profundidad del tajo.

	Cuando llegó a la sala de togas seguía  sangrando y al ponerse la suya no pudo evitar mancharse las puñetas. El ujier preguntó si quería otra, pero él negó con la cabeza, aunque le pidió que le trajera dos paquetes de kleenex. Los demás miembros del tribunal le propusieron aplazar  la vista. Hasta el fiscal comentó que en un partido de fútbol el árbitro le obligaría a abandonar la cancha. 

	Sin hacer ningún caso a las recomendaciones ni a la sangre que fluía ordenó comenzar el juicio con unos minutos de retraso. El acusado entró escoltado por la policía, y esposado.  A primera vista no parecía nada peligroso.  Era encanijado y pequeño, con poco pelo, y unas gafas de concha con muchos aros en los cristales escondían sus ojos.  Llevaba una chaqueta gris con una raya verde en las mangas que debió ser parte de un chándal, unos pantalones vaqueros que le venían grandes  y unas zapatillas deportivas muy usadas. Mandó que le quitaran las esposas y a continuación le preguntó si era el asesino de Claudia Raboso, de Orlando Valdés y de Humberto Felici. Contestó que no los conocía.
	—¿Mató Usted a la Claudia y al Pulpo? —le preguntó mientras se apretaba la barbilla.
	—Si —respondió mirando al suelo. Luego levantó la cabeza y dijo: —Pero menos de lo que se merecían.
	—¿Y al Roto?
	No dijo nada, se quedó en silencio.
	Después de eso, le ordenó que se sentara.  Al consultar el sumario, apartó el  kleenex de la barba y otra gota de sangre  cayó sobre el mango de la maza.

	Cuando el fiscal preguntó al acusado por los motivos de matar a su amigo, el juez sacó  la cabeza del sumario como si la empujara con la mano desde la barbilla y lo miró por encima de las gafas 
	—No era mi amigo— dijo sin mirar, como si hablara al aire.
	—Conteste a la pregunta o no diga nada. Está usted en su derecho, pero no se vaya por las ramas —le conminó apuntándole con el dedo. Mientras lo hacia, dos gotas de sangre mancharon el sumario abierto y otra cayó sobre las notas que tomaba.  El acusado se revolvió inquieto, lo mismo que el juez. 
	Este apretó de nuevo un kleenex sobre el mentón. Con otro secó la sangre que manchaba los papeles.
	Fue entonces que el acusado habló como si no hubiera nadie en la sala, como si sólo el silencio le escuchara: 
	—Era mi novia, me aliviaba en los vis a vis cuando estaba en la trena. Me dijo que me tenía ley pero era mentira, se la follaba el Pulpo—. Hizo una pausa y cambió de tono. —La abrí con la navaja y entonces el Roto quiso tirársela mientras reventaba. Dijo que eso le ponía y se subió al catre el hijo puta. La Claudia bramaba. Entonces, le metí un tiro en la nuca y a ella otro en la boca para callara—. Después de confesar eso dejó sin respuesta todas las demás preguntas. 
	
	Cuando terminó de hablar el abogado que lo defendía, el juez con la mano ensangrentada cogió el último kleenex y dijo:	
	—Póngase en pie el acusado. ¿Quiere añadir alguna cosa?	¿Algo que no se haya dicho?
	Asintió con la cabeza  mientras se incorporaba.	
	—Yo tampoco puedo con la sangre, Señoría—. Apenas lo dijo echó mano al bolsillo. —Lo mejor es el papel de fumar—. Y le mostró un librito aplastado.
	—¡Agente, acérquelo!—le dijo al policía—Cuando éste se lo entregó, sacó un papel del librillo, lo partió por la mitad y la mitad de esa lo aplicó a la herida. Luego lo  devolvió, cerró el sumario, tomó la maza, golpeó y  dijo: 
	—Visto para sentencia. Despejen la sala—. Después se pasó la mano por la barba. 





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		<title>No estoy loca.-</title>
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		<issued>2008-10-28T12:53:43+00:00</issued>
		<updated>2008-11-07T01:31:44+00:00</updated>
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	Cuando entré, Julia hizo un ademán instintivo de esconder algo. Los cajones de mi escritorio estaban abiertos.
	—¿Qué haces en mi estudio? —le pregunté con un amago de sonrisa—. ¿Buscas alguna cosa?
Desafiante extendió el brazo y mostró mi teléfono con la pantalla iluminada.
	—¿Qué es esto? —me dijo.
	—No tienes ningún derecho—. Le arrebaté el teléfono y le clavé los ojos.
	—¡Estás loca! —me soltó mientras se alejaba hacia la puerta. Se volvió y añadió despectiva—. Supongo que papá no sabe nada.
	—¿Qué debe saber papá? — Intenté adivinar hasta dónde sabia Julia.
	—No seas cínica— me replicó. 
	Me senté en la silla con el móvil en las manos. No pude sino bajar los ojos a pesar de que había intentado mantenerle la mirada. 
	—Puede que sea una locura, pero no estoy loca—le dije—. No creo que lo comprendas.
	—Así es. No comprendo nada. Y creo que él tampoco.
	—El no, por supuesto, pero tú quizás sí  que podrías.
	—¿Cómo puedes vivir así, con ese engaño, con tanta mentira?
	—No hay mentira—le respondí mientras me levantaba. 
	—¡Ah, no! ¿Por qué no se lo dices? ¿Por qué no le confiesas que te acuestas con otro? —Me miró inquisitiva—. ¿Por qué no le abandonas? ¿Por qué no te vas y nos dejas tranquilos?—El rubor encendía su cara—. Además de loca, eres despreciable—. Lo sentí como un escupitajo.	
	—Lo quiero, todavía lo quiero, aunque quizás de otra manera—. Hice una pausa, pero ello no movió ni un músculo de su boca apretada—.  Tú no sabes nada. Estoy con él desde que iba al instituto. Quince años tenía. Cuatro menos de los que tú tienes ahora. Hemos caminado juntos toda la vida, durante casi treinta años, y ha sido hermoso. Lo que somos nos lo debemos uno a al otro. Hasta renuncié a un trabajo por él y por vosotras.  Decliné valerme por mi misma. También lo hice por tí, y por Elena. ¿Es que eso no vale nada? 
	—¿Y la mentira? ¿También vale la mentira?—me preguntó rabiosa, incluso levantó la voz— ¡Dile que también quieres a otro!
	—¡No puedo decirle eso, Julia!  No lo entendería. Se moriría de celos y de pena.
	—Entonces, deja al otro—. Lo lanzó como una exigencia.
	—Me pides mucho—. Apenas lo había dicho, se me vidriaron los ojos—. Ese otro es mi vida. Es lo que me da oxigeno. Es lo que me complementa. Es lo prohibido. Es lo que me resucita de esta vida de rutina en la que lo he dado todo. Solo eso me queda. ¿También a eso debo renunciar? ¿A cambio de qué? 
	Me miró entrecerrando los párpados, se volvió despacio y se marchó dejando la puerta abierta.
	Antes de dejar el móvil en su sitio, suspiré y volví a enviar el mensaje. Luego cerré los cajones con llave y la guardé en la copa del  suje.
	
	.

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		<id>http://www.librodearena.com/preludio/post/2008/09/05/vestida-luna-</id>
		<title>Vestida de luna.-</title>
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		<issued>2008-09-05T01:37:20+00:00</issued>
		<updated>2008-10-28T11:42:07+00:00</updated>
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	Cuando a las siete y media de la tarde salí a la calle el calor todavía era pegajoso y lo noté como un abrazo nefando después de dejar el aire acondicionado del despacho.  Me quité la chaqueta y la puse sobre los hombros mientras me remangaba los puños de la camisa y me aflojaba el nudo de la corbata, lo que hizo que me sintiera más extraño en una ciudad semivacía por las ausencias de agosto.  

	Apenas hacía media hora que había llamado a Olga para decirle que iba, harto de comer mal y cenar peor en los restaurantes que quedaban abiertos.  Mas de una hora de viaje hasta  la Cataluña profunda, cena con la familia bajo la mirada inquisidora de mi suegra, polvo con hastío con su hija, y otra hora de vuelta mañana temprano me hacia dudar si compensaba mas eso que castigar de nuevo mi estomago con la cena y el matarratas que ponían en la copa con la que hacer mas corta la noche, acodado en la barra de una discoteca agitando el hielo y al acecho.

	Había llamado a mi amigo Julio  con la esperanza de encontrarlo y hacer de la noche un juego.  Siempre que salíamos acabábamos divirtiéndonos. Nos metíamos una raya y competíamos por ver quien llegaba antes acompañado al apartamento. El que perdía pagaba las copas. El juego era simple. Una moneda decidía quien empezaba y el otro señalaba la presa.  No resultaba muy difícil porque él, en plan hijo de puta siempre me elegía la más fea de la estancia. Yo en cambio elegía para él la más difícil, la más espectacular, la más sofisticada. Cuando yo ganaba me iba primero con la moza y él se quedaba. Si ganaba él, que era la mayoría de las veces  - y no sé como lo hacía -  se acercaba y me preguntaba si había cava al frío mientras extendía la mano para que le diera las llaves. Las noches que yo me adelantaba, luego venia acompañado y llamaba por teléfono para que le abriera. Si yo perdía, por supuesto que no iba si no iba acompañado, y si lo iba tenia que ir en taxi porque él además se llevaba el coche. También era parte del juego.

	—¿Todavía estás de curro? —me preguntó cuando le dije que seguía en el despacho, y añadió afligido. —Estoy en Roses desde el sábado con el pase per nocta secuestrado. Ya sabes la familia es sagrada.  Hasta el treinta y uno.
	—Si, claro —le dije resignado —. Yo tengo que cerrar unos contratos con unos alemanes y me ocupará seguramente toda la semana. 
	—¡Qué suerte tienes!—. Cambió el tono para hacerse cómplice—.Olga y la niña en Aro ¿no? 
	—No—le dije—. La niña en Irlanda y Olga en la masía con mis suegros.
	—¡Qué cabrón! ¡Quien bien te lo montas!
	—No te creas,  esto está triste. Casi todo lo que vale está de vacaciones.

	Aquello fue lo que me decidió llamar a Olga para decirle que iba. Ni siquiera pasé por casa y enfilé la autopista ensayando lo que debería hacer y decir para mantener a raya a mi suegra. Si embargo, cuando casi estaba a mitad de camino, mas allá de Manresa,  al llegar al primer cambio de sentido, sin saber porqué, o quizás porque la  luna estaba llena y eso me afecta,  di la vuelta,  paré el coche en la cuneta y puse los intermitentes fijos.	

	Con la voz marqué:
	—¡Nena!	
	—Dime—me contestó al segundo—. ¡Qué sorpresa, Jaime!  Nueve días sin saber de ti son una eternidad—. Su manera de hablar prendió mi esperanza.
	—¿Estás sola?
	—¿Qué pregunta! Sabes que no. Te llevo en la imaginación.
	—¡Coño, Merche! Déjate de virtualidades y dime si estas sola —le dije casi irritado.
	—Sola desde hace un par de horas
	—¿Sola... sola…?—repetí acentuando.  ¿Y tu marido?
	—En el Camino de Santiago.
	—¡No me digas!—. Mis ojos hicieron chiribitas. — ¿Se ha hecho devoto o es que cumple una promesa?
	—No seas cínico —me dijo como una crítica.  Aunque noté que sonreía.
	—No me habías dicho nada.
	—¿Qué quieres? Hace semana y media que no me llamas. 
	—¿Cómo te voy a llamar si estas de vacaciones con tu marido?
	—Mi marido se marchó hace cinco días y vuelve pasado mañana. Se va todos los años una semana antes de julio, pero este año uno de los amigos que le acompañan en el camino no tenía vacaciones hasta ahora.
	—¡Merche, cielo! esas cosas se avisan.
	—¡Joder, Jaime! Pensé que estabas con tu familia.
	—¡Qué va! Estoy puteado, trabajando. Creo que soy el único—. Pretendí pasar por apesadumbrado. —¿Y porqué estás sola ahora?
	—Desde que se marchó Mario estaba con una amiga.  Con Vania. Creo que la conoces—hizo una pausa—. Te la presenté en el Museu d´Art Contemporani cuando la inauguración de la exposición de Nancy Spero. 
	—No sé. No caigo. 
	—¡Jai! ¡Si le echaste los tejos!
	—Te aseguro que no la recuerdo —le dije mintiendo. Nunca he olvidado una mujer con tetas rotundas y desafiantes.
	—Pues esta mañana la Vania se ha metido en la mar y debe haber tropezado con Neptuno, porque ha salido, ha venido al toldo, ha recogido sus cosas, y después de ponerse el suje me ha guiñado un ojo. Luego mientras se mordía los labios se ha dado la vuelta y me ha dicho adiós con la mano detrás del culo. Hace un rato ha venido a por su ropa,  la boca  le llegaba de oreja a oreja. Su único comentario cuando le he preguntado ha sido algo parecido a un suspiro, y después con los ojos en blanco ha añadido: ¡No hay palabras! Y ha desaparecido.

	—Entonces, ¿si voy…? Le dije con intriga.  Me cortó tajante.
	—No caerá esa breva—. Luego añadió menos segura: — Jaime, tonterías las mínimas.
	—Merche, cariño,  me  apetece verte. 
	—Mira, Jai, voy en short  con una camiseta y el pelo por lavar, si me tengo que restaurar necesito al menos una hora. Así que háblame en serio.
	—¡Cielo! El short y la camiseta te sobran, y el maquillaje, por mucho que te esmeres, acabaremos compartiéndolo. ¿Dónde estas? 
	—¿Donde voy a estar? En Sitges. En el apartamento.
	—¡Dios! Otra vez Sitges.
	—¿Que dices de Sitges?
	—Nada, cosas mías.  Mira son las nueve. En menos de una hora tienes mi lengua en tu campanilla. Así que, por fa, dime exactamente dónde estás.
	—Con mucho gusto, querido —me dijo entre risas—. Apunta: Paseo Marítimo, entre la Avenida Sofía y Prat de la Riba. El numero del edificio y  el piso lo adivinas. 
	—Como quieras. Cuando llegue te llamo y me das pistas
	—No, mejor. Ahora mismo cuelgo mis bragas en la barandilla de la terraza. Está muy alta.  ¡Tu mismo! Jajajá. ¡Mira que eres fantasma!
	—Está bien. En ese caso no te pongas nada.
	—¿Así? ¿Tan escueta? ¿No preferirías  una gotita de Opium en el cuello, detrás de la oreja?
	—Por supuesto, amor, y el cava muy frío, en cubitera de hielo, como a mi me gusta—.  Apagué el móvil y arranqué el coche. No sé porque tuve la sensación de que se lo tomaba a broma. 
	
	A continuación llame de nuevo a Olga para decirle que no iba, que las cosas se habían complicado, que los alemanes eran unos cabrones, y que tenia que rehacer un contrato,  probablemente toda la noche. Ello no evitó la bronca que aguanté con dignidad. El problema era que le había dicho a la cocinera que añadiera un plato más en la mesa para la cena,  y que qué le decía ahora. Le dije que tenía razón y que me disculpara por ser tan desconsiderado, aunque añadí con énfasis que lo que me atormentaba  era no poder verla, y que lo que más deseaba era dormir con ella. Al escucharlo se desinfló y dijo: Bueno, ¡cuídate, cariño! no vayas a caer enfermo. 

	Al momento, de vuelta el Lotus marchaba a ciento ochenta por la autopista y tuve que poner el limitador de velocidad para evitar que se embalara como una bestia.  Lo reduje a ciento cuarenta. Cuando volví a llamar al cuarto de hora le dije:
	—¡Nena! acabo de deja atrás la salida para Sabadell. ¿Qué vamos a hacer? 
	La carcajada por su parte fue estentórea. —¿Tengo que decirte lo que vamos a hacer? Pensé que lo tenias claro —me dijo mientras seguía riendo.
	—Es que no me gustaría salir, que nos vieran. Me conocen demasiado. Todo el mundo está en Sitges.
	—Pero, ¿es en serio que vienes? ¡Anda ya! ¡Joder! Nunca sé cuando estás de broma o hablas en serio. 
	—Merche, en serio, te lo decía por si quieres que lleve algo.
	—Que no, que no, que no me lo creo —me repetía.  ¡Tú estás loco! Además lo de mi marido es mentira. Está abajo tomando una cerveza y va a llegar de un momento a otro.
	—Pues sabes que te digo: que se joda, porque en cuanto llegue te bajas, te subes al coche y nos vamos a donde sea.
	—¡Estás como una cabra! Además, no estoy arreglada, ni tengo cena para darte. 
	—¡Ah! eso no te preocupe que yo ya sabré lo que comerte. 
	—¿De verdad? De eso no tengo la menor duda, aunque hace un momento no sabias qué tenias que hacer—. Soltó una carcajada. 
	—Jajajá. No importa—le dije entre risas—. ¿No me has dicho que tienes cava? Paso por un sitio que yo me sé y llevo una docena de ostras.
	—Hecho. Y yo cambio el cava por Dom Perignon— y se reía, por eso noté que no me creía una sola palabra 
	—Entro en la Ronda de Dalt —le dije—. Te llamo en quince minutos.
	—Jajajá, parece que estés radiando la vuelta a Cataluña— y colgó.

	Cuando llegué a Castelldefels paré. Pero no encontré ostras y las dos docenas de almejas que me querían vender no eran de fiar. Sí compré una botella de “Mumm, cordon rouge” y dos bolsas de hielo. También entré en una perfumería que todavía estaba abierta. Cuando le pregunté a la dependienta dónde encontraría unas braguitas monas, se me quedó mirando y mientras lo hacia  dejó de envolver el paquete que me preparaba. Creo que me puse colorado, y precipitado le dije: 
	—Perdón, señorita, temo que me he expresado mal.  Quería decir donde puedo comprar unas braguitas…que me gustaría regalar—.  La verdad es que aquello no tenía arreglo. Me entregó el paquete  sin decir nada, ni las gracias, me acompañó a la puerta y me señaló enfrente.
	 — ¿En los chinos? —le dije asombrado. —Gracias. No se me había ocurrido—. Sin contestarme se metió en la tienda y sonriendo bajo la persiana.  Yo me subí al coche que tenía aparcado en la puerta y por supuesto me marché sin comprar las bragas.

	A los pocos minutos, quizás sobre las diez y algo, después de buscar refugió al Lotus en un aparcamiento de Sitges, llegué andando con las bolsas de hielo y los paquetes al Paseo Marítimo en busca de las braguitas colgadas. 

	Las localicé y seguramente mucha gente conmigo, porque como miraba hacia arriba, la gente que pasaba a mi lado también lo hacía. Entonces llamé decidido y le dije a Merche:
	—Están el en el ultimo piso a la derecha y las ilumina la luna—. Eso era cierto, pues aunque no era sábado o domingo que había estado llena, si vi sobre el mar que le faltaba muy poco.  La noche era esplendida.
	—¿Será posible? ¿De verdad has venido? ¡Si no voy vestida! — exclamó nerviosa.
	—Mucho mejor —le dije—. Si te asomas a la terraza me verás y te vestirá la luna. ¿Qué timbre llamo?
	—Pulsa el doce.
	Mientras cruzaba el paseo la vi en la terraza sin nada,  vestida de luna. En otra, en la esquina que da al Jardin del Pintor Pere Pruna, más o menos a la misma altura, unas lesbis la miraban y luego se besaban. La noche duró lo que rió la luna.
	

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		<id>http://www.librodearena.com/preludio/post/2008/08/27/clara-</id>
		<title>Clara.-</title>
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		<issued>2008-08-27T01:58:07+00:00</issued>
		<updated>2008-09-03T14:33:11+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
	—¡Por Dios, Clara, otra vez! —iba a decirle como un reproche, pero cuando vi sus ojos apagados, temerosos como los de un perro apaleado esperando mi reprimenda decidí cambiarla por una sonrisa.
	
	—¿Cómo te encuentras? —le dije mientras le sonreía, aunque tampoco esa era la pregunta adecuada.   No me respondió. Siguió mirándome de soslayo extrañada de que no le dijera nada, bajó los ojos, rompió en un llanto y se tapó la cara con la sábana entre las manos.  A sus sollozos entrecortados añadía: ¡qué vergüenza! Como si tuviera hipo. Al escucharla se me hizo presente su madre cuando le decía: ¡¡Eso, antes!! Como parte de su continuo reproche.
	
	—¡Vamos, Clara!, Nada de llorar. Eres una mujer valiente —le dijo la enfermera sin ningún convencimiento, pero muy profesional. Entraba con una botella de suero  para cambiar la que se había agotado de las dos que llevaba conectadas al brazo. Me hice eco de ello mientras le cogía una mano entre las mías. Ella no cesaba de llorar y de repetirse que era un desastre, que todo lo hacia mal. 

	Esa vez estaba en el Hospital Sant Pau. Recordé que ya había estado allí por lo menos en tres ocasiones. La anterior, hacia ocho meses, había sido en el General.  Era una  historia repetida de la que ya había perdido la cuenta. Diez, quince veces. Quizás mas.  De todas las maneras ¿qué importaba el número? Siempre la salvaba la campana. Parecía que tenia un ángel a su lado que, si no impedía que bebiera un vaso entero de Ginebra con un puñado de pastillas, aparecía en el último minuto como una alumna, una vecina, una llamada telefónica cuando aquella mezcla perversa empezaba a hacer estragos,  para que comenzara de nuevo.

	Su ingreso por urgencias, el lavado de estómago, los vómitos, la lengua negra,  su traslado a una sala cualquiera. La falta de noticias, la espera angustiosa, por fin  la llamada a los familiares de Clara, y el informe médico del interno de turno que yo ya me sabía. Al fin y al cabo era yo quien, cuando llamaba a la ambulancia,  facilitaba la información de lo que había ingerido, dónde debían buscar,  y la historia de todos sus intentos de suicidio, al menos los que yo sabía. De los que había ocultado su madre, por el qué dirán o por sus miedos inconfesables, tenía constancia de algunos.  Después de todo aquello protestaba con vehemencia, incluso pedía la hoja de reclamaciones porque no la habían trasladado a la Unidad de Psiquiatría. Entonces se limitaban  a decirme que no había camas libres en esa unidad, que  iban a darla  de alta  en pocas horas y que debía acudir al Centro de Salud mental que le correspondiera. Igual que la vez anterior y que las otras.

	 
	Cuando me avisaba una compañera de Clara que esa mañana no había acudido al trabajo y que no había respuestas en su móvil ni en el teléfono de su casa, entonces yo llamaba a Eugenia, una vecina a la que  le había dado una llave de su casa. Le rogaba que abriera, que entrara en el apartamento de Clara, que si ocurría lo que temía que me llamara. Yo, sin embargo estaba a más de trescientos kilómetros. A los pocos minutos confirmaba mi presentimiento, entonces llamaba a una ambulancia, y me ponía en marcha para llegar al cabo de unas horas al lugar donde la habían ingresado. 

	Cuando había pasado todo y salíamos del Hospital me hacía prometer que nunca la ingresaría en un psiquiátrico, que jamás la llevaría a ese sitio donde una vez la llevó el Director de su Colegio. Ella no estaba loca, decía, ella sólo quería morir cuando sentía con más intensidad que era un error en este mundo.


	Clara tenia cuarenta y nueve años y a casi  nadie en esta vida. Cuando con apenas veinte años sacó las oposiciones de maestra, su madre y ella lo celebraron como si tuviera que ser el acontecimiento más importante de sus vidas. ¡Habían puesto tanto empeño en ello! Sobre todo la madre.  Era una mujer nerviosa, dominante, muy mayor, viuda de siempre, sombra perenne de Clara,  hija única y póstuma. Así hasta que murió, apenas hacía cuatro años. 

	Se había casado literalmente por correspondencia  como consecuencia de un viaje. Uno de los pocos que hizo sola, sin su madre, acompañada por una amiga rara que solo lo fue  lo que duró aquella aventura de ochos días. Después se carteó durante algo más de dos  años con un chico de Murcia, que había conocido en una noche de discoteca y un día de playa, y que sólo se vieron si acaso cuatro o cinco veces antes de casarse. Su madre leía las cartas del murciano, y aunque no se atrevía a censurarlas sí le daba consejos sobre lo que debía contestar y cómo tenía que hacerlo. Al final del segundo año de correo más o menos semanal Clara y el murciano se casaron, y a los pocos días la madre siguió a la hija hasta un pueblo cercano a Cartagena donde tomaron posesión de la escuela y donde el marido regentaba con sus cuatro hermanas una tienda de ultramarinos.  

	Su matrimonio, que apenas llegó a cuarenta meses, la marcó para siempre porque aprendió a beber a escondidas mezclando el alcohol y las pastillas. Cuando eso ocurría me llamaba su marido y me decía: ¡Ven,  llévatelas! Clara acababa  en el suelo en medio de un vómito, mientras su madre se esforzaba para que nada se supiera. Como podía la levantaba, la lavaba, la llevaba a la  cama y la escondía. Luego le hacia prometer que nunca más bebería. Clara juraba que no volvería a hacerlo, que haría todo lo que su madre le exigiera. En realidad no le resultaba difícil prometerlo. Detestaba la ginebra y las pastillas. Luego su madre se limitaba a decir que todo se debía a los fuertes dolores menstruales de Clara. 

	Si la Navidad, o cualquier acontecimiento nos reunía en la mesa, nunca jamás la vi beber ni una cerveza, ni un vaso de vino, ni un licor. Su conducta siempre fue contenida. Tan solo agua o limonada. 

	Mucho tiempo después cuando se daba lo peor, siempre me repetía: ¡Por favor,  Jenaro!  Que no se entere Emilio, a pesar de que se había divorciado de él hacia mas de veintitantos años a instancias de su madre y con mi concurso para poner a salvo su patrimonio, cuando ya el murciano la había abandonado.
	
	Clara nunca había tenido amigas. Las pocas que le había conocido, tanto las de joven como las últimas, solían establecer una relación insana que enseguida se rompía. Lo mismo que con su matrimonio. 

	Sus compañeros de trabajo normalmente la ignoraban y prescindían de ella ante cualquier acontecimiento social o festivo. La consideraban rara y aburrida. En cambio sus alumnos la querían, la llamaban casi cantando: ¡Doña Clara! Se cambiaban de acera para saludarla, le hacían  pequeño regalos: un chicle, un sacapuntas, un dibujo, hasta compartían los paquetes de pipas. Con los padres de los alumnos era otra cosa, pero no se llevaba mal.

 	Cuando sonó el teléfono me extrañó. No por nada especial, sino por el día y la hora. Eran las tres de la tarde de un domingo sofocante del mes  agosto en el que el calor lo aplanaba todo y los colores habían desparecido
—¿Jenaro Martín? —dijo una voz grave.
—¿Quién le llama? —contesté sorprendido.
Intentó dulcificar la voz para parecer amable. —¿Es usted familiar de Clara Genovés? Le llamo de la Comisaría de Policía del Eixample—. Apreté los ojos y contuve el aliento. Fueron unos segundos en negro. También me mordí los labios. 
—Si, soy yo. ¡Diga! ¿Le ha ocurrido algo a Clara? ¿Está bien? ¿Dónde está?
—Tranquilícese. ¿Podría usted venir?
—Por supuesto. ¿Adónde?—dije.
—A la comisaría—concretó.
— ¿Qué ha pasado? —insistí. 
—¡Tranquilo! Nos gustaría poder darle más información.
—Es que… es…—balbuceé—estoy a mas de trescientos kilómetros… 
—¿Trescientos kilómetros…—pareció dudar desconcertado—. ¿Sabe si hay algún familiar más cerca? Seria  preferible que pasaran… 
—¡No! Soy su único pariente—le interrumpí.
—Comprendo. Debemos decirle que Clara ha muerto Lo lamento. —me dijo seguido—. El juez acaba de estar en su casa.  Van a trasladarla al Instituto Forense — se detuvo para comprobar cómo reaccionaba. Yo me quedé en silencio, sin saber qué decir—. Pase por aquí y le daremos más información  —siguió ya de una manera mecánica.
—Gracias—dije. Colgué el teléfono. No quise insistir ¿Para que?  Luego busqué mi móvil para llamar a Eugenia y me costó encontrarlo. Lo había dejado la noche anterior en mi mochila. Cuando fui a marcar vi que tenía varias llamadas,  dos de Clara  y cinco de Eugenia. Las de Clara era de las siete de la mañana. 
—¡Jenaro! Te he estado llamando— le escuché a Eugenia.
—Sí, lo he visto. Acabo de hablar con la policía.
—Es Clara. Esta mañana me llamó para que pidiera una ambulancia. Me pareció extraño.
—Sí lo es. También a mi me llamó dos veces —le dije apresurado.
—Entré en su casa, la encontré en la cama sin conocimiento, como dormida.  Llamé al ciento doce para la ambulancia y me dijeron que acaban de avisar. Cuando llegaron ya había muerto.
—¡Ya! Supongo que lo de siempre. Se le fue la mano —afirmé resignado.
—No lo parece —dijo segura—. Después de explicarle al médico de la ambulancia nos hemos puesto a buscar y no hemos encontramos nada. Las pastillas que estaba tomando aparecían ordenadas y no había vasos ni botellas a la vista. No obstante el médico ha dado parte a la Policía y al Juzgado —lo dijo como si lo leyera.
—Gracias, Eugenia.  Saldré enseguida. 
Al día siguiente cuando me presenté en la Comisaría me remitieron al Juzgado de Instrucción veintidós con el número 4005 de Diligencias.  El juez me hizo esperar. Acababa de llegar el informe de la autopsia. Luego me hizo entrar a su despacho y  me preguntó por mi relación con Clara. Se lo dije y empecé a hablarle de ella. Me interrumpió, releyó el informe, y añadió enfático: 
—Parece que ha sido el corazón quien no ha podido aguantar más. No hay ningún indicio de lo que habla—. Alargó su mano y me entregó una copia. 
—A falta de certificado de defunción necesitará esto para la funeraria—Lo dijo de manera muy afable. Yo me  sentí deudor.
	Si cuando entré en el Juzgado el calor era asfixiante, al salir, las nubes que empezaban a cubrir la ciudad la refrescaban.  Pensé que sería bueno que a la tarde lloviera.




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		<id>http://www.librodearena.com/preludio/post/2008/08/10/se-olvido-liga-</id>
		<title>Se le olvidó la liga.-</title>
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		<issued>2008-08-10T22:45:41+00:00</issued>
		<updated>2008-08-25T23:28:06+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
—Señor Portabella, ¿Puedo pasarle a Monica Levinsky?— La  voz de mi secretaría en el interfono era como un taladro en las meninges.
—¿Cómo? ¡No me joda, señorita Teresa! Le pago para que haga como que trabaja y para que decore, no para tonterías ni para jugar a las adivinanzas— Le contesté obligado a cortar de inmediato lo que me parecía un despropósito mal intencionado.
— ¡Joder, qué carácter!—me replicó y añadió con guasa—. Sor Agueda Torralba por la línea cuatro.
—Teresa, le he dicho antes que me urgía terminar un recurso. Déjese de chorradas, que estoy muy ocupado.  Y, por favor, entre usted en diez minutos y le dicto. 
—Entonces ¿qué? ¿La paso o no la paso?  Dice que tiene prisa, como todas—insistió. 
¿Qué será que por claro que lo ponga a mi secretaria  siempre tiene que ir a la suya? — ¡Está bien! Pero no más llamadas.
— ¡A la orden,  Jefe!  Otra cosa. Vaya con cuidado. Si va a venir con  falda nueva dígale que  no le importa pagarle la tintorería.
—¡Teresa, se está pasando! ¿A qué viene eso ahora?
—Yo me aclaro—me dijo. Metalizó la voz y cargó de nuevo seguramente para que la oyera Ague al otro lado del teléfono: —“Mis mundo” por la línea cuatro.

— ¡Dime, Ague!—le dije cortante después de pinchar el sin manos.
— ¡Por Dios, Jaime! ¿Ni un hola, cielo, ni un ¡cari! te echo de menos?— me dijo. — ¡Coño, qué distinto del de anoche!
 	 — ¡Por favor, Ague! ¿Qué es eso tan urgente? Sé rápida que tengo prisa.
 	— ¿Ah si? ¿Tan apremiante es Obama? —me dijo cortando la frase y alargando la última silaba.
— ¡Vaya, otra que también está de campaña!  ¿Quieres explicarme de una puta vez qué pasa ?—ahí me pasé de la raya  porque añadí: —Estoy hasta los cojones de todas.
—¡Jai, tranqui, cariño! Seguro que le impresionas. Además, todavía no es nada.
— ¡Por Dios, Ague!  No me hagas perder el tiempo.
— ¡Joder! A mí no me digas. Eso díselo a Hillary.
— ¿Cómo que  Hillary? 
—Sí. Ha sido ella quien me ha dicho que estabas reunido con Obama.
— ¡Mira, Ague, vete a la mierda! Estoy trabajando y no estoy para bromas.
— ¡Para! ¡Para! Yo no tengo la culpa que  la “malvestida” de tu secretaria sea estúpida y cretina.
— ¡Ague! estúpida y cretina es lo mismo.
— ¡Ya!—dijo arrastrando la a—. ¡Pero dos veces! La muy imbecil me ha dicho  que no me pasaba porque estabas reunido con Barack Obama.
— ¿Con Barack Obama?—Le dije con voz de asombro mientras a continuación me tapaba la boca para impedir la risa.
—¡Si, eso mismo!
—¡Y tú, claro, te lo has creído! 
— ¡Naturalmente, como si fuera idiota! Por eso le he preguntado: —¿Tú que eres, Hillary? —Al escucharla no pude contenerme.
—Muy ocurrente, Ague, y… ¿qué te ha contestado? 
—Una cretinéz.  Me ha dicho: ¡Lo prefiero a ser Mónica!
 —¿Y eso?— indagué intrigado.
— ¡Normal! ¿No? —me dijo muy seria
—No sé. No me imagino.
—Le he dicho: ¡Mira, rica!  Hay quienes  comemos lo que queremos, otras lo que pueden  y las demás, o sea tú, que  ni comes ni dejas comer. 
 —Desde luego, eres un poco bruta — dije riéndome.
— ¡Coño, Jai, es que me tiene hasta… el moño! 
— ¡Bueno! Dime: ¿qué querías? —decidí cortar para poder acabar con mi recurso.
—Quería preguntarte si quedamos y comemos cualquier cosa.  Mi marido sigue de guardia. 
—Ague, lo siento. No puedo, tengo muchísimo trabajo.
—¡Jo, Jai, cómo eres! —ha dicho poniendo en marcha sus armas—. ¿Y esta noche?
—¡No, cielo, imposible! ¡No puedo de ninguna manera!  Quedamos otro día, si te parece. Esta noche tengo un cóctel. Un amigo presenta un libro y no puedo hacerle un feo. Es un compromiso.  Además estará mi suegro y con el divorcio en marcha no quiero que piense cosas raras si me ve contigo. ¡Encima, casada! ¡Quita, quita! Ya sabes como está la cosa. 
—Lo comprendo  ¿Y…cómo se llama esa amiga?
— ¡Leches, Ague! He dicho que es un amigo.  ¡No seas celosa!—. ¡Coño! Una vez que decía la verdad, resultaba que no me creía. —¡Mira, hacemos una cosa! Te llamo mañana y cenamos  en “Via Veneto”. A las nueve te espero en Ganduxer, cenita…y luego…tomamos una copa donde quieras…o en mi apartamento. 
— ¡Ya me gustaría!— me dijo compungida—. Además lo de Veneto ya  me lo prometiste la semana pasada, pero mi marido mañana no está de guardia—. Hizo un silencio y cambio de tono. —Bueno, tú te lo pierdes porque tenía que contarte algunas cosas después de lo de anoche.
— ¿De lo de anoche? ¿Qué es lo de anoche?—le dije.
— ¡Jai, me da que lo tuyo es Alzhéimer! ¡Joder, bien que te reías!
— ¡Ague! ¿De qué vas? Te encuentro rara.  ¡Qué coño dices! 
— ¿Rara… cuando? ¿Ahora o anoche?
— ¡Mira Ague, me joden las adivinanzas! ¡Ya lo sabes! Te llamo mañana y me lo cuentas. ¿Vale?—le dije cortante. 
—Como quieras, ¡corazón! Hay veces que no hay quien te aguante.  Quería decirte —y empezó a reírse— que mi marido se ha encontrado esta mañana la liga que me regalaste en el pomo de la escalera y se cree que después de tanto tiempo le estoy pidiendo guerra— al terminar de decirlo soltó una carcajada. 
— ¿Cómo? — dije sorprendido. —¿La liga que te regalé?
— ¡Siii!  La que llevaba anoche. Después del “striptease”, al meterme en la piscina se me olvido recogerla— su segunda carcajada me retumbó en la cabeza. 
—¡Es fantástico! —le dije—. ¿Qué pasa que ahora estimulas a tu marido de esa manera?
— ¡Que te jodan!—me dijo ofendida.
	— ¡Coño, Ague! ¡No entiendo nada! Ni me interesa en absoluto lo que me cuentas — añadí muy serio.  —¿De qué liga hablas y de qué “striptease”?
— ¿Sabes que te digo?... que cuando te pones cínico pienso que vas pasado de rayas.
—¡Ague! ¡Te lo juro! No sé de qué me hablas—. Noté que se quedó descolocada. —Me acabas de decir que le hiciste un “striptease” a tu marido. Como tú comprenderás, no es algo que me emociona. 
— ¡Espera un momento!— Me dijo agitada. —El único “striptease” que hice anoche lo hice para ti porque mi marido no estaba, y  bien que te reías. Por cierto, haber cuando ¡coño! te instalas una cámara o te compras un  portátil de los que la llevan incorporada. El messenger sin cámara me resulta un poco frio.
Mi carcajada  fue tan estrepitosa que el abrecartas con que jugaba a darle vueltas encima de la mesa me cayó y al intentar recogerlo del suelo me caí de la silla con tanto ruido que entró Teresa alarmada. Mientras me levantaba riéndome, le hice señas para que desapareciera, lo que hizo haciendo una mueca.
— ¿Se puede saber de que te ríes tanto? ¡Capullo!— Me dijo Ague enfadada.
— ¡Cari, en serio! Estuviste fabulosa. Le diré a mi hija que me instale la Cam para la próxima. Te lo prometo. Lo que me intriga es lo que le has dicho a tu marido sobre la Liga —le dije mientras seguía riendo.
— ¡Joder! ¿Qué iba a decirle? ¿No me dices  que la mejor defensa es el ataque? Me he puesto en jarras delante y le he dicho: O me explicas de manera convincente de donde has sacado eso o a partir de ahora te acuestas con su santa madre. 
Ambos coincidimos con las carcajadas, aunque las mías un poco más forzadas. — ¿Y qué te ha dicho?—le pregunté.
— Que no sabía nada. Que le preguntara a la búlgara si era suya. O que la echara si la cosa no estaba clara. 
—¡Joder¡ Se te ha acojonado.
—¡Bueno, bueno! ¡Ya veremos! Le he dicho mientras le quitaba la liga de las manos. Y se ha callado —. Guardó un segundo de silencio y me dijo: —Ahora, qué, Jai, ¿Cuando nos vemos?
— ¿Cuando tiene guardia tu  marido?
—Creo que el fin de semana — Dijo.
— ¡Vale! Te llamo el viernes. Te lo prometo —. Para no entrar en más detalles colgué rápido. A continuación llamé a Yolanda.
—¡Hola hija! Contéstame rápido. ¿Desde cuando sabes la contraseña de mi correo electrónico?
—¿Yoooo?
—¡Si! ¡Tú!— Noté que me supo cabreado.
—¿Por qué lo dices? 
—¿Tu que crees?
—Tampoco es para tanto. Solo he entrado un par de veces.
—¡Vale, Yolanda! ¡Ya hablaremos!. De momento, mañana quiero que me traigas tu portátil. 
—Eso, ni lo sueñes. Me lo regaló mamá.
—¡Está bien! ¡Hablaré con tu madre!
—Yo también.
—¡Yolanda!, es mi vida, soy un adulto y tú solamente tienes doce años. 
En ese momento entró mi secretaria.
—¿Me dicta, D. Jaime?
—Ahora enseguida —dije tapando el micro del teléfono —. ¡Déjeme que termine con Barach. —Y seguí: “Talk about that, friend”—. Teresa se me quedó mirando. 











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		<title>La blanca doble.- </title>
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		<issued>2008-08-04T04:22:14+00:00</issued>
		<updated>2008-08-08T23:28:23+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
	
	— ¡Eh, chico!— Grita Matías. — ¡Tráete para acá un décimo!
 	— Llevo un veinticinco que está pidiendo permiso para salir desde hace un siglo y ya le toca—Mientras lo dice,  el tullido enrosca su pierna en la muleta que apoya en el sobaco y muestra la ristra de los números.  
	— ¡No! Dame el siete y el veinticinco que espere—También Néstor y Liborio lo prefieren.
	— ¿Y tu?— Me dice el tullido.  Yo ni miro
	 —Que haya suerte—dice.

	No creo que la suerte tenga nada que ver, pero hace tiempo que ni leo, ni escribo, ni duermo. Hace tiempo que no vivo.  Desde aquello. Desde entonces, perplejo,  no hago otra cosa que darle vueltas. Y suelo quedarme ensimismado, perdidos los ojos y el pensamiento. 
	
	El humo es denso como una nube, se oye  los golpes de las fichas sobre las mesas de mármol y las risas. No hay ni una mesa vacía, las conversaciones son ruidosas, así como las voces de los camareros en la barra. El fragor de los vasos y de las botellas, de los platos y las cucharillas parecen hacer del bar de la plaza un campo de batalla en el que sobresale la ensordecedora maquina de moler café.

	— ¡Tira, Juan!  ¿Para qué quieres el cinco doble?— dice Matías.
	
	Intento evitar que me rechinen los dientes de tanto apretarlos, trato de atajar la rabia, de adormecer mi alma para que no sufra, y aunque hago esfuerzos para no pensar, me resulta imposible no ver su sombra sobre la grupa de “La Negra Chica”. Desde entonces la yegua está mala lo mismo que yo.
	
	 
	Los tres, especialmente Liborio y Matías, están pendientes de lo que hago. Néstor va más a la suya.  Tomo la ficha, la aprieto en mi mano, le paso el pulgar como si quisiera borrar sus puntos negros y despacio la pongo cruzada junto a la que acaba de jugar Matías. Néstor hace un gesto de desesperación.  Miro sus caras compungidas, sin embargo no me dicen nada y sin pretenderlo  me retranqueo.  
	
	No era muy tarde, faltaba algo más de una hora para que el sol dejara morir la primavera. ¡Maldita sea! Entré al establo, la luz estaba dada, -me extrañó-, la yegua parecía inquieta, la acaricié y la palmeé por debajo de la crinera. Era un gesto que me agradecía mirándome.  Como siempre, le pasaba de nuevo la mano por su lomo cálido y negro, pero aquel día rehuyó la mirada, como si me temiera.  De repente vi que su sombra, balanceándose la cabalgaba. ¡Dios! Me volví sobresaltado y aunque la luz de la bombilla era mortecina y amarillenta y estaba detrás de ella, me apresaron sus ojos espantados y del todo abiertos y su lengua amoratada. Sus pies, sin sustento, flotaban. No recuerdo si me acerqué o salí corriendo, o si hice algo mas.  Sé que grité en la puerta y fue un chillido desgarrado llamando a Camilo. Entré de nuevo, empujé un  cajón, cogí una hoz, me subí en él, la abrace con fuerza y supliqué: ¡No! ¡No! ¡Así no! Y segué la cuerda.
	
	— ¿Qué pasa, Juan? ¿Juegas o estás con la yegua? ¿Qué te ha dicho el veterinario?
	— ¡Coño, Matías! ¿Quieres dejar al muchacho? — Ataja Liborio, que va conmigo de pareja. — ¿Cómo quieres que juegue?
	— ¡Si es que parece que está la silla vacía!—replica Matías.
	—No sé que le pasa— digo sin levantar a penas la voz. —La he dejado malamente y con dolores. Lleva dos días quejándose… y con este calor. Camilo dice que está sombría….  
	— ¡Vete a saber! — dice Néstor, a mi derecha, al tiempo que derriba sobre la mesa las dos fichas que le quedan. —Paso.	
	— ¿Lo ves, Juan? Si es que tienen que venir a comer de mi mano— Liborio señala a Matías y a Néstor con la cabeza mientras se ríe. Coloca el cinco cuatro y me guiña un ojo. Creo que por ahí ha cerrado. No tengo fuerzas ni ganas para contar las fichas.  Ni siquiera me esfuerzo en  sonreírle. 

	—Ayer se resistió a salir — sigo, aunque no me escuchan—, tenia mal aspecto y la dejé tranquila. No quise llamar a Don Mario, pensé que le habría sentado mal cualquier cosa, pero el animal sufre. Hace tiempo que sufre. Desde aquel día. He avisado a Don Mario esta mañana, y me ha dicho que vendría antes de que cayera la tarde
	
	—No te preocupes, será cualquier tontería. Ese animal nunca te ha dado problemas—  añade Liborio. —Es una yegua estupenda.
	— También la abuela era estupenda— No sé porque lo he dicho porque los tres han huido refugiándose en sus fichas.

	 Todo el mundo habla a gritos menos nosotros que seguimos en silencio, como una isla a la deriva. Matías que está a mi izquierda juega su ficha y me mira. Néstor se impacienta.
 	— ¿Qué ha sido?— Pregunto y me contesta Liborio:
	—La blanca doble.  
	—La blanca doble— Me digo. Es curioso, así se llama la finca y así  conocían a la abuela: Amelia, la dueña de la Blanca Doble. Era pequeña y enjuta, empezó a vestir de negro al quedar muy  joven viuda de Don Tadeo Mesa -mi abuelo-, terrateniente y juez de paz de Cardoso, y siguió de negro para siempre por fuera y por dentro cuando perdió al mayor de sus hijos sin que nunca supiera donde mientras la guerra, y al poco también al menor de ellos por una tisis que trajo del frente. 

	Nunca más se consintió una risa y desterró la alegría. Mi madre y su otra hija, la Maria, no contaban para eso. Hasta que casaron solamente fueron otras tantas preocupaciones. Yo tampoco le gané nunca una sonrisa. Si acaso un gesto de melancolía cuando lograba arrancarle tres palabras seguidas al hablar de todas aquellas cosas. No solamente era enjuta, todavía era más adusta. Hacia casi tres años que no decía una sola palabra, desde que la Maria en mala hora le dijo: ¿Por qué no se calla de una vez, madre? ¡No queremos oírla! Nunca supe a propósito de qué, pero ella lo tomó al pié de la letra.

	Cuando corté la cuerda me cayó encima como un saco de trigo,  la saqué afuera y la dejé sobre un montón de paja. Intenté reanimarla, le quité el lazo, la abracé. Todavía estaba tibia. Arrodillado junto a ella la sacudía para que despertara, le suplicaba que viviera.
	— ¿Por qué? ¡Abuela! ¿Por qué?— En sus ojos abiertos no quise ver la respuesta y se los cerré dejando la mano izquierda sobre ellos. Luego blasfemé con todas mis fuerzas. Con la impotencia que me sepultaba amenacé al cielo y pateé las puertas, las gavillas de forraje y los sacos de pienso hasta derramarlos por todo el establo. La yegua estaba asustada.
	— ¡Camilo!— Volví a gritar— ¡Camilo! 
	El capataz venia corriendo sin resuello por el desafuero de mis gritos.	
	
	— ¡Juan! ¿Pasas o juegas?—Pregunta Néstor. 
	— Paso.
	—  ¿Qué te queda? — Me dice Liborio.
	— Una	.
	— ¡Joder, Juan! Mala suerte tenemos. También paso—. Matías sonríe y deja caer su última ficha.
	— ¿Camilo, qué ocurre?— Pregunto al ver acercarse desencajado al capataz con el sombrero en las manos.
—	¡Juan, tienes que venir! La yegua se muere.
—	¿Y Don Mario?  ¿Dónde está Don Mario?
—	Viene, pero temo que llega tarde.
	Me levanto de un saltó y dejo caer el seis doble sobre la mesa. Cuando salgo,  en la puerta el tullido ofrece la suerte para mañana.

	

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		<title>El mundo me venia grande.-</title>
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		<issued>2008-07-10T02:18:40+00:00</issued>
		<updated>2008-08-05T21:31:26+00:00</updated>
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            Había salido de la cárcel esa misma mañana y  el mundo me venia grande. Para poder sobrevivir había tenido que aislarme, buscar mi espacio,  impedir que nadie lo invadiera, con la misma fuerza y coraje con que había impedido que nadie me diera por el culo. Cosa muy distinta fue haber tenido que apretar alguno para meter la polla cuando las pajas me dejaban insensible, como si pasara un tren, como si nada.   
	Haber estado recluido y apartado no  solo de todo lo que había afuera, sino también adrede de casi todo lo de dentro, había sido la única manera de sobrevivir, pero eso tenía un precio. En ese momento no sabía por donde empezar. Hasta me pareció raro ser de nuevo Juan Pacheco, después de haber sido tanto tiempo  el interno 1965. Como el año en que nací. Nueve años, jodido, siendo buen chico, como me dijo el funcionario que me abrió la última puerta, me dejaron sin saber donde coño estaba, sin saber para donde iba. 
            Había cumplido nueve años de los catorce  que había supuesto la condena,  en realidad por casi nada. La fiscal había pedido treinta. Apenas la vi me di  cuenta que venia a por mí.  Las mujeres son peores cuando mandan. Ni viven ni dejan vivir. Llevan muchos años de atraso. Mi abogado pidió uno o ninguno. Se necesita ser capullo y estúpido pensaron los del  tribunal,  -yo también lo pensé-.  ¿Cómo iban a dejarme marchar sin más con dos muertos vivos en toda la prensa?  Como era de esperar, resabiados, por no haber hecho casi nada  me clavaron  la mitad. Fueron unos cabrones como aquella  fue una pécora.
 	Ninguno de los dos fiambres fue mío.  No iba armado, ni llegué a coger un billete, ni abusé de nadie, ni rompí ninguna cosa, ni  tan siquiera había dado una voz. Solamente despacio y muy tranquilo para asustarle lo justo, le había dicho a uno de aquellos empleados del banco, a uno delgaducho con bigote, calvorota y sudado, al que parecía más inquieto y nervioso: 
            — ¡Eh tu! ¡Ni me mires! será mejor que pongas las manos sobre la mesa y  te estés quieto—. Se lo dije en serio. Lo recuerdo porque se meó los pantalones. Pude pedírselo por favor, pero ¡coño! aquello era un atraco y no podía ser muy blando. 
 	No sabría decir qué fue, pero no fueron mis palabras, quizás la pistola del Amargo en las cejas del cajero.  La culpa fue de la vieja, pero sobre todo de mi socio. La vieja podía haberse callado, pero tuvo que ponerse a gritar como lo hace un cerdo cuando sabe que lo van a matar. No íbamos a hacerlo, al menos eso es lo que yo pensaba, pero no sé qué le pasó  al Amargo del que nunca me tuve que fiar, no tenía los cojones templados y se le escapó la situación.  
 	Todo empezó mal. Empezó por no gritar claro: 
            — ¡Esto es un atraco!— Era sencillo, ¿no? Mandando: — ¡Todo el mundo quieto! ¡Al que se  mueva le saco los ojos!—   ¡Coño, como en las películas! Pero explotó la vieja,  intervino el vigilante que se pensó  Gary Cooper  y el Amargo se descompuso poniéndolo todo perdido. Ya no hubo nada que hacer sino salir por patas cuando todo el mundo se echo al suelo al ver al artista panza arriba y el techo y el suelo manchados.
 Mira que se lo dije. Se lo dije varias veces:
            — ¡Amargo! ¡La pipa,  de plástico!  Pero no me hizo ni puto caso. La cagó y cagó mi vida catorce años. Demasiados, comparados con los treinta suyos, porque él lo hizo todo, yo no hice casi nada.           
 	Iba caminando sin poder olvidar aquello,  mirándolo todo, los edificios altos, los rótulos  nuevos, las tiendas, los bancos,  los restaurantes, los coches, la gente que iba a mi lado sin que nadie se percatara que yo era casi inocente,  un ex presidiario que había pagado mas de la cuenta. Me detuve ante un escaparate y al verme en el cristal creí que veía un muerto, que el mundo había funcionado sin contar conmigo. Entré en la tienda y me probé unos zapatos rebajados, sin cordones, que iban bien con los dockers chinos que llevaba. En su lugar dejé mis chanclas amarillas y salí sin que nadie me dijera nada. Tantos años mal vestido exigían un cambio para no ir de cualquier manera. Me decidí por una camisa blanca de lino de manga larga,  cara, de marca, que me vendió un colombiano en un mercadillo que ponían los martes junto a la estación del Ave. Me pidió doce Euros, pero lo ajustamos en siete y aun me regaló medio paquete de cigarrillos. Yo le vendí un Rolex coreano, uno de los dos que un colega me había dado para trapichear con ellos a condición de partir cuarenta pavos. El otro lo llevaba en la derecha, como los ricos. ¡Ah! También compré por un euro un sombrero panameño que daba el pego. 
            Cuando llegué a la puerta llevaba el sombrero calado y me entraron dudas. Habían cambiado muchas cosas: la fachada, la puerta, las mesas, los colores de las paredes, los sillones y habían desaparecido las alfombras. Todo era de diseño, diáfano, de cristal y metacrilato. Hasta los empleados del banco parecían diseñados de otro modo. 
	Todo era distinto, menos aquel que continuaba siendo delgaducho, con bigote, calvo del todo, mas viejo y mas sudado. Incluso me pareció más asustado, aunque posiblemente me engañara.  Al verme puso cara y ojos de pasmado, por eso no tuve que decirle nada, ni que estuviera quieto, ni que me abriera la caja. Nada de nada. Me limité a hacerle una seña, a quedarme quieto, a apoyar sobre su mesa una bolsa grande de papel de una tienda pija, en la que  tenía la mano metida. 
	Fue él quien me indicó  que lo acompañara y me advirtió, cosa que ya sabía, que la caja tardaría diez minutos en abrirse. Me senté en una banqueta que había junto a la puerta acorazada,  saqué el paquete de cigarrillos, le ofrecí uno y declinó  con la cabeza. Caí en la cuenta que estaba prohibido, así que lo guardé con el mechero. Quizás por eso se me hizo mas largo. A él le dije que se sentara conmigo si quería, pero prefirió quedarse de pie.  
	Recuerdo que sonó un pitido largo y estridente que abrió la puerta sola,  como en  las películas de miedo.  Le hice una seña para que entrara primero en la cámara y aunque sudaba me sorprendió verle tranquilo, si decirle nada fue tomando  la pasta que estaba muy bien ordenada en billetes de cien y de cincuenta y metiéndola en mi bolsa hasta que se quedó pequeña. Calculé que podría haber como dos  millones.  Ya no cabían más y le rogué que parara. Luego le pedí el móvil que me entregó resignado y se lo devolví sin la batería,  después le ordené que se abstuviera de  tocar ninguna alarma hasta dentro de media hora. Le dije también que sabia donde  vivía, y donde vivían sus nietos  y su hija.  Que si me pasaba algo por su culpa no me importaría nada hacer lo que hiciera falta. Había visto encima de su mesa una fotografía de una mujer joven con dos niños 
	Salí de la caja acorazada dejándole encerrado. Al llegar a la puerta del banco, pulsé el timbre para que me abrieran, tiré del ala del sombrero ante  la cámara de vídeo y abandoné el banco tranquilamente pasando de nuevo por el detector de metales. 
	En el retrete de la estación me arranqué el bigote y las patillas, me puse una camiseta de tirantes,  cambié los pantalones por unos vaqueros, dejé la ropa que había llevado sobre una silla de la sala de espera, pero me quedé con los zapatos. Alquilé una caja en la consigna y metí la bolsa.
	Cuando volví de nuevo a la calle todos los coches de la policía estaban en la puerta del Banco, el tráfico paralizado, la calle llena de luces intermitentes amarillas y azules,  la gente que pasaba miraba curiosa y se preguntaba qué había ocurrido. A una pareja de ancianos les dije: Seguramente habrá sido un accidente o un atraco. No tenia que haberles dicho nada, porque se dieron la vuelta y se metieron con prisas por otra calle.
	Aquel día comí un bocata de calamares con mayonesa y me bebí dos jarras grandes de cerveza en mi bar preferido. Hacia mas de nueve años que no lo tomaba, ni un  café expreso, ni un purito caliqueño. También es cierto que hacia más de nueve años que tampoco había entrado en un banco o en una Iglesia,  ni había visto a mis hermanas, ni a Carmen con la que estuve a apunto de casarme. La diferencia es que nada de esto me importaba como aquello. ¡Cuantas cosas me había perdido!
	Cuando acabé de comer fui al taller de Carlitos, mi colega el de los rolex, donde se dedicaba a tunear coches y a trucar motos robadas. Mientras liquidaba cuentas, la radio del coche que había estado manipulando hablaba del robo que aquella misma mañana había tenido lugar en una importante entidad bancaria. Según la policía, decía – recuerdo que interrumpí a Carlitos para que callara- dos individuos, después de haber herido en la cabeza y en el brazo a un empleado, se habían llevado seis millones de Euros. Afortunadamente ya lo habían dado de alta. La policía buscaba un  BMW  plateado con el que habían huido los autores del robo.
—	¡Hijo de puta!— dije.
	— ¿Pasa algo, tronco?— Carlitos me miró extrañado.
	— ¡Nada! La inflación, colega.
	— ¿Qué dices?
	— ¡Cosas mías! Que nueve años valen mucho más que dos millones.
	— ¡Va! No sé de qué va el rollo. ¡Tu sabrás!— Levantó los hombros como si me diera por loco y se metió de nuevo en el coche del que le había sacado al llegar.
—	¡Ya lo creo! ¡Seis por lo menos, colega!
	— ¡Oye, tronco!— me dijo. — ¡Pásate mañana, que tendré más relojes!
	— Vale. Es posible— Le dije, y me marché sin saber donde pasaría la noche. El mundo me venia grande.
	 
	

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



		</content>
	</entry>
	
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		<id>http://www.librodearena.com/preludio/post/2008/06/26/se-te-han-adelantado-</id>
		<title>Se te han adelantado.-</title>
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		<issued>2008-06-26T21:07:16+00:00</issued>
		<updated>2008-08-06T01:16:08+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
	—Don Jaime, la señorita Robledo—. Era mi secretaria por el interfono.
	— ¿La señorita Robledo?—Pregunté extrañado.
	—Sí. Es la segunda vez que llama. Le he dicho que está reunido, pero insiste. Dice que no se lo cree y que si es verdad, peor para Usted—. Me quedé en silencio, pensando. 
	— ¿Qué le digo? ¿Le digo que…Don Jaime está en el baño?
	—Menos guasa, Teresa—. Le contesté  irritado.
	— ¿Qué hago? La tengo por la línea dos—  Dijo apremiándome.
	— ¡Cóño, no sé para que quiero secretarias! Está bien, pásemela— Le dije mientras me arrellanaba en el sillón, ponía los pies sobre la mesa y descolgaba el teléfono.
	— ¿Qué ocurre Adela? Sabes que no quiero que me llames al despacho. ¿No podías esperar un par de horas? Hoy es viernes, ¿no? Te veré dentro de un rato…
	—Me temo que no, cari. Para eso te llamo—. Ese cari me sonó raro.
	—Para decirme, ¿qué?— Le dije intrigado.
	— Para decirte que no me verás, que no voy a ir. 
	— ¿Te pasa algo? ¿Estás enferma?
	— ¡No, no, qué va! Estoy perfecta.
	— ¿Entonces…?
	— Es que salgo de viaje
	— ¡Tu madre!
	— ¡Jaime, no empieces!
	— ¡No! Digo si le pasa algo a tu madre.
	—No. Mi madre está de putisima ídem. Solo llamo para despedirme.
	— ¿Despedirte? ¡Qué considerada!— Solté el teléfono, lo sostuve con el  hombro contra la oreja,  saqué un cigarrillo y busqué el mechero entre los papeles — ¿Qué te vas muy lejos?— Dije mientras le daba fuego. 
	—Depende de cómo se mire, pero creo que  Punta Cana está a poco de bajar del avión.
	— ¿Cómo?— El cigarrillo medio encendido me cayó encima de la camisa. Me incorporé y cayó al suelo. El teléfono lo cogí en el aire  — ¿A Punta Cana?
	—Sí. Me voy a Punta Cana. ¿A que suena de puta madre? —. Recogí el cigarrillo y lo aplasté en el cenicero.
	—Pero…, así, ¿de improviso?— Me senté sin atreverme a poner de nuevo los pies sobre la mesa.
	—Si de improviso es ahora mismo, pues si, de improviso.
	—Pero, Adela, cariño, no me habías dicho nada. ¡Qué calladito te lo tenías! Si ese era un viaje que teníamos pensado para los dos.
	—Pues se te han adelantado—. Me dijo con mala hostia.
	— ¡Qué! ¡Para! ¡Para! ¿De qué coño me hablas? ¿Quieres explicármelo como si fuera tontito? ¡Me gustaría saber eso de que se me han adelantado!—. Dije poniéndome serio.
	—Con mucho gusto, Jai. Pero no te pongas así, que no hay para tanto. Total diez días pasan rápido y seguro que cuando vuelva me encuentras doradita y sin rayas, como a ti te gusta.
	— ¡Déjate de coñas! ¡Si no tenías un duro!— Volví a encender otro cigarrillo. 
	—Eso mismo dije yo ayer: Que de qué iba yo a irme si no tenía un duro.
	— ¡Espera!, ¡Espera un poco! ¿Quieres decir que te vas de viaje con un maromo? 
	— ¡Oye, sin faltar! No te digo que no me gustaría, pero lamentablemente el único maromo que conozco de momento, eres tú y por ahora no veo que estés dispuesto a echar a andar la visa oro, ni que te deje tu mujercita.
	— ¡Adela! ¿Quieres decirme de una puta vez con quien te vas a Punta Cana?
	— ¡Tranquilo, Jaime, tranquilo! ¡No te pongas nervioso! No me voy con ningún tío, aunque ganas no me faltan. 
	—Entonces, ¿con quien coño te vas?
	—Me voy con una amiga.
	— ¿Con una amiga?
	— ¡Sí, con una amiga!
	— ¡Si, claro, y yo me chupo el dedo! ¿Pero tú te crees que soy tonto? ¿Pretendes que  me trague que una amiga  te paga un viaje a Punta Cana? ¿Así? ¿Sin más? ¿Por la cara?
	— ¡Coño, Jaime! ¿No me creo yo que no haces el amor con tu mujer? ¿Y que te vas divorciar en cuanto puedas? ¿Por qué no te crees que me vaya con una amiga? ¿Y que encima me lo pague?
	—No me vengas con chorradas que no es lo mismo
	— ¡Ah! ¿No?
	— ¡No! ¡En absoluto! 
	— ¿Por qué no es lo mismo?
	—Sencillamente porque no me lo creo.
	—Está bien. Créete lo que quieras como yo me creo lo que quiero.  Pero ayer una amiga, - bueno todavía no lo es mucho, aunque eso es cuestión de tiempo-, me preguntó si me importaría acompañarla a Punta Cana, todo pagado, hasta las copas y a lo mejor hasta un modelito,  y la verdad que me hizo ilusión, así que esta servidora se marcha a Punta Cana con tu permiso o sin tu permiso. ¿Qué te parece? ¡Así, por la cara!
	—Pues, ¡oye, que te diviertas! Igual te va lo de lesbiana— Le contesté muy jodido
	—Pues ya que lo dices, voy a decirte que no lo descarto, y que igual pruebo. ¿Por qué esperar a que me lo cuenten? ¿No me has repetido una y mil veces que hemos de estar abiertos a nuevas experiencias? ¿Qué estás por el matrimonio abierto?
	— ¡Está bien, Adela! Haz lo que te parezca. Quizás cuando vuelvas…
	— ¿Qué?— Dijo retadora
	—Ya no me encuentres.
	— ¡No me digas!
	— ¿Que quieres que te diga? No me esperaba esto.
	—Ni yo tampoco, cielo. 
	— ¿Y… cuando te vas?
	—Pues…acabo de llamar a un taxi, en cuanto cuelgue pasaré por el hotel,  dejaré el móvil a tu nombre, no sea que tengas tentaciones de llamarme, y de allí al aeropuerto donde he quedado con mi amiga, y volando…volando…a Punta Cana—. ¡Joder! Lo dijo con recochineo.
	— ¡Muy bien, muñeca! ¡Que te diviertas!  No olvides el bikini. 
	— ¡No me hace falta, querido! Con la gorra, las gafas y unos pareos voy sobrada. Además el que me regalaste está pasado de moda. De todas maneras muchas gracias por todo— Y la muy cabrona soltó una carcajada.
	Sin poder aguantar más, ni desearle buen viaje, colgué con un golpe seco, apagué el cigarrillo y me quedé mirando el techo.
	—Don Jaime, el Sr. Pujol, por la cuatro—. Sonó de nuevo el interfono. — ¿Se lo pasó? Lleva un ratito.
	— ¡Dígale que se vaya a la mierda!
	— ¿En serio?
	—… Seguí sin habla.
	— ¡Don Jaime! …¿Se encuentra bien?
 	—…dígale que estoy de viaje—. Rectifiqué envainándomela. — ¡Por favor, Teresa!, no me pase más llamadas. Me voy que tengo un consejo en “Catalana de Remolcadores”.	
	Me puse la chaqueta, y abandoné el despacho. Teresa me salió al paso para decirme que Marta había llamado varias veces a lo largo de la tarde.
	— ¿Le ha dicho lo que quería?— Le pregunté sin mirarla mientras me ajustaba la corbata y buscaba las llaves del coche.
	—Le he dicho que estaba reunido, y me ha replicado: ¡Como siempre!, y sin insistir ha colgado. Parecía muy tranquila, aunque ponía una voz muy rara. La última me ha contestado: ¡Pues que siga!
	—Está bien. Gracias Teresa. Hasta el lunes.
	—De nada, Don Jaime. Que tenga un buen fin de semana
	Salí a la calle y empecé a sentirme raro, era una sensación extraña, casi como un presagio que se me hacía grande en la boca del estomago. Por primera vez en mucho tiempo me sentía perdido un viernes por la tarde, y como un autómata me dirigí al Pub de la esquina con Travessera de Gracia. Para mi desventura no tenían “varadero”, y me decidí por la ginebra, que me sentó como una patada en los huevos. Tres vasos, tres patadas que me dejaron los ojos vidriosos. 

	No me apetecía nada llegar a casa, sin embargo cuando llegué no era muy tarde, quizás las nueve.   El portero, que en su garita estaba hablando por teléfono, me abrió la puerta del garaje después de saludarme con un gesto. Metí el coche, bajé la rampa,  lo aparqué en mi plaza y vi que el X5 de Marta no estaba. Pensé que se habría ido de compras con Yolanda.  Tomé el ascensor y mientras subía treinta plantas hasta el ático, fui ensayando ante el espejo la cara que debería poner para todo el fin de semana, incluso ensayé la bronca para desaparecer de inmediato de forma justificada, después de coger lo imprescindible para un par de días, si la cosa se presentaba chunga.
	
	Al abrirse la puerta y salir al rellano me quedé perplejo. Más que eso, de piedra. Había dos maletas en el rellano delante de mi puerta.  Las observé con detenimiento y no tuve ninguna duda de que eran las mías. Las miré por todas partes, incluso las rodeé sin atreverme a tocarlas.  Las empujé con el pie y comprobé que pesaban. Parecían llenas. ¡Qué extraño! 
	Saqué la llave y me resultó imposible meterla en la cerradura. No  había duda,  era mi llave con la que había abierto toda la vida, y sin embargo en ese momento no entraba. Pulsé el timbre hasta que me dolió el dedo. Con mi móvil llamé a Marta y me pareció ridículo tener que dejarle un mensaje.  
	Me metí de nuevo en el ascensor y bajé furioso.
	—Fidel, ha visto Usted salir a mi mujer— Fidel era el portero que mi suegro  había colocado después de construir  el edificio, haciéndole desertar de su oficio de albañil. Un tipo dispuesto, pero bastante artero. Le puse cinco euros en la mano.
	— ¡Buenas noches, Don Jaime! Sí— Me dijo.  — Doña Marta salió con su hija sobre las cinco y media.
	— ¿Le ha dicho alguna cosa? — Seguí interrogándole.
	— ¡Bueno…, sí!,  Me pidió que la ayudará a subir unas maletas al coche y  que le guardara el correo hasta que volviera. Por cierto, vaya problema con la cerradura, menos mal que el cerrajero ha venido enseguida. 
	— ¿El cerrajero…?
	—Sí. Doña Marta me ha dicho que la señorita Yolanda había perdido unas llaves de casa y que si podía buscarle un cerrajero. 
	Como me pilló por sorpresa no puede cambiar la expresión de la cara. 
	— ¿No sabia Usted nada? Es un hombre honrado…
	— ¡Sí, sí!—. Le corté el discurso. — Eso… ¿ha sido esta mañana o esta tarde? 
	— Esta tarde. Serían las tres y media.
	— A ver, Fidel, ¿Tendrá Usted el teléfono de ese cerrajero? 
	— Por supuesto Don Jaime.  ¿Ocurre alguna cosa?
	— ¡ No!, ¡nada, nada! Haga usted el favor de darme su número.
	—Si claro, lo tengo ahí en una tarjeta— Y se fue a buscarlo en el cajón de su mesa.  Cuando volvió dónde yo estaba me dijo:
	—También hay una carta para Usted que han traído esta mañana. Se lo dije a  Doña Marta y me dijo que firmara yo el acuse de recibo y que se lo diera cuando lo viera, por si acaso ella tardaba. 
	— ¡Está bien! ¡Démela!—. Le dije. —Y apúnteme en un papel el número del cerrajero.
	Mientras lo hacia me di la vuelta y leí el sobre. Era del Juzgado de Instrucción número 23 de Barcelona, dirigido a  Jaime Portabella y Rius-Cubelles. La respiración se me hizo tensa y creo que perdí el brillo de mi bronceado. Rasgué el sobre, extraje el papel con el escudo de la Generalitat y el membrete del Juzgado y leí de un vistazo. Era algo a lo que estaba muy acostumbrado.
	— ¡Me cago en la leche!—  Me salió del alma. Lo volví a leer por si había algún error: “Dada cuenta. Visto lo interesado por Doña Marta Viladecamps y Roure, atendidas las circunstancias, y oído el Ministerio Fiscal, en espera de lo que resulte del expediente de separación y divorcio en su caso, y sin perjuicio, se acuerda dictar orden de alejamiento por termino de treinta días para Don Jaime Portabella, que se abstendrá de acercarse a menos de trescientos metros del domicilio conyugal, así como de Doña Marta Vidadecamps y de su hija Yolanda. Dése traslado de la presente  a las partes interesadas y al Ministerio fiscal para que insten lo que en derecho proceda… Es de justicia. En Barcelona, a veinticinco...”  
	—Aquí tiene el número del cerrajero. ¿Ocurre algo, Don Jaime? — La voz del portero me sacó del abismo.
	— ¡No, Fidel! Nada que no tenga arreglo —. Me guardé el sobre y el papel y me torné obsequioso. — Por favor, Fidel, ¿Le importaría bajarme las dos maletas que hay en el rellano, enfrente de mi puerta?— Le di diez euros.  Aproveché para llamar a Yolanda que me contestó enseguida:
	— ¡Hola, Papá!
	— ¡Hola, cielo! ¿Dónde estás? ¿Y mamá?
	— Mamá me ha dicho que estabas fuera y que ella se iba con una amiga de viaje. No me ha querido  llevar y estoy con los abuelos. ¿Cuando vuelves? Es que me he dejado en casa la consola.
	— ¡Vaya, lo siento! ¡No te preocupes, nena! en dos o tres días estoy contigo. ¡Dile al abuelo que te compre otra! ¡Te quiero! ¿Te ha dicho mamá donde iba?
	— Creo que a Punta Cana.
	Sin decirle nada cerré el teléfono para que no oyera que blasfemaba.  Lo guardé.  mientras el portero sacaba mis maletas al vestíbulo.
	— ¡Fidel, espéreme!, saco el coche y me ayuda a cargar— Le dije un tanto hosco.
	—No sé si se le van a caber las maletas en ese coche.
	Aparqué  en la puerta y la verdad es que para la pequeña el maletero era estrecho y la otra cabía de mala manera  a mi lado en el asiento. Corté por lo sano.
	— Fidel, ¿le importaría guardármelas? — Le solté veinte pavos.
	— Por supuesto, Don Jaime. Lo que Usted quiera.
	Metí primera y como si no le hubiera oído salí zumbando  sin contestarle. El Lotus negro chirrió sobre el asfalto como una bestia.


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		<title>El tren silbó dos veces.-</title>
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		<issued>2008-06-18T02:20:23+00:00</issued>
		<updated>2008-06-26T23:54:29+00:00</updated>
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	 Hacía cuatro años que no sabía nada de él, salvo por alguna noticia de prensa o por el  chismorreo de alguna amiga. En aquel momento estaba delante de mí, en la misma cola y entre ambos habría seis o siete personas. Me sorprendió muchísimo verle allí en el andén para tomar el tren a Barcelona.  Carlota me había asegurado: De papá no sé nada. Paso completamente. Si no quiso venir a mi boda, ¿qué tengo que decirle ahora?
Cuando llegó al túnel del escáner metió su cartera de mano y la maleta, la que yo le había regalado por nuestro último aniversario poco antes del divorcio.
— Deberías comprarle una maleta nueva —me había dicho su enfermera días antes del congreso de Granada. — La que lleva está muy estropeada. Recuerdo que  pensé: ¿cómo lo sabe ésta? Pero no le di más importancia. Siempre me había parecido algo descarada.
Después de pasar por el detector de metales mostró su billete a la azafata del andén y siguió andando. Lo vi envejecido, con  los hombros caídos. Llevaba el pelo demasiado largo lo que acentuaba sus canas. Me pareció que aparentaba bastantes más años que los cincuenta y siete que tenía.  
La misma azafata me indicó el segundo vagón, el mismo en el que él había subido. 
— Bienvenida a bordo — me saludó otra en la puerta con una sonrisa. Me limité a hacer una mueca. 
Cuando entré acababa de sentarse junta a la ventanilla. Estaba de espaldas, su  maleta y la gabardina arriba en el estante y él acaba de desplegar el periódico. Quedaban muy pocos asientos vacíos. Miré mi billete y  fui en busca de la azafata. 
—  Lo sentimos, señora, el tren va completo — me dijo  — Puede Usted cambiarlo con algún pasajero — añadió el revisor que estaba a su lado, un joven delgado con traje azul marino y la cabeza rapada.  Mi excusa por toda explicación fue que no me gustaba el asiento. ¿Qué otra cabía aducir?  Podía hacer el viaje en la cafetería, pero casi tres horas de pie o mal sentada me pareció cruel para mi espalda y sin embargo estuve muy tentada de hacerlo.
Mi asiento era justo el que estaba a su lado. En un primer momento no me vio, pero después, como un resorte levantó la cabeza sorprendido y se removió inquieto en el asiento. 
Coloqué mi bolsa y mi abrigo junto a sus cosas, me estiré la falda, me ajusté la chaqueta,  me senté  y saqué de mi bolso, “Arkansas”, el libro que acaba de comprar.  Ni siquiera lo traté como a un desconocido. Como si no estuviera.  No le dije ni buenos días.  El tampoco me dijo nada, pero estuvo todo el rato mirándome de soslayo. 
Luego pareció que volvía al periódico.  Al lado tenia una revista médica. En pocos minutos  arrancó el tren, lo que tardó la gente en ocupar todos los asientos. La melodía que sonaba,”Io, che non vivo senza te” de Pino Donaggio, se me hizo odiosa.  De pronto me pareció que todos en el tren llevaban máscaras. 
Escribí la fecha al iniciar el libro como siempre, e intenté leer.  Miré el índice y ojeé varias páginas. En la primera coincidí con la cita de Oscar Wilde: “Intenté escapar como un venado herido hacia Arkansas”,  Yo quería escapar a cualquier parte pero lo único que hice fue agitarme en el asiento. Igual que él. En la televisión empezaba una película de Robert de Niro.  Yo fingí que leía.
Veintiséis años casada marcan,  y sin embargo en ese momento lo veía como un extraño, aunque sabia de él casi todo. Sus olores agrios, su espasmos digestivos, su halitosis matutina,   su estruendosa manera de sonarse, su andar chulesco como si fuera Richard Widmark, la puntilla que exigía al huevo frito,  el color hueso de sus pijamas de seda,  sus opiniones dogmáticas sobre todo ¡como si pontificara!, la marca de su ropa intima y su perfume preferido. Quizá esto último hubiera cambiado y dependiera en ese momento  de su última acompañante. Una amiga me había  cotilleado que la enfermera  ¡pobrecilla!,  la que fue  como la última  gota que desbordó el vaso, lo dejó a los cinco meses, cuando todavía no era firme la sentencia de divorcio,  y que la última era una dama recién separada muy conocida en el  Real Club de Tiro. 
El dobló el periódico y abrió la revista. Yo cerré los ojos, mi libro quedó medio cerrado entre mis manos encima de la falda. La gente miraba la película. 
	Ni siquiera había sido un buen esposo, tan solo un amante  mediocre  y escaso. Tampoco había sido un buen padre. Cuando nació Javier, estaba en un congreso en Chicago y el ramo de flores que envió su enfermera  por indicación suya,  llegó antes que su llamada.  Cuando la niña,  tuvo que inscribirla mi padre en el Registro porque él estaba muy ocupado.  Luego nunca jugó con ellos, ni les contó un cuento, ni les acompañó a la playa, ni les hizo una foto. Todas las había hecho yo. Solo una vez le vi jugar al ajedrez cuando Javier ya adolescente le puso el tablero delante y porque le mató la reina y un alfil,  dejó la partida a medias. Fue un día de Navidad.
	Abrí los ojos, cerré el libro y lo guardé. Busqué una revista.
¿Iría a un congreso a Barcelona? ¡También sería causalidad!, pensé. Al menos estará en el terreno de su hijo. Nunca comprendí muy bien porque Javier  había elegido ser psiquiatra. 
Desde nuestro divorcio no se hablaban, aunque había oído que solían discutir sus opiniones médicas en los congresos como si fueran dos desconocidos, incluso lo hacían con más ahínco.  Tanto Javier como Carlota habían tomado partido por mí desde el primer momento, y eso él no lo perdonaba. ¿Qué otra cosa podían hacer? Al fin y al cabo yo había sido su padre y su madre.  
Robert de Niro estaba en la pantalla.
De pronto sonó su teléfono y de reojo vi que miraba y dudaba. 
— Si, dígame — Respondió autoritario.  Se quedó muy callado. Solo una vez habló con ansiedad:
— ¿Qué pasa?  Y volvió a enmudecer.  Solo de tanto en tanto asentía.
Me concentré en la revista,  pero no lograba seguir el artículo sobre los “Oscars.”  Intenté pasar, ignorar que estaba allí, no oír lo que  hablaba, incluso desnudé a Bardém.
Seguramente estaría hablando con algún ayudante o le estarían informando de algo referente a su cátedra. Sin embargo lo percibí nervioso. Sabía distinguir cuando algo le preocupaba. La conversación fue demasiado larga.
— ¿Cómo…?— Por el tono en que lo dijo intuí algo raro. Y se quedó mudo.
—. Si…Si… llego a mediodía. Si…Te veré…Si…Si…—. Lo fue diciendo despacio como apagándose. Y se quedó mirando el teléfono.
Luego como si no fuese conmigo, como si hablara con el respaldo del asiento que tenia delante, dijo sin vocalizar apenas:
–– Javier.  Era…Javier…—  Se quedó con los ojos fijos. Abiertos. Muy abiertos. Despacio, de forma mecánica,  guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta. Yo también me quedé muda mucho rato. Esperaba que me dijera alguna cosa. Cuando perdí la esperanza, pregunté:
	— ¿Ocurre alguna cosa? —. Me miró, y sacudió la cabeza. –– No sabia que te hablara — le dije. 
   ––Tampoco tú me hablas —Contestó.  Cerré la revista, inconscientemente me llevé la mano a un colgante que llevaba al cuello en un gesto mecánico y evité hablar. ¿Para qué?, pensé.  Y me envolví en un silencio que se hizo espeso. El explotó:
         	–– ¿Sabias que era homosexual?—  La pregunta fue como un tiro  Me tomé mi tiempo. Abrí  la revista y la volví a cerrar. La volví a abrir y con rabia le miré. Me aguantó la mirada. Ya ni le odiaba.
	–– Desde que tenia dieciséis años ––   Le contesté muy segura, incluso me sentí bien. Como si le clavara una daga.  — Me lo confesó una noche después de venir de una acampada — Me recreé al decirlo. — ¿Te parece mal? —  Añadí. Enseguida me arrepentí de ello, pero ya era tarde.
	— ¿Y por qué nunca me lo dijisteis? — Lo soltó como una acusación. Con la exigencia de un dios derrotado.
            ––  Nunca quisiste saberlo — Y me paré. Tomé aliento y seguí: —Nunca te importó a qué guardería fueron, o quienes fueron sus amigos, o  sus canciones preferidas— Me sorprendí a mi misma tan lanzada —¿Te interesó saber qué les emocionaba? Tus regalos de cumpleaños, que era yo quien te recordaba,  se limitaban a una orden: ¡Cómprales cualquier cosa!  Ni siquiera preguntabas si les había gustado cuando te daban las gracias—   Se quedó callado. Yo continué como una autómata, a riesgo de que  no me escuchara. Un señor mayor que estaba en el asiento de delante se volvió a mirarme. Tuve que bajar la voz.
	— ¿Fuiste tú a hablar con su maestra cuando vinieron con piojos? ¿Y qué sabes de la navaja cuando le robaron el reloj?  Fui yo quien le explicó al chico lo qué era una polución. Y de las cosas de la niña no hablo. A ti solo te preocupaba que no dieran gritos mientras jugaban.
	Para no alterarme imaginé que fumaba, y con el humo que expiraba expulsaba la rabia que tenia dentro. Lo necesitaba tanto que incluso abrí el bolso en busca de un cigarro. Desde el divorcio que no lo hacía. El sitio era perfecto. En otro lugar, en otro momento, se hubiera puesto a vociferar, y en último caso hubiera dado un portazo y hubiera huido, como siempre había hecho. 
	— ¡No sigas, por favor!— suplicó. Lo dijo de tal manera, que me cortó el arrebato.   Nos quedamos en silencio e hicimos como que leíamos. El su revista médica y yo mi Fotogramas. Imaginé que apagaba mi cigarro, como deseaba ahogar mi rabia.  El pasaba una hoja y al poco volvía al principio.  Yo ni siquiera cambié de hoja. Así casi una hora. De pronto, sin dirigirse a mí,  como si hablará para si mismo siguió: 
	— Quiere que hablemos.  No se ha inscrito en el Congreso…En su casa.  Y que no te diga nada.  
	Yo no supe como reaccionar y dejé de leer. Dejé de fingir que lo hacía.
	En ese momento sonó mi móvil. Y apresurada lo puse al oído. Escuché unos segundos y casi di un salto en el asiento.
	— ¿Cuándo…? ¿Tres ochocientos?... ¿Están bien…? — Me di cuenta que él me estaba mirando, pendiente de lo que decía. — Llegaré a mediodía…. ¿En qué hospital?... Y colgué. Yo ya sabía que era un niño. Pero lo esperaban para la próxima semana.
	El seguía expectante, y sin poder evitar sonreírle - por qué tenía que hacerlo-, le dije:
	— Es Oriol, el marido de Carlota. 
	No me dijo nada. Yo tampoco durante veinte minutos.
  Después puso su mano sobre la mía. La revista le cayó al suelo. Fue su único gesto tierno que recordaba.  Después apartó su mano de la mía para recogerla y yo me sentí aliviada. Se levantó y creo que fue al retrete,  me pareció más encorvado.
	Aproveché para llamar a Javier.  ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Cuando terminó de hablar solamente pude decirle que le quería. Ni siquiera le hablé del niño de Carlota, aunque quizá ya lo sabría. Aparté el teléfono de mi oído y se apagó solo. 
	Cuando volvió yo no sabia que hacer ni con el teléfono ni con la revista. El ni siquiera miraba por la ventana. De Niro estaba en la pantalla y todos seguían con las máscaras puestas. Por fin me atreví a decirle: 
	—El Sida…no es patrimonio de los homosexuales —. No me contestó. 
	Silbó el tren como un aullido. Guardé el teléfono y me agarré al colgante. Robert de Niro me miraba. El tenía cerrados los ojos y la mano sobre la boca. El tren silbó dos veces. Como dos aullidos.
	.
	








		</content>
	</entry>
	
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		<id>http://www.librodearena.com/preludio/post/2008/06/09/aque-hago-con-tu-paquete-</id>
		<title>¿Qué hago con tu paquete?</title>
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		<issued>2008-06-09T12:04:57+00:00</issued>
		<updated>2008-06-18T02:15:20+00:00</updated>
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	¿Cómo he podido bajar la guardia? No sé, quizás el sueño, las prisas o ambas cosas.  Lo cierto es que esta mañana, que llegaba tarde al trabajo, he visto encima de la mesa el aviso de correos y se me ha ocurrido encargarle a Marta, que pasara a recogerlo. Ni siquiera he tenido la precaución de mirar quien era el remitente.

	Serían aproximadamente las doce cuando Mayte, mi secretaria, me ha dicho:
	—Don Jaime, su esposa al teléfono, por la línea cuatro. Ya ha llamado tres veces. 
	— ¿Y qué? Dígale que estoy reunido, que le diga lo que quiere o que ya la llamaré en cuanto pueda.
	—Ya lo he intentado y me parece muy enfadada. Me ha dicho que lo que tiene que decirle es muy personal y no necesita intermediarios, y que para intermediarios su padre.
	— ¿Mi padre?
	— ¡No, el suyo, leches!
	— ¡Joder! ¿Te ha parecido muy enfadada?
	—Eso he deducido de sus palabras.
	—Qué palabras exactamente
	—Pues exactamente me ha dicho: “Guapita, dile al imbécil de tu jefecillo que se ponga  o le llamará de verdad el Jefe”. Así de seria.  ¿Tú que crees?
	— ¿Eso te ha dicho?
	— ¡Si, querido, textualmente!
	—Bueno, dígale que estoy reunido con unos alemanes y que la llamo en veinte minutos. ¿Entendido? 
	—Por supuesto. 
	—Y no me pase más llamadas, señorita Mayte.
	—Como Usted diga, Don Jaime.
	La verdad es que no he tardado ni tres minutos en llamarla:
	— ¿Qué pasa, cielo? ¡Vaya mañanita que llevo! He salido un minuto de una reunión. ¡Dime, cariño! ¿Qué pasa?
	—Pues si supieras la mía— Me ha dicho con la respiración contenida y de pronto me ha soltado: — ¿Que hago con tu paquete?
	— ¿Con mi paquete? ¡Cari! ¿Hace falta que te lo cuente?—Le he dicho en plan de guasa.
	—No me vengas con gilipolleces y  dime que hago con él— Noté que el transportista venia trompicado. 
	— ¿Qué paquete?— Le dije sin entender de qué iba.
	— ¿Cual va a ser? El de correos. ¿No me has dicho esta mañana que lo recogiera?
	— ¡Ah, Si! Pero ¡coño, Marta! para eso me llamas, pues déjalo ahí y ya lo abriré cuando vaya. Ya creía que era importante. 
	— ¿Y si es importante?  
	— ¡Por Dios, Marta! que tengo mucho trabajo. 
	—No lo dudo. Y hasta comprendo tus horas extras—. Me dijo sarcástica.
	— ¡Para! ¡Para! …no sé porque deduzco que pasa algo raro. Que lo has abierto. ¿Lo has abierto?
	—Claro, por si era importante.
	— ¿Y…?
 	—Y ya creo que lo es, además de sexy, con estilo y de marca. ¿No te lo imaginas?
	— ¡Déjate de misterios y adivinanzas! ¿Quieres hacer el favor de decirme de que coño se trata?
	—Naturalmente, leo  palabra a palabra con puntos y comas, ¡Escucha!: “El Hotel Princesa Sofía tiene la atención devolverle el objeto que al parecer el pasado día  30 de Junio coma viernes coma  se dejó olvidado en la habitación 1513 punto  Confiamos que nuestros servicios hayan sido plenamente  satisfactorios y tenga a bien de nuevo contar con nosotros punto Firmado el Director del Hotel punto Joan Vendrell”—. Y cambió el tono para subrayarlo: —Lo que suele hacerse con los buenos clientes.
	— ¡Marta, por Dios! ¡Déjate de chorradas!  ¿Quieres decirme de una puta vez que había en ese paquete? ¿Has dicho del Hotel Princesa Sofía?— El estómago se me hizo pequeño.
	—Así es, querido.
	—Joder, pues no sé, pero me extraña, porque hace más de dos años que no reservamos en el Princesa Sofía—. Intenté decir con aplomo 
	—Pues mira, de la marca “Bárbara”, unas braguitas preciosas, que casi parecen un tanga.
	— ¡Estas de coña!—. Dije intentando recuperar la posición. 
	—De coña estará tu santa madre, aunque tú seas el mayor hijo de puta que haya parido esa santa.
	— ¡Mira, nena! No tengo ni pajolera idea de lo que me hablas.
	—Normal, nunca has sido muy inteligente. En algunas cosas casi fronterizo.  ¿De verdad, quieres que te lo cuente?— Cuando oí eso decidí cambiar de táctica a la desesperada.
	— ¡Me cago en la leche!— Y ya no la dejé hablar. —El cabrón de mi amigo Diego ya me la ha metido de nuevo. ¡Esta vez me la paga! Le gasté una broma el otro día y ahora me la ha devuelto. Será baboso, el tío. ¡Escúchame, nena! ¿No habrás pensado nada raro?  ¡Que yo soy muy  serio! ¿Pero tú crees que si yo tuviera un lío iba a ser tan idiota de dejar pistas? Además, ¡Que no, nena! Si te tengo a ti que eres lo mejor del mundo y no te acabo. Pero si me faltan ojos para mirarte a ti sola y no me termino de creer la suerte que tengo. Ahora…¿Sabes que te digo? que Diego se va a enterar estar vez. Que ha ido demasiado lejos. Le voy a enviar a su mujer una muñeca hinchable como si le hubiera tocado por asiduo en un club liberal de intercambio de parejas. ¡Vas a ver tú, cómo se va a poner tu amiga Sandrita!
	— ¡Oye, Jaime, no te vayas a pasar, que Sandra es muy celosa y es mi amiga!
	— ¿Ah si? ¡Y a mí que me den! Yo no soy amigo de nadie y tú estas ahora por culpa del cabronazo de  su marido como una víbora encima de la moto.  
	— ¡Mira! le voy a llamar a Diego y le voy a decir cuatro cosas.
	— ¡Ah no, ni se te ocurra! Antes ese tío se va a enterar. 
	— ¡No, Jaime, deja! No armes más lío, que ya le voy yo a soltar dos frescas. 
	— ¡Bueno, nena, como quieras! pero ya sabes que estas cosas no me gustan. Mejor tranquilízate y lo hablamos esta noche cuando vuelva. O estoy pensando, ¿porque no te vienes y comemos juntos? ... ¡Anda, vente y nos damos un homenaje!—. Mientras se lo pensaba, hice una pausa y antes de que se decidiera me adelanté a ella.   — ¡Espera que mire la agenda!—. E hice como que lo comprobaba mientras miraba por la ventana. Y seguí: 
	— ¡Ay, qué pena, cariño! Hoy como con el Director General de Industria. ¡Imposible! Si es que no descanso. Con la ilusión que me hacia.  ¡Mira! Hacemos una cosa, te cambio la comida por el bolso de Louis Vuiton que me dijiste el otro día. ¡Vas esta tarde y te lo compras! O sino mejor, colocas a la nena con tu madre, y nos vamos el próximo fin de semana a Granada, creo que no tengo ningún compromiso. ¿Qué te parece?...Piénsatelo…  Me encantaría, ¡Cielo! Lo que me importa es verte feliz. Sabes que te quiero— Contrarrestada la ofensiva, era el momento de la retirada. — ¡Nena, te dejo! que me buscan para la reunión. ¡Vaya coñazo! Nos vemos esa noche. Un beso…  Yo también—. Y colgué aliviado, pero con mala hostia. Luego le llamé a mi amigo Diego y se lo conté por si acaso, y el  muy cabrón no hizo más que descojonarse de risa. 
	Cambié de teléfono y  marqué de nuevo:
	—Adela, ¿cómo saliste el otro día del Hotel?
	— ¿Como quieres que saliera? Muy cabreada— me dijo toda seria 
	— ¿A pesar del ramo de flores y del móvil?
	—Eres un cretino, ¿Crees que con eso se arregla todo?
	—No en absoluto,  creo que me faltó enviarte unas bragas.
	— ¿Por qué dices eso? — me respondió intrigada
	—Porque te marchaste sin ellas, cariño.
	— ¿Ah si? ¿Y cómo lo sabes?
	—Porque me las quedé. Era como tenerte conmigo a todas horas. 
	— Eres un cabrón zalamero que me puede.
	— ¡Tú si que me pones! De todas maneras… ¿Sabes qué? Por si acaso, el próximo viernes, vente sin ellas ¡Preciosa!, quizás así me quede contigo todo el fin de semana. Te prefiero a ti antes que a las bragas.  Pero, ¡cariño! iremos al Juan Carlos Primero.  ¿Qué me dices? …¡Eres un tesoro! Mientras colgaba he pulsado el interfono.
	— ¡Señorita Mayte!, pase y le dicto.
	Ha entrado sin llamar y le he dicho:
	— ¡Siéntese!   Y así por lo bajo, como si nada: —Cada día estás más buena. ¿Dónde comes hoy?  Y con el lápiz en la boca, me ha contestado: —En casa,  con mi marido.
	— ¡Joder, hija, cada día estás  mas estrecha!
	— Y tu, cada día más salido. En Barcelona, a nueve de junio de dos mil  ocho. ¿Para quién es la carta? 
	— Señor Director del Hotel Princesa Sofía. Muy señor mío… Por la presente, etcétera, etcétera… ¡Bueno, ponlo como quieras! pero dile que antes de enviar un paquete a mi casa, que me llame antes por teléfono y que no sea tan capullo, etcétera, etcétera.  Atentamente. Firmado. Jaume Portabella.


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		<id>http://www.librodearena.com/preludio/post/2008/05/29/me-quede-sin-zapatos-</id>
		<title>Me quedé sin zapatos.-</title>
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		<issued>2008-05-29T23:00:58+00:00</issued>
		<updated>2008-07-19T21:01:29+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
	— ¿Quieres hacer el favor de estarte quieta? ¿Pero que coño haces?  ¿No se te ocurrirá tirar los zapatos por la ventana? ¡¡Adela!!
	Después de mas de dos horas de retozar y mas cosas, se me hacia tarde. Acaba de salir de la ducha envuelto en una toalla, donde me había quitado de encima el  “Crystal Noire” de Versace y  el pringue de champán y fresitas que llevaba  desde la punta de la nariz hasta mas abajo de la entrepierna, y  buscaba mi ropa que estaba tirada en una silla de una habitación de la planta 15ª  del Hotel Princesa Sofía.  
	Adela andaba descalza, medio envuelta en una sabana que había arrancado de la cama y con toda decisión arrojaba mis zapatos por la ventana.
	— ¡Pero estás loca! ¡Coño! ¿De qué vas?— Me asomé a la ventana para ver donde caían. Los calcetines volaban. Menos mal que no partieron a nadie la cabeza. 
	Me quedé mirándola con la boca abierta. Y me soltó:
	— ¿No quieres irte? Ya tardas. Los zapatos ya los tienes en la calle.
	— ¡Dios mío! ¡Es la segunda vez que me pasa!
	— ¿Qué dices? 
	— Nada.  
	— ¿Qué dices de la segunda?... ¡Eres un cretino y un hijo de puta!
	— ¡Y tú, una loca de atar!
	—Ahora ya puedes irte con tu mujercita.
	—Por supuesto. Al menos no me tira los zapatos por la ventana. 
	—A saber lo que se tira.
	— Ni se tira nada, ni me da los disgustos que tú me das.
	—Tampoco te da los gustos que yo te doy. 
	— ¡Por favor, Adela! ¡Eres injusta! Sabes que no me puedo quedar—Dije vocalizando. 
	— ¡Encima! Yo soy la injusta, y tú te vas. Me quedo sola todo el fin de semana y tú te vas con ella a la que no amas. Y yo soy la injusta,  la que dices amar. 
	— ¡Por favor, nena!, sabes que entre Marta y yo ya no hay nada. 
	— Entonces, no te vayas.
	— ¡Adela! sabes que te quiero, y nunca te he mentido. Pero tengo que irme.
	— ¡Vete a la mierda!
	— ¡Cielo! ¿Quieres razonar…?  ¿Te he mentido alguna vez?  Lo dejamos claro desde el primer día. ¿O no?
	— ¡Estoy harta! ¿No te ibas a separar?  Ahora ni lo dices.	
	— ¡Cariño! te pedí tiempo. Dáme tiempo. 
	— ¿Más? ¿Cuánto más? Me tienes así ocho meses. Ayer los hizo. Ni te acordaste.
	— ¡Adela, por favor! ¡entiéndelo! Está  Yolanda por en medio.
	— Si, ¡claro! ¡Tu hija! La niña… no está preparada— Dijo imitándome.  — ¡Hay que preparar a la niña!
	— ¡Joder! Adela, ¿es que no lo entiendes? ¿Qué pretendes que  se traumatice la niña? ¿Que vaya de psiquiatra en psiquiatra toda la vida?
	— ¡Eso! Además de injusta, ahora soy responsable de las neuras de tu hija.
	— ¡Por Dios, Adela! ¡No exageres las cosas! ¡Coño! ¡No entendéis nada! ¡No entiendes nada!
	— ¡Sí! ¡Claro! ¡También soy burra!—.Y añadió: —Como tampoco comprendo lo de tu empleo. ¿Verdad?
	— ¡Coño! ¡Vaya! ¿Ahora sales con eso? ¿Será posible?
	— ¿Qué te crees, que soy tonta? Ni un cigarro duras en la fábrica. 
	— ¡Sigues siendo injusta, Adela!  Te he dicho mil veces que no necesito a mi suegro para nada.
			— ¡No, claro! el señorito dirige la fábrica por méritos propios. 
	— ¡Mira! ¿Sabes que te digo? Que estás espesa. Espero que el fin de semana restaure tus neuronas. Te llamaré el lunes—.
	— ¿Cómo?— Dijo arrastrando la ultima silaba. —¿Qué tampoco vas a llamarme en todo el fin de semana?
	— ¿Para qué? ¿Para que me montes otro pollo?
	— ¿Otro pollo?... ¡Cariño, tienes razón! El pollo te lo va a montar tu putisima madre. No me llames—. Me arrancó la toalla y me dejó en pelotas. Tiró la sabana que la envolvía sobre la cama y se ató la toalla por encima de las tetas. Su silencio me alarmó. Buscó su bolso, sacó un cigarrillo, lo encendió, tomó el móvil, abrió la ventana, se volvió de espaldas, me miró a los ojos y lo tiro por encima del hombro. A continuación expulsó el humo y dibujó una mueca como si fuera una sonrisa. Me quedé pasmado.	
	— ¡Estás como una cabra!—  Le dije incrédulo mientras recogía mi ropa. Ella, mientras fumaba tranquilamente, observaba cómo me vestía.  Me acerqué para darle un beso y me tiró el humo a la cara. Tomé el maletín,  y con un  portazo abandoné la habitación. 
	Mientras bajaba en el ascensor dudé si ponerme la corbata. La doblé y la metí en el bolsillo. En el espejo me vi con el maletín en la mano, mal peinado, con ojeras, de traje azul marino, camisa azul claro, sin calcetines ni zapatos. 
	En el octavo paró el ascensor y subieron dos franceses que se quedaron mirándome los pies, y luego de arriba a bajo. Me dieron la espalda y comentaron sin disimulo:
	—¿Où il aura perdu ce fou les chaussures?
	—Vous ne seront pas préoccupées, je les perdi  quand la prise de la Bastille. Les dije con una mueca. Pararon de reír en seco. ¡Estaba yo para tonterías! 
	Me acerqué al mostrador, pagué la habitación y la botella de champán con la tarjeta de crédito. Como todos los viernes. Después  le pregunté al recepcionista si había cerca una zapatería y me dijo: 
	—Señor, al salir, sin dejar la acera a la derecha la verá Usted en la otra esquina—. Lo jodido era que además llovía.
	—Mejor pídame un taxi—. Le dije.
	— Como Usted quiera, Señor—  y le di diez euros de propina. Cuando llegó el taxi quiso acompañarme con el paraguas y me quedé mirándome los pies. Él, muy profesional, se sonrió, me hizo un gesto con la mano, sacó dos bolsas de plástico de debajo del mostrador y  me indicó que me las pusiera en los pies con cinta adhesiva. Nos pusimos a reír los dos. ¡Qué remedio! Las bolsas, la cinta y acompañarme al taxi con el paraguas me costaron cinco euros más.
	—Lléveme al Corte Inglés si no le importa— Le dije al taxista de muy  mala hostia.  A continuación llamé a casa.
	— ¡Marta, cariño! ¿Me has preparado la ropa? … ¡No me jodas! ...  Si te lo dije.  ¿No te acuerdas? ... Claro que te lo dije… ¡No sé en que piensas! ¡Joder! ¡Últimamente estás en la parra! ... ¡Escúchame y no me grites!.... ¡¡Escúchame, Marta!!....... Te dije que me iba a Hamburgo este fin de semana…. No te oigo ¡Vaya, hombre, ahora se ha cortado!—Colgué el teléfono y volví a marcar pasado un minuto.
	—Se ha cortado… Bueno, ¡cari!  Es igual, no importa… ¡No importa! …. No te preocupes.  Ya me apaño como pueda…. Ahora.  Salgo ahora, dentro de un rato…. ¡Nooo! No hace falta que me traigas nada.  Ya me apaño. Total solamente son dos días.   Quizás si todo va bien mañana noche estaré de vuelta, o el lunes.  Ya te llamo…... Dale un beso a Yolanda y cien para ti. ¡Te quiero, cielo! — Y colgué. No sé porque coño me tuvo que mirar el taxista por el espejo.

	Abrí el maletín y saqué el otro teléfono.
	— ¡Ague!— Aparté el teléfono de la oreja. — Ya sé que habíamos quedado a las siete y media, pero se me ha complicado el trabajo….  Escucha.  ¿Has confirmado la reserva?... ¡Eres un sol! Oye una cosa. Mientras llego, pasa por la farmacia y cómprame un cepillo de dientes de cerda dura. ¿Pasta, tú llevas, no? Vale, te recojo en la esquina en menos de una hora. A la ocho y media. Eso. Te adoro...  
	—Doce euros— Me dijo el taxista al parar, mirándome por encima de las gafas.
	—Un momento— Saqué una tarjeta de visita y apunté por detrás: dos camisas, dos calzoncillos, dos pares de calcetines, espuma de afeitar, maquinilla, desodorante y crema facial. Los zapatos no era necesario apuntarlo.  — ¡Ah!— y anoté: Mandar ramo flores a Adela y móvil. Me guardé la tarjeta. Luego pensé: A ver como coño salgo yo del taxi con las bolsas de plástico.	
	Le di quince euros al taxista. Me devolvió tres y se quedó sin propina por mirarme mal. 
	¿Y el coche? ¿Dónde coño habré dejado el coche? Pensaba mientras entraba en la tienda. Le gente me miraba los pies. 


 

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		<title>La apuesta.-</title>
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		<updated>2008-05-30T17:21:41+00:00</updated>
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Sin el ruido de las chicharras el silencio hubiera sido insoportable como lo era el calor y el miedo. Serían  las tres de la tarde  y yo  intentaba echar una cabezada  sentado en la mecedora detrás de la puerta entreabierta de la casa. No corría ni un soplo de aire y el sol aplastaba la calle. 
	
	La casa estaba al final de una carretera estrecha que partía de la nacional 230 junto a otras alrededor de la taberna y la Iglesia. No serían más de treinta. Todas eran parecidas, de dos plantas, abajo se vivía casi siempre en la cocina, luego estaba el corral donde estaban las gallinas y el establo al fondo con la mula, y arriba se almacenaba lo que daba el campo. 
	
	Había abandonado aquella casa y aquel lugar con doce años para convertirme en el chico de los recados en un almacén de coloniales. Mi hermano Juan, que era mayor, se ocupaba de las tierras. La verdad es que daban para poco. Mi padre tampoco daba para más.  No había sitio para mí ni para mis hermanas que también habían marchado a servir en buenas casas, al menos eso decía mi madre. 
	
	A los dieciocho pasé a chofer de los dueños, un matrimonio de comerciantes  pudientes, y confidente de sus hijos, especialmente del señorito Julián Hervás, un tipo engominado y caprichoso, estudiante de medicina, falangista con pistola, que le encantaba salir en grupo por las noches a amedrentar obreros sindicalistas y rojos hijos de puta.  Esto fue antes de que empezara la guerra.
	  
	 Cuando esto, tendría yo veinte años y mi hermano Juan  estaba en el frente y yo esperaba que me llamaran de un momento a otro. Era el verano del treinta y siete El almacén de coloniales había sido requisado y por supuesto todos los víveres y yo me había quedado sin trabajo. Mis amos hicieron lo que pudieron para esconderse y pasar desapercibidos.  Para matar el tiempo y sacar algún dinero jugaba algunas partidas de pelota, hasta que también cerraron el trinquete. Mis padres habían fallecido los dos. Ella al poco de empezar la guerra y él nueve meses después. Julián,  acojonado, me suplicó que lo escondiera en el pueblo y lo hice porque sabía que lo andaban buscando.

	Cinco semanas hacia que había vuelto y vivía con una tía soltera hermana de mi padre, que tenía la mitad de la casa en usufructo. Estaba sorda y era algo tonta aunque algunas veces se hacia mas de lo que era. 
	
	Creo que lo que me despabiló no fue el ruido del motor, sino cuando callaron las chicharras y el pánico y el silencio lo impregnaron todo.  Hasta las sombras huyeron.
	
	El camión era pequeño, y destartalado. Lo habían requisado a un ganadero de la provincia. Estaba en mitad de la calle y de la cabina habían bajado dos hombres. Otros dos lo hicieron de un salto desde la caja sucia y polvorienta, todos iban armados, y  uno dijo fuerte:	
	— Es aquí. El numero siete. —  La saliva se me hizo agria. Sabían donde iban. 
Antes de que abrieran la puerta del todo de una patada uno de ellos manipuló el cerrojo del Máuser,  los otros tres lo llevaban colgado al hombro.
	— ¿Tu eres Hervás?— me dijo uno, amenazante. Negué repetidas veces con la cabeza. La garganta la tenía seca. Al que me hablaba le llamaban Roger, era cabezón, de pelo claro y puntiagudo, bajo y ancho y andaba como si tuviera los huevos escocidos. Era quien ostentaba más autoridad. Los cuatro llevaban alpargatas de esparto atadas con cintas negras.	
	— ¿Dónde está? —dijo Roger. Me encogí de hombros, incapaz  de decir una palabra. 
	— ¿No sabes hablar?— insistió mientras me empujaba sobre la mecedora.
	— No lo sé — contesté sin mirarle.
Apartando la cortina que separaba la entrada del resto de la casa apareció mi tía.
	— ¿Qué pasa aquí? —Preguntó sorprendida. Le afloró el miedo al ver los hombres y las armas.
	— ¡A callar, abuela! — Roger  bajó el fusil del hombro y lo apoyo en el suelo, y señalándome le dijo:
	— ¿Quién es este? — mi tía haciéndose más sorda y más tonta no le contestó.
	— ¿Qué pasa Miguel, qué quieren?— se dirigió a mi  más  fuerte de lo que acostumbraba, quizás para hacer patente su sordera.
	— No lo sé, tía, preguntan por una persona — dije vocalizando con exageración para dejarla al margen.
	—  ¡No te hagas el idiota! — Intervino Roger — Sabemos que eres Miguel Recio y trabajabas en Coloniales. Vas a decirnos donde está ese hijo de puta. 
	Les dije que no sabía nada de él desde los primeros días de la guerra, que  quizás se había pasado con los insurrectos.
	— ¡Risueño, registra la casa! —  Este descolgó el fusil de hombro,  apartó la cortina y penetró en la casa  seguido de mi tía. Era el mas alto de los cuatro, flaco y desgarbado, llevaba el pelo rapado y una camisa rayada con las mangas dobladas.   Las perneras le venían por encima de los tobillos y los tirantes le subían los pantalones más arriba de la cintura. Torcía un poco la boca y parecía que sonreía, por eso lo llamaban Risueño. 
	— Tú también. — Le dijo a Fajardo que aparentaba unos treinta. Tenía entradas en el pelo y parecía mas calvo. Obrero desde los doce años en una fábrica  textil formaba parte de la dirección del sindicato, llevaba medio cigarro apagado en la boca y una camiseta sudada.  Registraron la casa sin resultado.  Irritado Roger tomó la pistola que llevaba al cinto y me la puso en la boca. 
—Dime donde esta ese cabrón o te saco la lengua por el culo—. Mi tía salió espantada de detrás de la cortina. Roger le dijo a Risueño:
	— ¡Encierra a esta puta vieja donde puedas, y que no joda!
	Bajé la frente y no dije nada, aunque estuve a punto de hacerlo.  Roger me levantó de una patada.  Risueño y Fajardo  me obligaron a subir al camión y a que me sentara. Ellos hicieron lo mismo.   El otro se puso el volante y Roger a su lado en la cabina.
	A la salida del pueblo, ordenó que pararan y me hicieron bajar. Las piernas me temblaban.
	— ¿Qué pasa? — preguntó uno. 
	— ¿Para qué vamos a llevarle? dos tiros y a tomar por culo. 
	—No jodas, Risueño. Hay que llevarlo al Tribunal — dijo Fajardo.  
	— ¿Por qué esperar? Sabemos que miente.
	— ¡Que no! —Cortó Roger. — Hay que hacer bien las cosas. No puede aparecer aquí muerto. 
	—Podemos decir que intentaba escapar.- Dijo Risueño.
	— Mejor en la tapia del cementerio, como al otro— dijo el conductor del camión.
	— ¡Vámonos! — ordenó Roger.
	Me hicieron subir, pero esta vez me ataron las manos y me quitaron los zapatos. El camión arrancó de nuevo.  
	Fajardo sacó una petaca con picadura y se la ofreció a Risueño que lió un cigarrillo. Cuando pasaba la lengua por el papel  noté seca la mía. Sacó un cordón de mecha, le dio  un cachete al rodillo del mechero y con el pulgar acercaba el cordón  a la chispa. Fajardo sacó papel de un librillo, esparció tabaco sobre él,  guardó la petaca, lo pellizcó con los dedos, y con un gesto rápido lo lió con dos vueltas a pesar del  movimiento del camión, que daba continuos saltos. Pasó la punta de la lengua por el papel y volví a sentirla como si fuera de esparto. El sol seguía machacándolo todo.   Pasó el dedo satisfecho y le pidió a Risueño la mecha,  prendió el cigarro y le dio una calada profunda,  después me lo ofreció como si no pasara nada. 
	— Prefiero un poco de agua— le dije. 
	Devolvió la mecha después de apagarla y no me hicieron  ni puto caso. Parecía que competían por ver quien fumaba más despacio. Cuando  Fajardo tiró la punta de su cigarro por encima de la barandilla  se levantó y dio una palmada en la puerta de la cabina.  
	— ¡Pásame el botijo!— dijo gritando. Cuando lo tuvo en la mano lo agitó e hizo un mal gesto. Yo seguía con las manos atadas.  Lo levantó para beber y unas gotas  humedecieron sus labios. 
	—Me cagó en Dios—. Y bajó el botijo. 
	—No queda—. Me dijo por joder. Las gotas de sudor me resbalaban por la cara.
	—Mas adelante hay una fuente—grité.  Fajardo levantó los hombros como si no le importara.   
	— ¿Dónde? — preguntó Risueño.
	—A la izquierda, al pasar el cerro—. Luego me arrepentí. El miedo de que me dejaran en la cuneta con un tiro en la nuca era más fuerte que la sed, y pensarlo me produjo una arcada.	
	Poco antes de llegar a la fuente,  Risueño golpeó otra vez el techo de la cabina. 
	— ¡Para!—  El camión se detuvo y Roger sacó la cabeza. 
	— ¡Qué pasa ahora! 
	— Vamos a llenar el botijo—. El calor era asfixiante.
	Bajaron todos y se echaron agua por la cabeza y la espalda. A mi me dejaron en el camión, luego permitieron que bajara. 
	Roger se había mojado la camisa y los pantalones y empezó a sacar lo que llevaba en los bolsillos. Entonces vi en un sobre mojado mi nombre, el de Julián y otro. También sacó un guante de jugar a pelota.  Y sin saber cómo le pregunté:
	— ¿Juegas? 
	— Y a ti qué coño te importa— me contestó muy desabrido.
	— Está nuevo— Dije refiriéndome al guante.  Pero ya no me contestó.   --Yo solía jugar en la cuerda— Añadí. —Aunque hace tiempo que no juego—. Me miró de arriba abajo como midiéndome. Luego ordenó seguir la marcha. Me subieron a empujones y me abrí una brecha en la rodilla. Ya nadie dijo nada. En silencio llegó la tapia del cementerio.
	Paró el camión y a lo lejos sonaron las cinco, el calor seguía inmenso. La tapia que no era muy alta daba una raya de sombra negra como una esquela. 
Me empujaron para bajar y descalzo caí de bruces. Entre Fajardo y Risueño me llevaron a la tapia y me ataron los pies.  Roger tenía la pistola en la mano. Luego se alejaron diez pasos y montaron los cerrojos, y  hasta que me habló Roger lo tengo completamente olvidado. No se lo que pasó ni lo que pensé, ni lo que hablaron. Me habían tirado encima un saco vacío para que no viera. Ni siquiera intenté sacudírmelo.
	De pronto se acercó Roger, y sin quitarme el saco, dijo:
  	— ¿De verdad, juegas? 
	Creo que dejé de respirar y me quedé en silencio. Me quitó el saco y en la mano izquierda en lugar de la pistola llevaba una pelota mientras se enfundaba el guante en la izquierda
	Lo comprendí enseguida, y aunque en otras circunstancias nunca lo hubiera hecho, le solté: 
	— Un poco, aunque últimamente por dinero. 
	— ¡Risueño, desátale las manos!—  Yo me desaté los pies y me puse los zapatos. Me tiró la pelota para ver mis maneras. Me quité la camisa y la dejé bien plegada. Roger hizo lo propio y le entregó la pistola al que conducía.  Nunca supe como se llamaba. Después ordenó que tuvieran los fusiles preparados. Tomó una piedra y trazó una raya sobre la tapia más o menos a la altura de los ojos.  Y golpeó la pelota con la mano enguantada, yo respondí con mi derecha. La pelota parecía de piedra. También la rodilla me sangraba. Cuando rebotó en la pared le dio tal zarpazo que rebotó más de treinta metros. Era bajito y cuadrado el hijo puta, tenia fuerza y sabía. Yo hacia más de tres meses que no tocaba una pelota.  Como pude respondí por la dificultad que traía, pero entró justita en la raya lo que le obligó a una carrera corta y observé que su respiración era forzada. Volvió a 